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Entre colmillos y sangre

El Elixir de la Luna y la Pólvora

El carruaje negro, adornado con relieves de plata que brillaban bajo la luz de la luna como huesos pulidos, se detuvo frente a las imponentes puertas de hierro del castillo Wilde. Judy descendió de la mano de Nick, sintiendo cómo el aire cambiaba drásticamente. Aquí, en el corazón del bosque sombrío, la atmósfera era gélida y cargada de un silencio que parecía tener peso propio.

El castillo se alzaba hacia el cielo como una garra de piedra oscura. Sus torres estaban envueltas en jirones de niebla y las ventanas, estrechas y altas, apenas dejaban escapar una luz mortecina. Para cualquier otro mortal, aquel lugar sería la definición misma de una pesadilla gótica, pero Judy, al observar la estructura y luego mirar el rostro sereno pero melancólico de Nick, sintió una paz que jamás había experimentado en la mansión de sus padres.

—Es... impresionante, Nick —susurró ella, apretando su mano.

—Es una tumba de lujo, Judy —respondió él con una amargura que no pudo ocultar—. Pero ahora que estás aquí, quizás las piedras recuerden cómo se siente el calor.

Al entrar, el eco de sus pasos sobre el mármol negro resonó en el gran salón. Nick la condujo hacia un pequeño despacho iluminado por una chimenea que parecía arder con una llama azulada. Allí, Judy pidió papel y pluma. Con mano firme y el corazón rebosante de una resolución inquebrantable, redactó la carta que cambiaría su vida para siempre.

"Queridos padres", escribió, "no busquen explicaciones en la lógica de los hombres, sino en la verdad de mi alma. He encontrado en el Conde Wilde no solo a un esposo, sino el propósito de mi existencia. Mi vida en la ciudad era una jaula de seda; con él, incluso en las sombras, soy libre. Deseo su bendición para nuestra unión, pues mi destino ya ha sido sellado por mi propia voluntad".

La respuesta de los Hopps no tardó en llegar, transportada por un mensajero que temblaba de pies a cabeza al acercarse a los dominios del Conde. La misiva era breve pero imperativa: exigían que Judy regresara de inmediato para hablar en persona. No podían creer que su joya más preciada se hubiera entregado a un hombre rodeado de rumores tan oscuros.

—Debo ir —dijo Judy, doblando el papel—. Debo mirar a mi padre a los ojos y demostrarle que no soy una niña asustada, sino una mujer que sabe a quién ama.

—No irás sola —sentenció Nick, emergiendo de las sombras de la habitación—. No permitiré que te enfrentes a su juicio sin mi protección. Aunque mi sola presencia sea una provocación para ellos, soy tu prometido ante las leyes de Dios y de los hombres... o al menos de lo que queda de mí.

El regreso a la mansión Hopps fue tenso. El barón Hopps y su esposa recibieron a la pareja en el gran salón. Al principio, hubo gritos, lágrimas y amenazas de desheredarla. Pero Judy se mantuvo firme, como una roca frente a la marea. Habló con una elocuencia y una pasión que dejaron a sus padres mudos. Les explicó que Nick no era el monstruo que las leyendas urbanas pintaban, sino un hombre que cargaba con una carga que nadie más podía entender.

Sorprendentemente, tras horas de discusión y tras observar la caballerosidad impecable de Nick —quien se comportó con la distinción de diez príncipes—, los Hopps cedieron. Quizás fue el miedo a perder a su hija para siempre, o quizás fue la hipnótica mirada verde del Conde, pero finalmente aceptaron el compromiso.

Esa noche, Judy subió a su antigua recámara para recoger sus últimas pertenencias. Se detuvo frente al balcón, observando los jardines donde solía jugar de niña. Todo le parecía ahora tan pequeño, tan lejano.

Un ligero crujido en la madera del balcón la hizo sonreír antes de girarse. Nick estaba allí, su silueta recortada contra el cielo estrellado. Su capa negra ondeaba con la brisa nocturna, y por un momento, pareció una deidad de la noche observando a una mortal. Entró en la habitación con movimientos fluidos y silenciosos, rodeando la cintura de la joven con sus brazos.

—Has ganado tu batalla, pequeña coneja —murmuró Nick, hundiendo su rostro en el cuello de Judy, aspirando el aroma a lavanda y vida que emanaba de su piel.

—Hemos ganado, Nick —corrigió ella, acariciando las orejas del zorro—. Pronto seremos uno solo.

Nick la apartó un poco para mirarla a los ojos. La luz de las velas resaltaba el rubor en las mejillas de Judy y el brillo vibrante de sus ojos amatista. El corazón de ella latía con fuerza, un ritmo acelerado y cálido que Nick podía sentir contra su propio pecho frío. Una sombra de tristeza cruzó el rostro del vampiro.

—A veces siento un peso insoportable aquí dentro —dijo Nick, señalando su pecho—. Me invade la culpa al pensar que estoy arrastrando a una criatura tan llena de luz a mi mundo de tinieblas. Vas a renunciar al sol por mí, Judy. Vas a convertirte en la compañera de un monstruo que ha olvidado lo que es envejecer.

Judy le puso una mano en la mejilla, obligándolo a sostenerle la mirada.

—Escúchame bien, Nicholas Wilde. No eres un monstruo para mí. Eres el hombre que me devolvió la capacidad de sentir algo real en un mundo de plástico. No es un sacrificio si es lo que más deseo. Es mi decisión, y la tomo con alegría.

Nick suspiró, cerrando los ojos y dejando que la frente de Judy descansara contra la suya.

—Eres mi luz —susurró él con una voz cargada de una ternura que solo ella conocía—. Mi luz en una eternidad de oscuridad. Amor mío, no sé qué hice para merecerte en estos trescientos años, pero juro que protegeré tu vida con la poca alma que me queda.

Compartieron un beso largo, dulce y amargo a la vez, sellando un pacto que iba más allá de lo físico. Eran dos piezas de un rompecabezas cósmico que finalmente habían encajado.

Pocos días después, tras una despedida agridulce con su familia, regresaron al castillo. La paz parecía haberse asentado sobre ellos. Nick comenzó a enseñarle a Judy los secretos de su biblioteca milenaria, y ella, con su energía inagotable, empezó a decorar los fríos pasillos con flores y colores que el castillo no había visto en siglos.

Sin embargo, en el pueblo cercano, la atmósfera era muy distinta.

En una taberna de mala muerte, iluminada por lámparas de aceite humeantes, un grupo de hombres se reunía en torno a una mesa llena de mapas y frascos de plata. Eran cazadores, hombres que vivían de la superstición y el miedo, liderados por un lobo de mirada gélida llamado Fang.

—Lo han visto —dijo Fang, golpeando la mesa—. El Conde ha bajado a la ciudad. Y no solo eso, se ha llevado a la hija de los Hopps. Dicen que ella está bajo un hechizo, que su palidez es fruto de su brujería.

—Es un demonio —gruñó otro de los cazadores, limpiando el cañón de un fusil cargado con balas de plata—. No podemos permitir que una de las nuestras viva entre los muertos vivientes.

—Si atacamos el castillo directamente, nos matará a todos antes de cruzar el foso —analizó Fang con una sonrisa cruel—. Pero el Conde tiene una debilidad. Una debilidad pequeña, de orejas largas y corazón ardiente. Si queremos atraer al zorro a nuestra trampa, primero debemos capturar a su luz.

La oportunidad se presentó una tarde en la que Judy decidió salir a los límites del bosque para recolectar algunas hierbas medicinales que Nick le había mencionado. Ella se sentía segura; después de todo, estaba en las tierras del Conde. Pero no contaba con la astucia de hombres movidos por el odio y la codicia.

El ataque fue rápido. Judy apenas tuvo tiempo de gritar cuando una red empapada en una sustancia sedante cayó sobre ella. Luchó con la valentía que la caracterizaba, pateando y mordiendo, pero eran demasiados.

—¡Sueltenme! —exclamó, sintiendo que sus párpados pesaban cada vez más—. ¡Nick los encontrará! ¡Él acabará con todos ustedes!

—Eso es precisamente lo que esperamos, pequeña —rio Fang, levantándola del suelo como si fuera un fardo de paja—. Queremos que venga. Queremos ver cómo arde el gran Conde Wilde cuando vea lo que le hacemos a su preciada joya.

La llevaron a una cabaña abandonada en el valle, un lugar protegido con símbolos antiguos y trampas de hierro. Judy fue encadenada a una silla de madera, rodeada de hombres que la miraban con una mezcla de lástima y desprecio.

Mientras tanto, en el castillo, Nick sintió un escalofrío que le recorrió la columna vertebral. No era el frío habitual de su condición; era un vacío repentino, una desconexión violenta. Corrió hacia el jardín, llamando su nombre, pero solo encontró la canasta volcada de Judy y el rastro del olor a pólvora y sudor de hombres extraños.

Un rugido inhumano escapó de su garganta, un sonido que hizo que los pájaros huyeran de los árboles y que la niebla se agitara violentamente. Sus ojos verdes se tornaron de un rojo carmesí, y sus garras se extendieron, rompiendo la piedra de la balaustrada.

—Han cometido un error —siseó Nick, y su voz ya no era la del aristócrata refinado, sino la de la bestia antigua que habitaba en su interior—. Han tocado lo único que me hacía sentir vivo.

Nick no necesitó caballos ni carruajes. Se transformó en una sombra veloz que cruzaba el bosque como un rayo negro. Su mente solo tenía un objetivo: Judy. Podía oler su miedo, podía escuchar el eco lejano de su corazón latiendo con terror, y cada latido era un martillazo en su propia conciencia.

Al llegar a la cabaña, el Conde Wilde no llamó a la puerta. El techo de madera estalló hacia afuera cuando él aterrizó sobre él, descendiendo entre los escombros como un ángel caído sediento de venganza.

—¡Atrás! —gritó Fang, apuntando con su ballesta de plata—. ¡Un paso más y le vuelo la cabeza!

Nick se detuvo en seco. Su respiración era un gruñido bajo. En el centro de la habitación, Judy lo miraba con ojos empañados por las lágrimas, pero incluso en su estado, trató de advertirle.

—¡Nick, es una trampa! —gritó ella—. ¡Vete!

—No me iré sin ti, Judy —respondió él, ignorando las armas que lo apuntaban. Su mirada se fijó en Fang—. Tienes diez segundos para soltarla antes de que convierta este lugar en un matadero. Y créeme, he tenido tres siglos para aprender formas de matar de las que tus pesadillas no tienen ni idea.

Los cazadores dudaron. La presencia de Nick era abrumadora; el aire alrededor de él parecía vibrar con una energía oscura y eléctrica. Fang, apretando los dientes, disparó la ballesta.

Nick atrapó el perno de plata en el aire con una mano, siseando cuando el metal bendito le quemó la palma, pero no retrocedió. Con un movimiento cegador, se lanzó hacia adelante.

La cabaña se convirtió en un torbellino de sombras, gritos y el destello del acero. Nick se movía demasiado rápido para el ojo humano, desarmando a los hombres con una fuerza brutal. No los mató —por respeto a la promesa que le había hecho a Judy de no convertirse en el monstruo que todos creían—, pero los dejó incapacitados en el suelo en cuestión de segundos.

Llegó hasta Judy y, con un solo tirón, rompió las cadenas de hierro como si fueran de papel. La tomó en sus brazos, protegiéndola con su capa mientras la sacaba del lugar antes de que los refuerzos de los cazadores pudieran llegar.

Se detuvieron en un claro del bosque, bajo la protección de un roble milenario. Nick la bajó con cuidado, revisando cada centímetro de su cuerpo en busca de heridas.

—¿Estás bien? ¿Te hicieron algo? —preguntaba él, su voz temblando de una forma que Judy nunca había oído.

—Estoy bien, Nick. Estoy bien porque viniste —dijo ella, abrazándolo con fuerza.

Nick la estrechó contra sí, ocultando su rostro en su hombro. El rojo de sus ojos se desvaneció, volviendo al verde esmeralda, pero el temblor en sus manos continuaba.

—Tenía tanto miedo de perderte —confesó el inmortal—. En ese momento, cuando no te encontré... entendí que la eternidad sin ti no es vida, es el infierno.

Judy lo tomó del rostro, obligándolo a mirarla. El bosque estaba en silencio, y la luna los observaba desde lo alto, bendiciendo una unión que el mundo nunca entendería.

—Ellos no pueden separarnos, Nick. Ni los cazadores, ni el tiempo, ni la muerte. Somos dos almas destinadas, ¿recuerdas?

—Mi luz —susurró él, besando su frente—. Mi valiente y hermosa luz.

Regresaron al castillo mientras el alba empezaba a teñir el horizonte de un gris pálido. Sabían que los cazadores volverían, que el mundo exterior seguiría intentando apagar su fuego. Pero mientras caminaban de la mano hacia su fortaleza de piedra, ambos comprendieron que no importaba cuántas sombras los acecharan. Mientras tuvieran el latido del uno y la inmortalidad del otro, su amor sería la única verdad en un mundo de mentiras victorianas.

La paz volvió al castillo Wilde, pero ahora era una paz armada, una calma nacida de la certeza de que lucharían por su felicidad hasta el fin de los tiempos. Porque en el corazón de la oscuridad, una pequeña coneja y un zorro eterno habían encontrado algo que ni el cielo ni el infierno podían reclamar: un hogar.