Volver al resumen

Entre la Esperanza y el Miedo

El Escándalo de la Esperanza y el Horror

La luz del rescate no llegó como un amanecer suave, sino como un estallido de esmeralda que rasgó la atmósfera lavanda del planeta. Sin embargo, en la superficie, dentro de la catedral de cristal donde el faro ahora descansaba en silencio, el tiempo parecía haberse detenido en una frecuencia distinta.

Saint Walker y Arkillo no habían aprovechado sus anillos recargados para emprender el vuelo de inmediato. Había algo en la quietud posterior a la batalla, algo en la forma en que el aire todavía vibraba con la energía del otro, que los mantenía anclados al suelo de arena vítrea.

—Tu luz... —gruñó Arkillo, su voz era un trueno bajo que reverberaba contra el pecho de Walker—. Sigue siendo demasiado brillante. Me ciega, azul.

—Entonces cierra los ojos, viejo amigo —respondió Walker con una sonrisa que era pura serenidad—. No necesitas ver para saber que estoy aquí.

El gigante de Monde no necesitó más invitación. La urgencia del celo biológico había pasado, dejando en su lugar una necesidad mucho más profunda y peligrosa: la de la conexión voluntaria. Arkillo rodeó la cintura de Walker con sus manos masivas, levantándolo del suelo como si no pesara más que una pluma. Lo presionó contra una de las columnas de cuarzo, cuyos filos brillaban con un azul eléctrico ante la proximidad del Linterna Azul.

—Esta vez no hay instintos que culpar —murmuró Arkillo, acercando sus colmillos al cuello de Walker, rozando la piel con una delicadeza que contradecía su apariencia monstruosa—. Esta vez es solo porque quiero devorarte.

—Y yo deseo ser reclamado por ti —susurró Walker, rodeando el cuello del gigante con sus brazos delgados, sus piernas envolviendo la cintura de Arkillo para asegurar el contacto—. En la unión encontramos la fuerza que el universo intenta arrebatarnos. Confío en ti, Arkillo. Haz lo que debas.

El acto fue una danza de contrastes brutales. Arkillo, con una eficiencia nacida de siglos de guerra, despojó a Walker de su túnica una vez más. El cuerpo del santo brillaba bajo la luz mortecina del templo, una visión de pureza que Arkillo profanaba con cada caricia de sus garras. Cuando el gigante se abrió paso en él, Walker soltó un jadeo que fue mitad oración y mitad gemido. La diferencia de tamaño era, objetivamente, absurda; la estructura ósea de Walker parecía demasiado frágil para sostener la embestida de un ser que podía aplastar tanques con sus manos desnudas.

Sin embargo, Walker no se rompía. Se expandía. Recibía cada centímetro del guerrero con una elasticidad espiritual que se manifestaba físicamente. Su anillo azul pulsaba al ritmo de sus corazones, bañando la escena en un resplandor zafiro que hacía que las sombras de la cueva bailaran frenéticamente.

—¡Walker! —rugió Arkillo, enterrando su rostro en el hombro del azul, sus músculos tensos como cuerdas de acero mientras se movía con una potencia que hacía vibrar los cristales a su alrededor.

—¡Más... Arkillo! —exclamó Walker, su cabeza echada hacia atrás, sus ojos brillando con una intensidad divina—. ¡Siente la esperanza... siente cómo la oscuridad se disuelve!

En ese preciso instante, el techo de la estructura de cristal saltó por los aires. No fue una explosión del planeta, sino un impacto de energía verde concentrada.

—¡Muy bien, par de tortolitos espaciales, la caballería ha llegado y...! —La voz de Guy Gardner, cargada de su arrogancia habitual, se cortó en seco.

El Linterna Verde descendió flotando en su plataforma de energía, con su anillo brillando con la intensidad de un sol esmeralda. Detrás de él, el vacío del espacio se veía salpicado por las estrellas, pero Guy no estaba mirando el paisaje. Sus ojos estaban fijos, desorbitados, en la escena que se desarrollaba a pocos metros de él.

Arkillo no se detuvo de inmediato. Su cuerpo, entregado al clímax de la unión, dio una última y poderosa sacudida antes de quedar congelado en su posición, todavía unido a Walker contra la columna. El santo, con el rostro iluminado por un sudor azulado y una expresión de éxtasis trascendental, parpadeó lentamente, enfocando su mirada en el recién llegado.

El silencio que siguió fue más pesado que la gravedad de una enana blanca.

Guy Gardner se quedó suspendido en el aire, con la mandíbula tan caída que parecía que iba a tocar el suelo. Su anillo emitió un pequeño pitido de "objetivo localizado", pero Guy no podía articular palabra. Sus ojos viajaban frenéticamente de la espalda musculosa y sudorosa de Arkillo a las piernas delgadas de Walker que rodeaban al gigante, y luego al punto de unión donde la física parecía haberse rendido ante la voluntad de los dos linternas.

—¿Qué... qué en el nombre de Oa...? —logró balbucear Guy, su rostro pasando de un rojo de sorpresa a un blanco de puro horror—. ¡Por todos los Guardianes! ¡¿Arkillo?! ¡¿Walker?!

Arkillo se giró lentamente, sin soltar a Walker, mostrando sus colmillos en una mueca de furia asesina que habría hecho que un ejército entero huyera despavorido.

—Gardner —gruñó el gigante, su voz más profunda y amenazante que nunca—. Si das un paso más, te comeré el anillo y luego la lengua.

—¡Pero si estás...! ¡Él es...! —Guy señaló a Walker con un dedo tembloroso, ignorando por completo el protocolo de los Corps—. ¡Es como meter un destructor imperial en un puerto para canoas! ¡Walker, estás vivo! ¡¿Cómo demonios sigues vivo?! ¡¿Cómo cabe eso ahí?!

Saint Walker, con una dignidad que resultaba surrealista dada la situación, apoyó su cabeza en el hombro de Arkillo y miró a Guy con una calma imperturbable.

—Hermano Guy —dijo Walker, su voz suave y melódica, sin el menor rastro de vergüenza—. Tu llegada es oportuna, aunque algo estrepitosa. Todo está bien.

—¡No, no todo está bien! —gritó Guy, llevándose las manos a la cabeza mientras su plataforma de energía flaqueaba—. ¡He visto cosas en la guerra, Walker! ¡He visto soles colapsar! ¡He visto a Sinestro en mallas de ballet! ¡Pero esto... esto va a necesitar terapia de por vida! ¡Arkillo es tres veces tu tamaño! ¡Sus manos son más grandes que tu torso! ¡¿Cómo es físicamente posible que no te hayas partido por la mitad?!

Arkillo soltó a Walker con cuidado, permitiendo que el azul se deslizara por la columna hasta tocar el suelo. El gigante se puso en pie, recuperando su presencia imponente, y caminó hacia Guy con una lentitud depredadora. Gardner retrocedió instintivamente en el aire.

—La esperanza tiene una capacidad de resistencia que tu mente limitada no puede comprender, humano —dijo Arkillo, mientras su anillo amarillo comenzaba a brillar con una luz peligrosa—. Walker no es débil. Es más fuerte que cualquier Guerrero Esmeralda que haya conocido. Y si vuelves a mencionar el tamaño de mis... atributos, te lanzaré al sol más cercano.

Guy aterrizó en el suelo, tratando de recuperar algo de compostura, aunque evitaba mirar directamente a Walker, quien se estaba poniendo su túnica con una parsimonia casi ritual.

—Mira, yo solo vine a rescatarlos porque Hal estaba preocupado y John decía que vuestras señales eran "confusas" —dijo Guy, rascándose la nuca nerviosamente—. ¡Ahora entiendo por qué eran confusas! ¡Estaban creando un nuevo color en el espectro emocional! ¡El color del "necesito un trago y olvidar esto"!

—La unión de nuestras luces fue lo que nos permitió sobrevivir a la estática de este mundo —explicó Walker, acercándose a Guy y colocando una mano en su hombro—. No deberías juzgar lo que no comprendes, Guy. En el vacío, buscamos aquello que nos hace sentir reales. Arkillo me dio su fuerza, y yo le di mi fe.

Guy miró a Walker, luego al gigante amarillo que lo observaba como si fuera un bocado particularmente molesto. El Linterna Verde suspiró, frotándose los ojos.

—Vale, vale. El santo y el carnicero son... una cosa. Una cosa muy grande y muy gráfica —Guy hizo una mueca de dolor al recordar la imagen—. Solo... por favor, ponéos los uniformes. Tenemos una nave esperándonos en órbita y no pienso explicarle a Kilowog por qué hueles a almizcle de Monde y esperanza, Walker.

—No tienes que explicar nada —dijo Arkillo, colocándose detrás de Walker en una postura protectora—. Lo que sucede entre el azul y el amarillo no es asunto de los Guardianes, ni de tu patético Cuerpo.

—¡Amén a eso! —exclamó Guy, dándose la vuelta para empezar a crear una burbuja de transporte—. ¡No quiero que esto salga en ningún informe! ¡Si alguien me pregunta, los encontré meditando! ¡Sí, eso es! ¡Meditación profunda y... física!

Mientras Guy comenzaba los preparativos para el despegue, Walker se giró hacia Arkillo. El gigante lo miraba con una mezcla de respeto y algo que se parecía mucho al afecto, aunque nunca lo admitiría en voz alta.

—¿Estás listo para volver al caos? —preguntó Walker.

Arkillo miró hacia el cielo, donde la luz verde de Guy ya estaba abriendo un túnel de gusano. Luego miró al pequeño ser azul que había cambiado su percepción del universo en menos de cuarenta y ocho horas.

—Mientras no intentes hacerme cantar tus himnos de paz en la nave, estaré bien —gruñó Arkillo, pero extendió una mano y apretó el hombro de Walker con una firmeza que prometía que esto no sería la última vez.

—Todo estará bien —repitió Walker, cerrando los ojos por un segundo para saborear la paz residual de su encuentro.

—¡Venga, moveos! —gritó Guy desde la burbuja—. ¡Y Walker, en serio, voy a necesitar que me expliques la física de eso algún día! ¡O mejor no! ¡Definitivamente mejor no!

Los tres linternas se elevaron hacia el espacio, dejando atrás el planeta de cristal. Guy Gardner volaba a varios metros de distancia, todavía murmurando para sí mismo sobre "proporciones imposibles" y "anatomía alienígena", mientras que Arkillo y Saint Walker volaban hombro con hombro. Sus anillos, uno azul y otro amarillo, emitían un rastro de luz que se mezclaba en el vacío, creando un tono que el universo rara vez veía: el color de dos almas opuestas que habían encontrado, en el calor de la carne y la luz, una verdad que las estrellas no podían contar.