En medio de un mar interminable
Ecos de un Mar Lejano y el Peso de la Realidad
El bullicio de Shinjuku se sentía extrañamente vacío. Para cualquier transeúnte, solo habían pasado unos segundos desde que el aire se distorsionó, pero para Satoru Gojo y Suguru Geto, el peso de la salitre todavía escocía en sus pulmones y el brillo del magma de Akainu seguía quemando sus retinas. El contraste era casi insoportable: el gris del asfalto frente al azul vibrante de Marineford; el silencio tenso de la hechicería frente al estruendo de una guerra de leyendas.
Satoru caminaba con las manos en los bolsillos, balanceándose sobre sus talones con una energía que no encajaba con la gravedad de lo que casi sucede antes del portal. Sus Seis Ojos procesaban cada átomo de la calle, pero su mente seguía anclada en la imagen de un chico con sombrero de paja gritando al cielo.
—¿Sabes qué es lo que más me molesta, Suguru? —preguntó Satoru, rompiendo el silencio mientras pateaba una lata vacía.
—¿Que no pudiste quedarte con el sombrero de Luffy como trofeo? —respondió Geto sin mirarlo, manteniendo su paso constante, aunque sus hombros ya no estaban tan rígidos.
—No, eso hubiera sido genial, pero no —Satoru se detuvo y miró hacia los edificios—. Es que allí, el poder no parecía tan... solitario. Ese viejo, Barbablanca. Estaba muriendo, estaba rodeado de enemigos, y aun así, cada vez que rugía, sus "hijos" se hacían más fuertes. No era el más fuerte porque estuviera solo en la cima. Era el más fuerte porque tenía algo que sostener.
Suguru se detuvo a unos metros. Sus ojos, usualmente cargados de un cinismo creciente sobre la "necesidad" de proteger a los débiles, buscaron los de su amigo tras los cristales oscuros.
—Eran piratas, Satoru. Criminales según su mundo —dijo Suguru, aunque su voz carecía de la convicción de antes—. Pero vi cómo Ace se interpuso. No fue por deber, ni por una misión de grado especial. Fue... amor. Un concepto bastante ineficiente para un hechicero, ¿no crees?
—La eficiencia es aburrida —bufó Gojo, volviendo a caminar—. Por eso siempre pierdes contra mí en los videojuegos. Te centras demasiado en la estrategia y olvidas disfrutar del caos.
Llegaron a un pequeño local de ramen escondido en un callejón, uno de esos lugares que parecían inmunes al paso del tiempo y a las crisis existenciales de los adolescentes. Se sentaron en la barra, uno al lado del otro, como lo habían hecho cientos de veces antes de que la palabra "ideología" empezara a pudrir su amistad.
—Dos de miso especial —pidió Suguru al anciano tras la barra—. Y mucha carne para el peliblanco, o no dejará de quejarse.
El vapor del caldo empezó a llenar el espacio entre ellos. Durante unos minutos, el único sonido fue el del sorber de los fideos. Pero la calma era superficial. Marineford no solo había sido un desvío; había sido un espejo.
—Ese tipo, Akainu —comenzó Gojo, con la boca medio llena—, me recordó a los altos mandos del colegio. Esa justicia absoluta que no deja espacio para respirar. "Si no eres de los nuestros, eres el enemigo". "Si no sigues las reglas, debes ser eliminado". Es tan... rígido. Dan ganas de romperlo todo, ¿verdad?
Suguru dejó sus palillos sobre el cuenco. La mención de la justicia absoluta le tocó una fibra sensible.
—Yo pensaba que las reglas eran lo que nos mantenía cuerdos, Satoru. Que el orden era la única forma de que los fuertes no devoraran a los débiles. Pero en esa plaza... vi a los "fuertes" de la Marina masacrando a gente que solo quería salvar a un hermano. Y vi a las maldiciones... bueno, a mis espíritus, siendo usados para algo que no era exorcizar.
—Salvaste a Luffy con ese dragón —dijo Gojo, bajando el tono de voz—. No lo hiciste porque fuera tu deber. Lo hiciste porque era lo correcto. No hubo "monos" en ese barco, Suguru. Solo personas luchando por lo que aman.
Geto apretó los puños bajo la mesa. La imagen de las personas corrientes en Japón, a quienes él había empezado a despreciar por su incapacidad de ver las maldiciones que ellos sufrían por exorcizar, se mezcló con la imagen de los piratas de Barbablanca.
—Es diferente —susurró Suguru—. Aquí, los no-hechiceros crean las maldiciones que nosotros tenemos que tragar. Literalmente. Cada vez que consumo un espíritu, es por su culpa. Su miedo, su odio, su ignorancia... es un ciclo infinito de inmundicia.
—Entonces cambiemos el ciclo —soltó Gojo como si fuera lo más sencillo del mundo—. No matando a todos, eso es demasiado trabajo y me dejaría sin buenos pasteles que comer. Cambiemos la estructura. Si los altos mandos son el problema, nos convertiremos en los altos mandos. Si el sistema de hechicería está podrido, plantaremos un jardín nuevo.
Suguru soltó una carcajada seca, carente de alegría.
—¿Tú y yo? ¿Gobernando el mundo de la hechicería? Satoru, apenas podemos mantener nuestras habitaciones limpias.
—Somos los más fuertes, ¿no? —Gojo se quitó las gafas, revelando esos ojos que contenían el infinito. No había arrogancia en su mirada esta vez, sino una determinación feroz—. Me lo preguntaste antes del portal. "¿Eres el más fuerte porque eres Satoru Gojo, o eres Satoru Gojo porque eres el más fuerte?". La respuesta es que no importa. Lo que importa es que estoy aquí, contigo. Y si estamos juntos, no hay sistema, ni almirante, ni maldición que pueda detenernos.
Suguru lo miró fijamente. Por un momento, la sombra de la soledad que lo había estado persiguiendo, esa sensación de que Satoru estaba ascendiendo a un plano donde él no podía seguirlo, se desvaneció. En Marineford, habían luchado como iguales. Satoru no lo había dejado atrás; lo había esperado.
—Ace iba a morir —dijo Suguru de repente, cambiando de tema—. Lo sentí en el aire. El destino de ese mundo estaba escrito para que él cayera. Pero tú detuviste el puño de ese hombre. Rompiste el destino de un universo entero solo por un capricho.
—No fue un capricho —corrigió Satoru, volviendo a su tono juguetón—. Fue un spoiler. No me gustan los finales tristes. Si tengo el poder de cambiar el guion, ¿por qué no hacerlo?
—¿Crees que podemos hacer lo mismo aquí? —preguntó Suguru, con una chispa de esperanza que no sentía desde hacía años—. ¿Cambiar el final de nuestra propia historia?
Satoru extendió su mano, no para usar el Infinito, sino para ofrecer un choque de puños.
—Solo si dejas de intentar ser un mártir solitario. Luffy no fue a Marineford solo. Tenía a toda una flota detrás. Nosotros nos tenemos el uno al otro. Esa es nuestra "tripulación".
Suguru miró el puño de su amigo. Recordó el sabor amargo de las esferas de maldición, el sudor de las misiones interminables y la soledad de las noches en vela. Pero también recordó la risa de Luffy cuando fueron rescatados y la mirada de agradecimiento de Ace.
—Está bien —dijo Suguru, chocando su puño con el de Satoru—. Pero si terminamos siendo los villanos de esta historia, te culparé a ti.
—¡Hecho! —exclamó Gojo—. Seremos los villanos más guapos y poderosos de la historia. Aunque, técnicamente, reformar el sistema educativo no suena muy de villano, pero le pondremos un nombre intimidante si eso te hace sentir mejor.
Salieron del local de ramen bajo la luz de la luna. El mundo seguía siendo el mismo, pero ellos ya no lo eran. La fractura en su amistad, que antes parecía un abismo insalvable, ahora era solo una grieta que podían saltar con un poco de esfuerzo.
Mientras caminaban hacia la escuela técnica de Tokio, Satoru se detuvo un momento y miró hacia el cielo estrellado.
—Oye, Suguru... ¿crees que realmente existen? ¿Luffy y los demás? ¿O fue solo un sueño muy vívido causado por el estrés de nuestras hormonas adolescentes?
Suguru metió la mano en su bolsillo y sacó algo que había recogido del suelo en Marineford, justo antes de saltar al portal. Era una pequeña moneda de oro con el símbolo de un gobierno mundial que no existía en su mapa.
—No creo que los sueños dejen propina, Satoru.
Gojo soltó una carcajada que resonó en las calles vacías de Shinjuku.
—¡Increíble! ¡Mañana mismo buscaremos si hay alguna fruta del diablo escondida en el almacén de objetos malditos de la escuela! ¡Imagínate a Shoko comiendo la fruta de la curación!
—Shoko nos mataría por intentar experimentar con ella —dijo Suguru, aunque una sonrisa genuina empezaba a formarse en sus labios—. Pero tienes razón. El mundo es mucho más grande de lo que pensábamos.
Esa noche, en la Academia de Hechicería, dos jóvenes que estaban destinados a convertirse en enemigos jurados durmieron con la mente llena de barcos navegando sobre nubes y hombres que desafiaban a los dioses con una sonrisa. El destino de la hechicería acababa de cambiar de rumbo, desviado por el eco de una guerra pirata en una dimensión lejana.
Satoru Gojo y Suguru Geto ya no buscaban ser "el más fuerte" por separado. Ahora, tenían una misión mucho más ambiciosa: asegurarse de que, cuando llegara su propio Marineford, nadie tuviera que morir solo.
—Buenas noches, Suguru —dijo Satoru desde su habitación, al otro lado de la pared.
—Buenas noches, Satoru —respondió Geto—. Y gracias.
—¿Por qué?
—Por no dejarme caer en el agujero.
—No digas tonterías. Todavía me debes el ramen de la próxima semana.
El silencio volvió a la academia, pero era un silencio diferente. No era el silencio de la soledad, sino el de la calma antes de una revolución. En algún lugar, en un mar lejano, un chico de goma seguía navegando hacia sus sueños, sin saber que su voluntad había salvado no solo a su hermano, sino también el alma de los dos hechiceros más poderosos de otro mundo.