Epai
El Eco de un Corazón Olvidado
El invierno había golpeado la abadía con una crueldad que solo el fin del mundo podía justificar. Las paredes de piedra rezumaban una humedad gélida que calaba hasta los huesos, y el suministro de leña empezaba a escasear peligrosamente. Pedri, envuelto en una capa de lana gruesa que alguna vez fue parte de un tapiz real, caminaba por el patio central con Nano de la mano. El niño, ajeno a la tragedia silenciosa que su padre cargaba en el pecho, saltaba sobre los charcos helados, riendo cada vez que el hielo crujía bajo sus pequeñas botas.
— ¡Mira, papi! —exclamó Nano, señalando una escarcha que brillaba como diamantes sobre una viga de madera—. ¡Es magia!
Pedri forzó una sonrisa, esa que se había convertido en su armadura diaria.
— Sí, pequeño. Es magia del invierno.
Gavi estaba apoyado contra la puerta principal, observando el horizonte con unos binoculares desgastados. Desde la visita del grupo de la Costa meses atrás, el joven guerrero se había vuelto aún más taciturno, especialmente con Pedri. A menudo lo encontraba mirándolo con una mezcla de lástima y frustración, como si estuviera esperando que Pedri finalmente explotara y reclamara lo que le pertenecía.
— Se acerca algo —dijo Gavi, bajando los binoculares. Su voz era tensa, profesional—. No es una patrulla normal. Vienen a pie, y vienen rápido.
Pedri alzó la vista. A lo lejos, una columna de figuras se movía con torpeza por el camino de la colina. No eran muertos; su paso era demasiado coordinado, aunque desesperado. Eran humanos huyendo de algo mucho peor.
— ¡Abran las puertas! —gritó el líder de la abadía desde la torre—. ¡Son supervivientes!
Pedri tomó a Nano en brazos instintivamente, apretándolo contra su pecho. Se quedó al lado de Gavi mientras los portones de hierro chirriaban al abrirse. El grupo que entró era la sombra de lo que Pedri recordaba. Los vehículos blindados habían desaparecido, sustituidos por camillas improvisadas y rostros cubiertos de hollín y sangre.
Al frente del grupo, Vanesa caminaba con un brazo vendado y la mirada desencajada. Detrás de ella, ayudando a cargar a un herido, estaba Ferran.
El corazón de Pedri dio un vuelco violento. Ferran estaba vivo, pero su aspecto era deplorable. Tenía la ropa desgarrada y una mancha de sangre seca le recorría el cuello. Al entrar en el patio, sus ojos recorrieron el lugar con la urgencia de quien busca un santuario, hasta que se detuvieron en la figura de Pedri y el niño que sostenía.
Ferran se quedó paralizado. El herido que sostenía casi se le resbala de las manos, pero Vanesa lo sujetó rápidamente, lanzando una mirada fulminante hacia la entrada.
— ¡Ayudadnos! —gritó Vanesa, ignorando por un momento la tensión—. La Costa ha caído. Una horda inmensa... nos rodearon en mitad de la noche. No queda nada.
Los médicos de la abadía corrieron hacia ellos. En mitad del caos, Ferran se soltó de la camilla y caminó unos pasos hacia Pedri. Sus ojos no se apartaban de Nano. El niño, curioso, asomó la cabecita por encima del hombro de su padre y miró al extraño con sus grandes ojos castaños, los mismos ojos que Ferran veía cada vez que se miraba en un espejo roto.
— Tú... —la voz de Ferran era un susurro ronco—. El chico del huerto.
Pedri tragó saliva, sintiendo que el nudo en su garganta le impedía respirar.
— Hola, Ferran —dijo Pedri, tratando de mantener la voz firme.
Gavi dio un paso al frente, cruzándose de brazos, con la mano peligrosamente cerca del mango de su cuchillo.
— Vaya, parece que el "Tiburón" ha perdido los dientes —escupió Gavi con sarcasmo—. ¿Dónde están vuestros coches blindados ahora?
Ferran no respondió al insulto. Parecía estar en trance, mirando alternativamente a Pedri y al niño. Una sombra de dolor cruzó su rostro, una mano se le subió a la sien, presionando con fuerza.
— Fer, ven aquí ahora mismo —ordenó Vanesa. Se había acercado a ellos con una rapidez felina, colocándose entre Ferran y Pedri. Sus ojos brillaban con una sospecha que rozaba la paranoia—. Tenemos que organizar el triaje. No hay tiempo para charlas.
— Vanesa, el niño... —balbuceó Ferran, señalando a Nano—. Ese niño tiene algo...
Vanesa le tomó la cara con ambas manos, obligándolo a mirarla solo a ella. Su gesto era posesivo, casi violento bajo la apariencia de cariño.
— Estás en shock, Fer. Es el cansancio. Has luchado durante horas. Ven conmigo, ahora.
Ferran se dejó arrastrar, pero antes de desaparecer tras las puertas de la enfermería, volvió la cabeza una última vez. Su mirada se cruzó con la de Pedri, y por un segundo, solo un segundo, Pedri creyó ver un destello de angustia, una chispa de fuego antiguo que luchaba por emerger de entre las cenizas de su memoria borrada.
— Esto es una pesadilla —susurró Pedri, bajando a Nano al suelo.
— Es una oportunidad, Pedri —dijo Gavi, acercándose a él—. Míralo. Está confundido. Ella lo tiene drogado con palabras y mentiras, pero su instinto no es tonto. Ha visto al crío y ha sentido el golpe.
— No puedo, Gavi. Mira a Vanesa. Ella sabe que algo pasa. Si intento acercarme, causaré una guerra interna que este refugio no puede permitirse.
Horas más tarde, se celebró una reunión de emergencia en el refectorio de la abadía. Los líderes discutían cómo integrar a los cincuenta supervivientes de la Costa. Pedri estaba presente en calidad de responsable de suministros.
Vanesa estaba sentada a la mesa, con Ferran de pie justo detrás de ella, como un guardaespaldas silencioso. Ella no soltaba su mano bajo la mesa; Pedri podía verlo desde su posición. Era como si Vanesa temiera que, si lo soltaba un instante, Ferran se desvanecería o, peor aún, recordaría.
— Agradecemos vuestra hospitalidad —decía Vanesa con tono diplomático—. Tenemos guerreros experimentados que pueden ayudar con vuestras defensas. Ferran es el mejor de ellos.
El líder de la abadía asintió.
— Lo sabemos. Su reputación le precede, aunque aquí muchos lo conocían por otro nombre en el pasado.
Vanesa tensó la mandíbula. Sus ojos se clavaron en Pedri, que intentaba concentrarse en sus notas.
— Ferran no tiene pasado —sentenció ella con frialdad—. Su vida empezó conmigo en el bosque. Todo lo anterior es ruido y estática. Y no permitiré que nadie llene su cabeza con fantasías.
Ferran, detrás de ella, frunció el ceño. Sus ojos vagaban por la sala, deteniéndose en los crucifijos de piedra, en las vigas de madera... y finalmente en Pedri.
— Pedri —dijo Ferran de repente, rompiendo el protocolo de la reunión. Su voz resonó en el silencio del refectorio.
Vanesa apretó la mano de Ferran con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.
— ¿Sí? —respondió Pedri, levantando la vista con el corazón en un puño.
— El niño de antes... ¿cómo se llama?
— Se llama Nano —respondió Pedri, omitiendo deliberadamente el nombre completo.
— Nano... —repitió Ferran, y una sonrisa involuntaria, casi una mueca de dolor, apareció en sus labios—. Es un buen nombre. Se parece mucho a ti.
— Fer, basta —siseó Vanesa, levantándose bruscamente—. Estamos aquí para hablar de seguridad, no de niños. La reunión ha terminado por hoy.
Vanesa salió de la sala prácticamente arrastrando a Ferran. Pedri se quedó allí, sentado, sintiendo que el techo se le caía encima. Gavi, que estaba apoyado en la pared del fondo, se acercó a él.
— Ella lo sabe, Pedri. Sabe que tú eres la pieza que le falta al rompecabezas de Ferran. Y va a hacer todo lo posible por quitarte de en medio.
— Que lo intente —dijo Pedri, y por primera vez en años, su voz recuperó el tono de un príncipe que no estaba dispuesto a ceder su corona—. Ya me quitó a Ferran una vez porque él no podía defenderse. Pero ahora tengo a Nano. Y por mi hijo, soy capaz de quemar este mundo entero.
La noche cayó sobre la abadía, pero la paz no llegó con ella. Pedri no podía dormir. Se levantó de su camastro, dejando a Nano profundamente dormido, y salió al claustro para respirar el aire frío.
Caminó hacia el huerto, el único lugar donde se sentía verdaderamente él mismo. Pero al llegar, vio una figura sentada en el banco de piedra. Era Ferran. Estaba solo, mirando hacia la luna con una expresión de absoluta soledad.
Pedri dudó, pero sus pies se movieron por sí solos.
— Es tarde para estar fuera —dijo Pedri suavemente.
Ferran se sobresaltó, pero al ver que era él, se relajó visiblemente.
— No puedo dormir. Cada vez que cierro los ojos, escucho gritos. Pero no son los gritos del ataque de ayer. Son gritos de... una boda. Y olor a incienso. Y veo una capa azul y oro.
Pedri sintió que las lágrimas acudían a sus ojos. Se sentó a una distancia prudencial en el banco.
— Son solo sueños, Ferran. Eso es lo que dice Vanesa, ¿no?
Ferran se giró hacia él. En la oscuridad, sus ojos parecían buscar una verdad que se le escapaba entre los dedos.
— Vanesa me quiere. Me salvó. Pero cuando te veo a ti... cuando vi a ese niño hoy... sentí un tirón aquí —dijo, golpeándose el pecho con el puño—. Un tirón tan fuerte que casi me hace caer de rodillas. Pedri, dime la verdad. ¿Quién era yo antes?
Pedri abrió la boca para hablar, para soltarlo todo, para decirle "Eres Ferran Torres, el hombre que me amó en un reino de oro, el hombre que me dio un hijo en mitad de un apocalipsis", pero un ruido de pasos rápidos lo interrumpió.
Vanesa apareció desde las sombras del claustro, con una linterna en la mano. Su rostro estaba desencajado por la rabia.
— ¡Sabía que estarías aquí! —le gritó a Ferran, ignorando por completo a Pedri—. ¡Te he dicho mil veces que no te alejes de mí! Estás confundido, el trauma te está jugando malas pasadas.
— Solo estaba hablando, Vanesa —dijo Ferran, levantándose con lentitud.
— ¡No tienes nada de qué hablar con él! —Vanesa se acercó a Pedri, señalándolo con el dedo—. Escúchame bien, "príncipe". Sé perfectamente quién eres. Sé lo que Gavi insinúa. Pero Ferran es mío. Yo lo reconstruí de las cenizas mientras tú huías con tu bastardo. Si intentas acercarte a él otra vez, le diré al consejo que eres una amenaza para la estabilidad del grupo. Y sabes que me creerán.
— Vanesa, basta —dijo Ferran, su voz cobrando un matiz de autoridad que hizo que la mujer se callara—. No le hables así.
— ¡Lo hago por ti, Fer! —exclamó ella, cambiando su tono a uno de súplica manipuladora—. Ellos quieren confundirte. Quieren quitarte la paz que hemos construido. ¿Acaso no eres feliz conmigo?
Ferran guardó silencio. Miró a Pedri, luego a Vanesa, y finalmente bajó la vista.
— Sí. Soy feliz —dijo, aunque sus palabras sonaron huecas, como un eco en un pozo vacío.
Vanesa tomó su brazo y lo guio de vuelta a las celdas de los invitados. Pedri se quedó solo en el huerto, temblando de frío y de rabia contenida.
A la mañana siguiente, el ambiente en la abadía era eléctrico. Los hombres de Vanesa se movían con una arrogancia que molestaba a los residentes habituales. Gavi y Pedri estaban en la entrada, organizando la salida de una patrulla de reconocimiento, cuando Nano salió corriendo del granero, persiguiendo una pelota de cuero.
El niño no vio que uno de los hombres de Vanesa estaba practicando con una ballesta cerca de las caballerizas. Una flecha salió disparada accidentalmente cuando el hombre tropezó.
— ¡Nano! —gritó Pedri, lanzándose hacia adelante.
Pero no fue lo suficientemente rápido. La flecha silbó en el aire, dirigida directamente hacia la pequeña figura del niño.
De la nada, una sombra se interpuso. Ferran, que estaba revisando los arneses de los caballos, se lanzó al suelo, atrapando a Nano en pleno vuelo y rodando con él sobre el barro justo cuando la flecha impactaba contra la pared de madera, a escasos centímetros de donde había estado la cabeza del niño.
El silencio que siguió fue sepulcral.
Pedri llegó hasta ellos, cayendo de rodillas. Ferran estaba en el suelo, protegiendo el cuerpo de Nano con sus propios brazos. El niño lloraba del susto, pero estaba ileso.
— ¿Estás bien? ¿Estás bien? —sollozaba Pedri, revisando a Nano con manos frenéticas.
Ferran se levantó lentamente, todavía sosteniendo al niño. Sus ojos estaban fijos en la pequeña cara de Nano. El niño, al sentir el calor de los brazos que lo sostenían, dejó de llorar y puso una manita en la mejilla de Ferran.
— Gracias, señor —susurró Nano con voz temblorosa.
Ferran cerró los ojos y una lágrima solitaria rodó por su mejilla. En ese momento, algo dentro de su mente hizo clic. El tacto de esa piel, el olor del niño... era el mismo olor que el de Pedri. Era el olor de su propia sangre.
— De nada... pequeño —dijo Ferran, y esta vez, su voz no era la del soldado de Vanesa. Era la voz del capitán de la guardia del Reino de Oro.
Vanesa llegó corriendo, seguida de varios guardias.
— ¡Fer! ¿Qué ha pasado? —preguntó, intentando apartar a Ferran del niño.
Pero Ferran no se movió. Se puso de pie, todavía con Nano en brazos, y miró a Vanesa con una claridad aterradora.
— Se llama Ferran, ¿verdad? —preguntó Ferran, mirando a Pedri.
Pedri, con el corazón en la garganta, asintió.
— Se llama Ferran Pedro —dijo Pedri, su voz resonando en todo el patio—. Como su padre.
Vanesa palideció.
— Fer, no escuches... es una trampa, él quiere...
— ¡Cállate, Vanesa! —rugió Ferran. Su voz hizo que los caballos relincharan y que los hombres retrocedieran—. Ya no hay más ruido en mi cabeza. Solo hay una verdad.
Ferran se acercó a Pedri y, con una delicadeza infinita, le entregó al niño. Luego, con un movimiento fluido, desenvainó su espada y la clavó en el suelo frente a Pedri, hincando una rodilla en el barro. Era el saludo oficial de la guardia real, el mismo que le había hecho mil veces en el salón del trono.
— Majestad —dijo Ferran, con la cabeza gacha—. Siento haberme retrasado tanto en mi regreso.
Gavi soltó un suspiro que era mitad risa y mitad sollozo, desenvainando su propia arma en señal de respeto. Los residentes de la abadía, confundidos pero conmovidos por la escena, guardaron un silencio reverente.
Vanesa retrocedió, viendo cómo su mundo de mentiras se desmoronaba.
— No puedes hacerme esto, Ferran. Yo te salvé...
— Me salvaste el cuerpo, Vanesa. Pero me robaste el alma durante dos años —dijo Ferran, levantándose. Su mirada era de acero puro—. Vete. Coge a tu gente y vete de este refugio antes de que recuerde todas las mentiras que me contaste cada noche.
— ¡No se irá a ninguna parte sin escolta! —gritó el líder de la abadía, viendo la oportunidad de librarse de la tensión.
Vanesa, derrotada y rodeada por las miradas de desprecio de aquellos que ya conocían la historia, se dio la vuelta y se marchó hacia las puertas, seguida por sus hombres más leales.
Ferran se quedó allí, de pie en mitad del patio, mientras la lluvia empezaba a caer suavemente. Pedri se acercó a él, todavía con Nano en brazos. El niño miraba al guerrero con curiosidad, reconociendo instintivamente la seguridad que emanaba de él.
— ¿Lo recuerdas todo? —preguntó Pedri en un susurro.
Ferran extendió una mano y acarició la mejilla de Pedri, limpiando una lágrima con el pulgar.
— Recuerdo el jardín. Recuerdo tus celos por Sira. Recuerdo el olor a incienso de la catedral y el sabor de tus labios en el bosque —Ferran sonrió, y esta vez, la sonrisa llegó hasta sus ojos—. Y recuerdo que te prometí que nadie te tocaría mientras me quedara aliento. Siento haber roto esa promesa durante un tiempo.
Pedri se inclinó y apoyó su frente contra la de Ferran.
— No la rompiste. Estuviste buscándonos en tus sueños.
Nano, aburrido de la escena sentimental, tiró del pelo de Ferran.
— ¿Tú eres mi papá? —preguntó el niño con la franqueza de la infancia.
Ferran soltó una carcajada, una de verdad, llena de vida y de esperanza. Tomó a Pedri por la cintura y al niño por la espalda, envolviéndolos a ambos en un abrazo que parecía capaz de detener el mismo apocalipsis.
— Sí, Nano. Soy tu papá. Y esta vez, no voy a dejar que ningún fantasma nos separe.
Bajo el cielo plomizo de la abadía, el capitán y el príncipe se reencontraron finalmente. El reino de oro había caído, el mundo estaba en ruinas y los muertos seguían acechando tras los muros, pero en ese pequeño rincón de barro y piedra, la vida había ganado la batalla más importante. Ferran y Pedri ya no eran piezas de un destino ajeno; eran los arquitectos de su propio futuro, unidos por un lazo que ni el olvido ni la muerte habían podido romper.