En la puerta de al lado
Frecuencias y Latidos
La luz de la luna se filtraba a través de la ventana del departamento de Nick, proyectando sombras alargadas sobre la alfombra donde ambos estaban sentados. Ya no había libros de texto desparramados ni laptops encendidas con códigos de seguridad. En su lugar, había dos tazas de té vacías y un silencio que, por primera vez en meses, no se sentía como una zona de guerra, sino como un refugio.
—¿Entonces me estás diciendo que el gran Nicholas Wilde, el zorro que hackeó el sistema de la cafetería para que todos tuvieran postre gratis, en realidad quería ser astronauta? —Judy soltó una risita suave, recostando la cabeza en el sofá que estaba detrás de ella.
Nick, que estaba sentado a su lado con una pierna encogida, se encogió de hombros con una sonrisa melancólica.
—Bueno, las estrellas no juzgan, Zanahorias. No les importa si eres un depredador o si tienes fama de ser un sabelotodo. Solo están ahí, brillando. Pero luego descubrí que me daban náuseas las alturas, así que decidí que navegar por la red era mucho más seguro para mi estómago.
Judy lo miró de reojo. El brillo de la luna resaltaba el naranja intenso de su pelaje y la suavidad de su mirada. Ya no veía al vecino molesto que ponía la música a todo volumen; veía al chico que trabajaba hasta el amanecer para pagar su matrícula, al hombre que escondía sus miedos detrás de una máscara de sarcasmo.
—A mí me pasó algo parecido —confesó Judy en un susurro—. En Bunnyburrow, todos esperaban que me quedara en la granja. Me decían que una coneja no podía ser abogada, que las leyes eran para animales más... grandes, más imponentes. Vine aquí con tanto miedo de fracasar que me convertí en una máquina de estudio. Olvidé cómo ser simplemente una persona.
Nick se movió, acortando la distancia entre ellos. Su mano buscó la de ella sobre la alfombra, entrelazando sus dedos con una naturalidad que todavía le erizaba la piel a Judy.
—Lo estás haciendo bien, Judy. Eres la criatura más valiente que he conocido. Y no lo digo solo porque me obligaste a terminar ese ensayo de cincuenta páginas sin morir en el intento.
—Nick... —Ella se giró hacia él, sintiendo el calor de su cuerpo—. Gracias. Por dejarme ver quién eres realmente.
—Fue tu culpa —dijo él, su voz volviéndose más profunda—. Desde la primera vez que entraste en el club de locución, con esas orejas tiesas y esa mirada de "voy a conquistar el mundo", me dejaste fuera de combate. Me pareciste encantadora, aunque intenté ocultarlo burlándome de tu acento de campo.
Judy se sonrojó violentamente, recordando aquel primer encuentro.
—¡Fuiste un idiota! Me imitaste durante veinte minutos frente a todos.
—Estaba tratando de llamar tu atención, Zanahorias. No sabía que la forma más rápida de llegar a tu corazón era a través de un debate sobre el código civil.
Nick se inclinó, y Judy no retrocedió. Sus labios se encontraron en un beso que empezó siendo tierno, una exploración de lo que acababan de confesar, pero que rápidamente se transformó en algo más urgente. Los toques ya no eran inocentes; la mano de Nick subió por el brazo de Judy hasta su nuca, mientras ella se aferraba a su camisa, atrayéndolo más hacia sí. El deseo latía entre ellos como una frecuencia de radio que finalmente había encontrado su sintonía.
Cuando se separaron, ambos estaban un poco jadeantes. Nick apoyó su frente contra la de ella, cerrando los ojos.
—La graduación es en dos semanas —murmuró él—. Todo va a cambiar.
—Lo sé —respondió Judy, acariciando su mejilla—. Pero no quiero que esto cambie.
Al día siguiente, la realidad del campus regresó con toda su fuerza. Judy caminaba por la cafetería con sus amigas, un grupo de conejas y ovejas que estudiaban leyes con ella.
—¡Vaya, Hopps! —exclamó Sharla, dándole un codazo juguetón—. ¿Ese es Wilde el que te está saludando desde la mesa de los de programación o es que mi vista está fallando?
Judy miró hacia donde señalaba su amiga. Nick estaba allí, con sus amigos Finnick y un lobo llamado Gary. Al verla, Nick le guiñó un ojo y levantó su taza de café en un brindis silencioso. Judy sintió que sus mejillas se encendían.
—Solo somos compañeros de proyecto, ya lo saben —dijo ella, tratando de mantener la voz firme mientras se concentraba en su ensalada de zanahorias.
—Sí, claro —se burló otra de sus amigas—. Compañeros que se miran como si estuvieran a punto de recitarse poemas de amor en medio del pasillo. Judy, tienes "zorro" escrito en la frente.
—¡No es verdad! —protestó ella, aunque su corazón decía lo contrario—. Es... es complicado. Él es un desastre y yo soy... bueno, yo.
—Tú eres una coneja enamorada, Judy —sentenció Sharla—. Y él parece que finalmente encontró algo más interesante que hackear servidores.
Mientras tanto, en la mesa de los programadores, el ambiente no era muy diferente.
—Te lo digo en serio, Nick —dijo Finnick, masticando un sándwich—. Si sigues mirando a la abogada con esa cara de cachorro perdido, voy a tener que retirarte el carnet de zorro astuto.
Nick soltó una risotada, aunque no apartó la vista de Judy por un par de segundos más de lo necesario.
—No sé de qué estás hablando, Finn. Solo admiro su... capacidad de análisis.
—Sí, y yo soy un elefante —bufó el fennec—. Admite que te tiene loco. No has organizado una fiesta en diez días y te he visto leyendo libros sobre leyes de privacidad por diversión. ¡Por diversión, Wilde!
Nick suspiró, dejando caer la máscara por un momento.
—Es diferente con ella, Finn. No es como las otras chicas. Ella me desafía. Me hace querer ser... no sé, alguien que merezca estar a su lado cuando reciba ese diploma.
—Pues más vale que se lo digas pronto —dijo Gary, el lobo—. La graduación es la próxima semana. Después de eso, cada quien toma su camino. Ella irá a un bufete importante y tú... bueno, tú probablemente termines en una startup de Silicon Valley.
Esa idea golpeó a Nick como un camión de carga. La posibilidad de que el final de la universidad significara el final de "ellos" era algo que no había querido procesar.
Esa misma tarde, se encontraron en el pasillo del edificio de departamentos. Judy llevaba una caja llena de papeles y se veía agotada. Nick se apresuró a ayudarla, tomando la caja antes de que ella pudiera protestar.
—Déjame ayudarte con eso, oficial —dijo él, usando el apodo que ahora sonaba más a una caricia que a una burla.
—Gracias, Nick. Estoy terminando los trámites para la pasantía. Me ofrecieron un puesto en el centro de la ciudad.
Nick se tensó imperceptiblemente mientras caminaban hacia la puerta de Judy.
—Eso es genial, Judy. Es lo que siempre quisiste.
Entraron en el departamento de ella. El lugar estaba lleno de cajas; Judy ya estaba empezando a empacar. El ambiente se volvió pesado de repente.
—¿Y tú? —preguntó ella, dándose la vuelta para mirarlo—. ¿Has decidido qué hacer con la oferta de esa empresa de seguridad en Zootopia Este?
Nick dejó la caja sobre la mesa y se metió las manos en los bolsillos.
—No lo sé. Es una buena oportunidad, pero... —Se detuvo, buscando las palabras—. No quiero que estemos en lados opuestos de la ciudad, Judy.
Ella se acercó a él, tomando sus manos.
—Nick, hemos pasado de odiarnos a... esto. No creo que unos cuantos kilómetros de distancia puedan detenernos. Sobrevivimos a un proyecto de cincuenta páginas con el Dr. Trunk. Podemos sobrevivir a cualquier cosa.
Nick sonrió, pero su mirada seguía siendo seria.
—Judy, hay algo que no te dije la otra noche. Cuando te vi por primera vez en aquel club de locución... no solo me pareciste encantadora. Me asustaste.
—¿Te asusté? —Judy arrugó la nariz, confundida.
—Sí. Me asustó ver a alguien con tanta luz, con tanta seguridad en lo que quería. Yo estaba acostumbrado a ir por la vida sin rumbo, haciendo bromas para que nadie viera que no tenía un plan. Tú fuiste el plan, Judy. Sin saberlo, te convertiste en la razón por la que empecé a esforzarme de verdad.
Judy sintió que las lágrimas picaban en sus ojos. Se puso de puntillas y rodeó el cuello de Nick con sus brazos, escondiendo el rostro en su pecho.
—Eres un tonto, Nick Wilde. Un zorro tonto e increíblemente inteligente.
—Y tú eres una coneja testaruda —respondió él, abrazándola con fuerza—. Mi coneja testaruda.
Se quedaron así un largo rato, rodeados de cajas y de la incertidumbre del futuro. Pero por primera vez, el futuro no se sentía como una amenaza.
El día de la graduación llegó con un sol radiante que iluminaba el gran auditorio de la Universidad Nacional de Zootopia. Cientos de estudiantes vestían sus togas y birretes, el aire lleno de risas, gritos de alegría y el aroma de las flores de los ramos de regalo.
Judy estaba en la fila de los graduados de Leyes, ajustándose nerviosamente la estola. Sus padres y sus doscientos setenta y cinco hermanos estaban en algún lugar de las gradas, probablemente haciendo suficiente ruido como para ser escuchados en la luna.
—¡Hopps! —Susurró una voz conocida detrás de ella.
Judy se giró y vio a Nick en la fila de los ingenieros y programadores, que estaba justo al lado. Él se veía increíblemente guapo con la toga, aunque mantenía su birrete ligeramente ladeado, desafiando el protocolo.
—¡Wilde! No deberías estar hablando conmigo ahora, el decano está por empezar —dijo ella, aunque su sonrisa la delataba.
—Solo quería decirte que busques debajo de tu birrete después de la ceremonia —le guiñó un ojo antes de volver a su posición, justo cuando la música de procesión empezaba a sonar.
La ceremonia fue un borrón de discursos, nombres pronunciados por altavoces y aplausos ensordecedores. Cuando finalmente Judy subió al estrado y recibió su diploma de manos del Dr. Trunk, el elefante le dedicó una pequeña sonrisa.
—Felicidades, señorita Hopps. Espero que el señor Wilde no la haya vuelto demasiado loca.
—Fue un esfuerzo compartido, doctor —respondió ella con orgullo.
Al bajar, buscó desesperadamente a Nick entre la multitud. Lo encontró cerca de la fuente central, rodeado de sus amigos, pero en cuanto él la vio, se abrió paso entre la gente. Se encontraron en medio del campus, dos graduados que habían empezado como enemigos y terminaban como algo que ninguno de los dos podía definir con una sola palabra.
—Lo hicimos, Zanahorias —dijo Nick, levantando su diploma.
—Lo hicimos —repitió ella. Entonces, recordó lo que él le había dicho—. Espera, ¿qué hay debajo de mi birrete?
Judy se quitó el sombrero de graduación y revisó el interior. Pegado con cinta adhesiva, había un pequeño dispositivo electrónico con un botón y una nota escrita con la letra elegante de Nick: *"Para cuando el mundo se vuelva demasiado ruidoso"*.
—¿Qué es esto? —preguntó ella, intrigada.
—Es un cancelador de frecuencias —explicó Nick, rascándose la oreja—. Lo programé para que, cuando lo enciendas, bloquee todas las frecuencias de sonido externas en un radio de un metro. Es para que puedas estudiar en paz, incluso si tu vecino decide hacer una fiesta.
Judy lo miró, conmovida. Era el regalo más "Nick" que podía imaginar.
—Pero... —Nick continuó, aclarando su garganta—, también tiene una función secundaria. Si dejas presionado el botón, envía una señal a mi teléfono. Es un código privado. Significa que me extrañas. O que quieres que te lleve café. O que simplemente quieres que baje la música y vaya a verte.
Judy no pudo contenerse más. Saltó hacia él, y Nick la atrapó en el aire, girando sobre sus talones mientras los birretes de otros estudiantes volaban por el cielo de Zootopia.
—Te quiero, Nick —susurró ella contra su oído, por primera vez dejando que las palabras salieran libres.
Nick se detuvo y la bajó lentamente, manteniendo sus manos en la cintura de ella. Su mirada era suave, llena de una promesa que iba más allá de la universidad.
—Y yo a ti, Judy. Más de lo que cualquier código o ley pueda explicar.
A su alrededor, la vida continuaba. Sus amigos se acercaban para felicitarlos, sus familias los buscaban entre la multitud y el mundo laboral los esperaba con todos sus desafíos. Pero en ese pequeño espacio entre un zorro y una coneja, todo estaba en perfecta sintonía.
Ya no eran solo el estudiante de programación y la estudiante de leyes que se odiaban. Eran Judy y Nick, dos animales que habían aprendido que, a veces, las mejores historias comienzan con una queja por el ruido y terminan con el sonido de dos corazones latiendo en la misma frecuencia.
Mientras caminaban juntos hacia sus familias, Nick le pasó un brazo por los hombros y Judy se apoyó en su costado.
—Oye, Zanahorias —dijo Nick con malicia—. ¿Eso significa que ya no vas a llamar al administrador si pongo música esta noche para celebrar?
Judy soltó una carcajada y le dio un suave golpe en las costillas.
—Depende, Wilde. Si la fiesta es solo para dos, tal vez pueda hacer una excepción legal.
—Me gusta cómo piensas, abogada. Me gusta mucho.
Y bajo el sol de Zootopia, el zorro y la coneja se alejaron, listos para escribir su propio código, para dictar sus propias leyes y para demostrarle al mundo que, cuando hay amor, no existen frecuencias imposibles de sintonizar.