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En la puerta de al lado

Frecuencias de Fuego y Hielo

La biblioteca central de la Universidad Nacional de Zootopia se sentía inusualmente pequeña esa tarde. Judy Hopps estaba sentada frente a Nick Wilde, rodeada de una muralla de libros de jurisprudencia que apenas dejaba ver las orejas del zorro. Habían pasado días desde el incidente en el sótano, y el aire entre ellos se había vuelto una sustancia espesa, casi sólida, que dificultaba incluso el acto de respirar.

Judy intentaba concentrarse en el párrafo dieciséis de su análisis sobre la responsabilidad algorítmica, pero su mente era un traidor que no dejaba de reproducir la imagen de Nick a escasos centímetros de su rostro. Sus dedos tamborileaban nerviosos sobre la mesa de madera pulida.

Nick, por su parte, fingía escribir líneas de código con una velocidad impresionante, pero si alguien se hubiera acercado a mirar su pantalla, habría notado que solo estaba escribiendo la misma función de bucle una y otra vez. Su cola se movía de lado a lado bajo la mesa, rozando ocasionalmente la pata de la silla de Judy.

—Si sigues moviendo la silla así, vas a terminar haciendo un agujero en el suelo —murmuró Judy sin levantar la vista del libro.

—Y si tú sigues apretando ese bolígrafo con tanta fuerza, vas a terminar bañada en tinta azul, Zanahorias —replicó Nick con su habitual tono perezoso, aunque carecía de la mordacidad de antes.

Judy soltó un suspiro exasperado y buscó su lápiz mecánico para subrayar una cita. En su movimiento apresurado, el lápiz rodó por la superficie inclinada de la mesa y cayó justo en el espacio neutral, exactamente en el centro de ambos.

Fue un acto reflejo. Ambos se inclinaron al mismo tiempo para recogerlo.

Sus patas se tocaron en el centro de la mesa.

No fue un roce accidental y fugaz. Fue una colisión. La suavidad del pelaje de Nick contra la pata de Judy envió una descarga eléctrica que pareció viajar directamente a su columna vertebral. Ninguno de los dos retiró la mano. Por el contrario, sus dedos se entrelazaron por un segundo sobre el frío plástico del lápiz.

Judy alzó la vista, encontrándose con los ojos verdes de Nick. En ese momento, la máscara de cinismo del zorro se había desintegrado por completo. Había una intensidad allí, un hambre y una confusión que reflejaban exactamente lo que ella sentía. El ruido de la biblioteca —el pasar de las hojas, los susurros lejanos, el aire acondicionado— se desvaneció. Solo existía el calor de su piel y la forma en que el mundo parecía inclinarse hacia ellos.

La tensión era tan latente que Judy juraría que podía ver chispas saltando entre sus bigotes. Estaban a punto de decir algo, de romper el pacto de silencio, de cruzar esa línea invisible que los mantenía a salvo del desastre.

*¡CLANG!*

Un carro metálico lleno de libros se estrelló contra una estantería cercana, manejado por un rinoceronte distraído. El estruendo fue como un balde de agua helada.

Ambos se separaron de un salto, retirando las manos como si se hubieran quemado. Judy recuperó el lápiz con un movimiento torpe y se hundió de nuevo en su silla, con el corazón martilleando contra sus costillas a una velocidad alarmante.

—Yo... —empezó Judy, pero su voz falló—. Creo que ya es suficiente por hoy.

—Sí —respondió Nick, cerrando su laptop con un golpe seco—. Yo también tengo... cosas que programar.

Se despidieron con un asentimiento rígido y tomaron caminos separados, pero el fuego ya estaba encendido.

Tres días después, la paz forzada se terminó. Judy estaba en su departamento, tratando de memorizar los puntos clave para la presentación final que tendrían en cuarenta y ocho horas. El silencio era vital. Pero, por supuesto, Nick Wilde tenía otros planes.

De repente, las paredes empezaron a vibrar. No era el hip-hop habitual. Era una mezcla de jazz caótico y electrónica que parecía diseñada específicamente para taladrar el cerebro de una coneja.

Judy lanzó su libro contra la cama y salió al pasillo, hirviendo de rabia. Ni siquiera llamó a la puerta; simplemente la empujó, encontrándola sin llave.

—¡Wilde! ¡Bájale a esa basura ahora mismo! —gritó, entrando en la sala de Nick.

Él estaba apoyado contra la barra de la cocina, con una taza de café en la mano y una expresión de absoluta diversión. La música estaba alta, sí, pero no había nadie más allí. No había fiesta. Solo él, disfrutando del caos que estaba causando al otro lado de la pared.

—Vaya, pero si es la futura fiscal general —dijo Nick, caminando hacia ella con un paso lento y rítmico—. ¿Vienes a presentar una demanda por ruidos molestos o solo extrañabas mi encantadora compañía?

—Eres insoportable —espetó Judy, acercándose a él hasta que sus pechos casi se tocaban—. Eres un niño inmaduro que no puede soportar que alguien se tome la vida en serio. ¡Tengo una entrega final en dos días y tú estás aquí jugando a ser el DJ del edificio!

—¿Jugar? —Nick dejó la taza en la barra y se inclinó hacia ella, su sombra cubriéndola por completo—. No estoy jugando, Zanahorias. Estoy celebrando que casi terminamos con esta tortura.

—¡Lo haces para molestarme! —Judy lo señaló con un dedo acusador, sus ojos amatistas brillando con una furia que no era del todo odio—. ¡Me odias porque te obligo a trabajar, porque te recuerdo que tienes potencial y prefieres desperdiciarlo!

—¿Tú crees que te odio? —Nick soltó una risa seca, pero sus ojos estaban fijos en los de ella con una fijeza depredadora—. Eres tan lista para las leyes, Hopps, pero eres ciega para todo lo demás.

Nick extendió una pata y, con una lentitud exasperante, tomó el mentón de Judy entre sus dedos. Ella se tensó, pero no se apartó. La furia en su mirada era un incendio forestal, pero bajo esa superficie, el deseo era un océano profundo.

—Tu boca dice que me detestas —susurró Nick, su voz volviéndose grave y áspera—, pero tu cuerpo dice todo lo contrario. Tus orejas están bajas, tu nariz se mueve a mil por hora y tu pulso... puedo verlo latir en tu cuello desde aquí.

—Suéltame —dijo Judy, aunque no hizo ningún esfuerzo por moverse.

—Oblígame —desafió él, acercando su rostro al de ella—. Di que no quieres esto. Di que prefieres volver a tus libros aburridos antes que admitir que este zorro irresponsable es lo único que te hace sentir viva en esta universidad de cartón.

Estaban tan cerca que sus alientos se mezclaban. Judy sentía que el suelo desaparecía bajo sus pies. Estaba enojada, sí, estaba furiosa por su arrogancia, pero la atracción era una fuerza física que la empujaba hacia él. Sus manos, que antes estaban cerradas en puños, se relajaron sobre la camisa de Nick, arrugando la tela.

Justo cuando el espacio entre sus labios estaba a punto de desaparecer, Judy recuperó un rastro de cordura. No podía permitir que él ganara así. No podía dejar que su impulsividad arruinara todo el orden que tanto le había costado construir.

Se soltó de su agarre con un movimiento brusco y retrocedió hacia la puerta.

—Eres un idiota, Nick Wilde —dijo, con la voz temblorosa—. Y el hecho de que tengas razón sobre algunas cosas no cambia que seas un desastre.

Salió del departamento y cerró la puerta tras de sí, dejando a Nick parado en medio de su sala, con la música aún retumbando y una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

El día de la entrega final llegó con una tormenta eléctrica que parecía reflejar el estado de ánimo de los dos estudiantes. En el auditorio, el ambiente estaba cargado. Judy llevaba su traje más profesional, con las orejas perfectamente peinadas. Nick vestía una camisa abotonada que, por una vez, estaba bien puesta, aunque mantenía ese aire de desaliño elegante.

Mientras esperaban su turno para presentar ante el Dr. Trunk y un panel de expertos, se sentaron en los bancos del pasillo.

—No te atrevas a improvisar —susurró Judy, revisando sus notas por décima vez—. Sigue el guion que escribimos.

—Relájate, Zanahorias —respondió Nick, observándola de reojo—. Lo haremos bien. Somos el mejor equipo de esta facultad, aunque te duela admitirlo.

—No me duele —mintió ella—. Solo quiero que esto termine para no tener que volver a verte la cara.

Nick se inclinó hacia ella, su hombro rozando el suyo de manera deliberada.

—¿Segura? Porque ayer en mi departamento no parecías tener tanta prisa por irte.

—Deja de mirarme —siseó Judy, sintiendo que el calor subía por sus mejillas.

—Oblígame —repitió él, usando la misma palabra que se había convertido en su código secreto.

Sus ojos se encontraron. La tensión ya no era solo un subtexto; era una presencia física en el pasillo. Nick estiró una pata y rozó suavemente el dorso de la mano de Judy. Fue un toque pausado, casi una caricia, que contrastaba violentamente con las palabras de desprecio que se lanzaban.

—Te odio —susurró Judy, aunque sus dedos se cerraron sobre los de él por un instante.

—No —respondió Nick con una sonrisa ladeada—, no lo haces. Y yo tampoco te odio a ti, aunque sea lo más lógico.

—Hopps, Wilde, es su turno —anunció un asistente desde la puerta del auditorio.

Se pusieron de pie al mismo tiempo. La electricidad entre ellos era tan fuerte que Judy temió que los micrófonos fueran a acoplarse en cuanto empezaran a hablar.

La presentación fue impecable. Fue una danza intelectual. Judy exponía la base legal con una pasión y una precisión quirúrgica, mientras Nick intervenía con demostraciones técnicas que dejaban a los profesores boquiabiertos. Se complementaban de una forma que nadie en la universidad había visto antes. Cuando uno dudaba, el otro tomaba el relevo sin necesidad de palabras. Eran dos mitades de un mismo cerebro, unidas por una química que iba mucho más allá de lo académico.

Al terminar, el auditorio se sumió en un silencio de asombro antes de estallar en aplausos. El Dr. Trunk se puso de pie, ajustándose las gafas.

—Un trabajo magistral —dijo el elefante—. Nunca pensé que el Derecho y la Programación pudieran sintetizarse de esta manera. Tienen un diez asegurado.

Salieron del auditorio en medio de felicitaciones, pero en cuanto estuvieron en el pasillo vacío que llevaba a la salida, se detuvieron. La adrenalina del éxito empezó a transformarse en otra cosa.

—Lo logramos —dijo Judy, apoyándose contra la pared, sintiendo que el peso de las últimas semanas se levantaba de sus hombros.

—Te lo dije —Nick se acercó a ella, bloqueándole el paso con un brazo apoyado contra el muro—. Formamos un buen equipo, Zanahorias.

Judy lo miró. Ya no había libros de por medio, ni presentaciones, ni excusas. El proyecto había terminado. Ya no tenían que estar juntos. Esa idea le produjo un vacío en el estómago que no supo cómo explicar.

—Supongo que ahora... volvemos a ser solo vecinos que se odian —dijo ella en voz baja.

Nick acortó la distancia, sus ojos amatistas y verdes encontrándose en un duelo final.

—¿Tú crees que podemos volver a eso después de todo lo que ha pasado? —preguntó Nick, su voz apenas un susurro—. ¿Después de cómo me miraste en el sótano? ¿Después de cómo temblabas ayer en mi cocina?

—Sigo pensando que eres un irresponsable —dijo Judy, aunque sus manos subieron hasta el cuello de la camisa de Nick, atrayéndolo hacia ella—. Y sigo pensando que tus fiestas son una tortura.

—Y yo sigo pensando que eres una coneja testaruda que necesita que alguien le rompa los esquemas —replicó Nick, sus rostros a milímetros de distancia.

—Te odio, Wilde.

—Pruébalo.

Esta vez, no hubo ruidos sordos, ni amigos que interrumpieran, ni dudas legales. Nick cerró el espacio y la besó con una urgencia que había estado contenida desde el primer día que se conocieron en aquel club de locución. Fue un beso que sabía a café, a noches sin dormir y a una rivalidad que se había convertido en algo mucho más peligroso.

Judy respondió con la misma intensidad, sus dedos enredándose en el pelaje de la nuca de Nick. El fuego que habían intentado ignorar estalló finalmente, consumiendo las mentiras y las barreras que habían construido.

Se separaron jadeando, pero sin soltarse.

—Eso... no estaba en el proyecto —logró decir Judy, con una sonrisa triunfal y traviesa.

—Consideralo un extra por desempeño —respondió Nick, recuperando su brillo astuto—. Entonces, ¿qué dice la ley sobre besar a tu socio en el pasillo de la facultad?

Judy se rió, una risa clara y liberadora que resonó en el pasillo vacío.

—Dice que es un conflicto de intereses altamente recomendable.

Caminaron juntos hacia la salida, bajo la lluvia que ahora parecía una bendición. Sabían que las discusiones no terminarían, que él seguiría siendo un zorro astuto y ella una coneja idealista, y que probablemente pelearían por el volumen de la música esa misma noche. Pero mientras cruzaban el campus, con sus manos entrelazadas, ambos sabían que el fin del mundo no había llegado.

Al contrario, el mundo real, con todo su caos y su brillante complejidad, acababa de empezar. Y en Zootopia, donde cualquiera podía ser lo que quisiera, ellos habían decidido ser el equipo más improbable y letal de la universidad. El código estaba escrito, la ley estaba dictada y el fuego, lejos de apagarse, prometía incendiar todo lo que encontrara a su paso.