Entre la Esperanza y el Miedo
El Eco de las Estrellas Lejanas
La luz del amanecer en el planeta de cristal no era una caricia, sino un estallido de reflejos fracturados que herían la vista. El cielo violeta se había aclarado hasta alcanzar un tono lavanda pálido, y el viento, antes furioso, ahora solo arrastraba un silbido melancólico entre las agujas de cuarzo.
Saint Walker fue el primero en moverse. Sus músculos, usualmente ligeros y ágiles, protestaron con una rigidez punzante. Cada centímetro de su piel azul clara conservaba el recuerdo de la presión, del peso y del calor abrasador de Arkillo. No era un dolor desagradable; era un testimonio físico de una unión que desafiaba todas las leyes de sus respectivos cuerpos. Se incorporó lentamente, sintiendo la arena fina desprenderse de su espalda, y miró al gigante que aún dormía a su lado.
Arkillo, despojado de su armadura de miedo y de su uniforme amarillo, parecía una cordillera de carne y cicatrices. Su respiración era profunda, un motor sordo que hacía vibrar el suelo. Walker extendió una mano y rozó apenas el antebrazo del guerrero de Monde. La piel era áspera, curtida por mil batallas, pero bajo ella latía un corazón que Walker ahora conocía mejor que nadie.
—El despertar suele ser la parte más difícil —susurró Walker para sí mismo, con una sonrisa serena.
Como si hubiera escuchado el pensamiento, Arkillo abrió sus ojos rojos. El instinto de guerrero lo hizo tensarse de inmediato, pero al ver a Walker, la rigidez desapareció, sustituida por una mirada de desconcierto y una sombra de vulnerabilidad que intentó ocultar rápidamente tras un gruñido.
—Sigues aquí —dijo Arkillo, su voz resonando en la cueva como piedras rodando en un pozo.
—¿A dónde iría? —respondió Walker con suavidad—. Mi anillo aún no tiene la carga suficiente para un vuelo interestelar, y mi compañero es el ser más formidable de este sector. Sería imprudente marcharme.
Arkillo se sentó, haciendo crujir sus articulaciones. Miró a Walker, luego miró sus propias manos y finalmente el entorno. Los restos de la noche anterior estaban escritos en la arena removida y en los cristales rotos de la entrada.
—Lo que pasó... —Arkillo se detuvo, buscando palabras que no existían en el vocabulario de un Sinestro Corps—. No fue solo el ciclo biológico. No me mientas, Walker. Podría haber buscado cualquier forma de alivio, pero te busqué a ti.
—Lo sé —Walker se acercó y colocó una mano sobre la rodilla masiva de Arkillo—. Y yo te recibí no por obligación, sino por elección. Hay una diferencia fundamental entre la necesidad y la entrega. Lo que compartimos fue lo segundo.
Arkillo soltó una carcajada seca, desprovista de amargura.
—Eres el único ser en la existencia capaz de llamar "entrega" a ser casi aplastado por un animal de Monde. Tienes una voluntad de hierro disfrazada de cortesía, linterna azul.
—La esperanza es la voluntad más pura que existe, Arkillo —Walker se puso en pie y comenzó a recoger los restos de sus pertenencias—. Pero ahora, el deber nos llama. Siento una perturbación en la estática de este planeta. Algo se acerca.
Arkillo se levantó de un salto, su instinto de combate reemplazando cualquier rastro de sentimentalismo. Se puso los restos de su uniforme y ajustó su anillo amarillo, que emitió un parpadeo débil pero decidido.
—¿Enemigos? —preguntó, sus colmillos asomando en una mueca de anticipación.
—No lo sé. Pero la energía no es natural —Walker señaló hacia el horizonte, donde una columna de humo negro empezaba a manchar el cielo lavanda—. Podría ser una nave. O algo que este planeta ha estado ocultando bajo sus cristales.
Caminaron en silencio durante horas. El paisaje era una tortura de espejismos y filos cortantes. Arkillo abría camino, usando su fuerza bruta para apartar formaciones rocosas que Walker rodeaba con elegancia. A pesar del agotamiento físico, había una nueva sintonía entre ellos. No necesitaban hablar para saber dónde estaba el otro. El vínculo que habían forjado en la oscuridad de la cueva funcionaba como un hilo invisible, una frecuencia compartida que hacía que sus pasos rítmicos sonaran como uno solo.
Al llegar a la cresta de una colina de obsidiana, lo vieron. No era una nave de rescate. Era una estructura antigua, una especie de faro abandonado que latía con una luz intermitente y enfermiza. A su alrededor, la arena cristalina se movía como si algo vivo excavara debajo.
—Eso no parece hospitalario —comentó Arkillo, cerrando el puño.
—Es una baliza de socorro de una civilización muerta —observó Walker, entornando los ojos—. Pero está emitiendo una señal de interferencia que impide que nuestros anillos se recarguen con la luz estelar. Si queremos salir de aquí, debemos apagarla.
—O destruirla —gruñó el gigante—. Me gusta más la segunda opción.
—Si la destruimos sin cuidado, la explosión de energía residual podría desintegrar este cuadrante del planeta —advirtió Walker—. Debemos ser precisos. Arkillo, necesito que atraigas la atención de los guardianes automáticos mientras yo accedo al núcleo.
Arkillo lo miró con una mezcla de respeto y molestia.
—¿Me estás dando órdenes, azul?
—Te estoy pidiendo que hagas lo que mejor sabes hacer —respondió Walker con una sonrisa que desarmó al gigante—. Ser el escudo que el miedo no puede atravesar.
—Hmph. Está bien. Pero si muero, te perseguiré por todo el espectro emocional.
Arkillo se lanzó colina abajo con un rugido que hizo temblar los cristales. De la arena surgieron centinelas mecánicos, restos de una tecnología olvidada que recordaban a escorpiones de metal líquido. El guerrero de Monde se convirtió en un torbellino de violencia amarilla. Aunque su anillo estaba bajo de energía, su fuerza física era más que suficiente para despedazar el metal.
Walker, aprovechando la distracción, se deslizó hacia la base del faro. Su mente estaba enfocada, pero una parte de él seguía conectada a la presencia de Arkillo detrás de él. Sentía cada impacto que el gigante recibía, cada estallido de furia.
—Todo estará bien —susurró Walker, colocando sus manos sobre el panel de control infectado de estática—. Todo debe estar bien.
La energía del faro intentó repelerlo, lanzando descargas de una angustia artificial que habría quebrado a cualquier otro. Walker cerró los ojos y visualizó el rostro de Arkillo en la cueva, la vulnerabilidad de sus ojos rojos, la calidez de su piel. Usó ese recuerdo, esa conexión real y tangible, como un ancla contra la desesperación mecánica del faro.
La luz azul de su anillo estalló con una pureza renovada. No era solo esperanza para el universo; era esperanza para ellos dos.
—¡Walker! ¡Date prisa! —gritó Arkillo desde afuera. Estaba rodeado, su espalda contra una columna, luchando contra una docena de máquinas—. ¡No puedo mantenerlos a raya para siempre!
—¡Resiste, amigo mío! —exclamó Walker.
Con un esfuerzo supremo, Walker canalizó la energía de su propia esencia hacia el núcleo del faro. No para destruirlo, sino para darle paz. La máquina vibró, soltó un último lamento metálico y se apagó. Los centinelas en el exterior se desplomaron instantáneamente, convirtiéndose en montones de chatarra inerte.
El silencio volvió al valle, más denso que antes. Walker salió de la estructura, tambaleándose por el esfuerzo. Arkillo estaba de pie entre los restos de los centinelas, jadeando, cubierto de aceite negro y polvo de cristal. Se miraron durante un largo momento.
—Lo lograste —dijo Arkillo, acercándose con paso pesado.
—Lo logramos —corrigió Walker, dejándose caer sentado sobre una piedra.
Arkillo se arrodilló frente a él. No había enemigos, no había peligro inmediato, pero el gigante no se alejó. Extendió una mano y limpió una mancha de polvo de la mejilla de Walker. Su toque era, de nuevo, asombrosamente gentil.
—Tu anillo... —Arkillo señaló la joya azul, que ahora brillaba con una intensidad constante—. Está lleno.
—La esperanza se alimenta de la cercanía de aquellos que valoramos —explicó Walker—. Al protegerte, al confiar en ti, mi fe se ha fortalecido.
Arkillo bajó la mirada, pensativo.
—Mi anillo también ha recuperado algo de potencia. Aunque no entiendo por qué. No he infundido miedo en nadie... excepto quizás en esas máquinas, si es que pueden sentirlo.
—El miedo a perder algo querido es la forma más poderosa de energía amarilla —dijo Walker en voz baja—. Temías por mí, Arkillo. Y ese miedo te dio la fuerza para protegerme.
Arkillo gruñó, tratando de parecer molesto, pero no pudo evitar que una pequeña sonrisa torcida apareciera en su rostro.
—Eres un filósofo molesto, Saint Walker. Pero supongo que tienes razón.
El gigante se sentó al lado del azul, dejando que sus hombros se tocaran. El contacto físico, que antes de este planeta habría sido impensable, ahora era una necesidad reconfortante.
—¿Crees que vendrán por nosotros? —preguntó Arkillo, mirando hacia las estrellas que empezaban a aparecer en el cielo oscurecido.
—La señal del faro ha cesado. Ahora nuestras firmas de energía son visibles para los Corps —aseguró Walker—. Hal Jordan o Saint Guy Gardner no tardarán en rastrearnos.
—Guy Gardner... —Arkillo hizo una mueca—. Preferiría quedarme aquí otra noche antes que escuchar sus bromas.
Walker soltó una risa cristalina que pareció armonizar con el entorno.
—Entonces disfrutemos de este tiempo. El universo es vasto y ruidoso, Arkillo. Momentos como este, donde el azul y el amarillo se mezclan en paz, son raros.
Arkillo rodeó a Walker con su brazo, atrayéndolo hacia su pecho masivo. El linterna azul se acomodó con naturalidad, cerrando los ojos y escuchando el latido rítmico del corazón de su compañero. Ya no había rastro del frenesí biológico de la mañana, solo una calma profunda y una aceptación mutua.
—Walker —dijo Arkillo después de un rato, su voz suave—. Lo que pasó en la cueva... y lo que ha pasado hoy... no cambiará quiénes somos ante nuestros Corps. Seguiré siendo un carnicero. Tú seguirás siendo un santo.
—Lo sé —respondió Walker, abriendo los ojos para mirar al gigante—. Pero ahora sabemos que el carnicero puede cuidar al santo, y el santo puede amar al carnicero. Eso es suficiente para mí.
Arkillo asintió, su mandíbula rozando la cabeza de Walker. No necesitaban promesas de eternidad ni juramentos de lealtad eterna. En la brutalidad de su existencia como Linternas, habían encontrado un refugio el uno en el otro.
—Todo estará bien —murmuró Arkillo, imitando la frase favorita de su compañero.
Walker sonrió, sintiéndose más seguro en los brazos del monstruo de Monde que en cualquier templo de Astonia.
—Sí, Arkillo. Todo está exactamente como debe estar.
Mientras esperaban que las luces de rescate cruzaran el firmamento, los dos linternas permanecieron unidos, una mancha de color azul y oro en un mundo de cristal, demostrando que incluso en los rincones más oscuros y olvidados de la galaxia, la esperanza y el miedo podían encontrar una forma de amarse.