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Entre la Esperanza y el Miedo

La Danza de la Devoción y el Instinto

El amanecer en el planeta de cristal no trajo consigo la salvación, sino una atmósfera cargada de una electricidad estática que hacía que el vello de la nuca se erizara. Saint Walker se despertó antes de que las lunas gemelas se ocultaran por completo, sintiendo un cambio drástico en el aire. A su lado, la montaña de músculos que era Arkillo ya no roncaba con la pesadez de la noche anterior. En su lugar, emitía un sonido gutural, un ronroneo vibrante que hacía temblar el suelo de la cueva.

Walker se incorporó con suavidad, ajustando los restos de su túnica azul. Al mirar al guerrero de Monde, notó que algo andaba mal. La piel amarillenta de Arkillo estaba inyectada en sangre, y sus ojos rojos, usualmente cargados de una furia disciplinada, ahora brillaban con un hambre animal, desenfocada y primitiva. Un olor almizclado, denso y embriagador, comenzó a llenar el espacio confinado de la gruta.

—¿Arkillo? —preguntó Walker, extendiendo una mano hacia él—. Tu ritmo cardíaco es alarmante. ¿Es una reacción a la atmósfera del planeta?

El gigante no respondió con palabras. Sus fosas nasales se dilataron ruidosamente, captando el aroma de Walker. Con una velocidad impropia de su tamaño, Arkillo se lanzó hacia adelante. Walker, impulsado por sus instintos de linterna, rodó hacia un lado justo a tiempo para evitar ser aplastado contra la pared de obsidiana.

—¡Arkillo, detente! —pidió el azul, manteniendo la calma—. No eres tú mismo. Tu biología está...

—Sangre... calor... —gruñó Arkillo, su voz una octava más baja de lo normal—. Walker... huele a esperanza... huele a vida. Necesito...

El Linterna Amarilla se puso de pie, encorvado como un depredador. Sus garras rasgaron el suelo de cristal, dejando surcos profundos. No era un ataque nacido del odio, sino de una necesidad biológica devastadora. En Monde, los ciclos de apareamiento eran raros y violentos, desencadenados por factores ambientales específicos que este extraño planeta parecía haber imitado a la perfección.

Walker comprendió la situación. El "celo" de un guerrero de Monde era una tormenta que no se podía razonar. Intentó usar su anillo para proyectar un escudo de paz, una luz cerúlea que calmara los nervios del gigante, pero la energía azul solo pareció excitar más al carnicero.

—La luz... —rugió Arkillo, lanzándose de nuevo—. ¡Tu luz me quema por dentro!

Comenzó una persecución que desafiaba la lógica de aquel desierto de cristales. Saint Walker se movía con la gracia de una hoja al viento, saltando sobre pilares de cuarzo y deslizándose por dunas de arena fina. Arkillo lo seguía de cerca, derribando todo a su paso. El gigante no usaba construcciones de miedo; no las necesitaba. Su cuerpo era el arma, y su único objetivo era atrapar al ser pequeño y azul que representaba todo el alivio que su anatomía clamaba a gritos.

—¡Arkillo, escucha mi voz! —exclamó Walker mientras corría por el borde de un precipicio de cristal—. Todo estará bien, pero debes recuperar el control. ¡La voluntad debe prevalecer sobre el instinto!

—¡No hay voluntad! —gritó Arkillo, saltando una grieta enorme y aterrizando a pocos metros de Walker—. ¡Solo hay hambre! ¡Solo estás tú!

Walker se detuvo al llegar a un callejón sin salida, una formación circular de cristales gigantes que se elevaban hacia el cielo violeta como los dedos de un dios enterrado. Se giró para enfrentar al gigante. Arkillo se detuvo a unos pasos, jadeando, con la saliva goteando de sus colmillos. El calor que emanaba de él era sofocante.

—No tienes a dónde ir, pequeño santo —dijo Arkillo, sus ojos fijos en la garganta de Walker.

Walker suspiró, pero no de miedo. Su expresión se suavizó, volviendo a esa serenidad mística que lo caracterizaba. Bajó los brazos y dejó que su anillo se apagara. El brillo azul se desvaneció, dejando solo la luz natural de su piel.

—No estoy huyendo porque te tema, Arkillo —dijo Walker con voz firme y dulce—. Huía porque quería asegurarme de que esto es lo que realmente necesitas para sanar este fuego en tu sangre. He visto en tu mente... no hay malicia, solo una agonía que no puedes contener.

Arkillo rugió y se abalanzó sobre él, pero esta vez Walker no se movió. El impacto lo llevó al suelo, con el peso masivo del guerrero inmovilizándolo contra la arena cálida. Arkillo gruñó, enterrando su rostro en el cuello de Walker, inhalando profundamente. Sus manos, lo suficientemente grandes como para romper el pecho del azul, temblaban mientras desgarraban lo que quedaba del uniforme de Walker.

—Walker... —el nombre sonó como una súplica entre los colmillos del monstruo.

—Estoy aquí —respondió el santo, rodeando con sus brazos delgados el cuello del gigante—. No me iré. Si mi cuerpo puede darte la paz que tu espíritu busca en este momento, te lo entrego con alegría.

La rendición de Walker cambió la dinámica de la agresión. Arkillo, aunque todavía impulsado por un instinto frenético, pareció encontrar un ancla en la calma del otro. Sus movimientos se volvieron más deliberados, aunque no menos intensos. Con una fuerza bruta contenida a duras penas, Arkillo giró a Walker, presionándolo contra la arena, y comenzó a marcar su piel con mordiscos superficiales que hacían que el azul soltara jadeos de sorpresa.

—Más... quiero más de tu luz —gruñó Arkillo, su mano recorriendo los muslos de Walker, abriéndolos con una urgencia posesiva.

—Tómala —susurró Walker, cerrando los ojos y ofreciéndose plenamente—. Todo lo que soy es tuyo.

Cuando Arkillo entró en él, fue como una explosión de fuerza puramente física. No hubo preliminares suaves ni palabras de consuelo; fue el encuentro de un volcán con el océano. Walker sintió que su columna se arqueaba, sus dedos enterrándose en la espalda llena de cicatrices de Arkillo. El dolor inicial fue rápidamente eclipsado por una conexión tan profunda que trascendía lo carnal. A través del contacto, Walker podía sentir el torrente de emociones de Arkillo: el miedo a perder el control, la soledad de un guerrero que siempre ha sido visto como un arma, y una gratitud desesperada hacia el único ser que no lo miraba con horror.

—¡Walker! —rugió Arkillo, su ritmo volviéndose errático y violento, cada embestida sacudiendo el cuerpo del azul contra el suelo.

—¡Sí! —respondió Walker, su voz rompiéndose por primera vez—. ¡Sigue, Arkillo! ¡No temas lastimarme, mi fe me sostiene!

El acto se convirtió en una danza de contrastes. Arkillo era el caos, la fuerza bruta del miedo hecho carne; Walker era el orden, la vasija que recibía ese caos y lo transformaba en algo sagrado. El linterna azul no se arrepentía. Mientras sentía el peso abrumador y la furia del celo del gigante, Walker sonreía internamente. Sabía que después de esta tormenta, el vínculo entre ambos sería inquebrantable.

El clímax llegó como un estallido de energía que pareció iluminar todo el valle de cristal. Arkillo se aferró a Walker con una fuerza que habría matado a un ser menos resistente, enterrando su rostro en el hombro del azul mientras su semilla y su calor inundaban al santo. Walker gritó, no de agonía, sino de una plenitud eléctrica, su propio anillo brillando con una intensidad cegadora que respondió a la descarga emocional de Arkillo.

El silencio que siguió fue absoluto. El viento del planeta parecía haberse detenido por respeto.

Arkillo permaneció sobre Walker durante mucho tiempo, su respiración recuperando lentamente la normalidad. El brillo rojo de sus ojos se apagó, dejando paso a una mirada de profunda confusión y, por primera vez, de vergüenza. Intentó apartarse rápidamente, como si se hubiera quemado.

—Yo... —Arkillo se cubrió el rostro con una mano, su voz volviendo a ser el trueno áspero de siempre—. Walker, yo no... la biología de mi especie... es imperdonable. Te he tratado como a una presa.

Walker se incorporó lentamente, ignorando el dolor en sus músculos y la suciedad en su piel. Se acercó al gigante y, con una suavidad infinita, apartó la mano de Arkillo de su rostro.

—Mírame, Arkillo —pidió Walker.

El guerrero de Monde obedeció, encontrando los ojos serenos y brillantes del azul. No había rastro de reproche en ellos. Solo una compasión que quemaba más que cualquier ataque.

—No soy una víctima —continuó Walker—. Me quedé porque quise. Me entregué porque te aprecio. Lo que ocurrió no fue un acto de violencia, sino una necesidad de tu naturaleza que acepté compartir.

—Podría haberte roto —murmuró Arkillo, mirando sus propias garras con asco.

—Pero no lo hiciste —replicó Walker con una sonrisa leve—. Incluso en medio de tu frenesí, sentí cómo intentabas protegerte de tu propia fuerza. Hay una nobleza en ti, Arkillo, que ni siquiera tus instintos más primarios pueden borrar.

Arkillo suspiró, un sonido que pareció vaciar sus pulmones de todo el peso de la galaxia. Se sentó en la arena y permitió que Walker se apoyara contra su costado. El gigante rodeó al azul con su brazo, esta vez con una delicadeza extrema, como si estuviera sosteniendo el cristal más frágil del universo.

—Eres un ser muy extraño, Saint Walker —dijo Arkillo, apoyando su gran cabeza sobre la del azul—. Ningún otro linterna, ni siquiera Sinestro, habría tenido la paciencia de soportar lo que soy.

—La esperanza no es solo esperar que las cosas mejoren —dijo Walker, cerrando los ojos—. Es entender que todos tenemos sombras, y que no debemos temerlas. Hoy, tu sombra buscó mi luz, y ambos encontramos descanso. Todo está bien, Arkillo.

El gigante no respondió con palabras, pero apretó el agarre de su brazo, un gesto de lealtad que valía más que cualquier juramento de los Corps. En aquel planeta desconocido, entre cristales rotos y cielos violetas, el miedo y la esperanza se entrelazaron una vez más, no como enemigos, sino como dos sobrevivientes que habían encontrado, en el otro, el único lugar seguro de la creación.

—Mañana buscaremos una forma de salir de aquí —dijo Arkillo después de un largo silencio.

—Mañana —asintió Walker—. Pero por ahora, el universo puede esperar.

Y así, bajo la luz de las estrellas distantes, el santo y el carnicero compartieron el sueño de los que ya no tienen nada que temer, pues habían descubierto que incluso en la oscuridad más profunda, siempre hay un espacio para la ternura.