entre nosotros
El sabor de la victoria y el polvo de talco
La mañana en la residencia Whittemore había comenzado con el tipo de caos silencioso que Jackson, sorprendentemente, había aprendido a disfrutar. Ya no eran los gritos de los entrenadores en el campo de lacrosse ni el rugido del motor de su Porsche lo que marcaba el ritmo de su pulso, sino el suave golpeteo del sol contra las cortinas de lino y el murmullo de la cafetera en la cocina.
Jackson se encontraba en el centro de la alfombra del cuarto de juegos, una habitación que antes habría sido un gimnasio privado o un estudio de trofeos, pero que ahora estaba invadida por bloques de colores, peluches de texturas dudosas y una energía que Jackson consideraba el reto más grande de su vida.
Frente a él, Leo, que acababa de cumplir ocho meses, estaba sentado con la estabilidad de un pequeño buda. Sus ojos, una mezcla fascinante del azul acero de Jackson y la calidez miel de Leah, estaban fijos en un objetivo que lo había obsesionado durante las últimas ocho semanas: su propio pie derecho.
—Vamos, Leo —susurró Jackson, inclinado hacia adelante con los codos apoyados en las rodillas—. Tienes el ángulo, tienes la palanca. No aceptamos el segundo puesto en esta casa.
Jackson observaba la escena con la misma intensidad con la que solía estudiar las jugadas de los rivales. Su hijo estaba en medio de una batalla épica de motricidad gruesa. El bebé agarraba su tobillo con ambas manos, su rostro enrojeciendo por el esfuerzo, mientras intentaba acortar la distancia entre sus dedos gordos y su boca.
—¿Sigue en su misión imposible? —preguntó Leah, apareciendo en el umbral de la puerta.
Llevaba una de las camisas de Jackson, que le quedaba grande y le caía por un hombro, y sostenía dos tazas de café humeante. Se veía radiante, con esa belleza natural que a Jackson todavía le cortaba la respiración cada mañana.
—No es una misión imposible, Leah —replicó Jackson sin apartar la vista de su hijo—. Es una cuestión de persistencia. Los Whittemore no nos rendimos ante las limitaciones físicas.
Leah se sentó a su lado en la alfombra, entregándole su taza. Jackson la tomó, pero su atención volvió de inmediato al bebé, que acababa de soltar un gruñido de frustración.
—Jackson, solo tiene ocho meses —rio ella, apoyando la cabeza en el hombro de su marido—. No tiene que entrar en el equipo de gimnasia olímpica todavía.
—No se trata de la gimnasia, se trata de la meta —insistió él—. Mira eso. Mira cómo lo intenta. Ese es mi hijo.
En ese preciso instante, como si hubiera escuchado las palabras de su padre, Leo realizó un movimiento coordinado y audaz. Con un impulso final, atrajo el pie hacia su rostro y, con un sonido de triunfo húmedo, logró meterse el dedo gordo en la boca.
Jackson soltó un grito de júbilo que probablemente se escuchó hasta en la casa de los vecinos.
—¡Lo hizo! ¡Leah, lo viste! ¡Victoria absoluta! —exclamó Jackson, levantando un puño al aire como si acabara de anotar el gol de la victoria en la final estatal.
Leo, sorprendido por el estallido de su padre pero encantado con su propio logro, comenzó a reírse mientras mantenía su pie firmemente sujeto entre las encías.
—Es un hito del desarrollo, Jackson, no un touchdown —dijo Leah, aunque ella también sonreía de oreja a oreja, contagiada por el entusiasmo de su esposo—. Pero tienes razón, es muy persistente.
—Es un ganador —corrigió Jackson, acercándose al bebé para revolverle el cabello—. Buen trabajo, campeón. Mañana empezaremos con el gateo de velocidad.
Leah dejó su café a un lado y rodeó la cintura de Jackson con sus brazos, obligándolo a sentarse de nuevo.
—A veces me asusta lo mucho que te ves reflejado en él —comentó ella en voz baja—. Pero me gusta que ahora esa competitividad tuya tenga un propósito tan... tierno.
Jackson suspiró, dejando que la adrenalina del "triunfo" de Leo se asentara. Miró a su esposa y luego a su hijo, que ahora intentaba meterse ambos pies en la boca al mismo tiempo, perdiendo el equilibrio y rodando hacia un lado sobre la alfombra acolchada.
—Es que quiero que lo tenga todo, Leah —confesó Jackson, su voz perdiendo el tono de mando y volviéndose vulnerable—. Quiero que sepa que puede lograr cualquier cosa que se proponga. Yo pasé mucho tiempo intentando ganar las cosas equivocadas. Intentando ser el mejor para que mi padre me mirara, o para que el instituto me adorara.
Leah le acarició la mejilla, trazando la línea de su mandíbula con el pulgar.
—Él no necesita ganar para que tú lo mires —le recordó ella—. Tú ya lo miras como si fuera el centro del universo.
—Porque lo es —respondió Jackson con sencillez—. Ustedes dos lo son.
Se quedaron un momento en silencio, disfrutando de la paz de su hogar. Jackson recordaba sus años en Beacon Hills como una serie de batallas constantes. Lydia Martin siempre había sido su compañera de armas, la reina que validaba su estatus. Pero con Lydia, cada día era una actuación. Tenía que ser el más fuerte, el más guapo, el más rico. Con Leah, el Jackson que no sabía perder había aprendido que la mayor victoria era, irónicamente, rendirse. Rendirse al amor, a la familia y a la posibilidad de ser alguien más que una imagen en un anuario.
—¿Crees que Lydia alguna vez se imaginaría esto? —preguntó Leah de repente, rompiendo el silencio—. ¿Tú, aquí, celebrando que un bebé se chupa el pie como si fuera el descubrimiento de la rueda?
Jackson soltó una carcajada genuina.
—Lydia probablemente pensaría que he perdido el juicio. O que me he ablandado —dijo él—. Pero la verdad es que ella nunca entendió lo que significaba ganar de verdad. Ella sigue buscando la perfección en los números, en los resultados, en la superficie. Yo encontré la perfección en este desorden de juguetes y pañales.
—Ella te envidiaba, Jackson —susurró Leah—. Siempre lo hizo. En el fondo, ella sabía que lo nuestro no era un accesorio. Por eso me miraba así en los pasillos. No era odio, era el dolor de saber que ella tenía la corona, pero yo tenía el reino.
Jackson asintió, recordando la expresión de Lydia el día que él la dejó frente a todo el instituto. Había sido cruel, sí, pero Jackson nunca había sido conocido por su sutileza. Fue necesario romper el cristal para que la luz pudiera entrar.
—Ella encontrará su camino —sentenció Jackson—. Pero me alegra que nuestro camino nos trajera aquí.
Leo, que se había cansado de su gimnasia podal, empezó a gatear hacia ellos, impulsándose con una técnica poco ortodoxa pero efectiva. Jackson lo tomó en brazos y lo sentó en su regazo. El bebé inmediatamente comenzó a jugar con los botones de la camisa de su padre.
—¿Sabes qué día es hoy? —preguntó Leah, levantándose para recoger las tazas.
—Sábado —respondió Jackson, frunciendo el ceño—. ¿Hay algo importante?
—Es el festival de otoño en el centro —dijo ella con una sonrisa traviesa—. Y prometiste que llevarías a Leo a los juegos.
Jackson hizo una mueca de fingido horror.
—¿Quieres decir que tengo que mezclarme con la multitud y fingir que me divierto en una noria que probablemente no ha pasado una inspección de seguridad desde los años noventa?
—Exactamente —confirmó Leah, dándole un beso rápido en los labios—. Además, es una excelente oportunidad para que Leo demuestre sus habilidades sociales. Y para que tú presumas de hijo.
Jackson suspiró, aunque sus ojos brillaban de anticipación.
—Está bien. Pero que conste que si hay un concurso de "bebé más parecido a su padre", vamos a ganar. No acepto menos que el primer trofeo.
—No hay tal concurso, Jackson —rio Leah desde el pasillo.
—Pues debería haberlo —murmuró él, mirando a Leo—. ¿Verdad, campeón? Vamos a ir allí y vamos a ser los Whittemore. Los mejores.
El festival de otoño estaba en pleno apogeo cuando llegaron. El aire olía a manzanas caramelizadas, palomitas y ese aroma rancio pero nostálgico de las ferias errantes. Jackson caminaba con Leo sujeto en una mochila porta bebés frontal, una imagen que habría causado desmayos de incredulidad en sus antiguos compañeros de equipo. Se movía con su arrogancia habitual, la barbilla alta y los hombros anchos, pero su mirada estaba constantemente bajando hacia el bebé para asegurarse de que estaba bien.
Leah caminaba a su lado, entrelazando su mano con la de él. Se sentía orgullosa, no de la apariencia de su esposo o de su estatus, sino de la ternura que Jackson intentaba ocultar tras su máscara de tipo duro.
—Mira, Jackson, hay un puesto de tiro al blanco —señaló Leah, señalando una caseta donde unos peluches gigantes colgaban del techo—. ¿No eras tú el mejor tirador de Beacon Hills?
Jackson entrecerró los ojos, analizando el puesto como si fuera una zona de combate.
—Esos rifles están trucados, Leah. Las miras están desviadas a la izquierda y el cañón tiene demasiado peso —dijo él con autoridad—. Es una estafa para quitarle el dinero a los padres desesperados por impresionar a sus hijos.
—Oh, entiendo —dijo ella con un tono de voz que Jackson reconoció de inmediato—. Tienes miedo de perder.
Jackson se detuvo en seco. Se giró hacia ella con una chispa de desafío en sus ojos azules.
—¿Miedo? ¿Yo? Soy Jackson Whittemore. Yo no tengo miedo, y mucho menos sé lo que es perder.
—Bueno, Scott McCall acaba de ganar ese oso gigante para su cita —comentó Leah de forma casual, señalando hacia otra dirección.
Jackson no necesitó escuchar más. Se dirigió al puesto de tiro con la determinación de un hombre en una misión divina. Pagó por diez disparos y tomó el rifle de aire comprimido con una familiaridad experta. Leo, desde su pecho, observaba con ojos muy abiertos, balbuceando emocionado por el ruido y las luces.
—Observa, Leo —dijo Jackson en voz baja—. Así es como se hace.
Pum. Pum. Pum.
Cada disparo dio en el centro del blanco. El encargado del puesto, un hombre con pocos dientes y una gorra sucia, miraba con asombro cómo Jackson derribaba cada objetivo con una precisión quirúrgica.
—Creo que ya es suficiente, señor —dijo el encargado, entregándole el peluche más grande que tenían: un león con una corona de plástico que parecía extrañamente apropiado.
Jackson tomó el premio y se lo entregó a Leah con una sonrisa de suficiencia absoluta.
—¿Decías algo sobre perder? —preguntó él, arqueando una ceja.
Leah se echó a reír, abrazando el enorme león.
—Eres imposible, Jackson. Realmente imposible.
—Soy el mejor —corrigió él, besándola brevemente antes de seguir caminando—. Y ahora, vamos a buscar algo de comida que no sea puro azúcar, aunque dudo que lo encontremos en este lugar.
Mientras caminaban por la feria, Jackson se dio cuenta de que muchas personas los miraban. Algunos con curiosidad, otros con admiración. Ya no era el miedo que solía inspirar cuando caminaba por los pasillos del instituto con su chaqueta de lacrosse. Era algo diferente. Era el respeto que se le tiene a alguien que parece haber encontrado su lugar en el mundo.
Se detuvieron cerca de una fuente para que Leah pudiera alimentar a Leo. Jackson se sentó en el borde de piedra, observando a la gente pasar. Por un momento, su mente viajó de regreso a Beacon Hills, a los bosques oscuros, a los secretos y a la constante lucha por la supervivencia. Recordó a Lydia, a Danny, a las noches en las que se miraba al espejo y no sabía quién era el monstruo y quién era el chico.
—¿Estás bien? —preguntó Leah, notando su silencio.
—Sí —respondió Jackson, volviendo al presente—. Estaba pensando en lo lejos que estamos de todo aquello. De la necesidad de ser perfectos.
—Nunca fuimos perfectos, Jackson —dijo ella, limpiándole la cara a Leo—. Solo éramos jóvenes y estábamos asustados. Pero tú siempre tuviste esto dentro de ti. Solo necesitabas a alguien que te obligara a mirar más allá de tu propio reflejo.
Jackson tomó a Leo de los brazos de Leah y lo sostuvo frente a él. El bebé, emocionado por estar de nuevo con su padre, agarró la nariz de Jackson con sus manos pegajosas de algún dulce que Leah le había dado a probar.
—Sabes, Leah —dijo Jackson, mirando a su hijo—, hoy Leo aprendió a meterse el pie en la boca. Fue una gran victoria. Pero creo que la victoria más grande fue darme cuenta de que no necesito que el mundo me adore mientras ustedes dos me quieran.
Leah se acercó y apoyó la cabeza en su hombro, observando cómo el sol comenzaba a ponerse, tiñendo el cielo de tonos púrpuras y naranjas.
—Eso suena casi como un discurso de derrota, Jackson Whittemore —bromeó ella—. ¿Estás admitiendo que ya no te importa ser el número uno?
Jackson sonrió, una sonrisa tranquila y llena de una satisfacción que ningún trofeo de lacrosse podría haberle dado jamás.
—Sigo siendo el número uno, Leah —respondió él—. Solo que ahora, el podio es mucho más pequeño y solo tiene espacio para tres personas.
Leo soltó un bostezo ruidoso y apoyó la cabeza en el pecho de su padre, vencido finalmente por el cansancio del día. Jackson lo abrazó con fuerza, sintiendo el latido del corazón de su hijo contra el suyo.
En ese momento, Jackson Whittemore, el chico que nunca sabía perder, el egocéntrico capitán que despreciaba la debilidad, comprendió que había ganado la apuesta más arriesgada de su vida. Había apostado su ego por una oportunidad de ser feliz, y el pago era mucho más valioso que cualquier corona de cristal.
Caminaron de regreso al coche, bajo las primeras estrellas de la noche. Jackson llevaba al bebé dormido, Leah llevaba el león premiado, y juntos, dejaron atrás las luces de la feria. No necesitaban nada más. Porque en el mundo de Jackson, Leah siempre sería la reina, Leo sería el heredero de su persistencia, y él, por fin, era el dueño de su propio reino de verdad.
La envidia de Lydia, los susurros de Beacon Hills y las inseguridades del pasado eran solo sombras en el espejo retrovisor. Jackson Whittemore ya no necesitaba mirar su reflejo para saber quién era. Lo veía cada vez que Leah le sonreía y cada vez que su hijo buscaba su mano. Y esa, sin duda, era la victoria más dulce de todas.