Entre balas y besos
Geometría del Crimen y el Carmín
El aire en la sala de interrogatorios de la UAC estaba viciado, cargado con ese olor metálico a productos de limpieza baratos y el zumbido eléctrico de las cámaras de seguridad. Cora Whittemore, sin embargo, parecía estar en un spa de lujo. Sentada con una elegancia que desafiaba la rigidez de la silla metálica, mantenía las piernas cruzadas, revelando la línea perfecta de sus medias de seda. Su atención no estaba en el espejo unidireccional, tras el cual sabía que el equipo de Spencer la observaba, sino en sus propias manos.
Con una parsimonia casi insultante, Cora examinaba el brillo de su manicura color borgoña.
Al otro lado del cristal, Spencer Reid sentía que el mundo se desmoronaba en secuencias matemáticas que no lograba resolver. Sus dedos largos y delgados tamborileaban nerviosamente sobre la mesa de observación. Tenía la corbata ligeramente torcida y el cabello más revuelto de lo habitual, una señal clara de su agitación interna.
—Spencer, tienes que sentarte —murmuró Morgan, poniendo una mano pesada sobre su hombro—. Tu lenguaje corporal la está alimentando, aunque no pueda verte.
—Es que no tiene sentido, Derek —respondió Reid, su voz subiendo una octava por la ansiedad—. El perfil no encaja. Cora es... sí, es impulsiva y tiene un sentido de la justicia un tanto distorsionado, pero este nivel de violencia física... Un tacón de aguja de doce centímetros atravesando la cuenca ocular hasta el lóbulo frontal requiere una fuerza y una falta de control emocional que ella no posee. Ella prefiere la guerra psicológica.
—La víctima es Tiffany Vane —intervino Rossi, cruzado de brazos—. La misma mujer que, según los registros policiales, Cora golpeó en un desfile hace tres meses. ¿El motivo? Tiffany llamó a Cora "gorda" por subir cuarenta gramos. Cuarenta gramos, Spencer.
Reid se sonrojó levemente, recordando la noche después de aquel altercado. Cora había llegado a casa radiante, sirviéndose una copa de vino mientras le contaba cómo le había dejado el labio partido a "esa perra anoréxica".
—No la golpeó por los cuarenta gramos —susurró Reid, casi para sí mismo—. La golpeó porque Tiffany me llamó "fenómeno intelectual" y dijo que Cora solo estaba conmigo por lástima. Cora no tolera que insulten a las personas que ama.
Dentro de la sala, la puerta se abrió con un chasquido seco. David Rossi decidió que era hora de entrar, dejando a Reid en la oscuridad del otro lado del cristal.
Cora ni siquiera levantó la vista cuando Rossi se sentó frente a ella.
—Hola, David —dijo ella con una voz aterciopelada—. ¿Spencer está mirando? Dile que se asegure de comer algo, se pone de mal humor cuando tiene el azúcar baja.
Rossi dejó una fotografía de la escena del crimen sobre la mesa. La imagen era dantesca: Tiffany Vane yacía en el suelo del camerino, su rostro una máscara de horror, con el fino tacón de un zapato de diseñador clavado profundamente en su ojo izquierdo.
—Tiffany no va a volver a preocuparse por su peso, Cora —dijo Rossi con frialdad—. Y tú eres la única persona en la agencia con un motivo reciente y una historia de violencia física contra ella.
Cora finalmente levantó la vista. Sus ojos azules, profundos y gélidos como glaciares, se clavaron en los de Rossi. No había miedo en ellos, solo una pizca de aburrimiento y una chispa de desdén.
—¿Violencia física? —Cora soltó una risita seca—. David, por favor. Darle un puñetazo a una niña mimada que no sabe cerrar la boca es un servicio a la comunidad. Lo que ves en esa foto... eso es arte pop de muy mal gusto.
—El zapato era tuyo, Cora —insistió Rossi, señalando la marca de lujo en la foto—. Un Stiletto de edición limitada.
Cora se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa, rompiendo el espacio personal de Rossi con una confianza depredadora.
—Si yo hubiera decidido matar a Tiffany —dijo ella, bajando el tono de voz a un susurro conspirador—, te aseguro que habría sido mucho más original. ¿Un tacón en el ojo? Es tan... cliché. Tan "película de terror de los ochenta". Yo habría usado algo que no pudiera rastrearse hasta mi armario, y ciertamente no habría dejado el cuerpo en mi propio lugar de trabajo. Soy una mujer de detalles, David. Spencer te lo puede confirmar. Él sabe que me obsesiono con la simetría y la estética. Esa escena es un caos. Es un grito desesperado de alguien sin imaginación.
En la sala de observación, Reid cerró los ojos. Conocía ese tono. Era el tono que Cora usaba cuando estaba ganando una discusión sobre qué libro leer o qué vino comprar. Era su "modo persuasivo".
—Ella no lo hizo —dijo Reid de repente, dándose la vuelta para mirar a Hotch—. Miren la profundidad de la inserción. El ángulo de entrada sugiere que el atacante era al menos diez centímetros más alto que la víctima. Cora y Tiffany medían lo mismo. Además, Cora tiene una lesión leve en el túnel carpiano por una caída en la pasarela la semana pasada; no habría tenido la fuerza de agarre necesaria para penetrar el hueso esfenoides con esa precisión.
—Pero ella estuvo allí, Spencer —dijo Hotch, manteniendo la calma—. Sus huellas están en la puerta del camerino.
—¡Claro que están! —exclamó Reid, gesticulando frenéticamente—. ¡Trabaja allí!
Mientras tanto, Rossi continuaba el interrogatorio.
—¿Dónde estuviste anoche entre las diez y las doce?
Cora suspiró, recostándose de nuevo en la silla.
—Estaba en casa. Esperando a Spencer. Él llegó tarde porque, bueno, ustedes lo mantienen muy ocupado salvando al mundo. Me quedé dormida leyendo ese libro aburridísimo sobre física cuántica que me regaló. A las once y cuarto, aproximadamente, me levanté a beber agua. Podría decirte que vi a alguien por la ventana, pero mentir sería vulgar. Estaba sola.
—Nadie puede confirmar tu coartada —señaló Rossi.
—Mi honestidad debería ser suficiente —replicó Cora, dedicándole una sonrisa radiante—. Además, ¿has visto mis manos? —Las extendió sobre la mesa—. Acabo de hacerme las uñas. ¿Crees que me arriesgaría a romperme una clavando un zapato en el cráneo de alguien? Tiffany no valía el precio de mi manicurista.
Rossi se levantó, recogiendo la fotografía.
—Quédate aquí. No te vayas a ningún lado.
—¿A dónde iría? —respondió ella—. El café de aquí es horrible, pero la iluminación de esta sala es sorprendentemente favorecedora para mis pómulos.
Rossi salió de la sala y entró en la zona de observación. La tensión era palpable. Reid estaba pegado al cristal, observando a Cora, quien ahora había vuelto a su actividad anterior: ignorar el mundo y admirar su propio reflejo en el metal de la mesa.
—Está demasiado tranquila, Rossi —dijo Morgan—. O es inocente y está loca, o es una sociópata increíblemente buena.
—No es una sociópata —saltó Reid inmediatamente—. Es protectora. Es diferente. Tiffany la insultó, sí, pero Cora ya se había cobrado esa deuda con el puñetazo. Ella cree en el "ojo por ojo", pero una vez que la balanza está equilibrada, se detiene. Matar a Tiffany por un comentario sobre su peso meses después no encaja en su estructura lógica de venganza.
—Spencer tiene razón en algo —dijo García a través del intercomunicador, su voz sonando desde Quantico—. He estado revisando las redes sociales de Tiffany. Resulta que no solo se metía con Cora. Tenía una guerra abierta con una modelo nueva, una tal Sasha. Y adivinen qué: Sasha fue vista saliendo de la agencia anoche a las once y veinte, llorando y con un solo zapato puesto.
Reid soltó un suspiro de alivio que pareció vaciar sus pulmones de todo el aire que había contenido durante horas.
—Vayan a buscar a Sasha —ordenó Hotch—. Reid, saca a Cora de ahí.
Spencer no necesitó que se lo dijeran dos veces. Cruzó el pasillo y abrió la puerta de la sala de interrogatorios con más fuerza de la necesaria. Cora levantó la vista y, al verlo, su expresión fría se derritió instantáneamente en una sonrisa dulce y genuina.
—Hola, genio —dijo ella, levantándose sin esperar permiso—. ¿Ya terminaron de jugar a los detectives conmigo?
Reid se acercó a ella, ignorando su habitual aversión a las muestras públicas de afecto, y la tomó de las manos.
—Cora, ¿por qué le dijiste a Rossi que si la hubieras matado habrías sido más original? Casi haces que te arresten formalmente.
Cora se encogió de hombros, acercándose a él hasta que sus pechos rozaron el pecho de Spencer. Le acomodó la corbata con dedos expertos.
—Porque es la verdad, Spencer. Me ofende que piensen que soy tan poco creativa. Además —añadió, bajando la voz para que solo él la oyera—, sabía que tú te darías cuenta de que no fui yo. Eres la persona más inteligente que conozco. Confío en tu cerebro más que en mi propia libertad.
Reid la miró, una mezcla de exasperación y adoración cruzando su rostro.
—Casi me das un ataque al corazón.
—Pero no lo hice —dijo ella, dándole un beso rápido en la mejilla que dejó una mancha tenue de carmín—. Ahora, sácame de este lugar horrible. Me debes una cena. Y nada de comida tailandesa barata; quiero algo que esté a la altura de mi "originalidad".
Mientras salían de la sala, Reid le pasó un brazo por la cintura, protegiéndola de las miradas curiosas de sus compañeros. Cora caminaba con la cabeza alta, sus tacones resonando contra el suelo de la oficina con un ritmo firme y decidido.
—¿De verdad estabas leyendo el libro de física? —preguntó Reid mientras esperaban el ascensor.
Cora lo miró de reojo, una chispa de picardía en sus ojos azules.
—Leí tres páginas antes de usarlo para apoyar mi copa de vino. Pero no se lo digas a Rossi, arruinaría mi imagen de novia intelectual.
Spencer soltó una carcajada suave, la primera en todo el día.
—Tu secreto está a salvo conmigo, Cora.
—Lo sé —dijo ella, apretando su mano—. Por eso te amo. Porque aunque somos polos opuestos, tú eres el único que sabe que, debajo de todo este maquillaje y seda, soy exactamente lo que parezco... y algo mucho más peligroso si alguien intenta tocarte.
El ascensor se cerró, dejando atrás el mundo de crímenes y sombras, mientras Cora y Spencer se perdían en su propio y extraño equilibrio, un mundo donde la belleza y la inteligencia se entrelazaban de formas que nadie más en esa oficina podría llegar a comprender jamás.