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entre nosotros

Entre las sombras y la luz

El Porsche plateado de Jackson Whittemore se deslizaba por las calles de Beacon Hills con la elegancia de un depredador nocturno. En el asiento del copiloto, Leah Stanford observaba el reflejo de las luces de neón en el cristal, su mano descansando sobre la rodilla de Jackson. Él, por su parte, conducía con una mano, mientras que con la otra entrelazaba sus dedos con los de ella, apretándolos de vez en cuando como si necesitara confirmar que no era un sueño.

Para el resto del mundo, Jackson era el capitán del equipo de lacrosse con un ego del tamaño del estadio, un chico que caminaba por los pasillos del instituto como si fuera el dueño del aire que los demás respiraban. Pero allí, en el refugio de su coche, el aire era diferente. No había necesidad de posturas, ni de gritos, ni de esa arrogancia defensiva que utilizaba como armadura.

—Ese labio se ve peor de lo que pensaba —murmuró Leah, rompiendo el silencio. Se giró un poco en el asiento, estirando la mano para rozar con el pulgar la pequeña herida que Jackson se había ganado esa tarde—. Deberías dejar de pelear por tonterías, Jackson. No necesito un caballero andante que intimide a cualquiera que me mire por más de dos segundos.

Jackson soltó una risa seca, una que no contenía rastro de amargura.

—No es por ser un caballero, Leah —respondió él, girando el volante con precisión—. Es que la gente tiene que aprender dónde están los límites. Y tú eres mi límite. Nadie tiene derecho a mirarte como si fueras algo que pueden alcanzar.

—Soy una persona, Jackson, no un trofeo —lo corrigió ella con una sonrisa suave, aunque sus ojos brillaban con ese cariño que solo él lograba despertar.

—Para mí eres mucho más que eso —sentenció él, deteniendo el coche frente a la casa de los Stanford.

Apagó el motor, pero no hizo ademán de bajar. La oscuridad del vecindario los envolvió, creando una burbuja de intimidad que Jackson siempre ansiaba. Se giró hacia ella, atrapando su rostro entre sus manos. Sus ojos azules, usualmente gélidos y calculadores, se volvieron profundos y vulnerables. Se inclinó para besarla, un beso que comenzó con la urgencia de su posesividad habitual pero que rápidamente se transformó en algo más lento, más dulce, casi una súplica.

Leah se separó apenas unos centímetros, jadeando suavemente. El aroma del perfume caro de Jackson y el olor a cuero del coche la mareaban de una forma embriagadora. Sin embargo, había algo que llevaba días quemándole la garganta, una pregunta que la perfección de su relación secreta no lograba apagar.

—Jackson... —susurró ella, buscando su mirada en la penumbra.

—Dime, preciosa —respondió él, besando su frente mientras le apartaba un mechón de cabello con una delicadeza que Lydia Martin jamás creería posible.

—¿Hasta cuándo? —La pregunta quedó flotando en el aire, pesada y fría.

Jackson se tensó. Sus dedos, que acariciaban el cuello de Leah, se detuvieron un instante antes de retomar el movimiento, aunque con menos fluidez.

—No entiendo a qué te refieres —mintió él. Jackson Whittemore nunca perdía, y una de sus tácticas favoritas era la evasión.

—Sabes perfectamente a qué me refiero —insistió Leah, apartando suavemente sus manos para que él la escuchara de verdad—. ¿Cuándo vas a dejar a Lydia?

El silencio que siguió fue asfixiante. Jackson se recostó en su asiento, mirando hacia el frente, hacia la oscuridad de la calle. Su mandíbula se apretó. No era que no quisiera estar con Leah públicamente; de hecho, deseaba gritarle al mundo que ella era la única que realmente le importaba. Pero Jackson también era un esclavo de la imagen que había construido. En la jerarquía social de Beacon Hills, él y Lydia eran la monarquía. Romper eso significaba admitir una grieta en su armadura de perfección, y Jackson odiaba mostrar debilidad.

—Es complicado, Leah —dijo finalmente, su voz recuperando ese tono cortante que usaba con los demás—. Hay expectativas. Mis padres, el equipo, el estatus... Lydia y yo somos lo que la gente espera ver.

—¿Y qué hay de lo que tú quieres ver? —le recriminó ella con una pizca de tristeza—. Porque me besas a mí, me buscas a mí y me dices que me amas a mí. Pero mañana, en el instituto, entrarás por la puerta principal de su brazo. Ella llevará tu chaqueta y tú actuarás como si yo fuera una sombra más en los pasillos.

—¡Tú no eres una sombra! —exclamó Jackson, golpeando el volante con frustración—. Eres lo único real que tengo, Leah. Lydia es... es un accesorio. Es inteligente, es guapa, sí, pero estar con ella es como mirarse en un espejo que solo te devuelve lo que quieres ver. Estar contigo es como... como respirar por primera vez después de estar bajo el agua.

—Entonces deja de ahogarte, Jackson —le pidió ella, acercándose de nuevo—. No quiero ser tu secreto. No quiero ver cómo Lydia me mira con esa envidia silenciosa porque ella sabe la verdad, aunque ninguno de los dos lo admita en voz alta. Ella sabe que cuando estás con ella estás pensando en mí. Y eso es cruel para los tres.

Jackson cerró los ojos con fuerza. La persistencia era su mayor rasgo, y Leah estaba usando esa misma persistencia contra él. La idea de perder a Leah lo aterrorizaba más que perder su puesto como capitán o su popularidad. Pero la idea de "perder" en el juego social de Beacon Hills le revolvía el estómago.

—Dame tiempo —pidió él, casi en un susurro. Era la primera vez que Jackson Whittemore pedía algo en lugar de exigirlo.

—Te he dado tiempo, Jackson —respondió Leah, abriendo la puerta del coche—. Pero me estoy cansando de ser la segunda en los papeles cuando soy la primera en tu corazón. Si de verdad no sabes perder, no te arriesgues a perderme a mí por mantener una mentira que ya no engaña a nadie.

Leah bajó del coche y caminó hacia su casa sin mirar atrás. Jackson se quedó allí, con el motor apagado y el corazón latiendo desbocado. La rabia y la impotencia lo invadieron. Odiaba que ella tuviera razón. Odiaba no tener el control total de la situación.

Al día siguiente, el Instituto de Beacon Hills hervía con los preparativos para el partido de la noche. Jackson caminaba por el pasillo principal, con su chaqueta de los Jackson Whittemore impecable. A su lado, Lydia Martin caminaba con la barbilla en alto, saludando a todos con esa sonrisa ensayada que Jackson conocía tan bien.

—He reservado una mesa en el restaurante de la calle 4 para después del partido —decía Lydia, consultando su teléfono—. Vendrán Allison y Scott, aunque sigo sin entender por qué los invitamos. Pero queda bien para la foto del grupo. Jackson, ¿me estás escuchando?

Jackson no respondió. Sus ojos estaban fijos en el final del pasillo, donde Leah estaba guardando unos libros en su taquilla. Llevaba un jersey sencillo y el pelo recogido de forma descuidada, pero para Jackson, ella eclipsaba a todas las chicas que habían pasado por su vida, incluida la reina que caminaba a su lado.

Lydia, notando la distracción de su novio, siguió su mirada. Su expresión se endureció por un segundo antes de volver a la máscara de indiferencia.

—Es ella otra vez, ¿no? —preguntó Lydia, su voz cargada de una amargura que intentaba ocultar tras un tono de superioridad—. Realmente no sé qué le ves. Es... ordinaria.

Jackson se detuvo en seco. Se giró hacia Lydia, y por primera vez en mucho tiempo, no la miró como a una compañera de estatus, sino como a alguien que acababa de cometer un error imperdonable. La gente a su alrededor empezó a bajar la voz, presintiendo que el "chico de oro" estaba a punto de estallar.

—Vuelve a decir eso —dijo Jackson, su voz baja y peligrosa—. Vuelve a llamarla ordinaria y te juro que no me importará quién esté mirando.

Lydia retrocedió un paso, sorprendida por la ferocidad en sus ojos. Ella sabía que Jackson era temperamental, pero nunca había dirigido esa furia hacia ella para defender a otra persona de manera tan pública. La envidia que Lydia sentía por Leah Stanford se transformó en un miedo frío: el miedo a perder lo único que la mantenía en la cima de la pirámide social.

—Jackson, estamos en medio del pasillo —susurró Lydia, tratando de agarrar su brazo—. No hagas una escena.

—¿Una escena? —Jackson soltó una carcajada sarcástica, zafándose de su agarre—. Me importa una mierda la escena, Lydia. Me importa una mierda el catering, el baile y tu estúpida mesa reservada.

Jackson comenzó a caminar hacia Leah, ignorando los murmullos que crecían a su paso. Leah, al notar la conmoción, se giró y sus ojos se abrieron de par en par al ver a Jackson acercarse con esa determinación arrolladora.

Cuando llegó frente a ella, Jackson no se detuvo a pensar en las consecuencias. No pensó en su padre, ni en su reputación, ni en el hecho de que Scott McCall los miraba desde la fuente de agua con la boca abierta. Solo pensó en lo que Leah le había dicho la noche anterior.

—Jackson, ¿qué haces? —preguntó Leah, nerviosa.

Él no respondió con palabras. La tomó por la cintura y la atrajo hacia sí, besándola frente a todo el instituto. Fue un beso que rompió todas las reglas que Jackson se había autoimpuesto. Fue posesivo, sí, porque él no sabía ser de otra manera, pero también fue una declaración de rendición. Estaba admitiendo que ella era su única victoria real.

Cuando se separaron, el silencio en el pasillo era absoluto. Lydia Martin permanecía de pie a unos metros, con el rostro pálido y los ojos llenos de una humillación que tardaría años en olvidar. Había sido destronada, no por una rival que jugara su mismo juego, sino por alguien que ni siquiera se había molestado en competir.

Jackson miró a Leah, ignorando por completo el resto del mundo.

—Ya no hay más Lydia —dijo él, su voz firme y clara—. Ya no hay más secretos.

Leah sonrió, y por primera vez en mucho tiempo, Jackson no sintió la necesidad de mirar su reflejo en ningún espejo para saber quién era. Su identidad ya no estaba ligada a un título o a una pareja de portada.

—Te ha costado —bromeó Leah, aunque sus ojos estaban empañados por la emoción.

—Sabes que no me gusta perder —replicó Jackson, recuperando un poco de su arrogancia característica—, y no iba a arriesgarme a perderte a ti por mantener una corona de plástico.

Se dio la vuelta, todavía con el brazo rodeando los hombros de Leah, y caminó hacia la salida. Al pasar junto a Lydia, Jackson ni siquiera se detuvo. No hubo una mirada de disculpa, ni un adiós formal. Para Jackson Whittemore, lo que no era útil para su felicidad simplemente dejaba de existir.

Lydia observó cómo se alejaban. Sabía que a partir de ese momento, las cosas en Beacon Hills cambiarían. La perfección se había roto, pero mientras veía la forma en que Jackson inclinaba la cabeza para escuchar a Leah, comprendió que él nunca había sido tan "él mismo" como en ese momento.

Jackson salió al aire libre, sintiendo el sol en la cara. Todavía tenía el ego alto, todavía era un peleador y todavía odiaba a Greenberg. Pero ahora, tenía algo que Lydia nunca pudo darle pese a toda su inteligencia y belleza: tenía paz.

Porque al final del día, Jackson Whittemore siempre conseguía lo que quería. Y lo que quería, por encima de todo, era el amor de Leah Stanford. El resto del mundo solo tendría que aprender a vivir bajo su nueva sombra.