entre nosotros
El peso de la corona de cristal
El sol de la tarde se filtraba a través de los ventanales de la moderna residencia Whittemore en las colinas, bañando el salón en un tono dorado que hacía que cada mueble de diseño pareciera sacado de una revista de arquitectura. Jackson Whittemore, vestido con una camisa de lino impecable que resaltaba su bronceado, no estaba mirando su reflejo en los espejos, ni revisando las estadísticas de su última inversión financiera. Su atención, esa intensidad depredadora que antes dedicaba a ser el mejor en el campo de lacrosse, estaba centrada en una pequeña criatura de seis meses que intentaba, con una determinación heredada, alcanzar su propia nariz con un pie.
—No vas a lograrlo, campeón —murmuró Jackson, con una sonrisa que habría dejado en shock a cualquier antiguo compañero de Beacon Hills—. Tienes la flexibilidad de tu madre, pero la terquedad es toda mía.
El pequeño Leo, un bebé de ojos claros y cabello castaño revuelto, soltó un balbuceo ruidoso y estiró sus manitas hacia el rostro de su padre. Jackson se inclinó, dejando que los dedos diminutos de su hijo tiraran de su mandíbula con una fuerza sorprendente. En otro tiempo, Jackson habría reaccionado con molestia ante cualquier desorden en su apariencia, pero ahora, el rastro de papilla de manzana en su hombro era una medalla de honor que portaba con más orgullo que cualquier trofeo de campeonato.
—¿Sigue intentando comerse el pie? —La voz de Leah llegó desde la cocina, seguida por el suave sonido de sus pasos sobre la madera.
Jackson levantó la vista y, por un momento, el mundo volvió a detenerse, tal como sucedía en los pasillos del instituto años atrás. Leah Stanford —ahora Leah Whittemore— no había perdido ni un ápice de esa luz que lo había cautivado. Llevaba el cabello recogido en una coleta informal y un vestido ligero, y en sus manos portaba un biberón tibio.
—Es un Whittemore, Leah —respondió Jackson, levantando al bebé en el aire, lo que provocó una carcajada cristalina del pequeño—. No acepta un "no" por respuesta, ni siquiera de su propio cuerpo.
Leah se acercó y besó a Jackson en la mejilla antes de tomar a Leo en sus brazos. El bebé se acurrucó contra ella de inmediato, encontrando ese refugio de paz que Jackson también conocía tan bien.
—Ha sido un día largo —dijo ella, mirando a su esposo con ternura—. ¿Cómo fue la reunión con el bufete de Londres?
—Aburrida. Demasiada gente intentando ser la más inteligente de la sala —Jackson se encogió de hombros, restándole importancia a lo que seguramente había sido una negociación de millones de dólares—. Solo quería volver a casa. Solo quería estar aquí.
Se sentaron juntos en el amplio sofá, observando cómo Leo comenzaba a quedarse dormido mientras tomaba su leche. El silencio que compartían no era incómodo; era un testimonio de los años de lucha, de haber desafiado las expectativas sociales de un pueblo pequeño y de haber construido una vida bajo sus propios términos.
—A veces me pregunto qué pensaría la gente de Beacon Hills si nos vieran ahora —comentó Leah en un susurro, acariciando la suave cabeza del bebé—. Especialmente Lydia.
Jackson se tensó ligeramente ante la mención del nombre, pero no por rencor, sino por el peso de los recuerdos. Lydia Martin había sido una parte fundamental de su identidad pública, el reflejo de una perfección que él creía necesaria.
—Lydia está en Nueva York, siendo la mujer más brillante de la costa este, estoy seguro —dijo Jackson, con una madurez que solo el tiempo y la paternidad le habían otorgado—. Ella nunca me amó, Leah. Amaba la idea de lo que éramos juntos. El estatus, el poder. Ella sabía, incluso antes que yo, que mi corazón nunca estuvo en esa competencia.
—Ella te envidiaba —recordó Leah, bajando la vista—. No por tu dinero o tu coche, sino porque sabía que tú me mirabas de una forma en la que nunca podrías mirarla a ella. Siempre me sentí un poco culpable por eso.
Jackson tomó la mano de su esposa y la llevó a sus labios, besando sus nudillos con una devoción que no había disminuido con los años.
—No te sientas culpable por ser lo único real en un mundo de plástico —sentenció él—. Lydia es una ganadora, Leah. Siempre lo fue. Encontrará su propio reino. Pero este... este es el mío. Tú y Leo son mi única victoria importante.
Unas horas más tarde, después de que lograran acostar a Leo en su cuna, la pareja salió a la terraza que daba al jardín trasero. El aire de la noche era fresco y el sonido de los grillos recordaba a los veranos en el bosque, aunque ahora estaban lejos de los peligros sobrenaturales que alguna vez acecharon sus vidas.
Jackson rodeó a Leah por la cintura desde atrás, apoyando la barbilla en su hombro.
—¿En qué piensas? —preguntó él, notando que ella estaba inusualmente callada.
—En lo mucho que has cambiado —respondió ella, girándose en sus brazos para rodearle el cuello—. El Jackson que conocí en el instituto habría odiado la idea de tener que limpiar pañales o pasar un viernes por la noche viendo dibujos animados. Eras tan... odioso a veces.
Jackson soltó una carcajada ronca, esa risa que solo Leah lograba arrancarle.
—Era un imbécil —admitió él sin dudarlo—. Estaba tan obsesionado con no perder, con ser el alfa en cada habitación, que casi pierdo lo que realmente importaba. Pero tú fuiste persistente. Fuiste la única persona que no se dejó intimidar por mis muros.
—Bueno, alguien tenía que ponerte en tu sitio —bromeó ella, rozando su nariz con la de él—. Y mira ahora. El gran Jackson Whittemore, rendido ante los deseos de un bebé de seis meses.
—Él es el único que tiene permitido darme órdenes —replicó Jackson con una sonrisa de suficiencia—. Además, tiene buenos genes. Es guapo, es fuerte y tiene a la mejor madre del mundo. Es una combinación ganadora.
Se quedaron así, abrazados bajo las estrellas, disfrutando de la calma que tanto les había costado alcanzar. Jackson recordaba las noches de insomnio en su adolescencia, la presión de su padre, la necesidad constante de validación. Todo eso parecía una vida ajena ahora. La verdadera validación estaba en la respiración acompasada de su hijo en la habitación de al lado y en el calor del cuerpo de Leah contra el suyo.
—¿Crees que será como tú? —preguntó Leah de repente, mirando hacia la casa—. ¿Crees que será un peleador?
Jackson guardó silencio por un momento, reflexionando. Su propia naturaleza competitiva lo había llevado lejos, pero también le había causado mucho dolor.
—Espero que tenga mi fuerza —dijo finalmente—, pero espero que tenga tu corazón. Quiero que sepa que no necesita ser el mejor para ser amado. Yo tardé demasiado tiempo en aprender eso.
—Se lo enseñaremos juntos —aseguró Leah, dándole un beso suave y persistente.
De repente, el monitor de bebés que Jackson llevaba en el bolsillo del pantalón emitió un pequeño quejido, seguido de un llanto que empezaba a cobrar fuerza. Jackson suspiró, pero no había rastro de molestia en su expresión, solo una determinación afectuosa.
—Mi turno —dijo él, soltando a Leah con renuencia—. El capitán necesita a su segundo al mando.
—Jackson —lo llamó ella mientras él se dirigía hacia la puerta.
Él se giró, con la mano en el marco de la puerta, la luz de la luna resaltando su figura atlética.
—¿Sí?
—Te amo. Por el hombre que eras, pero sobre todo por el hombre que eres hoy.
Jackson sonrió, una sonrisa auténtica que llegaba hasta sus ojos, eliminando cualquier rastro del chico arrogante que solía ser.
—Y yo te amo a ti, Leah. Siempre fuiste tú. Incluso cuando yo era demasiado estúpido para admitirlo frente al espejo.
Jackson entró en la habitación del bebé, donde el llanto de Leo se detuvo casi instantáneamente al sentir la presencia de su padre. El hombre que nunca sabía perder se inclinó sobre la cuna y tomó al pequeño en sus brazos, arrullándolo con una paciencia infinita.
—Tranquilo, Leo. Papá está aquí —susurró Jackson, caminando de un lado a otro de la habitación—. No vamos a perder este sueño, ¿verdad? Somos ganadores, tú y yo.
Mientras el bebé se calmaba, Jackson miró por la ventana hacia el horizonte. Sabía que la vida no siempre sería perfecta, que habría desafíos y que su propio temperamento a veces seguiría siendo un obstáculo. Pero mientras tuviera a Leah a su lado y a ese pequeño ser que llevaba su sangre, Jackson Whittemore sabía que ya había ganado el único juego que realmente contaba.
La corona de cristal de la popularidad y el ego se había roto hacía mucho tiempo, pero en su lugar, Jackson había construido un reino de verdad, lealtad y un amor que no necesitaba de espectadores para ser absoluto. Para el mundo, él seguía siendo un hombre de éxito, alguien a quien admirar o temer; pero para Leah y Leo, él era simplemente Jackson, y eso era más que suficiente.