En medio de un mar interminable
Ecos de la Voluntad y el Despertar del Haki
El sol del Nuevo Mundo no perdonaba. No era como el sol de Tokio, filtrado por la contaminación y el velo de las barreras de la escuela; este era un sol que pesaba, que quemaba con una intensidad que parecía alimentarse de la ambición de quienes navegaban sus aguas. En la cubierta del Red Force, Satoru Gojo se encontraba tumbado cuan largo era, con el brazo sobre los ojos y la respiración acompasada.
—Te ves patético, Satoru —dijo Suguru Geto, dejando caer una cantimplora de agua sobre el abdomen de su amigo.
Satoru ni siquiera se inmutó por el impacto. Se destapó un ojo, revelando un azul que, aunque todavía carecía de su brillo sobrenatural, empezaba a recuperar una chispa de picardía.
—Se llama "conservación de energía", Suguru —respondió Satoru con voz lánguida—. Mi cuerpo está intentando procesar este aire. Es como si estuviera tratando de beber a través de un sorbete muy estrecho mientras el océano entero intenta entrar en mis pulmones.
—Es el Haki —dijo una voz profunda a sus espaldas.
Benn Beckman caminaba hacia ellos, con su eterno cigarrillo apagado en la comisura de los labios y un bastón de madera en la mano. El primer oficial de los piratas del Pelirrojo no irradiaba la alegría explosiva de Shanks, sino una calma peligrosa, como un mar profundo antes de un tsunami.
—En este mar, la energía no se "absorbe" del exterior como parecen hacer ustedes —continuó Beckman, señalando a Suguru—. Tú usas esas criaturas, esas... maldiciones. Pero tu amigo, el del pelo blanco, dependía de algo que este mundo no reconoce. Aquí, el poder viene de dentro. Se llama voluntad.
Satoru se sentó con esfuerzo, cruzando las piernas.
—Voluntad... —murmuró—. He tenido suficiente voluntad para ser el más fuerte de mi mundo durante años, Beckman-san. Pero mis Seis Ojos me dicen que aquí las reglas de la física son más... sugerencias que leyes.
—Exacto —asintió Beckman—. Por eso tu técnica está bloqueada. Estás intentando usar una llave de otro mundo en una cerradura que requiere algo más básico. Tu "Infinito" es una construcción mental. Aquí, si quieres que nada te toque, tienes que desearlo con una fuerza que intimide al espacio mismo.
Suguru observaba la conversación con atención. Él no había perdido sus poderes; sus maldiciones seguían respondiendo, aunque se sentían inquietas, como animales en un territorio de depredadores superiores.
—¿Y qué hay de mí? —preguntó Suguru—. Mis espíritus están nerviosos. Sienten algo en este barco que los hace querer esconderse en mis sombras.
—Sienten el Haki del Capitán, incluso cuando duerme —respondió Beckman con una media sonrisa—. Y el mío. Para tus monstruos, somos depredadores. Si quieres que sobrevivan aquí, tendrás que endurecerlos. O ellos serán devorados por la voluntad de nuestros enemigos.
En ese momento, Shanks apareció en el puente superior, estirándose con un bostezo ruidoso.
—¡Benn! ¡No los aburras con teoría! —gritó el Pelirrojo antes de saltar hacia la cubierta principal con una agilidad asombrosa—. La mejor forma de despertar la voluntad es poniéndolos contra la pared. ¡Gojo! ¡Geto! ¡A las lanchas!
—¿A las lanchas? —preguntó Satoru, levantando una ceja—. Espero que sea para ir a una isla con una pastelería de lujo.
—Mejor que eso —rio Shanks—. Vamos a pescar.
Dos horas después, Satoru y Suguru se encontraban en una pequeña embarcación a un kilómetro de distancia del Red Force. El mar estaba inusualmente en calma, pero bajo la superficie, los Seis Ojos de Satoru detectaban movimientos masivos.
—Shanks dijo que no podemos volver al barco hasta que traigamos el almuerzo —dijo Suguru, mirando el agua con desconfianza—. Y por "almuerzo", se refería a un Rey Marino.
—Es un poco excesivo, ¿no crees? —Satoru suspiró, mirando sus manos—. Todavía no siento el flujo. Es como si tuviera un cortocircuito constante.
—Satoru, olvida el flujo —le espetó Suguru, poniéndose en pie y extendiendo las manos—. Olvida las fórmulas. Olvida la energía maldita. En Marineford viste a ese hombre, Shirohige. Estaba lleno de agujeros y seguía luchando. No era por una técnica ritual. Era porque se negaba a caer.
De repente, el agua empezó a burbujear. Una sombra gigantesca se alzó bajo la lancha, y un segundo después, una cabeza de serpiente con escamas verdes y ojos del tamaño de carruajes emergió, rugiendo con una fuerza que casi vuelca la pequeña embarcación.
—¡Ahí está el postre! —gritó Satoru, recuperando por un segundo su sonrisa maníaca.
Suguru no perdió el tiempo.
—¡Dragón de Arcoiris! —invocó. La enorme criatura transparente surgió de las sombras, chocando de frente contra el Rey Marino.
El impacto creó una onda de choque que lanzó a Satoru por los aires. Sin su Infinito para flotar, Satoru experimentó algo que no sentía desde que era un niño: la gravedad pura y el miedo al impacto.
—¡Maldición! —gritó Gojo mientras caía hacia las fauces abiertas de la bestia.
En ese instante de peligro absoluto, cuando los dientes del monstruo estaban a centímetros de su cuerpo, Satoru cerró los ojos. No buscó el Azul, ni el Rojo, ni el Vacío. Buscó ese núcleo de arrogancia pura que siempre lo había definido. "Yo soy Satoru Gojo", pensó. "El mundo se detiene porque yo lo ordeno, no porque una técnica lo diga".
Un pulso invisible emanó de su cuerpo. No fue una explosión de energía, sino una orden silenciosa dirigida a la realidad misma.
El Rey Marino se detuvo en seco. Sus ojos amarillos se dilataron por el terror y su mandíbula quedó congelada a milímetros de Satoru. Fue solo un segundo, un parpadeo de tiempo donde la voluntad de Satoru se impuso sobre el instinto del depredador.
Satoru aterrizó sobre el hocico del monstruo y, por instinto, lanzó un puñetazo. No fue un golpe reforzado con energía maldita, pero el aire a su alrededor estalló con chispas negras y rojizas.
¡BOOM!
El Rey Marino fue lanzado hacia atrás, con la mandíbula fracturada, cayendo pesadamente sobre el océano.
Suguru, montado sobre su dragón, se quedó petrificado.
—Satoru... eso no fue energía maldita —dijo Suguru, descendiendo hacia su amigo—. El aire... vibró.
Satoru miraba su puño, asombrado. Sus nudillos sangraban, algo que no le ocurría desde hacía años, pero el dolor se sentía extrañamente satisfactorio.
—Haki de Armadura... —susurró Satoru, con una risa que empezó a crecer en su pecho hasta convertirse en una carcajada histérica—. ¡Suguru! ¡Lo sentí! ¡No necesito los Seis Ojos para esto! ¡Es como si el mundo entero fuera una extensión de mi propia piel!
Desde la distancia, en la cubierta del Red Force, Shanks observaba a través de un catalejo, sonriendo con orgullo.
—Te lo dije, Benn —dijo el Pelirrojo—. Ese chico no es fuerte por sus ojos. Es fuerte porque tiene el alma de un rey. Solo necesitaba un mundo lo suficientemente salvaje para recordárselo.
—¿Y el otro? —preguntó Beckman, señalando a Suguru, quien ahora estaba usando a sus espíritus de una forma mucho más agresiva, coordinándolos con golpes físicos que empezaban a mostrar rastros de endurecimiento.
—Geto es diferente —analizó Shanks—. Él no busca dominar el mundo, busca proteger su lugar en él. Su Haki será el de la observación. Verá las intenciones de los hombres antes de que ellos mismos las conozcan. Van a ser un problema para el Gobierno Mundial si deciden quedarse aquí mucho tiempo.
De vuelta en la lancha, el Rey Marino derrotado flotaba panza arriba. Satoru se sentó sobre la cabeza de la bestia, jadeando, pero con una mirada de triunfo que Suguru no le veía desde antes de que la oscuridad se cerniera sobre ellos en Shinjuku.
—Oye, Suguru —dijo Satoru, mirando hacia el barco de los piratas—. ¿Te das cuenta de lo que esto significa?
—¿Que vamos a comer mucho pescado? —respondió Geto, sentándose a su lado y limpiándose el sudor de la frente.
—No. Significa que cuando volvamos... cuando regresemos a nuestro mundo... no vamos a ser solo los hechiceros más fuertes. Vamos a ser algo que los viejos del consejo no podrán ni imaginar. Vamos a llevar la voluntad de este mar con nosotros.
Suguru miró sus propias manos. Por primera vez en mucho tiempo, el sabor de las maldiciones en su garganta no se sentía tan amargo. El esfuerzo físico, la lucha por la supervivencia y la claridad del Haki estaban limpiando las telarañas de su mente.
—Tal vez este portal no fue un error, Satoru —admitió Suguru en voz baja—. Tal vez necesitábamos este mundo para no destruir el nuestro.
Satoru asintió, mirando hacia el horizonte donde el cielo y el mar se fundían en un azul infinito.
—Shanks dice que el One Piece es el tesoro más grande del mundo —dijo Gojo, poniéndose en pie con renovada energía—. Pero creo que ya encontré algo mejor.
—¿Ah sí? ¿Qué cosa? —preguntó Suguru con curiosidad.
Satoru le tendió la mano para ayudarlo a levantarse, y esta vez, no hubo Infinito entre ellos. Solo el contacto firme de dos amigos.
—La certeza de que, sin importar el mundo o las reglas, siempre seremos nosotros contra el resto —Satoru sonrió de oreja a oreja—. Ahora, ¡vamos a llevar este pescado al barco! ¡Tengo hambre y apuesto a que Shanks tiene una reserva secreta de dulces en alguna parte!
—Si intentas robarle al Pelirrojo, esta vez no te salvaré —rio Suguru, ordenando a su espíritu que remolcara la gigantesca presa.
Mientras regresaban al Red Force, los dos adolescentes de Tokio ya no se sentían como extraños en una tierra lejana. Eran guerreros en formación, hechiceros que estaban aprendiendo a ser hombres, navegando bajo la bandera de la libertad mientras el destino de dos mundos empezaba a entrelazarse de forma irreversible. El Nuevo Mundo los había puesto a prueba, y ellos, como siempre, habían decidido que las reglas no eran más que obstáculos destinados a ser pulverizados.
—¡Oigan, chicos! —gritó Lucky Roux desde la borda al verlos llegar con el monstruo—. ¡Ese es un buen tamaño! ¡Pero espero que tengan sed, porque Shanks ya empezó el brindis número diez!
Satoru saltó hacia la cubierta con una agilidad que ya no dependía de la magia, sino de sus propios músculos. Miró a los piratas, al mar y a su mejor amigo, y por primera vez en mucho tiempo, no sintió el peso de ser "el más fuerte". Sintió el peso de estar vivo.
—¡Prepárense, piratas! —exclamó Gojo, señalando al cielo—. ¡Porque Satoru Gojo ha vuelto, y este mundo no está listo para lo que viene después del postre!
La risa de los piratas se mezcló con el rugido del mar, sellando un pacto silencioso entre la hechicería y la piratería, mientras en algún lugar del multiverso, las grietas del espacio seguían vibrando, esperando el momento en que los dos reyes regresaran a reclamar su trono.