Entre balas y besos
Anomalías en la Cuna y Café con Canela
La oficina de la Unidad de Análisis de Conducta solía ser un santuario de lógica fría, mapas llenos de chinchetas rojas y el sonido incesante de teclados siendo golpeados por mentes brillantes. Sin embargo, esa mañana, el aire cargado de adrenalina y cafeína se vio interrumpido por un sonido que no encajaba en el perfil de ningún asesino serial: una risa aguda, cristalina y contagiosa.
Cora Whittemore —ahora Cora Reid, aunque seguía usando su apellido de soltera para las portadas de las revistas— caminaba por el pasillo central con una determinación que ni siquiera sus stilettos de diez centímetros podían igualar. En sus brazos, envuelto en una mantita de algodón orgánico, cargaba a la pequeña joya de la corona: el pequeño Leo, de apenas seis meses.
Leo era, en términos estadísticos —como diría su padre—, un milagro genético. Había heredado los ojos azules eléctricos y la piel de porcelana de Cora, pero poseía esa mirada curiosa y analítica que hacía que pareciera estar procesando el coeficiente intelectual de todos en la habitación.
Cora llegó al escritorio de Spencer sin detenerse ante nadie. Su rostro, usualmente impecable, mostraba ligeros signos de fatiga que ni el mejor corrector de ojeras podía ocultar por completo.
—Spencer Walter Reid, necesito que apliques tu capacidad de análisis a una situación que está desafiando las leyes de la física en nuestra casa —dijo Cora, dejando el bolso de diseñador sobre el escritorio, justo encima de un informe sobre un incendiario en Seattle.
Reid se levantó de un salto, ajustándose las gafas. Su rostro se iluminó al ver a su esposa, pero la confusión nubló sus ojos casi de inmediato al notar la expresión de Cora.
—¿Cora? ¿Qué pasa? Se supone que hoy tenías la sesión con Vogue —dijo Spencer, extendiendo instintivamente los brazos hacia su hijo.
Leo, al ver a su padre, soltó un balbuceo emocionado y estiró sus manitas gorditas hacia el rostro de Spencer.
—La cancelé —declaró Cora, sentándose en la silla de visitas y suspirando con fuerza—. Spencer, lo puse en la cuna. Lo puse en la cuna, boca arriba, con su pijama de dinosaurios, perfectamente asegurado. Fui a la cocina a prepararme un té, no tardé más de cinco minutos. Cuando volví... estaba sentado.
Reid parpadeó, procesando la información.
—Cora, Leo tiene seis meses. El desarrollo motor grueso a esta edad incluye la capacidad de sentarse sin apoyo. Es un hito del desarrollo completamente normal. De hecho, según el Journal of Pediatrics, el sesenta por ciento de los bebés...
—No me des estadísticas, genio —lo interrumpió Cora, aunque con una pizca de cariño en la voz—. No se sentó simplemente. Estaba en el centro de nuestra cama matrimonial. La cuna tiene las barandillas subidas, Spencer. Lo dejé en su habitación y apareció en la nuestra. Sentado. Mirándome como si estuviera esperando que le sirviera el desayuno.
Spencer se quedó helado, con Leo ya en sus brazos. El bebé inmediatamente comenzó a explorar la cara de su padre, apretando su nariz y metiendo un dedo curioso en su boca.
—¿Las barandillas estaban arriba? —preguntó Spencer, su mente de perfilador empezando a trabajar a mil por hora—. ¿Revisaste las cerraduras de las ventanas? ¿La alarma estaba conectada?
—Todo —respondió Cora, cruzando las piernas con elegancia—. No hubo intrusos. No hubo ruidos. Simplemente... se movió. Me dio miedo, Spencer. Sé que suena ridículo, pero sentí que estaba en un episodio de "Más allá del límite". Así que lo tomé, lo subí al coche y aquí estamos. No voy a dejarlo solo con los fantasmas teletransportadores de nuestra casa.
En ese momento, Derek Morgan y Penélope García se acercaron al escritorio, atraídos por la presencia del miembro más pequeño del equipo.
—¿Pero qué tenemos aquí? —exclamó García, cuyas gafas de colores brillaban de emoción—. ¡Si es el pequeño genio! Hola, cosita hermosa.
Leo soltó una carcajada y estiró sus brazos hacia García. Spencer, todavía un poco rígido por la historia de Cora, le entregó el bebé a Penélope.
—Cora cree que Leo tiene poderes de teletransportación —explicó Spencer, frotándose la nuca—. Dice que apareció en su cama estando la cuna cerrada.
Morgan soltó una carcajada sonora, apoyándose en el borde del escritorio de Reid.
—Bienvenida al mundo de los padres paranoicos, Cora. Seguro te quedaste dormida y lo moviste tú misma sin darte cuenta. El cansancio hace cosas raras con la memoria episódica.
Cora le lanzó una mirada que habría hecho temblar a cualquier sospechoso en una sala de interrogatorios.
—Derek, querido, puedo distinguir entre un estado de somnolencia y un evento paranormal en mi propia habitación. Estaba perfectamente despierta. Mi memoria episódica está intacta, al igual que mi sentido de la estética, y te aseguro que ese bebé no debería haber estado allí.
—Tal vez gateó —sugirió Rossi, quien se unía al grupo con una taza de café en la mano—. Los niños Reid son precoces, ¿no?
—Rossi, no puede saltar una barandilla de sesenta centímetros de alto y caminar por el pasillo —argumentó Spencer, aunque su tono era más de debate científico que de preocupación—. Aunque, si consideramos la posibilidad de que haya usado los barrotes como escalera... pero no tiene la coordinación muscular necesaria en los flexores de los dedos.
Leo, ajeno a la discusión sobre sus supuestas habilidades sobrehumanas, estaba ahora muy ocupado explorando la cara de Morgan. Sus pequeñas manos apretaban las mejillas del agente, y el bebé soltaba grititos de alegría cada vez que Morgan hacía una mueca.
—Es igual a ti, Cora —dijo Morgan, riendo—. Es un manipulador experto. Mira cómo me tiene.
—Es un Reid —corrigió Cora, levantándose para quitarle una pelusa de la chaqueta a Spencer—. Tiene la inteligencia de su padre y mi sentido de la oportunidad. Pero en serio, Spencer, no voy a volver a casa hasta que revises esa cuna.
—Lo haré, te lo prometo —dijo Spencer, tomando de nuevo a Leo.
El bebé se quedó mirando a su padre durante un segundo, una mirada extrañamente seria y profunda. Luego, con una lentitud casi deliberada, Leo llevó su mano a la frente de Spencer, como si estuviera tratando de leer sus pensamientos.
—¿Ves? —susurró Cora—. Hace eso todo el tiempo. Nos analiza.
—Solo está explorando texturas y profundidades —murmuró Spencer, aunque se le escapó una sonrisa—. Hola, Leo. ¿Estás tratando de explicarle a papá cómo venciste la gravedad esta mañana?
—¡Atención a todos! —La voz de Hotch resonó desde la barandilla de la planta superior—. Tenemos un caso. Sala de juntas en dos minutos.
El ambiente cambió instantáneamente. La ligereza del momento se evaporó, reemplazada por la seriedad profesional que caracterizaba a la UAC. Spencer miró a Leo y luego a Cora, con una expresión de disculpa.
—Ve —dijo Cora, tomando al bebé de vuelta—. Yo me quedaré aquí con García. De todas formas, dudo que los sospechosos de hoy sean más aterradores que un bebé que aparece en lugares donde no debería estar.
—Cora, si quieres puedo llevarte a casa y... —empezó Spencer.
—No —lo cortó ella, dándole un beso rápido en los labios que dejó un rastro de carmín—. No voy a entrar en esa casa sola hasta que tú la declares libre de anomalías. Nos quedaremos en el santuario de la tía Penélope. ¿Verdad, Leo?
Leo balbuceó lo que pareció ser un acuerdo entusiasta.
Dos horas después, mientras el equipo analizaba fotos de una escena del crimen en Ohio, Spencer no podía evitar que su mente volviera a la historia de Cora. Su cerebro, entrenado para buscar patrones, descartaba la teletransportación, pero la seguridad de su esposa no era algo que pudiera ignorar fácilmente.
—Reid, concéntrate —dijo Hotch suavemente—. ¿Qué ves en la disposición de los cuerpos?
Spencer parpadeó y miró la pantalla.
—El agresor los colocó en una posición fetal, enfrentados entre sí. Es una búsqueda de confort póstumo... —Se detuvo en seco. Sus ojos se abrieron de par en par—. Oh, por Dios.
—¿Qué pasa? —preguntó Rossi.
—La cuna —susurró Spencer—. El modelo de cuna que compramos, la "Nuvola 3000". Hubo un aviso de retirada del mercado hace dos meses por un fallo en el mecanismo de la base ajustable. Si el bebé se mueve con suficiente fuerza hacia un lado, el seguro puede soltarse y la base se inclina, creando una rampa.
—¿Y eso explica cómo llegó a tu cama? —preguntó Morgan, confundido.
—No, pero explica cómo salió de la cuna —continuó Spencer, hablando a toda velocidad—. Si la base se inclinó, Leo pudo deslizarse hacia afuera. Y Cora... Cora dijo que dejó la puerta de la habitación abierta. Nuestra perra, "Einstein", es una Golden Retriever con un instinto maternal hiperdesarrollado. Einstein debió verlo en el suelo y, siguiendo su instinto de protección, lo llevó hasta nuestra cama. Leo pesa siete kilos, Einstein puede cargar ese peso fácilmente sin lastimarlo.
El equipo se quedó en silencio durante un momento.
—¿Tu perro teletransportó al bebé? —resumió Morgan con una sonrisa burlona.
—No es teletransportación, es intervención canina basada en un fallo estructural de la cuna —corrigió Spencer, sintiéndose inmensamente aliviado—. Tengo que decírselo a Cora.
Al bajar a la oficina de García, Spencer encontró una escena que no esperaba. Penélope estaba sentada en su silla giratoria, pero no estaba trabajando. En su lugar, Cora estaba sentada frente a las pantallas principales, con Leo en su regazo. El bebé estaba golpeando rítmicamente el teclado de García, mientras Cora le explicaba algo sobre la teoría del color en el diseño de interfaces.
—Y así, Leo, es como evitas que tu oficina parezca un carnaval, aunque a la tía Penélope le guste el exceso —decía Cora con voz suave.
—¡Spencer! —exclamó García al verlo entrar—. Leo es un genio natural. Ha cerrado tres pestañas de búsqueda y ha cambiado mi fondo de pantalla a una foto de un gatito en un espacio de diez segundos.
Spencer se acercó y se arrodilló frente a su esposa y su hijo.
—Misterio resuelto —anunció—. Fue la cuna y Einstein.
Cora escuchó la explicación de Spencer con una ceja levantada. Cuando él terminó, ella miró a Leo, quien en ese momento estaba tratando de morder la punta de su propio pie.
—Así que Einstein decidió que Leo necesitaba una siesta en un colchón de mejor calidad —dijo Cora, sonriendo—. Bueno, eso es mucho más lógico que un poltergeist, supongo. Aunque sigo pensando que mi hijo es especial.
—Lo es —dijo Spencer, tomando la mano de Cora—. Pero mañana mismo compramos una cuna nueva. Una que no se convierta en un tobogán.
Cora se inclinó y apoyó la cabeza en el hombro de Spencer. Por un momento, en medio de la oficina llena de oscuridad y perfiles criminales, ellos eran simplemente una familia.
—¿Sabes qué es lo más gracioso? —preguntó Cora.
—¿Qué?
—Que cuando encontré a Leo en la cama, Einstein estaba sentada a su lado con una cara de orgullo absoluto. Pensé que solo quería que la acariciara, pero ahora me doy cuenta de que estaba esperando su medalla al mérito.
Leo soltó una risa fuerte y estiró su mano hacia la cara de Spencer, apretándole la mejilla con fuerza.
—¡Au! —exclamó Spencer, riendo—. Tiene un agarre de pinza muy fuerte para su edad.
—Vengativo como su madre —bromeó Rossi, pasando por detrás de ellos—. Si le quitas el teclado, prepárate para las consecuencias, Reid.
Cora se levantó, acomodando a Leo en su cadera con esa gracia natural que la hacía parecer siempre en una pasarela.
—Bueno, genio, te dejamos trabajar. Vamos a ir a comprar esa cuna y luego a comprarle un filete enorme a Einstein. Se lo ha ganado por salvar a nuestro hijo de la "geometría defectuosa" de su dormitorio.
Spencer los acompañó hasta el ascensor. Antes de que las puertas se cerraran, Leo lo miró fijamente y agitó su manita en un saludo torpe pero deliberado.
—Te amo —le dijo Spencer a Cora.
—Lo sé —respondió ella con esa chispa de confianza que lo había enamorado desde el primer día—. Y por eso nos aguantas, incluso cuando venimos a interrumpir tu perfilación con bebés voladores.
Las puertas se cerraron y Spencer se quedó allí, mirando el reflejo de los números del ascensor. Tenía el corazón acelerado y una mancha de puré de manzana en la corbata, pero nunca se había sentido más inteligente. Había resuelto el caso más importante de su vida: el misterio de cómo su pequeño mundo, a pesar de ser caótico y a veces aterrador, siempre encontraba la forma de volver a su lugar gracias a la mujer que amaba.
Regresó a su escritorio, se sentó y miró las fotos del crimen. Pero esta vez, el peso de la oscuridad se sentía un poco más ligero. Después de todo, tenía a una modelo vengativa, un perro héroe y un bebé con posibles poderes de teletransportación esperándolo en casa. Y eso, según todos sus cálculos, era la definición perfecta de la felicidad.