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Epaaa

La quietud del oleaje

El aire en el muelle viejo estaba impregnado de una mezcla densa de salitre, brea recalentada y madera húmeda. Las barcas de pesca, pintadas de azul y blanco desvaído, cabeceaban con pereza sobre el agua turquesa, golpeando suavemente los neumáticos atados a los pilotes de piedra. El sol caía ya vertical sobre el sur de la isla, dibujando reflejos cegadores sobre la superficie marina que obligaban a entornar los ojos.

Pedri apretó un poco más su mano alrededor del brazo de Ferran.

A pesar de que el calor empezaba a condensarse bajo la tela de su sudadera beige, no se atrevía a bajarse la capucha ni a quitarse las gafas oscuras que le cubrían la mitad de la cara. Cada persona que se cruzaba en su camino —un marinero remendando una red verde en el suelo, dos ancianos sentados en un banco a la sombra de un ficus, una pareja de turistas despistados— hacía que sus músculos se tensaran por puro reflejo. Sin embargo, no era un miedo paralizante como el de Tegueste; era una inquietud contenida que encontraba su único contrapeso en la solidez del cuerpo que caminaba pegado al suyo.

Ferran lo sentía. Con cada respiración entrecortada del menor, el mayor ajustaba el paso, manteniéndolo ligeramente resguardado tras su hombro ancho, como si su propia espalda pudiera funcionar como un escudo contra el resto del mundo. Sus dedos entrelazados no se soltaron ni por una fracción de segundo.

—Tranquilo, mi niño —le susurró Ferran al oído, inclinándose apenas lo necesario para rozarle la tela de la capucha con los labios—. La tienda está justo al doblar esa esquina de piedra. Cinco minutos y volvemos a casa.

Pedri asintió levemente, alzando la vista a través de los cristales ahumados para mirar el perfil de Ferran. Había una serenidad nueva en sus facciones, una calma que contrastaba profundamente con la furia desquiciada que lo había dominado días atrás. Su mandíbula, aunque firme, ya no estaba apretada con violencia; sus hombros, habitualmente erguidos como los de un depredador a punto de saltar, se movían ahora con una pesadez protectora y paciente.

La pequeña ferretería y cooperativa naval era un local estrecho, fresco y oscuro, encajado entre dos almacenes de salazón. El interior olía a aceite de motor, cuerda de cáñamo y polvo acumulado en estantes metálicos. Al fondo, tras un mostrador de madera desgastada por décadas de transacciones, una mujer joven, de unos veintitantos años, revisaba un albarán con un bolígrafo entre los dientes.

La campanilla de la puerta sonó con un tintineo agudo cuando entraron.

La chica levantó la cabeza, apartándose un mechón rebelde de pelo castaño, y en cuanto sus ojos se posaron en Ferran, su postura cambió por completo. Dejó el bolígrafo sobre la madera y se enderezó, dedicándole una sonrisa amplia, cargada de una simpatía repentina que a Pedri le cayó en el estómago como un trago de vinagre.

—Buenos días —saludó ella, con una voz cantarina y arrastrada, recorriendo descaradamente la silueta del mayor, deteniéndose en sus brazos descubiertos y en la línea marcada de su pecho bajo la camiseta negra—. Qué calor hace hoy, ¿verdad? ¿En qué puedo ayudarte?

Ferran ni siquiera pestañeó. Se detuvo a medio metro del mostrador, manteniendo su mano izquierda firmemente aferrada a la de Pedri, que se había quedado medio paso por detrás.

—Buenos días —respondió Ferran con tono plano, educado pero absolutamente impersonal—. Necesito masilla de sellado para exteriores, dos paquetes de tacos de seis y una broca para mampostería.

—Claro, déjame mirar en la trastienda —dijo ella, apoyando los codos sobre el mostrador, inclinándose hacia adelante sin ninguna prisa por moverse—. No te había visto nunca por el muelle. ¿Estáis arreglando algún barco o tenéis casa por la zona alta?

La mirada de la dependienta osciló un instante hacia Pedri, evaluando con evidente extrañeza su atuendo abrigado, la capucha calada y las gafas de sol en mitad de un mediodía caluroso, antes de volver a clavarse en Ferran con un brillo coqueto y persistente.

A Pedri se le encendió la sangre. Una punzada caliente, rápida y puramente instintiva le quemó el pecho.

Diez años viendo a Ferran desde la distancia, soportando el desfile de miradas ajenas y sintiéndose diminuto, se agolparon en su garganta. Ya no era el crío que miraba por la ventana mordiéndose las uñas de impotencia; era el chico por el que ese hombre había cruzado un mar entero, el único al que Ferran adoraba de rodillas en mitad de la noche.

Con una audacia que sorprendió a Ferran, Pedri dio un paso al frente. No soltó la mano del mayor; al contrario, deslizó sus dedos hacia arriba, aferrándose al antebrazo musculoso de Ferran con ambas manos y apoyando el costado contra su torso, marcando su territorio con una naturalidad demoledora.

—Amor —dijo Pedri con su voz suave pero perfectamente audible, inclinando la cabeza hacia Ferran—, acuérdate de pedir también los tornillos para la celosía de nuestra terraza. Se nos van a olvidar.

El silencio que cayó sobre la pequeña tienda fue sepulcral.

Ferran se quedó completamente congelado por una milésima de segundo. Lentamente, giró el rostro hacia abajo para mirar al muchacho. A través de las gafas oscuras, vio el mohín decidido en los labios de Pedri, la barbilla alzada con una terquedad hermosa y esas mejillas que comenzaban a sonrojarse por el propio atrevimiento de sus palabras.

Una oleada de placer oscuro, tibio y profundamente adictivo recorrió las venas de Ferran. Su pecho se hinchó de orgullo, sintiendo cómo el corazón se le desbocaba ante la muestra más descarada de celos que Pedri le había regalado jamás.

La sonrisa de la dependienta se congeló en una mueca incómoda. Se aclaró la garganta, apartando la mirada hacia las estanterías traseras.

—Sí... claro. ¿De qué medida los tornillos? —preguntó ella, apresurándose ahora a buscar los materiales, perdiendo de golpe toda la parsimonia coqueta de antes.

Ferran no miró a la chica. No podía apartar los ojos de Pedri. Con una lentitud cargada de una ternura infinita, levantó la mano libre y acarició la mejilla oculta del menor, trazando la curva de su mandíbula con el pulgar.

—De cuatro milímetros, por favor —respondió Ferran al aire, sin romper el contacto visual con su chico—. Y que sean inoxidables. El salitre en nuestra casa lo oxida todo muy rápido.

Pedri tragó saliva, sintiendo que el calor que le subía por el cuello ya no era por el sol, sino por la intensidad abrasadora con la que Ferran lo observaba. Había tanta devoción en esas pupilas oscuras que el aire volvió a faltarle, pero esta vez por una razón completamente distinta.

La dependienta colocó los paquetes sobre el mostrador a toda prisa, cobró el importe exacto en efectivo que Ferran le entregó sin esperar el cambio y les deseó un buen día con una cortesía distante y apresurada.

Ferran tomó la bolsa de papel con una mano, rodeó la cintura de Pedri con el otro brazo y lo guio hacia la salida.

Apenas cruzaron el umbral y doblaron hacia el callejón desierto que subía en dirección a los acantilados, Ferran tiró de él suavemente, acorralándolo con delicadeza contra el muro de piedra blanca de una vieja bodega abandonada.

—¿Amor? —susurró Ferran, con una sonrisa torcida y brillante iluminándole las facciones cansadas—. ¿Nuestra terraza, chiquillo?

Pedri desvió la vista hacia el suelo empedrado, jugando con las mangas largas de su sudadera, sintiendo que la timidez regresaba en tromba para cobrarle la factura de su valentía.

—Estaba mirándote demasiado —murmuró, haciendo un pequeño puchero infantil—. Parecía que no tenía nada mejor que hacer que meterse en lo que no le importa.

Ferran soltó una carcajada baja, un sonido limpio y ronco que rebotó contra las piedras del callejón. Hacía semanas que no reía así, sin sombras de culpa, sin la amargura del arrepentimiento empañándole la voz. Se inclinó sobre él, apoyando ambas manos en el muro a los lados de la cabeza de Pedri.

—Mírame —le pidió en un susurro grave.

Pedri alzó despacio la cabeza. Con dedos pacientes, Ferran le retiró las gafas de sol y se las guardó en el bolsillo de la camiseta. Luego, le bajó la capucha con cuidado, dejando que la brisa cálida del mar le revolviera los mechones castaños.

Los ojos de Pedri brillaban con una mezcla deliciosa de vergüenza y desafío.

—No me mires así —protestó el chico en un murmullo—. Ya sé que fue una tontería.

—No fue ninguna tontería —Ferran acunó el rostro de Pedri entre sus palmas grandes, acariciándole los pómulos con una reverencia que rozaba lo sagrado—. Fue lo más hermoso que me has dicho en la vida. Eres un diablo celoso, ¿lo sabías? Un diablo chiquito y hermoso.

—No soy un diablo —susurró Pedri, apoyando las manos en el pecho de Ferran, sintiendo los latidos firmes y acelerados bajo la tela negra—. Solo... solo soy tuyo. Y tú eres mío. Me lo prometiste en esa habitación, Ferran. Dijiste que nadie más.

A Ferran se le cerró la garganta ante la pureza demoledora de la confesión. Inclinó la cabeza y capturó los labios de Pedri en un beso hondo, lento y cargado de una ternura tan profunda que a ambos se les cortó la respiración. Ya no había rastro de los mordiscos violentos del pasado; era una caricia de bocas tibias, de suspiros que se mezclaban en el aire salado, un pacto renovado bajo el sol del mediodía.

—Nadie más, mi niño —prometió Ferran contra sus labios, dándole pequeños besos en la comisura, en la punta de la nariz y en los párpados cerrados—. Jamás en esta vida. Aunque el mundo entero se nos venga encima.

Se quedaron allí unos minutos, abrazados en el rincón sombrío del callejón, escuchando el rumor constante de las olas rompiendo contra las rocas más abajo, hasta que el paso lejano de un motor obligó a Pedri a colocarse de nuevo las gafas y la capucha.

Emprendieron el camino de regreso a paso tranquilo, evitando las avenidas principales, cruzando los senderos de tierra seca que bordeaban las urbanizaciones privadas.

Cuando finalmente empujaron el portón metálico de la finca y este se cerró tras ellos con su habitual chasquido definitivo, el peso del mundo exterior se desvaneció al instante. El patio amurallado, con sus buganvillas fucsias cayendo sobre la piedra blanca y el agua cristalina de la piscina reflejando el cielo despejado, los recibió con la calidez de un refugio inexpugnable.

Ferran dejó las herramientas sobre la mesa baja de la terraza y se volvió hacia Pedri, que acababa de despojarse de la sudadera y las gafas, dejándolas sobre una tumbona. El chico respiró hondo, estirando los brazos hacia arriba, dejando que la brisa le acariciara la piel pálida del torso cubierto por una camiseta sin mangas.

Ferran lo contempló en silencio durante un largo instante. Había algo casi irreal en la forma en que la luz dorada del sur bañaba la figura menuda del muchacho.

—Ven aquí —dijo Ferran, extendiendo una mano hacia él.

Pedri caminó despacio hacia el mayor. En lugar de detenerse a un paso de distancia, se acercó hasta chocar suavemente contra su pecho, rodeándole el cuello con los brazos con una confianza que días atrás habría parecido imposible.

Ferran lo levantó en vilo con una facilidad asombrosa, tomándolo por los muslos y haciéndolo enroscar las piernas alrededor de su cintura. Pedri soltó una risa ahogada, apoyando la frente contra la suya, sintiendo la firmeza de los brazos que lo sostenían sin el menor esfuerzo.

—Pesas una pluma —bromeó Ferran, besándole la barbilla mientras caminaba con él en brazos hacia el interior de la casa, cruzando la gran cristalera del salón—. Hay que seguir alimentándote. Esta tarde voy a preparar un guiso de pescado con papas arrugadas que te va a encantar.

—Me vas a hacer engordar —se quejó Pedri con una sonrisa dulce, acariciándole la nuca corta con los dedos—. Y luego no vas a poder cargarme así.

—Te voy a cargar hasta que tengamos ochenta años, chiquillo —sentenció Ferran con una seriedad que hizo que el corazón de Pedri diera un vuelco—. Y si no puedo con los brazos, te llevaré a cuestas. No te libras de mí tan fácil.

Ferran entró en el dormitorio principal y depositó a Pedri sobre el colchón de matrimonio con una delicadeza exquisita, como si estuviera posando una pieza de porcelana fina sobre el lino limpio. Luego, se inclinó sobre él, apoyando los codos a ambos lados de su cabeza, atrapándolo en la sombra cálida de su cuerpo.

La atmósfera en la habitación cambió de golpe, volviéndose densa, íntima, cargada de una electricidad silenciosa que hizo que la respiración de Pedri se volviera superficial.

Ferran bajó la mirada hacia el cuello del menor. La marca morada que él mismo le había dejado con furia semanas atrás casi había desaparecido, reducida a una sombra amarillenta que apenas se distinguía bajo la luz tenue que se filtraba por las celosías.

Con una lentitud reverencial, Ferran deslizó la punta de los dedos sobre la piel suave de su garganta.

—Aún me duele el alma cada vez que miro aquí —susurró Ferran, y su voz tembló con una culpa que amenazaba con empañarle los ojos de nuevo—. No sé cómo pudiste perdonarme, Pedri. No sé cómo no saliste corriendo en cuanto abriste los ojos.

Pedri levantó las manos y tomó el rostro de Ferran entre sus palmas, obligándolo a sostenerle la mirada.

—Porque te conozco —respondió Pedri con una firmeza que desarmó por completo al mayor—. Conozco al monstruo que se vuelve loco cuando cree que me pierde, pero también conozco al hombre que lloró cuatro días arrodillado a mis pies para que no me muriera. Llevo diez años amándote, Ferran. No sé amar a nadie más. Y tú tampoco sabes amar a nadie más que a mí.

Las palabras fueron una caricia y una sentencia a la vez, el reconocimiento explícito del lazo retorcido, indestructible y absoluto que los unía.

Ferran cerró los ojos, dejando que una lágrima solitaria se deslizara por su mejilla hasta humedecer los dedos de Pedri. No esperó más. Inclinó la cabeza y buscó la boca del chico con una devoción hambrienta pero tierna, entregándose a un beso que sabía a salitre, a perdón y a una pasión tan profunda que dolía en el pecho.

Las manos de Ferran se deslizaron con paciencia bajo la camiseta de Pedri, recorriendo sus costillas, acariciando la piel tibia con una delicadeza infinita, aprendiendo cada centímetro de su cuerpo no para marcarlo con violencia, sino para venerarlo. Pedri arqueó la espalda con un suspiro entrecortado, enredando los dedos en los cabellos oscuros del mayor, entregándose por completo a la cadencia pesada y segura que lo envolvía.

Afuera, más allá de los muros blancos de la finca, la isla seguía girando. En algún rincón del norte, en los archivos de una comandancia solitaria, una carpeta con la foto de un menor continuaba acumulando polvo, esperando una pista que jamás llegaría. Fernando y María seguirían mirando hacia los viñedos vacíos de Tegueste, preguntándose en qué momento perdieron el rastro de su hijo.

Pero allí adentro, en la penumbra fresca del dormitorio, entre sábanas limpias y susurros cargados de una devoción sin límites, la marea finalmente se había calmado.

Pedri apretó las piernas alrededor de la cadera de Ferran, sintiendo el peso tibio y protector de su cuerpo sobre el suyo, y en mitad de los besos que borraban cualquier vestigio del pasado, comprendió que no había jaula más dulce que los brazos del hombre al que había decidido pertenecer para siempre.

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