Entre la Esperanza y el Miedo
Velo de Zafiro y Sombras de Oro
—Esto es, sin lugar a dudas, la mayor humillación que he sufrido en todos mis ciclos de servicio —gruñó Arkillo, cuya voz profunda parecía hacer vibrar las paredes de la pequeña bodega de carga en la que se ocultaban.
Saint Walker terminó de ajustar los pliegues de la seda traslúcida que ahora envolvía su cuerpo. El atuendo era una amalgama de velos de color azul profundo y cian, decorados con hilos de plata que captaban la escasa luz de la habitación. No era simplemente ropa; era un disfraz de concubina astoniana, diseñado para atraer la mirada de Krell, el mercenario que controlaba el tráfico de armas biológicas en el Sector 2814.
—La humildad es una virtud, Arkillo —respondió Walker con su calma habitual, aunque sus ojos brillaban con una leve chispa de diversión—. Además, el disfraz es sorprendentemente cómodo. La seda permite una movilidad que mi túnica de Linterna a veces restringe.
Arkillo soltó un bufido que sonó como el escape de una caldera de vapor. Él mismo no estaba en su mejor momento. Había tenido que ocultar su uniforme del Sinestro Corps bajo una armadura pesada de mercenario independiente, una amalgama de placas de metal abolladas y cuero curtido que ocultaba sus marcas de rango. Su anillo amarillo estaba escondido en un compartimento interno de su guantelete, pero la energía que emanaba de él parecía responder a la irritación de su portador.
—Te ves... ridículo —mintió Arkillo, aunque sus ojos rojos no podían apartarse de la figura de Walker.
La seda se ceñía a la complexión delgada y elegante del Linterna Azul de una manera que Arkillo encontraba profundamente perturbadora. Los velos dejaban al descubierto gran parte de la piel azul clara de Walker, revelando la suavidad de sus hombros y la curva de su cuello alargado. El contraste entre la delicadeza de los adornos y la presencia espiritual de Walker creaba una imagen que golpeaba a Arkillo con la fuerza de un impacto cinético.
—Debemos concentrarnos —dijo Walker, acercándose al gigante—. Krell solo acepta concubinas de linajes específicos de Astonia. Una vez que me entregues como parte del "tributo" por la información sobre las bombas, tendré acceso a sus aposentos privados. Allí podré desactivar el núcleo de seguridad.
Arkillo dio un paso adelante, invadiendo el espacio personal de Walker. Su tamaño era abrumador en la pequeña estancia, y el olor a metal y furia contenida que siempre lo acompañaba se intensificó.
—No me gusta —sentenció el guerrero de Monde—. Estarás rodeado de escoria. Tipos que te mirarán como si fueras carne en un mercado. No podré intervenir a menos que la misión se pierda por completo.
—Estarás a mi lado como mi "guardián" hasta la puerta del harem —recordó Walker, extendiendo una mano para tocar la placa pectoral de la armadura de Arkillo—. Confío en tu protección.
Arkillo cerró su mano masiva alrededor de la muñeca de Walker. No fue un gesto brusco, pero sí posesivo. Sus dedos rodeaban casi por completo el brazo delgado del azul. El contacto hizo que una chispa de estática recorriera a ambos.
—Si uno solo de esos bastardos pone una mano sobre ti de forma inapropiada, Walker, olvidaré el plan —gruñó Arkillo, apretando ligeramente el agarre—. Le arrancaré la espina dorsal antes de que pueda pedir clemencia.
—Tu lealtad es conmovedora, aunque algo violenta —respondió Walker, manteniendo el contacto visual—. Pero recuerda: soy un Linterna Azul. No soy una criatura indefensa.
—En ese traje, pareces algo que el universo querría devorar —murmuró Arkillo, su voz bajando a un registro ronco.
Salieron de la bodega hacia los pasillos de la estación espacial de "La Garra", un puerto franco donde la ley de los Guardianes era solo un mito lejano. El aire estaba saturado de humo químico, música estridente y el murmullo de mil lenguas alienígenas negociando vidas y suministros.
Arkillo caminaba con una pesadez deliberada, cada paso resonando en el suelo metálico. Llevaba una cadena de plata fina conectada a un brazalete en la muñeca de Walker, un detalle necesario para mantener la fachada de "mercancía valiosa". Sin embargo, la forma en que Arkillo sostenía la cadena no era la de un comerciante, sino la de un depredador que vigila su tesoro más preciado.
Cada vez que un transeúnte se quedaba mirando demasiado tiempo la figura elegante y velada de Walker, Arkillo emitía un rugido sordo desde el fondo de su garganta o golpeaba su hombro contra el del extraño, lanzándolo contra las paredes.
—Arkillo, estás llamando demasiado la atención —susurró Walker, moviéndose con una gracia felina a su lado.
—Están mirando —respondió el gigante, sus ojos rojos escaneando la multitud con una intensidad asesina—. Sus mentes están llenas de pensamientos inmundos. Puedo oler su codicia.
—Es parte del papel que debemos interpretar —dijo Walker, aunque sintió un calor extraño ante la posesividad del otro—. Si pareces demasiado protector, sospecharán que no soy una simple concubina.
—Entonces que sospechen —Arkillo se detuvo bruscamente, obligando a Walker a chocar contra su flanco—. Nadie toca lo que es mío, Walker. Ni siquiera con la mirada.
El Linterna Azul suspiró, pero no se alejó. La cercanía de Arkillo era como una tormenta eléctrica; peligrosa, pero cargada de una energía que hacía que su propio anillo latiera con una esperanza renovada.
Llegaron a las puertas del Sector de Placer, custodiadas por dos guardias armados con rifles de plasma. Arkillo entregó los códigos falsos con una brusquedad que casi provoca un altercado, pero el brillo amenazante de sus ojos rojos convenció a los guardias de que era mejor no cuestionar al mercenario gigante.
Una vez dentro, el ambiente cambió. Las luces eran tenues, de un color ámbar que suavizaba los rasgos pero acentuaba las sombras. El olor a incienso y aceites exóticos era casi asfixiante.
—Aquí es donde nos separamos —dijo Walker en voz baja, mirando hacia el arco decorado que conducía al harem privado de Krell.
Arkillo no lo soltó. Al contrario, tiró de la cadena, atrayendo a Walker hacia un rincón sombreado entre dos columnas de mármol sintético. Empujó al azul contra la pared, atrapándolo entre sus brazos masivos.
—Arkillo, los guardias nos ven —advirtió Walker, aunque su respiración se aceleró.
—Que miren —respondió Arkillo, inclinando su cabeza para que su aliento cálido golpeara la oreja de Walker—. Necesito que recuerdes quién te trajo aquí. Necesito que sientas esto antes de que entres en ese nido de víboras.
La mano de Arkillo, enguantada en metal y cuero, se deslizó por la cintura de Walker, apretando la seda contra su piel. Sus garras rozaron la tela con una precisión que rozaba la tortura. El gigante se inclinó y presionó su frente contra la del azul.
—Si ese tal Krell intenta algo... si te toca de una manera que no me guste... —la voz de Arkillo era una vibración pura de posesividad—. Voy a quemar esta estación entera contigo dentro antes de dejar que te reclame.
—Estaré bien —dijo Walker, su voz temblando ligeramente por la intensidad de la emoción que emanaba del guerrero de Monde—. Mi fe es mi escudo, pero tu fuerza es mi ancla. No lo olvides.
Arkillo gruñó, un sonido que era casi un lamento, y de repente capturó los labios de Walker en un beso que no tenía nada de santo. Fue un choque de dientes, lengua y una necesidad desesperada. Arkillo lo besó como si estuviera tratando de marcar el alma de Walker, de reclamar cada átomo de su ser antes de entregarlo a la guarida del enemigo.
Walker respondió con una pasión que lo sorprendió a sí mismo. Sus manos rodearon el cuello de la armadura de Arkillo, tirando de él, permitiendo que la brutalidad del beso lo consumiera. En ese momento, en medio del territorio más oscuro de la galaxia, la esperanza y el miedo se fusionaron en un solo latido violento.
Cuando Arkillo finalmente se separó, sus ojos rojos brillaban con un fuego que Walker nunca había visto, ni siquiera en el campo de batalla.
—Entra —dijo Arkillo, su voz rota—. Haz lo que tengas que hacer. Pero sal rápido. No sé cuánto tiempo podré contenerme antes de entrar a buscarte y destrozar este lugar.
Walker asintió, ajustándose el velo con dedos temblorosos. Sus labios estaban hinchados y su piel azul ardía por el contacto.
—Estaré fuera antes de que la primera luna alcance el cénit —prometió Walker—. Mantén tu posición, Arkillo. Confía en mí.
El Linterna Azul se dio la vuelta y caminó hacia el harem con una elegancia que ocultaba el torbellino interno que sentía. Arkillo se quedó en las sombras, con los puños cerrados y los músculos en tensión, observando cómo la seda azul desaparecía tras las cortinas pesadas.
—Confianza... —masculló Arkillo para sí mismo, sintiendo cómo su anillo amarillo vibraba con una potencia aterradora—. Confío en que voy a matar a cualquiera que se interponga entre él y yo.
Durante las horas siguientes, Arkillo fue una sombra letal en los pasillos exteriores. No se movió de su puesto, ignorando a los mercaderes y esclavistas que pasaban a su lado. Su atención estaba centrada por completo en el vínculo que compartía con Walker. Podía sentir la calma del azul, una señal de que la infiltración estaba funcionando, pero eso no calmaba su agitación interna.
Cada vez que escuchaba una risa desde el interior del harem o el sonido de una copa rompiéndose, su mano buscaba instintivamente el mango de su cuchillo de combate. Imaginaba a Krell, un ser gordo y decadente, mirando a Walker, tocando la seda que él mismo había ayudado a ajustar. La idea le provocaba una náusea de odio que alimentaba su anillo.
Finalmente, una explosión sorda sacudió la estación. Las luces parpadearon y las alarmas de emergencia comenzaron a aullar. El núcleo de seguridad había sido desactivado, pero no sin resistencia.
Arkillo no esperó a que se abrieran las puertas. Usó su peso y la fuerza de su armadura para embestir las hojas decoradas del harem, derribándolas con un estruendo metálico.
—¡Walker! —rugió, su voz sobrepasando el sonido de las alarmas.
El interior del harem era un caos de humo y gritos. Krell estaba en el suelo, aturdido por la descarga de energía de una construcción azul que se desvanecía. En el centro de la habitación, Saint Walker estaba de pie, con los velos rasgados y el rostro cubierto de hollín, pero con una expresión de triunfo tranquilo.
—Llegas justo a tiempo —dijo Walker, aunque su voz delataba el agotamiento.
Arkillo no miró a Krell. No miró las armas biológicas que estaban sobre la mesa. Corrió hacia Walker y lo envolvió en un abrazo que casi le saca el aire. Lo levantó en vilo, ocultando el rostro del azul contra su hombro.
—Vámonos de aquí —ordenó Arkillo, girándose hacia la salida mientras los guardias de Krell empezaban a recuperarse—. No soporto ver este lugar ni un segundo más.
—¿Y la misión? —preguntó Walker, aferrándose a la armadura del gigante.
—Hecho —respondió Arkillo, activando una carga explosiva que llevaba en el cinturón y lanzándola hacia el centro de la sala—. Ahora, muévete antes de que decida que rescatarte no es suficiente y decida arrasar con todo este sector.
Salieron de la estación bajo una lluvia de disparos, pero la luz azul de Walker creó un escudo que los protegió hasta llegar a su nave oculta en el cinturón de asteroides cercano. Una vez dentro y con los motores de salto activados, el silencio regresó.
Walker se dejó caer en el asiento del copiloto, deshaciéndose de los restos de los velos.
—Fue... intenso —admitió, mirando a Arkillo, que seguía de pie junto a los controles, con los hombros tensos.
—Nunca más —dijo Arkillo sin mirarlo—. Nunca más te pondrás ese traje. Nunca más entrarás en un lugar así.
Walker se levantó y caminó hacia él, colocándose en su campo de visión.
—¿Esas son órdenes de un superior o la preocupación de un amigo?
Arkillo se giró, su expresión era una mezcla de furia y un deseo que quemaba.
—No juegues conmigo, Walker. Sabes lo que eres para mí. Y sabes que ver a esos cerdos mirándote casi me hace perder la razón.
Walker sonrió y puso sus manos sobre las mejillas del gigante, obligándolo a bajar la cabeza.
—Lo sé. Y aunque tu posesividad es un pecado según los textos de Astonia, hoy me ha hecho sentir que, sin importar cuán oscuro sea el lugar donde me infiltre, siempre habrá un camino de regreso hacia tu luz.
Arkillo cerró los ojos y suspiró, dejando que su frente descansara sobre la de Walker. El peligro había pasado, pero la tensión entre ambos seguía allí, vibrante y real.
—La próxima vez —murmuró Arkillo—, yo seré la concubina y tú el mercenario.
Walker soltó una carcajada que llenó la cabina de la nave.
—Eso, mi querido Arkillo, sería una misión que el universo no está preparado para presenciar.
En la inmensidad del espacio, la nave desapareció en un destello de luz azul y oro, dejando atrás el caos de "La Garra". En el interior, el santo y el carnicero compartieron un momento de paz, sabiendo que, sin importar el disfraz o la misión, su vínculo era la única verdad que importaba en un cosmos lleno de mentiras.