Epaaa
Tu fanfic | Fanfy ❮ Atrás≡ ÍndiceSiguiente ❯ El zumbido del aire acondicionado era el único sonido que rompía la pesadez de la tarde en la casa de los González. Pedri estaba acurrucado en la esquina del sofá, mirando fijamente la pantalla apagada del televisor mientras abrazaba sus rodillas contra el pecho. Tenía los ojos hinchados, enrojecidos por las horas de llanto silencioso que habían drenado hasta la última gota de su energía habitual. Había sido una tontería. Una ilusión infantil, se repetía una y otra vez con una punzada amarga en la garganta. Hacía casi diez años que Ferran vivía en la casa contigua. Una década viéndolo crecer, pasar de ser un adolescente desgarbado a un hombre imponente de veintiséis años, con hombros anchos, mandíbula marcada y esa mirada que oscilaba constantemente entre el desdén y una ternura feroz. Para Ferran, Pedri siempre había sido el chiquillo menudo que perdía el balón entre los rosales, el vecino dulce y tímido al que despeinaba con una mano pesada antes de soltarle un despreocupado: «Cuídate, hermanito». Esa palabra. «Hermanito». Le quemaba en la piel cada vez que la recordaba. Porque para Pedri, Ferran nunca había sido un hermano. Había sido el motivo de sus sonrojos torpes, de sus manos sudorosas y de los latidos desbocados que apenas podía disimular cuando el mayor se acercaba a pedirle herramientas a su padre o a compartir una cerveza en el porche. Pedri había guardado ese secreto bajo llave, esperando ingenuamente a cumplir los dieciocho, convenciéndose de que la distancia de años se acortaría con el tiempo. Hasta ayer. Ayer por la tarde, cuando vio detenerse un coche desconocido frente a la entrada de Ferran. Una chica alta, de cabello castaño y risa fácil, había bajado del asiento del copiloto. Ferran la había recibido con una sonrisa abierta —una de esas que rara vez regalaba al resto del mundo—, la había tomado por la cintura y la había besado en los labios con una naturalidad demoledora. Pedri, que en ese momento regaba las plantas del patio, se había quedado paralizado, sintiendo cómo el suelo desaparecía bajo sus pies. Se sintió traicionado, estúpido y ridículamente roto. Ferran tenía novia. El hombre que ocupaba todos y cada uno de sus pensamientos desde que tenía uso de razón pertenecía a otra persona. Y lo peor de todo era la certeza aplastante de que Ferran jamás, ni en un millón de años, lo miraría como a algo más que un crío indefenso. Esa misma noche, con sus padres recién salidos de viaje hacia la costa por dos semanas enteras, Pedri tomó una decisión. No iba a quedarse encerrado a pudrirse en autocompasión. Si Ferran lo veía como a un niño, él se encargaría de demostrar que no lo era. Empezó a salir. Aceptó invitaciones a fiestas a las que nunca antes se había atrevido a ir, bebió tragos que le raspaban la garganta y se dejó envolver por la música atronadora y las luces de neón. En esos clubes abarrotados conoció gente nueva, chicos y chicas que no sabían nada de su timidez de toda la vida y que lo miraban con un interés genuino que alimentaba su despecho. Si quería arrancarse a Ferran del pecho, tendría que llenarse el vacío con quien fuera. Y así, durante tres días seguidos, la tranquila casa de los González se convirtió en un desfile intermitente de risas nocturnas, música a bajo volumen hasta el amanecer y visitas inesperadas. *** Ferran estaba en la cocina de su propia casa, bebiendo agua directamente del grifo, cuando vio las luces encendidas a través de la ventana. Frunció el ceño. Sabía perfectamente que los padres de Pedri estaban fuera; Fernando se lo había comentado antes de marcharse, pidiéndole de paso que «le echara un ojo al chico» por si necesitaba algo. Era casi medianoche. Un sedán oscuro, con la música retumbando en los bajos, acababa de estacionar frente a la casa contigua. Ferran apretó la mandíbula al ver descender a un tipo corpulento, de unos veintitantos años, con chaqueta de cuero y paso confiado, que subió las escaleras del porche de Pedri sin molestarse en tocar el timbre; simplemente empujó la puerta, que estaba sin seguro, y entró. Un arrebato de cólera pura y visceral le subió por el cuello. ¿Qué coño creía que estaba haciendo ese crío? Ferran llevaba observando el comportamiento errático de su vecino desde hacía días. Aquella mañana lo había visto llegar con ojeras profundas y el paso vacilante, sin siquiera mirarlo cuando Ferran le había gritado un saludo desde el césped. Pedri, que siempre le dedicaba una sonrisa radiante y tímida, lo había ignorado por completo. Dejó el vaso sobre la encimera con un golpe seco que resonó en la casa vacía. La sangre le hervía con una mezcla peligrosa de instinto protector y una furia territorial que no se molestaba en justificar. Nadie entraba a la casa de Pedri a esas horas. Y menos un tipo al que nunca en su vida había visto. Cruzó el césped húmedo a zancadas largas, devorando la distancia entre ambas propiedades en cuestión de segundos. Subió los tres escalones del porche y aporreó la madera de la puerta con el puño cerrado, una, dos, tres veces, haciendo vibrar los cristales laterales. —¡Pedri! —bramó con voz ronca—. ¡Abre la maldita puerta! Unos segundos de silencio angustioso siguieron a sus golpes. Ferran ya estaba levantando la mano para volver a golpear cuando la cerradura chasqueó. La puerta se abrió despacio. Pero no fue Pedri quien apareció. El hombre que estaba frente a él debía de tener veinticinco o veintiséis años, casi su misma edad. No llevaba camisa, dejando al descubierto un torso marcado con tatuajes difusos, y lo único que cubría su parte inferior era una toalla blanca enrollada con descuido a la cadera, goteando agua sobre el parquet del recibidor. El tipo enarcó una ceja, mirándolo con una mezcla de fastidio y superioridad. —¿Se te perdió algo, amigo? —preguntó el desconocido, apoyando un hombro en el marco—. Estamos ocupados. La vista del hombre semidesnudo en la casa de Pedri, con ese aire de suficiencia, detonó algo oscuro y descontrolado en el pecho de Ferran. No hubo advertencia, no hubo preguntas. Ferran dio un paso al frente y descargó un puñetazo brutal y certero directo a la mandíbula del tipo. El impacto sonó seco, violento. El hombre trastabilló hacia atrás soltando un quejido ahogado, perdiendo el equilibrio hasta caer sobre la pequeña mesa del recibidor, derribando un jarrón que se hizo añicos contra el suelo. Ferran entró tras él, con los nudillos encendidos y la respiración agitada, dispuesto a arrastrarlo por el cuello hacia la calle. —¡¿Qué demonios te pasa?! —gritó una voz aguda desde el final del pasillo. Pedri apareció corriendo. Llevaba una bata de baño de seda azul demasiado holgada que apenas le cubría los muslos, con el cinturón mal anudado y el cabello castaño aún húmedo pegado a la frente. Tenía las mejillas encendidas y los ojos abiertos por el pánico. Al ver al desconocido en el suelo sosteniéndose la boca ensangrentada y a Ferran de pie con los puños temblando, se interpuso entre ambos de golpe. —¡Basta! ¡Déjalo! —Pedri empujó el pecho de Ferran con ambas manos, utilizando toda su fuerza—. ¡¿Qué haces aquí?! ¡¿Por qué lo golpeas?! Ferran se quedó inmóvil, sorprendido por el contacto, pero la sorpresa se disipó al instante al procesar la escena: la bata, el cabello mojado, el hombre en toalla. Una náusea ácida se le instaló en el estómago, transformándose en una ira corrosiva. —¿Qué hago yo aquí? —Ferran señaló con un dedo acusador al tipo que se levantaba maldiciendo entre dientes—. ¡¿Qué cojones hace este imbécil en tu casa, Pedri?! ¡Tus padres no están! —¡Eso a ti no te importa! —le gritó el menor, temblando pero sin dar un paso atrás—. ¡Es mi novio! ¡Estás golpeando a mi novio en mi propia casa! Ferran se congeló. La palabra cayó sobre él como un balde de agua helada, pero en lugar de apagar el fuego, lo avivó hasta volverlo insoportable. Miró al hombre en el suelo y luego a Pedri, con una expresión de desconcierto absoluto, teñida de un desprecio visceral. —¿Tu novio? —repitió Ferran, con una risa amarga y carente de humor—. ¿Este tipo? ¡Tiene mi maldita edad, Pedri! ¡Míralo! ¿Qué coño te pasa por la cabeza? ¡Tienes diecisiete años! ¡No puedes meter a un desconocido de casi treinta a acostarse en tu cama mientras tus padres están de viaje! ¡¿Te has vuelto completamente loco?! El rostro de Pedri se endureció. La timidez que siempre lo había caracterizado se desvaneció, reemplazada por un orgullo herido y una desesperación ardiente. Le dolía que Ferran le hablara así, le dolía verlo actuar como si tuviera derecho sobre su vida cuando hacía apenas unas horas lo había visto besando a otra mujer. Los celos, el rencor acumulado y el amor no correspondido colisionaron en su garganta. —¡Me da igual su edad! —escupió Pedri, alzando la barbilla con una valentía que jamás creyó poseer—. ¡A mí me gustan mayores, Ferran! ¿Y qué? ¿Tienes algún problema con eso? Ferran abrió los ojos, estupefacto. La frase se le clavó en el pecho como una espina venenosa. —¡No tienes ni idea de lo que dices! —rugió Ferran, intentando dar un paso hacia él, pero Pedri no se dejó intimidar. —¡No es tu problema! —gritó el chico, colocando las manos con fuerza sobre el pecho de Ferran y empujándolo hacia el umbral—. ¡Tú no eres nadie para decirme con quién me acuesto o a quién meto en mi casa! ¡No eres mi padre y ciertamente no eres mi hermano! —¡Pedri, escúchame bien...! —¡Vete a tu casa, Ferran! —Pedri lo empujó con desesperación, haciéndolo retroceder hasta sacarlo al porche—. ¡Vete con tu maldita novia y déjame en paz! Antes de que Ferran pudiera reaccionar o formular otra palabra, la puerta de madera se cerró de golpe contra su rostro, levantando una ráfaga de aire que le agitó el pelo. El sonido del cerrojo pasando con fuerza resonó como un disparo en la noche tranquila. Ferran se quedó allí de pie, inmóvil sobre el felpudo, con el pecho subiendo y bajando a un ritmo frenético. Los nudillos le palpitaban de dolor, manchados con un rastro diminuto de sangre que no era suya. La imagen de Pedri en esa bata ligera, con los labios temblorosos y gritándole que le gustaban los hombres mayores, le martilleaba las sienes con una insistencia enloquecedora. ¿Cómo que mayores? ¿Desde cuándo? Pedri era un crío. Su crío. El chico al que había prometido cuidar. Un ruido de tacones sobre el pavimento lo arrancó bruscamente de sus pensamientos. Al girar la cabeza, vio a su novia caminando por el sendero que unía ambas entradas. Se había bajado del coche que acababa de aparcar en su propio garaje, y ahora lo miraba con curiosidad, envuelta en un abrigo elegante. —¿Ferran? —preguntó ella, deteniéndose al pie de los escalones de la casa de Pedri—. ¿Qué estás haciendo ahí? Escuché un golpe desde el coche. ¿Qué pasó? Ferran bajó las escaleras de dos en dos, pasando junto a ella como un torbellino, con la mandíbula tan apretada que le crujían los dientes. Se pasó una mano por el cabello corto, jalando los mechones con frustración contenida. —Ese crío... —soltó Ferran, con la voz cargada de una ira desbordada—. Es Pedri. Está metiendo a un tipo en su casa. Un tipo de veintiséis años, sin camiseta, en toalla. ¡Un maldito viejo para él! Se está acostando con él mientras sus padres no están. La chica parpadeó, sorprendida por el tono exaltado de su novio, y luego miró hacia la puerta cerrada de la casa de al lado. Se encogió ligeramente de hombros, adoptando una expresión serena que a Ferran le pareció un insulto. —Bueno... ¿y? —dijo ella en voz baja, cruzándose de brazos—. Pedri está a punto de cumplir dieciocho, Ferran. Ya es prácticamente un adulto. —¡No es un adulto! —estalló Ferran, girándose hacia ella con los ojos encendidos—. ¡Tiene diecisiete! ¡Va al instituto! —Tiene diecisiete años y medio, Ferran. Los chicos a esa edad experimentan, tienen citas, hacen tonterías. Es su vida. Ya sabe lo que hace, no es asunto tuyo meterte a golpear a sus invitados. Ferran la miró con absoluta incredulidad, como si ella acabara de hablarle en un idioma alienígena. ¿Cómo podía decir semejante barbaridad con tanta tranquilidad? ¿Acaso no entendía la gravedad de la situación? No se trataba de una fiesta inocente; se trataba de Pedri, de su piel suave, de su timidez innata, entregándose a un imbécil cualquiera que apenas conocía. Una posesividad oscura y asfixiante se le instaló en los pulmones, negándole el aire. —No —dijo Ferran con voz sorda, dando un paso atrás—. No, no lo entiendes. No tiene ni puta idea de lo que hace. —Ferran, por favor, cálmate. Vamos adentro —le pidió ella, tendiéndole una mano para intentar aplacarlo—. Deja que sus padres se encarguen cuando vuelvan. No es tu responsabilidad. Ferran apartó la mirada de la mano extendida de su novia. Sentía una distancia abismal entre ellos en ese instante, un rechazo visceral que no supo cómo explicar. No quería entrar con ella. No quería tomar su mano. Lo único en lo que podía pensar era en el sonido de la puerta cerrándose en sus narices y en las palabras de Pedri quemándole la memoria: «A mí me gustan mayores». —Vete entrando tú —murmuró Ferran con frialdad, dándole la espalda sin esperar respuesta—. Tengo cosas que pensar. Ignorando el suspiro molesto de la chica a sus espaldas, Ferran caminó con paso firme hacia su porche, subió los escalones y se detuvo en la penumbra antes de abrir su propia puerta. Desde allí, lanzó una última mirada hacia la ventana del piso superior de la casa de los González. La luz de la habitación de Pedri acababa de encenderse. Una sombra se proyectó contra la cortina fina: la silueta del chico, seguida un segundo después por la del hombre que lo alcanzaba por detrás. A Ferran se le cerró la garganta y apretó los puños hasta que las uñas se le clavaron en las palmas. Pedri era un niño. No podía tener novio. No podía dejarse tocar por ese tipo. No con él viviendo a diez metros de distancia. Y Ferran, por mucho que intentara convencerse de que era solo preocupación de vecino, sabía que la llama oscura que le devoraba las entrañas no tenía absolutamente nada de fraternal. Tu fanfic | Fanfy ❮ Atrás≡ ÍndiceSiguiente ❯ La oscuridad de la habitación de Ferran era casi absoluta, rota únicamente por el resplandor amarillento que se colaba desde la ventana de enfrente. El aire en su cuarto se sentía denso, viciado por una respiración errática que no lograba calmarse. Hacía media hora que había despachado a su novia con una frialdad tajante, inventando una migraña repentina que no admitía discusión; la había dejado marcharse en su propio coche, sin un beso de despedida, sordo a sus quejas sobre lo distante e impredecible que se estaba volviendo. A Ferran no le importaba. Nada de eso le importaba ahora. Estaba de pie junto al marco de su ventana, oculto tras la penumbra de las cortinas, con la vista clavada en el segundo piso de la casa de los González. La cortina de Pedri era fina, demasiado translúcida para la intimidad que pretendía resguardar. Y allí, proyectadas por la lámpara de la mesilla de noche, las sombras se movían con una cadencia que le quemaba las entrañas. Ferran apretó los dientes con tanta fuerza que el dolor le subió por la mandíbula. Podía ver la silueta del hombre corpulento inclinándose sobre una figura mucho más menuda, acorralándola contra la pared junto al ventanal. Y luego, el sonido. La noche de verano era asfixiante y quieta, sin una sola ráfaga de viento que amortiguara el eco entre las dos casas, separadas apenas por unos metros de césped. Pedri no era silencioso. Jamás lo había sido; era un chico transparente, de emociones a flor de piel, de risas cantarinas que llenaban los jardines por las tardes. Pero los sonidos que escapaban ahora por la rendija de su ventana abierta no tenían nada de infantil. Eran jadeos entrecortados, quejidos agudos que se rompían en súplicas ahogadas, gemidos que raspaban el aire con una intensidad desbordada y húmeda. Cada grito de Pedri era un latigazo en la nuca de Ferran. Un impulso salvaje le exigió bajar las escaleras, cruzar el patio, derribar esa puerta de una patada y arrancarle la cabeza al tipo con sus propias manos. Pero sabía que no le abrirían. La cerradura estaba pasada y, si forzaba la entrada, Pedri lo miraría con ese odio ardiente que le había desgarrado el orgullo minutos antes. Se quedó allí, paralizado. El odio y la rabia mutaron en algo mucho más peligroso, una corriente subterránea y venenosa que se encendió en su vientre. Esos sonidos... Dios, la voz de Pedri quebrándose de placer o de dolor, tan expuesta, tan sumisa a las manos de otro. Había algo enfermizamente adictivo en escucharlo perder el control, en saber que aquel chiquillo tímido que bajaba la mirada cada vez que Ferran se quitaba la camiseta para lavar el coche estaba ahora entregándose con una desesperación descarada. Ferran retrocedió un paso, alejándose del cristal, y se sentó en el borde de su cama deshecha. Tenía la respiración entrecortada. Cerró los ojos con fuerza, apretó los puños sobre sus muslos y se mordió el labio inferior hasta sacarse sangre. La mezcla de repulsión, celos enfermizos y un deseo retorcido y prohibido le nubló el juicio. Pedri era suyo. Siempre había sido su sombra, su devoto seguidor, el niño de ojos brillantes que existía en su órbita. No de un desconocido. No de un bastardo cualquiera que venía a ensuciarlo en su propia cama. Con las manos temblando por una furia fría y calculadora, Ferran estiró el brazo hacia la mesita y tomó su teléfono móvil. La pantalla iluminó sus facciones endurecidas mientras buscaba un contacto específico. «Fernando González». Pulsó la llamada sin dudarlo un segundo. Tardaron cuatro tonos en contestar. La voz del padre de Pedri sonó ronca, cargada de sueño y extrañeza al otro lado de la línea. Ferran tragó saliva, modulando su tono con una precisión quirúrgica, fingiendo una voz rota por la preocupación cívica y el pánico contenido. —Fernando... perdón por la hora —susurró, con un temblor falso en la voz—. Soy Ferran. Sé que me pediste que cuidara de Pedri mientras estabais fuera... y no puedo quedarme callado. Tienes que volver. Ya mismo. —¿Qué? ¿Ferran? ¿Qué pasa con Pedri? ¿Está bien? ¿Se ha hecho daño? —La voz del hombre se espabiló de golpe, alarmada. —No... no es eso —continuó Ferran, bajando aún más la voz mientras los gemidos distantes de Pedri volvían a colarse por el cristal—. Hay un tipo aquí. Un hombre de casi treinta años. Entró a la casa, están... Fernando, Pedri no está bien. El tipo está borracho, se han encerrado en la habitación. Escuché ruidos, fui a tocar y Pedri me gritó que no me metiera. Está fuera de control. Tengo miedo de lo que ese hombre le esté haciendo. Un juramento ahogado resonó desde el otro lado, seguido del movimiento apresurado de sábanas y la voz histérica de María, la madre de Pedri, preguntando qué ocurría. —¡Maldita sea! ¡Salimos para allá ahora mismo! —gritó el padre. —Por favor, Fernando... —añadió Ferran con frialdad implacable—, no le digas a Pedri que fui yo quien te avisó. Se puso muy violento conmigo cuando intenté sacarlo. Me odiaría si sabe que os llamé. Solo... venid rápido. Colgó. Ferran dejó caer el teléfono sobre el colchón. Sabía perfectamente que a esa hora de la madrugada no había vuelos disponibles desde la costa. Tendrían que esperar al primer vuelo chárter de las seis de la mañana o conseguir un enlace de urgencia. Tardarían horas. Horas en las que ese infierno continuaría, pero la trampa ya estaba cerrada. Se recostó en la cama, con la ropa puesta, escuchando cómo la noche se consumía lentamente entre los lamentos de la casa vecina, hasta que el silencio finalmente cayó, denso y fúnebre, poco antes del amanecer. *** Ferran despertó sobresaltado por el crujido metálico de un motor familiar. No se había dado cuenta de en qué momento el cansancio le había cerrado los ojos. Le dolía la cabeza horriblemente, una punzada sorda y constante tras las sienes provocada por la rabia acumulada, la falta de sueño y la tensión muscular. Se incorporó con pesadez, sintiendo la boca seca y amarga. Abajo, en la calle, el sonido de unos neumáticos frenando de golpe sobre el asfalto confirmó sus sospechas. Eran ellos. Ferran se puso de pie de inmediato y caminó hacia la ventana, sin encender ninguna luz. A través de las tablillas de la persiana entreabierta, observó la escena con una calma gélida. El todoterreno de los González estaba mal aparcado a mitad de la entrada, con las ruedas sobre el césped. La puerta del conductor se abrió de golpe y Fernando bajó con el rostro desencajado, la camisa arrugada del viaje y los ojos desorbitados por el terror y la furia. Del asiento del copiloto descendió María, con el cabello revuelto y las manos temblorosas aferradas a su bolso. Ni siquiera se molestaron en cerrar las puertas del coche. Subieron los escalones del porche corriendo. Fernando sacó las llaves con torpeza, forcejeó con la cerradura que estaba cerrada con pestillo y, tras un par de intentos desesperados, logró empujar la puerta principal hacia adentro con un estruendo brutal. Ferran no se movió de su posición. Desde su ángulo, podía ver perfectamente hacia el interior a través del ventanal del salón de los González y, momentos después, el drama se trasladó al piso de arriba cuando los pasos furiosos de los padres hicieron crujir las escaleras. Un segundo después, un grito desgarrador atravesó las paredes de la casa vecina. Fue María. Un chillido agudo, visceral, como el de un animal herido de muerte, que resonó en todo el vecindario. —¡¿Qué es esto?! ¡Dios mío! ¡¿Qué es esto?! Ferran entrecerró los ojos, pegándose más al cristal. En la habitación contigua, la puerta había sido abierta de par en par. A través del marco de la ventana de Pedri, la escena se reveló con una crudeza desgarradora. El hombre de la noche anterior estaba tirado sobre la cama, aún aturdido por el sueño y el alcohol, completamente desnudo de cintura para arriba. A su lado, envuelto torpemente en una sábana revuelta, estaba Pedri. El padre no perdió ni medio segundo. Con un bramido de furia ciega, Fernando se abalanzó sobre el invasor. Lo agarró por el cuello, arrastrándolo fuera del colchón y estampándolo contra el suelo antes de que el sujeto pudiera siquiera comprender qué sucedía. —¡Hijo de puta! ¡Fuera de mi casa! ¡Fuera de aquí antes de que te mate! —rugía el padre, propinándole una patada en las costillas mientras el tipo, desorientado y sangrando por el labio que Ferran ya le había abierto anoche, intentaba cubrirse y gatear hacia sus pantalones. —¡Papá, no! ¡Por favor, para! —la voz de Pedri se escuchó débil, rota, quebrada por un llanto desesperado. El chico intentó levantarse de la cama para intervenir, y fue en ese preciso instante cuando la sábana se le deslizó por los hombros, exponiéndolo a la luz de la mañana. A Ferran se le cortó la respiración. Tu fanfic | Fanfy ❮ Atrás≡ ÍndiceSiguiente ❯ A Ferran se le cortó la respiración. La garganta se le cerró con tanta violencia que sintió una punzada física en el pecho, obligándolo a apoyar la palma temblorosa contra el cristal frío de su ventana. La sábana había resbalado por completo sobre el suelo de parqué, dejando al descubierto el torso menudo y pálido de Pedri. A la cruda luz de la mañana, la piel del chico parecía un mapa de agresiones silenciosas: manchas violáceas y rojizas le mordían la clavícula, la curva del cuello y el costado, mientras finas líneas enrojecidas surcaban sus omóplatos. Eran marcas oscuras, brutales, dejadas por unas manos que no eran las suyas. Una náusea espesa y venenosa le subió a Ferran desde la boca del estómago hasta quemarle la lengua. Ese chiquillo de diecisiete años, al que él había visto jugar con un balón desinflado en el jardín, al que conocía desde que era un renacuajo asustadizo, había sido profanado de la manera más burda. Y lo peor de todo, lo que le retorcía las entrañas hasta el delirio, era el recuerdo asfixiante de los gemidos de la noche anterior. Abajo, en la casa de los González, el escándalo se desató con furia salvaje. Fernando empujó al intruso escaleras abajo. El hombre, vistiendo a trompicones unos vaqueros a medio abotonar y con el torso desnudo goteando sangre por la nariz, rodó por los últimos peldaños hasta el recibidor. Fernando bajó tras él como una fiera, propinándole patadas desordenadas mientras María gritaba al borde del colapso, cubriéndose la boca con ambas manos. —¡Lárgate de aquí, maldito degenerado! —bramó el padre, con la voz desgarrada por una mezcla de rabia y vergüenza ajena—. ¡Si te vuelvo a ver cerca de mi hijo, te juro por Dios que te mato! ¡Llamaré a la policía ahora mismo! La puerta principal se abrió de golpe y el hombre fue expulsado hacia el porche, trastabillando sobre el césped húmedo. Aturdido, humillado y tambaleante, recogió sus zapatillas del suelo y echó a correr hacia su coche aparcado en la acera de enfrente, sin mirar atrás, haciendo chirriar los neumáticos al salir disparado por la calle residencial. Ferran no lo pensó dos veces. Apartó las cortinas, bajó las escaleras de su propia casa de tres en tres y salió al exterior. La mañana era fresca, pero el aire en el vecindario parecía electrificado. María lloraba apoyada contra la barandilla del porche, con el cuerpo sacudido por espasmos incontrolables, mientras Fernando caminaba en círculos por la entrada, pasándose las manos por la cabeza con ademanes desesperados. Ferran cruzó el límite entre ambos jardines con paso firme, adoptando de inmediato la máscara del vecino responsable, del protector sereno que acude en auxilio de la familia en desgracia. Nadie sospecharía jamás que había sido él quien había encendido la mecha. —¡Fernando! ¡María! —gritó Ferran, fingiendo un sobresalto calculado mientras subía los escalones—. ¿Qué ha pasado? Escuché los gritos desde mi cocina. ¿Estáis bien? Fernando levantó la mirada, con los ojos inyectados en sangre y las facciones desfiguradas por el dolor. Se acercó a Ferran y lo aferró del hombro con una mano que temblaba incontrolablemente. —Ferran... Dios mío, Ferran —dijo el hombre, con la voz rota—. Menos mal que nos llamaste. Llegamos justo a tiempo... o tal vez ya demasiado tarde. Ese bastardo... ese infeliz estaba en la cama de mi hijo. María soltó un sollozo ahogado desde el porche, ocultando el rostro entre sus palmas. —¿Dónde está Pedri? —preguntó Ferran de inmediato. Su tono era bajo, urgente, y no pudo disimular del todo la sombra de posesividad que endurecía su mandíbula—. ¿Cómo está él? —Encerrado en su habitación —respondió Fernando, respirando con dificultad mientras intentaba calmarse sin éxito—. Cuando le grité, cuando le pregunté qué demonios estaba haciendo con un tipo que le dobla la edad... se puso a llorar como un histérico. Me dijo que lo dejara en paz, que es su vida. ¡Tiene diecisiete años, Ferran! ¡Aún no ha terminado el bachillerato! No sé qué le pasa, no reconozco a mi propio hijo. No sé en qué clase de monstruo se ha convertido en los últimos meses. Una punzada de satisfacción oscura rozó la mente de Ferran, pero fue rápidamente aplastada por la imagen de las marcas moradas en la piel de Pedri. —Déjame hablar con él, Fernando —ofreció Ferran, con una calma que sonó casi piadosa—. Tú estás demasiado alterado y solo conseguiréis gritaros más. Yo lo conozco. Sé cómo tratarlo. Entraré a ver cómo está. Fernando lo miró con una gratitud desgarradora, asintiendo repetidas veces antes de dejarse caer sobre los escalones junto a su esposa. —Por favor, Ferran. Haz que entre en razón. Por lo que más quieras. Ferran no esperó una segunda confirmación. Atravesó el umbral de la casa de los González, un territorio que le resultaba familiar desde hacía diez años, pero que hoy olía a caos, a polvo revuelto y al perfume denso del intruso que acababa de huir. Subió las escaleras con zancadas silenciosas y seguras, sintiendo cómo los latidos de su corazón martilleaban contra sus costillas con un ritmo feroz. Al llegar al final del pasillo, la puerta del dormitorio de Pedri estaba entreabierta. Ferran empujó la madera despacio, sin hacer ruido, y se deslizó al interior antes de cerrar la puerta a sus espaldas, pasando el cerrojo con un suave chasquido que resonó como una sentencia. La habitación era un desastre. La lámpara de la mesilla seguía encendida, proyectando una luz pálida sobre las sábanas arrancadas del colchón y tiradas en el suelo. El aire olía a sudor, a colonia barata y al rastro inconfundible de una intimidad apresurada y sucia que a Ferran le provocó deseos de prenderle fuego a la habitación entera. En el rincón más alejado, acurrucado en el espacio estrecho entre la cama y la pared, estaba Pedri. El chico se abrazaba las rodillas contra el pecho, vistiendo únicamente unos pantalones cortos de chándal que le quedaban holgados. Tenía la cabeza gacha, oculta entre los brazos, y la espalda delgada le temblaba al compás de un llanto mudo y agotado. Parecía diminuto, frágil, como si el peso de las últimas veinticuatro horas lo hubiera quebrado por completo. Ferran se quedó inmóvil un momento, observándolo. La rabia que lo había consumido durante la noche no desapareció, pero se transformó en algo mucho más retorcido: una ternura asfixiante, una necesidad enferma de recomponer lo que él mismo había ayudado a destruir. Dio dos pasos hacia él. El suelo de madera crujió bajo sus botas. Pedri alzó la cabeza de golpe. Sus ojos estaban enrojecidos, rodeados de ojeras profundas y brillantes de lágrimas frescas. Tenía las mejillas manchadas y los labios resecos y partidos. Al ver a Ferran de pie en medio de su cuarto, la sorpresa inicial se congeló en su rostro, reemplazada rápidamente por una mueca de humillación pura y un rencor ardiente. —¿Qué haces aquí? —susurró Pedri con la voz completamente rota, casi inaudible—. Vete. Lárgate de mi casa. Ferran no retrocedió. Caminó con lentitud hasta detenerse a escasos centímetros del chico, inclinándose para quedar a su altura. Sus ojos recorrieron sin pudor la piel expuesta de Pedri, deteniéndose en un cardenal especialmente oscuro sobre la clavícula izquierda. —Mírate —dijo Ferran con voz grave, cargada de una severidad que apenas lograba ocultar un temblor de ira—. Mírate nada más, Pedri. ¿Esto es lo que querías? ¿Esto es ser un adulto? Pedri se encogió sobre sí mismo, tratando desesperadamente de cubrirse el pecho con los brazos, pero Ferran se lo impidió. Con un movimiento rápido y dominante, el mayor le sujetó ambas muñecas con una sola mano, inmovilizándolo contra la pared con una fuerza que no admitía resistencia. —¡Suéltame! —gimió Pedri, forcejeando con rabia impotente mientras las lágrimas volvían a desbordarse por sus mejillas—. ¡No me toques! ¡Déjame en paz, Ferran! —Cállate —le ordenó Ferran en un susurro áspero, acercando su rostro al de él hasta que sus respiraciones se mezclaron—. Te advertí anoche que no te metieras con ese tipo. Te lo dije en la maldita cara y me cerraste la puerta. ¿Y para qué? ¿Para que viniera a marcarte como si fueras un pedazo de carne? Ferran soltó las muñecas del menor solo para llevar su mano libre directamente al cuello de Pedri. No apretó, pero sus dedos ásperos y callosos se cerraron alrededor de su garganta con una posesividad que hizo que el aire se le atascara al chico en el pecho. Con el pulgar, presionó deliberadamente sobre el moratón más visible, haciéndole soltar un quejido agudo. —Te dolió, ¿verdad? —Ferran clavó sus ojos oscuros en los del menor, implacable—. Escuché todo anoche, Pedri. Escuché cada grito, cada ruido. No pudiste cerrar la maldita ventana. ¿Sabes lo que sentí al oírte suplicarle a ese imbécil? Pedri abrió los ojos desmesuradamente. La humillación se transformó en un destello de revelación aterradora. —Fuiste tú... —susurró el chico, temblando de la cabeza a los pies mientras miraba fijamente a Ferran—. Tú llamaste a mis padres. Tú hiciste que vinieran. Ferran no pestañeó. Ni una sola pizca de arrepentimiento cruzó sus facciones. —Por supuesto que fui yo —admitió con una calma helada, acariciando la mandíbula temblorosa de Pedri con el dorso de la mano—. ¿Qué esperabas que hiciera? ¿Que me quedara sentado en mi casa mientras un tipo de mi edad te destrozaba en tu propia cama? Eres un niño inconsciente. No sabes cuidarte solo. Si tus padres no te detenían, lo habría hecho yo a golpes, Pedri. La crudeza de la confesión dejó a Pedri sin aliento. Un sollozo furioso y desesperado escapó de su garganta, y con una fuerza nacida del despecho más puro, empujó el pecho de Ferran con ambas manos, logrando apartarlo unos centímetros. —¡Eres un monstruo! —le gritó el menor, con el rostro ardiendo en lágrimas y rabia—. ¡Me arruinaste la vida! ¡Mis padres me odian, me tienen asco, y todo por tu culpa! ¡¿Por qué te importa tanto lo que haga con mi cuerpo?! ¡A ti no te pertenezco! —¡Porque no voy a permitir que nadie más te toque! —estalló Ferran, perdiendo finalmente la compostura. El grito resonó en las cuatro paredes de la habitación. Ferran dio un paso al frente y atrapó a Pedri por los hombros, empujándolo contra el colchón deshecho hasta dejarlo acorralado bajo su propia sombra. La distancia entre ambos se redujo a la nada. Ferran respiraba con dificultad, con la mirada desquiciada por una tormenta de celos que ya no podía seguir disfrazando de deber fraternal. —No con ese tipo. No con nadie —continuó Ferran, con la voz volviéndose ronca, casi un gruñido—. ¿Crees que soy ciego? ¿Crees que no me di cuenta de las fiestas, de la gente extraña entrando y saliendo, de cómo me evitabas? ¿Por qué lo hiciste, Pedri? ¿Para demostrarme qué? ¿Qué querías probar? Pedri se quedó inmóvil bajo su peso, sintiendo el calor abrasador que emanaba del cuerpo del mayor. Tenía el pecho subiendo y bajando en jadeos erráticos, y por un segundo, la valentía desesperada que lo había impulsado en los últimos días volvió a inflamarse en su interior. Miró a Ferran a los ojos, sin parpadear, dejando que todo el veneno, todo el amor torcido y el dolor de los últimos años brotara a la superficie. —¡Por ti! —gritó Pedri, golpeando el colchón con el puño cerrado—. ¡Lo hice por ti, maldito idiota! Ferran se congeló. Sus dedos aflojaron ligeramente el agarre sobre los hombros del chico, desconcertado por el estallido. —¿De qué estás hablando? —preguntó Ferran, con el ceño fruncido. —¡Te vi! —bramó Pedri, con la voz quebrándose en un lamento desgarrador que parecía arrancarle las entrañas—. ¡Hace tres días! ¡La vi bajarse de tu coche, vi cómo la abrazabas y cómo la besaste en el porche! ¡Tienes novia, Ferran! ¡Tienes una maldita novia! El silencio que siguió a las palabras de Pedri fue tan denso que parecía absorber todo el aire de la estancia. Ferran no se movió. Se quedó mirándolo fijamente, procesando cada palabra, cada lágrima que rodaba por las mejillas encendidas del muchacho. —Llevo diez años... —continuó Pedri, bajando la voz hasta un susurro ahogado por el llanto, rindiéndose por completo ante la verdad que lo estaba matando por dentro—. Diez años esperando a que dejaras de llamarme «hermanito». Diez años mirándote por la ventana, sonrojándome como un estúpido cada vez que me hablabas, soñando con que algún día me miraras como a alguien a quien pudieras desear. ¡Y de repente traes a esa mujer! ¡Y me di cuenta de que para ti nunca seré más que un crío molesto! Pedri desvió la mirada hacia un lado, incapaz de sostener la intensidad demoledora de los ojos de Ferran. Los sollozos lo sacudían de nuevo, dejándolo vulnerable, expuesto y completamente a merced del hombre sobre él. —Quería sacarte de mi cabeza —murmuró Pedri, mordiéndose el labio con desesperación—. Quería que alguien me tocara para olvidar cómo se sentía desear que fueras tú. Pero ni siquiera con él pude... en toda la noche, lo único que hacía era cerrar los ojos e imaginarme que eras tú el que estaba encima de mí. Una corriente eléctrica, violenta y adictiva recorrió la espina dorsal de Ferran. La revelación no lo asustó; no provocó en él la repulsión que dictaría la moral convencional. Al contrario: saber que Pedri se estaba destruyendo por su causa, saber que cada gemido que había escuchado a través de la ventana había sido una invocación desesperada a su nombre, despertó en su pecho un fuego abrasador que barrió cualquier rastro de cordura. Ferran bajó la mirada hacia los labios temblorosos de Pedri, entreabiertos y húmedos por el llanto. Luego miró las marcas moradas en su cuello. Ya no le producían náuseas; ahora le provocaban un deseo implacable de borrarlas una a una con su propia boca. —Pedri... —susurró Ferran, y su tono ya no tenía nada de la frialdad de antes. Era bajo, oscuro, cargado de una ternura enferma y posesiva. Lentamente, Ferran deslizó una mano por el costado del chico, subiendo por sus costillas hasta alcanzar su nuca, enredando los dedos en sus cabellos castaños. Pedri se estremeció violentamente ante el contacto, conteniendo la respiración mientras sus ojos brillantes se volvían a encontrar con los del mayor, llenos de pánico y una esperanza agonizante. —Eres un idiota —murmuró Ferran, inclinándose aún más, hasta que la punta de su nariz rozó la mejilla húmeda de Pedri—. Un crío estúpido que no tiene ni la menor idea del peligro en el que se acaba de meter. —Ferran... por favor... —suplicó Pedri en un jadeo, sin saber si le estaba pidiendo que se detuviera o que terminara de destruirlo. —Esa chica no significa una mierda para mí —dijo Ferran con voz ronca, rozando con sus labios la piel quemada por los hematomas ajenos en el cuello de Pedri, arrancándole un gemido ahogado y trémulo al muchacho—. Se acabó. Hoy mismo la saco de mi vida. Pero tú... Ferran levantó el rostro de Pedri tomándolo con firmeza por el mentón, obligándolo a sostenerle la mirada, una mirada que brillaba con una resolución oscura y absoluta. —Tú no vuelves a dejar que nadie ponga una sola mano sobre ti. Ni un chico de tu edad, ni ningún bastardo como el de anoche. Nadie, Pedri. ¿Me has oído bien? Pedri tembló, sintiendo cómo el corazón se le desbocaba contra las costillas, asustado y a la vez completamente cautivado por la posesividad venenosa de Ferran. —¿Y tú? —atinó a preguntar Pedri en un susurro tembloroso, desafiándolo con el último vestigio de timidez que le quedaba—. ¿Tú sí vas a tocarme? Ferran no respondió con palabras. Bajó la cabeza y estampó sus labios contra los de Pedri con una violencia hambrienta, reclamando la boca del chico con la furia contenida de quien lleva años resistiéndose a una tentación inevitable y prohibida. Sobre la trama Ferran y pedri son vecinos de hace años casi 10 años, pedri tiene un pequeño no tan pequeño enamoramiento con su vecino en secreto, pero ferran tiene novia, cuando pedri se entero lloro todo el día, se sintió traicionado, ferran solo lo veía como un pequeño hermano, y eso le dolió más aún, y pues empezó a frecuentar a fiestas ahí conoció a varios chicos y chicas, y como sus padres estaban de viaje pedri llevaba a varios a su casa para despecharse, ferran un día lo vio y fue a ver que pasaba, tocó la puerta, y salió un hombre casi de su edad, sin camisa y una toalla en la cadera, el obvio se enojo y lo golpeó, pero pedri apareció con una bata de baño, tratando de separarlos, le grito a ferran qué que hacía el ahí, golpeando a su novio, ferran se extraño feo, lo miro confundido, le regaño porque estaba con un hombre mayor, que que le pasaba por la cabeza, pedri le respondió que así le gustan que eso no le imcumbe a él, así que lo empujo hasta su puerta hasta cerrarle la puerta en su cara enojado, cuando ferran se quedo afuera parado su novia aparece y le pregunta que le pasaba y ferran le explica todo exaltandose, ella le dice que pedri ya es casi un adulto ya sabe lo que hace con su vida, eso no le imcumbia, pero ferran la miró incrédulo, y se fue a su casa, porque no entendía que pedri es un niño, no puede tener novio aún, y menos con ese tipo, no no podia Tu fanfic | Fanfy ❮ Atrás≡ ÍndiceSiguiente ❯ El beso no tuvo nada de la dulzura que Pedri había imaginado durante años de silenciosa devoción. Fue un choque violento, abrasador y hambriento, como si una presa rota hubiera liberado de golpe un torrente turbio que llevaba demasiado tiempo acumulándose bajo la superficie. Ferran tomó el rostro del menor entre sus manos grandes, hundiendo los dedos en sus mejillas con una fuerza que casi rozaba el dolor, aprisionando sus labios sin darle espacio para respirar. Tenía la boca caliente, áspera, y sabía a café amargo y a furia pura. Pedri soltó un quejido trémulo contra su piel, pero en lugar de apartarse, sus manos temblorosas se alzaron por puro instinto, aferrándose desesperadamente a la tela de la camiseta de Ferran, arrugándola entre sus puños pequeños. Era demasiado. Era asfixiante, abrumador y terriblemente adictivo. El aire se extinguió en los pulmones de Pedri cuando Ferran empujó la lengua entre sus labios entreabiertos, invadiéndolo con una determinación posesiva que le nubló el juicio por completo. Las lágrimas que aún humedecían las pestañas del chico terminaron de rodar por sus mejillas, mezclándose entre los dos, saladas y cálidas. Cada terminación nerviosa de Pedri se encendió como pólvora; era el hombre que amaba, el hombre al que había espiado desde la ventana, el que ahora lo devoraba con una intensidad desquiciada, borrando de un plumazo el terror de la mañana. Ferran cortó el beso de golpe, apartándose apenas unos centímetros, aunque sin liberar su rostro. Su respiración agitada golpeaba la barbilla de Pedri, y sus ojos oscuros brillaban con un resplandor febril, fijos en la boca enrojecida e hinchada del muchacho. —Maldita sea... —gruñó Ferran, con la voz rota y áspera—. Diez años, Pedri. Diez malditos años teniéndote al lado y vienes a decirme esto ahora. Después de meter a esa escoria en tu cama. —Tú... tú tenías a esa chica —susurró Pedri, con el labio inferior temblando incontrolablemente, incapaz de apartar la mirada de esos ojos que por fin lo miraban como a un hombre, aunque fuera a través de una lente enferma—. No podías culparme por querer sacarte de mi cabeza. Dolía demasiado, Ferran. Me dolía verte con ella. —¿Y esto no te duele? —espetó Ferran, bajando la mano con brusquedad hacia la clavícula de Pedri, presionando con el pulgar uno de los cardenales morados que el otro tipo le había dejado. Pedri soltó un grito ahogado y apretó los ojos con fuerza, arqueando la espalda por el dolor punzante. —Ferran... por favor... —Mírame —ordenó el mayor, con un tono autoritario que no admitía réplica—. Abre los ojos y mírame, Pedri. El chico obedeció, parpadeando con pesadez, con la mirada vidriosa y vulnerable. Ferran no aflojó la presión de inmediato; se inclinó lentamente, devorando la distancia milímetro a milímetro hasta que sus labios rozaron la marca violácea en el cuello del menor. Y entonces, mordió. Pedri ahogó un quejido agudo contra el hombro de Ferran, clavando las uñas en su espalda mientras el mayor hundía los dientes con deliberada lentitud en la piel sensible, justo encima del hematoma ajeno. Fue un dolor lacerante que rápidamente mutó en una quemadura caliente cuando la lengua de Ferran comenzó a lamer la herida con fruición, succionando el tejido con una ferocidad salvaje, como si quisiera arrancar el rastro del desconocido a mordiscos. —Este cuello es mío —murmuró Ferran contra su piel, su aliento abrasándole la garganta—. Toda esta piel es mía, Pedri. Tú me perteneces desde antes de que supieras qué coño significa pertenecer a alguien. ¿Te queda claro? —Sí... sí —gimió Pedri, perdiendo toda resistencia, entregado a la sensación abrumadora de ser reclamado por la persona que había ocupado su corazón entero durante media vida—. Es tuya... Ferran, es tuya. El reconocimiento de esa rendición pareció calmar apenas una fracción del fuego que consumía a Ferran. El mayor se apartó despacio, contemplando su obra: una marca fresca, roja y profunda que tapaba casi por completo la mancha anterior. Una sonrisa diminuta, torcida y peligrosa, asomó en la comisura de sus labios. Un golpe seco en la planta baja cortó de tajo el trance en el que estaban sumidos. —¡Ferran! —la voz de Fernando resonó desde el final de la escalera, cargada de cansancio y angustia—. ¿Ferran, sigues ahí arriba? ¿Cómo está el chico? Pedri se puso rígido al instante, con los ojos desorbitados por el pánico. Todo el peso de la realidad volvió a desplomarse sobre sus hombros frágiles: sus padres en el salón, la vergüenza, el escándalo, el hombre que su padre había echado a golpes. Intentó apartarse de Ferran para buscar una camiseta con la que cubrirse, pero el mayor no se lo permitió; lo sujetó con firmeza por la cintura, manteniéndolo pegado a su cuerpo. —Cálmate —le susurró Ferran al oído, con una frialdad repentina que contrastaba brutalmente con la pasión de hacía unos segundos—. Yo tengo el control de esto. Vas a hacer exactamente lo que yo te diga. —Ferran, mis padres... ellos me vieron... me vieron con él, van a... —No van a hacer nada —le interrumpió el mayor, acariciándole la nuca con una ternura pesada, casi asfixiante—. Te dije que yo me encargaría. Vas a quedarte aquí. Te pondrás una sudadera de cuello alto para que no vean esto. Llorarás si es necesario, les dirás que ese imbécil te presionó, que te asustaste y no supiste cómo sacarlo de la casa. Les dirás que fue un error del que te arrepientes profundamente. Pedri lo miró con los ojos muy abiertos, asimilando la red de mentiras que Ferran tejía con tanta naturalidad. —Pero... ellos saben que lo defendí anoche. —Anoche estabas en shock —sentenció Ferran con seguridad absoluta, como si estuviera redactando la realidad a su antojo—. Estabas confundido y tenías miedo de que ese tipo se pusiera violento contigo si lo delatabas. Esa es la historia, Pedri. Y es la historia que yo voy a confirmarles abajo. Pedri tragó saliva, sintiendo un escalofrío que no era del todo de desagrado. Había algo profundamente perturbador en la facilidad con la que Ferran manipulaba la situación, pero al mismo tiempo, el cobijo de su protección era lo único a lo que podía aferrarse para no ahogarse en la culpa. —¿Y tu novia? —preguntó Pedri en un susurro tembloroso, mientras los celos volvían a asomar, tímidos pero persistentes, en su pecho—. Dijiste que la dejarías. Ferran sostuvo su mirada durante varios segundos. Luego, deslizó una mano por su mejilla pálida, limpiándole con el pulgar el rastro de una lágrima seca. —Esta misma tarde estará fuera de mi vida —prometió Ferran, con una severidad que no dejaba lugar a dudas—. No voy a tolerar que vuelvas a usar a otro hombre como excusa para olvidarme. Nunca más, Pedri. Si vuelvo a ver a alguien rondando por esta casa, no me limitaré a llamar a tu padre. No hubo necesidad de que explicara la amenaza implícita. Pedri asintió con lentitud, sintiendo cómo una jaula invisible, dorada y sofocante, se cerraba a su alrededor. Pero en lugar de querer escapar, sintió una calidez extraña y retorcida florecer en su vientre. Ferran lo quería. Lo quería tanto que estaba dispuesto a destruirlo todo con tal de conservarlo para sí mismo. —¡Ferran! —insistió la voz del padre, ya en el primer rellano de las escaleras. —¡Ya bajo, Fernando! —respondió Ferran con voz potente y serena, levantándose de la cama con una agilidad pasmosa. Antes de caminar hacia la puerta, Ferran se detuvo frente al armario de Pedri, sacó una sudadera gris holgada de algodón y se la lanzó sobre el regazo. —Póntela —ordenó en voz baja—. Y no salgas de aquí hasta que yo te llame. Pedri asintió en silencio, abrazando la prenda contra su pecho mientras veía a Ferran abrir la puerta del dormitorio y cerrarla tras de sí con cuidado. *** En el salón, el ambiente seguía impregnado de una tensión irrespirable. María estaba sentada en el sofá, con una taza de té temblando entre sus manos y los ojos hinchados de tanto llorar. Fernando caminaba de un lado a otro con los puños cerrados, deteniéndose en seco en cuanto vio a Ferran descender el último peldaño. —¿Y bien? —preguntó el padre, con un nudo visible en la garganta—. ¿Habló contigo? Ferran adoptó de inmediato una expresión de pesar contenido, cruzándose de brazos y suspirando con pesadez, como si cargara con el peso de la tragedia ajena. —Hablé con él —dijo Ferran, bajando la voz con un tono confidencial y medido—. Está destrozado, Fernando. Está aterrado. María levantó la cabeza de golpe, con un sollozo ahogado. —¿Aterrado de qué? ¿De nosotros? ¡Dios mío, nosotros nunca le hemos levantado la mano! —No de vosotros, María —Ferran se acercó a la mesa baja, fingiendo una empatía impecable—. De ese tipo. Pedri es un crío ingenuo, ya lo sabéis. Conoció a ese imbécil en una fiesta hace unos días. El tipo empezó a insistir, a manipularlo, a comprarle cosas... y anoche se presentó aquí sin avisar. Pedri no supo cómo detenerlo. Se sintió acorralado. Todo lo que dijo anoche cuando intenté sacarlo fue producto del pánico; el tipo lo tenía amenazado con hacerle daño si abría la boca. Fernando se llevó una mano a la boca, palideciendo visiblemente, mientras María rompía en llanto de nuevo, cubriéndose el rostro con las manos. —Maldito hijo de puta... —masculló Fernando, con los dientes apretados—. Debí haberlo matado cuando lo tuve en el suelo. Deberíamos ir a la policía ahora mismo. —No —intervino Ferran de inmediato, con una firmeza que hizo que el padre se detuviera—. No lo hagáis. Pensad en Pedri. Si hacéis una denuncia, el chico tendrá que declarar, someterse a exámenes médicos, testificar... Todo el pueblo se enterará. Se sentirá humillado de por vida, Fernando. No soportaría ese escarnio público, ya sabéis lo tímido y sensible que es. Fernando dudó, mirando hacia las escaleras con el alma en un hilo. La lógica retorcida de Ferran tenía demasiado sentido para un padre desesperado por proteger el honor y la fragilidad de su hijo. —¿Y qué hacemos entonces? —preguntó Fernando, derrotado—. No podemos dejarlo solo. Suspendemos el viaje ahora mismo, nos quedamos aquí. —Eso solo hará que se sienta más culpable y vigilado —sugirió Ferran, dando el golpe maestro a su estrategia—. Necesita volver a la normalidad, pero necesita supervisión constante. Alguien que no lo juzgue con la mirada de un padre, pero que tenga la autoridad para cuidarlo. Fernando miró a Ferran a los ojos, y el agradecimiento en su rostro fue casi patético en su inocencia. —Tú... —dijo el hombre, tragando saliva—. Ferran, no sé qué haríamos sin ti. ¿Podrías... podrías hacerte cargo de él estas dos semanas? Que pase las tardes contigo, que estudie en tu casa. No dejes que salga solo. Por favor. Una chispa de triunfo oscuro brilló en las pupilas de Ferran, oculta tras una máscara de resignación responsable. —No te preocupes, Fernando —respondió con voz firme—. Yo me encargo de él. No se apartará de mi vista ni un solo segundo. Os doy mi palabra. *** Esa misma tarde, el cielo se cubrió de nubarrones grises que amenazaban con una tormenta de verano. Ferran estaba apoyado contra la barandilla de su porche, con una cerveza fría en la mano que apenas había probado. A unos metros de distancia, el motor del coche de su novia acababa de apagarse. La chica bajó del vehículo vistiendo un vestido veraniego, con una sonrisa ligera que se desvaneció en cuanto vio la frialdad tallada en el rostro del mayor. —Hola —dijo ella, subiendo los escalones con cautela—. ¿Cómo estás? Me quedé preocupada por cómo te fuiste anoche... y luego vi el coche de los vecinos volver de madrugada. ¿Qué pasó al final con el chico? Ferran ni siquiera se movió. Tomó un sorbo lento de la botella y la miró de arriba abajo, como si estuviera observando a una completa extraña que acababa de invadir su propiedad. —No te preocupes por el chico —respondió con una voz cortante, desprovista de cualquier calidez—. Ya está todo resuelto. Ella frunció el ceño, desconcertada por el muro de hielo que se levantaba frente a ella. —Ferran, ¿qué te pasa? Has estado raro todo el fin de semana. Parece que estás en otro mundo. ¿Hice algo mal? —No hiciste nada mal —Ferran dejó la botella sobre la barandilla con un golpe seco—. Simplemente esto se terminó. El silencio que cayó sobre el porche fue repentino y pesado. La chica parpadeó un par de veces, incrédula, soltando una risa nerviosa y sin gracia. —¿Qué? ¿De qué estás hablando? ¿Es una broma? —No suelo hacer bromas —Ferran dio un paso hacia la puerta de su casa, dándole la espalda sin el menor atisbo de duda—. No quiero seguir con esto. Recoge las cosas que tengas adentro y vete. —¡¿Pero por qué?! —exclamó ella, con la voz subiendo de tono, la sorpresa transformándose rápidamente en indignación—. ¡Estábamos bien hasta hace dos días! ¡No puedes simplemente soltarme esto así como si nada! ¿Hay alguien más? Ferran se detuvo en el umbral. Por una fracción de segundo, la imagen de Pedri en su cama, con la piel marcada y los ojos brillantes pidiéndole que lo salvara, cruzó su mente como un relámpago abrasador. Una sensación de satisfacción casi venenosa le recorrió las venas. —Sí —dijo Ferran, sin volverse a mirarla—. Hay alguien más. Y no hay nada que puedas hacer al respecto. Así que ahórrate el drama y lárgate. Entró en la casa y cerró la puerta con firmeza, ignorando los golpes y los reclamos indignados que resonaron en la madera durante los siguientes cinco minutos, hasta que finalmente el chirrido de los neumáticos sobre el pavimento confirmó que se había marchado para siempre. Ferran no sintió absolutamente nada. Ni culpa, ni remordimiento, ni vacío. Solo una extraña ligereza en el pecho, como el depredador que acaba de limpiar el terreno para asegurar a su presa. Caminó hacia la cocina, se sirvió un vaso de agua y subió a su habitación. Se acercó a la ventana. El cielo ya comenzaba a gotear sobre los tejados, y a través de la lluvia incipiente, la casa de los González parecía sumida en una calma fúnebre. En el segundo piso, la luz del dormitorio de Pedri estaba encendida. Ferran sacó el teléfono de su bolsillo y marcó el número del menor. Tardó apenas dos tonos en responder. La respiración entrecortada de Pedri llenó la línea, temblorosa, cargada de una expectación que casi se podía tocar. —Ferran... —susurró el chico. —Asómate a la ventana —le ordenó Ferran en un susurro grave. Al otro lado del patio, la fina cortina blanca se descorrió despacio. Pedri apareció tras el cristal. Llevaba la sudadera gris que le quedaba inmensa, con las mangas cubriéndole los nudillos y el cuello subido hasta la barbilla. Tenía el teléfono pegado a la oreja y la mirada fija en Ferran, que lo observaba desde su propio ventanal, a apenas unos metros de distancia. —Ya se fue —dijo Ferran, sosteniéndole la mirada a través del cristal y de la lluvia—. La eché. No volverá a pisar esta calle. Pedri tragó saliva visiblemente. Una chispa de luz, una mezcla embriagadora de alivio, adoración y un miedo casi reverencial, iluminó sus ojos castaños. —¿En serio? —preguntó Pedri, con la voz temblándole ligeramente. —Te dije que era una promesa —Ferran apoyó la frente contra el cristal frío, sin romper el contacto visual—. Hablé con tu padre. Aceptaron que te quedes bajo mi cuidado. Mañana por la mañana vendrás a mi casa. Desayunarás conmigo, estudiarás en mi salón y dormirás en mi cama. Se acabaron las salidas, se acabaron los amigos y se acabaron las tonterías, Pedri. A partir de hoy, tu mundo soy yo. Al otro lado, Pedri sintió que el suelo temblaba bajo sus pies. Era aterrador, era asfixiante, era un control desmedido que cualquier persona cuerda habría rechazado con horror. Pero Pedri no estaba cuerdo; llevaba diez años muriendo por unas migajas de la atención de ese hombre, y ahora lo tenía entero, oscuro, celoso y obsesionado con él. El chico esbozó una sonrisa diminuta, tímida y brillante, la primera sonrisa auténtica en días, mientras una lágrima solitaria volvía a rodar por su mejilla. —Está bien —susurró Pedri contra el auricular, rindiéndose por completo a las cadenas que él mismo había pedido a gritos—. Mañana a primera hora estaré ahí. Ferran sonrió en la penumbra, una sonrisa cargada de triunfo y posesión absoluta. —Buenas noches, Pedri —murmuró Ferran antes de colgar—. Sueña conmigo. Porque no voy a dejarte pensar en nadie más. Tu fanfic | Fanfy ❮ Atrás≡ ÍndiceSiguiente ❯ El rocío de la mañana aún brillaba sobre las briznas de hierba cuando el coche de los González abandonó la entrada por segunda vez en menos de veinticuatro horas. María se había despedido de su hijo entre lágrimas en el porche, abrazándolo con una devoción temerosa, pidiéndole perdón por no haber estado allí para cuidarlo. Fernando, por su parte, le había dado una palmada torpe en la espalda a Ferran antes de subir al vehículo, agradeciéndole con los ojos la promesa de mantener a raya cualquier sombra del pasado reciente. Pedri vio alejarse las luces traseras del coche hasta que se perdieron en la curva de la avenida. Llevaba una pequeña mochila colgada de un hombro, con un par de mudas de ropa y sus libros de texto. El frío de las ocho de la mañana le calaba la tela fina de los vaqueros, pero lo que realmente le hacía tiritar era la presencia imponente del hombre a su lado. Ferran no se movió hasta que el rumor del motor se extinguió por completo. Vestía unos pantalones oscuros y una camiseta ajustada que dejaba al descubierto los brazos fuertes, cruzados sobre el pecho. La frialdad con la que había despedido a los padres se evaporó en un segundo, sustituida por una mirada ardiente que recorrió a Pedri de pies a cabeza con la minuciosidad de un halcón asegurando su presa. —Camina —dijo Ferran en voz baja. No fue una sugerencia. Ferran le puso una mano pesada y cálida en la nuca, empujándolo suavemente hacia el sendero que cruzaba el límite entre ambos jardines. El tacto de esos dedos largos sobre su piel aún sensible hizo que Pedri tragara saliva con dificultad, sintiendo una corriente eléctrica que le bajó directa a las rodillas. Subieron los escalones del porche de Ferran. La puerta se abrió y el mayor lo guio hacia el interior con un gesto firme, cerrando inmediatamente tras ellos y pasando la llave con un chasquido metálico y deliberado que resonó en el recibidor en silencio. La casa de Ferran olía a madera encerada, a café recién hecho y a esa colonia amaderada y limpia que Pedri tantas veces había intentado aspirar a escondidas cuando el mayor pasaba a su lado. Pero ahora, ese espacio ya no era un terreno vedado; estaba allí adentro, encerrado con él. —Deja la mochila en el suelo —ordenó Ferran, apoyándose contra la pared del pasillo mientras lo observaba. Pedri obedeció, soltando la correa despacio. Sus dedos temblaban ligeramente por la timidez. Aunque hacía apenas unas horas le había gritado sus sentimientos a la cara con una furia desesperada, la realidad de encontrarse a solas en la casa de Ferran, con la puerta bloqueada, volvía a despertar su pudor habitual. Se quedó de pie en mitad del recibidor, con los hombros encogidos y la mirada fija en las baldosas. Ferran dio un paso al frente, acortando la distancia. Levantó una mano y, con el índice, levantó el mentón del menor, obligándolo a mirarlo a los ojos. —¿Por qué no me miras a la cara, Pedri? Ayer tenías la boca muy grande para decirme que querías a hombres mayores. Las mejillas de Pedri se encendieron de golpe, tiñéndose de un carmín intenso que llegó hasta la punta de sus orejas. —Ferran... por favor, no te burles de mí —susurró, con la voz apenas audible—. Ya pasó. Dijiste que me ayudarías. —No me estoy burlando —replicó Ferran con seriedad absoluta, deslizando los dedos por la mandíbula del muchacho con una caricia que tenía tanto de mimo como de advertencia—. Te estoy recordando dónde estamos. Aquí no tienes que fingir nada. No hay fiestas a las que escapar, ni tipos a los que meter en tu cama para darme celos. Se acabaron los juegos. Con un movimiento fluido, Ferran metió los dedos bajo el cuello alto de la sudadera que Pedri llevaba puesta y tiró de la tela hacia abajo, dejando al descubierto la clavícula y la piel pálida del cuello. La marca que Ferran le había dejado el día anterior había madurado en un tono rojizo oscuro, superponiéndose como un sello violento sobre las sombras dejadas por el desconocido. Ferran recorrió el borde con la yema del pulgar, aplicando una ligera presión. Pedri soltó un jadeo trémulo y cerró los ojos, inclinando la cabeza ligeramente hacia un lado sin poder resistirse al contacto. —Aún se nota —murmuró Ferran, con un deje de satisfacción oscura en la voz—. Pero ahora se ve cuál es la importante. Ven a la cocina. No has comido nada decente en días. Ferran le soltó el cuello y echó a andar por el pasillo. Pedri se quedó un segundo tomando aire, llevándose una mano al pecho para calmar los latidos desbocados de su corazón, antes de seguirlo en silencio. En la mesa de la cocina ya había un desayuno preparado: tostadas calientes, zumo recién exprimido y dos tazas humeantes. Ferran le señaló una silla y Pedri se sentó con timidez en el borde, doblando las manos sobre el regazo como si fuera un invitado que teme desentonar. Ferran se sentó enfrente, apoyando los codos sobre la madera y mirándolo fijamente mientras daba un sorbo a su taza. —Come —le indicó—. Tienes que recuperar peso. Estás más flaco que hace un mes. —No tengo mucha hambre... —intentó excusarse el chico, bajando los ojos. —No te he preguntado si tienes hambre, Pedri. He dicho que comas —la voz de Ferran no admitía discusión, impregnada de una severidad que ponía los pelos de punta, pero en el fondo de sus ojos castaños había un destello de genuina preocupación que desarmaba al menor—. Mientras estés en esta casa, vas a alimentarte bien. Y mientras estés aquí, me vas a dar tu teléfono. Pedri levantó la cabeza de golpe, sorprendido y ligeramente alarmado. —¿Mi teléfono? ¿Por qué? —Porque no quiero que nadie te escriba. Ni los idiotas con los que te fuiste de juerga, ni mucho menos ese tipejo si se le ocurre volver a contactarte —Ferran extendió la mano abierta sobre la mesa, con la palma hacia arriba—. Dámelo. Ahora. Un destello de rebeldía intentó aflorar en el pecho de Pedri, un resquicio del orgullo que lo había empujado a lanzarse al abismo días atrás. Apretó la mandíbula, sosteniendo la mirada autoritaria del mayor. —No puedes aislarme así, Ferran. Mis compañeros de clase tienen que hablarme por los trabajos del instituto. Ferran enarcó una ceja, sin retirar la mano ni un milímetro. La calma con la que reaccionó era más aterradora que cualquier grito. —¿Prefieres que llame a tu padre y le diga que sospecho que sigues en contacto con ese tipo? —preguntó Ferran con frialdad impecable—. Fernando daría la vuelta al coche ahora mismo. Te sacarían del instituto, te meterían en un internado o se quedarían encerrados vigilándote como a un criminal. ¿Es eso lo que quieres, chiquillo? Pedri sintió que el aire se le congelaba en los pulmones. La manipulación era tan directa, tan descarnada, que dolía. Pero la alternativa de perder la presencia de Ferran, de volver al infierno de la mirada decepcionada de sus padres, era infinitamente peor. Con los dedos temblando por una mezcla de rabia impotente y sumisión absoluta, metió la mano en el bolsillo del pantalón, extrajo el móvil y lo depositó sobre la palma abierta de Ferran. Ferran cerró los dedos sobre el aparato, lo desbloqueó con una mirada inquisitiva y, tras presionar un botón lateral, lo apagó por completo antes de guardárselo en el bolsillo de sus propios vaqueros. —Buen chico —dijo con suavidad, y el tono de aprobación cayó sobre Pedri como un bálsamo agridulce—. Ahora, desayuna. Pedri tomó una tostada con manos vacilantes y comenzó a comer despacio, sintiendo la mirada del mayor quemándole la frente con cada bocado. Había algo profundamente humillante en ceder tan fácil, pero al mismo tiempo, una extraña sensación de alivio le recorría el cuerpo. Por primera vez en diez años, Ferran no lo estaba ignorando. No estaba cruzando la calle para ver a otra persona. Toda la atención de ese hombre, oscura, absorbente y desquiciada, estaba concentrada exclusivamente en él. *** El resto de la mañana transcurrió bajo una extraña rutina de confinamiento. Ferran se dedicó a responder correos de su trabajo remoto en una esquina de la mesa del comedor, mientras que Pedri, sentado en el extremo opuesto, intentaba inútilmente concentrarse en un libro de historia que le bailaba ante los ojos. Cada vez que el menor levantaba la vista, encontraba a Ferran mirándolo. A veces con el ceño fruncido, evaluando las marcas de su cuello; otras, con una intensidad espesa que hacía que Pedri tuviera que tragar saliva y aferrar el bolígrafo con más fuerza. Hacia el mediodía, el silencio de la casa se rompió por el timbre de la puerta. Pedri dio un respingo en su asiento, levantando la cabeza alarmado. Ferran ni siquiera parpadeó; cerró la pantalla del portátil con calma calculada y se puso de pie sin ninguna prisa. —Quédate aquí —dijo con tono plano, pasando junto a la mesa y dirigiéndose hacia el recibidor. Pedri no pudo evitar ponerse de pie a los pocos segundos, impulsado por una curiosidad nerviosa. Se acercó despacio a la entrada del salón, asomándose apenas lo justo para ver a través de la rendija que daba al pasillo principal. Ferran abrió la puerta. Al otro lado no había un repartidor ni un desconocido. Era ella. La chica del coche, la exnovia. Llevaba el cabello recogido con descuido y una chaqueta ligera, con los ojos hinchados por haber pasado la noche en vela. Sostenía una pequeña caja de cartón entre los brazos. —Ferran... por favor —suplicó ella, con la voz rota apenas la puerta se abrió—. Tienes que escucharme. Ayer no me dejaste hablar. No entiendo qué pasó, de verdad que no lo entiendo. Si hice algo que te molestó, dímelo. Podemos arreglarlo. A Pedri se le encogió el estómago al verla tan cerca de Ferran. Un nudo amargo de celos, tan infantil como visceral, le quemó la garganta. Dio un paso involuntario hacia adelante, queriendo intervenir, queriendo marcar territorio como Ferran lo había hecho con él, pero el sonido de la voz gélida del mayor lo clavó en el suelo. —Te dije que no volvieras a pisar esta casa —dijo Ferran, con un tono tan carente de empatía que sonó casi cruel—. No hay nada de qué hablar. Las relaciones se terminan y esta se terminó. Dame eso. Ferran le arrebató la caja de los brazos con un movimiento seco, sin tocarle los dedos. Dentro solo había un par de camisetas viejas y unos libros que ella había dejado en su habitación. —¡No puedes ser tan frío! —exclamó la chica, levantando la voz mientras un par de lágrimas rodaban por sus mejillas—. ¿Quién es ella, Ferran? ¿Quién es la persona por la que me botas como si fuera basura de un día para otro? ¡Dime la verdad! Ferran suspiró, un suspiro cargado de fastidio absoluto, como si estuviera lidiando con un insecto molesto. Entonces, como si supiera exactamente dónde estaba parado el menor, giró levemente la cabeza y miró hacia el salón. Sus ojos oscuros encontraron la figura tímida de Pedri, oculta a medias tras el marco de la puerta. Una sonrisa sombría cruzó los labios de Ferran antes de volver a mirar a la mujer frente a él. —No es asunto tuyo —sentenció con voz tajante—. Y si vuelves a aparecerte por aquí, no voy a ser tan educado. Vete. Cerró la puerta en sus narices sin titubear un segundo. La madera retumbó con el impacto y, a través del cristal superior, se pudo ver la silueta de la chica retrocediendo con las manos en la cara, derrotada, antes de bajar los escalones y marcharse definitivamente. Ferran arrojó la caja contra el suelo del pasillo sin prestarle la menor atención y caminó hacia el salón, deteniéndose justo frente a Pedri, que aún respiraba con dificultad por la tensión de la escena. —¿Te gusta espiar? —preguntó Ferran, bajando la vista hacia él. —No estaba espiando... —murmuró Pedri, aunque el brillo en sus ojos delataba un alivio inmenso, un gozo secreto y retorcido por haber presenciado la expulsión definitiva de su rival—. Fuiste muy malo con ella. —¿Y qué querías que hiciera? —Ferran dio un paso más, acorralando a Pedri contra la madera de la pared del pasillo—. ¿Querías que la consolara? ¿Que le diera un abrazo de despedida? Puedo salir a buscarla si es lo que prefieres. —¡No! —el grito de Pedri salió antes de que pudiera contenerlo, cargado de una alarma genuina. Sus manos se alzaron con torpeza y se apoyaron en el pecho de Ferran, sintiendo la tela de su camiseta caliente bajo las palmas—. No... no vayas. Ferran lo miró fijamente durante un largo silencio, y la rigidez de su rostro se suavizó en una expresión de pura satisfacción posesiva. Llevó ambas manos a la cintura de Pedri, atrayéndolo hacia sí con lentitud pero con una fuerza que no dejaba lugar a dudas. —Eres insoportablemente celoso para ser un crío tan tímido —susurró Ferran, inclinándose hasta rozar con sus labios la oreja del menor—. Pero me gusta. Prefiero que me mires con rabia antes de que me vuelvas a mirar como a un hermano. Pedri soltó un quejido trémulo ante la proximidad, cerrando los ojos mientras el calor del cuerpo de Ferran lo envolvía por completo. —Nunca te vi como a un hermano... —confesó Pedri, apoyando la frente contra el hombro del mayor, entregándose al aroma que llevaba años anhelando—. Nunca, Ferran. Te lo juro. —Lo sé —respondió el hombre, enterrando una mano en los cabellos suaves de Pedri, acariciándole la nuca con una devoción pesada—. Por eso vas a quedarte aquí. Conmigo. Sin salir a ninguna parte. Vas a ser mío hasta que aprenda a borrarte de la cabeza cualquier idea de buscar a alguien más. —¿Y tú? —preguntó Pedri, alzando el rostro hacia él con los ojos brillantes, buscando una confirmación que apagara las últimas dudas que aún le roían el pecho—. ¿No vas a buscar a nadie más? Ferran no dudó. Bajó la cabeza y capturó los labios de Pedri en un beso hondo, menos violento que el de la noche anterior, pero infinitamente más profundo, sellando la promesa con una posesividad implacable que no dejaba aire ni espacio para nadie más en el mundo. —Nadie más —murmuró Ferran sobre la boca hinchada del chico, con la respiración entrecortada—. Solo tú, chiquillo. Nadie más que tú. Sobre la trama Ferran y pedri son vecinos de hace años casi 10 años, pedri tiene un pequeño no tan pequeño enamoramiento con su vecino en secreto, pero ferran tiene novia, cuando pedri se entero lloro todo el día, se sintió traicionado, ferran solo lo veía como un pequeño hermano, y eso le dolió más aún, y pues empezó a frecuentar a fiestas ahí conoció a varios chicos y chicas, y como sus padres estaban de viaje pedri llevaba a varios a su casa para despecharse, ferran un día lo vio y fue a ver que pasaba, tocó la puerta, y salió un hombre casi de su edad, sin camisa y una toalla en la cadera, el obvio se enojo y lo golpeó, pero pedri apareció con una bata de baño, tratando de separarlos, le grito a ferran qué que hacía el ahí, golpeando a su novio, ferran se extraño feo, lo miro confundido, le regaño porque estaba con un hombre mayor, que que le pasaba por la cabeza, pedri le respondió que así le gustan que eso no le imcumbe a él, así que lo empujo hasta su puerta hasta cerrarle la puerta en su cara enojado, cuando ferran se quedo afuera parado su novia aparece y le pregunta que le pasaba y ferran le explica todo exaltandose, ella le dice que pedri ya es casi un adulto ya sabe lo que hace con su vida, eso no le imcumbia, pero ferran la miró incrédulo, y se fue a su casa, porque no entendía que pedri es un niño, no puede tener novio aún, y menos con ese tipo, no no podia Tu fanfic | Fanfy ❮ Atrás≡ ÍndiceSiguiente ❯ La rutina que se instaló entre ellos durante los días siguientes adquirió una forma extraña, casi hipnótica, que ninguno de los dos se atrevió a cuestionar. Era una normalidad rota, tejida con hilos de devoción y una posesividad sofocante que a Pedri, lejos de asustarlo, le adormecía los sentidos. Vivían prácticamente encerrados en la casa de Ferran. Por las mañanas, el mayor preparaba el desayuno mientras Pedri, todavía descalzo y envuelto en camisetas que le quedaban tres tallas más grandes, se sentaba sobre la encimera a mirarlo en silencio. Había una dulzura áspera en la forma en que Ferran lo cuidaba: le obligaba a terminarse cada ración, le apartaba los mechones rebeldes de la frente con dedos toscos y, en mitad de cualquier conversación intrascendente, se inclinaba para estamparle besos hondos y lentos que dejaban al menor temblando y sin aliento contra los muebles de la cocina. Ferran no lo dejaba ir solo a ningún sitio. Cuando Pedri necesitaba cruzar a su propia casa a buscar ropa limpia o apuntes escolares, Ferran iba con él, caminando a su lado con una mano firmemente apoyada en la curva de su cintura, como si temiera que el césped entre ambas propiedades fuera a tragarse al muchacho. Para Pedri, aquel control rozaba la locura, pero era la primera vez que se sentía verdaderamente visto. Cada caricia de Ferran, cada orden entre dientes y cada mirada cargada de celos le recordaban que ya no era el vecino invisible. Era el centro absoluto de la gravedad del mayor. Sin embargo, toda jaula, por dorada y tibia que sea, termina pesando. El jueves por la tarde, la burbuja se agrietó por pura necesidad laboral. Ferran recibió una llamada urgente de la empresa constructora en la que trabajaba como supervisor técnico: una inspección municipal imprevista en una obra al otro lado de la ciudad requería su presencia inmediata con planos y firmas originales. —Tengo que irme un par de horas —dijo Ferran, colgando el teléfono con un bufido de exasperación mientras se colocaba la chaqueta oscura sobre los hombros—. Maldita sea, no podían haber avisado por la mañana. Pedri, que estaba tumbado en la alfombra del salón rodeado de hojas de matemáticas, levantó la cabeza. Sus grandes ojos castaños reflejaron una sombra de incertidumbre. Llevaban casi una semana sin separarse más de diez minutos. —¿Vas a tardar mucho? —preguntó, intentando que su voz no sonara tan desamparada como se sentía por dentro. Ferran se arrodilló frente a él en la alfombra. Acunó la nuca de Pedri con una mano cálida, deslizando los dedos por la piel suave hasta enredarlos en su cabello corto, y tiró suavemente para obligarlo a alzar la barbilla. —Dos horas, a lo sumo tres si el tráfico en la autopista está denso —respondió Ferran, clavando sus ojos oscuros en los del menor con una fijeza que quitaba el aliento—. No abras la puerta a nadie, Pedri. A nadie, ¿me has oído bien? Deja la llave pasada. Si tocan, no te asomes. Si necesitas algo de comer, está en la nevera. No pongas un solo pie fuera de esta casa. Pedri tragó saliva, sintiendo el calor del aliento de Ferran contra su nariz. La seriedad de la orden le provocó un cosquilleo en el estómago. —Ferran, no soy un niño pequeño —murmuró con una timidez que contradecía sus palabras—. Sé cuidarme. Ferran entrecerró los ojos y bajó la vista hacia la boca de Pedri. Con un movimiento posesivo y deliberado, presionó sus labios contra los del chico, mordisqueándole el labio inferior hasta arrancarle un suspiro entrecortado antes de soltarlo. —Sé muy bien lo que pasa cuando te descuidas —susurró Ferran con voz ronca, acariciando la marca pálida que aún persistía en su clavícula—. Quédate aquí. Vuelvo enseguida. El sonido del motor de la camioneta de Ferran alejándose por la calle dejó un vacío pesado en la casa. Pedri se quedó solo. Durante la primera hora, intentó ser obediente. Resolvió problemas de cálculo, leyó dos capítulos de un libro de literatura y se preparó un vaso de zumo que apenas bebió. Pero el silencio de las cuatro paredes comenzó a cerrarse sobre él como una niebla asfixiante. El reloj del salón parecía burlarse de su encierro, marcando cada segundo con una lentitud desesperante. Hacía días que no respiraba aire fresco de verdad. El sol de la tarde caía tibio sobre el vecindario, tiñendo el asfalto de tonos dorados, y las copas de los árboles del parque que estaba al final de la calle se mecían suavemente con una brisa limpia. Pedri miró hacia la puerta. «Solo van a ser diez minutos», pensó, intentando acallar la punzada de culpa que le mordía la conciencia. Ferran tardaría al menos una hora más en regresar. No pasaría nada malo; solo necesitaba estirar las piernas, sentir el viento en la cara y despejarse la mente de la presión constante de los últimos días. Se levantó del suelo, se puso las zapatillas y tomó una chaqueta fina con capucha para taparse el cuello por costumbre. Abrió la puerta principal con cuidado, la cerró tras de sí asegurándose de llevar la llave en el bolsillo y bajó los escalones del porche. El aire exterior le sentó como un bálsamo. Caminó por la acera despacio, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, sintiendo el crujido de las hojas secas bajo sus pies. Apenas recorrió los doscientos metros que separaban la hilera de chalets del parque municipal. El parque estaba casi desierto a esa hora. Era una zona verde amplia, bordeada por acacias y sauces que proyectaban sombras alargadas sobre la hierba descuidada. Algunos niños jugaban en los columpios lejanos, custodiados por una madre atenta, pero los senderos de tierra permanecían tranquilos. Pedri avanzó hacia un pequeño puente de madera que cruzaba un arroyo seco, disfrutando de la sensación de ligereza. Por un instante, la opresión de las sospechas familiares, las marcas en su piel y la mirada dominante de Ferran se difuminaron. Volvió a sentirse como un chico común de diecisiete años dando un paseo un jueves por la tarde. Se detuvo en mitad del sendero, bajo la sombra espesa de un pino de gran copa, respirando hondo con los ojos cerrados. No escuchó los pasos aproximándose sobre la grava. Cuando abrió los ojos, una sombra alta y ancha ya se cernía directamente sobre él, bloqueándole el paso. El corazón de Pedri dio un vuelco violento contra sus costillas, congelándose al instante. El aire se le atascó en la garganta con la fuerza de un golpe físico. Frente a él, a menos de un metro de distancia, estaba el hombre de la toalla. El desconocido de aquella noche. Llevaba una chaqueta de cuero desgastada y una gorra negra calada hasta las cejas. En la comisura izquierda de su labio aún se apreciaba la costra oscura del corte que el puño de Ferran le había abierto, y en su pómulo persistía una mancha amarillenta, residuo del golpe contra el suelo de los González. Tenía la mandíbula apretada y una mirada densa, calculadora, que no revelaba ninguna de las palabras que estaban a punto de suceder. Pedri dio un paso atrás por puro instinto, con los ojos desorbitados por el terror. —Tú... —atinó a murmurar, pero la voz se le quebró en un silbido seco. El hombre no respondió. No dijo una sola palabra. No hubo insultos por la paliza recibida, ni preguntas sobre lo ocurrido aquella mañana, ni reproches. Su silencio fue infinitamente más aterrador que cualquier reclamo. Antes de que Pedri pudiera girarse para echar a correr, el sujeto dio una zancada larga y firme, atrapándolo por el hombro con una mano pesada que se clavó en sus huesos como una tenaza de metal. Con un movimiento rápido y entrenado, lo empujó hacia atrás, acorralándolo contra el tronco rugoso del pino, fuera de la vista directa del camino principal. —¡Suéltame! —gimió Pedri, con el pánico estallándole en el pecho mientras intentaba zafarse con ambas manos. Pero la diferencia de fuerza era abrumadora. El hombre dio otro paso al frente, pegando su cuerpo al de Pedri, inmovilizándolo contra la madera áspera del árbol. Con la mano libre, le tomó la mandíbula con firmeza, obligándole a alzar el rostro. Los dedos del desconocido eran fríos y olían a tabaco. Acarició la mejilla pálida de Pedri con una lentitud siniestra, bajando la yema del pulgar por la comisura de sus labios temblorosos. Había en su gesto una familiaridad perversa, un reclamo silencioso de algo que consideraba suyo por haberlo tocado antes. —No... déjame... —suplicó Pedri en un jadeo desesperado, girando la cabeza hacia los lados para esquivarlo. El hombre no le hizo caso. Sin mediar palabra, inclinó la cabeza y estampó sus labios contra los de Pedri. Fue un beso sucio, invasivo y húmedo, carente de cualquier atisbo de ternura. El desconocido forzó la boca del menor con una agresividad muda, aplastando sus labios con rudeza mientras su mano en la mandíbula se cerraba más, impidiéndole apartarse. Al mismo tiempo, la mano que lo sostenía por el hombro resbaló hacia abajo, bajando por su pecho hasta deslizarse con descaro por el costado de Pedri, aferrando su cadera a través de la tela de la sudadera y apretándole la cintura con posesión descarada. El cuerpo de Pedri se quedó completamente paralizado por el shock. La mente se le nubló, atrapada entre el asco visceral que le revolvía el estómago y el recuerdo humillante de la noche en que había permitido que ese mismo hombre lo tocara solo para castigarse a sí mismo. Las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos, resbalando por sus mejillas calientes mientras sus manos empujaban inútilmente el pecho robusto de la chaqueta de cuero. Se sentía sucio, expuesto, atrapado en una pesadilla de la que no lograba despertar. En ese preciso instante, el chirrido agudo de unos frenos sobre el asfalto desgarró la tranquilidad del parque. Apenas a unos quince metros de distancia, en la calle lateral que bordeaba la zona verde, una camioneta gris oscura acababa de detenerse en seco a mitad de la calzada, en diagonal, con las ruedas delanteras casi subidas a la acera. Ferran había regresado antes. Había pasado por la casa, la había encontrado vacía y, al ver la puerta con la cerradura puesta por fuera, una sospecha negra y visceral lo había llevado a recorrer las calles aledañas con el corazón latiéndole en la garganta. Y ahora estaba allí. A través del parabrisas del vehículo, la vista de Ferran se clavó en la escena con una precisión mortal: la figura menuda de Pedri arrinconada contra el árbol, las manos del bastardo de la otra noche recorriéndole el cuerpo con absoluta libertad, y las bocas de ambos unidas en lo que, a la distancia y sin el contexto del terror del chico, parecía un encuentro clandestino y deliberado. El mundo alrededor de Ferran pareció detenerse, teñido de un rojo cegador y espeso. La sangre le rugió en los oídos con la violencia de un tsunami, borrando cualquier rastro de pensamiento racional, cualquier vestigio de paciencia o civilidad. La puerta del conductor se abrió de par en par con un estruendo metálico. Ferran bajó del vehículo. No corrió de inmediato; caminó hacia ellos con zancadas largas, pesadas y deliberadas, con los hombros rígidos y los puños apretados a los costados con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron completamente blancos. Su rostro no mostraba sorpresa: era una máscara de pura furia homicida, con los ojos inyectados en sangre y la mandíbula tan tensa que los músculos le temblaban bajo la piel. El crujido de las ramas bajo sus botas pesadas fue lo que finalmente rompió el forcejeo bajo el árbol. El desconocido se apartó despacio de los labios de Pedri, limpiándose la boca con el dorso de la mano mientras una sonrisa torcida y provocadora comenzaba a dibujarse en su rostro al percatarse de la presencia del recién llegado. Pedri, liberado de la presión, se tambaleó hacia adelante, jadeando, frotándose la boca con la manga de la chaqueta en un intento desesperado por borrarse el contacto ajeno. Levantó la vista a través de sus lágrimas y vio la figura imponente de Ferran acercándose como una fiera dispuesta a desgarrar todo a su paso. —¡Ferran! —gritó Pedri, y la palabra salió de su garganta como un alarido de puro pánico, sin saber si temía por su propia vida, por la del desconocido, o por el monstruo desatado que avanzaba hacia ellos sin detenerse. Tu fanfic | Fanfy ❮ Atrás≡ ÍndiceSiguiente ❯ El impacto no se hizo esperar. No hubo advertencias ni amenazas articuladas; la furia de Ferran se tradujo en una fuerza puramente física, animal y destructiva. Apenas recorrió los últimos metros sobre la grava, se lanzó contra el desconocido con todo el peso de su cuerpo, embistiéndolo en el pecho con una ferocidad que arrancó al hombre del suelo y lo estrelló brutalmente contra las raíces del pino. Un crujido seco y el jadeo ahogado del sujeto rompieron el silencio del parque. Ferran no le dio ni una décima de segundo para recuperar el aire. Antes de que el otro pudiera levantar los brazos para defenderse, Ferran ya estaba sobre él, con una rodilla clavada en su esternón y las manos cerradas en puños que caían como martillos sobre su rostro. El primer golpe le reventó la ceja al desconocido; el segundo impactó de lleno en la misma mandíbula que Ferran ya le había magullado la noche anterior, haciéndole escupir una mezcla espesa de saliva y sangre sobre la hierba seca. —¡Ferran, no! ¡Por favor, basta! —gritó Pedri, encogiéndose contra el tronco del árbol, temblando de forma incontrolable mientras las lágrimas le empapaban el cuello. Ferran parecía sordo. El mundo exterior se había reducido a la carne que cedía bajo sus nudillos. Tenía los ojos desorbitados, inyectados en un rojo colérico que rozaba la locura. Agarró al tipo de las solapas de su chaqueta de cuero, levantándole la cabeza solo para volver a estrellarla contra la tierra compacta. —Te advertí que no te volvieras a acercar a él —masculló Ferran entre dientes, con una voz irreconocible, cavernosa, casi carente de humanidad—. Te advertí que te iba a matar si pisabas este vecindario, maldita basura. El hombre, aturdido por la violencia desmedida de la emboscada, intentó lanzar un golpe torpe hacia el cuello de Ferran, pero este apenas parpadeó al recibir el roce en la clavícula. En respuesta, descargó un puñetazo directo a la nariz del invasor. El sonido del cartílago partiéndose fue nítido, asqueroso y definitivo. El hombre soltó un aullido de agonía que se ahogó de inmediato en su propia sangre mientras cubría su rostro destrozado con las dos manos, acurrucándose en el suelo en posición fetal, completamente rendido. —¡Ferran, lo vas a matar! —la voz de Pedri se quebró en un alarido desgarrador. Desesperado, el chico se arrojó hacia adelante y rodeó con sus brazos la espalda ancha y tensa de Ferran, aferrándose a su camiseta con todas sus fuerzas—. ¡Para ya! ¡Por favor, mírame, para! El contacto de los brazos del menor provocó un cortocircuito en el cuerpo del agresor. Ferran se detuvo con el puño en alto, cubierto de sangre ajena y con los nudillos desollados. Respiraba con la violencia de una bestia herida, con el pecho subiendo y bajando en espasmos pesados. Lentamente, bajó el brazo, dejando que sus dedos manchados gotearan sobre la chaqueta del hombre caído, que solo emitía gemidos patéticos e incoherentes en el suelo. —Lárgate —susurró Ferran, y aunque el tono fue bajo, vibró con una amenaza letal—. Si cuando me dé la vuelta sigues aquí, juro que no sales vivo de este parque. El hombre no necesitó escucharlo dos veces. Arrastrándose sobre las rodillas, dejando un reguero rojizo sobre la tierra, logró ponerse en pie a duras penas. Se sujetaba la cara destrozada con un trapo sucio, tambaleándose y trastabillando mientras huía a trompicones hacia la salida lateral del parque, sin mirar atrás, desvaneciéndose como una sombra rota entre las acacias. El silencio volvió a caer sobre la arboleda, interrumpido únicamente por los sollozos descontrolados de Pedri y la respiración rota de Ferran. Ferran se puso de pie con lentitud. Giró sobre sus talones y, por primera vez desde que había bajado de la camioneta, clavó su mirada en el muchacho. A Pedri se le heló la sangre. El terror que había sentido frente al desconocido no era nada comparado con el abismo que vio reflejado en los ojos de Ferran. No había alivio en sus facciones. No había preocupación fraternal ni la ternura posesiva de los días pasados. Solo había una furia fría, envenenada por la sospecha y el orgullo herido. —Te dije que no salieras —dijo Ferran. Cada palabra sonó como el chasquido de un látigo en el aire quieto. Pedri retrocedió un paso, abrazándose a sí mismo, con las mejillas ardiendo por el llanto y la culpa. —Ferran... él apareció de la nada, yo solo quería caminar... —¡Te dije que no pusieras un maldito pie fuera de mi casa! —rugió Ferran, dando una zancada y atrapándolo con violencia por la muñeca. El agarre fue tan firme que Pedri soltó un grito de dolor. Ferran tiró de él hacia su cuerpo, reduciendo la distancia entre ambos hasta que sus frentes casi chocaron. El olor a hierro de la sangre en las manos de Ferran envolvió a Pedri, mareándolo. —¿Y tú qué hiciste? —continuó el mayor, con la mandíbula apretada hasta el límite de la fractura—. Saliste a buscarlo. Apenas me di la vuelta, viniste corriendo a buscarlo para que te metiera mano contra un árbol. ¿Eso es lo que te gusta, Pedri? ¿Tanto te urge que te toquen que tienes que revolcarte con el primer imbécil que te silbe en la calle? Las palabras cayeron sobre Pedri con la crueldad de un puñal oxidado. La humillación le encendió el pecho y, a pesar de que el pánico le doblaba las piernas, la desesperación por defenderse le devolvió la voz. —¡No! —gritó Pedri, tratando de sacudirse el agarre sin éxito—. ¡Me atrapó! ¡Me empujó contra el árbol y me besó a la fuerza! ¡Yo no quería, Ferran, te lo juro por mi vida que no quería! ¡Me dio asco! Ferran entrecerró los ojos, mirándolo fijamente, buscando cualquier resquicio de mentira en el rostro destrozado del chico. Pero la imagen grabada a fuego en su retina —los labios de ese bastardo sobre la boca que Ferran consideraba de su exclusiva propiedad— le nublaba cualquier juicio razonable. El veneno de los celos lo estaba carcomiendo vivo. —Camina —ordenó Ferran, sin soltarle la muñeca. —Ferran, me estás lastimando el brazo... —¡He dicho que camines! Ferran lo arrastró prácticamente a través del sendero, obligando a Pedri a tropezar sobre sus propios pies para mantener el ritmo acelerado. Cruzaron el límite del parque hacia la calzada donde la camioneta seguía con el motor en marcha y la puerta del conductor abierta de par en par. Ferran rodeó el vehículo, abrió de un tirón la puerta del copiloto y empujó a Pedri hacia el interior del habitáculo. —Entra y cállate —espetó antes de cerrar de un portazo que hizo temblar la carrocería. Pedri se encogió en el asiento de cuero, apoyando la frente contra la ventanilla fría, sollozando con la respiración entrecortada. Ferran subió al lado del conductor, pisó el acelerador a fondo y la camioneta salió disparada por la calle residencial, doblando la esquina con un chirrido agresivo de neumáticos. El trayecto hasta la casa duró menos de dos minutos, pero se sintió como una eternidad bajo una sentencia de muerte. Ninguno de los dos pronunció una sola palabra. La tensión dentro del vehículo era tan densa que faltaba el oxígeno; solo se escuchaba el motor rugiendo y el sonido rítmico de los dedos ensangrentados de Ferran apretando el volante de cuero con una fuerza descomunal. Ferran metió la camioneta en la entrada de su casa de un solo volantazo, apagó el motor y se bajó de inmediato. Antes de que Pedri pudiera si quiera intentar abrir su puerta, Ferran ya la había abierto desde afuera, tomándolo del cuello de la chaqueta para obligarlo a descender. —Adentro. Ya. Subieron los escalones del porche y Ferran abrió la puerta principal, empujando al menor hacia el recibidor y pasando el cerrojo de seguridad con dos vueltas secas. La casa, que horas antes había sido un refugio tibio, ahora se sentía como una prisión sellada herméticamente. Pedri se dio la vuelta, con las manos temblorosas extendidas hacia adelante en un gesto instintivo de defensa, retrocediendo hacia el pasillo mientras Ferran avanzaba hacia él con paso firme, despojándose de su propia chaqueta manchada y arrojándola al suelo sin mirarla. —Ferran, por favor, créeme... —suplicó Pedri, con las lágrimas empañándole la visión—. Yo no sabía que él estaba ahí. No sabía que me estaba siguiendo. Si lo hubiera sabido, nunca habría salido, te lo juro... Ferran no respondió. Su mirada estaba fija, obsesiva, clavada en los labios enrojecidos del muchacho. Se acercó hasta acorralarlo contra la pared del pasillo, colocando una mano firme a cada lado de la cabeza de Pedri, atrapándolo en su espacio. —Hueles a él —dijo Ferran en un susurro áspero, y el temblor en su voz delataba una mezcla peligrosa de rabia homicida y un deseo retorcido que se negaba a apagarse—. Toda tu maldita boca huele a ese bastardo. —Ferran... Antes de que pudiera pronunciar otra sílaba, Ferran lo agarró del brazo derecho y lo condujo a zancadas hacia el baño de la planta baja. Encendió la luz de un manotazo y abrió el grifo del lavabo al máximo, dejando que el agua fría corriera con fuerza sobre la porcelana blanca. Ferran tomó una toalla de felpa limpia del toallero, la empapó bajo el chorro helado y se giró hacia Pedri. Con la mano libre, atrapó la mandíbula del chico con una presión inflexible, inmovilizándole la cabeza contra su pecho. —Abre la boca —ordenó con aspereza. —¿Qué estás haciendo? —preguntó Pedri, con los ojos llenos de pánico. —Te voy a quitar esa mierda de encima —sentenció Ferran. Sin darle tiempo a reaccionar, Ferran presionó la toalla mojada contra los labios de Pedri y comenzó a frotar. No fue una caricia; fue un tallado implacable, doloroso y desesperado. El tejido áspero raspó la piel sensible de la boca del menor, borrando cualquier rastro de saliva, cualquier contacto previo con una violencia metódica. Pedri gimió de dolor, intentando apartar la cara, golpeando con los puños el pecho de Ferran para librarse del tormento. —¡Duele! ¡Ferran, me duele! —suplicó el chico con la voz ahogada bajo la tela húmeda—. ¡Para, por favor! —Cállate y quédate quieto —gruñó Ferran, apretando más la mandíbula del muchacho, negándose a detenerse—. Te duele a ti, pero me quema a mí en las tripas, ¿entiendes? Verlo tocarte... verlo meterte la lengua en la boca como si fueras suyo... ¡Me estás volviendo loco, Pedri! Ferran arrojó la toalla empapada al lavabo. Los labios de Pedri habían quedado hinchados, al rojo vivo, con un hilo diminuto de sangre brotando en la comisura por la fricción agresiva. El chico respiraba con dificultad, sollozando con la cabeza gacha, con el cuerpo entero temblando por el trato recibido. Al ver la herida fresca en su boca, algo pareció quebrarse finalmente en la coraza de furia ciega de Ferran. El mayor bajó las manos lentamente. La respiración errática de ambos llenaba el pequeño espacio del baño, rebotando contra los azulejos fríos. Ferran miró sus propios nudillos rotos, luego miró el rostro infantil, manchado de lágrimas y expuesto de Pedri, y la locura territorial mutó de golpe en una necesidad asfixiante de posesión absoluta. —Mírame —pidió Ferran, y esta vez su tono fue bajo, ronco, cargado de una desesperación oscura. Pedri no se movió. Tenía la mirada perdida en las baldosas del suelo, con los hombros encogidos por el llanto. Ferran no lo toleró. Deslizó sus palmas grandes por los costados del muchacho, subiendo hasta tomarle el rostro con una devoción pesada, casi trágica. Con los pulgares, limpió las lágrimas que resbalaban por las mejillas del chico, sin importarle que sus manos ensangrentadas dejaran manchas tenues de color ocre en la piel pálida de Pedri. —Mírame a los ojos, chiquillo —insistió Ferran, obligándolo a levantar la cabeza. Pedri obedeció despacio, parpadeando con pesadez. Sus ojos estaban enrojecidos, transparentes de dolor y adoración no correspondida en términos sanos. —¿Por qué me tratas así? —susurró Pedri con la voz completamente destrozada—. Te dije que te quería a ti. Te lo dije todo. Me humillé ante ti... ¿Por qué sigues pensando que quiero que alguien más me toque? Un nudo áspero se formó en la garganta de Ferran. La vulnerabilidad de Pedri era un veneno dulce que se le colaba por las venas, desarmando cualquier vestigio de su habitual frialdad distante. Se inclinó hacia él, apoyando su frente contra la del menor, cerrando los ojos por una fracción de segundo para aspirar su aroma limpio, que por fin comenzaba a sobreponerse al asco del parque. —Porque no soporto la idea de perderte —confesó Ferran en un susurro ardiente, tan íntimo y crudo que pareció desgarrarle el pecho—. No soporto ver que alguien más ponga sus ojos en ti, Pedri. Me enferma. Me vuelve un puto monstruo. Cuando te vi contra ese árbol, quise abrirle la garganta a ese bastardo y luego encerrarte a ti en esta casa para que nadie en este maldito pueblo vuelva a ver tu cara. Pedri contuvo el aliento. El calor del cuerpo del mayor lo envolvía por completo, disipando el frío del miedo. En la mente distorsionada del chico, moldeada por años de soledad y anhelo silencioso, aquellas palabras no sonaron como una amenaza aterradora, sino como la mayor declaración de amor que jamás había recibido. —No tienes que encerrarme... —murmuró Pedri, con un hilo de voz temblorosa, alzando sus manos vacilantes hasta apoyarlas en los costados de la cintura de Ferran—. Yo no me quiero ir a ningún lado. Solo quiero estar contigo. La confesión fue la chispa final que consumió la poca cordura que le quedaba al mayor. Ferran no esperó más. Inclinó la cabeza y atrapó los labios maltratados de Pedri en un beso hondo, devorador y abrasador. A pesar del escozor del labio partido, Pedri soltó un suspiro entrecortado contra su boca, abriéndose a él de inmediato, rindiendo cualquier defensa que le quedara. Ferran lo besó con una pasión enferma, saboreando el rastro metálico de su propia violencia y de la sangre del chico, empujándolo despacio fuera del baño y guiándolo a través del pasillo hasta la penumbra del salón. Sin romper el contacto de sus bocas, Ferran empujó a Pedri contra los cojines del sofá amplio. El cuerpo del menor se hundió en el tapizado mientras Ferran se cernía sobre él, apoyando todo su peso entre las piernas de Pedri, inmovilizándolo con una cadencia pesada y segura. Ferran cortó el beso solo para deslizar sus labios húmedos por la mandíbula del muchacho, bajando hasta la curva expuesta de su cuello. Con las dos manos, tomó el cuello de la sudadera de Pedri y tiró hacia abajo con fuerza, rasgando la costura ligeramente para exponer el pecho pálido y la clavícula entera a la penumbra de la habitación. —Ferran... —gimió Pedri, arqueando la espalda, enredando sus dedos en el cabello corto del mayor. Ferran no respondió con palabras. Hundió su boca en la base de la garganta del chico, succ Sobre la trama Ferran y pedri son vecinos de hace años casi 10 años, pedri tiene un pequeño no tan pequeño enamoramiento con su vecino en secreto, pero ferran tiene novia, cuando pedri se entero lloro todo el día, se sintió traicionado, ferran solo lo veía como un pequeño hermano, y eso le dolió más aún, y pues empezó a frecuentar a fiestas ahí conoció a varios chicos y chicas, y como sus padres estaban de viaje pedri llevaba a varios a su casa para despecharse, ferran un día lo vio y fue a ver que pasaba, tocó la puerta, y salió un hombre casi de su edad, sin camisa y una toalla en la cadera, el obvio se enojo y lo golpeó, pero pedri apareció con una bata de baño, tratando de separarlos, le grito a ferran qué que hacía el ahí, golpeando a su novio, ferran se extraño feo, lo miro confundido, le regaño porque estaba con un hombre mayor, que que le pasaba por la cabeza, pedri le respondió que así le gustan que eso no le imcumbe a él, así que lo empujo hasta su puerta hasta cerrarle la puerta en su cara enojado, cuando ferran se quedo afuera parado su novia aparece y le pregunta que le pasaba y ferran le explica todo exaltandose, ella le dice que pedri ya es casi un adulto ya sabe lo que hace con su vida, eso no le imcumbia, pero ferran la miró incrédulo, y se fue a su casa, porque no entendía que pedri es un niño, no puede tener novio aún, y menos con ese tipo, no no podia Tu fanfic | Fanfy ❮ Atrás≡ ÍndiceSiguiente ❯ La oscuridad en el dormitorio principal era tan densa que parecía tener peso propio. El único sonido que rompía la quietud de la madrugada era la respiración profunda, pausada y regular de Ferran, cuyo cuerpo descansaba sobre el colchón con la pesadez de quien ha consumido hasta la última gota de su energía en una descarga de violencia ciega. A su lado, completamente inmóvil, Pedri mantenía los ojos abiertos de par en par, fijos en las sombras movedizas que la farola de la calle proyectaba sobre el techo blanco. No había podido pegar ojo en toda la noche. Cada fibra de su cuerpo permanecía en un estado de alerta tenso, doloroso y extenuante. En su labio inferior aún palpitaba el escozor del corte que la toalla áspera le había abierto horas antes, cuando Ferran lo había arrastrado al baño para limpiarle la boca a la fuerza. En su cuello y en sus muñecas ardían las marcas de los dedos del mayor, que se habían cerrado sobre él como grilletes de hierro, y en su pecho continuaba retumbando el eco sordo del terror que había experimentado en aquel parque. Había visto a Ferran fuera de sí. Había presenciado el sonido espantoso de los huesos rompiéndose bajo sus puños, la mirada desprovista de cordura con la que casi mata a un hombre sobre la hierba seca, y la frialdad con la que luego lo había encerrado en aquella casa, convencido de que tenía el derecho absoluto de decidir sobre su vida, sobre sus pasos y sobre su cuerpo. Pedri tragó saliva con dificultad. Sentía la garganta seca, áspera como papel de lija. Estaba enamorado de Ferran. Lo amaba con una devoción ciega que se había enraizado en lo más profundo de sus entrañas a lo largo de diez años de silencios, de miradas robadas a través de la ventana y de ilusiones infantiles. Pero esa noche, por primera vez en su vida, el amor no alcanzaba a tapar el horror. Por primera vez, la imagen de Ferran no le provocaba mariposas en el estómago, sino un nudo helado de puro miedo. Ferran era un hombre adulto, fuerte, impulsivo y peligroso cuando los celos lo consumían. Si se quedaba allí, si permitía que aquella telaraña posesiva continuara cerrándose a su alrededor, Pedri sabía que terminaría por perderse por completo. No habría vuelta atrás. Un día sería un golpe más fuerte, una puerta cerrada con llave para siempre o una tragedia irreversible. Con una lentitud milimétrica, Pedri giró la cabeza hacia la mesilla de noche del lado derecho de la cama. Allí estaba. El teléfono de Ferran reposaba sobre la madera oscura, junto a un vaso de agua medio vacío. La pantalla negra reflejaba un tenue destello plateado. Pedri contuvo la respiración. Miró a Ferran. El mayor dormía de costado, dándole la espalda a medias, con el torso desnudo cubierto únicamente por la sábana hasta la cintura. Sus hombros anchos y marcados subían y bajaban con un ritmo acompasado. Tenía los nudillos de la mano derecha hinchados y cubiertos de costras oscuras, testimonio silencioso de la paliza que había propinado esa misma tarde. Pedri apoyó los codos con sumo cuidado sobre el colchón. Cada crujido de los muelles sonaba en sus oídos como una explosión. Deslizó una pierna fuera de la cama, luego la otra, sintiendo el frío de la tarima flotante bajo las plantas descalzas. Se quedó completamente quieto durante cinco interminables segundos, vigilando la silueta de Ferran por si un mínimo movimiento delataba que estaba despertando. Ferran solo emitió un murmullo ininteligible en sueños y acomodó la cabeza contra la almohada sin abrir los ojos. Con el corazón martilleándole en la garganta a una velocidad frenética, Pedri estiró el brazo tembloroso hacia la mesilla. Sus dedos rozaron la superficie metálica y fría del teléfono. Lo levantó en el aire sin hacer el menor ruido, envolviéndolo entre sus palmas para amortiguar cualquier posible vibración. Caminó de puntillas hacia la puerta entreabierta de la habitación. Cruzó el umbral, se deslizó por el pasillo en sombras y entró en el baño de la planta alta, empujando la puerta de madera despacio hasta encajarla en el marco. Por precaución, giró el pestillo con una suavidad agónica, temiendo que el chasquido del metal resonara por toda la vivienda. Una vez a oscuras dentro del baño, Pedri se dejó caer de rodillas sobre las baldosas heladas, apoyando la espalda contra la bañera. Respiró hondo dos veces, intentando frenar el castañeo involuntario de sus dientes. Encendió la pantalla del móvil. El brillo blanco y cegador le lastimó los ojos momentáneamente, obligándolo a bajar el brillo con el pulgar tembloroso antes de desbloquearlo. Conocía el código de cuatro dígitos; Ferran siempre utilizaba el mismo patrón para todo desde hacía años. Entró directamente en la aplicación de llamadas. Sus dedos vacilaron sobre el teclado numérico. Marcó los nueve dígitos del número de su padre, un número que sabía de memoria desde que era un niño. Apretó el botón verde y se llevó el aparato a la oreja, apretándolo contra su piel mientras cubría el micrófono con la otra mano para sofocar el sonido de su propia respiración. Un tono. El silencio de la madrugada parecía amplificar el pitido electrónico hasta volverlo insoportable. Dos tonos. «Por favor, papá, coge el teléfono», rogó en un susurro mudo, cerrando los ojos con tanta fuerza que vio estrellas detrás de los párpados. «Por favor, despiértate». Al tercer tono, la línea se abrió con un chasquido áspero. —¿Ferran? —la voz de Fernando sonó ronca, cargada de sueño y sobresalto, teñida de una alarma inmediata—. ¿Ferran, qué pasa? ¿Le ocurrió algo a Pedri? ¿Por qué llamas a estas horas? Al escuchar la voz conocida, cálida y protectora de su padre, una presa se rompió dentro del pecho de Pedri. Las lágrimas se desbordaron por sus mejillas en un torrente silencioso, quemándole la piel sensible. Se mordió el labio herido para contener un sollozo desgarrador antes de atreverse a hablar. —Papá... —susurró con un hilo de voz tembloroso, apenas un murmullo ahogado contra el micrófono. Al otro lado de la línea se hizo un silencio sepulcral de un segundo, seguido por el sonido apresurado de sábanas revolviéndose y la respiración agitada de su padre al incorporarse de golpe en la cama del hotel. —¿Pedri? ¿Hijo? —preguntó Fernando, con el tono cambiando de la confusión al pánico puro—. ¿Qué haces con el teléfono de Ferran? ¿Dónde estás? ¿Por qué estás llorando? —Papá, por favor, escúchame... no levantes la voz, por favor —suplicó el chico, con el llanto estrangulándole las palabras en la garganta—. Estoy encerrado en el baño... Ferran está dormido en su habitación. Si se despierta y me encuentra aquí, no sé qué me va a hacer. —¿Qué estás diciendo, Pedri? —la voz de su madre, María, se escuchó de fondo en la llamada, lejana pero cargada de angustia, preguntando qué sucedía—. ¿Qué te va a hacer quién? ¿Ferran? Pero si él nos prometió cuidarte, hijo... —¡Os mintió! —gimió Pedri, apretando la frente contra sus rodillas mientras temblaba de pies a cabeza—. Me tiene encerrado, papá. Me quitó mi móvil, me tiene bajo llave... no me deja salir a la calle, me vigila todo el tiempo. Hoy... hoy salí solo un momento al parque porque no aguantaba más estar aquí dentro, y ese tipo... el que echaste de casa... estaba allí. Fernando soltó una maldición entre dientes, tensándose al instante. —¿Ese infeliz volvió a buscarte? ¿Te hizo algo? ¡Pedri, responde! —Me acorraló contra un árbol y me besó a la fuerza... —confesó el chico, sintiendo cómo la humillación volvía a ahogarlo—. Pero entonces llegó Ferran en su camioneta. Papá... Ferran lo molió a golpes. Casi lo mata. Le rompió la cara contra las piedras, le partió la nariz... había sangre por todas partes. Yo le gritaba que parara y no me escuchaba, parecía un monstruo. Tenía los ojos desquiciados. Un jadeo horrorizado de María resonó a través del altavoz. Fernando respiraba con dificultad, asimilando la violencia descarnada de lo que su hijo le estaba relatando. —Dios mío... —murmuró el padre, con la voz quebrándose por la incredulidad—. Pero Ferran solo intentaba defenderte, hijo... él es impulsivo, pero... —¡No, papá, no lo entiendes! —cortó Pedri, y la desesperación en su tono fue tan visceral que heló a sus progenitores al otro lado de la línea—. Cuando ese hombre se fue, Ferran no me consoló. Se puso furioso conmigo. Me dijo que yo había salido a buscarlo a propósito, me apretó el brazo hasta lastimarme y me arrastró a su casa. Me metió al baño y me restregó una toalla mojada por la boca con tanta fuerza que me la partió, papá. Me sangró el labio. Me decía que mi boca era suya, que nadie más podía tocarme... Me tiene miedo. Tengo miedo de él. No puedo quedarme aquí. El silencio que siguió a la revelación fue absoluto. Al principio, en la mente de Fernando y María, la idea de que el vecino de toda la vida, el chico ejemplar que habían visto crecer al lado de su casa durante una década, fuera un abusador territorial sonaba a una pesadilla imposible. Pero entonces recordaron los ojos de Pedri a lo largo de los años. Recordaron cómo el menor siempre había buscado la aprobación de Ferran, cómo lo defendía de cualquier crítica, cómo lo admiraba con una devoción casi reverencial. Pedri nunca, bajo ninguna circunstancia, habría inventado algo así sobre Ferran. Que su hijo estuviera llamando a las tres de la madrugada desde un baño a oscuras, suplicando auxilio entre sollozos y acusando a su mayor ídolo, solo podía significar una cosa: la situación era real, crítica y aterradora. —Hijo... mi niño... —la voz de María se quebró en un llanto desconsolado al fondo. Fernando carraspeó, y cuando volvió a hablar, su tono había abandonado cualquier rastro de duda, endureciéndose con la determinación implacable de un padre que siente a su cría en peligro mortal. —Tranquilo, Pedri. Escúchame bien, mi amor. Respira hondo. Papá y mamá están aquí. —Sácame de aquí, papá... por favor —suplicó el chico, con lágrimas calientes cayendo sobre la pantalla del móvil—. No quiero volver a verlo. No quiero que me mire más así. Pero tenéis que prometerme algo. Por lo que más queráis en este mundo, prometédmelo. —Lo que sea, hijo. Dinos qué necesitas. —No le digáis que yo os llamé —el pánico en la voz de Pedri era tan puro que resultaba desgarrador—. Si Ferran se entera de que os conté esto, se va a poner peor. Va a perder el control del todo. Va a pensar que lo traicioné. Tenéis que fingir que no sabéis nada. Fernando frunció el ceño en la habitación del hotel, apretando el auricular contra su oreja. —¿Y qué propones que hagamos entonces? No podemos llegar y actuar como si nada hubiera pasado después de lo que me acabas de contar. —Inventad una excusa —dijo Pedri con rapidez, con la mente trabajando a marchas forzadas impulsada por la adrenalina del miedo—. Decidle que surgió una oportunidad de trabajo urgente en otra ciudad. Que decidisteis vender la casa de golpe y que nos mudamos inmediatamente. Decidle que vinisteis a recoger mis cosas para no volver nunca más. No dejéis que sospeche que fue por él... si piensa que es una decisión vuestra, no tendrá motivos para desquitarse conmigo. Solo quiero irme lejos de aquí, papá. Muy lejos. Fernando se tomó unos segundos para procesar el plan. Podía escuchar el terror latiendo en cada palabra de su hijo, y comprendió que en el estado psicológico en el que se encontraba Ferran, una confrontación directa dentro de su propia casa podría desatar una tragedia antes de que pudieran poner a Pedri a salvo. —Está bien —accedió Fernando con firmeza—. Haremos exactamente eso. No le diremos una sola palabra de esta llamada. —¿Vendréis ya? —preguntó Pedri, con un hilo de esperanza trémula iluminando su voz rota. —Salimos en este mismo instante —aseguró su padre, y de fondo se escuchó el tintineo de las llaves del coche y el sonido de las maletas cerrándose apresuradamente—. Son casi cuatro horas de carretera desde aquí. Si no hay contratiempos, estaremos en la entrada de la casa a primera hora de la mañana, poco después de que amanezca. —Estaré esperando —susurró el chico. —Pedri, escúchame con mucha atención —añadió Fernando con una severidad protectora—. Sal de ese baño ahora mismo. Deja el teléfono exactamente donde estaba. No despiertes a Ferran bajo ningún concepto. Métete en la cama, finge que estás durmiendo y espera a que toquemos la puerta. No hagas nada que pueda ponerlo en alerta. ¿Me has entendido? —Sí, papá. Lo haré. —Te queremos, hijo. Aguanta un poco más. Ya vamos por ti. —Gracias... gracias, papá. Los quiero. Pedri cortó la llamada. Se quedó unos segundos con el teléfono pegado al pecho, sintiendo el aire volver poco a poco a sus pulmones. El peso aplastante que le oprimía el pecho no había desaparecido del todo, pero ahora había una salida, una luz al final de aquella pesadilla asfixiante. Sin perder un solo segundo, abrió el registro de llamadas del dispositivo. Con el pulgar tembloroso, seleccionó la última llamada saliente al número de su padre y presionó la opción de eliminar. Comprobó dos veces que no quedara ningún rastro en el historial ni en las notificaciones recientes. Se puso de pie con lentitud. Se acercó al espejo sobre el lavabo y vio su propio reflejo en la penumbra: tenía los ojos irritados, las mejillas brillantes por el llanto y el labio inferior enrojecido y agrietado. Abrió el grifo con un hilo diminuto de agua fría, se lavó la cara con suavidad para borrar cualquier vestigio de lágrimas frescas y se secó con cuidado usando el borde de su propia camiseta. Desbloqueó el pestillo de la puerta del baño con la misma cautela milimétrica con la que había entrado. El pasillo continuaba sumido en una penumbra glacial. Pedri caminó pegado a la pared, evitando los tablones que sabía que crujían, hasta llegar nuevamente al dormitorio de Ferran. Ferran seguía en la misma posición, sumido en un sueño profundo y pesado. La respiración constante del mayor llenaba el espacio con una calma engañosa. Pedri se acercó a la mesilla de noche, aguantando la respiración. Con un pulso sorprendentemente firme, depositó el teléfono sobre la madera, exactamente en el mismo ángulo y en la misma posición en la que lo había encontrado media hora antes. Luego, levantó la sábana despacio y se deslizó bajo las mantas. El contacto de las sábanas frías le provocó un escalofrío en la piel, pero el verdadero terror llegó un instante después. Al sentir el leve movimiento sobre el colchón, Ferran se removió en sueños. El mayor soltó un gruñido ronco y perezoso, giró su cuerpo pesado hacia él y, con un movimiento instintivo y posesivo, extendió un brazo fornido sobre el abdomen de Pedri, atrayéndolo con fuerza contra su pecho caliente y desnudo. A Pedri se le cortó el aliento. El cuerpo se le puso completamente rígido, paralizado como una estatua de sal. Tenía la espalda pegada al torso de Ferran, sintiendo los latidos lentos y seguros del corazón del hombre contra sus omóplatos. El aliento cálido de Ferran le acariciaba la nuca, desprendiendo ese aroma familiar a jabón y colonia que durante años lo había hecho sentir protegido, pero que ahora se sentía como una trampa sofocante. La mano pesada del mayor, con sus nudillos rotos y ensangrentados, descansaba firmemente sobre el estómago de Pedri, aferrándolo como si incluso en la inconsciencia del sueño supiera que el chico deseaba escapar. —Duérmete, chiquillo... —murmuró Ferran con la voz pastosa y dormida, hundiendo ligeramente la nariz en los cabellos suaves de la nuca de Pedri antes de volver a respirar profundamente, hundiéndose de nuevo en el letargo. Pedri cerró los ojos y mordió la tela de la sábana para evitar que un gemido de angustia escapara de su garganta. No se atrevió a mover un solo músculo. No intentó apartar la mano que lo aprisionaba ni intentó acomodarse para estar más cómodo. Se quedó allí, atrapado en el abrazo del hombre al que amaba y al que ahora temía más que a nada en el mundo, sintiendo el peso muerto de su cuerpo como una cadena invisible. Con la mirada fija en el ventanal de la habitación, Pedri vio cómo la densa oscuridad de la noche comenzaba, muy lentamente, a teñirse de un azul pálido y cenizo en la línea del horizonte. El alba estaba llegando. Y con ella, su única oportunidad de libertad. Sobre la trama Ferran y pedri son vecinos de hace años casi 10 años, pedri tiene un pequeño no tan pequeño enamoramiento con su vecino en secreto, pero ferran tiene novia, cuando pedri se entero lloro todo el día, se sintió traicionado, ferran solo lo veía como un pequeño hermano, y eso le dolió más aún, y pues empezó a frecuentar a fiestas ahí conoció a varios chicos y chicas, y como sus padres estaban de viaje pedri llevaba a varios a su casa para despecharse, ferran un día lo vio y fue a ver que pasaba, tocó la puerta, y salió un hombre casi de su edad, sin camisa y una toalla en la cadera, el obvio se enojo y lo golpeó, pero pedri apareció con una bata de baño, tratando de separarlos, le grito a ferran qué que hacía el ahí, golpeando a su novio, ferran se extraño feo, lo miro confundido, le regaño porque estaba con un hombre mayor, que que le pasaba por la cabeza, pedri le respondió que así le gustan que eso no le imcumbe a él, así que lo empujo hasta su puerta hasta cerrarle la puerta en su cara enojado, cuando ferran se quedo afuera parado su novia aparece y le pregunta que le pasaba y ferran le explica todo exaltandose, ella le dice que pedri ya es casi un adulto ya sabe lo que hace con su vida, eso no le imcumbia, pero ferran la miró incrédulo, y se fue a su casa, porque no entendía que pedri es un niño, no puede tener novio aún, y menos con ese tipo, no no podia Tu fanfic | Fanfy ❮ Atrás≡ ÍndiceSiguiente ❯ La luz del alba se filtró entre las rendijas de las persianas venecianas como un haz de cuchillas grisáceas, cortando la penumbra del dormitorio con una lentitud exasperante. Pedri no había cerrado los ojos en ningún momento. Cada músculo de su cuerpo seguía entumecido, atenazado por la tensión constante de mantener la respiración acompasada para no delatar su vigilia. El peso del brazo de Ferran sobre su cintura, firme y posesivo incluso en la inconsciencia del descanso, se sentía como una barra de hierro al rojo vivo. Detrás de él, el calor del torso desnudo del mayor irradiaba una energía sofocante que le impedía olvidar, ni por una fracción de segundo, la trampa en la que estaba atrapado. Un leve crujido en el colchón anunció que el letargo de Ferran llegaba a su fin. El hombre se removió despacio, soltando un suspiro ronco contra la nuca del menor. Sus dedos se cerraron con más fuerza sobre el abdomen de Pedri, atrayéndolo hacia atrás hasta encajarlo por completo contra su cuerpo. Pedri contuvo el aliento, cerrando los párpados de golpe y relajando las facciones en un esfuerzo sobrehumano por aparentar un sueño profundo. Sintió la boca caliente de Ferran posarse sobre la piel sensible detrás de su oreja. Fue un beso lento, húmedo, impregnado de una ternura que a Pedri le provocó una oleada de náuseas en el estómago. —Sé que estás despierto, chiquillo —murmuró Ferran con la voz pastosa por el sueño, pero teñida de esa autoridad natural que no admitía réplicas. Pedri parpadeó despacio, fingiendo emerger de una nebulosa, y dejó escapar un quejido trémulo mientras se giraba con cautela sobre el colchón. Evitó mirar directamente a los ojos oscuros del mayor, manteniendo la vista fija en la clavícula ajena. —Tengo sueño... —susurró con la voz rota por horas de silencio forzado. Ferran sonrió con pereza. Levantó la mano derecha y, con la yema del pulgar, recorrió el contorno del labio inferior del chico. El contacto de la piel áspera y los nudillos rotos sobre la herida fresca hizo que Pedri diera un respingo involuntario, apartando levemente el rostro. La expresión de Ferran se ensombreció de inmediato. Una chispa de fría advertencia relampagueó en su mirada. —No te apartes de mí —ordenó en voz baja, sujetándole la mandíbula con firmeza para devolverlo a su sitio—. Te lo dije anoche. No vuelvas a esquivarme. —Me duele, Ferran —se justificó Pedri en un hilo de voz, dejando que las lágrimas que amenazaban con salir sirvieran como escudo para su terror—. Me arde mucho. El mayor lo contempló en silencio durante unos segundos interminables, examinando el corte rojizo y la hinchazón que él mismo había provocado al restregarle la toalla áspera. La rigidez de sus facciones se ablandó apenas un milímetro, sustituida por una satisfacción retorcida que no se molestó en disimular. —Te curará pronto —dijo Ferran, inclinándose para rozar la herida con la punta de la lengua, con una delicadeza invasiva que heló la sangre del chico—. Es el precio por desobedecerme. Pero hoy vas a ser un buen chico, ¿verdad? No vamos a tener que repetir lo del parque. —No... —respondió Pedri de inmediato, asintiendo con sumisión fingida—. No voy a salir. —Así me gusta. Ferran estiró el brazo hacia la mesilla de noche y tomó su teléfono móvil. Pedri sintió que el corazón se le detenía en seco en el pecho; una punzada de pánico ciego le recorrió la columna vertebral. Si Ferran revisaba el registro de llamadas, si la operadora mostraba alguna anomalía, si su padre había intentado devolver el tono... Sin embargo, Ferran solo deslizó el pulgar por la pantalla para comprobar la hora. —Las siete y media —murmuró, dejando el aparato a un lado sin sospechar absolutamente nada—. Voy a preparar café. Tú quédate aquí tapado hasta que yo te llame. Ferran se levantó de la cama con la agilidad felina que lo caracterizaba. Se colocó un pantalón deportivo gris y salió del dormitorio, dejando la puerta entornada tras de sí. En cuanto los pasos del mayor resonaron escaleras abajo hacia la cocina, Pedri se cubrió la boca con ambas manos y dejó escapar un sollozo ahogado. Miró el reloj digital de la pared: las siete y treinta y dos. Si sus padres habían salido poco después de las tres y media de la madrugada, no podían tardar más de media hora en llegar. El tiempo se estaba agotando y el margen de error era inexistente. *** En la cocina, el aroma a café recién molido y pan tostado llenaba el ambiente con una falsa calidez doméstica. Ferran estaba de espaldas a la puerta, apoyado contra la encimera mientras vigilaba la cafetera italiana, cuando Pedri bajó los escalones con pasos silenciosos, envuelto en una sudadera oscura y con la mirada gacha. —Siéntate —le indicó Ferran sin girarse del todo, reconociendo el sonido de sus pasos—. Te he preparado un tazón de leche con miel para la garganta. Pedri obedeció, sentándose en el borde de la banqueta alta junto a la isla central. Tenía las manos entrelazadas sobre el regazo, apretándoselas con tanta fuerza que los nudillos se le habían vuelto blancos. Cada músculo de su cuello estaba tenso, con el oído aguzado hacia el exterior, esperando desesperadamente el sonido del motor familiar en el asfalto. Ferran se dio la vuelta y colocó el tazón humeante frente a él, acompañado de dos tostadas con mantequilla. Luego se sirvió su propia taza de café negro y se recostó contra el mueble, cruzando los brazos sobre el pecho. La tela ajustada de su camiseta gris dejaba a la vista los moratones pálidos en sus antebrazos y las heridas abiertas en los nudillos de su mano derecha, testimonio visible de la paliza que había propinado la tarde anterior. —Estuve pensando anoche —dijo Ferran, clavando sus pupilas castañas en el muchacho con una intensidad espesa—. Cuando tus padres regresen dentro de dos semanas, voy a hablar seriamente con Fernando. Pedri alzó la vista despacio, sintiendo un nudo helado formarse en su garganta. —¿Sobre qué? —Sobre ti —Ferran dio un sorbo a su taza, sin apartar los ojos de él ni un instante—. Ya no eres un niño que necesite que lo manden a la cama a las diez, pero tampoco tienes la madurez suficiente para estar solo. Les diré que lo mejor es que te mudes aquí definitivamente. Puedo acondicionar la habitación contigua como tu estudio, para que termines el instituto. Tendrás tu espacio, pero bajo mi techo. Bajo mi cuidado. A Pedri se le secó la boca. La naturalidad con la que Ferran planeaba adueñarse de su vida por completo, con el beneplácito ingenuo de sus propios progenitores, era una pesadilla tejida a plena luz del día. —Ferran... mis padres nunca van a aceptar eso —intentó razonar el menor, cuidando milimétricamente el tono de su voz para no sonar desafiante—. Ellos quieren que vaya a la universidad, que salga del pueblo... —Tus padres harán lo que yo les diga que es mejor para ti —cortó Ferran con una frialdad tajante, apoyando la taza sobre la encimera con un golpe seco que hizo temblar la porcelana—. Después del susto que se llevaron con ese tipo en tu habitación, Fernando confía en mí a ciegas. Sabe que soy el único capaz de mantenerte a raya. Y tú no vas a ir a ninguna universidad lejos de aquí, Pedri. Te quedarás donde yo pueda verte todos los días. Una corriente eléctrica de miedo y rabia recorrió el cuerpo de Pedri. Apretó los dientes para no gritarle que estaba loco, que era un enfermo posesivo que acababa de arruinar la devoción que él le había profesado durante años. Pero antes de que el silencio entre ambos pudiera volverse más denso, el crujido inconfundible de unos neumáticos frenando sobre la grava del camino exterior congeló el aire de la estancia. Un portazo seco resonó desde la calle, seguido inmediatamente por un segundo impacto metálico. Ferran frunció el ceño, enderezándose al instante. La despreocupación de su postura se evaporó en una milésima de segundo, sustituida por una alerta felina y desconfiada. Se acercó a la ventana que daba al jardín delantero, apartando la cortina con dos dedos. A través del cristal, el coche familiar de los González estaba estacionado justo entre ambas propiedades, con el motor aún despidiendo calor en el aire fresco de la mañana. Fernando y María acababan de descender del vehículo. No llevaban equipaje ligero; se movían con una prisa tensa, con los rostros demudados por el cansancio de cuatro horas de carretera ininterrumpida y una gravedad que no presagiaba nada bueno. —¿Qué demonios...? —masculló Ferran entre dientes, soltando la cortina con un movimiento brusco—. ¿Qué hacen aquí? No debían volver hasta fin de mes. Pedri contuvo la respiración, sintiendo que las piernas le temblaban tanto que apenas podían sostener su peso sobre la banqueta. —No... no lo sé —mintió Pedri, con el corazón martilleándole en las sienes con violencia inaudita—. Quizás... quizás pasó algo con el viaje. Ferran giró la cabeza hacia él. Sus ojos oscuros lo examinaron con una agudeza clínica, buscando cualquier atisbo de duda, de anticipación o de culpa en el semblante del chico. Pero Pedri, impulsado por el puro instinto de supervivencia, mantuvo los ojos abiertos y vidriosos, fingiendo una sorpresa idéntica a la suya. —Quédate en la cocina —ordenó Ferran con voz áspera, caminando hacia el pasillo principal con el paso firme y apresurado—. No salgas hasta que yo vea qué está pasando. Pedri no esperó ni tres segundos. Apenas la figura de Ferran desapareció por el corredor, se puso de pie y avanzó en silencio hasta el marco de la puerta del salón, ocultándose a medias tras la pared para presenciar la escena que definiría el resto de su vida. *** Ferran abrió la puerta principal justo cuando Fernando subía el último escalón del porche. Tras el hombre, María permanecía unos pasos más atrás, con las manos entrelazadas sobre el estómago y la mirada fija en el suelo, incapaz de levantar los ojos hacia el vecino. Ferran adoptó de inmediato su máscara habitual: la barbilla en alto, los hombros relajados y una sonrisa cortés, aunque ligeramente tensa por la interrupción. —Fernando, María —saludó Ferran, bloqueando sutilmente la entrada con su propio cuerpo—. Me habéis pillado por sorpresa. Creí que el congreso en el sur duraba dos semanas más. ¿Ocurrió algún problema con el hotel? Fernando no devolvió la sonrisa. El padre de Pedri parecía haber envejecido diez años en una sola noche: tenía sombras oscuras bajo los ojos, la mandíbula apretada con una rigidez pétrea y las manos cerradas en puños dentro de los bolsillos de su abrigo. Cada línea de su cuerpo vibraba con una furia salvaje y contenida que amenazaba con estallar, pero que el hombre reprimía con una disciplina sobrehumana para proteger a su hijo. —No hubo ningún problema con el hotel, Ferran —respondió Fernando, y su voz sonó tan hueca, tan carente de la calidez habitual, que el mayor entrecerró los ojos con recelo—. Surgió un imprevisto familiar de extrema gravedad. Mi hermano en Tenerife tuvo un accidente vascular esta madrugada. Ferran parpadeó, descolocado momentáneamente por la mentira perfectamente estructurada. —Vaya... lo lamento mucho —dijo Ferran, midiendo cada sílaba—. Pero no entiendo. ¿Por qué volver aquí en lugar de tomar un vuelo directo desde la capital? —Porque no vamos a volver, Ferran —intervino María desde atrás, con la voz quebrada por un llanto contenido que encajaba a la perfección con el papel de una mujer en duelo familiar—. Nos trasladamos definitivamente. Mi cuñado necesita que nos hagamos cargo del negocio familiar allá en las islas. He pedido la baja médica en el instituto y Fernando ha gestionado el traspaso de su contrato esta misma mañana. El silencio que cayó sobre el porche fue tan pesado que el viento matutino pareció detenerse entre los árboles del jardín. La mente de Ferran se detuvo en seco. Las piezas de su tablero, que creía tener perfectamente controladas bajo su mano de hierro, comenzaron a desmoronarse a una velocidad vertiginosa. Su instinto territorial se encendió como una llamarada de azufre, gritándole que algo estaba profundamente mal en aquella historia. —¿Trasladaros? —la voz de Ferran perdió todo rastro de cortesía, volviéndose cortante, peligrosa—. ¿Así, de un día para otro? Fernando, eso no tiene ningún sentido. No podéis levantar una casa entera de la noche a la mañana. Y menos con Pedri a mitad de curso. El chico tiene sus estudios aquí, tiene su vida, tiene... —Pedri es nuestro hijo, Ferran —le cortó Fernando con una firmeza que no admitía réplica, dando un paso adelante que redujo la distancia entre ambos a escasos centímetros—. Es un menor de edad. Su vida está donde estemos nosotros. Ya hemos hablado con la dirección educativa en Santa Cruz para convalidar su matrícula. No vamos a dejarlo solo en la península. —¡No está solo! —espetó Ferran, alzando la voz por primera vez, perdiendo los estribos ante la perspectiva inminente de perder su posesión más codiciada—. ¡Está conmigo! Os dije que yo me hacía cargo de él. Puede terminar el año escolar viviendo en mi casa. No tenéis por qué arrancarlo de su entorno por una urgencia que podéis resolver vosotros dos solos. Fernando clavó sus ojos en los de Ferran. Por una fracción de segundo, la máscara del padre se fracturó, dejando al descubierto el desprecio absoluto y el asco visceral que sentía por el hombre que tenía enfrente. Sus ojos se desviaron brevemente hacia los nudillos magullados de Ferran, cubiertos de costras de sangre seca, y un temblor de pura rabia le recorrió los hombros. —Agradecemos tu preocupación, muchacho —dijo Fernando, arrastrando las palabras con una frialdad glacial—. Pero la decisión está tomada. No está sujeta a discusión ni a consejos vecinales. Vinimos a recoger a nuestro hijo y sus cosas indispensables. El resto lo embalará una empresa de mudanzas la próxima semana. Ferran apretó la mandíbula con tanta fuerza que los tendones de su cuello se marcaron como cuerdas tensas. El rechazo frontal a su autoridad dentro de su propio terreno lo estaba volviendo loco. —Quiero hablar con él —exigió Ferran, dando medio paso hacia atrás pero sin ceder el umbral—. Quiero escuchar de su propia boca si está de acuerdo con esta locura. —No tienes que pedir permiso para hablar con él —respondió Fernando, empujando suavemente la puerta con el hombro para obligar a Ferran a apartarse—. Pedri, sal aquí ahora mismo. Nos vamos. Desde la penumbra del pasillo, Pedri avanzó despacio. Llevaba su pequeña mochila colgada del hombro, la misma con la que había llegado días atrás. Tenía la cabeza gacha, los hombros encogidos y la sudadera subida hasta la barbilla para ocultar las marcas de su cuello. Ferran se giró en redondo al verlo aparecer. La mirada del mayor era un torbellino de sospecha furiosa, celos desmedidos y una desesperación salvaje que amenazaba con quebrar el cristal de su autocontrol. Dio dos zancadas rápidas hacia el muchacho y lo tomó del brazo con una fuerza que hizo que la tela de la sudadera se tensara al límite. —¿Tú sabías esto? —le susurró Ferran al oído, con un tono envenenado que hizo que a Pedri se le erizara la piel—. Mírame a los ojos y dímelo, Pedri. ¿Sabías que venían a buscarte? Pedri alzó la vista, enfrentando las pupilas dilatadas de su captor. El miedo seguía allí, latiendo en sus venas con fuerza implacable, pero la visión de sus padres a escasos metros en la entrada le infundió el valor desesperado de quien vislumbra la salida de una celda. —No... no sabía nada, Ferran —mintió Pedri con la voz temblorosa, dejando que el llanto real que le quemaba los ojos brotara en lágrimas que resbalaron por sus mejillas—. Te lo juro... mi tío está enfermo... Ferran le clavó los dedos con más saña en el brazo, bajando la cabeza hasta que sus labios casi rozaron la oreja del menor. —Diles que no vas —le ordenó en un siseo abrasador, tan bajo que solo Pedri pudo escucharlo—. Diles que te quedas aquí conmigo. Si das un solo paso fuera de esta casa con ellos, te juro por Dios que voy a ir a buscarte. No me importa a qué isla te metan, Pedri. No me importa cuánto te escondan. Eres mío. Te voy a encontrar y te voy a traer de vuelta. ¿Me estás escuchando? Las palabras fueron una promesa oscura, una sentencia de obsesión que selló la certeza de Pedri de que no había marcha atrás. Con el corazón desgarrado entre el recuerdo del amor infantil que una vez sintió y el horror del monstruo en el que Ferran se había convertido, Pedri tiró de su brazo hacia atrás con un movimiento seco, zafándose del agarre ajeno. —Tengo que irme con mi familia, Ferran —dijo Pedri en voz alta, con una firmeza que sorprendió incluso a sus padres—. Es mi familia. Ferran se quedó inmóvil, con la mano vacía suspendida en el aire, contemplándolo como si acabara de recibir una puñalada en el esternón. En sus ojos castaños brilló, por primera vez, el dolor crudo de la traición y la pérdida absoluta de control. Fernando no esperó un segundo más. Avanzó por el pasillo, se interpuso físicamente entre Ferran y el menor, y rodeó a Pedri con un brazo protector, empujándolo firmemente hacia la salida. —Vamos al coche, hijo —ordenó el padre con voz de trueno, sin volver a mirar a Ferran a la cara—. María, sube al chico. María atrapó a Pedri en cuanto este cruzó el umbral, envolviéndolo en un abrazo asfixiante mientras lo guiaba a paso apresurado por el sendero hacia el vehículo. Pedri sentía los sollozos de su madre empapándole el pelo, pero no se detuvo; subió al asiento trasero del coche y cerró la puerta de un golpe, encogiéndose contra la ventanilla. Fernando se detuvo en el primer escalón del porche, dándose la vuelta para encarar a Ferran una última vez. El mayor seguía de pie en el umbral, con la respiración pesada, las manos temblorosas por la furia contenida y una mirada vacía, homicida, clavada en el vehículo. —Gracias por cuidar de mi casa estos años, Ferran —dijo Fernando, con un veneno apenas disimulado en cada sílaba—. Las llaves del chalet las recogerá el agente inmobiliario el lunes. Te aconsejo que no te acerques a nuestra propiedad. Que tengas una buena vida. Fernando bajó los escalones con paso firme, subió al asiento del conductor y encendió el motor de inmediato. El vehículo dio marcha atrás sobre la grava con un chirrido agresivo de neumáticos, se incorporó a la calzada y aceleró hacia la salida de la urbanización, alejándose a toda velocidad bajo el cielo plomizo de la mañana. En el asiento trasero, Pedri se giró despacio, apoyando la frente contra el cristal frío de la ventanilla trasera. A través del vidrio empañado por su propio aliento, vio la figura solitaria de Ferran de pie en medio del porche. El viento le revolvía el cabello oscuro y su postura era la de una fiera herida, enjaulada en su propio territorio, mirando fijamente el punto donde el coche desaparecía en la curva del camino. Incluso a la distancia, Pedri pudo sentir la promesa silenciosa de aquellos ojos ardientes clavándose en su espalda como una marca indeleble: esto no era un final, sino una cacería que apenas acababa de comenzar. Tu fanfic | Fanfy ❮ Atrás≡ ÍndiceSiguiente ❯ El zumbido monótono de los neumáticos contra el asfalto era el único sonido que llenaba el habitáculo del coche. La autopista se abría hacia el sur como una cinta gris interminable bajo un cielo que amenazaba con descargar una llovizna fría. En el asiento trasero, Pedri no se había movido un solo milímetro en casi dos horas. Mantenía las rodillas pegadas al pecho, abrazándose las piernas con fuerza, con la frente apoyada contra el cristal frío de la ventanilla. A través del reflejo opaco, podía ver los ojos de su padre en el retrovisor: Fernando conducía con los nudillos blancos apretados al volante, con la mandíbula tan rígida que parecía a punto de fracturarse. A su lado, María lloraba en silencio, cubriéndose la boca con un pañuelo de tela arrugado, incapaz de articular palabra desde que habían dejado atrás el cartel que marcaba la salida de la urbanización. Pedri bajó la vista hacia sus propias manos. En su muñeca derecha destacaba un cerco violáceo, la huella exacta de los dedos de Ferran reteniéndolo contra la pared del pasillo. Con la punta de la lengua rozó el interior de su labio cortado, sintiendo el gusto metálico de la sangre seca y el escozor punzante que le recordaba la aspereza de la toalla empapada. Estaba libre. Debería haber sentido alivio, una bocanada inmensa de aire fresco llenándole los pulmones. Sin embargo, lo único que habitaba en su pecho era un vacío oscuro, frío y punzante. Una parte de él —la parte enferma, infantil y desesperada que había pasado años suspirando tras los cristales de su habitación— sentía que le habían arrancado las entrañas al separarlo de Ferran. Odiaba al monstruo en el que su vecino se había convertido, pero ese monstruo era la misma persona que le había limpiado las lágrimas con dedos torpes y que lo había besado como si no existiera nadie más en el mundo. La contradicción le arañaba la garganta hasta el punto de querer vomitar. Fernando carraspeó, rompiendo la asfixiante quietud. —No vamos a parar hasta llegar al aeropuerto de Barajas —anunció con una voz seca, rasposa por la contención—. Tengo a tu primo reservando los billetes en el primer vuelo hacia Los Rodeos. Dejaremos el coche en el aparcamiento de larga estancia. —Fernando... —susurró María, girando el rostro bañado en lágrimas hacia su marido—. Toda nuestra vida está en esa casa. Los muebles, las fotos, los recuerdos de diez años... —¡Al diablo los muebles, María! —estalló el hombre, golpeando el volante con la palma abierta en una descarga repentina de furia que hizo que Pedri se encogiera aún más en el asiento trasero—. ¿No viste la cara de ese desgraciado? ¿No viste los nudillos que tenía? ¡Casi mata a golpes a un tipo en medio del parque y luego se atrevió a ponerle las manos encima a nuestro hijo! ¡Estábamos durmiendo puerta con puerta con una fiera rabiosa! —Papá, por favor... no grites —suplicó Pedri en un susurro tembloroso, enterrando la cara entre sus brazos. Fernando respiró hondo dos veces, obligándose a calmar el temblor de su pecho. Miró de nuevo a su hijo por el retrovisor, suavizando la mirada con una ternura destrozada. —Perdóname, mi niño. No es contigo. Es solo que... no me perdono haberme ido. No me perdono haberte dejado en manos de ese sujeto. Te juramos que esto se acabó, Pedri. En Tenerife nadie te va a tocar. Vas a volver a la playa, vas a terminar el bachillerato en paz y no vas a volver a verle la cara a ese tipo en lo que te queda de vida. Pedri no contestó. Apretó los ojos con fuerza, intentando borrar la última imagen que tenía grabada en la mente: Ferran de pie en el porche, recortado contra el gris de la mañana, prometiéndole en un susurro letal que no importaba a qué isla lo llevaran, que cruzaría el mar para traerlo de vuelta. *** En la casa contigua, el silencio no era un alivio; era un insulto. Ferran permanecía de pie en mitad del salón, exactamente donde Fernando se había interpuesto entre él y el muchacho hacía más de tres horas. No se había cambiado de ropa. La taza de café que se había servido al amanecer reposaba sobre la encimera de la cocina, completamente fría, con una película oscura y densa cubriendo la superficie. Tenía las manos metidas en los bolsillos del pantalón deportivo, los hombros rígidos y la respiración contenida en un ritmo lento y peligroso. Sus ojos castaños recorrían el espacio desierto con una fijeza obsesiva. Sobre la mesa auxiliar todavía estaba el libro de historia de Pedri, con las esquinas dobladas y un bolígrafo azul marcando la página cincuenta y cuatro. En el respaldo del sofá colgaba la manta que el menor había usado la noche anterior para resguardarse del frío mientras Ferran le revisaba las marcas de los brazos. Todo en aquella casa seguía oliendo a él. Olía a su champú de manzana, a su piel tibia, a su miedo y a su devoción. —Un infarto en Tenerife —masculló Ferran para sí mismo, y la frase sonó ridícula, absurda, una burla descarada en mitad de las cuatro paredes silenciosas. Caminó hacia la cocina con zancadas pesadas. Se apoyó contra el mueble, bajando la cabeza, sintiendo que un dolor sordo y lacerante le golpeaba el pecho como un martillo de hierro. Lo habían burlado. Se habían llevado a su chico delante de sus narices, en su propio terreno, y él se había quedado paralizado por las formas, por la presencia de los padres, por la estúpida ilusión de que Pedri lo elegiría a él por encima de todo. «Es mi familia», había dicho el crío. La frialdad de esas palabras todavía le zumbaba en los oídos como un enjambre de avispas venenosas. De pronto, un pensamiento cruzó la mente de Ferran con la velocidad de un rayo, paralizándole los músculos. Se enderezó de golpe. Fernando y María habían llegado a las ocho de la mañana. Para estar en la puerta a esa hora, habiendo salido desde la costa andaluza donde se celebraba el congreso inmobiliario, tenían que haber iniciado el viaje de madrugada. A las tres o cuatro de la mañana, como muy tarde. Nadie viaja cuatro horas de noche por un accidente vascular sin haber intentado llamar primero por teléfono. Y a Fernando no lo había llamado ningún hospital. Fernando había venido directo a por Pedri. Ferran metió la mano en su bolsillo, sacó su teléfono móvil y lo desbloqueó con un golpe seco de pulgar. Abrió la aplicación de llamadas. No había nada extraño en el registro reciente: la última llamada saliente era de su compañero de obra de la tarde anterior. Sin embargo, la paranoia de Ferran no era la de un hombre cualquiera; era la desconfianza meticulosa de un depredador que sospecha haber sido traicionado en su propia madriguera. Entró en el navegador web del teléfono, accedió a la plataforma privada de su operadora telefónica e introdujo su contraseña de cliente. Fue directo a la sección de consumo en tiempo real, donde las llamadas se registraban de manera instantánea e inalterable en los servidores de la compañía, sin importar lo que el usuario borrara del dispositivo físico. Allí estaba. *Llamada saliente. 03:41 AM. Duración: 4 minutos, 18 segundos. Destino: Fernando González.* Ferran sintió cómo el suelo bajo sus pies parecía desvanecerse, sustituido por un pozo sin fondo de pura adrenalina y furia negra. A las tres y cuarenta de la mañana, él estaba durmiendo en su cama. Y Pedri... Pedri estaba con él bajo las sábanas. La escena se reconstruyó en su mente con una nitidez aterradora: Pedri esperando en la oscuridad a que él cerrara los ojos; Pedri levantándose descalzo, robándole el móvil de la mesilla de noche; Pedri encerrado en el baño, llorando contra el auricular, traicionándolo, vendiéndolo a su padre como a un animal peligroso; y luego volviendo a la cama, metiéndose entre sus brazos, fingiendo sumisión mientras sentía el calor de su cuerpo contra la espalda. —Me mentiste —susurró Ferran. La voz le salió rota, estrangulada por una mezcla letal de agonía y rabia—. Me miraste a la cara y me mentiste, chiquillo. Un crujido seco resonó en la cocina. Sin darse cuenta, Ferran había apretado el teléfono con tanta fuerza que la pantalla de cristal templado se había quebrado en una telaraña de grietas finas bajo la presión de sus dedos. No había ningún tío enfermo. No había ningún traslado forzoso por un negocio familiar. Habían huido de él. Pedri había planeado su fuga mientras fingía llorar de arrepentimiento. Ferran arrojó el móvil destrozado sobre la encimera. Se pasó ambas manos por el rostro, tirando de su propio cabello hacia atrás mientras una risa seca, desprovista de cualquier atisbo de alegría, escapaba de su garganta. —Creíste que era tan fácil, ¿verdad? —dijo al aire vacío, con los ojos brillando en una penumbra demencial—. Creíste que podías meterte bajo mi piel, hacerme perder la cabeza, dejar que te marque... ¿y luego marcharte en el coche de papá? Dio media vuelta y subió los escalones de dos en dos hacia la planta alta. Entró en su dormitorio, abrió el armario de par en par y sacó una maleta de cuero negro, arrojándola sobre la cama que aún conservaba la forma de ambos cuerpos en las sábanas revueltas. Empezó a meter ropa sin doblarla, con movimientos mecánicos, rápidos y precisos. No le importaba el trabajo en la constructora; pediría una excedencia o renunciaría si era necesario. No le importaba la casa vacía ni el vecindario que dejaba atrás. No le importaba nada que no fuera la piel suave que le habían arrebatado esa mañana. Ferran conocía a los González desde hacía diez años. Sabía perfectamente de qué pueblo del norte de Tenerife procedían. Sabía que la casa de los abuelos estaba en Tegueste, rodeada de viñedos y caminos de tierra, apartada del ruido de la ciudad. Fernando se lo había mencionado en docenas de tardes compartidas mientras arreglaban las vallas del jardín. «Un lugar tranquilo para retirarse», le había dicho el hombre alguna vez. Ferran cerró la cremallera de la maleta de un solo tirón violento. —Tranquilo —repitió entre dientes, con una sonrisa sombría que no le llegó a los ojos—. Ya veremos cuánto les dura la tranquilidad. *** El olor a salitre, humedad y vegetación subtropical golpeó el rostro de Pedri nada más cruzar las puertas automáticas del aeropuerto de Los Rodeos. Hacía años que no pisaba la isla, pero el aire del norte tinerfeño tenía esa densidad familiar, casi maternal, que contrastaba brutalmente con el ambiente seco y asfixiante de la península. Sin embargo, Pedri no fue capaz de sonreír. Llevaba la capucha de la chaqueta calada hasta los ojos, encogiéndose entre sus padres mientras caminaban hacia el taxi que los llevaría hasta Tegueste. El trayecto fue silencioso. El coche ascendió por carreteras serpenteantes, dejando atrás las luces lejanas de La Laguna para internarse en los valles verdes, flanqueados por plataneras y palmeras que se mecían pesadamente bajo la brisa atlántica. La casa de los abuelos era una edificación tradicional de paredes blancas y tejas curvas, rodeada por un muro bajo de piedra volcánica. Había permanecido cerrada durante meses, pero olía a madera vieja, a lavanda seca y a recuerdos de una infancia en la que Ferran aún no era más que el chico alto de la casa de al lado que le enseñaba a inflar las ruedas de la bicicleta. —Ya estamos aquí, mi amor —dijo María con un hilo de voz esperanzada, abriendo los postigos de madera de la sala para que entrara el aire fresco—. Ya pasó lo peor. Mañana iremos a comprar algo de ropa y comida fresca. Esta noche solo descansa. Pedri asintió con desgano. Subió las escaleras de madera crujiente hasta la pequeña habitación del piso superior que solía ser suya durante los veranos de su niñez. Dejó la mochila sobre una silla de mimbre y se acercó a la ventana que daba hacia el valle. A lo lejos, entre la bruma del anochecer, se divisaba la línea oscura del océano fundiéndose con el horizonte plomizo. Se despojó de la sudadera frente al espejo del armario. Bajo la luz tenue de la bombilla solitaria, las marcas en su cuerpo se veían aún más descarnadas. El moretón en su cuello, donde Ferran había hundido los labios y los dientes para borrar la presencia de cualquier otro hombre, comenzaba a tornarse de un color morado oscuro, casi negro en el centro. En sus muñecas persistían las líneas de los dedos que lo habían sujetado contra las baldosas. Pedri alzó los dedos temblorosos y rozó la herida de su garganta. Un escalofrío abrasador le recorrió la espalda. ¿Por qué dolía tanto estar a salvo? Debería sentirse aliviado, protegido tras los muros de piedra de la isla de sus antepasados, con miles de kilómetros de agua separándolo de la bestia. Pero cuando cerraba los ojos, no veía la libertad; veía la desesperación salvaje en las pupilas de Ferran cuando Fernando lo apartó. Veía la mano vacía del mayor suspendida en el aire frío del pasillo, rogándole en silencio que no lo abandonara. —Eres un idiota —se susurró Pedri a sí mismo con rabia, mientras un par de lágrimas calientes le empañaban el reflejo en el cristal—. Es un monstruo. Te lastimó. Te encerró. Pero el corazón no entendía de lógica ni de supervivencia. Su corazón seguía encadenado a los diez años de miradas, a la boca tibia que lo había devorado en el sofá, a la promesa envenenada de que nadie más en este mundo volvería a tocarlo jamás. El timbre chirriante de su teléfono nuevo —un terminal básico que su padre le había comprado en el aeropuerto para emergencias— lo arrancó de su ensimismamiento con la fuerza de una descarga eléctrica. Pedri dio un respingo, sintiendo que el aire se le congelaba de golpe en los pulmones. Caminó hacia la mesilla de noche con pasos vacilantes. El aparato vibraba sobre la madera desnuda, iluminando la habitación en penumbra con un destello azulado. La pantalla mostraba un número oculto. Nadie tenía ese número. Lo habían activado hacía apenas cuatro horas en Madrid, con una tarjeta prepagada comprada por su padre. No tenía contactos guardados, no estaba vinculado a ninguna red social ni a ninguna cuenta anterior. El teléfono siguió sonando: un repique constante, agresivo, que parecía taladrarle los tímpanos. Con los dedos empapados en sudor frío, Pedri levantó el aparato. Presionó la tecla de responder y se llevó el teléfono a la oreja con lentitud agónica, sin atreverse a pronunciar una sola palabra, conteniendo la respiración hasta que las sienes le latieron con fuerza. Al otro lado de la línea no hubo un saludo. Solo se escuchaba el rumor distante de una turbina de avión zumbando en un aeropuerto, mezclado con una respiración profunda, pausada y estremecedoramente cercana. —Tres minutos y cuarenta y un segundos en el baño, Pedri —dijo la voz baja, ronca y oscura de Ferran, filtrándose por el auricular como un veneno caliente—. Eso fue lo que tardaste en traicionarme anoche. Pedri sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Se le escapó un jadeo ahogado y el teléfono casi se le resbala de la mano helada. —Ferran... —gimió el chico, con la voz rota por el terror más absoluto—. ¿Cómo... cómo conseguiste este número? Una risa seca, carente de cualquier humanidad, vibró a través de la línea. —¿De verdad creíste que el viejo Fernando era más listo que yo? El registro de compras de la tienda del aeropuerto se actualiza cada diez minutos si tienes un amigo trabajando en seguridad, chiquillo. Te dije que no me importaba a dónde te llevaran. Te dije que el mar no te iba a salvar de mí. Pedri comenzó a temblar de forma incontrolable, retrocediendo hasta que su espalda chocó contra la pared de piedra fría de la habitación. —¡Déjame en paz! —gritó en un susurro desgarrador, apretando el teléfono contra su oído con desesperación—. ¡Tengo miedo de ti, Ferran! ¡Casi matas a ese hombre, me lastimaste la boca, me encerraste! ¡Mis padres están abajo, van a llamar a la policía! —Que llamen a quien quieran —respondió Ferran con una frialdad glacial que cortaba el aliento—. Cuando la policía llegue, tú y yo ya no vamos a estar aquí. Un silencio pesado cayó sobre la llamada, interrumpido únicamente por el aviso metálico de una megafonía lejana anunciando el embarque de un vuelo con destino a Tenerife Norte. —Tápate bien esa marca del cuello antes de bajar a cenar —susurró Ferran, con una posesividad tan asfixiante que a Pedri le pareció sentir los dedos del mayor cerrándose de nuevo sobre su garganta—. No quiero que tu madre la vea antes de que yo llegue a renovarla. Nos vemos pronto, mi niño. La línea se cortó con un chasquido sordo. El teléfono cayó de las manos de Pedri, estrellándose contra la madera del suelo. El chico se deslizó por la pared hasta quedar sentado en el rincón más oscuro de la habitación, cubriéndose la cabeza con los brazos, mientras el rumor lejano de las olas rompiendo contra los acantilados de la isla le recordaba que la jaula no había desaparecido: simplemente se había vuelto del tamaño de todo un océano. Continuar la historia Elige cómo debe continuar la historia o propone tu propia idea: Sobre la trama Ferran y pedri son vecinos de hace años casi 10 años, pedri tiene un pequeño no tan pequeño enamoramiento con su vecino en secreto, pero ferran tiene novia, cuando pedri se entero lloro todo el día, se sintió traicionado, ferran solo lo veía como un pequeño hermano, y eso le dolió más aún, y pues empezó a frecuentar a fiestas ahí conoció a varios chicos y chicas, y como sus padres estaban de viaje pedri llevaba a varios a su casa para despecharse, ferran un día lo vio y fue a ver que pasaba, tocó la puerta, y salió un hombre casi de su edad, sin camisa y una toalla en la cadera, el obvio se enojo y lo golpeó, pero pedri apareció con una bata de baño, tratando de separarlos, le grito a ferran qué que hacía el ahí, golpeando a su novio, ferran se extraño feo, lo miro confundido, le regaño porque estaba con un hombre mayor, que que le pasaba por la cabeza, pedri le respondió que así le gustan que eso no le imcumbe a él, así que lo empujo hasta su puerta hasta cerrarle la puerta en su cara enojado, cuando ferran se quedo afuera parado su novia aparece y le pregunta que le pasaba y ferran le explica todo exaltandose, ella le dice que pedri ya es casi un adulto ya sabe lo que hace con su vida, eso no le imcumbia, pero ferran la miró incrédulo, y se fue a su casa, porque no entendía que pedri es un niño, no puede tener novio aún, y menos con ese tipo, no no podia Tu fanfic | Fanfy ❮ Atrás≡ ÍndiceSiguiente ❯ Sobre la trama Tu fanfic | Fanfy ❮ Atrás≡ ÍndiceSiguiente ❯ El zumbido del aire acondicionado era el único sonido que rompía la pesadez de la tarde en la casa de los González. Pedri estaba acurrucado en la esquina del sofá, mirando fijamente la pantalla apagada del televisor mientras abrazaba sus rodillas contra el pecho. Tenía los ojos hinchados, enrojecidos por las horas de llanto silencioso que habían drenado hasta la última gota de su energía habitual. Había sido una tontería. Una ilusión infantil, se repetía una y otra vez con una punzada amarga en la garganta. Hacía casi diez años que Ferran vivía en la casa contigua. Una década viéndolo crecer, pasar de ser un adolescente desgarbado a un hombre imponente de veintiséis años, con hombros anchos, mandíbula marcada y esa mirada que oscilaba constantemente entre el desdén y una ternura feroz. Para Ferran, Pedri siempre había sido el chiquillo menudo que perdía el balón entre los rosales, el vecino dulce y tímido al que despeinaba con una mano pesada antes de soltarle un despreocupado: «Cuídate, hermanito». Esa palabra. «Hermanito». Le quemaba en la piel cada vez que la recordaba. Porque para Pedri, Ferran nunca había sido un hermano. Había sido el motivo de sus sonrojos torpes, de sus manos sudorosas y de los latidos desbocados que apenas podía disimular cuando el mayor se acercaba a pedirle herramientas a su padre o a compartir una cerveza en el porche. Pedri había guardado ese secreto bajo llave, esperando ingenuamente a cumplir los dieciocho, convenciéndose de que la distancia de años se acortaría con el tiempo. Hasta ayer. Ayer por la tarde, cuando vio detenerse un coche desconocido frente a la entrada de Ferran. Una chica alta, de cabello castaño y risa fácil, había bajado del asiento del copiloto. Ferran la había recibido con una sonrisa abierta —una de esas que rara vez regalaba al resto del mundo—, la había tomado por la cintura y la había besado en los labios con una naturalidad demoledora. Pedri, que en ese momento regaba las plantas del patio, se había quedado paralizado, sintiendo cómo el suelo desaparecía bajo sus pies. Se sintió traicionado, estúpido y ridículamente roto. Ferran tenía novia. El hombre que ocupaba todos y cada uno de sus pensamientos desde que tenía uso de razón pertenecía a otra persona. Y lo peor de todo era la certeza aplastante de que Ferran jamás, ni en un millón de años, lo miraría como a algo más que un crío indefenso. Esa misma noche, con sus padres recién salidos de viaje hacia la costa por dos semanas enteras, Pedri tomó una decisión. No iba a quedarse encerrado a pudrirse en autocompasión. Si Ferran lo veía como a un niño, él se encargaría de demostrar que no lo era. Empezó a salir. Aceptó invitaciones a fiestas a las que nunca antes se había atrevido a ir, bebió tragos que le raspaban la garganta y se dejó envolver por la música atronadora y las luces de neón. En esos clubes abarrotados conoció gente nueva, chicos y chicas que no sabían nada de su timidez de toda la vida y que lo miraban con un interés genuino que alimentaba su despecho. Si quería arrancarse a Ferran del pecho, tendría que llenarse el vacío con quien fuera. Y así, durante tres días seguidos, la tranquila casa de los González se convirtió en un desfile intermitente de risas nocturnas, música a bajo volumen hasta el amanecer y visitas inesperadas. *** Ferran estaba en la cocina de su propia casa, bebiendo agua directamente del grifo, cuando vio las luces encendidas a través de la ventana. Frunció el ceño. Sabía perfectamente que los padres de Pedri estaban fuera; Fernando se lo había comentado antes de marcharse, pidiéndole de paso que «le echara un ojo al chico» por si necesitaba algo. Era casi medianoche. Un sedán oscuro, con la música retumbando en los bajos, acababa de estacionar frente a la casa contigua. Ferran apretó la mandíbula al ver descender a un tipo corpulento, de unos veintitantos años, con chaqueta de cuero y paso confiado, que subió las escaleras del porche de Pedri sin molestarse en tocar el timbre; simplemente empujó la puerta, que estaba sin seguro, y entró. Un arrebato de cólera pura y visceral le subió por el cuello. ¿Qué coño creía que estaba haciendo ese crío? Ferran llevaba observando el comportamiento errático de su vecino desde hacía días. Aquella mañana lo había visto llegar con ojeras profundas y el paso vacilante, sin siquiera mirarlo cuando Ferran le había gritado un saludo desde el césped. Pedri, que siempre le dedicaba una sonrisa radiante y tímida, lo había ignorado por completo. Dejó el vaso sobre la encimera con un golpe seco que resonó en la casa vacía. La sangre le hervía con una mezcla peligrosa de instinto protector y una furia territorial que no se molestaba en justificar. Nadie entraba a la casa de Pedri a esas horas. Y menos un tipo al que nunca en su vida había visto. Cruzó el césped húmedo a zancadas largas, devorando la distancia entre ambas propiedades en cuestión de segundos. Subió los tres escalones del porche y aporreó la madera de la puerta con el puño cerrado, una, dos, tres veces, haciendo vibrar los cristales laterales. —¡Pedri! —bramó con voz ronca—. ¡Abre la maldita puerta! Unos segundos de silencio angustioso siguieron a sus golpes. Ferran ya estaba levantando la mano para volver a golpear cuando la cerradura chasqueó. La puerta se abrió despacio. Pero no fue Pedri quien apareció. El hombre que estaba frente a él debía de tener veinticinco o veintiséis años, casi su misma edad. No llevaba camisa, dejando al descubierto un torso marcado con tatuajes difusos, y lo único que cubría su parte inferior era una toalla blanca enrollada con descuido a la cadera, goteando agua sobre el parquet del recibidor. El tipo enarcó una ceja, mirándolo con una mezcla de fastidio y superioridad. —¿Se te perdió algo, amigo? —preguntó el desconocido, apoyando un hombro en el marco—. Estamos ocupados. La vista del hombre semidesnudo en la casa de Pedri, con ese aire de suficiencia, detonó algo oscuro y descontrolado en el pecho de Ferran. No hubo advertencia, no hubo preguntas. Ferran dio un paso al frente y descargó un puñetazo brutal y certero directo a la mandíbula del tipo. El impacto sonó seco, violento. El hombre trastabilló hacia atrás soltando un quejido ahogado, perdiendo el equilibrio hasta caer sobre la pequeña mesa del recibidor, derribando un jarrón que se hizo añicos contra el suelo. Ferran entró tras él, con los nudillos encendidos y la respiración agitada, dispuesto a arrastrarlo por el cuello hacia la calle. —¡¿Qué demonios te pasa?! —gritó una voz aguda desde el final del pasillo. Pedri apareció corriendo. Llevaba una bata de baño de seda azul demasiado holgada que apenas le cubría los muslos, con el cinturón mal anudado y el cabello castaño aún húmedo pegado a la frente. Tenía las mejillas encendidas y los ojos abiertos por el pánico. Al ver al desconocido en el suelo sosteniéndose la boca ensangrentada y a Ferran de pie con los puños temblando, se interpuso entre ambos de golpe. —¡Basta! ¡Déjalo! —Pedri empujó el pecho de Ferran con ambas manos, utilizando toda su fuerza—. ¡¿Qué haces aquí?! ¡¿Por qué lo golpeas?! Ferran se quedó inmóvil, sorprendido por el contacto, pero la sorpresa se disipó al instante al procesar la escena: la bata, el cabello mojado, el hombre en toalla. Una náusea ácida se le instaló en el estómago, transformándose en una ira corrosiva. —¿Qué hago yo aquí? —Ferran señaló con un dedo acusador al tipo que se levantaba maldiciendo entre dientes—. ¡¿Qué cojones hace este imbécil en tu casa, Pedri?! ¡Tus padres no están! —¡Eso a ti no te importa! —le gritó el menor, temblando pero sin dar un paso atrás—. ¡Es mi novio! ¡Estás golpeando a mi novio en mi propia casa! Ferran se congeló. La palabra cayó sobre él como un balde de agua helada, pero en lugar de apagar el fuego, lo avivó hasta volverlo insoportable. Miró al hombre en el suelo y luego a Pedri, con una expresión de desconcierto absoluto, teñida de un desprecio visceral. —¿Tu novio? —repitió Ferran, con una risa amarga y carente de humor—. ¿Este tipo? ¡Tiene mi maldita edad, Pedri! ¡Míralo! ¿Qué coño te pasa por la cabeza? ¡Tienes diecisiete años! ¡No puedes meter a un desconocido de casi treinta a acostarse en tu cama mientras tus padres están de viaje! ¡¿Te has vuelto completamente loco?! El rostro de Pedri se endureció. La timidez que siempre lo había caracterizado se desvaneció, reemplazada por un orgullo herido y una desesperación ardiente. Le dolía que Ferran le hablara así, le dolía verlo actuar como si tuviera derecho sobre su vida cuando hacía apenas unas horas lo había visto besando a otra mujer. Los celos, el rencor acumulado y el amor no correspondido colisionaron en su garganta. —¡Me da igual su edad! —escupió Pedri, alzando la barbilla con una valentía que jamás creyó poseer—. ¡A mí me gustan mayores, Ferran! ¿Y qué? ¿Tienes algún problema con eso? Ferran abrió los ojos, estupefacto. La frase se le clavó en el pecho como una espina venenosa. —¡No tienes ni idea de lo que dices! —rugió Ferran, intentando dar un paso hacia él, pero Pedri no se dejó intimidar. —¡No es tu problema! —gritó el chico, colocando las manos con fuerza sobre el pecho de Ferran y empujándolo hacia el umbral—. ¡Tú no eres nadie para decirme con quién me acuesto o a quién meto en mi casa! ¡No eres mi padre y ciertamente no eres mi hermano! —¡Pedri, escúchame bien...! —¡Vete a tu casa, Ferran! —Pedri lo empujó con desesperación, haciéndolo retroceder hasta sacarlo al porche—. ¡Vete con tu maldita novia y déjame en paz! Antes de que Ferran pudiera reaccionar o formular otra palabra, la puerta de madera se cerró de golpe contra su rostro, levantando una ráfaga de aire que le agitó el pelo. El sonido del cerrojo pasando con fuerza resonó como un disparo en la noche tranquila. Ferran se quedó allí de pie, inmóvil sobre el felpudo, con el pecho subiendo y bajando a un ritmo frenético. Los nudillos le palpitaban de dolor, manchados con un rastro diminuto de sangre que no era suya. La imagen de Pedri en esa bata ligera, con los labios temblorosos y gritándole que le gustaban los hombres mayores, le martilleaba las sienes con una insistencia enloquecedora. ¿Cómo que mayores? ¿Desde cuándo? Pedri era un crío. Su crío. El chico al que había prometido cuidar. Un ruido de tacones sobre el pavimento lo arrancó bruscamente de sus pensamientos. Al girar la cabeza, vio a su novia caminando por el sendero que unía ambas entradas. Se había bajado del coche que acababa de aparcar en su propio garaje, y ahora lo miraba con curiosidad, envuelta en un abrigo elegante. —¿Ferran? —preguntó ella, deteniéndose al pie de los escalones de la casa de Pedri—. ¿Qué estás haciendo ahí? Escuché un golpe desde el coche. ¿Qué pasó? Ferran bajó las escaleras de dos en dos, pasando junto a ella como un torbellino, con la mandíbula tan apretada que le crujían los dientes. Se pasó una mano por el cabello corto, jalando los mechones con frustración contenida. —Ese crío... —soltó Ferran, con la voz cargada de una ira desbordada—. Es Pedri. Está metiendo a un tipo en su casa. Un tipo de veintiséis años, sin camiseta, en toalla. ¡Un maldito viejo para él! Se está acostando con él mientras sus padres no están. La chica parpadeó, sorprendida por el tono exaltado de su novio, y luego miró hacia la puerta cerrada de la casa de al lado. Se encogió ligeramente de hombros, adoptando una expresión serena que a Ferran le pareció un insulto. —Bueno... ¿y? —dijo ella en voz baja, cruzándose de brazos—. Pedri está a punto de cumplir dieciocho, Ferran. Ya es prácticamente un adulto. —¡No es un adulto! —estalló Ferran, girándose hacia ella con los ojos encendidos—. ¡Tiene diecisiete! ¡Va al instituto! —Tiene diecisiete años y medio, Ferran. Los chicos a esa edad experimentan, tienen citas, hacen tonterías. Es su vida. Ya sabe lo que hace, no es asunto tuyo meterte a golpear a sus invitados. Ferran la miró con absoluta incredulidad, como si ella acabara de hablarle en un idioma alienígena. ¿Cómo podía decir semejante barbaridad con tanta tranquilidad? ¿Acaso no entendía la gravedad de la situación? No se trataba de una fiesta inocente; se trataba de Pedri, de su piel suave, de su timidez innata, entregándose a un imbécil cualquiera que apenas conocía. Una posesividad oscura y asfixiante se le instaló en los pulmones, negándole el aire. —No —dijo Ferran con voz sorda, dando un paso atrás—. No, no lo entiendes. No tiene ni puta idea de lo que hace. —Ferran, por favor, cálmate. Vamos adentro —le pidió ella, tendiéndole una mano para intentar aplacarlo—. Deja que sus padres se encarguen cuando vuelvan. No es tu responsabilidad. Ferran apartó la mirada de la mano extendida de su novia. Sentía una distancia abismal entre ellos en ese instante, un rechazo visceral que no supo cómo explicar. No quería entrar con ella. No quería tomar su mano. Lo único en lo que podía pensar era en el sonido de la puerta cerrándose en sus narices y en las palabras de Pedri quemándole la memoria: «A mí me gustan mayores». —Vete entrando tú —murmuró Ferran con frialdad, dándole la espalda sin esperar respuesta—. Tengo cosas que pensar. Ignorando el suspiro molesto de la chica a sus espaldas, Ferran caminó con paso firme hacia su porche, subió los escalones y se detuvo en la penumbra antes de abrir su propia puerta. Desde allí, lanzó una última mirada hacia la ventana del piso superior de la casa de los González. La luz de la habitación de Pedri acababa de encenderse. Una sombra se proyectó contra la cortina fina: la silueta del chico, seguida un segundo después por la del hombre que lo alcanzaba por detrás. A Ferran se le cerró la garganta y apretó los puños hasta que las uñas se le clavaron en las palmas. Pedri era un niño. No podía tener novio. No podía dejarse tocar por ese tipo. No con él viviendo a diez metros de distancia. Y Ferran, por mucho que intentara convencerse de que era solo preocupación de vecino, sabía que la llama oscura que le devoraba las entrañas no tenía absolutamente nada de fraternal. Tu fanfic | Fanfy ❮ Atrás≡ ÍndiceSiguiente ❯ La oscuridad de la habitación de Ferran era casi absoluta, rota únicamente por el resplandor amarillento que se colaba desde la ventana de enfrente. El aire en su cuarto se sentía denso, viciado por una respiración errática que no lograba calmarse. Hacía media hora que había despachado a su novia con una frialdad tajante, inventando una migraña repentina que no admitía discusión; la había dejado marcharse en su propio coche, sin un beso de despedida, sordo a sus quejas sobre lo distante e impredecible que se estaba volviendo. A Ferran no le importaba. Nada de eso le importaba ahora. Estaba de pie junto al marco de su ventana, oculto tras la penumbra de las cortinas, con la vista clavada en el segundo piso de la casa de los González. La cortina de Pedri era fina, demasiado translúcida para la intimidad que pretendía resguardar. Y allí, proyectadas por la lámpara de la mesilla de noche, las sombras se movían con una cadencia que le quemaba las entrañas. Ferran apretó los dientes con tanta fuerza que el dolor le subió por la mandíbula. Podía ver la silueta del hombre corpulento inclinándose sobre una figura mucho más menuda, acorralándola contra la pared junto al ventanal. Y luego, el sonido. La noche de verano era asfixiante y quieta, sin una sola ráfaga de viento que amortiguara el eco entre las dos casas, separadas apenas por unos metros de césped. Pedri no era silencioso. Jamás lo había sido; era un chico transparente, de emociones a flor de piel, de risas cantarinas que llenaban los jardines por las tardes. Pero los sonidos que escapaban ahora por la rendija de su ventana abierta no tenían nada de infantil. Eran jadeos entrecortados, quejidos agudos que se rompían en súplicas ahogadas, gemidos que raspaban el aire con una intensidad desbordada y húmeda. Cada grito de Pedri era un latigazo en la nuca de Ferran. Un impulso salvaje le exigió bajar las escaleras, cruzar el patio, derribar esa puerta de una patada y arrancarle la cabeza al tipo con sus propias manos. Pero sabía que no le abrirían. La cerradura estaba pasada y, si forzaba la entrada, Pedri lo miraría con ese odio ardiente que le había desgarrado el orgullo minutos antes. Se quedó allí, paralizado. El odio y la rabia mutaron en algo mucho más peligroso, una corriente subterránea y venenosa que se encendió en su vientre. Esos sonidos... Dios, la voz de Pedri quebrándose de placer o de dolor, tan expuesta, tan sumisa a las manos de otro. Había algo enfermizamente adictivo en escucharlo perder el control, en saber que aquel chiquillo tímido que bajaba la mirada cada vez que Ferran se quitaba la camiseta para lavar el coche estaba ahora entregándose con una desesperación descarada. Ferran retrocedió un paso, alejándose del cristal, y se sentó en el borde de su cama deshecha. Tenía la respiración entrecortada. Cerró los ojos con fuerza, apretó los puños sobre sus muslos y se mordió el labio inferior hasta sacarse sangre. La mezcla de repulsión, celos enfermizos y un deseo retorcido y prohibido le nubló el juicio. Pedri era suyo. Siempre había sido su sombra, su devoto seguidor, el niño de ojos brillantes que existía en su órbita. No de un desconocido. No de un bastardo cualquiera que venía a ensuciarlo en su propia cama. Con las manos temblando por una furia fría y calculadora, Ferran estiró el brazo hacia la mesita y tomó su teléfono móvil. La pantalla iluminó sus facciones endurecidas mientras buscaba un contacto específico. «Fernando González». Pulsó la llamada sin dudarlo un segundo. Tardaron cuatro tonos en contestar. La voz del padre de Pedri sonó ronca, cargada de sueño y extrañeza al otro lado de la línea. Ferran tragó saliva, modulando su tono con una precisión quirúrgica, fingiendo una voz rota por la preocupación cívica y el pánico contenido. —Fernando... perdón por la hora —susurró, con un temblor falso en la voz—. Soy Ferran. Sé que me pediste que cuidara de Pedri mientras estabais fuera... y no puedo quedarme callado. Tienes que volver. Ya mismo. —¿Qué? ¿Ferran? ¿Qué pasa con Pedri? ¿Está bien? ¿Se ha hecho daño? —La voz del hombre se espabiló de golpe, alarmada. —No... no es eso —continuó Ferran, bajando aún más la voz mientras los gemidos distantes de Pedri volvían a colarse por el cristal—. Hay un tipo aquí. Un hombre de casi treinta años. Entró a la casa, están... Fernando, Pedri no está bien. El tipo está borracho, se han encerrado en la habitación. Escuché ruidos, fui a tocar y Pedri me gritó que no me metiera. Está fuera de control. Tengo miedo de lo que ese hombre le esté haciendo. Un juramento ahogado resonó desde el otro lado, seguido del movimiento apresurado de sábanas y la voz histérica de María, la madre de Pedri, preguntando qué ocurría. —¡Maldita sea! ¡Salimos para allá ahora mismo! —gritó el padre. —Por favor, Fernando... —añadió Ferran con frialdad implacable—, no le digas a Pedri que fui yo quien te avisó. Se puso muy violento conmigo cuando intenté sacarlo. Me odiaría si sabe que os llamé. Solo... venid rápido. Colgó. Ferran dejó caer el teléfono sobre el colchón. Sabía perfectamente que a esa hora de la madrugada no había vuelos disponibles desde la costa. Tendrían que esperar al primer vuelo chárter de las seis de la mañana o conseguir un enlace de urgencia. Tardarían horas. Horas en las que ese infierno continuaría, pero la trampa ya estaba cerrada. Se recostó en la cama, con la ropa puesta, escuchando cómo la noche se consumía lentamente entre los lamentos de la casa vecina, hasta que el silencio finalmente cayó, denso y fúnebre, poco antes del amanecer. *** Ferran despertó sobresaltado por el crujido metálico de un motor familiar. No se había dado cuenta de en qué momento el cansancio le había cerrado los ojos. Le dolía la cabeza horriblemente, una punzada sorda y constante tras las sienes provocada por la rabia acumulada, la falta de sueño y la tensión muscular. Se incorporó con pesadez, sintiendo la boca seca y amarga. Abajo, en la calle, el sonido de unos neumáticos frenando de golpe sobre el asfalto confirmó sus sospechas. Eran ellos. Ferran se puso de pie de inmediato y caminó hacia la ventana, sin encender ninguna luz. A través de las tablillas de la persiana entreabierta, observó la escena con una calma gélida. El todoterreno de los González estaba mal aparcado a mitad de la entrada, con las ruedas sobre el césped. La puerta del conductor se abrió de golpe y Fernando bajó con el rostro desencajado, la camisa arrugada del viaje y los ojos desorbitados por el terror y la furia. Del asiento del copiloto descendió María, con el cabello revuelto y las manos temblorosas aferradas a su bolso. Ni siquiera se molestaron en cerrar las puertas del coche. Subieron los escalones del porche corriendo. Fernando sacó las llaves con torpeza, forcejeó con la cerradura que estaba cerrada con pestillo y, tras un par de intentos desesperados, logró empujar la puerta principal hacia adentro con un estruendo brutal. Ferran no se movió de su posición. Desde su ángulo, podía ver perfectamente hacia el interior a través del ventanal del salón de los González y, momentos después, el drama se trasladó al piso de arriba cuando los pasos furiosos de los padres hicieron crujir las escaleras. Un segundo después, un grito desgarrador atravesó las paredes de la casa vecina. Fue María. Un chillido agudo, visceral, como el de un animal herido de muerte, que resonó en todo el vecindario. —¡¿Qué es esto?! ¡Dios mío! ¡¿Qué es esto?! Ferran entrecerró los ojos, pegándose más al cristal. En la habitación contigua, la puerta había sido abierta de par en par. A través del marco de la ventana de Pedri, la escena se reveló con una crudeza desgarradora. El hombre de la noche anterior estaba tirado sobre la cama, aún aturdido por el sueño y el alcohol, completamente desnudo de cintura para arriba. A su lado, envuelto torpemente en una sábana revuelta, estaba Pedri. El padre no perdió ni medio segundo. Con un bramido de furia ciega, Fernando se abalanzó sobre el invasor. Lo agarró por el cuello, arrastrándolo fuera del colchón y estampándolo contra el suelo antes de que el sujeto pudiera siquiera comprender qué sucedía. —¡Hijo de puta! ¡Fuera de mi casa! ¡Fuera de aquí antes de que te mate! —rugía el padre, propinándole una patada en las costillas mientras el tipo, desorientado y sangrando por el labio que Ferran ya le había abierto anoche, intentaba cubrirse y gatear hacia sus pantalones. —¡Papá, no! ¡Por favor, para! —la voz de Pedri se escuchó débil, rota, quebrada por un llanto desesperado. El chico intentó levantarse de la cama para intervenir, y fue en ese preciso instante cuando la sábana se le deslizó por los hombros, exponiéndolo a la luz de la mañana. A Ferran se le cortó la respiración. Tu fanfic | Fanfy ❮ Atrás≡ ÍndiceSiguiente ❯ A Ferran se le cortó la respiración. La garganta se le cerró con tanta violencia que sintió una punzada física en el pecho, obligándolo a apoyar la palma temblorosa contra el cristal frío de su ventana. La sábana había resbalado por completo sobre el suelo de parqué, dejando al descubierto el torso menudo y pálido de Pedri. A la cruda luz de la mañana, la piel del chico parecía un mapa de agresiones silenciosas: manchas violáceas y rojizas le mordían la clavícula, la curva del cuello y el costado, mientras finas líneas enrojecidas surcaban sus omóplatos. Eran marcas oscuras, brutales, dejadas por unas manos que no eran las suyas. Una náusea espesa y venenosa le subió a Ferran desde la boca del estómago hasta quemarle la lengua. Ese chiquillo de diecisiete años, al que él había visto jugar con un balón desinflado en el jardín, al que conocía desde que era un renacuajo asustadizo, había sido profanado de la manera más burda. Y lo peor de todo, lo que le retorcía las entrañas hasta el delirio, era el recuerdo asfixiante de los gemidos de la noche anterior. Abajo, en la casa de los González, el escándalo se desató con furia salvaje. Fernando empujó al intruso escaleras abajo. El hombre, vistiendo a trompicones unos vaqueros a medio abotonar y con el torso desnudo goteando sangre por la nariz, rodó por los últimos peldaños hasta el recibidor. Fernando bajó tras él como una fiera, propinándole patadas desordenadas mientras María gritaba al borde del colapso, cubriéndose la boca con ambas manos. —¡Lárgate de aquí, maldito degenerado! —bramó el padre, con la voz desgarrada por una mezcla de rabia y vergüenza ajena—. ¡Si te vuelvo a ver cerca de mi hijo, te juro por Dios que te mato! ¡Llamaré a la policía ahora mismo! La puerta principal se abrió de golpe y el hombre fue expulsado hacia el porche, trastabillando sobre el césped húmedo. Aturdido, humillado y tambaleante, recogió sus zapatillas del suelo y echó a correr hacia su coche aparcado en la acera de enfrente, sin mirar atrás, haciendo chirriar los neumáticos al salir disparado por la calle residencial. Ferran no lo pensó dos veces. Apartó las cortinas, bajó las escaleras de su propia casa de tres en tres y salió al exterior. La mañana era fresca, pero el aire en el vecindario parecía electrificado. María lloraba apoyada contra la barandilla del porche, con el cuerpo sacudido por espasmos incontrolables, mientras Fernando caminaba en círculos por la entrada, pasándose las manos por la cabeza con ademanes desesperados. Ferran cruzó el límite entre ambos jardines con paso firme, adoptando de inmediato la máscara del vecino responsable, del protector sereno que acude en auxilio de la familia en desgracia. Nadie sospecharía jamás que había sido él quien había encendido la mecha. —¡Fernando! ¡María! —gritó Ferran, fingiendo un sobresalto calculado mientras subía los escalones—. ¿Qué ha pasado? Escuché los gritos desde mi cocina. ¿Estáis bien? Fernando levantó la mirada, con los ojos inyectados en sangre y las facciones desfiguradas por el dolor. Se acercó a Ferran y lo aferró del hombro con una mano que temblaba incontrolablemente. —Ferran... Dios mío, Ferran —dijo el hombre, con la voz rota—. Menos mal que nos llamaste. Llegamos justo a tiempo... o tal vez ya demasiado tarde. Ese bastardo... ese infeliz estaba en la cama de mi hijo. María soltó un sollozo ahogado desde el porche, ocultando el rostro entre sus palmas. —¿Dónde está Pedri? —preguntó Ferran de inmediato. Su tono era bajo, urgente, y no pudo disimular del todo la sombra de posesividad que endurecía su mandíbula—. ¿Cómo está él? —Encerrado en su habitación —respondió Fernando, respirando con dificultad mientras intentaba calmarse sin éxito—. Cuando le grité, cuando le pregunté qué demonios estaba haciendo con un tipo que le dobla la edad... se puso a llorar como un histérico. Me dijo que lo dejara en paz, que es su vida. ¡Tiene diecisiete años, Ferran! ¡Aún no ha terminado el bachillerato! No sé qué le pasa, no reconozco a mi propio hijo. No sé en qué clase de monstruo se ha convertido en los últimos meses. Una punzada de satisfacción oscura rozó la mente de Ferran, pero fue rápidamente aplastada por la imagen de las marcas moradas en la piel de Pedri. —Déjame hablar con él, Fernando —ofreció Ferran, con una calma que sonó casi piadosa—. Tú estás demasiado alterado y solo conseguiréis gritaros más. Yo lo conozco. Sé cómo tratarlo. Entraré a ver cómo está. Fernando lo miró con una gratitud desgarradora, asintiendo repetidas veces antes de dejarse caer sobre los escalones junto a su esposa. —Por favor, Ferran. Haz que entre en razón. Por lo que más quieras. Ferran no esperó una segunda confirmación. Atravesó el umbral de la casa de los González, un territorio que le resultaba familiar desde hacía diez años, pero que hoy olía a caos, a polvo revuelto y al perfume denso del intruso que acababa de huir. Subió las escaleras con zancadas silenciosas y seguras, sintiendo cómo los latidos de su corazón martilleaban contra sus costillas con un ritmo feroz. Al llegar al final del pasillo, la puerta del dormitorio de Pedri estaba entreabierta. Ferran empujó la madera despacio, sin hacer ruido, y se deslizó al interior antes de cerrar la puerta a sus espaldas, pasando el cerrojo con un suave chasquido que resonó como una sentencia. La habitación era un desastre. La lámpara de la mesilla seguía encendida, proyectando una luz pálida sobre las sábanas arrancadas del colchón y tiradas en el suelo. El aire olía a sudor, a colonia barata y al rastro inconfundible de una intimidad apresurada y sucia que a Ferran le provocó deseos de prenderle fuego a la habitación entera. En el rincón más alejado, acurrucado en el espacio estrecho entre la cama y la pared, estaba Pedri. El chico se abrazaba las rodillas contra el pecho, vistiendo únicamente unos pantalones cortos de chándal que le quedaban holgados. Tenía la cabeza gacha, oculta entre los brazos, y la espalda delgada le temblaba al compás de un llanto mudo y agotado. Parecía diminuto, frágil, como si el peso de las últimas veinticuatro horas lo hubiera quebrado por completo. Ferran se quedó inmóvil un momento, observándolo. La rabia que lo había consumido durante la noche no desapareció, pero se transformó en algo mucho más retorcido: una ternura asfixiante, una necesidad enferma de recomponer lo que él mismo había ayudado a destruir. Dio dos pasos hacia él. El suelo de madera crujió bajo sus botas. Pedri alzó la cabeza de golpe. Sus ojos estaban enrojecidos, rodeados de ojeras profundas y brillantes de lágrimas frescas. Tenía las mejillas manchadas y los labios resecos y partidos. Al ver a Ferran de pie en medio de su cuarto, la sorpresa inicial se congeló en su rostro, reemplazada rápidamente por una mueca de humillación pura y un rencor ardiente. —¿Qué haces aquí? —susurró Pedri con la voz completamente rota, casi inaudible—. Vete. Lárgate de mi casa. Ferran no retrocedió. Caminó con lentitud hasta detenerse a escasos centímetros del chico, inclinándose para quedar a su altura. Sus ojos recorrieron sin pudor la piel expuesta de Pedri, deteniéndose en un cardenal especialmente oscuro sobre la clavícula izquierda. —Mírate —dijo Ferran con voz grave, cargada de una severidad que apenas lograba ocultar un temblor de ira—. Mírate nada más, Pedri. ¿Esto es lo que querías? ¿Esto es ser un adulto? Pedri se encogió sobre sí mismo, tratando desesperadamente de cubrirse el pecho con los brazos, pero Ferran se lo impidió. Con un movimiento rápido y dominante, el mayor le sujetó ambas muñecas con una sola mano, inmovilizándolo contra la pared con una fuerza que no admitía resistencia. —¡Suéltame! —gimió Pedri, forcejeando con rabia impotente mientras las lágrimas volvían a desbordarse por sus mejillas—. ¡No me toques! ¡Déjame en paz, Ferran! —Cállate —le ordenó Ferran en un susurro áspero, acercando su rostro al de él hasta que sus respiraciones se mezclaron—. Te advertí anoche que no te metieras con ese tipo. Te lo dije en la maldita cara y me cerraste la puerta. ¿Y para qué? ¿Para que viniera a marcarte como si fueras un pedazo de carne? Ferran soltó las muñecas del menor solo para llevar su mano libre directamente al cuello de Pedri. No apretó, pero sus dedos ásperos y callosos se cerraron alrededor de su garganta con una posesividad que hizo que el aire se le atascara al chico en el pecho. Con el pulgar, presionó deliberadamente sobre el moratón más visible, haciéndole soltar un quejido agudo. —Te dolió, ¿verdad? —Ferran clavó sus ojos oscuros en los del menor, implacable—. Escuché todo anoche, Pedri. Escuché cada grito, cada ruido. No pudiste cerrar la maldita ventana. ¿Sabes lo que sentí al oírte suplicarle a ese imbécil? Pedri abrió los ojos desmesuradamente. La humillación se transformó en un destello de revelación aterradora. —Fuiste tú... —susurró el chico, temblando de la cabeza a los pies mientras miraba fijamente a Ferran—. Tú llamaste a mis padres. Tú hiciste que vinieran. Ferran no pestañeó. Ni una sola pizca de arrepentimiento cruzó sus facciones. —Por supuesto que fui yo —admitió con una calma helada, acariciando la mandíbula temblorosa de Pedri con el dorso de la mano—. ¿Qué esperabas que hiciera? ¿Que me quedara sentado en mi casa mientras un tipo de mi edad te destrozaba en tu propia cama? Eres un niño inconsciente. No sabes cuidarte solo. Si tus padres no te detenían, lo habría hecho yo a golpes, Pedri. La crudeza de la confesión dejó a Pedri sin aliento. Un sollozo furioso y desesperado escapó de su garganta, y con una fuerza nacida del despecho más puro, empujó el pecho de Ferran con ambas manos, logrando apartarlo unos centímetros. —¡Eres un monstruo! —le gritó el menor, con el rostro ardiendo en lágrimas y rabia—. ¡Me arruinaste la vida! ¡Mis padres me odian, me tienen asco, y todo por tu culpa! ¡¿Por qué te importa tanto lo que haga con mi cuerpo?! ¡A ti no te pertenezco! —¡Porque no voy a permitir que nadie más te toque! —estalló Ferran, perdiendo finalmente la compostura. El grito resonó en las cuatro paredes de la habitación. Ferran dio un paso al frente y atrapó a Pedri por los hombros, empujándolo contra el colchón deshecho hasta dejarlo acorralado bajo su propia sombra. La distancia entre ambos se redujo a la nada. Ferran respiraba con dificultad, con la mirada desquiciada por una tormenta de celos que ya no podía seguir disfrazando de deber fraternal. —No con ese tipo. No con nadie —continuó Ferran, con la voz volviéndose ronca, casi un gruñido—. ¿Crees que soy ciego? ¿Crees que no me di cuenta de las fiestas, de la gente extraña entrando y saliendo, de cómo me evitabas? ¿Por qué lo hiciste, Pedri? ¿Para demostrarme qué? ¿Qué querías probar? Pedri se quedó inmóvil bajo su peso, sintiendo el calor abrasador que emanaba del cuerpo del mayor. Tenía el pecho subiendo y bajando en jadeos erráticos, y por un segundo, la valentía desesperada que lo había impulsado en los últimos días volvió a inflamarse en su interior. Miró a Ferran a los ojos, sin parpadear, dejando que todo el veneno, todo el amor torcido y el dolor de los últimos años brotara a la superficie. —¡Por ti! —gritó Pedri, golpeando el colchón con el puño cerrado—. ¡Lo hice por ti, maldito idiota! Ferran se congeló. Sus dedos aflojaron ligeramente el agarre sobre los hombros del chico, desconcertado por el estallido. —¿De qué estás hablando? —preguntó Ferran, con el ceño fruncido. —¡Te vi! —bramó Pedri, con la voz quebrándose en un lamento desgarrador que parecía arrancarle las entrañas—. ¡Hace tres días! ¡La vi bajarse de tu coche, vi cómo la abrazabas y cómo la besaste en el porche! ¡Tienes novia, Ferran! ¡Tienes una maldita novia! El silencio que siguió a las palabras de Pedri fue tan denso que parecía absorber todo el aire de la estancia. Ferran no se movió. Se quedó mirándolo fijamente, procesando cada palabra, cada lágrima que rodaba por las mejillas encendidas del muchacho. —Llevo diez años... —continuó Pedri, bajando la voz hasta un susurro ahogado por el llanto, rindiéndose por completo ante la verdad que lo estaba matando por dentro—. Diez años esperando a que dejaras de llamarme «hermanito». Diez años mirándote por la ventana, sonrojándome como un estúpido cada vez que me hablabas, soñando con que algún día me miraras como a alguien a quien pudieras desear. ¡Y de repente traes a esa mujer! ¡Y me di cuenta de que para ti nunca seré más que un crío molesto! Pedri desvió la mirada hacia un lado, incapaz de sostener la intensidad demoledora de los ojos de Ferran. Los sollozos lo sacudían de nuevo, dejándolo vulnerable, expuesto y completamente a merced del hombre sobre él. —Quería sacarte de mi cabeza —murmuró Pedri, mordiéndose el labio con desesperación—. Quería que alguien me tocara para olvidar cómo se sentía desear que fueras tú. Pero ni siquiera con él pude... en toda la noche, lo único que hacía era cerrar los ojos e imaginarme que eras tú el que estaba encima de mí. Una corriente eléctrica, violenta y adictiva recorrió la espina dorsal de Ferran. La revelación no lo asustó; no provocó en él la repulsión que dictaría la moral convencional. Al contrario: saber que Pedri se estaba destruyendo por su causa, saber que cada gemido que había escuchado a través de la ventana había sido una invocación desesperada a su nombre, despertó en su pecho un fuego abrasador que barrió cualquier rastro de cordura. Ferran bajó la mirada hacia los labios temblorosos de Pedri, entreabiertos y húmedos por el llanto. Luego miró las marcas moradas en su cuello. Ya no le producían náuseas; ahora le provocaban un deseo implacable de borrarlas una a una con su propia boca. —Pedri... —susurró Ferran, y su tono ya no tenía nada de la frialdad de antes. Era bajo, oscuro, cargado de una ternura enferma y posesiva. Lentamente, Ferran deslizó una mano por el costado del chico, subiendo por sus costillas hasta alcanzar su nuca, enredando los dedos en sus cabellos castaños. Pedri se estremeció violentamente ante el contacto, conteniendo la respiración mientras sus ojos brillantes se volvían a encontrar con los del mayor, llenos de pánico y una esperanza agonizante. —Eres un idiota —murmuró Ferran, inclinándose aún más, hasta que la punta de su nariz rozó la mejilla húmeda de Pedri—. Un crío estúpido que no tiene ni la menor idea del peligro en el que se acaba de meter. —Ferran... por favor... —suplicó Pedri en un jadeo, sin saber si le estaba pidiendo que se detuviera o que terminara de destruirlo. —Esa chica no significa una mierda para mí —dijo Ferran con voz ronca, rozando con sus labios la piel quemada por los hematomas ajenos en el cuello de Pedri, arrancándole un gemido ahogado y trémulo al muchacho—. Se acabó. Hoy mismo la saco de mi vida. Pero tú... Ferran levantó el rostro de Pedri tomándolo con firmeza por el mentón, obligándolo a sostenerle la mirada, una mirada que brillaba con una resolución oscura y absoluta. —Tú no vuelves a dejar que nadie ponga una sola mano sobre ti. Ni un chico de tu edad, ni ningún bastardo como el de anoche. Nadie, Pedri. ¿Me has oído bien? Pedri tembló, sintiendo cómo el corazón se le desbocaba contra las costillas, asustado y a la vez completamente cautivado por la posesividad venenosa de Ferran. —¿Y tú? —atinó a preguntar Pedri en un susurro tembloroso, desafiándolo con el último vestigio de timidez que le quedaba—. ¿Tú sí vas a tocarme? Ferran no respondió con palabras. Bajó la cabeza y estampó sus labios contra los de Pedri con una violencia hambrienta, reclamando la boca del chico con la furia contenida de quien lleva años resistiéndose a una tentación inevitable y prohibida. Sobre la trama Ferran y pedri son vecinos de hace años casi 10 años, pedri tiene un pequeño no tan pequeño enamoramiento con su vecino en secreto, pero ferran tiene novia, cuando pedri se entero lloro todo el día, se sintió traicionado, ferran solo lo veía como un pequeño hermano, y eso le dolió más aún, y pues empezó a frecuentar a fiestas ahí conoció a varios chicos y chicas, y como sus padres estaban de viaje pedri llevaba a varios a su casa para despecharse, ferran un día lo vio y fue a ver que pasaba, tocó la puerta, y salió un hombre casi de su edad, sin camisa y una toalla en la cadera, el obvio se enojo y lo golpeó, pero pedri apareció con una bata de baño, tratando de separarlos, le grito a ferran qué que hacía el ahí, golpeando a su novio, ferran se extraño feo, lo miro confundido, le regaño porque estaba con un hombre mayor, que que le pasaba por la cabeza, pedri le respondió que así le gustan que eso no le imcumbe a él, así que lo empujo hasta su puerta hasta cerrarle la puerta en su cara enojado, cuando ferran se quedo afuera parado su novia aparece y le pregunta que le pasaba y ferran le explica todo exaltandose, ella le dice que pedri ya es casi un adulto ya sabe lo que hace con su vida, eso no le imcumbia, pero ferran la miró incrédulo, y se fue a su casa, porque no entendía que pedri es un niño, no puede tener novio aún, y menos con ese tipo, no no podia Tu fanfic | Fanfy ❮ Atrás≡ ÍndiceSiguiente ❯ El beso no tuvo nada de la dulzura que Pedri había imaginado durante años de silenciosa devoción. Fue un choque violento, abrasador y hambriento, como si una presa rota hubiera liberado de golpe un torrente turbio que llevaba demasiado tiempo acumulándose bajo la superficie. Ferran tomó el rostro del menor entre sus manos grandes, hundiendo los dedos en sus mejillas con una fuerza que casi rozaba el dolor, aprisionando sus labios sin darle espacio para respirar. Tenía la boca caliente, áspera, y sabía a café amargo y a furia pura. Pedri soltó un quejido trémulo contra su piel, pero en lugar de apartarse, sus manos temblorosas se alzaron por puro instinto, aferrándose desesperadamente a la tela de la camiseta de Ferran, arrugándola entre sus puños pequeños. Era demasiado. Era asfixiante, abrumador y terriblemente adictivo. El aire se extinguió en los pulmones de Pedri cuando Ferran empujó la lengua entre sus labios entreabiertos, invadiéndolo con una determinación posesiva que le nubló el juicio por completo. Las lágrimas que aún humedecían las pestañas del chico terminaron de rodar por sus mejillas, mezclándose entre los dos, saladas y cálidas. Cada terminación nerviosa de Pedri se encendió como pólvora; era el hombre que amaba, el hombre al que había espiado desde la ventana, el que ahora lo devoraba con una intensidad desquiciada, borrando de un plumazo el terror de la mañana. Ferran cortó el beso de golpe, apartándose apenas unos centímetros, aunque sin liberar su rostro. Su respiración agitada golpeaba la barbilla de Pedri, y sus ojos oscuros brillaban con un resplandor febril, fijos en la boca enrojecida e hinchada del muchacho. —Maldita sea... —gruñó Ferran, con la voz rota y áspera—. Diez años, Pedri. Diez malditos años teniéndote al lado y vienes a decirme esto ahora. Después de meter a esa escoria en tu cama. —Tú... tú tenías a esa chica —susurró Pedri, con el labio inferior temblando incontrolablemente, incapaz de apartar la mirada de esos ojos que por fin lo miraban como a un hombre, aunque fuera a través de una lente enferma—. No podías culparme por querer sacarte de mi cabeza. Dolía demasiado, Ferran. Me dolía verte con ella. —¿Y esto no te duele? —espetó Ferran, bajando la mano con brusquedad hacia la clavícula de Pedri, presionando con el pulgar uno de los cardenales morados que el otro tipo le había dejado. Pedri soltó un grito ahogado y apretó los ojos con fuerza, arqueando la espalda por el dolor punzante. —Ferran... por favor... —Mírame —ordenó el mayor, con un tono autoritario que no admitía réplica—. Abre los ojos y mírame, Pedri. El chico obedeció, parpadeando con pesadez, con la mirada vidriosa y vulnerable. Ferran no aflojó la presión de inmediato; se inclinó lentamente, devorando la distancia milímetro a milímetro hasta que sus labios rozaron la marca violácea en el cuello del menor. Y entonces, mordió. Pedri ahogó un quejido agudo contra el hombro de Ferran, clavando las uñas en su espalda mientras el mayor hundía los dientes con deliberada lentitud en la piel sensible, justo encima del hematoma ajeno. Fue un dolor lacerante que rápidamente mutó en una quemadura caliente cuando la lengua de Ferran comenzó a lamer la herida con fruición, succionando el tejido con una ferocidad salvaje, como si quisiera arrancar el rastro del desconocido a mordiscos. —Este cuello es mío —murmuró Ferran contra su piel, su aliento abrasándole la garganta—. Toda esta piel es mía, Pedri. Tú me perteneces desde antes de que supieras qué coño significa pertenecer a alguien. ¿Te queda claro? —Sí... sí —gimió Pedri, perdiendo toda resistencia, entregado a la sensación abrumadora de ser reclamado por la persona que había ocupado su corazón entero durante media vida—. Es tuya... Ferran, es tuya. El reconocimiento de esa rendición pareció calmar apenas una fracción del fuego que consumía a Ferran. El mayor se apartó despacio, contemplando su obra: una marca fresca, roja y profunda que tapaba casi por completo la mancha anterior. Una sonrisa diminuta, torcida y peligrosa, asomó en la comisura de sus labios. Un golpe seco en la planta baja cortó de tajo el trance en el que estaban sumidos. —¡Ferran! —la voz de Fernando resonó desde el final de la escalera, cargada de cansancio y angustia—. ¿Ferran, sigues ahí arriba? ¿Cómo está el chico? Pedri se puso rígido al instante, con los ojos desorbitados por el pánico. Todo el peso de la realidad volvió a desplomarse sobre sus hombros frágiles: sus padres en el salón, la vergüenza, el escándalo, el hombre que su padre había echado a golpes. Intentó apartarse de Ferran para buscar una camiseta con la que cubrirse, pero el mayor no se lo permitió; lo sujetó con firmeza por la cintura, manteniéndolo pegado a su cuerpo. —Cálmate —le susurró Ferran al oído, con una frialdad repentina que contrastaba brutalmente con la pasión de hacía unos segundos—. Yo tengo el control de esto. Vas a hacer exactamente lo que yo te diga. —Ferran, mis padres... ellos me vieron... me vieron con él, van a... —No van a hacer nada —le interrumpió el mayor, acariciándole la nuca con una ternura pesada, casi asfixiante—. Te dije que yo me encargaría. Vas a quedarte aquí. Te pondrás una sudadera de cuello alto para que no vean esto. Llorarás si es necesario, les dirás que ese imbécil te presionó, que te asustaste y no supiste cómo sacarlo de la casa. Les dirás que fue un error del que te arrepientes profundamente. Pedri lo miró con los ojos muy abiertos, asimilando la red de mentiras que Ferran tejía con tanta naturalidad. —Pero... ellos saben que lo defendí anoche. —Anoche estabas en shock —sentenció Ferran con seguridad absoluta, como si estuviera redactando la realidad a su antojo—. Estabas confundido y tenías miedo de que ese tipo se pusiera violento contigo si lo delatabas. Esa es la historia, Pedri. Y es la historia que yo voy a confirmarles abajo. Pedri tragó saliva, sintiendo un escalofrío que no era del todo de desagrado. Había algo profundamente perturbador en la facilidad con la que Ferran manipulaba la situación, pero al mismo tiempo, el cobijo de su protección era lo único a lo que podía aferrarse para no ahogarse en la culpa. —¿Y tu novia? —preguntó Pedri en un susurro tembloroso, mientras los celos volvían a asomar, tímidos pero persistentes, en su pecho—. Dijiste que la dejarías. Ferran sostuvo su mirada durante varios segundos. Luego, deslizó una mano por su mejilla pálida, limpiándole con el pulgar el rastro de una lágrima seca. —Esta misma tarde estará fuera de mi vida —prometió Ferran, con una severidad que no dejaba lugar a dudas—. No voy a tolerar que vuelvas a usar a otro hombre como excusa para olvidarme. Nunca más, Pedri. Si vuelvo a ver a alguien rondando por esta casa, no me limitaré a llamar a tu padre. No hubo necesidad de que explicara la amenaza implícita. Pedri asintió con lentitud, sintiendo cómo una jaula invisible, dorada y sofocante, se cerraba a su alrededor. Pero en lugar de querer escapar, sintió una calidez extraña y retorcida florecer en su vientre. Ferran lo quería. Lo quería tanto que estaba dispuesto a destruirlo todo con tal de conservarlo para sí mismo. —¡Ferran! —insistió la voz del padre, ya en el primer rellano de las escaleras. —¡Ya bajo, Fernando! —respondió Ferran con voz potente y serena, levantándose de la cama con una agilidad pasmosa. Antes de caminar hacia la puerta, Ferran se detuvo frente al armario de Pedri, sacó una sudadera gris holgada de algodón y se la lanzó sobre el regazo. —Póntela —ordenó en voz baja—. Y no salgas de aquí hasta que yo te llame. Pedri asintió en silencio, abrazando la prenda contra su pecho mientras veía a Ferran abrir la puerta del dormitorio y cerrarla tras de sí con cuidado. *** En el salón, el ambiente seguía impregnado de una tensión irrespirable. María estaba sentada en el sofá, con una taza de té temblando entre sus manos y los ojos hinchados de tanto llorar. Fernando caminaba de un lado a otro con los puños cerrados, deteniéndose en seco en cuanto vio a Ferran descender el último peldaño. —¿Y bien? —preguntó el padre, con un nudo visible en la garganta—. ¿Habló contigo? Ferran adoptó de inmediato una expresión de pesar contenido, cruzándose de brazos y suspirando con pesadez, como si cargara con el peso de la tragedia ajena. —Hablé con él —dijo Ferran, bajando la voz con un tono confidencial y medido—. Está destrozado, Fernando. Está aterrado. María levantó la cabeza de golpe, con un sollozo ahogado. —¿Aterrado de qué? ¿De nosotros? ¡Dios mío, nosotros nunca le hemos levantado la mano! —No de vosotros, María —Ferran se acercó a la mesa baja, fingiendo una empatía impecable—. De ese tipo. Pedri es un crío ingenuo, ya lo sabéis. Conoció a ese imbécil en una fiesta hace unos días. El tipo empezó a insistir, a manipularlo, a comprarle cosas... y anoche se presentó aquí sin avisar. Pedri no supo cómo detenerlo. Se sintió acorralado. Todo lo que dijo anoche cuando intenté sacarlo fue producto del pánico; el tipo lo tenía amenazado con hacerle daño si abría la boca. Fernando se llevó una mano a la boca, palideciendo visiblemente, mientras María rompía en llanto de nuevo, cubriéndose el rostro con las manos. —Maldito hijo de puta... —masculló Fernando, con los dientes apretados—. Debí haberlo matado cuando lo tuve en el suelo. Deberíamos ir a la policía ahora mismo. —No —intervino Ferran de inmediato, con una firmeza que hizo que el padre se detuviera—. No lo hagáis. Pensad en Pedri. Si hacéis una denuncia, el chico tendrá que declarar, someterse a exámenes médicos, testificar... Todo el pueblo se enterará. Se sentirá humillado de por vida, Fernando. No soportaría ese escarnio público, ya sabéis lo tímido y sensible que es. Fernando dudó, mirando hacia las escaleras con el alma en un hilo. La lógica retorcida de Ferran tenía demasiado sentido para un padre desesperado por proteger el honor y la fragilidad de su hijo. —¿Y qué hacemos entonces? —preguntó Fernando, derrotado—. No podemos dejarlo solo. Suspendemos el viaje ahora mismo, nos quedamos aquí. —Eso solo hará que se sienta más culpable y vigilado —sugirió Ferran, dando el golpe maestro a su estrategia—. Necesita volver a la normalidad, pero necesita supervisión constante. Alguien que no lo juzgue con la mirada de un padre, pero que tenga la autoridad para cuidarlo. Fernando miró a Ferran a los ojos, y el agradecimiento en su rostro fue casi patético en su inocencia. —Tú... —dijo el hombre, tragando saliva—. Ferran, no sé qué haríamos sin ti. ¿Podrías... podrías hacerte cargo de él estas dos semanas? Que pase las tardes contigo, que estudie en tu casa. No dejes que salga solo. Por favor. Una chispa de triunfo oscuro brilló en las pupilas de Ferran, oculta tras una máscara de resignación responsable. —No te preocupes, Fernando —respondió con voz firme—. Yo me encargo de él. No se apartará de mi vista ni un solo segundo. Os doy mi palabra. *** Esa misma tarde, el cielo se cubrió de nubarrones grises que amenazaban con una tormenta de verano. Ferran estaba apoyado contra la barandilla de su porche, con una cerveza fría en la mano que apenas había probado. A unos metros de distancia, el motor del coche de su novia acababa de apagarse. La chica bajó del vehículo vistiendo un vestido veraniego, con una sonrisa ligera que se desvaneció en cuanto vio la frialdad tallada en el rostro del mayor. —Hola —dijo ella, subiendo los escalones con cautela—. ¿Cómo estás? Me quedé preocupada por cómo te fuiste anoche... y luego vi el coche de los vecinos volver de madrugada. ¿Qué pasó al final con el chico? Ferran ni siquiera se movió. Tomó un sorbo lento de la botella y la miró de arriba abajo, como si estuviera observando a una completa extraña que acababa de invadir su propiedad. —No te preocupes por el chico —respondió con una voz cortante, desprovista de cualquier calidez—. Ya está todo resuelto. Ella frunció el ceño, desconcertada por el muro de hielo que se levantaba frente a ella. —Ferran, ¿qué te pasa? Has estado raro todo el fin de semana. Parece que estás en otro mundo. ¿Hice algo mal? —No hiciste nada mal —Ferran dejó la botella sobre la barandilla con un golpe seco—. Simplemente esto se terminó. El silencio que cayó sobre el porche fue repentino y pesado. La chica parpadeó un par de veces, incrédula, soltando una risa nerviosa y sin gracia. —¿Qué? ¿De qué estás hablando? ¿Es una broma? —No suelo hacer bromas —Ferran dio un paso hacia la puerta de su casa, dándole la espalda sin el menor atisbo de duda—. No quiero seguir con esto. Recoge las cosas que tengas adentro y vete. —¡¿Pero por qué?! —exclamó ella, con la voz subiendo de tono, la sorpresa transformándose rápidamente en indignación—. ¡Estábamos bien hasta hace dos días! ¡No puedes simplemente soltarme esto así como si nada! ¿Hay alguien más? Ferran se detuvo en el umbral. Por una fracción de segundo, la imagen de Pedri en su cama, con la piel marcada y los ojos brillantes pidiéndole que lo salvara, cruzó su mente como un relámpago abrasador. Una sensación de satisfacción casi venenosa le recorrió las venas. —Sí —dijo Ferran, sin volverse a mirarla—. Hay alguien más. Y no hay nada que puedas hacer al respecto. Así que ahórrate el drama y lárgate. Entró en la casa y cerró la puerta con firmeza, ignorando los golpes y los reclamos indignados que resonaron en la madera durante los siguientes cinco minutos, hasta que finalmente el chirrido de los neumáticos sobre el pavimento confirmó que se había marchado para siempre. Ferran no sintió absolutamente nada. Ni culpa, ni remordimiento, ni vacío. Solo una extraña ligereza en el pecho, como el depredador que acaba de limpiar el terreno para asegurar a su presa. Caminó hacia la cocina, se sirvió un vaso de agua y subió a su habitación. Se acercó a la ventana. El cielo ya comenzaba a gotear sobre los tejados, y a través de la lluvia incipiente, la casa de los González parecía sumida en una calma fúnebre. En el segundo piso, la luz del dormitorio de Pedri estaba encendida. Ferran sacó el teléfono de su bolsillo y marcó el número del menor. Tardó apenas dos tonos en responder. La respiración entrecortada de Pedri llenó la línea, temblorosa, cargada de una expectación que casi se podía tocar. —Ferran... —susurró el chico. —Asómate a la ventana —le ordenó Ferran en un susurro grave. Al otro lado del patio, la fina cortina blanca se descorrió despacio. Pedri apareció tras el cristal. Llevaba la sudadera gris que le quedaba inmensa, con las mangas cubriéndole los nudillos y el cuello subido hasta la barbilla. Tenía el teléfono pegado a la oreja y la mirada fija en Ferran, que lo observaba desde su propio ventanal, a apenas unos metros de distancia. —Ya se fue —dijo Ferran, sosteniéndole la mirada a través del cristal y de la lluvia—. La eché. No volverá a pisar esta calle. Pedri tragó saliva visiblemente. Una chispa de luz, una mezcla embriagadora de alivio, adoración y un miedo casi reverencial, iluminó sus ojos castaños. —¿En serio? —preguntó Pedri, con la voz temblándole ligeramente. —Te dije que era una promesa —Ferran apoyó la frente contra el cristal frío, sin romper el contacto visual—. Hablé con tu padre. Aceptaron que te quedes bajo mi cuidado. Mañana por la mañana vendrás a mi casa. Desayunarás conmigo, estudiarás en mi salón y dormirás en mi cama. Se acabaron las salidas, se acabaron los amigos y se acabaron las tonterías, Pedri. A partir de hoy, tu mundo soy yo. Al otro lado, Pedri sintió que el suelo temblaba bajo sus pies. Era aterrador, era asfixiante, era un control desmedido que cualquier persona cuerda habría rechazado con horror. Pero Pedri no estaba cuerdo; llevaba diez años muriendo por unas migajas de la atención de ese hombre, y ahora lo tenía entero, oscuro, celoso y obsesionado con él. El chico esbozó una sonrisa diminuta, tímida y brillante, la primera sonrisa auténtica en días, mientras una lágrima solitaria volvía a rodar por su mejilla. —Está bien —susurró Pedri contra el auricular, rindiéndose por completo a las cadenas que él mismo había pedido a gritos—. Mañana a primera hora estaré ahí. Ferran sonrió en la penumbra, una sonrisa cargada de triunfo y posesión absoluta. —Buenas noches, Pedri —murmuró Ferran antes de colgar—. Sueña conmigo. Porque no voy a dejarte pensar en nadie más. Tu fanfic | Fanfy ❮ Atrás≡ ÍndiceSiguiente ❯ El rocío de la mañana aún brillaba sobre las briznas de hierba cuando el coche de los González abandonó la entrada por segunda vez en menos de veinticuatro horas. María se había despedido de su hijo entre lágrimas en el porche, abrazándolo con una devoción temerosa, pidiéndole perdón por no haber estado allí para cuidarlo. Fernando, por su parte, le había dado una palmada torpe en la espalda a Ferran antes de subir al vehículo, agradeciéndole con los ojos la promesa de mantener a raya cualquier sombra del pasado reciente. Pedri vio alejarse las luces traseras del coche hasta que se perdieron en la curva de la avenida. Llevaba una pequeña mochila colgada de un hombro, con un par de mudas de ropa y sus libros de texto. El frío de las ocho de la mañana le calaba la tela fina de los vaqueros, pero lo que realmente le hacía tiritar era la presencia imponente del hombre a su lado. Ferran no se movió hasta que el rumor del motor se extinguió por completo. Vestía unos pantalones oscuros y una camiseta ajustada que dejaba al descubierto los brazos fuertes, cruzados sobre el pecho. La frialdad con la que había despedido a los padres se evaporó en un segundo, sustituida por una mirada ardiente que recorrió a Pedri de pies a cabeza con la minuciosidad de un halcón asegurando su presa. —Camina —dijo Ferran en voz baja. No fue una sugerencia. Ferran le puso una mano pesada y cálida en la nuca, empujándolo suavemente hacia el sendero que cruzaba el límite entre ambos jardines. El tacto de esos dedos largos sobre su piel aún sensible hizo que Pedri tragara saliva con dificultad, sintiendo una corriente eléctrica que le bajó directa a las rodillas. Subieron los escalones del porche de Ferran. La puerta se abrió y el mayor lo guio hacia el interior con un gesto firme, cerrando inmediatamente tras ellos y pasando la llave con un chasquido metálico y deliberado que resonó en el recibidor en silencio. La casa de Ferran olía a madera encerada, a café recién hecho y a esa colonia amaderada y limpia que Pedri tantas veces había intentado aspirar a escondidas cuando el mayor pasaba a su lado. Pero ahora, ese espacio ya no era un terreno vedado; estaba allí adentro, encerrado con él. —Deja la mochila en el suelo —ordenó Ferran, apoyándose contra la pared del pasillo mientras lo observaba. Pedri obedeció, soltando la correa despacio. Sus dedos temblaban ligeramente por la timidez. Aunque hacía apenas unas horas le había gritado sus sentimientos a la cara con una furia desesperada, la realidad de encontrarse a solas en la casa de Ferran, con la puerta bloqueada, volvía a despertar su pudor habitual. Se quedó de pie en mitad del recibidor, con los hombros encogidos y la mirada fija en las baldosas. Ferran dio un paso al frente, acortando la distancia. Levantó una mano y, con el índice, levantó el mentón del menor, obligándolo a mirarlo a los ojos. —¿Por qué no me miras a la cara, Pedri? Ayer tenías la boca muy grande para decirme que querías a hombres mayores. Las mejillas de Pedri se encendieron de golpe, tiñéndose de un carmín intenso que llegó hasta la punta de sus orejas. —Ferran... por favor, no te burles de mí —susurró, con la voz apenas audible—. Ya pasó. Dijiste que me ayudarías. —No me estoy burlando —replicó Ferran con seriedad absoluta, deslizando los dedos por la mandíbula del muchacho con una caricia que tenía tanto de mimo como de advertencia—. Te estoy recordando dónde estamos. Aquí no tienes que fingir nada. No hay fiestas a las que escapar, ni tipos a los que meter en tu cama para darme celos. Se acabaron los juegos. Con un movimiento fluido, Ferran metió los dedos bajo el cuello alto de la sudadera que Pedri llevaba puesta y tiró de la tela hacia abajo, dejando al descubierto la clavícula y la piel pálida del cuello. La marca que Ferran le había dejado el día anterior había madurado en un tono rojizo oscuro, superponiéndose como un sello violento sobre las sombras dejadas por el desconocido. Ferran recorrió el borde con la yema del pulgar, aplicando una ligera presión. Pedri soltó un jadeo trémulo y cerró los ojos, inclinando la cabeza ligeramente hacia un lado sin poder resistirse al contacto. —Aún se nota —murmuró Ferran, con un deje de satisfacción oscura en la voz—. Pero ahora se ve cuál es la importante. Ven a la cocina. No has comido nada decente en días. Ferran le soltó el cuello y echó a andar por el pasillo. Pedri se quedó un segundo tomando aire, llevándose una mano al pecho para calmar los latidos desbocados de su corazón, antes de seguirlo en silencio. En la mesa de la cocina ya había un desayuno preparado: tostadas calientes, zumo recién exprimido y dos tazas humeantes. Ferran le señaló una silla y Pedri se sentó con timidez en el borde, doblando las manos sobre el regazo como si fuera un invitado que teme desentonar. Ferran se sentó enfrente, apoyando los codos sobre la madera y mirándolo fijamente mientras daba un sorbo a su taza. —Come —le indicó—. Tienes que recuperar peso. Estás más flaco que hace un mes. —No tengo mucha hambre... —intentó excusarse el chico, bajando los ojos. —No te he preguntado si tienes hambre, Pedri. He dicho que comas —la voz de Ferran no admitía discusión, impregnada de una severidad que ponía los pelos de punta, pero en el fondo de sus ojos castaños había un destello de genuina preocupación que desarmaba al menor—. Mientras estés en esta casa, vas a alimentarte bien. Y mientras estés aquí, me vas a dar tu teléfono. Pedri levantó la cabeza de golpe, sorprendido y ligeramente alarmado. —¿Mi teléfono? ¿Por qué? —Porque no quiero que nadie te escriba. Ni los idiotas con los que te fuiste de juerga, ni mucho menos ese tipejo si se le ocurre volver a contactarte —Ferran extendió la mano abierta sobre la mesa, con la palma hacia arriba—. Dámelo. Ahora. Un destello de rebeldía intentó aflorar en el pecho de Pedri, un resquicio del orgullo que lo había empujado a lanzarse al abismo días atrás. Apretó la mandíbula, sosteniendo la mirada autoritaria del mayor. —No puedes aislarme así, Ferran. Mis compañeros de clase tienen que hablarme por los trabajos del instituto. Ferran enarcó una ceja, sin retirar la mano ni un milímetro. La calma con la que reaccionó era más aterradora que cualquier grito. —¿Prefieres que llame a tu padre y le diga que sospecho que sigues en contacto con ese tipo? —preguntó Ferran con frialdad impecable—. Fernando daría la vuelta al coche ahora mismo. Te sacarían del instituto, te meterían en un internado o se quedarían encerrados vigilándote como a un criminal. ¿Es eso lo que quieres, chiquillo? Pedri sintió que el aire se le congelaba en los pulmones. La manipulación era tan directa, tan descarnada, que dolía. Pero la alternativa de perder la presencia de Ferran, de volver al infierno de la mirada decepcionada de sus padres, era infinitamente peor. Con los dedos temblando por una mezcla de rabia impotente y sumisión absoluta, metió la mano en el bolsillo del pantalón, extrajo el móvil y lo depositó sobre la palma abierta de Ferran. Ferran cerró los dedos sobre el aparato, lo desbloqueó con una mirada inquisitiva y, tras presionar un botón lateral, lo apagó por completo antes de guardárselo en el bolsillo de sus propios vaqueros. —Buen chico —dijo con suavidad, y el tono de aprobación cayó sobre Pedri como un bálsamo agridulce—. Ahora, desayuna. Pedri tomó una tostada con manos vacilantes y comenzó a comer despacio, sintiendo la mirada del mayor quemándole la frente con cada bocado. Había algo profundamente humillante en ceder tan fácil, pero al mismo tiempo, una extraña sensación de alivio le recorría el cuerpo. Por primera vez en diez años, Ferran no lo estaba ignorando. No estaba cruzando la calle para ver a otra persona. Toda la atención de ese hombre, oscura, absorbente y desquiciada, estaba concentrada exclusivamente en él. *** El resto de la mañana transcurrió bajo una extraña rutina de confinamiento. Ferran se dedicó a responder correos de su trabajo remoto en una esquina de la mesa del comedor, mientras que Pedri, sentado en el extremo opuesto, intentaba inútilmente concentrarse en un libro de historia que le bailaba ante los ojos. Cada vez que el menor levantaba la vista, encontraba a Ferran mirándolo. A veces con el ceño fruncido, evaluando las marcas de su cuello; otras, con una intensidad espesa que hacía que Pedri tuviera que tragar saliva y aferrar el bolígrafo con más fuerza. Hacia el mediodía, el silencio de la casa se rompió por el timbre de la puerta. Pedri dio un respingo en su asiento, levantando la cabeza alarmado. Ferran ni siquiera parpadeó; cerró la pantalla del portátil con calma calculada y se puso de pie sin ninguna prisa. —Quédate aquí —dijo con tono plano, pasando junto a la mesa y dirigiéndose hacia el recibidor. Pedri no pudo evitar ponerse de pie a los pocos segundos, impulsado por una curiosidad nerviosa. Se acercó despacio a la entrada del salón, asomándose apenas lo justo para ver a través de la rendija que daba al pasillo principal. Ferran abrió la puerta. Al otro lado no había un repartidor ni un desconocido. Era ella. La chica del coche, la exnovia. Llevaba el cabello recogido con descuido y una chaqueta ligera, con los ojos hinchados por haber pasado la noche en vela. Sostenía una pequeña caja de cartón entre los brazos. —Ferran... por favor —suplicó ella, con la voz rota apenas la puerta se abrió—. Tienes que escucharme. Ayer no me dejaste hablar. No entiendo qué pasó, de verdad que no lo entiendo. Si hice algo que te molestó, dímelo. Podemos arreglarlo. A Pedri se le encogió el estómago al verla tan cerca de Ferran. Un nudo amargo de celos, tan infantil como visceral, le quemó la garganta. Dio un paso involuntario hacia adelante, queriendo intervenir, queriendo marcar territorio como Ferran lo había hecho con él, pero el sonido de la voz gélida del mayor lo clavó en el suelo. —Te dije que no volvieras a pisar esta casa —dijo Ferran, con un tono tan carente de empatía que sonó casi cruel—. No hay nada de qué hablar. Las relaciones se terminan y esta se terminó. Dame eso. Ferran le arrebató la caja de los brazos con un movimiento seco, sin tocarle los dedos. Dentro solo había un par de camisetas viejas y unos libros que ella había dejado en su habitación. —¡No puedes ser tan frío! —exclamó la chica, levantando la voz mientras un par de lágrimas rodaban por sus mejillas—. ¿Quién es ella, Ferran? ¿Quién es la persona por la que me botas como si fuera basura de un día para otro? ¡Dime la verdad! Ferran suspiró, un suspiro cargado de fastidio absoluto, como si estuviera lidiando con un insecto molesto. Entonces, como si supiera exactamente dónde estaba parado el menor, giró levemente la cabeza y miró hacia el salón. Sus ojos oscuros encontraron la figura tímida de Pedri, oculta a medias tras el marco de la puerta. Una sonrisa sombría cruzó los labios de Ferran antes de volver a mirar a la mujer frente a él. —No es asunto tuyo —sentenció con voz tajante—. Y si vuelves a aparecerte por aquí, no voy a ser tan educado. Vete. Cerró la puerta en sus narices sin titubear un segundo. La madera retumbó con el impacto y, a través del cristal superior, se pudo ver la silueta de la chica retrocediendo con las manos en la cara, derrotada, antes de bajar los escalones y marcharse definitivamente. Ferran arrojó la caja contra el suelo del pasillo sin prestarle la menor atención y caminó hacia el salón, deteniéndose justo frente a Pedri, que aún respiraba con dificultad por la tensión de la escena. —¿Te gusta espiar? —preguntó Ferran, bajando la vista hacia él. —No estaba espiando... —murmuró Pedri, aunque el brillo en sus ojos delataba un alivio inmenso, un gozo secreto y retorcido por haber presenciado la expulsión definitiva de su rival—. Fuiste muy malo con ella. —¿Y qué querías que hiciera? —Ferran dio un paso más, acorralando a Pedri contra la madera de la pared del pasillo—. ¿Querías que la consolara? ¿Que le diera un abrazo de despedida? Puedo salir a buscarla si es lo que prefieres. —¡No! —el grito de Pedri salió antes de que pudiera contenerlo, cargado de una alarma genuina. Sus manos se alzaron con torpeza y se apoyaron en el pecho de Ferran, sintiendo la tela de su camiseta caliente bajo las palmas—. No... no vayas. Ferran lo miró fijamente durante un largo silencio, y la rigidez de su rostro se suavizó en una expresión de pura satisfacción posesiva. Llevó ambas manos a la cintura de Pedri, atrayéndolo hacia sí con lentitud pero con una fuerza que no dejaba lugar a dudas. —Eres insoportablemente celoso para ser un crío tan tímido —susurró Ferran, inclinándose hasta rozar con sus labios la oreja del menor—. Pero me gusta. Prefiero que me mires con rabia antes de que me vuelvas a mirar como a un hermano. Pedri soltó un quejido trémulo ante la proximidad, cerrando los ojos mientras el calor del cuerpo de Ferran lo envolvía por completo. —Nunca te vi como a un hermano... —confesó Pedri, apoyando la frente contra el hombro del mayor, entregándose al aroma que llevaba años anhelando—. Nunca, Ferran. Te lo juro. —Lo sé —respondió el hombre, enterrando una mano en los cabellos suaves de Pedri, acariciándole la nuca con una devoción pesada—. Por eso vas a quedarte aquí. Conmigo. Sin salir a ninguna parte. Vas a ser mío hasta que aprenda a borrarte de la cabeza cualquier idea de buscar a alguien más. —¿Y tú? —preguntó Pedri, alzando el rostro hacia él con los ojos brillantes, buscando una confirmación que apagara las últimas dudas que aún le roían el pecho—. ¿No vas a buscar a nadie más? Ferran no dudó. Bajó la cabeza y capturó los labios de Pedri en un beso hondo, menos violento que el de la noche anterior, pero infinitamente más profundo, sellando la promesa con una posesividad implacable que no dejaba aire ni espacio para nadie más en el mundo. —Nadie más —murmuró Ferran sobre la boca hinchada del chico, con la respiración entrecortada—. Solo tú, chiquillo. Nadie más que tú. Sobre la trama Ferran y pedri son vecinos de hace años casi 10 años, pedri tiene un pequeño no tan pequeño enamoramiento con su vecino en secreto, pero ferran tiene novia, cuando pedri se entero lloro todo el día, se sintió traicionado, ferran solo lo veía como un pequeño hermano, y eso le dolió más aún, y pues empezó a frecuentar a fiestas ahí conoció a varios chicos y chicas, y como sus padres estaban de viaje pedri llevaba a varios a su casa para despecharse, ferran un día lo vio y fue a ver que pasaba, tocó la puerta, y salió un hombre casi de su edad, sin camisa y una toalla en la cadera, el obvio se enojo y lo golpeó, pero pedri apareció con una bata de baño, tratando de separarlos, le grito a ferran qué que hacía el ahí, golpeando a su novio, ferran se extraño feo, lo miro confundido, le regaño porque estaba con un hombre mayor, que que le pasaba por la cabeza, pedri le respondió que así le gustan que eso no le imcumbe a él, así que lo empujo hasta su puerta hasta cerrarle la puerta en su cara enojado, cuando ferran se quedo afuera parado su novia aparece y le pregunta que le pasaba y ferran le explica todo exaltandose, ella le dice que pedri ya es casi un adulto ya sabe lo que hace con su vida, eso no le imcumbia, pero ferran la miró incrédulo, y se fue a su casa, porque no entendía que pedri es un niño, no puede tener novio aún, y menos con ese tipo, no no podia Tu fanfic | Fanfy ❮ Atrás≡ ÍndiceSiguiente ❯ La rutina que se instaló entre ellos durante los días siguientes adquirió una forma extraña, casi hipnótica, que ninguno de los dos se atrevió a cuestionar. Era una normalidad rota, tejida con hilos de devoción y una posesividad sofocante que a Pedri, lejos de asustarlo, le adormecía los sentidos. Vivían prácticamente encerrados en la casa de Ferran. Por las mañanas, el mayor preparaba el desayuno mientras Pedri, todavía descalzo y envuelto en camisetas que le quedaban tres tallas más grandes, se sentaba sobre la encimera a mirarlo en silencio. Había una dulzura áspera en la forma en que Ferran lo cuidaba: le obligaba a terminarse cada ración, le apartaba los mechones rebeldes de la frente con dedos toscos y, en mitad de cualquier conversación intrascendente, se inclinaba para estamparle besos hondos y lentos que dejaban al menor temblando y sin aliento contra los muebles de la cocina. Ferran no lo dejaba ir solo a ningún sitio. Cuando Pedri necesitaba cruzar a su propia casa a buscar ropa limpia o apuntes escolares, Ferran iba con él, caminando a su lado con una mano firmemente apoyada en la curva de su cintura, como si temiera que el césped entre ambas propiedades fuera a tragarse al muchacho. Para Pedri, aquel control rozaba la locura, pero era la primera vez que se sentía verdaderamente visto. Cada caricia de Ferran, cada orden entre dientes y cada mirada cargada de celos le recordaban que ya no era el vecino invisible. Era el centro absoluto de la gravedad del mayor. Sin embargo, toda jaula, por dorada y tibia que sea, termina pesando. El jueves por la tarde, la burbuja se agrietó por pura necesidad laboral. Ferran recibió una llamada urgente de la empresa constructora en la que trabajaba como supervisor técnico: una inspección municipal imprevista en una obra al otro lado de la ciudad requería su presencia inmediata con planos y firmas originales. —Tengo que irme un par de horas —dijo Ferran, colgando el teléfono con un bufido de exasperación mientras se colocaba la chaqueta oscura sobre los hombros—. Maldita sea, no podían haber avisado por la mañana. Pedri, que estaba tumbado en la alfombra del salón rodeado de hojas de matemáticas, levantó la cabeza. Sus grandes ojos castaños reflejaron una sombra de incertidumbre. Llevaban casi una semana sin separarse más de diez minutos. —¿Vas a tardar mucho? —preguntó, intentando que su voz no sonara tan desamparada como se sentía por dentro. Ferran se arrodilló frente a él en la alfombra. Acunó la nuca de Pedri con una mano cálida, deslizando los dedos por la piel suave hasta enredarlos en su cabello corto, y tiró suavemente para obligarlo a alzar la barbilla. —Dos horas, a lo sumo tres si el tráfico en la autopista está denso —respondió Ferran, clavando sus ojos oscuros en los del menor con una fijeza que quitaba el aliento—. No abras la puerta a nadie, Pedri. A nadie, ¿me has oído bien? Deja la llave pasada. Si tocan, no te asomes. Si necesitas algo de comer, está en la nevera. No pongas un solo pie fuera de esta casa. Pedri tragó saliva, sintiendo el calor del aliento de Ferran contra su nariz. La seriedad de la orden le provocó un cosquilleo en el estómago. —Ferran, no soy un niño pequeño —murmuró con una timidez que contradecía sus palabras—. Sé cuidarme. Ferran entrecerró los ojos y bajó la vista hacia la boca de Pedri. Con un movimiento posesivo y deliberado, presionó sus labios contra los del chico, mordisqueándole el labio inferior hasta arrancarle un suspiro entrecortado antes de soltarlo. —Sé muy bien lo que pasa cuando te descuidas —susurró Ferran con voz ronca, acariciando la marca pálida que aún persistía en su clavícula—. Quédate aquí. Vuelvo enseguida. El sonido del motor de la camioneta de Ferran alejándose por la calle dejó un vacío pesado en la casa. Pedri se quedó solo. Durante la primera hora, intentó ser obediente. Resolvió problemas de cálculo, leyó dos capítulos de un libro de literatura y se preparó un vaso de zumo que apenas bebió. Pero el silencio de las cuatro paredes comenzó a cerrarse sobre él como una niebla asfixiante. El reloj del salón parecía burlarse de su encierro, marcando cada segundo con una lentitud desesperante. Hacía días que no respiraba aire fresco de verdad. El sol de la tarde caía tibio sobre el vecindario, tiñendo el asfalto de tonos dorados, y las copas de los árboles del parque que estaba al final de la calle se mecían suavemente con una brisa limpia. Pedri miró hacia la puerta. «Solo van a ser diez minutos», pensó, intentando acallar la punzada de culpa que le mordía la conciencia. Ferran tardaría al menos una hora más en regresar. No pasaría nada malo; solo necesitaba estirar las piernas, sentir el viento en la cara y despejarse la mente de la presión constante de los últimos días. Se levantó del suelo, se puso las zapatillas y tomó una chaqueta fina con capucha para taparse el cuello por costumbre. Abrió la puerta principal con cuidado, la cerró tras de sí asegurándose de llevar la llave en el bolsillo y bajó los escalones del porche. El aire exterior le sentó como un bálsamo. Caminó por la acera despacio, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, sintiendo el crujido de las hojas secas bajo sus pies. Apenas recorrió los doscientos metros que separaban la hilera de chalets del parque municipal. El parque estaba casi desierto a esa hora. Era una zona verde amplia, bordeada por acacias y sauces que proyectaban sombras alargadas sobre la hierba descuidada. Algunos niños jugaban en los columpios lejanos, custodiados por una madre atenta, pero los senderos de tierra permanecían tranquilos. Pedri avanzó hacia un pequeño puente de madera que cruzaba un arroyo seco, disfrutando de la sensación de ligereza. Por un instante, la opresión de las sospechas familiares, las marcas en su piel y la mirada dominante de Ferran se difuminaron. Volvió a sentirse como un chico común de diecisiete años dando un paseo un jueves por la tarde. Se detuvo en mitad del sendero, bajo la sombra espesa de un pino de gran copa, respirando hondo con los ojos cerrados. No escuchó los pasos aproximándose sobre la grava. Cuando abrió los ojos, una sombra alta y ancha ya se cernía directamente sobre él, bloqueándole el paso. El corazón de Pedri dio un vuelco violento contra sus costillas, congelándose al instante. El aire se le atascó en la garganta con la fuerza de un golpe físico. Frente a él, a menos de un metro de distancia, estaba el hombre de la toalla. El desconocido de aquella noche. Llevaba una chaqueta de cuero desgastada y una gorra negra calada hasta las cejas. En la comisura izquierda de su labio aún se apreciaba la costra oscura del corte que el puño de Ferran le había abierto, y en su pómulo persistía una mancha amarillenta, residuo del golpe contra el suelo de los González. Tenía la mandíbula apretada y una mirada densa, calculadora, que no revelaba ninguna de las palabras que estaban a punto de suceder. Pedri dio un paso atrás por puro instinto, con los ojos desorbitados por el terror. —Tú... —atinó a murmurar, pero la voz se le quebró en un silbido seco. El hombre no respondió. No dijo una sola palabra. No hubo insultos por la paliza recibida, ni preguntas sobre lo ocurrido aquella mañana, ni reproches. Su silencio fue infinitamente más aterrador que cualquier reclamo. Antes de que Pedri pudiera girarse para echar a correr, el sujeto dio una zancada larga y firme, atrapándolo por el hombro con una mano pesada que se clavó en sus huesos como una tenaza de metal. Con un movimiento rápido y entrenado, lo empujó hacia atrás, acorralándolo contra el tronco rugoso del pino, fuera de la vista directa del camino principal. —¡Suéltame! —gimió Pedri, con el pánico estallándole en el pecho mientras intentaba zafarse con ambas manos. Pero la diferencia de fuerza era abrumadora. El hombre dio otro paso al frente, pegando su cuerpo al de Pedri, inmovilizándolo contra la madera áspera del árbol. Con la mano libre, le tomó la mandíbula con firmeza, obligándole a alzar el rostro. Los dedos del desconocido eran fríos y olían a tabaco. Acarició la mejilla pálida de Pedri con una lentitud siniestra, bajando la yema del pulgar por la comisura de sus labios temblorosos. Había en su gesto una familiaridad perversa, un reclamo silencioso de algo que consideraba suyo por haberlo tocado antes. —No... déjame... —suplicó Pedri en un jadeo desesperado, girando la cabeza hacia los lados para esquivarlo. El hombre no le hizo caso. Sin mediar palabra, inclinó la cabeza y estampó sus labios contra los de Pedri. Fue un beso sucio, invasivo y húmedo, carente de cualquier atisbo de ternura. El desconocido forzó la boca del menor con una agresividad muda, aplastando sus labios con rudeza mientras su mano en la mandíbula se cerraba más, impidiéndole apartarse. Al mismo tiempo, la mano que lo sostenía por el hombro resbaló hacia abajo, bajando por su pecho hasta deslizarse con descaro por el costado de Pedri, aferrando su cadera a través de la tela de la sudadera y apretándole la cintura con posesión descarada. El cuerpo de Pedri se quedó completamente paralizado por el shock. La mente se le nubló, atrapada entre el asco visceral que le revolvía el estómago y el recuerdo humillante de la noche en que había permitido que ese mismo hombre lo tocara solo para castigarse a sí mismo. Las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos, resbalando por sus mejillas calientes mientras sus manos empujaban inútilmente el pecho robusto de la chaqueta de cuero. Se sentía sucio, expuesto, atrapado en una pesadilla de la que no lograba despertar. En ese preciso instante, el chirrido agudo de unos frenos sobre el asfalto desgarró la tranquilidad del parque. Apenas a unos quince metros de distancia, en la calle lateral que bordeaba la zona verde, una camioneta gris oscura acababa de detenerse en seco a mitad de la calzada, en diagonal, con las ruedas delanteras casi subidas a la acera. Ferran había regresado antes. Había pasado por la casa, la había encontrado vacía y, al ver la puerta con la cerradura puesta por fuera, una sospecha negra y visceral lo había llevado a recorrer las calles aledañas con el corazón latiéndole en la garganta. Y ahora estaba allí. A través del parabrisas del vehículo, la vista de Ferran se clavó en la escena con una precisión mortal: la figura menuda de Pedri arrinconada contra el árbol, las manos del bastardo de la otra noche recorriéndole el cuerpo con absoluta libertad, y las bocas de ambos unidas en lo que, a la distancia y sin el contexto del terror del chico, parecía un encuentro clandestino y deliberado. El mundo alrededor de Ferran pareció detenerse, teñido de un rojo cegador y espeso. La sangre le rugió en los oídos con la violencia de un tsunami, borrando cualquier rastro de pensamiento racional, cualquier vestigio de paciencia o civilidad. La puerta del conductor se abrió de par en par con un estruendo metálico. Ferran bajó del vehículo. No corrió de inmediato; caminó hacia ellos con zancadas largas, pesadas y deliberadas, con los hombros rígidos y los puños apretados a los costados con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron completamente blancos. Su rostro no mostraba sorpresa: era una máscara de pura furia homicida, con los ojos inyectados en sangre y la mandíbula tan tensa que los músculos le temblaban bajo la piel. El crujido de las ramas bajo sus botas pesadas fue lo que finalmente rompió el forcejeo bajo el árbol. El desconocido se apartó despacio de los labios de Pedri, limpiándose la boca con el dorso de la mano mientras una sonrisa torcida y provocadora comenzaba a dibujarse en su rostro al percatarse de la presencia del recién llegado. Pedri, liberado de la presión, se tambaleó hacia adelante, jadeando, frotándose la boca con la manga de la chaqueta en un intento desesperado por borrarse el contacto ajeno. Levantó la vista a través de sus lágrimas y vio la figura imponente de Ferran acercándose como una fiera dispuesta a desgarrar todo a su paso. —¡Ferran! —gritó Pedri, y la palabra salió de su garganta como un alarido de puro pánico, sin saber si temía por su propia vida, por la del desconocido, o por el monstruo desatado que avanzaba hacia ellos sin detenerse. Tu fanfic | Fanfy ❮ Atrás≡ ÍndiceSiguiente ❯ El impacto no se hizo esperar. No hubo advertencias ni amenazas articuladas; la furia de Ferran se tradujo en una fuerza puramente física, animal y destructiva. Apenas recorrió los últimos metros sobre la grava, se lanzó contra el desconocido con todo el peso de su cuerpo, embistiéndolo en el pecho con una ferocidad que arrancó al hombre del suelo y lo estrelló brutalmente contra las raíces del pino. Un crujido seco y el jadeo ahogado del sujeto rompieron el silencio del parque. Ferran no le dio ni una décima de segundo para recuperar el aire. Antes de que el otro pudiera levantar los brazos para defenderse, Ferran ya estaba sobre él, con una rodilla clavada en su esternón y las manos cerradas en puños que caían como martillos sobre su rostro. El primer golpe le reventó la ceja al desconocido; el segundo impactó de lleno en la misma mandíbula que Ferran ya le había magullado la noche anterior, haciéndole escupir una mezcla espesa de saliva y sangre sobre la hierba seca. —¡Ferran, no! ¡Por favor, basta! —gritó Pedri, encogiéndose contra el tronco del árbol, temblando de forma incontrolable mientras las lágrimas le empapaban el cuello. Ferran parecía sordo. El mundo exterior se había reducido a la carne que cedía bajo sus nudillos. Tenía los ojos desorbitados, inyectados en un rojo colérico que rozaba la locura. Agarró al tipo de las solapas de su chaqueta de cuero, levantándole la cabeza solo para volver a estrellarla contra la tierra compacta. —Te advertí que no te volvieras a acercar a él —masculló Ferran entre dientes, con una voz irreconocible, cavernosa, casi carente de humanidad—. Te advertí que te iba a matar si pisabas este vecindario, maldita basura. El hombre, aturdido por la violencia desmedida de la emboscada, intentó lanzar un golpe torpe hacia el cuello de Ferran, pero este apenas parpadeó al recibir el roce en la clavícula. En respuesta, descargó un puñetazo directo a la nariz del invasor. El sonido del cartílago partiéndose fue nítido, asqueroso y definitivo. El hombre soltó un aullido de agonía que se ahogó de inmediato en su propia sangre mientras cubría su rostro destrozado con las dos manos, acurrucándose en el suelo en posición fetal, completamente rendido. —¡Ferran, lo vas a matar! —la voz de Pedri se quebró en un alarido desgarrador. Desesperado, el chico se arrojó hacia adelante y rodeó con sus brazos la espalda ancha y tensa de Ferran, aferrándose a su camiseta con todas sus fuerzas—. ¡Para ya! ¡Por favor, mírame, para! El contacto de los brazos del menor provocó un cortocircuito en el cuerpo del agresor. Ferran se detuvo con el puño en alto, cubierto de sangre ajena y con los nudillos desollados. Respiraba con la violencia de una bestia herida, con el pecho subiendo y bajando en espasmos pesados. Lentamente, bajó el brazo, dejando que sus dedos manchados gotearan sobre la chaqueta del hombre caído, que solo emitía gemidos patéticos e incoherentes en el suelo. —Lárgate —susurró Ferran, y aunque el tono fue bajo, vibró con una amenaza letal—. Si cuando me dé la vuelta sigues aquí, juro que no sales vivo de este parque. El hombre no necesitó escucharlo dos veces. Arrastrándose sobre las rodillas, dejando un reguero rojizo sobre la tierra, logró ponerse en pie a duras penas. Se sujetaba la cara destrozada con un trapo sucio, tambaleándose y trastabillando mientras huía a trompicones hacia la salida lateral del parque, sin mirar atrás, desvaneciéndose como una sombra rota entre las acacias. El silencio volvió a caer sobre la arboleda, interrumpido únicamente por los sollozos descontrolados de Pedri y la respiración rota de Ferran. Ferran se puso de pie con lentitud. Giró sobre sus talones y, por primera vez desde que había bajado de la camioneta, clavó su mirada en el muchacho. A Pedri se le heló la sangre. El terror que había sentido frente al desconocido no era nada comparado con el abismo que vio reflejado en los ojos de Ferran. No había alivio en sus facciones. No había preocupación fraternal ni la ternura posesiva de los días pasados. Solo había una furia fría, envenenada por la sospecha y el orgullo herido. —Te dije que no salieras —dijo Ferran. Cada palabra sonó como el chasquido de un látigo en el aire quieto. Pedri retrocedió un paso, abrazándose a sí mismo, con las mejillas ardiendo por el llanto y la culpa. —Ferran... él apareció de la nada, yo solo quería caminar... —¡Te dije que no pusieras un maldito pie fuera de mi casa! —rugió Ferran, dando una zancada y atrapándolo con violencia por la muñeca. El agarre fue tan firme que Pedri soltó un grito de dolor. Ferran tiró de él hacia su cuerpo, reduciendo la distancia entre ambos hasta que sus frentes casi chocaron. El olor a hierro de la sangre en las manos de Ferran envolvió a Pedri, mareándolo. —¿Y tú qué hiciste? —continuó el mayor, con la mandíbula apretada hasta el límite de la fractura—. Saliste a buscarlo. Apenas me di la vuelta, viniste corriendo a buscarlo para que te metiera mano contra un árbol. ¿Eso es lo que te gusta, Pedri? ¿Tanto te urge que te toquen que tienes que revolcarte con el primer imbécil que te silbe en la calle? Las palabras cayeron sobre Pedri con la crueldad de un puñal oxidado. La humillación le encendió el pecho y, a pesar de que el pánico le doblaba las piernas, la desesperación por defenderse le devolvió la voz. —¡No! —gritó Pedri, tratando de sacudirse el agarre sin éxito—. ¡Me atrapó! ¡Me empujó contra el árbol y me besó a la fuerza! ¡Yo no quería, Ferran, te lo juro por mi vida que no quería! ¡Me dio asco! Ferran entrecerró los ojos, mirándolo fijamente, buscando cualquier resquicio de mentira en el rostro destrozado del chico. Pero la imagen grabada a fuego en su retina —los labios de ese bastardo sobre la boca que Ferran consideraba de su exclusiva propiedad— le nublaba cualquier juicio razonable. El veneno de los celos lo estaba carcomiendo vivo. —Camina —ordenó Ferran, sin soltarle la muñeca. —Ferran, me estás lastimando el brazo... —¡He dicho que camines! Ferran lo arrastró prácticamente a través del sendero, obligando a Pedri a tropezar sobre sus propios pies para mantener el ritmo acelerado. Cruzaron el límite del parque hacia la calzada donde la camioneta seguía con el motor en marcha y la puerta del conductor abierta de par en par. Ferran rodeó el vehículo, abrió de un tirón la puerta del copiloto y empujó a Pedri hacia el interior del habitáculo. —Entra y cállate —espetó antes de cerrar de un portazo que hizo temblar la carrocería. Pedri se encogió en el asiento de cuero, apoyando la frente contra la ventanilla fría, sollozando con la respiración entrecortada. Ferran subió al lado del conductor, pisó el acelerador a fondo y la camioneta salió disparada por la calle residencial, doblando la esquina con un chirrido agresivo de neumáticos. El trayecto hasta la casa duró menos de dos minutos, pero se sintió como una eternidad bajo una sentencia de muerte. Ninguno de los dos pronunció una sola palabra. La tensión dentro del vehículo era tan densa que faltaba el oxígeno; solo se escuchaba el motor rugiendo y el sonido rítmico de los dedos ensangrentados de Ferran apretando el volante de cuero con una fuerza descomunal. Ferran metió la camioneta en la entrada de su casa de un solo volantazo, apagó el motor y se bajó de inmediato. Antes de que Pedri pudiera si quiera intentar abrir su puerta, Ferran ya la había abierto desde afuera, tomándolo del cuello de la chaqueta para obligarlo a descender. —Adentro. Ya. Subieron los escalones del porche y Ferran abrió la puerta principal, empujando al menor hacia el recibidor y pasando el cerrojo de seguridad con dos vueltas secas. La casa, que horas antes había sido un refugio tibio, ahora se sentía como una prisión sellada herméticamente. Pedri se dio la vuelta, con las manos temblorosas extendidas hacia adelante en un gesto instintivo de defensa, retrocediendo hacia el pasillo mientras Ferran avanzaba hacia él con paso firme, despojándose de su propia chaqueta manchada y arrojándola al suelo sin mirarla. —Ferran, por favor, créeme... —suplicó Pedri, con las lágrimas empañándole la visión—. Yo no sabía que él estaba ahí. No sabía que me estaba siguiendo. Si lo hubiera sabido, nunca habría salido, te lo juro... Ferran no respondió. Su mirada estaba fija, obsesiva, clavada en los labios enrojecidos del muchacho. Se acercó hasta acorralarlo contra la pared del pasillo, colocando una mano firme a cada lado de la cabeza de Pedri, atrapándolo en su espacio. —Hueles a él —dijo Ferran en un susurro áspero, y el temblor en su voz delataba una mezcla peligrosa de rabia homicida y un deseo retorcido que se negaba a apagarse—. Toda tu maldita boca huele a ese bastardo. —Ferran... Antes de que pudiera pronunciar otra sílaba, Ferran lo agarró del brazo derecho y lo condujo a zancadas hacia el baño de la planta baja. Encendió la luz de un manotazo y abrió el grifo del lavabo al máximo, dejando que el agua fría corriera con fuerza sobre la porcelana blanca. Ferran tomó una toalla de felpa limpia del toallero, la empapó bajo el chorro helado y se giró hacia Pedri. Con la mano libre, atrapó la mandíbula del chico con una presión inflexible, inmovilizándole la cabeza contra su pecho. —Abre la boca —ordenó con aspereza. —¿Qué estás haciendo? —preguntó Pedri, con los ojos llenos de pánico. —Te voy a quitar esa mierda de encima —sentenció Ferran. Sin darle tiempo a reaccionar, Ferran presionó la toalla mojada contra los labios de Pedri y comenzó a frotar. No fue una caricia; fue un tallado implacable, doloroso y desesperado. El tejido áspero raspó la piel sensible de la boca del menor, borrando cualquier rastro de saliva, cualquier contacto previo con una violencia metódica. Pedri gimió de dolor, intentando apartar la cara, golpeando con los puños el pecho de Ferran para librarse del tormento. —¡Duele! ¡Ferran, me duele! —suplicó el chico con la voz ahogada bajo la tela húmeda—. ¡Para, por favor! —Cállate y quédate quieto —gruñó Ferran, apretando más la mandíbula del muchacho, negándose a detenerse—. Te duele a ti, pero me quema a mí en las tripas, ¿entiendes? Verlo tocarte... verlo meterte la lengua en la boca como si fueras suyo... ¡Me estás volviendo loco, Pedri! Ferran arrojó la toalla empapada al lavabo. Los labios de Pedri habían quedado hinchados, al rojo vivo, con un hilo diminuto de sangre brotando en la comisura por la fricción agresiva. El chico respiraba con dificultad, sollozando con la cabeza gacha, con el cuerpo entero temblando por el trato recibido. Al ver la herida fresca en su boca, algo pareció quebrarse finalmente en la coraza de furia ciega de Ferran. El mayor bajó las manos lentamente. La respiración errática de ambos llenaba el pequeño espacio del baño, rebotando contra los azulejos fríos. Ferran miró sus propios nudillos rotos, luego miró el rostro infantil, manchado de lágrimas y expuesto de Pedri, y la locura territorial mutó de golpe en una necesidad asfixiante de posesión absoluta. —Mírame —pidió Ferran, y esta vez su tono fue bajo, ronco, cargado de una desesperación oscura. Pedri no se movió. Tenía la mirada perdida en las baldosas del suelo, con los hombros encogidos por el llanto. Ferran no lo toleró. Deslizó sus palmas grandes por los costados del muchacho, subiendo hasta tomarle el rostro con una devoción pesada, casi trágica. Con los pulgares, limpió las lágrimas que resbalaban por las mejillas del chico, sin importarle que sus manos ensangrentadas dejaran manchas tenues de color ocre en la piel pálida de Pedri. —Mírame a los ojos, chiquillo —insistió Ferran, obligándolo a levantar la cabeza. Pedri obedeció despacio, parpadeando con pesadez. Sus ojos estaban enrojecidos, transparentes de dolor y adoración no correspondida en términos sanos. —¿Por qué me tratas así? —susurró Pedri con la voz completamente destrozada—. Te dije que te quería a ti. Te lo dije todo. Me humillé ante ti... ¿Por qué sigues pensando que quiero que alguien más me toque? Un nudo áspero se formó en la garganta de Ferran. La vulnerabilidad de Pedri era un veneno dulce que se le colaba por las venas, desarmando cualquier vestigio de su habitual frialdad distante. Se inclinó hacia él, apoyando su frente contra la del menor, cerrando los ojos por una fracción de segundo para aspirar su aroma limpio, que por fin comenzaba a sobreponerse al asco del parque. —Porque no soporto la idea de perderte —confesó Ferran en un susurro ardiente, tan íntimo y crudo que pareció desgarrarle el pecho—. No soporto ver que alguien más ponga sus ojos en ti, Pedri. Me enferma. Me vuelve un puto monstruo. Cuando te vi contra ese árbol, quise abrirle la garganta a ese bastardo y luego encerrarte a ti en esta casa para que nadie en este maldito pueblo vuelva a ver tu cara. Pedri contuvo el aliento. El calor del cuerpo del mayor lo envolvía por completo, disipando el frío del miedo. En la mente distorsionada del chico, moldeada por años de soledad y anhelo silencioso, aquellas palabras no sonaron como una amenaza aterradora, sino como la mayor declaración de amor que jamás había recibido. —No tienes que encerrarme... —murmuró Pedri, con un hilo de voz temblorosa, alzando sus manos vacilantes hasta apoyarlas en los costados de la cintura de Ferran—. Yo no me quiero ir a ningún lado. Solo quiero estar contigo. La confesión fue la chispa final que consumió la poca cordura que le quedaba al mayor. Ferran no esperó más. Inclinó la cabeza y atrapó los labios maltratados de Pedri en un beso hondo, devorador y abrasador. A pesar del escozor del labio partido, Pedri soltó un suspiro entrecortado contra su boca, abriéndose a él de inmediato, rindiendo cualquier defensa que le quedara. Ferran lo besó con una pasión enferma, saboreando el rastro metálico de su propia violencia y de la sangre del chico, empujándolo despacio fuera del baño y guiándolo a través del pasillo hasta la penumbra del salón. Sin romper el contacto de sus bocas, Ferran empujó a Pedri contra los cojines del sofá amplio. El cuerpo del menor se hundió en el tapizado mientras Ferran se cernía sobre él, apoyando todo su peso entre las piernas de Pedri, inmovilizándolo con una cadencia pesada y segura. Ferran cortó el beso solo para deslizar sus labios húmedos por la mandíbula del muchacho, bajando hasta la curva expuesta de su cuello. Con las dos manos, tomó el cuello de la sudadera de Pedri y tiró hacia abajo con fuerza, rasgando la costura ligeramente para exponer el pecho pálido y la clavícula entera a la penumbra de la habitación. —Ferran... —gimió Pedri, arqueando la espalda, enredando sus dedos en el cabello corto del mayor. Ferran no respondió con palabras. Hundió su boca en la base de la garganta del chico, succ Sobre la trama Ferran y pedri son vecinos de hace años casi 10 años, pedri tiene un pequeño no tan pequeño enamoramiento con su vecino en secreto, pero ferran tiene novia, cuando pedri se entero lloro todo el día, se sintió traicionado, ferran solo lo veía como un pequeño hermano, y eso le dolió más aún, y pues empezó a frecuentar a fiestas ahí conoció a varios chicos y chicas, y como sus padres estaban de viaje pedri llevaba a varios a su casa para despecharse, ferran un día lo vio y fue a ver que pasaba, tocó la puerta, y salió un hombre casi de su edad, sin camisa y una toalla en la cadera, el obvio se enojo y lo golpeó, pero pedri apareció con una bata de baño, tratando de separarlos, le grito a ferran qué que hacía el ahí, golpeando a su novio, ferran se extraño feo, lo miro confundido, le regaño porque estaba con un hombre mayor, que que le pasaba por la cabeza, pedri le respondió que así le gustan que eso no le imcumbe a él, así que lo empujo hasta su puerta hasta cerrarle la puerta en su cara enojado, cuando ferran se quedo afuera parado su novia aparece y le pregunta que le pasaba y ferran le explica todo exaltandose, ella le dice que pedri ya es casi un adulto ya sabe lo que hace con su vida, eso no le imcumbia, pero ferran la miró incrédulo, y se fue a su casa, porque no entendía que pedri es un niño, no puede tener novio aún, y menos con ese tipo, no no podia Tu fanfic | Fanfy ❮ Atrás≡ ÍndiceSiguiente ❯ La oscuridad en el dormitorio principal era tan densa que parecía tener peso propio. El único sonido que rompía la quietud de la madrugada era la respiración profunda, pausada y regular de Ferran, cuyo cuerpo descansaba sobre el colchón con la pesadez de quien ha consumido hasta la última gota de su energía en una descarga de violencia ciega. A su lado, completamente inmóvil, Pedri mantenía los ojos abiertos de par en par, fijos en las sombras movedizas que la farola de la calle proyectaba sobre el techo blanco. No había podido pegar ojo en toda la noche. Cada fibra de su cuerpo permanecía en un estado de alerta tenso, doloroso y extenuante. En su labio inferior aún palpitaba el escozor del corte que la toalla áspera le había abierto horas antes, cuando Ferran lo había arrastrado al baño para limpiarle la boca a la fuerza. En su cuello y en sus muñecas ardían las marcas de los dedos del mayor, que se habían cerrado sobre él como grilletes de hierro, y en su pecho continuaba retumbando el eco sordo del terror que había experimentado en aquel parque. Había visto a Ferran fuera de sí. Había presenciado el sonido espantoso de los huesos rompiéndose bajo sus puños, la mirada desprovista de cordura con la que casi mata a un hombre sobre la hierba seca, y la frialdad con la que luego lo había encerrado en aquella casa, convencido de que tenía el derecho absoluto de decidir sobre su vida, sobre sus pasos y sobre su cuerpo. Pedri tragó saliva con dificultad. Sentía la garganta seca, áspera como papel de lija. Estaba enamorado de Ferran. Lo amaba con una devoción ciega que se había enraizado en lo más profundo de sus entrañas a lo largo de diez años de silencios, de miradas robadas a través de la ventana y de ilusiones infantiles. Pero esa noche, por primera vez en su vida, el amor no alcanzaba a tapar el horror. Por primera vez, la imagen de Ferran no le provocaba mariposas en el estómago, sino un nudo helado de puro miedo. Ferran era un hombre adulto, fuerte, impulsivo y peligroso cuando los celos lo consumían. Si se quedaba allí, si permitía que aquella telaraña posesiva continuara cerrándose a su alrededor, Pedri sabía que terminaría por perderse por completo. No habría vuelta atrás. Un día sería un golpe más fuerte, una puerta cerrada con llave para siempre o una tragedia irreversible. Con una lentitud milimétrica, Pedri giró la cabeza hacia la mesilla de noche del lado derecho de la cama. Allí estaba. El teléfono de Ferran reposaba sobre la madera oscura, junto a un vaso de agua medio vacío. La pantalla negra reflejaba un tenue destello plateado. Pedri contuvo la respiración. Miró a Ferran. El mayor dormía de costado, dándole la espalda a medias, con el torso desnudo cubierto únicamente por la sábana hasta la cintura. Sus hombros anchos y marcados subían y bajaban con un ritmo acompasado. Tenía los nudillos de la mano derecha hinchados y cubiertos de costras oscuras, testimonio silencioso de la paliza que había propinado esa misma tarde. Pedri apoyó los codos con sumo cuidado sobre el colchón. Cada crujido de los muelles sonaba en sus oídos como una explosión. Deslizó una pierna fuera de la cama, luego la otra, sintiendo el frío de la tarima flotante bajo las plantas descalzas. Se quedó completamente quieto durante cinco interminables segundos, vigilando la silueta de Ferran por si un mínimo movimiento delataba que estaba despertando. Ferran solo emitió un murmullo ininteligible en sueños y acomodó la cabeza contra la almohada sin abrir los ojos. Con el corazón martilleándole en la garganta a una velocidad frenética, Pedri estiró el brazo tembloroso hacia la mesilla. Sus dedos rozaron la superficie metálica y fría del teléfono. Lo levantó en el aire sin hacer el menor ruido, envolviéndolo entre sus palmas para amortiguar cualquier posible vibración. Caminó de puntillas hacia la puerta entreabierta de la habitación. Cruzó el umbral, se deslizó por el pasillo en sombras y entró en el baño de la planta alta, empujando la puerta de madera despacio hasta encajarla en el marco. Por precaución, giró el pestillo con una suavidad agónica, temiendo que el chasquido del metal resonara por toda la vivienda. Una vez a oscuras dentro del baño, Pedri se dejó caer de rodillas sobre las baldosas heladas, apoyando la espalda contra la bañera. Respiró hondo dos veces, intentando frenar el castañeo involuntario de sus dientes. Encendió la pantalla del móvil. El brillo blanco y cegador le lastimó los ojos momentáneamente, obligándolo a bajar el brillo con el pulgar tembloroso antes de desbloquearlo. Conocía el código de cuatro dígitos; Ferran siempre utilizaba el mismo patrón para todo desde hacía años. Entró directamente en la aplicación de llamadas. Sus dedos vacilaron sobre el teclado numérico. Marcó los nueve dígitos del número de su padre, un número que sabía de memoria desde que era un niño. Apretó el botón verde y se llevó el aparato a la oreja, apretándolo contra su piel mientras cubría el micrófono con la otra mano para sofocar el sonido de su propia respiración. Un tono. El silencio de la madrugada parecía amplificar el pitido electrónico hasta volverlo insoportable. Dos tonos. «Por favor, papá, coge el teléfono», rogó en un susurro mudo, cerrando los ojos con tanta fuerza que vio estrellas detrás de los párpados. «Por favor, despiértate». Al tercer tono, la línea se abrió con un chasquido áspero. —¿Ferran? —la voz de Fernando sonó ronca, cargada de sueño y sobresalto, teñida de una alarma inmediata—. ¿Ferran, qué pasa? ¿Le ocurrió algo a Pedri? ¿Por qué llamas a estas horas? Al escuchar la voz conocida, cálida y protectora de su padre, una presa se rompió dentro del pecho de Pedri. Las lágrimas se desbordaron por sus mejillas en un torrente silencioso, quemándole la piel sensible. Se mordió el labio herido para contener un sollozo desgarrador antes de atreverse a hablar. —Papá... —susurró con un hilo de voz tembloroso, apenas un murmullo ahogado contra el micrófono. Al otro lado de la línea se hizo un silencio sepulcral de un segundo, seguido por el sonido apresurado de sábanas revolviéndose y la respiración agitada de su padre al incorporarse de golpe en la cama del hotel. —¿Pedri? ¿Hijo? —preguntó Fernando, con el tono cambiando de la confusión al pánico puro—. ¿Qué haces con el teléfono de Ferran? ¿Dónde estás? ¿Por qué estás llorando? —Papá, por favor, escúchame... no levantes la voz, por favor —suplicó el chico, con el llanto estrangulándole las palabras en la garganta—. Estoy encerrado en el baño... Ferran está dormido en su habitación. Si se despierta y me encuentra aquí, no sé qué me va a hacer. —¿Qué estás diciendo, Pedri? —la voz de su madre, María, se escuchó de fondo en la llamada, lejana pero cargada de angustia, preguntando qué sucedía—. ¿Qué te va a hacer quién? ¿Ferran? Pero si él nos prometió cuidarte, hijo... —¡Os mintió! —gimió Pedri, apretando la frente contra sus rodillas mientras temblaba de pies a cabeza—. Me tiene encerrado, papá. Me quitó mi móvil, me tiene bajo llave... no me deja salir a la calle, me vigila todo el tiempo. Hoy... hoy salí solo un momento al parque porque no aguantaba más estar aquí dentro, y ese tipo... el que echaste de casa... estaba allí. Fernando soltó una maldición entre dientes, tensándose al instante. —¿Ese infeliz volvió a buscarte? ¿Te hizo algo? ¡Pedri, responde! —Me acorraló contra un árbol y me besó a la fuerza... —confesó el chico, sintiendo cómo la humillación volvía a ahogarlo—. Pero entonces llegó Ferran en su camioneta. Papá... Ferran lo molió a golpes. Casi lo mata. Le rompió la cara contra las piedras, le partió la nariz... había sangre por todas partes. Yo le gritaba que parara y no me escuchaba, parecía un monstruo. Tenía los ojos desquiciados. Un jadeo horrorizado de María resonó a través del altavoz. Fernando respiraba con dificultad, asimilando la violencia descarnada de lo que su hijo le estaba relatando. —Dios mío... —murmuró el padre, con la voz quebrándose por la incredulidad—. Pero Ferran solo intentaba defenderte, hijo... él es impulsivo, pero... —¡No, papá, no lo entiendes! —cortó Pedri, y la desesperación en su tono fue tan visceral que heló a sus progenitores al otro lado de la línea—. Cuando ese hombre se fue, Ferran no me consoló. Se puso furioso conmigo. Me dijo que yo había salido a buscarlo a propósito, me apretó el brazo hasta lastimarme y me arrastró a su casa. Me metió al baño y me restregó una toalla mojada por la boca con tanta fuerza que me la partió, papá. Me sangró el labio. Me decía que mi boca era suya, que nadie más podía tocarme... Me tiene miedo. Tengo miedo de él. No puedo quedarme aquí. El silencio que siguió a la revelación fue absoluto. Al principio, en la mente de Fernando y María, la idea de que el vecino de toda la vida, el chico ejemplar que habían visto crecer al lado de su casa durante una década, fuera un abusador territorial sonaba a una pesadilla imposible. Pero entonces recordaron los ojos de Pedri a lo largo de los años. Recordaron cómo el menor siempre había buscado la aprobación de Ferran, cómo lo defendía de cualquier crítica, cómo lo admiraba con una devoción casi reverencial. Pedri nunca, bajo ninguna circunstancia, habría inventado algo así sobre Ferran. Que su hijo estuviera llamando a las tres de la madrugada desde un baño a oscuras, suplicando auxilio entre sollozos y acusando a su mayor ídolo, solo podía significar una cosa: la situación era real, crítica y aterradora. —Hijo... mi niño... —la voz de María se quebró en un llanto desconsolado al fondo. Fernando carraspeó, y cuando volvió a hablar, su tono había abandonado cualquier rastro de duda, endureciéndose con la determinación implacable de un padre que siente a su cría en peligro mortal. —Tranquilo, Pedri. Escúchame bien, mi amor. Respira hondo. Papá y mamá están aquí. —Sácame de aquí, papá... por favor —suplicó el chico, con lágrimas calientes cayendo sobre la pantalla del móvil—. No quiero volver a verlo. No quiero que me mire más así. Pero tenéis que prometerme algo. Por lo que más queráis en este mundo, prometédmelo. —Lo que sea, hijo. Dinos qué necesitas. —No le digáis que yo os llamé —el pánico en la voz de Pedri era tan puro que resultaba desgarrador—. Si Ferran se entera de que os conté esto, se va a poner peor. Va a perder el control del todo. Va a pensar que lo traicioné. Tenéis que fingir que no sabéis nada. Fernando frunció el ceño en la habitación del hotel, apretando el auricular contra su oreja. —¿Y qué propones que hagamos entonces? No podemos llegar y actuar como si nada hubiera pasado después de lo que me acabas de contar. —Inventad una excusa —dijo Pedri con rapidez, con la mente trabajando a marchas forzadas impulsada por la adrenalina del miedo—. Decidle que surgió una oportunidad de trabajo urgente en otra ciudad. Que decidisteis vender la casa de golpe y que nos mudamos inmediatamente. Decidle que vinisteis a recoger mis cosas para no volver nunca más. No dejéis que sospeche que fue por él... si piensa que es una decisión vuestra, no tendrá motivos para desquitarse conmigo. Solo quiero irme lejos de aquí, papá. Muy lejos. Fernando se tomó unos segundos para procesar el plan. Podía escuchar el terror latiendo en cada palabra de su hijo, y comprendió que en el estado psicológico en el que se encontraba Ferran, una confrontación directa dentro de su propia casa podría desatar una tragedia antes de que pudieran poner a Pedri a salvo. —Está bien —accedió Fernando con firmeza—. Haremos exactamente eso. No le diremos una sola palabra de esta llamada. —¿Vendréis ya? —preguntó Pedri, con un hilo de esperanza trémula iluminando su voz rota. —Salimos en este mismo instante —aseguró su padre, y de fondo se escuchó el tintineo de las llaves del coche y el sonido de las maletas cerrándose apresuradamente—. Son casi cuatro horas de carretera desde aquí. Si no hay contratiempos, estaremos en la entrada de la casa a primera hora de la mañana, poco después de que amanezca. —Estaré esperando —susurró el chico. —Pedri, escúchame con mucha atención —añadió Fernando con una severidad protectora—. Sal de ese baño ahora mismo. Deja el teléfono exactamente donde estaba. No despiertes a Ferran bajo ningún concepto. Métete en la cama, finge que estás durmiendo y espera a que toquemos la puerta. No hagas nada que pueda ponerlo en alerta. ¿Me has entendido? —Sí, papá. Lo haré. —Te queremos, hijo. Aguanta un poco más. Ya vamos por ti. —Gracias... gracias, papá. Los quiero. Pedri cortó la llamada. Se quedó unos segundos con el teléfono pegado al pecho, sintiendo el aire volver poco a poco a sus pulmones. El peso aplastante que le oprimía el pecho no había desaparecido del todo, pero ahora había una salida, una luz al final de aquella pesadilla asfixiante. Sin perder un solo segundo, abrió el registro de llamadas del dispositivo. Con el pulgar tembloroso, seleccionó la última llamada saliente al número de su padre y presionó la opción de eliminar. Comprobó dos veces que no quedara ningún rastro en el historial ni en las notificaciones recientes. Se puso de pie con lentitud. Se acercó al espejo sobre el lavabo y vio su propio reflejo en la penumbra: tenía los ojos irritados, las mejillas brillantes por el llanto y el labio inferior enrojecido y agrietado. Abrió el grifo con un hilo diminuto de agua fría, se lavó la cara con suavidad para borrar cualquier vestigio de lágrimas frescas y se secó con cuidado usando el borde de su propia camiseta. Desbloqueó el pestillo de la puerta del baño con la misma cautela milimétrica con la que había entrado. El pasillo continuaba sumido en una penumbra glacial. Pedri caminó pegado a la pared, evitando los tablones que sabía que crujían, hasta llegar nuevamente al dormitorio de Ferran. Ferran seguía en la misma posición, sumido en un sueño profundo y pesado. La respiración constante del mayor llenaba el espacio con una calma engañosa. Pedri se acercó a la mesilla de noche, aguantando la respiración. Con un pulso sorprendentemente firme, depositó el teléfono sobre la madera, exactamente en el mismo ángulo y en la misma posición en la que lo había encontrado media hora antes. Luego, levantó la sábana despacio y se deslizó bajo las mantas. El contacto de las sábanas frías le provocó un escalofrío en la piel, pero el verdadero terror llegó un instante después. Al sentir el leve movimiento sobre el colchón, Ferran se removió en sueños. El mayor soltó un gruñido ronco y perezoso, giró su cuerpo pesado hacia él y, con un movimiento instintivo y posesivo, extendió un brazo fornido sobre el abdomen de Pedri, atrayéndolo con fuerza contra su pecho caliente y desnudo. A Pedri se le cortó el aliento. El cuerpo se le puso completamente rígido, paralizado como una estatua de sal. Tenía la espalda pegada al torso de Ferran, sintiendo los latidos lentos y seguros del corazón del hombre contra sus omóplatos. El aliento cálido de Ferran le acariciaba la nuca, desprendiendo ese aroma familiar a jabón y colonia que durante años lo había hecho sentir protegido, pero que ahora se sentía como una trampa sofocante. La mano pesada del mayor, con sus nudillos rotos y ensangrentados, descansaba firmemente sobre el estómago de Pedri, aferrándolo como si incluso en la inconsciencia del sueño supiera que el chico deseaba escapar. —Duérmete, chiquillo... —murmuró Ferran con la voz pastosa y dormida, hundiendo ligeramente la nariz en los cabellos suaves de la nuca de Pedri antes de volver a respirar profundamente, hundiéndose de nuevo en el letargo. Pedri cerró los ojos y mordió la tela de la sábana para evitar que un gemido de angustia escapara de su garganta. No se atrevió a mover un solo músculo. No intentó apartar la mano que lo aprisionaba ni intentó acomodarse para estar más cómodo. Se quedó allí, atrapado en el abrazo del hombre al que amaba y al que ahora temía más que a nada en el mundo, sintiendo el peso muerto de su cuerpo como una cadena invisible. Con la mirada fija en el ventanal de la habitación, Pedri vio cómo la densa oscuridad de la noche comenzaba, muy lentamente, a teñirse de un azul pálido y cenizo en la línea del horizonte. El alba estaba llegando. Y con ella, su única oportunidad de libertad. Sobre la trama Ferran y pedri son vecinos de hace años casi 10 años, pedri tiene un pequeño no tan pequeño enamoramiento con su vecino en secreto, pero ferran tiene novia, cuando pedri se entero lloro todo el día, se sintió traicionado, ferran solo lo veía como un pequeño hermano, y eso le dolió más aún, y pues empezó a frecuentar a fiestas ahí conoció a varios chicos y chicas, y como sus padres estaban de viaje pedri llevaba a varios a su casa para despecharse, ferran un día lo vio y fue a ver que pasaba, tocó la puerta, y salió un hombre casi de su edad, sin camisa y una toalla en la cadera, el obvio se enojo y lo golpeó, pero pedri apareció con una bata de baño, tratando de separarlos, le grito a ferran qué que hacía el ahí, golpeando a su novio, ferran se extraño feo, lo miro confundido, le regaño porque estaba con un hombre mayor, que que le pasaba por la cabeza, pedri le respondió que así le gustan que eso no le imcumbe a él, así que lo empujo hasta su puerta hasta cerrarle la puerta en su cara enojado, cuando ferran se quedo afuera parado su novia aparece y le pregunta que le pasaba y ferran le explica todo exaltandose, ella le dice que pedri ya es casi un adulto ya sabe lo que hace con su vida, eso no le imcumbia, pero ferran la miró incrédulo, y se fue a su casa, porque no entendía que pedri es un niño, no puede tener novio aún, y menos con ese tipo, no no podia Tu fanfic | Fanfy ❮ Atrás≡ ÍndiceSiguiente ❯ La luz del alba se filtró entre las rendijas de las persianas venecianas como un haz de cuchillas grisáceas, cortando la penumbra del dormitorio con una lentitud exasperante. Pedri no había cerrado los ojos en ningún momento. Cada músculo de su cuerpo seguía entumecido, atenazado por la tensión constante de mantener la respiración acompasada para no delatar su vigilia. El peso del brazo de Ferran sobre su cintura, firme y posesivo incluso en la inconsciencia del descanso, se sentía como una barra de hierro al rojo vivo. Detrás de él, el calor del torso desnudo del mayor irradiaba una energía sofocante que le impedía olvidar, ni por una fracción de segundo, la trampa en la que estaba atrapado. Un leve crujido en el colchón anunció que el letargo de Ferran llegaba a su fin. El hombre se removió despacio, soltando un suspiro ronco contra la nuca del menor. Sus dedos se cerraron con más fuerza sobre el abdomen de Pedri, atrayéndolo hacia atrás hasta encajarlo por completo contra su cuerpo. Pedri contuvo el aliento, cerrando los párpados de golpe y relajando las facciones en un esfuerzo sobrehumano por aparentar un sueño profundo. Sintió la boca caliente de Ferran posarse sobre la piel sensible detrás de su oreja. Fue un beso lento, húmedo, impregnado de una ternura que a Pedri le provocó una oleada de náuseas en el estómago. —Sé que estás despierto, chiquillo —murmuró Ferran con la voz pastosa por el sueño, pero teñida de esa autoridad natural que no admitía réplicas. Pedri parpadeó despacio, fingiendo emerger de una nebulosa, y dejó escapar un quejido trémulo mientras se giraba con cautela sobre el colchón. Evitó mirar directamente a los ojos oscuros del mayor, manteniendo la vista fija en la clavícula ajena. —Tengo sueño... —susurró con la voz rota por horas de silencio forzado. Ferran sonrió con pereza. Levantó la mano derecha y, con la yema del pulgar, recorrió el contorno del labio inferior del chico. El contacto de la piel áspera y los nudillos rotos sobre la herida fresca hizo que Pedri diera un respingo involuntario, apartando levemente el rostro. La expresión de Ferran se ensombreció de inmediato. Una chispa de fría advertencia relampagueó en su mirada. —No te apartes de mí —ordenó en voz baja, sujetándole la mandíbula con firmeza para devolverlo a su sitio—. Te lo dije anoche. No vuelvas a esquivarme. —Me duele, Ferran —se justificó Pedri en un hilo de voz, dejando que las lágrimas que amenazaban con salir sirvieran como escudo para su terror—. Me arde mucho. El mayor lo contempló en silencio durante unos segundos interminables, examinando el corte rojizo y la hinchazón que él mismo había provocado al restregarle la toalla áspera. La rigidez de sus facciones se ablandó apenas un milímetro, sustituida por una satisfacción retorcida que no se molestó en disimular. —Te curará pronto —dijo Ferran, inclinándose para rozar la herida con la punta de la lengua, con una delicadeza invasiva que heló la sangre del chico—. Es el precio por desobedecerme. Pero hoy vas a ser un buen chico, ¿verdad? No vamos a tener que repetir lo del parque. —No... —respondió Pedri de inmediato, asintiendo con sumisión fingida—. No voy a salir. —Así me gusta. Ferran estiró el brazo hacia la mesilla de noche y tomó su teléfono móvil. Pedri sintió que el corazón se le detenía en seco en el pecho; una punzada de pánico ciego le recorrió la columna vertebral. Si Ferran revisaba el registro de llamadas, si la operadora mostraba alguna anomalía, si su padre había intentado devolver el tono... Sin embargo, Ferran solo deslizó el pulgar por la pantalla para comprobar la hora. —Las siete y media —murmuró, dejando el aparato a un lado sin sospechar absolutamente nada—. Voy a preparar café. Tú quédate aquí tapado hasta que yo te llame. Ferran se levantó de la cama con la agilidad felina que lo caracterizaba. Se colocó un pantalón deportivo gris y salió del dormitorio, dejando la puerta entornada tras de sí. En cuanto los pasos del mayor resonaron escaleras abajo hacia la cocina, Pedri se cubrió la boca con ambas manos y dejó escapar un sollozo ahogado. Miró el reloj digital de la pared: las siete y treinta y dos. Si sus padres habían salido poco después de las tres y media de la madrugada, no podían tardar más de media hora en llegar. El tiempo se estaba agotando y el margen de error era inexistente. *** En la cocina, el aroma a café recién molido y pan tostado llenaba el ambiente con una falsa calidez doméstica. Ferran estaba de espaldas a la puerta, apoyado contra la encimera mientras vigilaba la cafetera italiana, cuando Pedri bajó los escalones con pasos silenciosos, envuelto en una sudadera oscura y con la mirada gacha. —Siéntate —le indicó Ferran sin girarse del todo, reconociendo el sonido de sus pasos—. Te he preparado un tazón de leche con miel para la garganta. Pedri obedeció, sentándose en el borde de la banqueta alta junto a la isla central. Tenía las manos entrelazadas sobre el regazo, apretándoselas con tanta fuerza que los nudillos se le habían vuelto blancos. Cada músculo de su cuello estaba tenso, con el oído aguzado hacia el exterior, esperando desesperadamente el sonido del motor familiar en el asfalto. Ferran se dio la vuelta y colocó el tazón humeante frente a él, acompañado de dos tostadas con mantequilla. Luego se sirvió su propia taza de café negro y se recostó contra el mueble, cruzando los brazos sobre el pecho. La tela ajustada de su camiseta gris dejaba a la vista los moratones pálidos en sus antebrazos y las heridas abiertas en los nudillos de su mano derecha, testimonio visible de la paliza que había propinado la tarde anterior. —Estuve pensando anoche —dijo Ferran, clavando sus pupilas castañas en el muchacho con una intensidad espesa—. Cuando tus padres regresen dentro de dos semanas, voy a hablar seriamente con Fernando. Pedri alzó la vista despacio, sintiendo un nudo helado formarse en su garganta. —¿Sobre qué? —Sobre ti —Ferran dio un sorbo a su taza, sin apartar los ojos de él ni un instante—. Ya no eres un niño que necesite que lo manden a la cama a las diez, pero tampoco tienes la madurez suficiente para estar solo. Les diré que lo mejor es que te mudes aquí definitivamente. Puedo acondicionar la habitación contigua como tu estudio, para que termines el instituto. Tendrás tu espacio, pero bajo mi techo. Bajo mi cuidado. A Pedri se le secó la boca. La naturalidad con la que Ferran planeaba adueñarse de su vida por completo, con el beneplácito ingenuo de sus propios progenitores, era una pesadilla tejida a plena luz del día. —Ferran... mis padres nunca van a aceptar eso —intentó razonar el menor, cuidando milimétricamente el tono de su voz para no sonar desafiante—. Ellos quieren que vaya a la universidad, que salga del pueblo... —Tus padres harán lo que yo les diga que es mejor para ti —cortó Ferran con una frialdad tajante, apoyando la taza sobre la encimera con un golpe seco que hizo temblar la porcelana—. Después del susto que se llevaron con ese tipo en tu habitación, Fernando confía en mí a ciegas. Sabe que soy el único capaz de mantenerte a raya. Y tú no vas a ir a ninguna universidad lejos de aquí, Pedri. Te quedarás donde yo pueda verte todos los días. Una corriente eléctrica de miedo y rabia recorrió el cuerpo de Pedri. Apretó los dientes para no gritarle que estaba loco, que era un enfermo posesivo que acababa de arruinar la devoción que él le había profesado durante años. Pero antes de que el silencio entre ambos pudiera volverse más denso, el crujido inconfundible de unos neumáticos frenando sobre la grava del camino exterior congeló el aire de la estancia. Un portazo seco resonó desde la calle, seguido inmediatamente por un segundo impacto metálico. Ferran frunció el ceño, enderezándose al instante. La despreocupación de su postura se evaporó en una milésima de segundo, sustituida por una alerta felina y desconfiada. Se acercó a la ventana que daba al jardín delantero, apartando la cortina con dos dedos. A través del cristal, el coche familiar de los González estaba estacionado justo entre ambas propiedades, con el motor aún despidiendo calor en el aire fresco de la mañana. Fernando y María acababan de descender del vehículo. No llevaban equipaje ligero; se movían con una prisa tensa, con los rostros demudados por el cansancio de cuatro horas de carretera ininterrumpida y una gravedad que no presagiaba nada bueno. —¿Qué demonios...? —masculló Ferran entre dientes, soltando la cortina con un movimiento brusco—. ¿Qué hacen aquí? No debían volver hasta fin de mes. Pedri contuvo la respiración, sintiendo que las piernas le temblaban tanto que apenas podían sostener su peso sobre la banqueta. —No... no lo sé —mintió Pedri, con el corazón martilleándole en las sienes con violencia inaudita—. Quizás... quizás pasó algo con el viaje. Ferran giró la cabeza hacia él. Sus ojos oscuros lo examinaron con una agudeza clínica, buscando cualquier atisbo de duda, de anticipación o de culpa en el semblante del chico. Pero Pedri, impulsado por el puro instinto de supervivencia, mantuvo los ojos abiertos y vidriosos, fingiendo una sorpresa idéntica a la suya. —Quédate en la cocina —ordenó Ferran con voz áspera, caminando hacia el pasillo principal con el paso firme y apresurado—. No salgas hasta que yo vea qué está pasando. Pedri no esperó ni tres segundos. Apenas la figura de Ferran desapareció por el corredor, se puso de pie y avanzó en silencio hasta el marco de la puerta del salón, ocultándose a medias tras la pared para presenciar la escena que definiría el resto de su vida. *** Ferran abrió la puerta principal justo cuando Fernando subía el último escalón del porche. Tras el hombre, María permanecía unos pasos más atrás, con las manos entrelazadas sobre el estómago y la mirada fija en el suelo, incapaz de levantar los ojos hacia el vecino. Ferran adoptó de inmediato su máscara habitual: la barbilla en alto, los hombros relajados y una sonrisa cortés, aunque ligeramente tensa por la interrupción. —Fernando, María —saludó Ferran, bloqueando sutilmente la entrada con su propio cuerpo—. Me habéis pillado por sorpresa. Creí que el congreso en el sur duraba dos semanas más. ¿Ocurrió algún problema con el hotel? Fernando no devolvió la sonrisa. El padre de Pedri parecía haber envejecido diez años en una sola noche: tenía sombras oscuras bajo los ojos, la mandíbula apretada con una rigidez pétrea y las manos cerradas en puños dentro de los bolsillos de su abrigo. Cada línea de su cuerpo vibraba con una furia salvaje y contenida que amenazaba con estallar, pero que el hombre reprimía con una disciplina sobrehumana para proteger a su hijo. —No hubo ningún problema con el hotel, Ferran —respondió Fernando, y su voz sonó tan hueca, tan carente de la calidez habitual, que el mayor entrecerró los ojos con recelo—. Surgió un imprevisto familiar de extrema gravedad. Mi hermano en Tenerife tuvo un accidente vascular esta madrugada. Ferran parpadeó, descolocado momentáneamente por la mentira perfectamente estructurada. —Vaya... lo lamento mucho —dijo Ferran, midiendo cada sílaba—. Pero no entiendo. ¿Por qué volver aquí en lugar de tomar un vuelo directo desde la capital? —Porque no vamos a volver, Ferran —intervino María desde atrás, con la voz quebrada por un llanto contenido que encajaba a la perfección con el papel de una mujer en duelo familiar—. Nos trasladamos definitivamente. Mi cuñado necesita que nos hagamos cargo del negocio familiar allá en las islas. He pedido la baja médica en el instituto y Fernando ha gestionado el traspaso de su contrato esta misma mañana. El silencio que cayó sobre el porche fue tan pesado que el viento matutino pareció detenerse entre los árboles del jardín. La mente de Ferran se detuvo en seco. Las piezas de su tablero, que creía tener perfectamente controladas bajo su mano de hierro, comenzaron a desmoronarse a una velocidad vertiginosa. Su instinto territorial se encendió como una llamarada de azufre, gritándole que algo estaba profundamente mal en aquella historia. —¿Trasladaros? —la voz de Ferran perdió todo rastro de cortesía, volviéndose cortante, peligrosa—. ¿Así, de un día para otro? Fernando, eso no tiene ningún sentido. No podéis levantar una casa entera de la noche a la mañana. Y menos con Pedri a mitad de curso. El chico tiene sus estudios aquí, tiene su vida, tiene... —Pedri es nuestro hijo, Ferran —le cortó Fernando con una firmeza que no admitía réplica, dando un paso adelante que redujo la distancia entre ambos a escasos centímetros—. Es un menor de edad. Su vida está donde estemos nosotros. Ya hemos hablado con la dirección educativa en Santa Cruz para convalidar su matrícula. No vamos a dejarlo solo en la península. —¡No está solo! —espetó Ferran, alzando la voz por primera vez, perdiendo los estribos ante la perspectiva inminente de perder su posesión más codiciada—. ¡Está conmigo! Os dije que yo me hacía cargo de él. Puede terminar el año escolar viviendo en mi casa. No tenéis por qué arrancarlo de su entorno por una urgencia que podéis resolver vosotros dos solos. Fernando clavó sus ojos en los de Ferran. Por una fracción de segundo, la máscara del padre se fracturó, dejando al descubierto el desprecio absoluto y el asco visceral que sentía por el hombre que tenía enfrente. Sus ojos se desviaron brevemente hacia los nudillos magullados de Ferran, cubiertos de costras de sangre seca, y un temblor de pura rabia le recorrió los hombros. —Agradecemos tu preocupación, muchacho —dijo Fernando, arrastrando las palabras con una frialdad glacial—. Pero la decisión está tomada. No está sujeta a discusión ni a consejos vecinales. Vinimos a recoger a nuestro hijo y sus cosas indispensables. El resto lo embalará una empresa de mudanzas la próxima semana. Ferran apretó la mandíbula con tanta fuerza que los tendones de su cuello se marcaron como cuerdas tensas. El rechazo frontal a su autoridad dentro de su propio terreno lo estaba volviendo loco. —Quiero hablar con él —exigió Ferran, dando medio paso hacia atrás pero sin ceder el umbral—. Quiero escuchar de su propia boca si está de acuerdo con esta locura. —No tienes que pedir permiso para hablar con él —respondió Fernando, empujando suavemente la puerta con el hombro para obligar a Ferran a apartarse—. Pedri, sal aquí ahora mismo. Nos vamos. Desde la penumbra del pasillo, Pedri avanzó despacio. Llevaba su pequeña mochila colgada del hombro, la misma con la que había llegado días atrás. Tenía la cabeza gacha, los hombros encogidos y la sudadera subida hasta la barbilla para ocultar las marcas de su cuello. Ferran se giró en redondo al verlo aparecer. La mirada del mayor era un torbellino de sospecha furiosa, celos desmedidos y una desesperación salvaje que amenazaba con quebrar el cristal de su autocontrol. Dio dos zancadas rápidas hacia el muchacho y lo tomó del brazo con una fuerza que hizo que la tela de la sudadera se tensara al límite. —¿Tú sabías esto? —le susurró Ferran al oído, con un tono envenenado que hizo que a Pedri se le erizara la piel—. Mírame a los ojos y dímelo, Pedri. ¿Sabías que venían a buscarte? Pedri alzó la vista, enfrentando las pupilas dilatadas de su captor. El miedo seguía allí, latiendo en sus venas con fuerza implacable, pero la visión de sus padres a escasos metros en la entrada le infundió el valor desesperado de quien vislumbra la salida de una celda. —No... no sabía nada, Ferran —mintió Pedri con la voz temblorosa, dejando que el llanto real que le quemaba los ojos brotara en lágrimas que resbalaron por sus mejillas—. Te lo juro... mi tío está enfermo... Ferran le clavó los dedos con más saña en el brazo, bajando la cabeza hasta que sus labios casi rozaron la oreja del menor. —Diles que no vas —le ordenó en un siseo abrasador, tan bajo que solo Pedri pudo escucharlo—. Diles que te quedas aquí conmigo. Si das un solo paso fuera de esta casa con ellos, te juro por Dios que voy a ir a buscarte. No me importa a qué isla te metan, Pedri. No me importa cuánto te escondan. Eres mío. Te voy a encontrar y te voy a traer de vuelta. ¿Me estás escuchando? Las palabras fueron una promesa oscura, una sentencia de obsesión que selló la certeza de Pedri de que no había marcha atrás. Con el corazón desgarrado entre el recuerdo del amor infantil que una vez sintió y el horror del monstruo en el que Ferran se había convertido, Pedri tiró de su brazo hacia atrás con un movimiento seco, zafándose del agarre ajeno. —Tengo que irme con mi familia, Ferran —dijo Pedri en voz alta, con una firmeza que sorprendió incluso a sus padres—. Es mi familia. Ferran se quedó inmóvil, con la mano vacía suspendida en el aire, contemplándolo como si acabara de recibir una puñalada en el esternón. En sus ojos castaños brilló, por primera vez, el dolor crudo de la traición y la pérdida absoluta de control. Fernando no esperó un segundo más. Avanzó por el pasillo, se interpuso físicamente entre Ferran y el menor, y rodeó a Pedri con un brazo protector, empujándolo firmemente hacia la salida. —Vamos al coche, hijo —ordenó el padre con voz de trueno, sin volver a mirar a Ferran a la cara—. María, sube al chico. María atrapó a Pedri en cuanto este cruzó el umbral, envolviéndolo en un abrazo asfixiante mientras lo guiaba a paso apresurado por el sendero hacia el vehículo. Pedri sentía los sollozos de su madre empapándole el pelo, pero no se detuvo; subió al asiento trasero del coche y cerró la puerta de un golpe, encogiéndose contra la ventanilla. Fernando se detuvo en el primer escalón del porche, dándose la vuelta para encarar a Ferran una última vez. El mayor seguía de pie en el umbral, con la respiración pesada, las manos temblorosas por la furia contenida y una mirada vacía, homicida, clavada en el vehículo. —Gracias por cuidar de mi casa estos años, Ferran —dijo Fernando, con un veneno apenas disimulado en cada sílaba—. Las llaves del chalet las recogerá el agente inmobiliario el lunes. Te aconsejo que no te acerques a nuestra propiedad. Que tengas una buena vida. Fernando bajó los escalones con paso firme, subió al asiento del conductor y encendió el motor de inmediato. El vehículo dio marcha atrás sobre la grava con un chirrido agresivo de neumáticos, se incorporó a la calzada y aceleró hacia la salida de la urbanización, alejándose a toda velocidad bajo el cielo plomizo de la mañana. En el asiento trasero, Pedri se giró despacio, apoyando la frente contra el cristal frío de la ventanilla trasera. A través del vidrio empañado por su propio aliento, vio la figura solitaria de Ferran de pie en medio del porche. El viento le revolvía el cabello oscuro y su postura era la de una fiera herida, enjaulada en su propio territorio, mirando fijamente el punto donde el coche desaparecía en la curva del camino. Incluso a la distancia, Pedri pudo sentir la promesa silenciosa de aquellos ojos ardientes clavándose en su espalda como una marca indeleble: esto no era un final, sino una cacería que apenas acababa de comenzar. Tu fanfic | Fanfy ❮ Atrás≡ ÍndiceSiguiente ❯ El zumbido monótono de los neumáticos contra el asfalto era el único sonido que llenaba el habitáculo del coche. La autopista se abría hacia el sur como una cinta gris interminable bajo un cielo que amenazaba con descargar una llovizna fría. En el asiento trasero, Pedri no se había movido un solo milímetro en casi dos horas. Mantenía las rodillas pegadas al pecho, abrazándose las piernas con fuerza, con la frente apoyada contra el cristal frío de la ventanilla. A través del reflejo opaco, podía ver los ojos de su padre en el retrovisor: Fernando conducía con los nudillos blancos apretados al volante, con la mandíbula tan rígida que parecía a punto de fracturarse. A su lado, María lloraba en silencio, cubriéndose la boca con un pañuelo de tela arrugado, incapaz de articular palabra desde que habían dejado atrás el cartel que marcaba la salida de la urbanización. Pedri bajó la vista hacia sus propias manos. En su muñeca derecha destacaba un cerco violáceo, la huella exacta de los dedos de Ferran reteniéndolo contra la pared del pasillo. Con la punta de la lengua rozó el interior de su labio cortado, sintiendo el gusto metálico de la sangre seca y el escozor punzante que le recordaba la aspereza de la toalla empapada. Estaba libre. Debería haber sentido alivio, una bocanada inmensa de aire fresco llenándole los pulmones. Sin embargo, lo único que habitaba en su pecho era un vacío oscuro, frío y punzante. Una parte de él —la parte enferma, infantil y desesperada que había pasado años suspirando tras los cristales de su habitación— sentía que le habían arrancado las entrañas al separarlo de Ferran. Odiaba al monstruo en el que su vecino se había convertido, pero ese monstruo era la misma persona que le había limpiado las lágrimas con dedos torpes y que lo había besado como si no existiera nadie más en el mundo. La contradicción le arañaba la garganta hasta el punto de querer vomitar. Fernando carraspeó, rompiendo la asfixiante quietud. —No vamos a parar hasta llegar al aeropuerto de Barajas —anunció con una voz seca, rasposa por la contención—. Tengo a tu primo reservando los billetes en el primer vuelo hacia Los Rodeos. Dejaremos el coche en el aparcamiento de larga estancia. —Fernando... —susurró María, girando el rostro bañado en lágrimas hacia su marido—. Toda nuestra vida está en esa casa. Los muebles, las fotos, los recuerdos de diez años... —¡Al diablo los muebles, María! —estalló el hombre, golpeando el volante con la palma abierta en una descarga repentina de furia que hizo que Pedri se encogiera aún más en el asiento trasero—. ¿No viste la cara de ese desgraciado? ¿No viste los nudillos que tenía? ¡Casi mata a golpes a un tipo en medio del parque y luego se atrevió a ponerle las manos encima a nuestro hijo! ¡Estábamos durmiendo puerta con puerta con una fiera rabiosa! —Papá, por favor... no grites —suplicó Pedri en un susurro tembloroso, enterrando la cara entre sus brazos. Fernando respiró hondo dos veces, obligándose a calmar el temblor de su pecho. Miró de nuevo a su hijo por el retrovisor, suavizando la mirada con una ternura destrozada. —Perdóname, mi niño. No es contigo. Es solo que... no me perdono haberme ido. No me perdono haberte dejado en manos de ese sujeto. Te juramos que esto se acabó, Pedri. En Tenerife nadie te va a tocar. Vas a volver a la playa, vas a terminar el bachillerato en paz y no vas a volver a verle la cara a ese tipo en lo que te queda de vida. Pedri no contestó. Apretó los ojos con fuerza, intentando borrar la última imagen que tenía grabada en la mente: Ferran de pie en el porche, recortado contra el gris de la mañana, prometiéndole en un susurro letal que no importaba a qué isla lo llevaran, que cruzaría el mar para traerlo de vuelta. *** En la casa contigua, el silencio no era un alivio; era un insulto. Ferran permanecía de pie en mitad del salón, exactamente donde Fernando se había interpuesto entre él y el muchacho hacía más de tres horas. No se había cambiado de ropa. La taza de café que se había servido al amanecer reposaba sobre la encimera de la cocina, completamente fría, con una película oscura y densa cubriendo la superficie. Tenía las manos metidas en los bolsillos del pantalón deportivo, los hombros rígidos y la respiración contenida en un ritmo lento y peligroso. Sus ojos castaños recorrían el espacio desierto con una fijeza obsesiva. Sobre la mesa auxiliar todavía estaba el libro de historia de Pedri, con las esquinas dobladas y un bolígrafo azul marcando la página cincuenta y cuatro. En el respaldo del sofá colgaba la manta que el menor había usado la noche anterior para resguardarse del frío mientras Ferran le revisaba las marcas de los brazos. Todo en aquella casa seguía oliendo a él. Olía a su champú de manzana, a su piel tibia, a su miedo y a su devoción. —Un infarto en Tenerife —masculló Ferran para sí mismo, y la frase sonó ridícula, absurda, una burla descarada en mitad de las cuatro paredes silenciosas. Caminó hacia la cocina con zancadas pesadas. Se apoyó contra el mueble, bajando la cabeza, sintiendo que un dolor sordo y lacerante le golpeaba el pecho como un martillo de hierro. Lo habían burlado. Se habían llevado a su chico delante de sus narices, en su propio terreno, y él se había quedado paralizado por las formas, por la presencia de los padres, por la estúpida ilusión de que Pedri lo elegiría a él por encima de todo. «Es mi familia», había dicho el crío. La frialdad de esas palabras todavía le zumbaba en los oídos como un enjambre de avispas venenosas. De pronto, un pensamiento cruzó la mente de Ferran con la velocidad de un rayo, paralizándole los músculos. Se enderezó de golpe. Fernando y María habían llegado a las ocho de la mañana. Para estar en la puerta a esa hora, habiendo salido desde la costa andaluza donde se celebraba el congreso inmobiliario, tenían que haber iniciado el viaje de madrugada. A las tres o cuatro de la mañana, como muy tarde. Nadie viaja cuatro horas de noche por un accidente vascular sin haber intentado llamar primero por teléfono. Y a Fernando no lo había llamado ningún hospital. Fernando había venido directo a por Pedri. Ferran metió la mano en su bolsillo, sacó su teléfono móvil y lo desbloqueó con un golpe seco de pulgar. Abrió la aplicación de llamadas. No había nada extraño en el registro reciente: la última llamada saliente era de su compañero de obra de la tarde anterior. Sin embargo, la paranoia de Ferran no era la de un hombre cualquiera; era la desconfianza meticulosa de un depredador que sospecha haber sido traicionado en su propia madriguera. Entró en el navegador web del teléfono, accedió a la plataforma privada de su operadora telefónica e introdujo su contraseña de cliente. Fue directo a la sección de consumo en tiempo real, donde las llamadas se registraban de manera instantánea e inalterable en los servidores de la compañía, sin importar lo que el usuario borrara del dispositivo físico. Allí estaba. *Llamada saliente. 03:41 AM. Duración: 4 minutos, 18 segundos. Destino: Fernando González.* Ferran sintió cómo el suelo bajo sus pies parecía desvanecerse, sustituido por un pozo sin fondo de pura adrenalina y furia negra. A las tres y cuarenta de la mañana, él estaba durmiendo en su cama. Y Pedri... Pedri estaba con él bajo las sábanas. La escena se reconstruyó en su mente con una nitidez aterradora: Pedri esperando en la oscuridad a que él cerrara los ojos; Pedri levantándose descalzo, robándole el móvil de la mesilla de noche; Pedri encerrado en el baño, llorando contra el auricular, traicionándolo, vendiéndolo a su padre como a un animal peligroso; y luego volviendo a la cama, metiéndose entre sus brazos, fingiendo sumisión mientras sentía el calor de su cuerpo contra la espalda. —Me mentiste —susurró Ferran. La voz le salió rota, estrangulada por una mezcla letal de agonía y rabia—. Me miraste a la cara y me mentiste, chiquillo. Un crujido seco resonó en la cocina. Sin darse cuenta, Ferran había apretado el teléfono con tanta fuerza que la pantalla de cristal templado se había quebrado en una telaraña de grietas finas bajo la presión de sus dedos. No había ningún tío enfermo. No había ningún traslado forzoso por un negocio familiar. Habían huido de él. Pedri había planeado su fuga mientras fingía llorar de arrepentimiento. Ferran arrojó el móvil destrozado sobre la encimera. Se pasó ambas manos por el rostro, tirando de su propio cabello hacia atrás mientras una risa seca, desprovista de cualquier atisbo de alegría, escapaba de su garganta. —Creíste que era tan fácil, ¿verdad? —dijo al aire vacío, con los ojos brillando en una penumbra demencial—. Creíste que podías meterte bajo mi piel, hacerme perder la cabeza, dejar que te marque... ¿y luego marcharte en el coche de papá? Dio media vuelta y subió los escalones de dos en dos hacia la planta alta. Entró en su dormitorio, abrió el armario de par en par y sacó una maleta de cuero negro, arrojándola sobre la cama que aún conservaba la forma de ambos cuerpos en las sábanas revueltas. Empezó a meter ropa sin doblarla, con movimientos mecánicos, rápidos y precisos. No le importaba el trabajo en la constructora; pediría una excedencia o renunciaría si era necesario. No le importaba la casa vacía ni el vecindario que dejaba atrás. No le importaba nada que no fuera la piel suave que le habían arrebatado esa mañana. Ferran conocía a los González desde hacía diez años. Sabía perfectamente de qué pueblo del norte de Tenerife procedían. Sabía que la casa de los abuelos estaba en Tegueste, rodeada de viñedos y caminos de tierra, apartada del ruido de la ciudad. Fernando se lo había mencionado en docenas de tardes compartidas mientras arreglaban las vallas del jardín. «Un lugar tranquilo para retirarse», le había dicho el hombre alguna vez. Ferran cerró la cremallera de la maleta de un solo tirón violento. —Tranquilo —repitió entre dientes, con una sonrisa sombría que no le llegó a los ojos—. Ya veremos cuánto les dura la tranquilidad. *** El olor a salitre, humedad y vegetación subtropical golpeó el rostro de Pedri nada más cruzar las puertas automáticas del aeropuerto de Los Rodeos. Hacía años que no pisaba la isla, pero el aire del norte tinerfeño tenía esa densidad familiar, casi maternal, que contrastaba brutalmente con el ambiente seco y asfixiante de la península. Sin embargo, Pedri no fue capaz de sonreír. Llevaba la capucha de la chaqueta calada hasta los ojos, encogiéndose entre sus padres mientras caminaban hacia el taxi que los llevaría hasta Tegueste. El trayecto fue silencioso. El coche ascendió por carreteras serpenteantes, dejando atrás las luces lejanas de La Laguna para internarse en los valles verdes, flanqueados por plataneras y palmeras que se mecían pesadamente bajo la brisa atlántica. La casa de los abuelos era una edificación tradicional de paredes blancas y tejas curvas, rodeada por un muro bajo de piedra volcánica. Había permanecido cerrada durante meses, pero olía a madera vieja, a lavanda seca y a recuerdos de una infancia en la que Ferran aún no era más que el chico alto de la casa de al lado que le enseñaba a inflar las ruedas de la bicicleta. —Ya estamos aquí, mi amor —dijo María con un hilo de voz esperanzada, abriendo los postigos de madera de la sala para que entrara el aire fresco—. Ya pasó lo peor. Mañana iremos a comprar algo de ropa y comida fresca. Esta noche solo descansa. Pedri asintió con desgano. Subió las escaleras de madera crujiente hasta la pequeña habitación del piso superior que solía ser suya durante los veranos de su niñez. Dejó la mochila sobre una silla de mimbre y se acercó a la ventana que daba hacia el valle. A lo lejos, entre la bruma del anochecer, se divisaba la línea oscura del océano fundiéndose con el horizonte plomizo. Se despojó de la sudadera frente al espejo del armario. Bajo la luz tenue de la bombilla solitaria, las marcas en su cuerpo se veían aún más descarnadas. El moretón en su cuello, donde Ferran había hundido los labios y los dientes para borrar la presencia de cualquier otro hombre, comenzaba a tornarse de un color morado oscuro, casi negro en el centro. En sus muñecas persistían las líneas de los dedos que lo habían sujetado contra las baldosas. Pedri alzó los dedos temblorosos y rozó la herida de su garganta. Un escalofrío abrasador le recorrió la espalda. ¿Por qué dolía tanto estar a salvo? Debería sentirse aliviado, protegido tras los muros de piedra de la isla de sus antepasados, con miles de kilómetros de agua separándolo de la bestia. Pero cuando cerraba los ojos, no veía la libertad; veía la desesperación salvaje en las pupilas de Ferran cuando Fernando lo apartó. Veía la mano vacía del mayor suspendida en el aire frío del pasillo, rogándole en silencio que no lo abandonara. —Eres un idiota —se susurró Pedri a sí mismo con rabia, mientras un par de lágrimas calientes le empañaban el reflejo en el cristal—. Es un monstruo. Te lastimó. Te encerró. Pero el corazón no entendía de lógica ni de supervivencia. Su corazón seguía encadenado a los diez años de miradas, a la boca tibia que lo había devorado en el sofá, a la promesa envenenada de que nadie más en este mundo volvería a tocarlo jamás. El timbre chirriante de su teléfono nuevo —un terminal básico que su padre le había comprado en el aeropuerto para emergencias— lo arrancó de su ensimismamiento con la fuerza de una descarga eléctrica. Pedri dio un respingo, sintiendo que el aire se le congelaba de golpe en los pulmones. Caminó hacia la mesilla de noche con pasos vacilantes. El aparato vibraba sobre la madera desnuda, iluminando la habitación en penumbra con un destello azulado. La pantalla mostraba un número oculto. Nadie tenía ese número. Lo habían activado hacía apenas cuatro horas en Madrid, con una tarjeta prepagada comprada por su padre. No tenía contactos guardados, no estaba vinculado a ninguna red social ni a ninguna cuenta anterior. El teléfono siguió sonando: un repique constante, agresivo, que parecía taladrarle los tímpanos. Con los dedos empapados en sudor frío, Pedri levantó el aparato. Presionó la tecla de responder y se llevó el teléfono a la oreja con lentitud agónica, sin atreverse a pronunciar una sola palabra, conteniendo la respiración hasta que las sienes le latieron con fuerza. Al otro lado de la línea no hubo un saludo. Solo se escuchaba el rumor distante de una turbina de avión zumbando en un aeropuerto, mezclado con una respiración profunda, pausada y estremecedoramente cercana. —Tres minutos y cuarenta y un segundos en el baño, Pedri —dijo la voz baja, ronca y oscura de Ferran, filtrándose por el auricular como un veneno caliente—. Eso fue lo que tardaste en traicionarme anoche. Pedri sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Se le escapó un jadeo ahogado y el teléfono casi se le resbala de la mano helada. —Ferran... —gimió el chico, con la voz rota por el terror más absoluto—. ¿Cómo... cómo conseguiste este número? Una risa seca, carente de cualquier humanidad, vibró a través de la línea. —¿De verdad creíste que el viejo Fernando era más listo que yo? El registro de compras de la tienda del aeropuerto se actualiza cada diez minutos si tienes un amigo trabajando en seguridad, chiquillo. Te dije que no me importaba a dónde te llevaran. Te dije que el mar no te iba a salvar de mí. Pedri comenzó a temblar de forma incontrolable, retrocediendo hasta que su espalda chocó contra la pared de piedra fría de la habitación. —¡Déjame en paz! —gritó en un susurro desgarrador, apretando el teléfono contra su oído con desesperación—. ¡Tengo miedo de ti, Ferran! ¡Casi matas a ese hombre, me lastimaste la boca, me encerraste! ¡Mis padres están abajo, van a llamar a la policía! —Que llamen a quien quieran —respondió Ferran con una frialdad glacial que cortaba el aliento—. Cuando la policía llegue, tú y yo ya no vamos a estar aquí. Un silencio pesado cayó sobre la llamada, interrumpido únicamente por el aviso metálico de una megafonía lejana anunciando el embarque de un vuelo con destino a Tenerife Norte. —Tápate bien esa marca del cuello antes de bajar a cenar —susurró Ferran, con una posesividad tan asfixiante que a Pedri le pareció sentir los dedos del mayor cerrándose de nuevo sobre su garganta—. No quiero que tu madre la vea antes de que yo llegue a renovarla. Nos vemos pronto, mi niño. La línea se cortó con un chasquido sordo. El teléfono cayó de las manos de Pedri, estrellándose contra la madera del suelo. El chico se deslizó por la pared hasta quedar sentado en el rincón más oscuro de la habitación, cubriéndose la cabeza con los brazos, mientras el rumor lejano de las olas rompiendo contra los acantilados de la isla le recordaba que la jaula no había desaparecido: simplemente se había vuelto del tamaño de todo un océano. Continuar la historia Elige cómo debe continuar la historia o propone tu propia idea: Sobre la trama Ferran y pedri son vecinos de hace años casi 10 años, pedri tiene un pequeño no tan pequeño enamoramiento con su vecino en secreto, pero ferran tiene novia, cuando pedri se entero lloro todo el día, se sintió traicionado, ferran solo lo veía como un pequeño hermano, y eso le dolió más aún, y pues empezó a frecuentar a fiestas ahí conoció a varios chicos y chicas, y como sus padres estaban de viaje pedri llevaba a varios a su casa para despecharse, ferran un día lo vio y fue a ver que pasaba, tocó la puerta, y salió un hombre casi de su edad, sin camisa y una toalla en la cadera, el obvio se enojo y lo golpeó, pero pedri apareció con una bata de baño, tratando de separarlos, le grito a ferran qué que hacía el ahí, golpeando a su novio, ferran se extraño feo, lo miro confundido, le regaño porque estaba con un hombre mayor, que que le pasaba por la cabeza, pedri le respondió que así le gustan que eso no le imcumbe a él, así que lo empujo hasta su puerta hasta cerrarle la puerta en su cara enojado, cuando ferran se quedo afuera parado su novia aparece y le pregunta que le pasaba y ferran le explica todo exaltandose, ella le dice que pedri ya es casi un adulto ya sabe lo que hace con su vida, eso no le imcumbia, pero ferran la miró incrédulo, y se fue a su casa, porque no entendía que pedri es un niño, no puede tener novio aún, y menos con ese tipo, no no podia El silencio de las medianías de Tegueste era denso, casi claustrofóbico, interrumpido únicamente por el roce constante de las ramas de los laureles contra las tejas y el ladrido lejano de un perro en las fincas colindantes. Afuera, la bruma espesa que bajaba de Anaga —esa masa de nubes bajas que los lugareños llamaban panza de burro— lo cubría todo con un sudario húmedo y frío, borrando las luces del valle y reduciendo el mundo a los muros de piedra volcánica de la vieja casona familiar. Pedri no se había movido del suelo de su habitación en más de dos horas. El teléfono prepagado descansaba a un metro de sus rodillas, con la pantalla agrietada tras la caída, mudo como una lápida. En el interior de su cabeza, sin embargo, la voz de Ferran seguía repitiéndose en un eco metálico, implacable: *«Tres minutos y cuarenta y un segundos en el baño, Pedri... Nos vemos pronto, mi niño»*. Se abrazó las piernas con fuerza, enterrando el rostro entre los muslos. El cuerpo entero le dolía. Le latía el corte del labio, le quemaban las marcas moradas en la clavícula y un temblor espasmódico se le instalaba en el diafragma cada vez que intentaba respirar hondo. ¿Cómo había sido tan estúpido? ¿Cómo pudo creer que una llamada desde el móvil personal de Ferran no dejaría una huella indeleble? Ferran era calculador, meticuloso hasta la demencia cuando sentía que perdía el control. Un par de golpes suaves en la madera de la puerta lo hicieron dar un brinco tan violento que se golpeó la espalda contra el zócalo. —¿Pedri? —la voz de María llegó amortiguada desde el pasillo—. Mi amor, la cena está lista. Tu padre preparó un poco de caldo caliente. Tienes que comer algo antes de acostarte. Pedri tragó saliva con dificultad, intentando destrabar el nudo que le cerraba la garganta. —No... no tengo mucha hambre, mamá —respondió, esforzándose desesperadamente por que su voz sonara estable—. Me duele un poco la cabeza por el avión. Prefiero dormir. Hubo una pausa al otro lado de la puerta. Se escuchó el suspiro pesado y cargado de culpa de su madre, seguido del roce vacilante de sus zapatillas sobre las tablas viejas. —De acuerdo, mi vida. Dejaremos una bandeja tapada sobre la encimera por si te desvelas. Intenta descansar. Mañana todo se verá mejor. Papá ya cambió los cerrojos de la entrada principal. —Gracias, mamá. Buenas noches. Los pasos de María se alejaron lentamente escaleras abajo. Pedri dejó caer la cabeza hacia atrás, apoyándola contra la pared encalada. «Mañana todo se verá mejor». La ingenuidad de sus padres le desgarraba el alma. Creían que estaban a salvo porque habían puesto miles de kilómetros de océano de por medio; creían que un cerrojo nuevo en una puerta de madera de tea detendría a un hombre que acababa de destrozarle la cara a golpes a un desconocido en mitad de un parque a plena luz del día. No conocían a Ferran. No como él lo conocía ahora. Se puso en pie a duras penas, sintiendo las piernas de trapo. Caminó hacia la ventana del dormitorio, cuyas hojas de madera con pestillo de hierro daban a un pequeño balcón techado que asomaba a los viñedos traseros. Afuera no se veía nada; la niebla era tan espesa que las copas de los árboles apenas eran sombras fantasmales recortadas contra la negrura. Comprobó el pasador de hierro de la ventana. Estaba puesto, oxidado pero firme. Aún así, la sensación de estar expuesto, de tener una diana invisible marcada en la nuca, no disminuía. Se quitó los vaqueros y se metió en la cama con la sudadera puesta, subiéndose la capucha hasta la frente. La cama de su infancia olía a humedad y a sábanas guardadas en arcones de cedro durante años. Se tapó hasta la barbilla, mirando fijamente la rendija de luz que se colaba bajo la puerta del pasillo, contando mentalmente los minutos, esperando que el cansancio venciera al pánico. Hacia la una de la madrugada, las luces del piso inferior se apagaron. La casa quedó sumida en una penumbra total. Solo el crujido de las maderas centenarias dilatándose por el frío rompía la monotonía de la noche. Pedri no supo en qué momento el agotamiento logró cerrar sus párpados, pero el sueño no le trajo paz. Soñó con el olor a óxido y sangre, con unos dedos ásperos que le restregaban la boca hasta arrancarle la piel, con la mirada desorbitada de Ferran sobre él, repitiéndole que le pertenecía, que no había rincón en la tierra donde pudiera esconderse. Un sonido seco, metálico, lo arrancó de la pesadilla de golpe. Pedri abrió los ojos de par en par. La habitación estaba completamente a oscuras. Se quedó inmóvil bajo las mantas, con la respiración suspendida, escuchando. *Clack.* El sonido provino del balcón exterior. Fue el chasquido inconfundible de un metal haciendo palanca con cuidado contra una madera vieja. El corazón de Pedri dio un vuelco salvaje, comenzando a golpear sus costillas con tanta fuerza que temió que se escuchara en toda la casa. El aire se le congeló en los pulmones. Quiso gritar, quiso llamar a su padre, pero la garganta se le cerró por completo, agarrotada por un terror puramente físico que lo paralizó sobre el colchón. Un chirrido leve, apenas un suspiro de goznes sin engrasar, resonó cuando la hoja izquierda de la ventana cedió hacia adentro. La bruma helada de la noche se coló de golpe en la estancia, trayendo consigo el aroma a tierra mojada, a eucalipto y a lluvia reciente. Y con la niebla, una silueta alta y ancha se recortó contra el vano abierto. La figura se deslizó al interior sin hacer crujir una sola tabla del suelo, cerrando la madera tras de sí con una calma metódica y deslizando el pestillo roto a su posición original. Pedri tiró de la manta hacia arriba, cubriéndose hasta la nariz, temblando de forma incontrolable. La sombra avanzó con paso firme a través de la penumbra hasta detenerse al pie de la cama. Llevaba una chaqueta impermeable oscura aún salpicada de diminutas gotas de agua que brillaban débilmente con el reflejo de la luna oculta tras las nubes. Desprendía un calor sofocante, mezclado con el olor inconfundible a combustible de avión, a tabaco ajeno y a esa colonia amaderada que durante diez años había sido el hogar y la perdición de Pedri. —Tres horas de vuelo —dijo una voz baja, rota por la fatiga y densa de una posesividad oscura—. Y una más buscando la carretera vieja entre los viñedos. La luz de la pantalla de un mechero se encendió por una fracción de segundo, iluminando las facciones afiladas de Ferran. Tenía el cabello empapado pegado a la frente, ojeras profundas manchando sus cuencas y los labios agrietados en una mueca tensa. Al extinguirse la llama, la silueta se inclinó hacia adelante, apoyando una rodilla sobre el colchón. La cama se hundió bajo su peso. —Ferran... —el nombre escapó de los labios de Pedri como una súplica rota, apenas un gemido ahogado contra la tela de la sábana—. Por favor... vete... En lugar de responder, Ferran estiró un brazo y arrancó las mantas de un solo tirón violento, arrojándolas a los pies de la cama. Antes de que el chico pudiera rodar hacia el otro lado para huir, Ferran se abalanzó sobre él. El mayor montó a horcajadas sobre las caderas de Pedri, inmovilizándole los muslos con el peso muerto de su cuerpo. Con una mano grande y helada por el relente de la noche, le atrapó ambas muñecas, estampándolas contra el colchón por encima de su cabeza, mientras con la otra le sujetaba la garganta con una fuerza que no llegaba a asfixiarlo, pero que le impedía cualquier movimiento de fuga. —¿Que me vaya? —susurró Ferran contra su rostro, con la respiración caliente y agitada golpeándole las mejillas—. ¿Después de cruzar el maldito país por ti? ¿Después de escuchar cómo le llorabas a tu padre para que viniera a salvarte de mí? Pedri intentó forcejear, arqueando la espalda, empujando con las piernas inútilmente contra la masa muscular que lo aplastaba. —¡Suéltame! —gimió en un susurro desgarrado, aterrado de levantar la voz y despertar a sus padres en la planta baja—. ¡Mis padres están abajo! ¡Si grito, mi padre subirá con una escopeta, Ferran! Ferran soltó una risa seca, un bufido ronco cargado de desprecio que rozó la oreja del muchacho. —Que suba —murmuró, inclinando la cabeza hasta que su nariz rozó el cuello expuesto de Pedri, aspirando su piel con una avidez salvaje—. Que suba tu viejo y vea cómo tiemblas debajo de mí. Que vea si prefieres que te dispare a ti o a mí. Porque tú no vas a gritar, Pedri. Tú no quieres que lo mate. Los dedos de Ferran se aflojaron apenas en la garganta del menor, solo para deslizarse con lentitud por la tela de la sudadera, levantándola con un movimiento brusco hasta dejar al descubierto el vientre plano y el pecho pálido del chico. —Mírate —siseó Ferran, clavando sus ojos brillantes en la oscuridad sobre los de Pedri—. Te escapaste como un conejo asustado, pero estás temblando de deseo tanto como de miedo. ¿Creíste que borrar la llamada del teléfono me iba a engañar? ¿Tan poco me conoces, chiquillo? Pedri cerró los ojos con fuerza, sintiendo cómo las lágrimas calientes comenzaban a desbordarse por sus sienes, empapándole los cabellos. La vergüenza y el terror colisionaban en su pecho de una forma tan violenta que apenas podía sostener la cordura. —Tenía miedo... —sollozó Pedri, rindiéndose a la confesión, con el pecho subiendo y bajando en jadeos erráticos—. Casi matas a ese hombre en el parque. Estabas fuera de ti... y luego en el baño, me lastimaste la boca... Me dio miedo lo que pudieras hacerme. La confesión pareció calar en Ferran como una gota de ácido. La mano que le sujetaba las muñecas aflojó la tensión de los dedos, aunque sin soltarlo por completo. La furia en el rostro del mayor no desapareció, pero se tiñó de una angustia oscura, una desesperación torcida que le agriaba las facciones. —Casi lo mato porque puso sus manos sucias sobre ti —dijo Ferran, y su tono bajó hasta volverse una súplica envenenada, una caricia en forma de amenaza—. Y te limpié la boca porque no podía soportar que llevaras su rastro. No lo entiendes, Pedri. Tú me hiciste esto. Me tuviste diez años viéndote crecer, siendo el vecino bueno, el que te cuidaba las espaldas... y de repente te metes en la cama de un desconocido solo para joderme. Me arrancaste el juicio de cuajo. Ferran soltó finalmente las muñecas de Pedri. Sin embargo, en lugar de apartarse, apoyó ambas palmas a los lados de la cabeza del chico, inclinándose hasta apoyar la frente contra la suya. Su peso seguía aprisionándolo contra el colchón, caliente y dominante. —No vuelvas a traicionarme —susurró Ferran, con la voz quebrándose levemente en un ruego desesperado—. No vuelvas a correr. Si me dejas, me vuelvo un monstruo, Pedri. Te juro que me vuelvo un monstruo y no respondo de lo que haga. Pedri abrió los ojos despacio a través de la neblina de su llanto. A escasos centímetros, las facciones endurecidas de Ferran mostraban una vulnerabilidad patética y aterradora a la vez. Era el hombre que lo había dominado, el que lo había marcado, pero también era el chico de la casa de al lado que ahora temblaba de rabia y necesidad sobre su cuerpo, incapaz de vivir sin su órbita. El corazón de Pedri, masoquista y fiel a una década de adoración silenciosa, dio un vuelco doloroso. Con movimientos lentos, casi mecánicos, alzó sus manos temblorosas y las apoyó sobre los hombros mojados por la lluvia de Ferran. Sintió la tensión brutal de los músculos del mayor ceder una fracción bajo su toque. —¿Por qué viniste? —preguntó Pedri en un hilo de voz—. Mis padres nunca van a dejar que me acerque a ti. Me van a vigilar día y noche. Ferran levantó la cabeza, mirándolo fijamente con una determinación que rayaba en el delirio. —Tus padres no importan. Este pueblo no importa. Alquilé una casa en la costa sur, en Los Cristianos, a nombre de una empresa ficticia. Tengo un coche aparcado a doscientos metros de aquí, al final del camino de tierra. Nos vamos esta misma noche. A Pedri se le cortó el aliento. El pánico volvió a encenderse en su mirada. —¿Estás loco? ¡No puedo hacerles eso! ¡Se van a morir si desaparezco! Ferran le puso una mano firme sobre la boca, acallando la protesta con una presión tajante. —Les dejarás una nota —ordenó Ferran con frialdad—. Les dirás que no soportabas la presión familiar, que necesitabas tiempo a solas y que no te busquen. Y si no lo haces... si decides quedarte aquí y fingir que esta noche no ha pasado... Ferran retiró la mano despacio de sus labios y deslizó los dedos hacia el cuello del menor, rozando la herida donde días antes le había clavado los dientes. —...mañana por la mañana bajaré a la cocina de tus padres. Les diré exactamente qué hicimos en mi cama. Les enseñaré cada marca de tu cuerpo. Destruiré a tu familia con la verdad, Pedri. Y cuando todo esté roto, te quedarás solo de todas formas. Conmigo. Las lágrimas de Pedri volvieron a brotar, calientes y amargas. Estaba atrapado. La telaraña que Ferran había tejido a su alrededor era perfecta: no había salida honrosa, no había rescate posible. O destruía a sus padres con el escándalo y la vergüenza, o se entregaba por completo a la jaula de su captor. Ferran leyó la derrota en el brillo derrotado de sus pupilas castañas. Una sombra de ternura enfermiza suavizó los ojos del mayor. Se inclinó despacio y comenzó a besarle las lágrimas de las mejillas, con una delicadeza reverente que contrastaba brutalmente con las amenazas que acababa de escupir. Sus labios calientes descendieron por su mandíbula, acariciando la piel hasta llegar a la comisura lastimada de su boca. —Sé que me quieres, chiquillo —murmuró Ferran contra sus labios hinchados—. Sé que llevas diez años soñando con esto. Deja de pelear. Yo te voy a cuidar mejor que nadie. Nadie te va a mirar como yo. Nadie te va a tocar nunca más. Pedri cerró los ojos, sintiendo cómo la última barrera de su resistencia se desmoronaba en pedazos en su interior. La mezcla de terror, devoción ciega y amor contaminado terminó por asfixiar cualquier vestigio de sensatez. —Ferran... —susurró el chico, y sus manos en los hombros del mayor se cerraron, arrugando la tela húmeda de la chaqueta impermeable, atrayéndolo hacia sí. El beso que siguió no fue violento como los anteriores. Fue hondo, oscuro y posesivo, un sello definitivo que cerraba el pacto entre el depredador y su presa consentida. Pedri abrió la boca al contacto invasivo de la lengua de Ferran, gimiendo débilmente contra su garganta, entregándose al calor abrasador que lo devoraba por completo. Ferran rompió el beso apenas para tomar aire, con la respiración entrecortada y las pupilas dilatadas hasta el borde del iris. Con una mano ágil, metió la mano bajo el colchón y sacó la mochila de Pedri, la misma que el chico había dejado sobre la silla de mimbre horas antes. La arrojó sobre la cama. —Vístete —ordenó Ferran en un susurro ronco, poniéndose de pie con movimientos seguros, limpiándose el labio con el dorso de la mano magullada—. Tienes diez minutos para escribir esa nota. El mar ya no te separa de mí, Pedri. Nos vamos a casa. Pedri se incorporó despacio sobre las sábanas revueltas, con la mirada perdida en la ventana abierta de par en par hacia la noche de niebla. El aire frío del exterior le golpeó el rostro desnudo, pero ya no sentía escalofríos. Se levantó con pasos vacilantes, tomó el bolígrafo que descansaba sobre la cómoda y comenzó a escribir sobre un trozo de papel arrugado, sabiendo que con cada trazo estaba quemando el único puente que le quedaba hacia el mundo exterior, entregando su libertad a cambio de las cadenas del único hombre al que jamás había sabido dejar de amar El rastro que no viste La punta del bolígrafo azul temblaba tanto que amenazaba con rasgar el papel amarillento de la libreta vieja. Pedri estaba encorvado sobre la pequeña cómoda de madera, de espaldas a la habitación, sintiendo cómo el frío que se colaba por el balcón abierto le helaba la nuca empapada en sudor. Detrás de él, el sonido rítmico y apagado de Ferran cerrando la cremallera de la mochila marcaba los segundos con la precisión implacable de un reloj de arena. —Date prisa, chiquillo —murmuró Ferran en la penumbra. Su voz no era violenta ahora; tenía esa cadencia suave, casi arrulladora, que utilizaba cuando creía haber recuperado el control absoluto de la situación—. No quiero que nos pille la claridad del alba en esta carretera. La niebla se está disipando abajo en el valle. Pedri tragó saliva, conteniendo un sollozo que le quemaba la garganta como ácido. Bajo la tenue luz que entraba por la ventana, sus ojos se fijaron en el trozo de papel. Ferran le había ordenado que escribiera que se marchaba por voluntad propia, que no soportaba la vergüenza, que necesitaba alejarse de todo y que no lo buscaran. Quería una excusa limpia, un muro de silencio que mantuviera a Fernando y a María paralizados por la culpa durante días, dándole tiempo suficiente para esconderlo en el sur de la isla. Pero cuando la tinta tocó la superficie rugosa, la mano de Pedri desobedeció cada una de las órdenes grabadas a fuego por el miedo. *«Papá, mamá, por favor, ayúdenme»*, escribió con trazos apresurados, torcidos, casi ilegibles por el temblor espasmódico de sus dedos. *«Ferran está aquí. Entró por el balcón de mi cuarto. Me tiene amenazado y me está obligando a irme con él. Tiene un coche abajo en el camino de los viñedos y dice que me lleva al sur. Tengo muchísimo miedo. No lo confronten solos, por favor, llamen a la policía. No me dejen solo con él. Los quiero.»* El corazón le martilleaba las costillas con una fuerza tan descomunal que temió que Ferran pudiera escucharlo. Las lágrimas cayeron directamente sobre la última línea, emborronando ligeramente la tinta azul sobre la palabra «policía». —¿Ya está? —la voz de Ferran sonó de pronto justo detrás de él, a escasos centímetros de su oreja. Un escalofrío helado le recorrió la columna vertebral. En un acto puramente reflejo, nacido del más primitivo instinto de supervivencia, Pedri dobló la hoja por la mitad con un movimiento rápido, casi espasmódico, y luego la dobló una vez más, ocultando el texto en el interior del pliegue. Dejó el bolígrafo sobre la madera y se giró despacio, pegando la espalda a la cómoda, con las manos temblorosas ocultas tras sus muslos. Ferran lo miraba desde arriba. La penumbra resaltaba las sombras duras de su rostro: la mandíbula tensa, las ojeras marcadas por las horas de viaje y esa mirada oscura, cargada de una ternura absorbente y peligrosa que lo envolvía todo. Sus ojos descendieron hacia la hoja doblada que descansaba sobre el mueble. A Pedri se le detuvo la respiración. La sangre se le congeló en las venas. Si Ferran estiraba el brazo, si abría el papel aunque fuera por simple curiosidad... El mayor dio un paso al frente, acortando la escasa distancia que los separaba. Levantó una mano —la misma que horas antes había descargado golpes brutales en el parque, con los nudillos todavía cubiertos de costras rojizas— y acunó la mejilla pálida de Pedri con una delicadeza desconcertante. La aspereza de sus dedos contrastaba con la suavidad de la piel del muchacho. —Buen chico —susurró Ferran, mirándolo a los ojos con una intensidad que rozaba la devoción—. Sabía que entrarías en razón. No tenía sentido seguir peleando contra esto, Pedri. Tú y yo estábamos destinados a esto desde el primer día que me miraste por encima de la valla. Ferran no tocó el papel. No se molestó en desdoblarlo. En su mente enferma de arrogancia y posesión, el beso desgarrado que acababan de compartir sobre el colchón, el llanto de Pedri entre sus brazos y la sumisión del chico eran pruebas más que suficientes de su victoria. Estaba convencido de que Pedri, roto y vulnerable, había claudicado ante la única fuerza a la que jamás había sabido resistirse. Con dos dedos, Ferran empujó el papel doblado hacia el centro de la cómoda, dejándolo a la vista, y colocó encima una pequeña caracola de mar que Pedri guardaba desde su niñez para que el viento de la ventana no se la llevara. —Ahí la encontrarán en cuanto suban a llamarte para desayunar —dijo Ferran, apartando la mano y tomando la mochila del suelo—. Vámonos. Ya hemos perdido demasiado tiempo. Pedri soltó el aire en un suspiro entrecortado que disfrazó como un quejido de cansancio. Las piernas apenas le respondían. Asintió mecánicamente, temiendo que cualquier palabra que saliera de su boca traicionara el fuego que le devoraba el pecho. Ferran le tomó la mano, entrelazando sus dedos con fuerza, una fuerza posesiva que no admitía distancia, y lo guio hacia la ventana del balcón. El aire exterior los recibió con una bofetada húmeda y fría. La bruma de Tegueste cubría el jardín trasero como un manto fantasmagórico, amortiguando cualquier sonido. Ferran saltó primero sobre la barandilla de madera, descendiendo con la agilidad silenciosa de una fiera hacia la pérgola de parras que conectaba el piso superior con el suelo de tierra. —Baja —le indicó en un susurro desde abajo, alzando los brazos hacia él—. Salta, yo te cojo. Pedri miró hacia atrás por última vez. A través del marco de la ventana, sobre la cómoda en penumbra, la pequeña nota blanca brillaba tenuemente bajo la caracola. Si su padre madrugaba, si su madre subía temprano con una taza de leche como solía hacer... era su única oportunidad. Cerró los ojos, apoyó las manos en la madera helada y se dejó caer. Los brazos de Ferran lo atraparon en el aire con una seguridad implacable. El impacto fue seco; el mayor amortiguó la caída pegando el cuerpo de Pedri contra su propio pecho, envolviéndolo en un abrazo que olía a lluvia, a tabaco frío y a esa colonia amaderada que antes representaba su mayor anhelo y que ahora se sentía como una condena. Ferran hundió la nariz en el cuello del muchacho por un segundo, respirando hondo, antes de dejarlo sobre la hierba húmeda. —No te sueltes de mí —le ordenó en voz baja. Cruzaron el viñedo a paso rápido. La tierra negra y volcánica se pegaba a las zapatillas de Pedri, haciéndolo trastabillar en más de una ocasión, pero el agarre de Ferran en su muñeca era un ancla que lo arrastraba hacia adelante sin tregua. La casa familiar de los González fue desvaneciéndose a sus espaldas, devorada por la niebla blanca, hasta convertirse en un recuerdo lejano. Al final del camino de servidumbre, oculto bajo la sombra densa de unos eucaliptos gigantes, descansaba un sedán gris oscuro de cristales tintados. Ferran desactivó la alarma con un chasquido casi imperceptible, abrió la puerta del copiloto y empujó a Pedri suavemente hacia el interior. —Entra y ponte el cinturón —dijo, cerrando la puerta con un golpe sordo antes de rodear el capó. Pedri se dejó caer sobre el asiento de tela fría. El habitáculo olía a vehículo de alquiler, a plástico nuevo y a encierro. Se quedó inmóvil, mirando sus manos crispadas sobre el regazo, sintiendo cómo el temblor de sus músculos no disminuía. Ferran subió al asiento del conductor, cerró su puerta y de inmediato presionó el botón del cierre centralizado. El chasquido metálico de los cuatro seguros bajando al unísono sonó en los oídos de Pedri como el cierre definitivo de una celda. El motor cobró vida con un zumbido bajo y constante. Ferran encendió la calefacción al máximo, orientando las rejillas de aire caliente directamente hacia el cuerpo empapado del chico, y puso el coche en marcha sin encender las luces largas hasta haber salido a la carretera comarcal. El vehículo comenzó a descender las curvas cerradas que bajaban desde Tegueste hacia la autopista del Norte. Afuera, la isla dormía bajo la noche cerrada; apenas unas pocas farolas amarillentas rompían la oscuridad en los cruces desiertos. Ferran estiró el brazo derecho, cruzando la consola central, y apoyó su mano grande sobre el muslo de Pedri, apretando con una familiaridad que le cortaba la respiración al menor. —Estás helado, chiquillo —dijo Ferran, mirándolo de reojo con una sonrisa ladeada, relajada, casi feliz—. Tranquilo. En una hora estaremos en el sur. Allí no hay niebla ni hace este frío de mierda. La casa tiene terraza, da directo a la costa. Podrás tomar el sol, descansar... olvidarte de todo este desastre. Pedri no apartó la vista de la ventanilla. A través del cristal empañado, veía las sombras de los barrancos deslizarse a toda velocidad. —Ferran... —murmuró con un hilo de voz, apenas audible sobre el rumor del motor—. Mis padres van a enloquecer. Mi madre no tiene el corazón para esto. Ferran endureció un poco los dedos sobre su pierna, dando un suave apretón de advertencia. —Tus padres aprenderán a vivir con ello, Pedri —respondió con una tranquilidad escalofriante—. Les dejaste una carta. Saben que estás bien, que te fuiste porque quisiste. Con el tiempo lo aceptarán. Y si no lo hacen, me da igual. Lo que me importa eres tú. Te he protegido desde que tenías siete años, cuando los chicos mayores del barrio te quitaban la merienda y venías llorando a mi porche. Siempre he sido yo quien ha cuidado de ti. No ellos. Pedri cerró los ojos con fuerza. Las lágrimas volvieron a quemarle los párpados. —Esto no es cuidarme —susurró, con un destello de dolor que no pudo contener—. Me arrancaste de mi casa en mitad de la noche. Me estás obligando a esconderme como si fuera un delincuente. Ferran soltó el volante con una mano por un segundo para sujetar con firmeza la barbilla de Pedri, obligándolo a girar el rostro hacia él. A pesar de ir conduciendo a más de ochenta kilómetros por hora por la autopista vacía, apartó la vista de la calzada el tiempo suficiente para clavar sus ojos oscuros en los del muchacho. —Te estoy salvando de ti mismo —sentenció Ferran con un tono áspero, envenenado de una gravedad incuestionable—. Si te dejaba en esa casa, te habrías marchitado. O peor: habrías vuelto a meter a cualquier imbécil en tu cama para intentar sacarme de tu cabeza. Ya viste de lo que eres capaz cuando te da por hacer tonterías. No voy a permitir que te vuelvas a degradar de esa manera, Pedri. Tú eres demasiado puro para terminar en manos de una rata como la del parque. Soltó su mentón despacio, deslizando el dorso de la mano por su cuello, rozando deliberadamente la marca morada que seguía viva bajo la piel del chico. —Eres mío —añadió en un susurro ronco, casi inaudible—. Y mientras respires, nadie más va a ponerte una mano encima. Si para protegerte tengo que esconderte del mundo entero, lo haré sin pestañear. Pedri volvió a mirar al frente, sintiendo una náusea pesada revolviéndole el estómago. Comprendió, con una lucidez aterradora, que cualquier intento de razonar con él era inútil. Ferran no operaba bajo las reglas de la cordura común; para él, la violencia, el secuestro y el aislamiento no eran crímenes, sino las mayores expresiones de su afecto. Estaba completamente cegado por una mezcla tóxica de amor infantil distorsionado y una posesividad enfermiza que lo consumía desde dentro. El coche devoró los kilómetros en silencio. Dejaron atrás Santa Cruz, con las grúas del puerto recortadas contra las primeras luces pálidas que comenzaban a teñir el horizonte oriental sobre el mar. La autopista del Sur se abrió ante ellos, ancha y desierta, bordeando la costa árida de la isla. Ferran no dejaba de tocarlo. Si no era su muslo, era su nuca; si no, buscaba sus dedos fríos sobre el asiento para entrelazarlos con los suyos, acariciándole el dorso de la mano con el pulgar con una ternura obsesiva que a Pedri le provocaba ganas de gritar. Cada caricia se sentía como un recordatorio constante de que no había escape, de que su cuerpo ya no le pertenecía. «Encuentra la nota, papá», rogaba Pedri en el silencio de su mente, apretando la tela de sus vaqueros hasta que las uñas le dolieron. «Por favor, despiértate ya. Sube las escaleras. Mira la cómoda.» Calculó la hora mentalmente: debían de ser cerca de las seis y media de la mañana. Su padre siempre se levantaba a las siete para preparar el café. Faltaba apenas media hora para que la verdad saliera a la luz en Tegueste. Treinta minutos para que Fernando leyera aquellas líneas desesperadas y comprendiera que el monstruo al que tanto temía no se había quedado en la península, sino que había cruzado el océano para arrebatarles a su hijo de su propia habitación. El vehículo tomó la salida hacia Los Cristianos. Las carreteras secundarias se internaban en urbanizaciones residenciales alejadas del bullicio turístico, flanqueadas por muros altos de piedra blanca y urbanizaciones privadas que garantizaban la discreción absoluta. Ferran aminoró la marcha al llegar a una calle sin salida, protegida por una hilera densa de palmeras y buganvillas que ocultaban las viviendas de la vista exterior. Se detuvo frente a un portón metálico de color negro, accionó un mando a distancia y el coche se deslizó hacia el interior de una propiedad aislada, rodeada por muros de más de dos metros de altura. El portón se cerró tras ellos con un chasquido pesado y definitivo. Ferran apagó el motor. La quietud volvió a envolver el habitáculo, rota únicamente por el sonido crepitante del tubo de escape enfriándose. El mayor se quitó el cinturón, se giró hacia Pedri en el asiento y lo contempló con una expresión que desbordaba alivio, triunfo y una adoración oscura. —Llegamos a casa, mi niño —dijo Ferran suavemente, inclinándose hacia él para dejarle un beso lento y posesivo sobre la comisura lastimada de sus labios—. Aquí nadie nos va a molestar. Nadie sabe dónde estamos. Pedri mantuvo los ojos fijos en la entrada de la casa blanca que se alzaba frente a ellos, sintiendo el peso del frío matutino calándole los huesos. —Nadie —repitió Pedri en un susurro casi inaudible, forzando una pequeña sombra de sumisión en su rostro para que Ferran no viera el brillo ardiente de esperanza que, contra todo pronóstico, aún resistía en el fondo de sus ojos castaños. Ferran sonrió, completamente ajeno al rastro de pólvora que había dejado encendido a sus espaldas, y abrió la puerta del coche para empezar su nueva vida juntos Jaula de sal El portón metálico se cerró con un chasquido pesado, amortiguado por la goma de los topes automáticos. El eco rebotó entre los muros blancos de más de dos metros de altura que rodeaban la propiedad, aislando la vivienda de cualquier mirada indiscreta desde la calle sin salida. Ferran apagó el motor del sedán. La repentina ausencia de vibración dejó un silencio espeso, casi tangible, en el que solo se escuchaba el crepitar del metal enfriándose y la respiración superficial y contenida de Pedri. A través de los cristales tintados, la casa se alzaba como una estructura moderna y aséptica: líneas rectas, piedra volcánica pulida en la base y grandes ventanales protegidos por celosías de aluminio que impedían ver hacia el interior. —Vamos, chiquillo —dijo Ferran con una suavidad desconcertante. El mayor bajó del coche, rodeó el capó y abrió la puerta del copiloto. Antes de que Pedri pudiera hacer el amago de desabrocharse el cinturón, Ferran ya se había inclinado sobre él para liberar el anclaje metálico con un clic seco. Sus dedos rozaron el muslo del menor, una caricia prolongada a través de la tela de los vaqueros que hizo que a Pedri se le erizara la piel de la nuca. —No tiembles —susurró Ferran, tomándolo de la mano para ayudarlo a descender—. Ya terminó la carretera. Ya estamos donde nadie nos va a joder la vida. Pedri apoyó los pies en el suelo embaldosado del patio delantero. El aire del sur de Tenerife era más cálido, más seco que la bruma húmeda de Tegueste, impregnado de un ligero olor a salitre y a tierra calcinada por el sol que comenzaba a despuntar sobre la cresta de las montañas. Sin embargo, el muchacho sentía un frío glacial instalado en el fondo de sus huesos, un entumecimiento que no lograba sacudirse. Ferran sacó la pequeña mochila de Pedri del maletero, se la colgó de un solo hombro y rodeó la cintura del chico con su brazo derecho, atrayéndolo con fuerza contra su costado. Caminaron hacia la puerta principal. Ferran tecleó un código de seis dígitos en la cerradura electrónica, la luz verde parpadeó y la pesada hoja de seguridad cedió hacia adentro. El interior de la vivienda olía a pintura fresca, a desinfectante industrial y a aire acondicionado recién encendido. Los muebles eran mínimos, impersonales, propios de un alquiler de lujo destinado a turistas adinerados que buscaban privacidad absoluta: sofás de cuero blanco, suelos de mármol grisáceo y una cocina americana de superficies de acero pulido. Ferran cerró la puerta, pasó el pestillo manual adicional y se giró para contemplar el espacio con una satisfacción evidente. Dejó la mochila sobre la isla de la cocina y se quitó la chaqueta impermeable oscura, revelando los brazos anchos y las venas marcadas bajo la piel. —Es amplia —comentó Ferran, mirándolo con una sonrisa diminuta que no lograba disimular la tensión residual en su mandíbula—. Tenemos terraza arriba, piscina privada en la parte trasera y el muro es lo bastante alto para que nadie vea nada desde fuera. Aquí vamos a estar bien, Pedri. Te lo prometí. Pedri se quedó de pie en mitad del recibidor, con los brazos apretados contra su propio pecho, frotándose los codos con las palmas de las manos. Tenía la mirada perdida en las baldosas. Calculaba cada minuto con una desesperación silenciosa: eran poco más de las siete de la mañana. En Tegueste, la rutina familiar estaría a punto de estallar en pedazos. —Tienes frío —observó Ferran, acortando la distancia entre ambos con pasos lentos y seguros. Se detuvo frente al chico. Con una paciencia casi paternal que resultaba aterradora tras la violencia de las últimas horas, Ferran llevó ambas manos a la capucha de la sudadera de Pedri y se la bajó con cuidado. Luego, sujetó el dobladillo inferior de la prenda de algodón. —Quítate esto —le ordenó en un murmullo—. Está húmedo por la niebla del norte. Vas a coger una neumonía. —Puedo... puedo quedármela un rato más —atinó a murmurar Pedri, con un hilo de voz tembloroso, intentando retrasar el momento en que su cuerpo volviera a quedar expuesto a la mirada del mayor. Ferran no aceptó la objeción. Tiró de la tela hacia arriba con un movimiento firme pero controlado, obligando a Pedri a levantar los brazos. La sudadera salió por su cabeza, arrojándola Ferran al suelo sin mirarla. Pedri se quedó únicamente con la camiseta interior blanca de tirantes. A la luz blanquecina de los focos empotrados en el techo, los cardenales en sus muñecas y la sombra violácea en su clavícula destacaban con una crudeza desgarradora. Pero lo que atrajo la atención inmediata de Ferran fue la boca del muchacho: el labio inferior, hinchado, con el corte aún fresco y una costra fina de sangre seca en la comisura izquierda. La expresión del mayor se endureció. Deslizó los dedos ásperos por la barbilla de Pedri, levantándole el rostro para examinar la herida. —Aún te duele —dijo Ferran, y por un segundo, un destello de genuina culpa cruzó por el fondo de sus pupilas oscuras, antes de ser enterrado por la justificación habitual—. Si no me hubieras desobedecido en el parque, nada de esto habría pasado, chiquillo. Sabes que odio tener que ponerme duro contigo. Pedri tragó saliva, sintiendo el ardor en su garganta. —Lo sé... —susurró, bajando las pestañas para ocultar el pánico que amenazaba con desbordarse—. Sé que te preocupas por mí. La mentira salió suave, moldeada por la necesidad imperiosa de mantener al depredador en calma. Ferran pareció saborear las palabras como si fueran un elixir esperado durante años. Una sombra de alivio relajó sus hombros tensos. Inclinó la cabeza y apoyó los labios con una delicadeza reverente sobre la frente de Pedri, cerrando los ojos para aspirar el aroma de su cabello. —Ven al baño —dijo Ferran, tomándolo de la muñeca sin apretar, guiándolo por el pasillo hacia el dormitorio principal—. Te darás una ducha caliente. Te voy a buscar ropa limpia y prepararé algo de desayunar. Necesitas dormir doce horas seguidas. El baño era una estancia amplia revestida de pizarra oscura, con una ducha de lluvia tras una mampara de cristal templado. Ferran abrió el grifo monomando, reguló la temperatura del agua hasta que el vapor comenzó a empañar los espejos y dejó dos toallas grandes sobre el toallero térmico. —Métete —le indicó, apoyándose en el marco de la puerta—. Yo estaré en la cocina. No cierres con seguro. —No hay seguro —respondió Pedri en un susurro, señalando el picaporte liso de la puerta. Ferran esbozó una sonrisa ladeada, fría y calculadora. —Mejor así. El mayor dio media vuelta y sus pasos resonaron alejándose por el corredor. Pedri esperó a escuchar los ruidos metálicos de la cocina antes de dejarse caer contra el lavabo, apoyando ambas manos sobre la porcelana fría. El vapor del agua caliente lo envolvía, pero él no podía dejar de temblar. Se miró en el espejo empañado: tenía el rostro desencajado, sombras oscuras bajo los ojos y una expresión de terror que apenas reconocía como suya. «Por favor, papá», rogó en silencio, cerrando los puños con tanta fuerza que las uñas se le clavaron en las palmas. «Por favor, sube ya a la habitación». *** En Tegueste, la bruma matinal comenzaba a deshacerse lentamente bajo el primer rayo de sol que lograba perforar la panza de burro sobre el macizo de Anaga. Fernando González subió las escaleras de madera crujiente sosteniendo una taza de café humeante en la mano derecha. El hombre apenas había dormido tres horas tras el agotador viaje nocturno desde la península, pero el alivio de saber a su hijo a salvo bajo el techo de la vieja casona familiar le había devuelto una fracción de su vitalidad habitual. —Pedri, mi amor —llamó con voz suave, empujando la puerta entreabierta del dormitorio con el codo—. Te traje un poco de... La frase se le murió en la garganta. La taza se resbaló de sus dedos, precipitándose contra el suelo de madera y estallando en mil pedazos, esparciendo el líquido oscuro y caliente sobre las tablas desnudas. La habitación estaba vacía. Las dos hojas del ventanal de madera que daban al balcón trasero permanecían abiertas de par en par, mecidas por una corriente de aire helado que agitaba las cortinas blancas con un aleteo espectral. La cama estaba deshecha, con las mantas arrancadas y arrojadas en un montón desordenado a los pies del colchón. —¿Pedri? —el grito de Fernando salió desgarrado, quebrado por un pánico repentino que le heló la sangre. Avanzó dos zancadas rápidas hacia el centro de la estancia. Sus ojos se fijaron de inmediato en la pequeña cómoda de madera oscura que descansaba junto a la pared lateral. Encima del mueble, una caracola marina de tonos rosados sujetaba un trozo de papel doblado en dos. Fernando apartó la caracola de un manotazo que la hizo rodar por el suelo. Con dedos temblorosos y empapados en sudor frío, desdobló la hoja arrancada de una libreta vieja. La caligrafía torcida, apresurada y manchada por gotas de lágrimas secas le golpeó la vista como un disparo a quemarropa: *«Papá, mamá, por favor, ayúdenme. Ferran está aquí. Entró por el balcón de mi cuarto. Me tiene amenazado y me está obligando a irme con él. Tiene un coche abajo en el camino de los viñedos y dice que me lleva al sur. Tengo muchísimo miedo. No lo confronten solos, por favor, llamen a la policía. No me dejen solo con él. Los quiero.»* El aire abandonó los pulmones de Fernando en un estertor seco. El papel tembló entre sus manos mientras el horror más puro y visceral se instalaba en su pecho, bloqueándole la razón por una fracción de segundo. —¡María! —bramó el hombre con una fuerza salvaje que hizo vibrar las vigas del techo—. ¡María, sube aquí ahora mismo! ¡Llama a la policía! ¡Llama a la Guardia Civil ya! El estruendo de los pasos apresurados de su esposa subiendo la escalera resonó en la casa vacía. Fernando se asomó al balcón, mirando con desesperación la pérgola de parras con las ramas partidas por un peso reciente y las huellas profundas marcadas en el barro del viñedo que se perdían hacia el camino comarcal. El monstruo no se había quedado en la península. Los había seguido a través del mar, había profanado el refugio de su infancia y se había llevado a su hijo en mitad de la noche. —Hijo de puta... —masculló Fernando con los ojos inyectados en sangre, bajando los escalones de cuatro en cuatro mientras sacaba su teléfono del bolsillo—. Te voy a matar con mis propias manos. *** El agua caliente caía sobre los hombros encogidos de Pedri, resbalando por su espalda y llevándose consigo el sudor frío y la mugre acumulada de la noche de fuga. El chico mantenía la frente apoyada contra los azulejos de pizarra, dejando que el chorro le golpeara la nuca, intentando que el ruido blanco apagara los latidos desbocados de su propio corazón. Cuando cerró el grifo, el silencio de la casa volvió a caer sobre él como una losa de plomo. Se envolvió rápidamente en una de las toallas grandes y salió al dormitorio principal. Sobre la cama de matrimonio, extendida con un cuidado meticuloso, había ropa limpia: una camiseta gris de Ferran que le quedaría por las rodillas, unos pantalones cortos de chándal y un par de calcetines gruesos. Pedri se vistió con prisa, sintiendo que la tela de la camiseta aún desprendía ese aroma penetrante a madera y ámbar que Ferran usaba a diario. Era como colocarse una segunda piel impuesta, una marca visible de propiedad que lo asfixiaba por dentro. Caminó descalzo hacia la cocina. Ferran estaba junto a la encimera, sirviendo dos platos con tortillas francesas humeantes y rodajas de tomate aliñado con aceite de oliva. Llevaba una camiseta negra limpia y el pelo corto todavía húmedo de haberse lavado la cara en el fregadero. Al escuchar los pasos ligeros de Pedri, se giró despacio. Su mirada se clavó en la figura del muchacho, recorriéndolo con una Donde mueren los ruegos El bochorno del sur no daba tregua, ni siquiera cuando la medianoche cubrió la costa con un manto negro y denso. En el interior de la casa alquilada, el zumbido monótono del aire acondicionado no alcanzaba a disipar la sensación de asfixia que se adhería a las paredes como una capa invisible de brea. Durante todo el día, Pedri había mantenido la cabeza baja. Había tragado cada cucharada de comida que Ferran le ponía delante, había asentido a cada comentario sobre lo bien que estarían allí y se había dejado guiar de una habitación a otra como una sombra dócil, hueca, sin voluntad propia. Había interpretado el papel de su vida, convenciendo al mayor de que el cansancio y la resignación habían ganado la batalla. Pero era mentira. Una mentira desesperada que le quemaba las entrañas. Ferran se había metido en la ducha del baño principal hacía diez minutos. El sonido del agua golpeando las baldosas de pizarra llegaba amortiguado a través del pasillo, constante y rítmico. Pedri aprovechó ese efímero instante de soledad para levantarse del borde de la cama de matrimonio. Caminó descalzo, sin hacer el menor ruido sobre el suelo de mármol frío, hasta la gran cristalera corredera del dormitorio. Las celosías exteriores estaban bajadas a la mitad, pero entre las lamas de aluminio se filtraba una brisa salina que traía el rumor lejano de las olas rompiendo contra las rocas de Los Cristianos. Apoyó ambas manos en el cristal templado, pegando la frente al vidrio frío. Afuera, el patio amurallado parecía el patio de una prisión privada: los focos halógenos bañaban los dos metros y medio de piedra blanca con una luz cruda y amarillenta, dejando en sombras los bordes de la piscina inmóvil. Más allá de ese muro no había nada que pudiera ver, solo la noche cerrada de una isla que no era la suya, en un pueblo donde nadie sabía su nombre. El chico cerró los ojos con fuerza. Las lágrimas, calientes y silenciosas, comenzaron a deslizarse por sus mejillas, resbalando por la mandíbula hasta empapar el cuello de la camiseta gris de Ferran que aún llevaba puesta. Apretó los dedos contra el cristal hasta que las yemas se le pusieron blancas. —Por favor... —susurró, con un hilo de voz quebrado por una angustia que ya no cabía en su pecho—. Por favor, papá, dime que la viste. Dime que leíste la nota... El eco de su propio ruego sonó diminuto, patético, aplastado por el silencio de la habitación. —Tienes que estar buscándome —continuó murmurando, apretando los dientes para sofocar un sollozo espasmódico—. Tú y la policía... tienen que estar en camino. Vengan ya, por favor. No me dejen aquí... sáquenme de aquí antes de que... —¿Antes de qué, Pedri? La voz sonó a escasos centímetros de su nuca. Una voz baja, pausada, desprovista de cualquier calidez. A Pedri se le congeló la sangre en las venas. El aire se le escapó de los pulmones en un silbido seco y el corazón pareció detenerse en seco contra sus costillas, desplomándose en un abismo de terror puro y paralizante. No había escuchado los pasos. No había escuchado el agua del grifo cerrarse ni la puerta del baño abrirse. Lentamente, como si sus vértebras fueran de plomo, giró la cabeza hacia atrás. Ferran estaba de pie en la penumbra del dormitorio, recortado contra la luz tenue del pasillo. Llevaba únicamente unos pantalones cortos negros, con el torso desnudo aún cubierto por gotas de agua que brillaban como sudor frío sobre sus músculos marcados. Tenía una toalla oscura colgando alrededor del cuello, pero sus manos no se movían; colgaban a los costados, con los puños cerrados a medias, revelando los nudillos amoratados y rotos por la violencia de los días pasados. En su rostro no quedaba ni el más mínimo rastro de la ternura protectora con la que le había servido el desayuno horas antes. Sus facciones parecían esculpidas en granito: la mandíbula tan apretada que los tendones del cuello se dibujaban como cuerdas tensas, y unos ojos oscuros, dilatados, en los que ardía una furia homicida, gélida y despiadada. —¿La policía, chiquillo? —repitió Ferran, dando un paso lento hacia adelante. El sonido sordo de su pie descalzo sobre el mármol fue como el disparo de un cañón en la habitación—. ¿De verdad estabas rezando para que la policía venga a sacarte de mi lado? Pedri retrocedió por puro instinto, pero su espalda chocó de inmediato contra la cristalera. No había espacio. No había escapatoria. —Ferran... no... —el balbuceo de Pedri fue inútil, roto por un castañeo incontrolable de sus dientes—. Yo no... no estaba diciendo eso... Ferran ladeó la cabeza despacio, mirándolo con un desprecio tan afilado que cortaba el aliento. En su mente, las piezas encajaron de golpe con una precisión matemática y demoledora. La caracola sobre la cómoda de Tegueste. La prisa de Pedri al doblar el papel. La sumisión repentina durante el viaje en coche, el silencio dócil durante todo el día... —La nota —escupió Ferran, y una sonrisa torcida, desquiciada y sin una pizca de humor se curvó en sus labios—. La maldita nota que dejaste sobre la mesa. No escribiste lo que te dije, ¿verdad? —¡Sí lo hice! —gritó Pedri, levantando las manos abiertas en un gesto patético de defensa mientras el llanto se desbordaba por completo—. ¡Te lo juro, Ferran! ¡Escribí lo que me pediste! ¡Dije que me iba porque quería! —¡Mientes! —rugió Ferran. El bramido fue tan brutal que hizo vibrar el cristal a espaldas del menor. En una fracción de segundo, Ferran devoró la distancia que los separaba. No hubo advertencia, no hubo vacilación; cualquier vestigio de la paciencia o la contención que había intentado mantener se hizo pedazos. Su mano grande y áspera se disparó hacia adelante, cerrándose con violencia alrededor de la garganta de Pedri. El impacto empujó al chico hacia arriba, haciéndole perder el equilibrio hasta que sus talones apenas rozaban el suelo, inmovilizándolo contra la cristalera fría. —¡Me mentiste en la cara! —siseó Ferran, acercando su rostro hasta que sus respiraciones se mezclaron en un choque ardiente—. ¡Te metiste en mi cama, te dejaste besar, fingiste que te rendías y me dejaste un rastro de pólvora en la espalda para que tu viejo me mande a la Guardia Civil! Pedri intentó aferrarse a la muñeca de Ferran con ambas manos, tirando con todas sus fuerzas para aflojar la presión que le cerraba la tráquea. El aire entraba en silbidos agónicos y la vista comenzó a nublársele por la falta de oxígeno, teñida por los destellos rojizos de su propia sangre latiendo en las sienes. —Ferran... por... favor... —gimió el chico con un hilo de voz ahogada. —¿Por favor qué? —Ferran apretó un milímetro más, disfrutando de la vulnerabilidad absoluta de la presa entre sus dedos—. ¿No decías que me querías? ¿No me dijiste llorando que llevabas diez años esperando que te tocara? ¡Pues mírame! ¡Esto es lo que querías! ¡Querías a un hombre, no a un hermano! Ferran aflojó el agarre de golpe, soltando el cuello del chico. Pedri cayó de rodillas sobre el mármol, tosiendo con desesperación, llevándose una mano temblorosa a la garganta mientras intentaba llenar sus pulmones vacíos con bocanadas desordenadas de aire frío. Tenía el cuerpo sacudido por espasmos violentos y las lágrimas caían en gotas pesadas sobre las baldosas. —Eres una rata traicionera —continuó Ferran, cerniéndose sobre él como una sombra gigantesca—. Creíste que podías engañarme. Creíste que con tu carita de ángel asustado podías comprar tiempo hasta que alguien viniera a salvarte. Pero no te vas a salvar, Pedri. De mí no te va a salvar ni tu padre, ni la policía, ni Dios. Antes de que Pedri pudiera gatear para alejarse, Ferran lo agarró por el pelo. Fue un tirón seco, brutal, que obligó al menor a arquear el cuello hacia atrás, arrancándole un grito agudo de dolor. Ferran lo levantó del suelo con una fuerza implacable, arrastrándolo dos pasos hacia el centro del dormitorio antes de arrojarlo sin contemplaciones sobre la cama de matrimonio. El colchón amortiguó el golpe, pero Pedri se revolvió de inmediato, preso de un pánico salvaje, intentando deslizarse hacia el otro extremo de la cama para caer al suelo y correr hacia la puerta. —¡No, no, por favor! —suplicaba a gritos, sin importarle que la voz se le quebrara en un lamento histérico—. ¡Déjame! ¡Ferran, para! Ferran subió al colchón con la agilidad de un depredador que acorrala a un animal herido. Se abalanzó sobre él, atrapando a Pedri por la cintura y tirando de su cuerpo hacia atrás con violencia. El menor pateó inútilmente, clavando las uñas en las sábanas, pero Ferran giró su peso y se dejó caer sobre él, aplastándole las piernas con los muslos e inmovilizándole los brazos contra el pecho con una sola mano. —¿A dónde vas? —se burló Ferran en un susurro áspero, soltando una risa corta, venenosa y fría que le congeló el alma al chico—. ¿Vas a salir a buscar a la patrulla, mi amor? ¿Vas a pedir auxilio en la calle? —¡Estás loco! —sollozó Pedri, girando la cabeza hacia los lados para evitar el contacto, empujando con el hombro libre con la fuerza inútil de la desesperación—. ¡Estás enfermo, Ferran! ¡Me das asco! ¡Te odio! La palabra «odio» cayó sobre el rostro de Ferran como una gota de plomo fundido. Sus ojos, ya oscurecidos por la locura, se encendieron con una furia desmedida. Con la mano libre, atrapó la mandíbula de Pedri con tanta fuerza que los dedos se le clavaron en los huesos de las mejillas, obligándolo a mantener la cara quieta. —¿Me odias? —gruñó Ferran, inclinándose sobre él—. Vamos a ver si me odias cuando termine de enseñarte a quién le perteneces. Bajó la cabeza y estampó su boca contra la de Pedri. No hubo nada de la devoción que a veces teñía sus encuentros. Fue un asalto despiadado, brutal, cargado de un castigo metódico. Ferran forzó los labios heridos del chico con una violencia aplastante, hundiendo los dientes sin piedad en el corte inferior que apenas había comenzado a cicatrizar. El sabor metálico y caliente de la sangre fresca inundó la boca de ambos de inmediato. Pedri soltó un alarido sordo contra la garganta del mayor, sintiendo el dolor punzante abrirse paso por sus labios, pero Ferran no se detuvo. Introdujo la lengua con brusquedad, invadiéndolo, sofocando sus quejidos, reclamando el espacio con un hambre salvaje que ignoraba por completo el llanto desesperado del menor. Con la mano que le sujetaba la mandíbula, Ferran bajó hasta el cuello de la camiseta gris. Tiró de la tela con fuerza bruta. El sonido de las costuras rasgándose resonó en la habitación cuando la prenda cedió de arriba a abajo, dejando el pecho pálido de Pedri expuesto a la frialdad del aire acondicionado. Ferran rompió el beso apenas un centímetro, jadeando, con la comisura de sus propios labios manchada con la sangre del chico. —Llora todo lo que quieras —susurró con voz ronca, mirando las lágrimas que corrían sin freno por el rostro destrozado de Pedri—. Cuanto más lloras, más claro me queda que no sabes cuidar de ti mismo. Eres un crío estúpido. Si te dejo suelto, te destruyes. Así que te vas a quedar aquí abajo, donde yo pueda verte sangrar si hace falta, pero conmigo. —¡Por favor... no me hagas esto...! —suplicaba Pedri entre espasmos, con la voz completamente rota, temblando tanto que la cama entera parecía vibrar bajo su peso—. Ferran, te lo ruego... por lo que vivimos... por los diez años... ¡por favor! —Los diez años se acabaron, chiquillo —respondió Ferran con una frialdad demoledora—. Ahora estamos en mi terreno. Ferran bajó la boca hacia la clavícula de Pedri. No besó; mordió con saña sobre la piel tierna, justo encima del moratón anterior, apretando la mandíbula hasta que Pedri arqueó la espalda en un grito desgarrador, clavando las uñas en las sábanas hasta desgarrar el tejido. Al mismo tiempo, la mano pesada de Ferran descendió con agresividad por el costado del muchacho, apretando la carne de sus costillas con una fuerza que dejaría hematomas nuevos a la mañana siguiente. Siguió bajando, atrapándole la cadera con rudeza, estrujando la piel a través del pantalón corto con una posesividad enfermiza, como si quisiera moldear los huesos de Pedri a su antojo, recordándole con cada gramo de dolor quién era el dueño indiscutible de su cuerpo. —Esta piel es mía —murmuraba Ferran contra su cuello, lamiendo la sangre que brotaba de la mordida fresca con una devoción perturbadora—. Cada maldito centímetro de ti me pertenece. ¿Me oyes, Pedri? ¡Dilo! Pedri no podía hablar. El dolor, la humillación y el colapso absoluto de sus fuerzas lo habían reducido a un montón de carne trémula. Apenas podía emitir sollozos entrecortados mientras Ferran continuaba besándolo a la fuerza, bajando por su pecho con labios abrasadores y manos que quemaban como hierro candente, estrujando, marcando, reclamando cada rincón sin concederle un solo segundo de piedad. La burla constante en el tono del mayor era lo que terminaba de destrozarlo por dentro: —¿Dónde están las sirenas, eh? —susurraba Ferran, mordisqueándole el lóbulo de la oreja con desprecio mientras mantenía sus caderas inmovilizadas—. ¿Dónde está la policía de papá? No vienen, Pedri. Nadie viene. En esta casa solo estamos tú y yo. Y tú vas a aprender a callarte la boca antes de que me obligues a hacerte algo peor. Pedri cerró los ojos, sintiendo que una parte de su alma se apagaba definitivamente bajo el peso de aquel cuerpo imponente. El chico de la casa de al lado, el que le arreglaba la cadena de la bicicleta, el que le sonreía desde el porche... había muerto. Solo quedaba este monstruo, y él estaba atrapado en sus fauces sin posibilidad de rescate. El tormento continuó en la penumbra durante lo que a Pedri le pareció una eternidad sin fin, entre caricias que lastimaban, besos sofocantes que sabían a salitre y sangre, y susurros cargados de una posesión despiadada que le arrebataba hasta el último vestigio de dignidad. Cuando Ferran finalmente se detuvo, el silencio que cayó sobre la estancia era fúnebre. El mayor se incorporó despacio sobre el colchón, respirando con pesadez, pasándose el dorso de la mano por la frente perlada de sudor. Miró hacia abajo. Pedri yacía de costado, encogido sobre sí mismo en posición fetal, con la camiseta desgarrada colgando de sus hombros. Tenía el rostro hinchado por el llanto ininterrumpido, los labios ensangrentados y la piel del cuello y el torso salpicada de marcas rojizas y moradas que latían con furia en la oscuridad. El chico no se movía; solo sus hombros temblaban débilmente al compás de una respiración superficial y rota. Ferran contempló la escena durante unos segundos interminables. La rabia ciega parecía haberse aplacado, sustituida por una calma pesada, casi satisfecha, del vencedor que ha sofocado una rebelión en sus dominios. Se inclinó una última vez sobre el muchacho, acariciándole los cabellos sudorosos con una mano que volvía a fingir una suavidad repugnante. —Buenas noches, chiquillo —susurró Ferran al oído de Pedri, depositando un beso helado en su sien—. Mañana va a ser un día mejor. Ya aprendiste la lección. Ferran se levantó de la cama, caminó hacia la puerta del dormitorio y la cerró tras de sí. El sonido seco del pestillo exterior encajándose en el marco resonó en la oscuridad como una sentencia definitiva. Luego, los pasos pesados del mayor se alejaron hacia la cocina, dejándolo encerrado en la negrura absoluta. En la cama deshecha, Pedri apretó los ojos con fuerza, mordiéndose el brazo para ahogar el llanto silencioso que amenazaba con despedazarle el pecho. Con la mirada perdida en las lamas de la ventana que daban a la nada, comprendió la amarga verdad: la noche se cerraba sobre la isla, y sus ruegos habían muerto mucho antes de poder alcanzar el mar Cenizas en la marea El tintineo de una taza de café contra la encimera de granito fue el único ruido que Ferran se permitió hacer en la cocina. El reloj digital del microondas marcaba las cuatro de la madrugada. Habían pasado casi cuatro horas desde que había cerrado la puerta del dormitorio principal con pestillo, dejándose caer en el sofá del salón para esperar a que la adrenalina disminuyera su pulso implacable. Creía que la furia se había aplacado, sustituida por una frialdad satisfecha. Se convencía a sí mismo de que había hecho lo correcto: una lección dura, necesaria, para que el chiquillo entendiera que no se juega con quien tiene la potestad de protegerte. Se pasó una mano por el rostro áspero, suspiró con pesadez y decidió que ya era hora de volver a la cama. Entraría, taparía a Pedri con la manta limpia que había sacado del armario y lo abrazaría hasta que amaneciera. Todo volvería a estar bajo su orden. Caminó por el pasillo en sombras. Con un movimiento mecánico, deslizó el pestillo exterior hacia atrás. El chasquido metálico resonó seco en el pasillo silencioso. Ferran empujó la puerta despacio, esperando encontrar a Pedri acurrucado de espaldas, fingiendo dormir o mirándolo con ese rencor húmedo que tanto le encendía la sangre. —Pedri —llamó en un susurro bajo, casi conciliador—. Ya pasó. Levántate un momento, que traigo una manta limpia. No hubo respuesta. Ni un movimiento bajo las sábanas, ni el menor quejido. Ferran frunció el ceño. Encendió la lámpara de la mesilla de noche con un toque rápido. La luz tenue y amarillenta inundó la estancia, y la imagen que se reveló frente a sus ojos hizo que todo el aire abandonara sus pulmones de golpe. Pedri no se había movido. Estaba exactamente en la misma postura en la que Ferran lo había dejado cuatro horas atrás: encogido sobre el costado izquierdo, con la camiseta gris rota a la altura del pecho, las piernas dobladas contra el abdomen y la cabeza ladeada sobre la almohada deshecha. Tenía la piel de un tono ceniciento espeluznante, casi traslúcida bajo el resplandor de la bombilla, y los labios, hinchados y partidos por los dientes de Ferran, lucían azulados, secos, rodeados de una película mate de saliva y sangre coagulada. Ferran se quedó de piedra. Por una fracción de segundo, sus pies se clavaron en las baldosas de mármol como si pesaran toneladas. —¿Pedri? —repitió, y esta vez el tono perdió toda su dureza, quebrado por una duda punzante. Dio dos pasos vacilantes hacia la cama. La inmovilidad del muchacho no era la del descanso; era una quietud rígida, antinatural, como la de un muñeco roto al que le han cortado los hilos. El pánico detonó en el pecho de Ferran con la fuerza de una explosión subterránea. Se abalanzó sobre el colchón de rodillas, cayendo pesadamente junto al cuerpo menudito. Estiró una mano temblorosa y tocó la mejilla del menor. La piel estaba ardiendo, consumida por una fiebre brutal que contrastaba de manera aterradora con la frialdad cadavérica de sus manos y pies. —¡Pedri! ¡Mírame, despierta! —gritó Ferran, tomándolo de los hombros y sacudiéndolo suavemente. La cabeza de Pedri rodó hacia atrás sin la menor resistencia. Los ojos castaños permanecían entornados, mostrando apenas una línea blanca y vidriosa, completamente desenfocada. Su pecho apenas se elevaba; la respiración era un hilo superficial, entrecortado, un estertor débil que parecía a punto de apagarse en cualquier instante. —No, no, no... joder, no. —A Ferran se le quebró la voz. Una corriente helada le subió por la espina dorsal mientras sus manos grandes y torpes recorrían el cuerpo del chico, comprobando el pulso acelerado y errático en su cuello amoratado—. ¡Pedri, por favor! ¡Abre los ojos! ¡Soy yo, chiquillo, mírame! Le dio un par de palmadas suaves en la mejilla, pero no hubo reflejo. Ni un parpadeo. El colapso del menor era absoluto: el shock emocional, el agotamiento extremo de días sin dormir ni comer apenas, el terror acumulado y la violencia de aquella noche habían terminado por quebrar el cuerpo frágil del adolescente, desconectándolo del mundo exterior. Ferran intentó levantarlo en brazos, pero al sentir el peso muerto de Pedri contra su pecho, la magnitud de lo que había provocado cayó sobre él como un alud de rocas. Miró las marcas moradas que sus propios dedos habían grabado en la garganta del chico, las costillas magulladas, el labio reventado. El monstruo no era una sombra abstracta; el monstruo era él, con sus manos manchadas y su mente podrida por los celos. Sin darse cuenta, las lágrimas comenzaron a brotar de los ojos de Ferran. No fueron sollozos de rabia; fueron lágrimas de un terror primitivo, puro y asfixiante, el llanto de un hombre que comprende que ha destruido con sus propias manos la única cosa que amaba en la tierra. —Perdóname... Dios mío, perdóname... —gimió Ferran contra el cabello sudoroso de Pedri, apretándolo contra su pecho mientras su cuerpo entero temblaba de forma incontrolable—. ¡No te mueras, por favor! ¡No me dejes solo, mi niño, te lo suplico! Pensó en el hospital. Pensó en meterlo en el coche y conducir a toda velocidad hacia las urgencias de Los Cristianos. Pero la paranoia lo paralizó de inmediato: la policía, Fernando, la orden de búsqueda que ya debía de estar en marcha. Si entraba por esas puertas, se lo arrancarían para siempre. Lo encerrarían y jamás volvería a ver esos ojos castaños. Tenía que salvarlo él. Tenía que devolverle la vida como fuera. *** Los cuatro días siguientes se convirtieron en un purgatorio suspendido en el tiempo. Ferran no durmió más de media hora seguida en noventa y seis horas. Transformó el dormitorio en una improvisada sala de cuidados intensivos, moviéndose por la casa con una desesperación febril. Conducía a farmacias lejanas en municipios vecinos, usando gorra y mascarilla, comprando sueros de rehidratación oral, paracetamol intravenoso que intentaba suministrar en gotas, gasas esterilizadas y pomadas cicatrizantes. Pedri no despertaba. Yacía inmóvil sobre sábanas limpias que Ferran cambiaba dos veces al día, empapado en un sudor frío que no cedía. A veces, el chico balbuceaba palabras inconexas en mitad del delirio febril, llamando a su madre o suplicando en susurros inaudibles que no le pegaran más. Cada uno de esos lamentos era una puñalada directa al corazón de Ferran, que pasaba las noches arrodillado junto al colchón, sosteniendo la mano pálida del menor entre las suyas, besándole los nudillos y llorando en silencio hasta empapar las mantas. Le limpiaba la cara con paños húmedos de agua tibia, le humedecía los labios partidos con una gasa empapada en suero y le hablaba en susurros rotos, rogándole que abriera los ojos, prometiéndole que jamás, ni aunque volviera a perder la cabeza, volvería a levantarle una mano o la voz. —Vuelve conmigo, Pedri... —le suplicaba en la penumbra de la tercera noche, apoyando la frente contra el colchón, con la barba crecida y los ojos hinchados de tanto llorar—. Te juro que cambio. Te juro que seré quien tú quieras. Pero no te apagues, chiquillo. No me castigues así. Al cuarto día, poco después de que el sol del mediodía calentara las celosías de la ventana, el milagro ocurrió. Ferran estaba sentado en la silla de mimbre junto a la cama, sujetando un cuenco con agua limpia, cuando escuchó un suspiro entrecortado. Dejó el cuenco sobre la mesilla con tanta prisa que derramó la mitad del líquido. Se inclinó sobre la cama. Las pestañas oscuras de Pedri temblaron levemente. El chico arrugó la nariz, emitiendo un quejido agudo y lastimero que nació desde lo más profundo de su pecho. Con una lentitud agónica, sus párpados pesados comenzaron a levantarse, dejando ver unas pupilas castañas nubladas, desorientadas por la luz tenue de la habitación. —¿Pedri? —susurró Ferran, conteniendo la respiración, con el corazón golpeándole la garganta. El muchacho parpadeó un par de veces, intentando enfocar el techo blanco. En cuanto el mecanismo de su consciencia se activó, el dolor físico lo golpeó en oleadas brutales: le ardía la cabeza, los músculos del cuello se sentían como cuerdas a punto de reventar y cada articulación parecía oxidada por la inmovilidad prolongada. El dolor trajo consigo la memoria, y la memoria desató el terror. Pedri comenzó a llorar de inmediato. Fueron lágrimas amargas, silenciosas, que rodaron hacia sus sienes mientras intentaba encoger las piernas para protegerse, soltando gemidos entrecortados por el dolor que el movimiento le provocaba en el costado magullado. —No... no me hagas nada... —balbuceó con la voz completamente ronca, raspada por la falta de uso—. Por favor... me duele todo... Al ver el pánico puro en los ojos del chico, Ferran se derrumbó. No hubo altanería, no hubo posesión violenta. El mayor cayó de rodillas al suelo junto a la cama, apoyando los brazos sobre el colchón y escondiendo el rostro entre sus manos mientras un llanto desesperado, ronco y culpable sacudía sus hombros anchos. —Perdóname... perdóname, mi niño —suplicaba Ferran entre sollozos, con la voz destrozada, sin atreverse a tocarlo por miedo a lastimarlo—. Estuviste cuatro días sin despertar... creí que te perdía, te lo juro por mi vida que creí que te habías muerto por mi culpa. Perdóname, Pedri. Soy un monstruo, un puto imbécil... Pedri se quedó inmóvil sobre la almohada, respirando con dificultad. Miró al hombre arrodillado a sus pies. Jamás, en los diez años que llevaba conociéndolo, había visto a Ferran así. El hombre orgulloso, dominante y seguro de sí mismo había desaparecido; en su lugar solo había un ser destrozado por la culpa, con ojeras violáceas hundidas en las cuencas y las manos temblando de forma patética. El miedo en el pecho de Pedri no desapareció del todo —la memoria del estrangulamiento seguía fresca como fuego en su piel—, pero una extraña y retorcida sensación de alivio comenzó a abrirse paso entre sus costillas. Seguía vivo. Y seguía allí, con Ferran. A pesar de los golpes, a pesar de las amenazas y la pesadilla, el amor ciego e insano que llevaba alimentando desde niño continuaba latiendo en sus entrañas, aferrándose a la rendición del mayor como a un náufrago. —Ferran... —logró susurrar Pedri, estirando con dificultad dos dedos débiles hasta rozar la coronilla del hombre. Al sentir el contacto diminuto, Ferran levantó la cabeza de golpe. Tenía las mejillas empapadas en lágrimas y la mirada desbordada de una devoción rota. Con una lentitud infinita, como si estuviera tratando con una figura de cristal a punto de quebrarse, Ferran se incorporó despacio y rodeó el cuerpo menudito de Pedri con sus brazos. El abrazo fue suave, cálido, desprovisto de cualquier rastro de fuerza bruta. Ferran acomodó la cabeza del menor contra su pecho desnudo, acariciándole la nuca con dedos trémulos mientras mecía su cuerpo con una ternura casi desesperada. —Ya pasó, chiquillo —susurraba contra sus cabellos, dejando besos húmedos y castos en su frente—. Ya pasó todo. Nunca más te voy a poner una mano encima. Te lo juro por mi vida, Pedri. Nunca más. Pedri enterró el rostro en el hueco del cuello de Ferran, aspirando su aroma conocido. Rompió a llorar con más fuerza, dejando que todo el dolor acumulado, la angustia y la extraña felicidad de ser amado con semejante locura se fundieran en un solo lamento contra la piel del mayor. *** Con el paso de los días, la dinámica dentro de la casa amurallada dio un giro radical, transformándose en una realidad nueva, dulce y callada. Ferran parecía haber sido purgado de su propia violencia a través del terror de casi perderlo. La agresividad se había evaporado, sustituida por una timidez casi infantil y una necesidad constante de reparar el daño causado. Ya no había gritos, ni órdenes cortantes, ni encierros con llave. Por las mañanas, Ferran preparaba el desayuno con una dedicación meticulosa: tostadas suaves con mermelada, frutas peladas y cortadas en trozos pequeños para que a Pedri no le doliera la mandíbula al masticar, y zumos naturales recién exprimidos. Se sentaba a su lado en el sofá, observándolo comer en silencio, y cada vez que sus miradas se cruzaban, el mayor bajaba los ojos con una sombra de vergüenza y dejaba escapar un murmullo involuntario: —¿Te duele todavía el labio? Perdóname, chiquillo. De verdad, perdóname. Pedri tardó casi una semana en poder caminar con normalidad por la casa sin sentir pinchazos en las costillas, pero el cambio en Ferran actuó sobre él como una medicina adictiva. Al principio, el chico mantenía una distancia prudencial, con los ojos alerta ante cualquier movimiento brusco. Pero la constante sumisión de Ferran, su paciencia infinita para cambiarle las vendas y la reverencia con la que lo trataba terminaron por desarmar las últimas defensas de su corazón. En algún momento de la segunda semana, Pedri preguntó por su padre. Estaban sentados en la terraza trasera al atardecer, protegidos del viento por los muros altos. —Ferran... ¿sabes algo de mi papá? —preguntó Pedri en un susurro, mirando hacia el horizonte donde el sol teñía el océano de tonos cobrizos—. ¿Los has visto? ¿Crees que siguen en Tegueste? Ferran se tensó levemente, pero no hubo ira en su reacción. Se limitó a tragar saliva, mirando sus propias manos entrelazadas sobre las rodillas. —No sé nada, Pedri —respondió con voz apagada, con un tono sincero y derrotado—. No he encendido el móvil personal desde que llegamos. No he vuelto a mirar las noticias ni me he acercado al norte. Si... si quieres que te lleve con ellos, dímelo. No te voy a retener a la fuerza nunca más. Si me dices que quieres irte, te subo al coche ahora mismo y te dejo en la puerta de su casa. Pedri lo miró fijamente. La sinceridad en los ojos de Ferran era aplastante; estaba dispuesto a perderlo con tal de no volver a ser el monstruo que casi lo mata. El chico bajó la vista hacia sus propias zapatillas. Pensó en Fernando, en su madre, en la vida tranquila que le esperaba en el norte rodeado de reproches silenciosos, de terapeutas y de la vergüenza constante de haber sido rescatado. Y luego miró a Ferran: el hombre que había cruzado el mar por él, que había llorado arrodillado a sus pies durante cuatro días y que ahora lo miraba como si fuera lo más valioso del universo. —No —dijo Pedri con suavidad, y la palabra salió de su boca con una certeza aterradora y dulce a la vez—. No quiero que me lleves. No volvió a preguntar por su padre. La idea de una búsqueda policial o del dolor de su familia se fue desvaneciendo en su mente como la niebla de Anaga bajo el sol del sur, sustituida por la comodidad asfixiante y cálida de su encierro voluntario. Las risas regresaron poco a poco, tímidas al principio, naciendo de tonterías cotidianas mientras cocinaban juntos o veían películas viejas en la televisión del salón. El humor de Ferran volvió a asomar, pero despojado de sarcasmo; era el Ferran de hacía cinco años, el vecino atento y bromista que le despeinaba el pelo en el porche, solo que ahora había una devoción palpable en cada uno de sus gestos. Con el paso de los días, fue el propio Pedri quien comenzó a buscar el contacto físico. La necesidad de sentirse querido, de comprobar que el calor del mayor era real y no un espejismo, lo empujaba a acurrucarse contra el costado de Ferran en el sofá, pasando un brazo tímido por su cintura. Ferran se quedaba rígido por una milésima de segundo, conteniendo la respiración, antes de rodearlo con una lentitud reverencial, apoyando la barbilla sobre la cabeza del chico con un cuidado exquisito. —¿Estás cómodo? —preguntaba Ferran siempre, como un eco constante de su arrepentimiento—. Si te aprieto, me lo dices. —Estoy bien —respondía Pedri, cerrando los ojos, buscando con la nariz la piel del cuello del mayor—. No me aprietas. Los besos también cambiaron de naturaleza. Ya no eran asaltos desesperados ni mordiscos marcados por la rabia. Ahora eran contactos suaves, breves, que Ferran daba casi con miedo, rozando apenas los labios curados del chico antes de apartarse un centímetro con una mirada interrogante, pidiendo permiso sin palabras. Pedri, a veces, sollozaba en mitad de esos besos. No de dolor, sino por la intensidad abrumadora de un sentimiento que sabía que estaba mal ante los ojos del mundo, pero que en el aislamiento de aquella casa se sentía como lo único real. Lloraba porque lo amaba, porque siempre lo había amado, y porque ver a su carcelero convertido en su más fiel devoto le provocaba un alivio que rayaba en la locura. —Te quiero, Ferran —susurró Pedri una noche, acostado en la cama de matrimonio, con las piernas entrelazadas a las del mayor. Ferran lo miró en la penumbra, y una lágrima solitaria rodó por su mejilla antes de ocultar el rostro en el hueco del cuello de Pedri. —Yo más, chiquillo. Mucho más de lo que te mereces. Afuera, en el resto de la isla y en la península, el rastro de la fuga se había enfriado. La policía buscaba en vano en los puertos, en los aeropuertos y en las listas de pasajeros hacia el extranjero, sin imaginar jamás que el menor permanecía a escasos kilómetros de los hoteles turísticos, tras unos muros blancos que no llamaban la atención de nadie. Sus padres jamás lograron dar con la casa de Los Cristianos. La nota de auxilio se convirtió en un misterio sin resolver en los archivos de la comandancia. Pero para Pedri, nada de eso existía ya. Acurrucado en el centro de la cama, sintiendo el latido firme y acompasado del corazón de Ferran bajo su mejilla y el peso tibio de sus brazos protegiéndolo de la noche, Pedri cerró los ojos y se quedó dormido, completamente en paz, sabiendo que finalmente estaba a salvo en el único lugar del mundo al que sentía que pertenecía