Entre amor y afrodisíaco
Entre el Fuego, las Explosiones y el Deseo Carmesí
El vapor en el baño de la academia se había vuelto tan denso que era casi imposible respirar. No era solo el resultado del choque entre el hielo de Todoroki y las explosiones de Bakugo; era una bruma cargada de feromonas, un cóctel químico diseñado para anular la voluntad y encender los instintos más básicos. El perfume que Kirishima llevaba impregnado en la ropa se evaporaba con el calor ambiental, creando una atmósfera donde la lógica de los héroes ya no tenía lugar.
—¡Suéltalo, maldito extra de mierda! —rugió Bakugo, lanzando una explosión de corto alcance que obligó a Todoroki a retroceder un par de pasos.
Todoroki no respondió con palabras. Su rostro, usualmente inexpresivo, estaba transformado. Tenía las mejillas encendidas y la mirada clavada en Kirishima con una fijeza depredadora. Extendió su mano izquierda y una lengua de fuego lamió el aire, no para atacar directamente, sino para marcar territorio.
—No voy a soltarlo, Bakugo —respondió Shoto, su voz vibrando con una intensidad desconocida—. Él necesita ayuda, y tú solo estás empeorando las cosas con tus gritos.
—¡¿Ayuda?! ¡Lo estabas lamiendo como un maldito perro, bastardo! —Bakugo se interpuso entre ambos, protegiendo a Kirishima con su propio cuerpo, aunque él mismo sentía que sus manos temblaban.
El aroma de Kirishima estaba golpeando a Bakugo con la fuerza de un impacto directo. Era dulce, almizclado y peligrosamente adictivo. Cada vez que inhalaba, sentía que sus pulmones se llenaban de una necesidad desesperada de poseer al pelirrojo, de marcarlo, de demostrarle que nadie podía quererlo con la ferocidad con la que él lo hacía.
Mientras ellos se gruñían y lanzaban destellos de sus dones, Kirishima estaba perdiendo la batalla contra sí mismo. Apoyado contra el lavabo de porcelana fría, sentía que su cuerpo era una caldera a punto de estallar. El endurecimiento de su don iba y venía en ráfagas espasmódicas; su piel se volvía piedra y luego volvía a ser carne blanda y sensible, hipersensible a cualquier roce.
—Chicos... por favor... —intentó decir Kirishima, pero su voz se quebró en un gemido bajo que detuvo la pelea en seco.
Todoroki y Bakugo se giraron hacia él al unísono. Kirishima tenía los ojos entreabiertos, desenfocados, y el sudor le bajaba por las sienes, humedeciendo sus cabellos rojos que empezaban a caer sobre su frente. Se veía vulnerable, pero al mismo tiempo irradiaba una energía sexual tan potente que el aire pareció chisporrotear.
—Eijiro... —murmuró Bakugo, olvidando por un segundo su odio hacia Todoroki.
Fue en ese instante cuando el autocontrol de Kirishima finalmente se rompió. El afrodisíaco había llegado a su punto máximo de absorción y su mente, usualmente centrada en la caballerosidad y la hombría, se nubló por completo bajo un velo de deseo carnal.
Sin previo aviso, Kirishima se impulsó hacia adelante. Sus movimientos eran torpes pero urgentes. Ignorando a Bakugo por un segundo, se lanzó directamente hacia Todoroki. El bicolor apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que los brazos de Kirishima rodearan su cuello y sus labios se estrellaran contra los suyos en un beso desordenado, hambriento y cargado de una urgencia eléctrica.
Todoroki soltó un jadeo ahogado que fue devorado por la boca de Kirishima. El frío de su lado derecho y el calor de su lado izquierdo parecieron fundirse ante el contacto del pelirrojo. Sus manos bajaron instintivamente a la cintura de Kirishima, apretando con fuerza, mientras correspondía el beso con una desesperación que nunca creyó poseer.
—¡¿Pero qué diablos crees que haces, pelo de pinchos?! —gritó Bakugo, sintiendo que un rayo de celos le partía el pecho.
Bakugo extendió la mano para separar a Kirishima de Todoroki, pero antes de que pudiera tirar de él, Kirishima estiró un brazo y lo atrapó por el cuello de su uniforme escolar. Con una fuerza sorprendente, el pelirrojo tiró de Bakugo hacia el centro del encuentro, obligándolo a unirse a esa masa de calor y deseo.
Kirishima se separó apenas unos milímetros de los labios de Todoroki, jadeando, con la saliva brillando en sus comisuras. Sus ojos, ahora de un rojo brillante y nublado por la lujuria, se fijaron en Bakugo.
—Katsuki... —susurró Kirishima, usando su nombre de pila, algo que solo hacía en momentos de extrema confianza—. No te vayas... los quiero a los dos... me duele... me quema...
El pelirrojo comenzó a restregarse contra el cuerpo de Bakugo con una impudicia que el rubio jamás habría esperado de su mejor amigo. El roce de sus cuerpos, la presión de la pelvis de Kirishima contra la suya y ese aroma embriagador terminaron por derribar las últimas defensas de Bakugo.
—Maldita sea... —gruñó Bakugo, rindiéndose finalmente—. Si vas a ponerte así, no esperes que sea amable, idiota.
Bakugo agarró a Kirishima por la nuca, forzándolo a girar la cabeza para besarlo con una violencia posesiva que hizo que Kirishima soltara un gemido de puro placer. Al mismo tiempo, Todoroki, lejos de retirarse, se pegó a la espalda de Kirishima, rodeando su pecho con sus brazos y enterrando el rostro en el hueco de su cuello, inhalando profundamente la esencia concentrada del perfume.
—Es demasiado... —jadeó Todoroki contra la piel de Kirishima—. No puedo pensar... solo quiero más.
El baño se había convertido en un nudo de extremidades y respiraciones agitadas. Kirishima estaba en el centro, siendo el foco de atención de los dos estudiantes más poderosos de la clase 1-A. Sus manos buscaban tocar a ambos; una acariciaba el cabello cenizo de Bakugo mientras la otra se enredaba en los mechones bicolores de Shoto.
—Más... por favor... —suplicaba Kirishima, arqueando la espalda cuando sintió que Bakugo comenzaba a morderle el labio inferior mientras Todoroki le dejaba marcas rojas en el cuello—. Se siente... tan bien...
Bakugo, impulsado por una mezcla de rabia competitiva y deseo genuino, metió una mano bajo la camisa de Kirishima, recorriendo sus abdominales definidos. El contacto con la piel caliente y sudorosa del pelirrojo lo hizo gruñir.
—Eres un desastre, Eijiro —susurró Bakugo contra su oído, su voz ronca y cargada de una promesa peligrosa—. Pero eres mi desastre. Y si este imbécil quiere compartir, tendrá que seguir mi ritmo.
Todoroki levantó la mirada, sus ojos heterocromáticos brillando con una determinación salvaje. El frío que emanaba de su lado derecho empezó a bajar la temperatura del ambiente, creando un contraste delicioso con el calor que desprendía el cuerpo de Kirishima.
—No tengo intención de quedarme atrás —declaró Todoroki.
Kirishima se sentía flotar. El dolor sordo que el afrodisíaco había instalado en su entrepierna empezaba a transformarse en una pulsación rítmica que exigía liberación. Se restregó con más fuerza contra Bakugo, buscando alivio a través de la tela de sus pantalones, mientras echaba la cabeza hacia atrás, descansándola en el hombro de Todoroki.
—Hagan lo que quieran... —gimió Kirishima, entregándose por completo—. Solo... no se detengan.
Bakugo soltó una risa ronca, una expresión que era mitad triunfo y mitad locura. Agarró a Kirishima por la cintura y lo levantó con facilidad, sentándolo de nuevo sobre el lavabo, pero esta vez abriendo sus piernas para que tanto él como Todoroki pudieran encajar entre ellas.
—Escúchame bien, Shitty Hair —dijo Bakugo, obligándolo a mirarlo a los ojos—. Mañana vas a estar tan arrepentido que no querrás salir de tu cuarto, pero hoy... hoy vas a aprender lo que pasa cuando juegas con fuego y explosivos al mismo tiempo.
Todoroki asintió en silencio, su mano bajando peligrosamente hacia el cinturón del pantalón de Kirishima, que seguía húmedo por la fragancia maldita. El sonido del metal de la hebilla al soltarse resonó en el baño como un pistoletazo de salida.
—Lo siento, Kirishima —murmuró Shoto, aunque sus acciones dictaban lo contrario—. Pero ya no hay vuelta atrás.
Kirishima solo pudo responder con un jadeo quebrado mientras cerraba los ojos. El mundo exterior, las clases de Aizawa, las reglas de la U.A. y su propio concepto de la varonilidad se habían desvanecido. En ese pequeño baño destrozado, solo existían el aroma del deseo, el calor de la piel y la promesa de una entrega absoluta a los dos chicos que, de formas muy distintas, llevaban tiempo reclamando su corazón.
—¡Vamos, muévete! —le ordenó Bakugo a Todoroki, aunque sus ojos no se apartaban de Kirishima—. Si vamos a hacer esto, lo haremos a mi manera.
Y así, bajo la luz parpadeante de las lámparas del baño y el eco de las respiraciones entrecortadas, los tres se sumergieron en un torbellino de sensaciones donde las etiquetas de amigos o rivales dejaron de existir, dejando paso únicamente a la cruda y ardiente realidad de sus deseos más ocultos. El perfume había sido el detonante, pero lo que estaba ocurriendo allí era algo que llevaba gestándose en el silencio de los entrenamientos y las miradas compartidas durante mucho, mucho tiempo.