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Epai

El Silencio de los Recuerdos Olvidados

La Cantera, que una vez fue un bastión de esperanza, se había convertido en un cementerio de recuerdos dolorosos para Pedri. Hacía dos años que el mundo se había vuelto, si cabe, más gris. Dos años desde que la horda más grande jamás vista los obligara a evacuar en mitad de una noche de tormenta y gritos. En el caos de la huida hacia el bosque profundo, Ferran se había quedado atrás para frenar el avance de los muertos, dándole a Pedri el tiempo necesario para subir al último camión.

Esa misma noche, entre los baches del camino y el terror de la pérdida, Pedri había dado a luz a un niño de ojos brillantes y cabello castaño. Lo llamó Ferran, aunque todos en el nuevo refugio —una antigua abadía fortificada en lo alto de una colina— lo conocían simplemente como "Nano".

Pedri caminaba por el patio de la abadía, cargando un cesto de leña. Su cuerpo se había vuelto más fibroso, sus manos más ásperas. Ya no quedaba nada del príncipe tímido; ahora era un hombre que sobrevivía por y para su hijo.

— ¡Nano, no te acerques al pozo! —gritó Pedri, viendo cómo el pequeño de dos años correteaba tras una mariposa.

Gavi, que estaba afilando un hacha cerca de la entrada, levantó la vista. Su relación con Pedri siempre había sido tensa, marcada por la sombra de Ferran. Gavi respetaba a Pedri por su resistencia, pero nunca habían logrado forjar una amistad verdadera. Eran dos supervivientes unidos por un fantasma.

— El crío tiene la misma energía que su padre —comentó Gavi sin mucha emoción—. Es agotador solo de mirarlo.

Pedri apretó los labios y no respondió. Cada mención a Ferran era una punzada en el pecho. Para él, Ferran estaba muerto. Tenía que estarlo, porque la alternativa —que estuviera vivo y no hubiera regresado— era demasiado dolorosa de procesar.

De repente, las campanas de la abadía tañeron tres veces. Era la señal de que una expedición desconocida se acercaba a las puertas. Pedri sintió un escalofrío. En este mundo, los extraños rara vez traían buenas noticias.

— ¡A los puestos! —rugió el líder del refugio.

Pedri corrió hacia Nano, lo tomó en brazos y lo ocultó detrás de unas cajas de suministros en el granero, cubriéndolo con una manta.

— Quédate aquí, mi vida. No hagas ruido, pase lo que pase —le susurró al oído, besando su frente.

Luego, empuñando su cuchillo, se acercó a la entrada principal junto a Gavi y los demás. A través de la verja de hierro, se veía un convoy de tres vehículos blindados de forma rudimentaria. De ellos bajó un grupo de personas bien armadas, lideradas por una mujer de aspecto autoritario, con el pelo corto y una mirada de acero.

— Soy Vanesa, líder del asentamiento de la Costa —dijo la mujer, bajando su arma en señal de tregua—. Venimos en son de paz. Buscamos intercambiar medicinas por combustible.

Pero Pedri no estaba escuchando las palabras de Vanesa. Sus ojos estaban fijos en el hombre que bajaba del segundo vehículo. Era un hombre alto, con una barba más poblada de la que recordaba y una cicatriz nueva sobre la ceja derecha, pero era él.

— Ferran... —susurró Pedri, sintiendo que sus piernas fallaban. El aire se escapó de sus pulmones y el mundo empezó a dar vueltas.

Gavi, a su lado, soltó un taco por lo bajo y apretó el mango de su hacha.

— No puede ser —masculló el joven guerrero.

Ferran se acercó a Vanesa, colocándose a su lado con una familiaridad que hizo que a Pedri se le revolviera el estómago. El capitán, su Ferran, le puso una mano en la cintura a la mujer mientras observaba la abadía con una curiosidad distante, como quien mira un mapa por primera vez.

— ¿Estás bien, amor? —preguntó Ferran a Vanesa. Su voz era la misma, profunda y cálida, pero el tono... el tono no llevaba el peso de los recuerdos compartidos.

Vanesa le sonrió y le acarició la mano.

— Sí, Fer. Solo asegúrate de que los flancos estén cubiertos mientras hablamos con esta gente.

Pedri sintió que el corazón se le rompía en mil pedazos. No solo estaba vivo, sino que estaba con ella. ¿Cómo era posible? ¿Cómo podía haberlo olvidado tan fácilmente? ¿Cómo podía tocar a otra mujer con las manos que una vez juraron protegerlo solo a él?

— ¡Eh, tú! —gritó Gavi, incapaz de contenerse más—. ¡Torres! ¿Qué demonios haces con ellos?

Ferran frunció el ceño, mirando a Gavi con extrañeza.

— ¿Nos conocemos, chaval? —preguntó Ferran con una frialdad que heló la sangre de Pedri.

— ¿Que si nos conocemos? —Gavi dio un paso al frente, pero el líder de la abadía lo detuvo—. ¡Soy Gavi! ¡Y este es...!

— Gavi, calla —intervino Pedri con una voz que no reconocía como propia. Se obligó a salir de las sombras, poniéndose frente a Ferran.

Sus ojos se encontraron. Pedri buscó desesperadamente una chispa, un destello de reconocimiento, el brillo travieso y sarcástico que siempre aparecía cuando Ferran lo miraba. Pero no encontró nada. Los ojos de Ferran eran dos pozos de indiferencia educada.

— Hola —dijo Ferran, asintiendo hacia Pedri—. Siento si mi compañero parece confundido. Tuve un... accidente hace un par de años. Un golpe en la cabeza durante un ataque. No recuerdo nada de antes de que Vanesa me encontrara en el bosque.

Vanesa se acercó y se entrelazó del brazo de Ferran, mirándolo con una posesividad evidente.

— Estaba casi muerto cuando lo rescatamos —explicó ella con orgullo—. Le salvamos la vida y, desde entonces, es mi mano derecha. Y mi pareja. Se enamoró de mí nada más despertar, ¿verdad, Fer?

Ferran asintió, dedicándole a Vanesa una mirada de afecto que Pedri reconoció al instante. Era la misma mirada que solía dedicarle a él en los jardines del palacio, bajo la luz de la luna.

— Ella es mi mundo ahora —dijo Ferran sencillamente.

Pedri sintió ganas de gritar, de abofetearlo, de recordarle cada promesa, cada beso, cada noche de miedo compartida. Pero entonces recordó a Nano. Recordó al niño que estaba escondido a pocos metros, el hijo que Ferran ni siquiera sabía que existía.

Si Ferran no recordaba nada, si era feliz con esa mujer... ¿qué derecho tenía él a destrozar su nueva realidad? ¿Y si Vanesa, al sentirse amenazada, decidía que ellos eran un peligro? Ferran era el mejor guerrero que Pedri había conocido; si él decidía defender a Vanesa, la abadía no tendría oportunidad.

— No —dijo Pedri, tragándose las lágrimas y manteniendo la mirada fija en el suelo—. No nos conocemos. Mi compañero se ha confundido. Te pareces a alguien que... que murió hace mucho tiempo.

Gavi miró a Pedri con incredulidad, pero al ver la expresión de agonía y súplica en el rostro del príncipe, guardó silencio.

— Vaya —dijo Ferran, rascándose la nuca con ese gesto tan suyo que casi hace que Pedri se derrumbe—. Lo siento por vuestra pérdida. Supongo que tengo una cara común.

— Sí —susurró Pedri—. Muy común.

Las negociaciones comenzaron. Vanesa y el líder de la abadía se retiraron a una mesa en el patio para discutir los términos del intercambio. Ferran se quedó cerca de la entrada, vigilando.

Pedri aprovechó el caos del intercambio para escabullirse hacia el granero. Necesitaba ver a su hijo, necesitaba asegurarse de que el secreto estaba a salvo.

— Papi... —susurró Nano cuando Pedri entró. El niño salió de debajo de la manta y lo abrazó—. ¿Ya se fueron los malos?

— No son malos, cariño —dijo Pedri, alzándolo en brazos y apretándolo contra su pecho—. Pero tenemos que ser muy, muy discretos. No salgas de aquí, ¿vale? Juega con tus muñecos de madera.

— Quiero ver los coches —protestó el pequeño con un puchero.

— ¡No! —la voz de Pedri sonó demasiado aguda—. Por favor, Nano. Hazlo por mí.

Salió del granero con el corazón latiendo desbocado. Al regresar al patio, se encontró con que Ferran se había acercado a la zona del huerto, precisamente donde Pedri solía trabajar.

— Tienes buena mano con las plantas —dijo Ferran cuando Pedri se acercó para recoger sus herramientas—. En nuestro asentamiento nos cuesta mucho que crezca algo que no sea maleza.

— Requiere paciencia —respondió Pedri sin mirarlo, concentrado en sus manos temblorosas—. Y amor. Cosas que escasean hoy en día.

Ferran soltó una risita sarcástica.

— Tienes razón. Aunque Vanesa dice que soy un romántico empedernido. A veces siento que tengo fragmentos de algo en la cabeza... canciones, olores... pero luego desaparecen.

— Quizás es mejor así —dijo Pedri, levantando la vista por fin—. A veces recordar duele más que olvidar.

Ferran lo observó con una intensidad nueva. Frunció el ceño, como si una interferencia cruzara su mente.

— Tienes unos ojos muy tristes, chico. ¿Cómo te llamas?

— Pedri.

Ferran repitió el nombre en voz baja.

— Pedri. Es un nombre bonito. Me resulta... familiar.

— Es un nombre común en el sur —mintió Pedri, sintiendo que el nudo en su garganta se apretaba hasta asfixiarlo.

En ese momento, Vanesa llamó a Ferran desde los vehículos.

— ¡Fer! ¡Nos vamos! Ya tenemos el combustible.

— ¡Voy! —gritó él. Se giró hacia Pedri y le dedicó un pequeño saludo con la mano—. Suerte con el huerto, Pedri. Espero que nos volvamos a ver en el próximo intercambio.

Pedri se quedó inmóvil, viendo cómo los vehículos arrancaban. Vio a Ferran subir al coche y cómo Vanesa lo recibía con un beso en los labios antes de cerrar la puerta.

Gavi se acercó a Pedri cuando el polvo de los neumáticos empezó a asentarse.

— ¿Por qué no le has dicho nada? —preguntó Gavi con una mezcla de rabia y lástima—. Es el padre de tu hijo, Pedri. Tiene derecho a saberlo. Y tú tienes derecho a recuperarlo.

— ¿Recuperar qué, Gavi? —Pedri se giró, y por primera vez, Gavi vio la devastación absoluta en sus ojos—. Él no me conoce. Ama a esa mujer. Si le digo la verdad, solo conseguiré que se sienta culpable o que nos odie por arruinar su paz. Y no voy a arriesgar a Nano. Si Vanesa se entera de que el "héroe" de su asentamiento tiene una familia previa, ¿qué crees que pasará?

— Ferran te protegería —insistió Gavi.

— El Ferran que yo conocía lo haría —dijo Pedri, mirando hacia el camino vacío—. Pero ese hombre se ha ido. El que acaba de irse es un extraño que lleva la cara del hombre que amé.

Pedri caminó hacia el granero, sintiendo el peso de cada paso. Entró y encontró a Nano sentado en el suelo, jugando con una pequeña figura de madera que Ferran le había tallado a Pedri años atrás, antes de que todo terminara.

Se sentó en el suelo junto al niño y lo rodeó con sus brazos, ocultando su rostro en el pequeño cuello del infante.

— ¿Papi, por qué lloras? —preguntó Nano, acariciando el cabello de su padre con sus manos diminutas.

— No es nada, Nano —sollozó Pedri—. Es solo que hoy he visto un fantasma.

— ¿Los fantasmas muerden? —preguntó el niño con miedo.

Pedri negó con la cabeza, apretando los ojos con fuerza.

— No, mi vida. Los fantasmas no muerden. Pero a veces, rompen el corazón mucho más fuerte que cualquier monstruo.

Esa noche, Pedri se quedó despierto mirando la luna desde la ventana de su pequeña celda en la abadía. Pensó en Ferran, durmiendo en los brazos de Vanesa, convencido de que su vida había empezado el día que ella lo encontró. Pensó en las promesas de sangre y ceniza que se hicieron en el bosque, promesas que ahora solo vivían en la memoria de uno.

Decidió que, mientras Ferran fuera feliz, él guardaría el secreto. Protegería a Nano del dolor de un padre que no lo quería porque no podía recordarlo. Sería el guardián de un pasado que ya no pertenecía a nadie más que a él.

— Te amo, Ferran —susurró al viento frío de la noche—. Y porque te amo, te dejo ser el hombre que ella cree que eres.

En la distancia, en un asentamiento a kilómetros de allí, un hombre llamado Ferran se despertaba sobresaltado, con el nombre de un príncipe en los labios y el sabor de la sal en el alma, sin entender por qué su corazón lloraba por alguien a quien estaba seguro de no haber conocido jamás.

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