Entre balas y besos
Simetría, Suerte y Primeras Palabras
El apartamento de los Reid-Whittemore era un campo de batalla de colores pastel y libros de neurología avanzada. Habían pasado dos meses desde el incidente de la "cuna voladora" y la vida parecía haber encontrado un ritmo, aunque fuera uno frenético. Spencer estaba sentado en el suelo de la sala, rodeado de cubos de madera con letras, intentando aplicar un método de refuerzo positivo basado en la repetición fonética.
—Leo, mírame —dijo Spencer con paciencia infinita, señalándose los labios—. Pa-pá. Es un fonema bilabial oclusivo sordo. Muy sencillo. Pa-pá.
Leo, sentado sobre una alfombra de juegos, lo miraba con una intensidad que rozaba lo inquietante. En lugar de repetir el sonido, el bebé tomó un cubo con la letra "Q" y se lo llevó a la boca con determinación.
Cora apareció desde la cocina, luciendo un conjunto de seda color esmeralda que hacía que sus ojos azules brillaran con una luz peligrosa. Llevaba una taza de café en una mano y un catálogo de moda en la otra.
—Spencer, deja de intentar que hable como un libro de texto —dijo ella, sentándose con elegancia en el sofá—. Va a decir "Mamá" primero. Es una cuestión de estética y de jerarquía emocional. Además, la "M" es mucho más suave para sus cuerdas vocales en desarrollo.
—En realidad, Cora, estadísticamente los bebés suelen pronunciar la "P" antes porque requiere menos control de la lengua —replicó Spencer, ajustándose las gafas mientras rescataba el cubo de la boca de su hijo—. Es una cuestión de mecánica motora, no de preferencia afectiva.
En ese preciso momento, la puerta del apartamento se abrió. Derek Morgan y Penélope García entraron como un torbellino de energía y bolsas de regalo. No era una visita casual; era el día en que, según el acuerdo tácito del equipo, se decidiría quiénes serían los padrinos oficiales. El problema era que Hotch, Rossi y JJ también estaban en camino, y todos se consideraban candidatos legítimos.
—¡Ya llegó la artillería pesada! —exclamó García, arrodillándose inmediatamente junto a Leo—. ¿Cómo está el pedacito de cielo más inteligente de Quantico?
Leo soltó el cubo, miró fijamente a García y, para sorpresa de todos, extendió sus brazos.
—Tía... —balbuceó el bebé con una claridad meridiana—. ¡Tía!
El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el sonido del café de Cora chocando contra la porcelana de su taza. García se llevó las manos a la boca, sus ojos llenándose de lágrimas instantáneas detrás de sus gafas de cristales brillantes.
—¿Lo han oído? —susurró García—. Me ha llamado tía. ¡Soy su favorita! ¡Soy la elegida!
—¡Un momento! —intervino Morgan, fingiendo indignación—. Eso ha sido un balbuceo aleatorio. No puede contar como una palabra con intención semántica.
—Tía —repitió Leo, esta vez con una sonrisa que mostraba sus dos primeros dientes inferiores, mientras señalaba los brillantes colgantes del collar de García.
—Es una asociación de estímulos —explicó Spencer, aunque su voz sonaba un poco herida—. García siempre trae objetos brillantes y ruidosos. Leo ha asociado esos estímulos visuales con el sonido que ella repite constantemente.
—¡Oh, cállate, niño genio! —rio García, cargando al bebé—. Me ha reconocido. Esto me da puntos extra para el madrinazgo, ¿verdad, Cora?
Cora dejó la taza en la mesa y se levantó, cruzándose de brazos mientras observaba la escena con una sonrisa de suficiencia.
—Bueno, Penélope, has ganado la primera ronda. Pero me temo que el puesto de padrino va a causar una guerra civil en la UAC si no tomamos medidas drásticas.
Quince minutos después, el apartamento estaba lleno. Aaron Hotch estaba de pie junto a la ventana, manteniendo su compostura habitual pero con una mirada expectante. David Rossi se servía una copa de vino que él mismo había traído, y JJ ayudaba a Spencer a recoger los juguetes del suelo.
—Seamos realistas —dijo Rossi, acomodándose en un sillón—. Yo tengo la experiencia, el patrimonio y los mejores consejos sobre etiqueta que este niño necesitará cuando empiece a salir con modelos, como su madre.
—Yo le enseñaré a defenderse y a no dejarse intimidar por los sabelotodo como su padre —añadió Morgan, guiñándole un ojo a Reid.
—Yo ya soy madre —intervino JJ con calma—. Sé lo que implica la responsabilidad legal y emocional.
Hotch aclaró su garganta, y todos guardaron silencio. El líder de la unidad rara vez pedía algo para sí mismo, pero esta vez era diferente.
—He cuidado de Spencer desde que entró en la unidad. Creo que es una progresión lógica que cuide de su hijo también.
Spencer miraba a sus amigos, sintiéndose abrumado por el afecto. Le resultaba difícil procesar que todas estas personas, a las que consideraba su familia elegida, estuvieran peleando por un puesto de responsabilidad en la vida de Leo.
—Esto es ineficiente —declaró Spencer finalmente—. Estamos analizando variables subjetivas. No hay una forma lógica de elegir sin herir los sentimientos de alguien. El sesgo cognitivo aquí es del cien por cien.
Cora, que había estado observando el debate como si fuera una pasarela de alta costura particularmente entretenida, intervino.
—Spencer tiene razón. Todos son maravillosos, pero no voy a dejar que mi sala se convierta en una sala de interrogatorios de la UAC. Vamos a hacerlo a mi manera. Al estilo de la vieja escuela.
Cora caminó hacia su escritorio de caoba y tomó una hoja de papel de alta calidad. Con una elegancia felina, rasgó el papel en tiras perfectas.
—Vamos a hacer un sorteo —anunció ella—. Escriban sus nombres. Los pondremos en mi sombrero de ala ancha de Dior. El azar decidirá. La suerte es la única fuerza imparcial en este universo, ¿no es así, Spencer?
Reid suspiró, pero asintió.
—La teoría de la probabilidad es, al menos, justa.
Mientras los miembros del equipo escribían sus nombres con cierto nerviosismo, Leo, que seguía en brazos de García, decidió que era el momento de realizar su segundo acto del día. Miró a Spencer, quien estaba concentrado doblando los papelitos.
—Pa... —balbuceó el bebé.
Spencer se congeló. El papelito de Hotch cayó de sus manos.
—¿Leo? —susurró Spencer, acercándose lentamente.
—Pa-pá —dijo el niño, esta vez con una fuerza sorprendente, y gateó desde el regazo de García hacia las piernas de Spencer, agarrándose a sus pantalones para intentar ponerse de pie.
Spencer se agachó y tomó a su hijo, levantándolo en el aire. Sus ojos brillaban con una emoción que no podía ser explicada por ninguna ecuación.
—Lo ha dicho —murmuró Spencer—. Ha dicho papá.
—Bueno —dijo Cora, acercándose y rodeando a ambos con sus brazos—, parece que hoy es el día de las confirmaciones. Pero el sorteo sigue en pie. El niño ya sabe quiénes somos nosotros; ahora necesita saber quiénes serán sus guardianes oficiales cuando nosotros estemos demasiado ocupados intentando que no use su inteligencia para hackear el Pentágono.
Cora puso el sombrero de Dior sobre la mesa. Los papelitos estaban dentro. El ambiente se volvió tenso, casi tanto como cuando esperaban la confirmación de un ADN en el laboratorio.
—García, tú sacas el de la madrina. Morgan, tú el del padrino —ordenó Cora.
García, con las manos temblorosas, metió la mano en el sombrero. Revolvió los papeles durante lo que pareció una eternidad. Finalmente, sacó uno.
—¡JJ! —gritó García, aunque con una pizca de decepción, corrió a abrazar a su amiga—. ¡Vas a ser la madrina oficial! Pero yo sigo siendo la tía que le compra los juguetes prohibidos, ¿entendido?
JJ sonrió, visiblemente conmovida.
—Es un honor, Cora. Spencer. No les fallaré.
—Ahora el padrino —dijo Cora, mirando a Morgan.
Derek metió la mano. Miró a Rossi, luego a Hotch, y finalmente sacó el papel. Lo desdobló lentamente.
—David Rossi —leyó en voz alta.
Rossi soltó una carcajada triunfal y levantó su copa de vino.
—El destino sabe que este niño necesita un poco de estilo italiano en su vida. No te preocupes, Hotch, podrás ser el "tío serio" que le enseñe a hacer sus impuestos.
Hotch sonrió de forma casi imperceptible, aceptando la derrota con la dignidad que lo caracterizaba.
—Me conformo con eso.
Cora se acercó a Spencer, quien seguía abrazando a Leo. El bebé se había quedado dormido contra el hombro de su padre, agotado por el esfuerzo de ser el centro de atención y de haber pronunciado sus primeras palabras.
—¿Estás bien, genio? —preguntó Cora en voz baja, apoyando la mano en su mejilla.
—Sí —respondió Spencer, mirando a sus amigos, que ahora reían y brindaban en su sala—. Estaba pensando en la probabilidad de que todo esto sucediera. De que yo terminara aquí, contigo, con él, y con ellos.
—¿Y cuál es el resultado? —preguntó ella con una sonrisa tierna.
—Es infinitesimal —admitió él, besando la frente de su hijo—. Prácticamente imposible. Lo que significa que no es una cuestión de estadística, Cora.
—¿Ah, no? ¿Y de qué se trata entonces?
Spencer la miró a los ojos, esos ojos azules que lo habían cautivado desde el primer interrogatorio, y sonrió.
—Se trata de que, a veces, la realidad es mucho más original que cualquier perfil que yo pueda construir.
Cora rió suavemente y se inclinó para besarlo, un beso que sabía a café, a hogar y a un futuro que, aunque impredecible, era exactamente lo que ambos habían buscado sin saberlo. En un rincón de la habitación, Einstein, la Golden Retriever, soltó un suspiro satisfecho y se acomodó a los pies de la familia, vigilando que, por esa noche al menos, nadie más intentara teletransportarse a ningún lado.