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Entre colmillos y sangre

El Despertar de la Amatista y el Carmesí

El invierno había cedido su trono a una primavera eterna dentro de los muros del Castillo Wilde. Lo que antes era una fortaleza de soledad y polvo, ahora vibraba con una energía nueva, casi eléctrica. Las cortinas de terciopelo pesado habían sido recogidas para permitir que la luz de la tarde, suave y dorada, bañara los pasillos de piedra. Habían pasado meses desde el ataque de los cazadores, y aunque la vigilancia de Nick no había disminuido, la tensión se había transformado en una complicidad doméstica y profunda.

Nick se encontraba apoyado en el marco de uno de los ventanales altos del salón principal. Vestía una camisa de seda blanca, desabrochada en el cuello, y observaba el jardín con una fijeza que solo un depredador —o un hombre profundamente enamorado— podía poseer. Abajo, entre los rosales que ella misma había rescatado del olvido, Judy Hopps se movía como un rayo de sol atrapado en la tierra.

Llevaba un vestido ligero de algodón, impropio de una dama de su alcurnia pero perfecto para la libertad que ahora disfrutaba. La vio inclinarse para oler una flor, su nariz moviéndose con ese tic adorable que a Nick le hacía sentir que su corazón, aunque técnicamente muerto, recuperaba el ritmo de la vida.

—Es la criatura más hermosa que ha pisado este suelo —susurró Nick para sí mismo, su voz apenas un soplido que acariciaba el cristal—. Y es mía.

Judy, como si hubiera sentido la intensidad de su mirada, levantó la vista. Al verlo en el ventanal, su rostro se iluminó con una sonrisa que eclipsaba cualquier amanecer. Dejó caer el pequeño cesto de mimbre y corrió hacia la entrada del castillo, cruzando el umbral con la energía de quien no conoce el cansancio.

Nick bajó las escaleras de dos en dos, encontrándose con ella en el gran vestíbulo. Antes de que Judy pudiera decir una palabra, él la rodeó con sus brazos, levantándola del suelo en un abrazo que buscaba fundir sus esencias.

—¡Nick! —rio ella, rodeando el cuello del zorro con sus manos—. Solo he estado fuera una hora.

—Una hora de oscuridad, mi luz —respondió él, bajándola lentamente pero sin soltar su cintura—. Cada minuto que pasas lejos de mi vista es un siglo que le robo a la eternidad.

—Qué dramático eres, mi conde —bromeó Judy, rozando su nariz con la de él—. Pero admito que yo también te extrañé. El jardín es hermoso, pero le falta tu sombra para que el contraste sea perfecto.

Nick la besó con una pasión contenida, un beso que sabía a flores silvestres y a la calidez del sol que ella aún portaba en su piel.

—Te amo, Judy. Mi amor, mi pequeña valiente —murmuró contra sus labios.

Sin embargo, mientras la estrechaba, un instinto primitivo y oscuro comenzó a emerger desde las profundidades de su ser. Nick siempre había sido extremadamente cuidadoso, alimentándose de animales del bosque para no sucumbir a la sed de sangre inteligente. Pero Judy era diferente. Su proximidad constante, el calor que emanaba de su cuello, el sonido rítmico y acelerado de su corazón... todo eso se estaba convirtiendo en una sinfonía de tentación.

Podía olerla. No solo su perfume, sino el hierro dulce que corría por sus venas. Era una fragancia embriagadora, un elixir que prometía el fin de todos los dolores y el inicio de una unión absoluta. Nick apretó los dientes, sintiendo cómo sus colmillos presionaban sus encías.

Judy notó el cambio. Sintió la rigidez en los músculos de Nick y vio cómo sus ojos verdes se oscurecían hasta alcanzar un tono esmeralda casi negro. No tuvo miedo. Al contrario, una curiosidad ardiente y un deseo de entrega total la invadieron. Sabía que este momento llegaría. Habían hablado de ello en las noches de susurros frente a la chimenea: el paso final para que su amor no tuviera fecha de caducidad.

—Nick... —susurró ella, echando la cabeza hacia atrás, exponiendo la curva delicada de su cuello—. No luches contra eso.

—No quiero lastimarte, Judy —dijo él, su voz ahora un gruñido ronco, cargado de agonía y deseo—. Eres tan frágil, tan llena de vida... Si te tomo ahora, no habrá vuelta atrás.

—No quiero volver atrás —replicó ella con firmeza, tomando las manos de Nick y colocándolas sobre su pecho, justo donde su corazón martilleaba con fuerza—. Quiero estar contigo para siempre. No como una invitada en tu eternidad, sino como tu igual. Conviérteme, Nick. Hazme tuya en todos los sentidos posibles.

El aire en el vestíbulo pareció volverse denso, cargado de un erotismo sobrenatural. Nick la tomó en brazos nuevamente, pero esta vez no hubo ligereza, sino una urgencia voraz. La llevó hacia la habitación principal, una estancia donde la luz de la luna empezaba a filtrarse por las cortinas entreabiertas, creando un juego de sombras y plata sobre la cama de dosel.

La depositó sobre las sábanas de seda con una delicadeza que contrastaba con el fuego que quemaba en su interior. Se posicionó sobre ella, admirando por última vez la humanidad de su amada. Judy estiró la mano, acariciando la mejilla de Nick, delineando sus colmillos con el pulgar.

—Hazlo —pidió ella en un suspiro.

Nick se inclinó, besando primero sus labios, luego su barbilla, bajando lentamente hacia el pulso que latía frenéticamente en su garganta. El olor de su sangre era ahora una marea ensordecedora. Con una mezcla de desesperación y amor infinito, Nick hundió sus colmillos en la piel de Judy.

Ella soltó un jadeo, no de dolor, sino de una sorpresa electrizante. Sintió un frío glacial recorrer sus venas, seguido inmediatamente por un calor abrasador que parecía quemar cada una de sus células. Era como si el universo entero se estuviera comprimiendo en ese punto de contacto. Nick bebió, sintiendo la esencia de Judy mezclarse con la suya, un éxtasis que superaba cualquier cosa que hubiera experimentado en sus trescientos años de existencia.

Antes de que ella perdiera el conocimiento, Nick se cortó el labio y presionó su boca contra la de ella, obligándola a beber de su propia sangre antigua. El pacto estaba sellado. El intercambio de vida y muerte fluyó entre ambos en un baile de sombras y éxtasis.

El mundo de Judy se volvió negro, pero no era la oscuridad del vacío, sino una oscuridad vibrante, llena de promesas.

Cuando Judy despertó, el mundo era diferente. Sus sentidos estaban agudizados hasta un punto casi doloroso. Podía oír el aleteo de una polilla en la esquina de la habitación, podía ver las partículas de polvo flotando en un rayo de luna como si fueran diamantes suspendidos, y sobre todo, podía sentir a Nick.

Él estaba sentado a su lado, observándola con una ansiedad palpable. Cuando ella abrió los ojos, Nick contuvo el aliento. Las amatistas de los ojos de Judy ahora tenían un brillo sobrenatural, un destello carmesí que danzaba en el fondo de sus pupilas.

—¿Judy? —preguntó él, su voz cargada de temor—. ¿Cómo te sientes?

Judy se incorporó con una agilidad que la sorprendió. No sentía el peso de su cuerpo; se sentía ligera, poderosa, eterna. Miró sus manos, cuya piel ahora era de un blanco porcelana, casi luminosa.

—Siento... que finalmente estoy despierta, Nick —dijo ella, y su voz tenía una resonancia nueva, más profunda y melódica.

Se lanzó a sus brazos, y esta vez, cuando sus cuerpos chocaron, no hubo la diferencia de temperatura de antes. Ambos estaban fríos como el mármol, pero el fuego de su conexión ardía más fuerte que nunca.

Las semanas siguientes fueron un torbellino de aprendizaje. Nick se convirtió en su mentor, enseñándole a controlar la fuerza sobrehumana que ahora poseía y, lo más difícil, a dominar la sed. Judy demostró ser una alumna excepcional, aplicando la misma determinación que la había llevado a desafiar a su familia para domar sus instintos básicos.

—Recuerda, mi luz —le decía Nick mientras practicaban en los bosques circundantes—, no somos animales. Somos aristócratas de la noche. El control es nuestra mayor arma.

—Lo sé, Nick —respondía ella, saltando entre las ramas de los árboles con una gracia que incluso a él le asombraba—. Pero admite que esto es mucho más divertido que bordar pañuelos en el salón.

Finalmente, llegó el momento que Nick había estado preparando: la presentación oficial de Judy ante la sociedad. No la sociedad de los vivos, que aún la creía desaparecida o bajo un hechizo, sino la verdadera aristocracia de la región, aquellos que se movían entre las sombras y los salones de baile prohibidos.

Se organizó una gala en el Castillo Wilde. Carruajes negros, tirados por caballos que no dejaban rastro en la nieve, llegaron uno tras otro. Vampiros de linajes antiguos, lobos de estirpe noble y otras criaturas de la noche llenaron el salón que Judy había decorado con tal esmero.

Nick vestía su traje de gala más imponente, una levita de terciopelo con hilos de plata. Pero todas las miradas estaban puestas en la figura que descendía por la gran escalinata a su lado.

Judy lucía un vestido de seda color sangre, con un escote que resaltaba su palidez perfecta. Su cabello estaba recogido en un peinado complejo adornado con rubíes. Caminaba con una seguridad que intimidaba incluso a los más antiguos del lugar. Ya no era la "delicada hija de los nobles"; era la Condesa Wilde, una criatura de poder y belleza inigualable.

Nick la tomó de la mano al llegar al final de la escalera y se dirigió a los presentes.

—Damas y caballeros, honorables miembros de la noche —su voz resonó con una autoridad indiscutible—. Les presento a mi mujer, la Condesa Judy Wilde. Mi compañera, mi igual y la soberana de este castillo.

Un murmullo de asombro y respeto recorrió la sala. Judy sonrió, una sonrisa que mostraba apenas la punta de sus colmillos, y el salón pareció rendirse a sus pies.

Más tarde, mientras el vals llenaba el aire y los invitados se perdían en conversaciones y brindis de vino tinto espeso, Nick y Judy se escaparon al balcón donde todo había comenzado meses atrás.

El aire frío de la noche ya no les afectaba. Miraron hacia las luces lejanas de la ciudad, donde la vida mortal seguía su curso monótono y breve.

—¿Te arrepientes, Judy? —preguntó Nick, rodeándola con su capa negra, protegiéndola del mundo exterior.

Judy se apoyó en su pecho, escuchando el silencio perfecto que ahora habitaba en ambos.

—¿Arrepentirme de haber encontrado la eternidad a tu lado? —Ella levantó la vista, y sus ojos brillaron con un amor que desafiaba los siglos—. Nick, mi vida comenzó el momento en que te conocí. Todo lo anterior fue solo una espera.

Nick la besó bajo la mirada de la luna, una luna que ahora les pertenecía de una forma que los humanos nunca podrían comprender. Eran el zorro y la coneja, la sombra y la luz, unidos en un vínculo que ni el tiempo ni el destino podrían romper.

—Entonces, que comience nuestra eternidad —susurró Nick—. Porque tengo la sensación de que trescientos años no serán suficientes para amarte como te mereces.

—Entonces tendremos que pedirle al tiempo unos cuantos siglos más —respondió Judy con una sonrisa traviesa antes de perderse de nuevo en sus brazos.

En el Castillo Wilde, las luces no se apagaron hasta que el primer rayo de sol amenazó el horizonte, pero para Nick y Judy, el sol ya no era una necesidad. Ellos habían encontrado su propia luz en la profundidad de las sombras.