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Epai

Refugio en el Ojo de la Tormenta

El acero de la espada de Ferran ya no brillaba con el esplendor del oro de la capital; ahora estaba surcado por muescas, manchas de óxido que se negaban a salir y la pátina oscura de la sangre seca de mil batallas. Tres años habían pasado desde que el mundo se sumió en el silencio de los muertos, y tres años habían transformado al capitán de la guardia en algo mucho más letal y curtido.

A su lado, Pedri ya no era el príncipe de seda y timidez que temblaba ante la mirada de su padre. Sus ropas eran una amalgama de cuero reforzado y telas ligeras de color tierra, con muñequeras de metal que Ferran le había fabricado para evitar cualquier mordisco accidental. Su rostro, aunque conservaba esa dulzura intrínseca que a Ferran le derretía el alma, estaba marcado por la determinación de quien ha visto el fin de los tiempos y ha decidido no rendirse.

— ¿Ves eso? —susurró Pedri, señalando hacia el valle desde el risco donde estaban agazapados.

Ferran ajustó la correa de su mochila y entrecerró los ojos. Abajo, protegida por una muralla de hormigón y cables de espino, se alzaba una antigua cantera convertida en asentamiento. Había humo saliendo de chimeneas improvisadas y, lo más importante, centinelas humanos.

— Parece sólido —respondió Ferran, pasando una mano por el cabello de Pedri, que ahora llevaba más largo y recogido en una pequeña coleta—. Pero los vivos son más peligrosos que los que caminan, pequeño. Mantente cerca.

— Siempre lo estoy, Ferran. No hace falta que lo repitas —dijo Pedri con una media sonrisa, aunque apretó con fuerza el mango del cuchillo largo que llevaba al cinto.

Descendieron por la ladera con la cautela de los depredadores. La soledad de los últimos meses, huyendo de hordas que parecían no agotarse nunca tras separarse del grupo del Rey en las montañas del norte, los había dejado exhaustos. Necesitaban un techo, comida que no supiera a rancio y, sobre todo, un momento de paz.

Al acercarse a la puerta principal, tres hombres armados con ballestas y escopetas oxidadas les cerraron el paso.

— ¡Alto ahí! —gritó uno de ellos, un hombre corpulento con una cicatriz que le cruzaba la mejilla—. No aceptamos más bocas que alimentar. Largo de aquí si no queréis que os llenemos de plomo.

Ferran dio un paso al frente, ocultando parcialmente a Pedri detrás de su hombro, una costumbre que no había perdido a pesar de saber que el menor sabía defenderse solo.

— No buscamos problemas, solo comercio y quizás un lugar donde descansar —dijo Ferran, usando ese tono sarcástico y seguro que solía desesperar a los nobles en la corte—. Y a menos que quieras gastar tus preciosas flechas en alguien que puede devolverte el favor con creces, te sugiero que llames a tu jefe. Dile que el Tiburón está en la puerta.

El hombre de la cicatriz frunció el ceño, confundido, pero otro de los guardias, más joven y delgado, se asomó por encima de la barricada.

— ¿Tiburón? —El chico abrió mucho los ojos—. ¿Torres? ¿Eres tú, maldito animal?

Ferran soltó una carcajada ronca, una que Pedri no escuchaba a menudo.

— ¡Gavi! ¡Todavía sigues vivo, pequeño demonio!

La tensión se disipó en un instante. Gavi, un antiguo recluta que Ferran había entrenado antes de que el mundo se fuera al infierno, ordenó que abrieran las puertas. Una vez dentro, el reencuentro fue breve pero intenso. El asentamiento, llamado "La Cantera", era un refugio de saqueadores y supervivientes, un lugar rudo donde la ley del más fuerte imperaba, pero Gavi tenía suficiente influencia para garantizarles seguridad.

— Pensé que habrías muerto protegiendo a la familia real —dijo Gavi, guiándolos hacia una pequeña cabaña de madera en la zona más protegida del recinto—. O que te habrías convertido en uno de ellos.

— Casi —respondió Ferran, mirando de reojo a Pedri, que observaba el lugar con curiosidad y una pizca de desconfianza—. Pero tenía una razón muy buena para seguir respirando.

Gavi asintió, reconociendo a Pedri a pesar de su aspecto descuidado.

— El príncipe. Quién lo diría. Aquí no hay tronos, majestad. Solo barro y trabajo.

— Me parece perfecto —contestó Pedri con voz firme—. El barro es más fácil de limpiar que la política.

Esa noche, por primera vez en meses, durmieron sobre un colchón, aunque fuera una colchoneta vieja y húmeda. La cabaña era pequeña, pero tenía una puerta que cerraba por dentro y una pequeña estufa de leña. El calor del fuego iluminaba las paredes de madera, creando un ambiente de intimidad que parecía sacado de otra vida.

Ferran se sentó en el suelo, apoyado contra la cama, mientras limpiaba su espada. Pedri se acercó por detrás y rodeó sus hombros con los brazos, apoyando la barbilla en su hombro.

— Estamos a salvo, Ferran —susurró Pedri, dejando un beso en su mejilla.

— Por ahora —respondió el guerrero, dejando el arma a un lado para tomar las manos de Pedri—. Este lugar es fuerte, pero Gavi dice que hay otros grupos de saqueadores merodeando. Mañana empezaré a ayudar con las defensas. Quiero que este sea nuestro hogar, Pedri. Un hogar de verdad.

Pedri se sentó en su regazo, mirándolo con una intensidad que hizo que el corazón de Ferran diera un vuelco.

— Ya tengo un hogar. Eres tú.

El beso que compartieron fue lento, cargado de tres años de miedo contenido, de noches frías en cuevas y de la adrenalina de la huida constante. En ese refugio, lejos de las miradas de los reyes y de la amenaza de los muertos, se entregaron el uno al otro con una pasión renovada. Hicieron de todo para recordarse que estaban vivos: se amaron con la urgencia de quienes saben que el mañana no está garantizado, pero también con la ternura de quienes han encontrado su paraíso en mitad del infierno.

Las semanas pasaron y "La Cantera" se convirtió en su bastión. Ferran, con su experiencia militar, se convirtió rápidamente en el líder de la guardia, entrenando a los hombres y reforzando los puntos débiles del muro. Pedri, por su parte, se encargaba de los suministros médicos y del pequeño huerto que intentaban hacer prosperar.

Sin embargo, algo empezó a cambiar.

Pedri comenzó a sentirse inusualmente cansado. Al principio, lo atribuyó al trabajo físico, pero luego llegaron las náuseas matutinas y un cambio en su percepción de los olores. Ferran lo notó de inmediato; conocía cada gesto, cada palidez y cada suspiro del hombre que amaba.

— Estás enfermo, Pedri —dijo Ferran una tarde, mientras Pedri intentaba no vomitar tras oler el guiso de conejo que habían preparado—. Tienes que descansar. Mañana no irás al huerto.

— Estoy bien, Ferran, es solo el calor —insistió Pedri, aunque su rostro estaba más blanco que la cal.

Pero no era el calor.

Días después, la anciana curandera del asentamiento, una mujer que había sido partera en los tiempos de antes, llamó a Ferran a la cabaña después de examinar a Pedri. El príncipe estaba sentado en la cama, luciendo confundido y extrañamente radiante a la vez.

— No es una enfermedad, capitán —dijo la mujer con una sonrisa enigmática—. Es un milagro. O una broma del destino, según cómo se mire.

Ferran sintió que el mundo se detenía.

— ¿De qué estás hablando?

— El chico está esperando —sentenció ella—. No me preguntes cómo, en este mundo podrido a veces la naturaleza encuentra caminos que no comprendemos. Pero hay una vida creciendo ahí dentro.

El silencio que siguió fue absoluto. Ferran miró a Pedri, cuyas manos descansaban inconscientemente sobre su vientre aún plano. El miedo, el asombro y una alegría salvaje lucharon en el pecho del guerrero.

— ¿Un bebé? —susurró Ferran, arrodillándose ante Pedri—. ¿Vamos a tener un hijo?

Pedri asintió, con los ojos llenos de lágrimas.

— Ferran... yo no sé qué decir. ¿Cómo es posible?

— No importa el cómo —dijo Ferran, tomando su rostro entre las manos con una devoción casi religiosa—. Importa que es nuestro.

La noticia del embarazo de Pedri cambió algo fundamental en Ferran. Si antes era un guerrero valiente, ahora se convirtió en una fuerza de la naturaleza. Su instinto protector se elevó a niveles casi aterradores para los demás habitantes del asentamiento. Si alguien se atrevía a hablar demasiado alto cerca de su cabaña o si los suministros de comida para Pedri no eran los mejores, Ferran aparecía con esa mirada gélida que hacía retroceder hasta al saqueador más endurecido.

— Tienes que calmarte, Ferran —le dijo Gavi un día mientras reforzaban la puerta norte—. Pareces un lobo protegiendo su madriguera. Los hombres te tienen miedo.

— Que lo tengan —gruñó Ferran, golpeando un clavo con una fuerza innecesaria—. Ahora no solo lucho por ti, por Pedri o por este lugar. Lucho por alguien que aún no ha visto este desastre. Y te juro, Gavi, que si un solo muerto o un solo saqueador pone un pie dentro de estos muros, los quemaré a todos.

Pedri, a pesar de su estado, intentaba mantener a Ferran centrado.

— Ferran, ven aquí —lo llamó una noche, cuando el guerrero regresó de una patrulla nocturna, cubierto de polvo y con los nudillos ensangrentados por una pelea con un recién llegado problemático.

Ferran se acercó, soltando su espada con estrépito. Pedri tomó sus manos y las llevó a su abdomen, que ahora empezaba a mostrar una pequeña curvatura, apenas perceptible bajo la tela ligera.

— Siente —dijo Pedri suavemente.

Ferran contuvo el aliento. Por un momento, el caos del mundo exterior desapareció. No había muertos, no había reinos perdidos, no había hambre. Solo estaba el calor de la piel de Pedri y la promesa de un futuro que nunca creyeron posible.

— Lo protegeré, Pedri —prometió Ferran, con la voz quebrada—. A los dos. Aunque tenga que reconstruir el Reino de Oro yo solo, tendréis un lugar seguro.

— No necesito un reino —respondió Pedri, tirando de él para que se acostara a su lado—. Solo necesito que estés aquí cuando él nazca.

Los meses siguientes fueron una prueba de fuego. El invierno llegó con una crudeza implacable, y con él, los ataques de bandas rivales se volvieron más frecuentes. Los saqueadores, desesperados por comida, veían en "La Cantera" un objetivo jugoso.

Una noche de tormenta, las alarmas sonaron. Un grupo numeroso de atacantes había logrado volar parte de la valla trasera.

— ¡Quédate aquí! —ordenó Ferran, ajustándose su armadura de cuero y empuñando su espada—. ¡Cierra la puerta y no abras a nadie que no sea yo!

— ¡Ferran, ten cuidado! —gritó Pedri, agarrándose el vientre, que ya pesaba considerablemente.

Ferran salió a la oscuridad. Fue una carnicería. El capitán luchó con una ferocidad que rozaba la locura. No era solo técnica; era pura rabia protectora. Cada vez que un saqueador intentaba acercarse a la zona de las viviendas, Ferran lo interceptaba con una velocidad inhumana. Su nombre, "El Tiburón", cobró un nuevo significado esa noche; era un depredador en su elemento, implacable y letal.

Cuando la batalla terminó y los atacantes restantes huyeron hacia el bosque, Ferran regresó a la cabaña. Estaba empapado de lluvia y sangre, pero sus ojos buscaron desesperadamente a Pedri.

Entró y encontró a Pedri en un rincón, con un cuchillo en la mano y la respiración agitada, pero ileso. Al ver a Ferran, el príncipe soltó el arma y se lanzó a sus brazos.

— Se han ido —dijo Ferran, abrazándolo con fuerza, tratando de no mancharlo demasiado—. Estamos bien.

Pedri se separó un poco, mirando el rostro cansado de su guerrero.

— Se ha movido, Ferran. Durante el ataque... creo que él también quería pelear.

Ferran soltó una carcajada corta y cansada, apoyando su frente contra la de Pedri.

— Claro que sí. Es un Torres. Y es un príncipe. Va a ser el ser más testarudo de este nuevo mundo.

Sentados en el suelo de la cabaña, mientras el asentamiento comenzaba a lamerse las heridas y el silencio volvía a reinar sobre la cantera, Ferran y Pedri se permitieron soñar. Ya no eran las piezas de un tablero de ajedrez real, ni peones de un destino cruel. Eran dos supervivientes que habían convertido el apocalipsis en su propio santuario.

— Ferran —dijo Pedri, quedándose casi dormido en su hombro—. Si mi padre pudiera vernos ahora...

— Tu padre estaría horrorizado de verme limpiar pañales en lugar de limpiar su corona —bromeó Ferran, besando la coronilla de Pedri—. Pero me da igual. Este es el único reino que me importa.

En la penumbra, el capitán de la guardia y el príncipe heredero del nada se quedaron dormidos, protegidos por los muros que ellos mismos habían ayudado a levantar, esperando el nacimiento de una nueva esperanza en un mundo que se negaba a morir del todo mientras ellos siguieran amándose.

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