En medio de un mar interminable
El ocaso de los dioses y el silencio del Infinito
—Suguru, ¿alguna vez has pensado en lo azul que es el cielo cuando no tienes que filtrarlo a través de una barrera? —La voz de Satoru Gojo sonaba inusualmente suave, casi etérea, mientras se balanceaba ligeramente sobre el lomo de la mantarraya maldita.
El viento del Nuevo Mundo soplaba con una fuerza salvaje, cargado de sal y de una energía que no era maldita, sino algo más primario, más libre. Suguru Geto mantenía las manos firmes sobre la piel rugosa de su espíritu, con el ceño fruncido mientras observaba el horizonte. El Red Force, el imponente navío de Shanks "el Pelirrojo", se recortaba contra el sol poniente como una fortaleza de madera y voluntad.
—Me preocupa más lo que hay debajo de ese cielo, Satoru —respondió Suguru sin girarse—. Si esos son realmente los piratas de los que hablabas, no podemos permitirnos una entrada descuidada. Ese hombre, Shanks... en los relatos decían que su sola presencia podía hacer que la gente perdiera el conocimiento.
—Sí, el Haki del Conquistador —murmuró Satoru. Se pasó una mano por el rostro, apartando los mechones de cabello blanco que le caían sobre los ojos. Sin sus gafas y sin la venda que solía usar en misiones oficiales, sus ojos, los Seis Ojos, parecían dos pozos de cristal infinito, pero algo en ellos estaba... apagado.
Suguru notó el silencio que siguió. Satoru nunca se quedaba callado más de diez segundos a menos que estuviera comiendo dulces o planeando algo catastrófico. Al girar la cabeza, vio que su amigo estaba sentado de forma inestable, con los hombros hundidos y una palidez que rozaba lo enfermizo.
—Satoru, ¿estás bien? —preguntó Suguru, reduciendo la velocidad de la mantarraya.
—Claro, claro... —Satoru soltó una risita, pero fue un sonido seco, carente de su habitual arrogancia—. Solo que... esa máquina de los viejos era más eficiente de lo que pensaba. Realmente querían dejarme seco, ¿no crees?
Geto frunció el ceño y detuvo a la criatura por completo. El espíritu se quedó flotando a unos diez metros sobre el nivel del mar, balanceándose suavemente con el ritmo de las olas. El barco del Pelirrojo seguía acercándose, pero Suguru ya no miraba al horizonte.
—¿A qué te refieres con "seco"? —Suguru se acercó a él y le puso una mano en el hombro. Sintió que Satoru estaba frío, y lo que era más alarmante, no sintió esa presión invisible que siempre rodeaba al peliblanco—. Satoru... ¿dónde está el Infinito?
Gojo levantó una mano, intentando chasquear los dedos para generar una pequeña chispa de energía, pero no ocurrió nada. Sus dedos simplemente chocaron entre sí con un sonido sordo y humano.
—Bueno —dijo Satoru, rascándose la nuca con una sonrisa de disculpa que no llegaba a sus ojos—, resulta que ahora mismo soy un tipo ordinario de un metro noventa. La máquina no solo drenó mi reserva, sino que parece haber bloqueado mis canales. No tengo energía maldita, Suguru. Ni una gota. Mi técnica innata está... de vacaciones.
La mantarraya pareció temblar ante la súbita tensión de su amo. Suguru sujetó a Satoru por ambos hombros, obligándolo a mirarlo directamente.
—¡Me estás diciendo que no tienes el Infinito! —exclamó Suguru, su voz subiendo de octava por la incredulidad—. ¿No hay Azul? ¿No hay Rojo? ¿Estás... vulnerable?
—Vulnerable es una palabra muy fea, Suguru —respondió Satoru, tratando de recuperar su tono juguetón—, prefiero "accesible". Ahora puedes darme un abrazo sin que el espacio-tiempo se interponga. ¿No es genial?
—¡No es genial! —rugió Geto, sacudiéndolo ligeramente—. ¡Estamos en medio del océano de un mundo donde los peces tienen el tamaño de ciudades y estamos a punto de aterrizar en el barco de un Yonkou! Satoru, si no tienes tu técnica, un simple disparo de esos piratas podría...
Suguru se calló, incapaz de terminar la frase. La idea de Satoru Gojo, el ser que desafiaba las leyes de la física, siendo herido por algo tan mundano como una bala de plomo, le revolvía el estómago. Toda su ideología, todo su miedo a quedarse atrás, se basaba en la invencibilidad de Satoru. Verlo así, tan frágil, era como ver al sol apagarse.
—No me mires así —dijo Satoru, apartando la mano de Suguru con suavidad—. Mis ojos todavía funcionan. Puedo ver el flujo de energía de este mundo... es diferente, no es energía maldita, es algo que emana de su propia fuerza vital. Pero físicamente... sí, estoy agotado. Siento como si hubiera corrido una maratón mientras cargaba con el director Yaga a cuestas.
Suguru miró hacia el Red Force. El barco estaba ya a tiro de piedra. Podía ver figuras moviéndose en la cubierta: un hombre gordo con un muslo de pollo en la mano, un francotirador con una capa de oficial y, en el centro, aquel hombre de cabello rojo cuya aura empezaba a sentirse como una marea pesada y opresiva.
—Tenemos que dar la vuelta —sentenció Suguru, haciendo que la mantarraya girara—. No podemos arriesgarnos. Si son hostiles, no podré protegerte a ti y luchar contra todos ellos al mismo tiempo. No conozco sus límites.
—¿Y a dónde vamos a ir, Suguru? —Satoru señaló el océano infinito que los rodeaba—. No tenemos comida, no tenemos agua y tu mantarraya no va a aguantar para siempre. Además... ese tipo, Shanks... no creo que nos deje irnos tan fácilmente ahora que nos ha visto.
Como si sus palabras fueran una profecía, una voz potente y jovial resonó a través del agua, amplificada por una voluntad que hizo que las maldiciones menores en el inventario de Geto temblaran de puro terror.
—¡Oigan, ustedes los de la alfombra voladora! —gritó el hombre de la cicatriz desde la proa del Red Force—. ¡No es muy educado dar la vuelta después de haber caído del cielo justo frente a nuestras narices! ¿Son náufragos o simplemente están perdidos?
Suguru sintió un sudor frío bajar por su nuca. La presión en el aire era similar a la de un espíritu de Grado Especial, pero no había rastro de malicia o energía maldita. Era pura, cruda autoridad.
—Satoru, escóndete detrás de mí —susurró Suguru, invocando a dos espíritus más, criaturas de aspecto humanoide con escudos de hueso—. Si intentan algo, usaré el Dragón de Arcoiris para sacarte de aquí mientras las otras misiones los distraen.
—No seas tonto, Suguru —dijo Satoru, haciendo un esfuerzo sobrehumano para ponerse de pie. Sus piernas temblaban, pero su espalda se mantuvo recta—. Si intentas pelear en este estado, solo confirmarás que somos una amenaza. En este mundo, la fuerza se respeta, pero la honestidad y la osadía también.
—¡Estás sin poderes! —le recordó Suguru en un siseo desesperado.
—Sigo siendo Satoru Gojo —respondió el peliblanco, guiñándole un ojo con una confianza que solo podía ser auténtica o estar muy bien fingida—. Y tú sigues siendo Suguru Geto. Juntos somos los más fuertes, con o sin trucos espaciales.
Geto suspiró, cerrando los ojos por un momento para calmar su corazón acelerado. Sabía que Satoru tenía razón en una cosa: no tenían a dónde huir. Con un gesto de su mano, ordenó a la mantarraya descender lentamente hacia la cubierta del barco pirata.
Mientras bajaban, el silencio en el Red Force era absoluto. Benn Beckman, el primer oficial, tenía una mano apoyada en su rifle, observándolos con ojos que parecían leer sus almas. Lucky Roux dejó de masticar su carne, y los demás piratas se agruparon, formando un semicírculo de guerreros veteranos.
La mantarraya aterrizó con suavidad sobre la madera pulida. Suguru fue el primero en bajar, manteniendo una postura defensiva, con sus ojos rasgados escaneando cada amenaza potencial. Satoru bajó después, moviéndose con una lentitud que Suguru sabía que era para ocultar su debilidad.
Shanks, el Pelirrojo, se adelantó. No sacó su espada, pero su presencia llenaba cada rincón de la cubierta. Miró a los dos adolescentes, deteniéndose en el uniforme escolar japonés que todavía vestían, ahora andrajoso y sucio.
—Vaya —dijo Shanks, soltando una carcajada corta—, he visto muchas cosas en el Grand Line, pero nunca a dos mocosos caer del cielo vestidos como si vinieran de una oficina de las islas del North Blue. ¿Quiénes son y qué clase de Fruta del Diablo les permite invocar a estos... monstruos?
Suguru dio un paso adelante, pero sintió la mano de Satoru en su codo.
—No es una fruta —dijo Satoru, su voz proyectándose con una claridad asombrosa a pesar de su estado—. Es solo talento natural. Yo soy Satoru Gojo y el tipo con cara de pocos amigos es Suguru Geto. Somos... viajeros.
Shanks entrecerró los ojos. Su Haki de Observación se extendió como una red invisible. Beckman, a su lado, frunció el ceño y bajó ligeramente el arma.
—Capitán —murmuró Beckman—, el de pelo blanco... está vacío. Su energía vital es inmensa, pero está estancada, como si algo la hubiera succionado por completo. El otro, sin embargo... está cargado de una energía oscura que nunca he visto. No huelen a mar, ni a piratas, ni a marines.
Shanks sonrió, una sonrisa que podía ser amistosa o letal dependiendo del siguiente segundo.
—Vacío, ¿eh? —Shanks caminó hacia Satoru hasta quedar a pocos centímetros de él. Satoru no retrocedió ni un milímetro, a pesar de que cada instinto de supervivencia le gritaba que ese hombre podía cortarlo en pedazos antes de que pudiera parpadear—. Tienes unos ojos interesantes, muchacho. Parecen ver demasiado para alguien que apenas puede mantenerse en pie.
—Veo más de lo que te imaginas, Pelirrojo —respondió Satoru, sosteniéndole la mirada—. Veo que tu fuerza no viene de tu espada, sino de la gente que tienes detrás. Me recuerda a alguien que conocí hace poco... un chico con un sombrero de paja.
El ambiente en el barco cambió instantáneamente. El nombre de Luffy actuó como un interruptor. Los piratas relajaron sus posturas, y Shanks abrió los ojos de par en par antes de soltar una carcajada que sacudió los mástiles.
—¿Conoces a Luffy? —preguntó Shanks, su aura de opresión desapareciendo como si nunca hubiera existido—. ¡Eso cambia las cosas! ¡Beckman, trae sake! ¡Parece que tenemos invitados con historias que contar!
Suguru soltó un suspiro que no sabía que estaba reteniendo. Sus hombros se relajaron, aunque no dejó de vigilar a los piratas. Se giró hacia Satoru, que ahora se apoyaba descaradamente en él para no caerse.
—Eres un idiota con suerte —susurró Suguru.
—Te lo dije —respondió Satoru en voz baja, con una sonrisa triunfal—. Luffy es la mejor carta de presentación de este mundo. Ahora, por favor, dime que ese sake viene con algo de comida, porque si no como algo dulce en los próximos cinco minutos, voy a desmayarme sobre un Yonkou y eso sí que sería poco elegante.
Los piratas del Pelirrojo, conocidos por su espíritu festivo, no tardaron en montar un banquete improvisado. Mientras la música empezaba a sonar y los barriles de sake se abrían, Suguru ayudó a Satoru a sentarse en un barril volcado.
—Satoru —dijo Suguru, mirando a los piratas reír y beber—, estamos en una posición peligrosa. Si se enteran de que eres el "Hechicero más Fuerte" y que ahora no puedes ni encender una cerilla, seremos una carga. O peor, un objetivo.
—No lo seremos —dijo Satoru, aceptando un trozo de pan dulce que Lucky Roux le lanzó—. Mira a tu alrededor, Suguru. Esta gente no es como los de nuestra escuela. No buscan el poder para controlarlo, lo buscan para ser libres. Mientras seamos interesantes y no una amenaza, estaremos bien. Además... —Satoru miró sus manos, que empezaban a recuperar un poco de calor—, siento que mi energía está volviendo. Muy lentamente, pero está ahí. Este mundo está tan lleno de vida que mi cuerpo está absorbiendo lo que puede.
Suguru observó a Shanks, que estaba sentado en el centro de la fiesta, contando historias de sus viajes. El hechicero de las sombras sintió una extraña punzada de envidia. Esa libertad, esa falta de jerarquías corruptas y de misiones suicidas para proteger a gente que los odiaba... era lo que él siempre había anhelado en el fondo de su corazón.
—¿Crees que podamos aprender algo aquí? —preguntó Suguru, sentándose al lado de su amigo—. Algo que nos sirva para cuando volvamos. O si volvemos.
—Ya estamos aprendiendo —dijo Satoru, señalando con el pan a Shanks—. Mira cómo lo respetan. No es miedo, Suguru. Es lealtad. Si queremos cambiar el mundo de la hechicería, no necesitamos ser los más fuertes por encima de todos. Necesitamos ser los que todos quieran seguir.
En ese momento, Shanks se acercó con un gran cuenco de sake y se sentó frente a ellos. Su mirada era aguda, la de un hombre que había visto el fin del mundo y había regresado para contarlo.
—Así que... —dijo el Pelirrojo—, me dijeron que estuvieron en Marineford. Eso es imposible, a menos que tengan una forma de viajar que desafíe al Log Pose. Ace está a salvo gracias a unos "extraños que aparecieron de la nada". ¿Eran ustedes?
Satoru asintió, tomando un sorbo del sake y haciendo una mueca por lo fuerte que estaba.
—Hicimos lo que pudimos. Digamos que no nos gustaba el final de esa película.
Shanks guardó silencio por un largo rato, mirando el mar.
—Salvaron a un amigo de mi pasado y al futuro de esta era —dijo Shanks con seriedad—. Por eso, tienen mi protección mientras estén en estas aguas. Pero tengan cuidado. El Nuevo Mundo no es un patio de recreo para niños, incluso si tienen trucos bajo la manga. Hay gente aquí que no bebe sake con los extraños.
—Lo sabemos —dijo Suguru, su voz recuperando su firmeza—. No planeamos ser víctimas.
—Me gusta esa mirada —rio Shanks—. Bueno, Gojo, Geto... ¡Bienvenidos al Red Force! ¡Mañana empezaremos a ver qué tan fuertes son realmente cuando no tienen sus "monstruos" o su "energía"! ¡Beckman dice que necesitan un entrenamiento de supervivencia básico!
Satoru y Suguru se miraron. La idea de ser entrenados por los piratas más poderosos del mundo era aterradora y emocionante al mismo tiempo. Satoru, a pesar de su debilidad física, sintió que un nuevo tipo de fuerza empezaba a gestarse en su interior. Ya no era solo el Infinito; era algo más vasto, algo que conectaba su alma con el horizonte infinito de este mar salvaje.
Esa noche, bajo las estrellas del Nuevo Mundo, los dos hechiceros durmieron profundamente por primera vez en años. No había maldiciones acechando en las sombras, solo el sonido de las olas y el ronquido de los piratas. Satoru Gojo, el hombre sin energía, y Suguru Geto, el hombre que cargaba con la oscuridad, habían encontrado un refugio temporal en el corazón de la tormenta.
Y aunque Satoru todavía no podía activar su técnica, sabía que el Infinito no se había ido. Solo estaba esperando para renacer en una forma que ni siquiera los Seis Ojos habían imaginado todavía. Al fin y al cabo, en un mundo donde los sueños se hacen realidad, ¿qué era un poco de falta de energía para el hombre que estaba destinado a ser el más fuerte en cualquier universo?