En medio de un mar interminable
El Vórtice de la Ambición y el Reencuentro con el Horizonte
La semana que siguió a su involuntario viaje a Marineford fue, posiblemente, la más extraña en la vida de los dos estudiantes de segundo año. Para el resto de la Escuela Técnica de Hechicería de Tokio, Satoru Gojo y Suguru Geto simplemente habían regresado de una misión con una actitud ligeramente más cooperativa y un brillo inusual en los ojos. Para ellos, era como si hubieran despertado de un sueño compartido que se sentía más real que la propia realidad.
Satoru, ahora más que nunca, se veía asediado por misiones. Su ascenso hacia la cúspide del mundo de la hechicería era imparable, pero algo había cambiado. Ya no se quejaba tanto de la "debilidad" de los demás; simplemente terminaba el trabajo rápido para volver a la academia.
—¡No, no, no! ¡Suguru, escucha! —exclamó Satoru, balanceándose en una silla mientras Shoko Ieiri intentaba, por enésima vez, explicarle los fundamentos de la Técnica de Maldición Inversa a Geto—. No es "sentir" la energía. Es como si multiplicaras un número negativo por otro negativo para que te dé positivo. ¡Es pura lógica matemática! ¡Pum, y ya está, te curas!
Shoko suspiró, frotándose las sienes con cansancio, mientras Geto miraba a Gojo con una expresión de absoluta incomprensión.
—Satoru —dijo Suguru con calma, aunque una vena palpitaba en su frente—, eso no ayuda en absoluto. "Multiplicar sentimientos negativos" no es una instrucción técnica. Es una metáfora confusa.
—¡Es que es así de simple! —insistió el peliblanco, bajando sus gafas para guiñarle un ojo—. Si yo puedo hacerlo, tú también. Además, después de ver a ese tipo Marco convertirse en un fénix azul y curarse de todo, ¿cómo no vas a entenderlo?
—Eso era una Fruta del Diablo, Satoru —intervino Shoko, mirando a ambos con sospecha—. Siguen hablando de ese "anime" como si realmente hubieran estado allí. Están empezando a preocuparme. ¿Seguros que no los golpeó una maldición de tipo alucinógeno?
—Fue real, Shoko —dijo Suguru, su voz perdiendo el tono de broma por un segundo—. Tan real como el sabor amargo de mis espíritus.
El momento de camaradería se rompió cuando un asistente de los altos mandos apareció en el marco de la puerta. Su rostro era una máscara de formalidad fría y burocrática.
—Satoru Gojo —dijo el hombre con una reverencia rígida—. Los superiores solicitan su presencia de inmediato en el Complejo de Investigación Subterráneo. Es un asunto de máxima prioridad nacional.
Satoru puso los ojos en blanco, pero se levantó con un suspiro dramático.
—El deber llama. Suguru, sigue intentando lo de la multiplicación. Volveré antes de que Shoko se acabe su tercer café.
El complejo subterráneo era un lugar que Gojo rara vez visitaba. Estaba lleno de ancianos que olían a incienso rancio y a miedo. Sin embargo, esta vez lo llevaron a una sección que no conocía: un laboratorio lleno de tecnología que mezclaba la ciencia moderna con sellos de energía maldita.
—Hemos detectado anomalías espaciales —explicó uno de los ancianos, oculto tras una pantalla de papel—. Grietas que se forman por la acumulación de energía maldita descontrolada. Creemos que estas grietas son puertas a otros planos de existencia.
Satoru mantuvo su rostro impasible. "Si supieran que ya crucé una y casi le doy un infarto a un Almirante", pensó con diversión.
—Tenemos una máquina —continuó el superior—, un prototipo diseñado para estabilizar y replicar estas grietas. Pero requiere una cantidad de energía maldita pura y masiva para activarse. Solo alguien con los Seis Ojos y una reserva infinita puede alimentar el núcleo.
—¿Quieren que sea su batería? —preguntó Gojo, ladeando la cabeza—. Qué aburrido. ¿Para qué quieren abrir una grieta?
—Para la seguridad de la humanidad —fue la respuesta ensayada—. Para entender el origen de las maldiciones.
Satoru sintió curiosidad. Si lograban replicar el portal, tal vez podría visitar a Luffy de nuevo sin depender del azar. O mejor aún, podría llevar a Suguru de vacaciones a una isla flotante.
—Está bien —dijo Satoru con una sonrisa despreocupada—. Pero si la máquina explota, no esperen que pague la fianza.
Antes de entrar a la cámara sellada, Satoru pidió ir al baño. Una vez solo, sacó su teléfono y marcó a toda prisa.
—¿Suguru? —susurró cuando Geto contestó—. Escucha, estoy en el área restringida del sótano. Estos viejos locos tienen una máquina para abrir portales. Van a usarme como generador.
—¿Qué? —la voz de Geto sonaba alarmada—. Satoru, eso suena a una trampa. No dejes que te conecten a nada que no entiendas. Voy para allá.
—Tranquilo, soy el más fuerte, ¿recuerdas? —dijo Gojo, aunque por dentro sentía un hormigueo extraño en la nuca—. Solo quería avisarte por si ves un resplandor azul saliendo del suelo. Nos vemos en un rato.
Gojo regresó y fue conducido a una plataforma metálica rodeada de cables gruesos y talismanes de Grado Especial. Le pidieron que colocara su brazo en un receptáculo central. Al principio, la sensación fue leve, como una pequeña corriente eléctrica recorriendo sus venas.
Pero entonces, el ritmo cambió.
La máquina emitió un zumbido agudo que hizo vibrar sus dientes. Satoru sintió cómo su energía maldita, que normalmente fluía como un río infinito, empezaba a ser succionada con una violencia inaudita.
—Oigan —dijo Satoru, su sonrisa desapareciendo—, creo que esto es suficiente. Se está pasando de la raya.
Los técnicos y los superiores, observando desde detrás de un cristal reforzado, no respondieron. Sus rostros no mostraban preocupación, sino una fascinación gélida.
—¡He dicho que basta! —rugió Gojo, intentando retirar el brazo.
Para su sorpresa, el receptáculo se había sellado magnéticamente, y una técnica de barrera desconocida estaba interfiriendo con su capacidad de activar el Infinito de forma defensiva. La máquina estaba diseñada específicamente para contrarrestar su naturaleza, drenándolo antes de que pudiera reaccionar.
Sus Seis Ojos le enviaron una señal de alerta roja: su energía estaba bajando a niveles que nunca había experimentado. La fatiga, un concepto casi ajeno a él, empezó a nublar su vista.
De repente, la puerta de seguridad estalló en mil pedazos.
—¡Satoru! —gritó Geto, entrando en la sala sobre el lomo de una maldición voladora.
Suguru vio a su amigo pálido, conectado a esa monstruosidad mecánica que brillaba con una luz violácea errática. Sin dudarlo, Geto lanzó una ráfaga de energía maldita contra los generadores externos, pero una barrera protectora los protegió.
—¡Suguru, apártate! —gritó Gojo.
Al ver a su amigo en peligro, Satoru forzó su cuerpo al límite. Si la máquina quería energía, le daría algo que no podría digerir. Concentró lo último que le quedaba, ignorando el dolor punzante en sus canales de energía, y activó su técnica más destructiva desde el interior del mecanismo.
—¡Resplandor Azul! —bramó.
La energía colisionó con el núcleo de la máquina de forma inestable. El resultado no fue una explosión convencional, sino un colapso del espacio-tiempo. Un agujero negro en miniatura se abrió en el centro de la habitación, devorando el metal, los cables y la luz misma.
La fuerza de succión fue absoluta. Suguru, que estaba a pocos metros, intentó alcanzar la mano de Satoru, pero el portal los tragó a ambos antes de que pudieran decir una palabra más.
Lo siguiente que sintieron fue el vacío. No era la oscuridad de Marineford, sino una caída libre bajo un cielo de un azul tan intenso que dolía.
—¡Aaaaaaah! —gritó Gojo, agitando los brazos mientras caía a cientos de kilómetros por hora—. ¡Eso no salió como esperaba!
—¡Eres un idiota, Satoru! —le gritó Geto, cuya voz era casi arrastrada por el viento—. ¡Te dije que era una trampa!
Suguru, manteniendo la cabeza fría a pesar del pánico, realizó un gesto con las manos.
—¡Ven a mí! —invocó a una criatura enorme, una especie de mantarraya voladora de Grado 1, que apareció bajo ellos justo antes de que impactaran contra la superficie del agua.
Ambos cayeron sobre el lomo de la maldición con un golpe seco. La criatura se estabilizó, sobrevolando las olas a baja altura. Durante varios minutos, lo único que se escuchó fue la respiración agitada de los dos adolescentes.
Satoru se sentó, pasándose una mano por el pelo blanco, que estaba empapado de sudor y salitre. Sus gafas se habían perdido en la caída. Miró a su alrededor con los Seis Ojos, tratando de encontrar un punto de referencia.
Solo había mar. Un océano infinito, sin rastro de tierra, edificios o energía maldita humana en kilómetros a la redonda.
—¿Dónde estamos ahora? —preguntó Suguru, poniéndose en pie con dificultad—. Satoru, mírame. Dime que no estamos de vuelta en ese lugar.
Gojo observó el horizonte. A lo lejos, algo emergió del agua. No era un barco, sino una criatura marina del tamaño de un rascacielos, con colmillos que parecían montañas y ojos amarillos que los observaban con curiosidad hambrienta.
—Bueno —dijo Satoru, con una risita nerviosa mientras se ponía en pie—, esa cosa definitivamente no es un espíritu maldito de los nuestros.
—¡Satoru! —rugió Geto, señalando hacia el otro lado.
Un barco con velas negras y una bandera con una calavera sonriente se aproximaba rápidamente. En la proa, una figura con una capa negra y una cicatriz en el ojo observaba el cielo.
—Suguru... —Satoru sonrió, y esta vez la emoción superó al cansancio—. Creo que la máquina de los viejos funcionó demasiado bien.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Geto, invocando más maldiciones para prepararse para el combate.
—No estamos en Marineford —dijo Gojo, señalando el extraño barco—. Mira esa bandera. Esos son los piratas del Pelirrojo. Si Marineford fue el clímax, esto... esto es el Nuevo Mundo.
Geto se sentó de nuevo en el lomo de su criatura, frotándose la cara con las manos.
—Solo quería comer ramen en paz, Satoru. Solo quería una semana normal.
—¡Vamos, Suguru! —Gojo le dio una palmada en la espalda, recuperando su arrogancia habitual—. ¡Mira el lado positivo! ¡Aquí no hay altos mandos, ni misiones aburridas, ni reglas estúpidas!
—Solo hay monstruos marinos gigantes y piratas que pueden partir islas a la mitad —suspiró Geto, aunque sus ojos empezaron a brillar con el mismo fuego que en Marineford—. Supongo que no tenemos otra opción.
—Exacto —dijo Gojo, levantando un dedo hacia el cielo—. ¡Próxima parada, el One Piece! ¡O lo que sea que encuentren estos tipos!
La mantarraya de Suguru aceleró, cortando el viento sobre el mar infinito, mientras los dos hechiceros más fuertes de su mundo se adentraban en la era de la piratería una vez más, listos para romper todas las reglas que el destino se atreviera a imponerles.