Entre amor y afrodisíaco
Danza de Fuego, Ceniza y Endurecimiento
—Abre más las piernas, Eijiro —ordenó Bakugo, su voz era un gruñido bajo que vibraba con una autoridad incuestionable.
El pelirrojo obedeció casi por instinto, apoyando los talones contra el borde del lavabo de porcelana. Sus muslos temblaban, no solo por el esfuerzo físico, sino por la sobrecarga sensorial que lo estaba haciendo delirar. El pantalón, empapado por el afrodisíaco concentrado, yacía ahora en un montón arrugado en el suelo, dejando su piel expuesta al aire frío del baño y a las miradas ardientes de sus compañeros.
—Míralo, Bakugo —susurró Todoroki, su mano izquierda desprendiendo un calor suave que hacía que el vapor bailara alrededor del cuerpo de Kirishima—. Está completamente entregado.
Kirishima jadeó, llevando una mano a su propio pecho, apretando la piel donde su corazón latía como un tambor frenético. El aroma dulce y denso seguía emanando de sus poros, nublando el juicio de los otros dos. Sus ojos rojos buscaron los de Bakugo, suplicando algo que no sabía expresar con palabras.
—Me... me siento muy caliente —gimió Kirishima, sus dedos bajando con timidez hacia su propia entrepierna—. Siento que voy a explotar si no me tocan.
—Entonces hazlo —dijo Bakugo, cruzándose de brazos, aunque sus nudillos estaban blancos por la tensión—. Muéstranos qué tan desesperado estás, pelo de pinchos. Queremos ver cómo te tocas pensando en nosotros.
Todoroki se quedó inmóvil, fascinado. La dualidad de su naturaleza se veía reflejada en su mirada: el lado frío analizaba la belleza escultural de los músculos de Kirishima, mientras que su lado de fuego ardía con una lujuria que amenazaba con consumir su compostura.
Kirishima soltó un sollozo seco y rodeó su miembro con la mano. Sus dedos, gruesos y varoniles, contrastaban con la vulnerabilidad de su expresión. Comenzó a moverse con lentitud, un ritmo errático dictado por la droga que corría por sus venas. Sus dientes de tiburón mordían su labio inferior hasta casi hacerlo sangrar.
—¡Ah...! Katsuki... Shoto... —el nombre de ambos escapó de sus labios como una oración—. Por favor... miren...
Bakugo exhaló un aire caliente, sus ojos fijos en el movimiento de la mano de Kirishima. Ver al chico más noble y varonil de la clase degradarse de esa manera por puro deseo era algo que le estaba revolviendo las entrañas de la mejor manera posible.
—Más rápido —exigió Bakugo, acercándose hasta quedar a milímetros del rostro de Kirishima—. No te detengas hasta que te lo ordene.
Todoroki, incapaz de mantenerse como un simple espectador, extendió su mano derecha y rozó el muslo interno de Kirishima con la punta de sus dedos fríos. El contraste hizo que el pelirrojo arqueara la espalda, endureciendo su piel por un segundo antes de relajarse en un espasmo de placer.
—Tu piel está ardiendo, Kirishima —comentó Todoroki con voz monocorde pero cargada de intención—. Si sigues así, vas a lastimarte. Déjanos ayudarte.
—¡No! —intervino Bakugo, apartando la mano de Shoto con un manotazo—. Él todavía no ha terminado de mostrarnos lo mucho que nos necesita.
Kirishima aumentó el ritmo, sus gemidos llenando el espacio cerrado del baño. Estaba al borde, su visión se volvía borrosa, viendo destellos rojos y blancos. Justo cuando estaba por alcanzar el clímax, Bakugo le rodeó la muñeca con una fuerza férrea, deteniéndolo en seco.
—Ni se te ocurra correrte todavía —gruñó el rubio—. Ahora es nuestro turno de jugar.
Bakugo no perdió más tiempo. Se deshizo de su propia ropa con movimientos bruscos y eficientes, revelando un cuerpo fibroso y tenso. Se colocó entre las piernas de Kirishima, obligándolo a echarse hacia atrás sobre el espejo del lavabo. Al mismo tiempo, Todoroki se posicionó detrás de Bakugo, pero buscando el acceso al cuello y los hombros de Kirishima, creando un sándwich de calor humano.
—Todoroki, encárgate de mantenerlo quieto —ordenó Bakugo mientras se preparaba—. Yo voy a ser el primero en marcarlo.
Todoroki asintió, usando su hielo para crear unos agarres improvisados en los bordes del lavabo para que Kirishima tuviera donde sujetarse, mientras él mismo rodeaba el torso del pelirrojo, lamiendo la base de su oreja.
—Prepárate, Eijiro —susurró Shoto—. Esto va a doler, pero sé que te va a gustar.
Bakugo entró en él sin mucha ceremonia, un empuje firme y posesivo que hizo que Kirishima soltara un grito que fue ahogado por la mano de Todoroki sobre su boca. El pelirrojo endureció su cuerpo por puro instinto de dolor, pero Bakugo no se detuvo.
—¡Relájate, maldita sea! —le espetó Bakugo, golpeando su frente contra la de él—. ¡Acepta todo lo que te estoy dando!
Kirishima sollozó contra la palma de Todoroki, sus ojos lagrimeando mientras sentía cómo Bakugo lo reclamaba con una ferocidad explosiva. Cada embestida del rubio era como una detonación dentro de su cuerpo. El dolor pronto se transformó en una presión deliciosa, potenciada por el efecto del afrodisíaco que hacía que cada terminación nerviosa gritara por más.
Todoroki no se quedó atrás. Mientras Bakugo se movía con una cadencia violenta y rítmica, Shoto comenzó a estimular el frente de Kirishima con su mano, usando una combinación de temperaturas que volvía loco al pelirrojo. El frío calmaba el ardor de la fricción, mientras el calor aumentaba la sensibilidad.
—Es increíble... —murmuró Todoroki, sintiendo las vibraciones de los gemidos de Kirishima contra su propio pecho—. Bakugo, muévete más a la izquierda, estás bloqueando mi acceso.
—¡Cállate y haz tu trabajo, mitad y mitad! —respondió Bakugo, aunque ajustó su ángulo para permitir que Todoroki también pudiera besar la piel del pecho de Kirishima.
Llegó un punto en el que el ritmo de Bakugo se volvió errático, señal de que estaba cerca de su límite. Se detuvo un momento, jadeando, con la frente apoyada en el hombro de Kirishima.
—Cambio —dijo Bakugo con voz rota—. Me toca ver cómo el bastardo de los elementos te rompe un poco.
Con una coordinación nacida de la necesidad, Bakugo se retiró, dejando a un Kirishima vacío y suplicante. Todoroki no perdió un segundo. Se posicionó con una elegancia que contrastaba con la brutalidad de Bakugo, pero su entrada fue igual de decidida.
—Lo siento si soy demasiado frío al principio —dijo Todoroki mientras se deslizaba dentro del pelirrojo—. Pero te aseguro que terminarás ardiendo.
Kirishima sintió una sensación completamente diferente. Donde Bakugo era fuego y explosión, Todoroki era una marea constante, un empuje profundo que parecía alcanzar su alma. Bakugo, lejos de apartarse, se colocó frente a Kirishima, tomándole el rostro con ambas manos y obligándolo a besarlo mientras Todoroki lo tomaba por detrás.
—Mírame, Eijiro —le ordenó Bakugo entre besos—. No cierres los ojos. Quiero que veas quiénes te están haciendo esto.
El baño era ahora un caos de fluidos, sudor y el persistente aroma del perfume. Kirishima estaba atrapado entre el frío y el calor, entre la rabia y la calma. Sus piernas rodeaban la cintura de Todoroki mientras sus manos se aferraban desesperadamente a los hombros de Bakugo.
—¡Shoto! ¡Katsuki! ¡Los amo! —gritó Kirishima, perdiendo toda noción de decoro o secreto—. ¡Más... por favor, denme más!
Bakugo sonrió de forma depredadora. Se dio cuenta de que el pelirrojo ya no podía aguantar más. Se posicionó de nuevo, esta vez buscando una forma de que los tres estuvieran conectados de la manera más íntima posible. Mientras Todoroki continuaba su ritmo desde atrás, Bakugo guió a Kirishima para que lo tomara de nuevo en su boca, creando un círculo de placer ininterrumpido.
La fricción, el calor acumulado y la potencia de sus dones empezaron a crear una atmósfera eléctrica. El hielo de Todoroki se derretía en agua hirviendo que corría por el suelo, mezclándose con el perfume. Bakugo sentía que sus palmas sudaban nitroglicerina pura, y Kirishima... Kirishima era el nexo, el endurecimiento de su piel proporcionando la resistencia necesaria para soportar aquel asalto sensorial.
—Ahora... —jadeó Todoroki, sintiendo que su clímax se aproximaba—. ¡Bakugo, ahora!
—¡No me digas qué hacer! —rugió el rubio, pero él también estaba al límite.
En un estallido final de movimiento, los tres alcanzaron el punto de no retorno. Kirishima se arqueó violentamente, su don activándose al máximo, volviéndose tan duro como el diamante por un segundo antes de colapsar bajo el peso del placer. Se corrió con un grito desgarrador que resonó en los azulejos del baño, manchando el abdomen de Bakugo y el suyo propio. Casi al mismo tiempo, Todoroki y Bakugo liberaron su propia carga, llenando al pelirrojo y marcándolo interna y externamente.
El silencio que siguió fue solo roto por las respiraciones pesadas y el goteo del agua de los lavabos. Los tres quedaron entrelazados, una masa de cuerpos exhaustos y corazones acelerados. El efecto del afrodisíaco empezaba a disiparse, dejando tras de sí una neblina de cansancio y una extraña sensación de plenitud.
Bakugo fue el primero en separarse, aunque no se alejó mucho. Limpió un rastro de sudor de la frente de Kirishima con una brusquedad que escondía un cariño inmenso.
—Maldito idiota —susurró Bakugo, su voz volviendo a su tono habitual, aunque más suave—. Mira el desastre que armaste.
Kirishima parpadeó, recuperando la consciencia de su entorno. Miró a Bakugo y luego a Todoroki, quien todavía mantenía una mano posesiva sobre su cadera. Una sonrisa débil, mostrando sus colmillos, se dibujó en su rostro.
—Eso... eso fue muy varonil, chicos —logró decir, aunque su voz era apenas un hilo.
Todoroki soltó una pequeña risa, algo extremadamente raro en él, y besó la frente del pelirrojo.
—No creo que la palabra "varonil" cubra lo que acaba de pasar, Kirishima. Pero no me arrepiento.
—Más les vale que no digan ni una palabra de esto a los demás —amenazó Bakugo, aunque no había verdadera malicia en su tono—. Si el estúpido de Deku o el cuatro ojos se enteran, los mato a ambos.
Kirishima se rió, sintiéndose extrañamente ligero a pesar del cansancio. El perfume había sido un accidente, un error que pudo terminar en desastre, pero en ese momento, rodeado por las dos personas que más admiraba y quería, sintió que había sido el mejor error de su vida.
—Habrá que limpiar esto —dijo Todoroki, mirando el estado lamentable del baño de la academia—. Aizawa-sensei nos expulsará si nos encuentra así.
—Tú limpia el hielo, mitad y mitad —ordenó Bakugo mientras ayudaba a Kirishima a ponerse en pie—. Yo me llevaré al pelo de pinchos a los dormitorios para que se dé una ducha de verdad. Todavía huele a esa mierda de perfume y no quiero que nadie más se le acerque.
Kirishima se apoyó en el hombro de Bakugo, sintiendo el calor reconfortante del rubio. Miró hacia atrás, extendiendo una mano hacia Todoroki, quien la tomó con fuerza.
—Vengan los dos —pidió Kirishima—. No quiero estar solo ahora.
Bakugo gruñó, pero no soltó a Kirishima. Todoroki asintió con la cabeza, una promesa silenciosa brillando en sus ojos. Salieron del baño con cuidado, dejando atrás los restos de cristal roto y el aroma de una pasión que, aunque nacida de una droga, había revelado verdades que ninguno de los tres podría volver a ignorar. El camino de regreso fue silencioso, pero la conexión entre ellos era ahora un hilo de acero, forjado en el fuego, endurecido por la voluntad y sellado por el deseo.