Entre almas perdidas y desasosiego
Un Ronroneo Silencioso en el Abismo
Los días siguientes al beso en la frente de Kuro fueron una delicada danza de aproximación y retirada. La tensión que había existido entre ellos se había transformado en algo más suave, un hilo casi invisible que, sin embargo, los unía. Jason se encontró observando a Kuro con una nueva intensidad, buscando señales, confirmaciones. Y Kuro, a su manera perezosa, parecía estar haciendo lo mismo.
El contacto físico seguía siendo un campo minado. Kuro aún se tensaba con un abrazo repentino o un toque prolongado, pero ahora, en lugar de retirarse por completo, permitía que el contacto durara un poco más, como si estuviera probando las aguas. Jason, paciente, respetaba esos límites, sabiendo que cada pequeña concesión era un gran paso para el servamp.
Una tarde, Jason regresó de una patrulla especialmente agotadora. Había sido una noche fría y brutal en los muelles de Gotham, y la humedad se había colado hasta sus huesos. Entró al apartamento, tiritando ligeramente, y encontró a Kuro acurrucado en el sofá, envuelto en la manta más suave que Jason le había comprado, leyendo uno de los cómics de ciencia ficción que le había prestado.
– Llegas tarde –murmuró Kuro, sin levantar la vista. – Y estás empapado. Eso es muy problemático.
– Sí, lo sé –respondió Jason, quitándose el casco y la chaqueta mojada. – Los muelles son un asco.
Se dirigió a la cocina para prepararse un té caliente, pero antes de que pudiera encender la tetera, sintió una presencia a su lado. Kuro estaba allí, en su forma humana, sosteniendo una toalla seca.
– Ten –dijo, extendiéndosela. – No te vayas a enfermar. Es un problema.
Jason tomó la toalla, una pequeña sonrisa formándose en sus labios.
– Gracias, Kuro.
Kuro asintió, su mirada fija en el hombro de Jason.
– Y tienes un poco de sangre aquí.
Jason se miró el hombro. Había un rasguño del que ni siquiera se había dado cuenta.
– Oh, sí. Debió ser en la refriega.
Kuro se acercó un paso más, y Jason notó que no se tensaba. Con sorprendente delicadeza, Kuro levantó la mano y rozó el rasguño con la punta de su dedo. Su tacto era frío, pero no desagradable.
– Es pequeño. No necesitará puntos. Pero deberías limpiarlo.
– Lo haré –dijo Jason, su voz un poco ronca. La cercanía de Kuro, la preocupación en sus ojos, era un bálsamo para su alma cansada.
Kuro no se retiró de inmediato. Sus ojos rojos se encontraron con los de Jason, y por un momento, el tiempo pareció detenerse. Había una pregunta tácita en la mirada de Kuro, una curiosidad mezclada con una incipiente ternura. Jason sintió el impulso de acortar la distancia, de tomar a Kuro en sus brazos. Pero se contuvo, recordando la promesa de ir a su ritmo.
En cambio, Jason levantó su propia mano y, lentamente, acarició la mejilla de Kuro. Esta vez, Kuro no se tensó. En cambio, se inclinó ligeramente hacia el toque, sus ojos cerrándose por un instante, como un gato que disfruta de una caricia.
– ¿Esto está bien? –preguntó Jason, su voz apenas un susurro.
Kuro abrió los ojos, sus pupilas dilatadas.
– Mmm… No es tan problemático.
Y luego, para sorpresa de Jason, Kuro se inclinó aún más y apoyó su cabeza en el hombro de Jason, justo donde el rasguño estaba. Jason sintió el aliento frío de Kuro contra su cuello, y un ronroneo bajo y suave comenzó a vibrar desde el pecho del servamp, un sonido que Jason no había escuchado en su forma humana antes. No era el ronroneo de un gato, sino algo más profundo, más resonante, que vibraba a través de sus huesos.
Jason lo rodeó con sus brazos, con cuidado, sintiendo la delgadez del cuerpo de Kuro contra el suyo. No hubo rechazo, no hubo tensión. Solo una aceptación silenciosa, un consuelo mutuo. Se quedaron así por un largo momento, en el silencio de la cocina, con el ronroneo de Kuro llenando el espacio y el calor de Jason envolviéndolo. Era un momento de paz, raro y precioso en la caótica vida de Gotham.
Esa noche, mientras Jason se preparaba para dormir, Kuro se acercó a su habitación. Jason lo miró, un poco sorprendido. Kuro rara vez se aventuraba en su espacio personal a menos que fuera por una razón específica.
– ¿Necesitas algo, Kuro? –preguntó Jason.
Kuro se paró en el umbral, sus ojos rojos fijos en Jason.
– No puedo dormir. Hay… demasiados pensamientos. Es problemático.
Jason se sentó en el borde de su cama.
– ¿Demasiados pensamientos? ¿Tú? Eso sí que es nuevo.
Kuro suspiró, un sonido que era casi un gemido.
– Lo sé. Es… los problemas. Los tuyos. Los nuestros.
Jason entendió. La conversación de esa tarde, el contacto físico, había agitado algo en Kuro. El servamp, acostumbrado a la inercia y la apatía, estaba experimentando una avalancha de emociones que no sabía cómo procesar.
– Ven aquí –dijo Jason, palmeando el espacio a su lado en la cama.
Kuro dudó por un momento, luego, lentamente, se acercó y se sentó en el borde de la cama, manteniendo una distancia prudencial.
– No tienes que sentarte tan lejos –dijo Jason, con una pequeña sonrisa.
Kuro se movió un poco más cerca, pero aún mantenía una barrera invisible.
– Esto es… extraño.
– Lo sé –dijo Jason. – Pero a veces, lo extraño es bueno.
Hubo un silencio. Jason no lo presionó. Sabía que Kuro necesitaba su propio tiempo, su propio espacio para adaptarse. Finalmente, Kuro se acostó, dándole la espalda a Jason, acurrucado bajo las sábanas. Jason se acostó también, sin tocarlo, pero sintiendo la cercanía de su cuerpo.
El ronroneo bajo y suave comenzó de nuevo, llenando la habitación con su vibración rítmica. Jason cerró los ojos, sintiendo cómo la tensión abandonaba su cuerpo. Por primera vez en mucho tiempo, no se sentía solo.
A la mañana siguiente, Jason se despertó y encontró a Kuro todavía dormido a su lado. El servamp estaba acurrucado, su rostro oculto por su cabello azul. Jason lo observó, una oleada de ternura inundando su pecho. Se atrevió a extender una mano y, con delicadeza, apartó un mechón de cabello de la frente de Kuro.
Kuro se removió, sus ojos rojos abriéndose lentamente. Cuando vio a Jason, no se sobresaltó ni se alejó. Simplemente lo miró, con una expresión somnolienta.
– Buenos días, dormilón –dijo Jason, con una sonrisa.
Kuro bostezó, estirándose como un gato.
– Mmm… No está mal. No tan problemático como pensaba.
Y luego, para sorpresa de Jason, Kuro se acercó y apoyó su cabeza en el pecho de Jason, su ronroneo comenzando de nuevo. Jason lo abrazó, sintiendo el calor del cuerpo de Kuro contra el suyo. Era un momento íntimo, un paso más en su extraña y hermosa relación.
La Batfamilia, sin embargo, era un problema que no desaparecía. Las patrullas de Jason se hicieron más solitarias, más violentas, como si tratara de compensar la ternura que encontraba en casa con la brutalidad en las calles. Su ira hacia Bruce y el resto de la familia seguía ardiendo, una herida abierta que Kuro, por muy reconfortante que fuera, no podía curar por completo.
Una noche, después de una confrontación particularmente desagradable con Batman, Jason regresó al apartamento hirviendo de rabia. Había estado a punto de cruzar la línea, de hacer algo de lo que se arrepentiría, y solo la imagen de Kuro en su mente lo había detenido.
Entró al apartamento, arrancándose el casco y arrojándolo al suelo con un estruendo.
– ¡Maldita sea! –gruñó, golpeando la pared con el puño.
Kuro, que estaba acurrucado en el sofá en su forma de gato, saltó con un maullido asustado. En un instante, se transformó en su forma humana, sus ojos rojos fijos en Jason.
– ¡Eso es muy ruidoso! ¡Y problemático! –exclamó Kuro, su voz teñida de preocupación. – ¿Qué pasó ahora?
– Bruce –espetó Jason, su voz ronca. – Siempre es Bruce. Siempre su maldito código. Siempre su forma de hacer las cosas.
Kuro se acercó a Jason, sus ojos fijos en la mano ensangrentada.
– Te estás lastimando. Eso es un problema.
– ¡No me importa! –gritó Jason, la frustración y la furia burbujeando en su interior. – ¡No le importo a nadie! ¡A ninguno de ellos!
Kuro se detuvo a un paso de Jason, su rostro inexpresivo.
– Eso no es cierto.
Jason lo miró, sus ojos llenos de dolor.
– ¿Ah, no? ¿Y a quién le importo, Kuro? ¿A ti? ¿Al servamp perezoso que solo quiere dormir todo el día?
Las palabras salieron de su boca antes de que pudiera detenerlas, impulsadas por el dolor y la ira. Al instante, se arrepintió. Vio cómo la expresión de Kuro se endurecía, cómo sus ojos rojos se volvían fríos.
– Si crees eso, entonces no me conoces en absoluto –dijo Kuro, su voz baja y gélida, desprovista de su habitual apatía. – Y quizás tengas razón. Quizás es demasiado problemático.
Luego, en un abrir y cerrar de ojos, Kuro se transformó en su forma de gato y saltó por la ventana abierta, desapareciendo en la oscuridad de la noche.
Jason se quedó allí, la mano todavía sangrando, el eco de las palabras de Kuro resonando en sus oídos. El ronroneo silencioso que se había convertido en una parte tan esencial de su vida había desaparecido, reemplazado por un vacío ensordecedor. La rabia se disipó, dejando solo un dolor agudo y punzante.
– Kuro… –murmuró, tendiendo una mano hacia la ventana. Pero ya era demasiado tarde. Se había ido.
Los días siguientes fueron un tormento para Jason. El apartamento se sentía vacío, el silencio ensordecedor. Cada rincón, cada objeto, le recordaba a Kuro. El cómic que había estado leyendo en el sofá, la manta extra suave, incluso el olor persistente del ramen instantáneo.
Patrullaba Gotham con una intensidad febril, buscando cualquier señal de Kuro, cualquier rastro. Pero Gotham era una ciudad grande, y Kuro era un servamp, capaz de desaparecer sin dejar rastro. La culpa lo carcomía. Había herido a la única persona que parecía entenderlo, la única persona que lo había aceptado sin juzgarlo.
La Batfamilia intentó contactarlo, preocupados por su comportamiento errático y su creciente violencia. Pero Jason los ignoró. No tenía tiempo para sus sermones. Solo quería encontrar a Kuro.
Una noche, después de una semana de búsqueda infructuosa, Jason regresó al apartamento, agotado y derrotado. Se dejó caer en el sofá, el mismo sofá donde Kuro solía acurrucarse, y enterró su rostro entre sus manos.
– Soy un idiota –murmuró para sí mismo. – Un completo y absoluto idiota.
Entonces, escuchó un sonido. Un maullido suave, apenas audible.
Jason levantó la cabeza, su corazón latiendo con fuerza. Miró hacia la ventana, y allí, sentado en el alféizar, estaba un gato negro de ojos rojos. Kuro.
El gato saltó al suelo y se transformó en su forma humana, sus ojos rojos fijos en Jason. Había una expresión de cansancio en su rostro, pero también algo más. Algo que Jason no pudo descifrar.
– Volviste –dijo Jason, su voz temblorosa.
Kuro asintió, sin decir nada.
– Lo siento, Kuro –dijo Jason, levantándose y acercándose a él. – Lo siento mucho. No quise decir esas cosas. Estaba enojado. Herido.
Kuro lo observó, sus ojos rojos brillando en la oscuridad.
– Lo sé. Pero tus palabras… son problemáticas.
– Lo sé –Jason bajó la mirada. – Fui un imbécil. No tienes que perdonarme. Pero por favor, no te vayas otra vez.
Kuro se acercó un paso, luego otro. Jason notó que no se detenía. Finalmente, Kuro se paró justo frente a él, sus ojos encontrándose con los de Jason.
– No me gusta cuando te lastimas –dijo Kuro, su voz baja. – Y no me gusta cuando te enojas. Es… problemático para mí.
– ¿Problemático? –preguntó Jason, una pequeña sonrisa formándose en sus labios.
Kuro asintió.
– Sí. Mucho. Me hace… sentir cosas. Y las cosas son problemáticas.
Jason extendió una mano y, con delicadeza, acarició la mejilla de Kuro.
– Sé que es difícil para ti, Kuro. Sé que los sentimientos son nuevos y extraños. Pero no tienes que lidiar con ellos solo. Estoy aquí.
Kuro cerró los ojos, inclinándose hacia el toque.
– Mmm… Eso es… menos problemático.
Y luego, para asombro de Jason, Kuro se inclinó y lo besó. No fue un beso tímido en la frente, sino un beso completo en los labios. Frío al principio, luego, lentamente, se volvió más cálido, más tierno. Era un beso de reconciliación, de perdón, de una promesa tácita.
Jason respondió con todo su ser, sus brazos rodeando la cintura de Kuro, atrayéndolo más cerca. Sintió el cuerpo de Kuro relajarse contra el suyo, el ronroneo bajo y suave comenzando de nuevo, no de un gato, sino del servamp que, a su manera perezosa y problemática, había encontrado un hogar en el corazón de Jason Todd.
Cuando se separaron, ambos estaban sin aliento. Los ojos rojos de Kuro brillaban con una emoción que Jason nunca había visto antes.
– Eso fue… –Kuro comenzó, buscando las palabras.
– ¿Problemático? –sugirió Jason, con una sonrisa.
Kuro sonrió, una sonrisa pequeña y rara que derretía el corazón de Jason.
– Mmm… Quizás. Pero… no de una mala manera.
Jason lo abrazó de nuevo, sintiendo la calidez del cuerpo de Kuro contra el suyo.
– Te quiero, Kuro –susurró, las palabras saliendo de su boca sin esfuerzo, llenas de una emoción que había mantenido reprimida durante demasiado tiempo.
Kuro se tensó ligeramente, luego se relajó. El ronroneo se intensificó.
– Yo también… supongo. Es… un problema. Pero… no me importa.
Jason se rió, una risa genuina y llena de alegría. Se dio cuenta de que, a su manera, Kuro le estaba diciendo que lo amaba.
En el silencio del apartamento de Gotham, con el ronroneo de Kuro llenando el espacio y el corazón de Jason latiendo con una nueva esperanza, ambos supieron que su viaje estaba lejos de terminar. Habría más problemas, más desafíos, más momentos de miedo y vulnerabilidad. Pero ahora, no estaban solos. Tenían el uno al otro. El vigilante de Gotham y el servamp de la pereza. Dos almas rotas, encontrando consuelo, amor y, quizás, incluso una especie de felicidad, en los rincones más oscuros de la ciudad. Y Jason sabía que, con Kuro a su lado, incluso los problemas más grandes se sentirían un poco menos problemáticos.