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Entre acordes rotos y raíces profundas
Los dos días siguientes al incidente fueron un ejercicio de frustración silenciosa para Luka. Jeremy se había convertido en un experto en el arte de la evasión, utilizando su energía caótica como una cortina de humo. Cada vez que Luka intentaba bajar el tono de la conversación o buscaba un momento de quietud, Jeremy sacaba un tema nuevo: una teoría conspirativa sobre por qué los bajistas siempre parecen aburridos, un juguete roto que había encontrado en un callejón o una imitación ruidosa de algún profesor.
Luka lo observaba con su habitual paciencia pragmática, aunque por dentro sentía una punzada de ansiedad. No era el rechazo lo que le dolía —estaba acostumbrado a la soledad y a la distancia—, sino la idea de que Jeremy estuviera cargando con algo pesado y que no confiara en él para compartirlo. El brote en la coronilla de Luka parecía lánguido, reflejando su cansancio emocional.
Finalmente, el tercer día, Luka decidió cambiar de estrategia. No lo abordó en el café, ni en el garaje lleno de gente. Esperó a que Jeremy pasara por su habitación para devolverle un disco de *Radiohead*.
—Jeremy —dijo Luka suavemente, cerrando la puerta con un clic casi imperceptible—. No tienes que irte todavía. He preparado té, y tengo un sándwich de huevo extra.
Jeremy, que ya tenía una mano en el pomo de la puerta y una broma sobre "la dieta de los monjes" lista en la punta de la lengua, se detuvo. Miró a Luka. El brasileño no parecía enfadado, ni exigente. Se veía... tranquilo. Como un lago en calma que invita a descansar en su orilla.
—Bueno, si hay comida de por medio... —Jeremy soltó una risa nerviosa y se dejó caer en la silla de madera junto al escritorio de Luka—. Pero que sepas que me estoy haciendo un favor, Souza. Tu cocina es sospechosa.
Luka no respondió a la provocación. Sirvió el té en dos tazas desparejadas y se sentó en el borde de su cama, frente a Jeremy. El silencio se prolongó, pero no era el silencio tenso de los días anteriores. Era un espacio que Luka estaba sosteniendo con cuidado, permitiendo que Jeremy se aclimatara.
—Jeremy —comenzó Luka, midiendo cada palabra como si estuviera podando una planta delicada—, me importa mucho lo que tenemos. Y me importas tú. Lo que pasó el otro día... la forma en que te alejaste... solo quiero saber si estás bien.
Jeremy bajó la mirada hacia su taza, jugueteando con el borde. Sus dedos, siempre inquietos, tamborileaban un ritmo inexistente contra la cerámica.
—Estoy genial, hombre. Ya te lo dije, tus manos estaban frías. Parecías un cadáver del siglo XIX intentando seducirme. Un poco gótico para mi gusto, ¿sabes? —Trató de sonreír, pero sus ojos ámbar no acompañaron el gesto. Estaban fijos en el líquido oscuro.
—Si hice algo que te incomodara —continuó Luka, ignorando el intento de desvío—, o si te sentiste presionado, necesito que me lo digas. No quiero ser alguien que te haga sentir inseguro. Mi intención nunca fue... forzar una situación para la que no estuvieras listo. Si cometí un error, lo siento de verdad.
Jeremy sintió un nudo en la garganta. Escuchar a Luka culparse a sí mismo era peor que cualquier otra cosa. Luka, que siempre era tan correcto, tan respetuoso, tan... sólido. La idea de que Luka pensara que él era el problema le resultaba insoportable. Jeremy sabía que el problema era él mismo, su cuerpo, esa carcasa que sentía que no encajaba en ninguna parte.
—No, no, no —Jeremy levantó la cabeza de golpe, sus ojos brillando con una intensidad inusual—. No fuiste tú. En serio, Luka. Tú eres... eres perfecto. Eres como una de esas estatuas de los libros de historia, pero con mejor pelo. El problema no es lo que hiciste.
—¿Entonces? —preguntó Luka, inclinándose un poco hacia adelante, con la mirada llena de una empatía tan pura que Jeremy tuvo que volver a mirar hacia otro lado.
Jeremy soltó un suspiro largo y tembloroso. Se rascó la nuca, despeinando aún más su cabello rebelde. ¿Cómo explicarlo sin sonar como un completo idiota? ¿Cómo decirle que se sentía como un montón de piezas sobrantes unidas con pegamento barato?
—Es que... a veces siento que soy como uno de esos juguetes que compro en las ventas de garaje —dijo Jeremy, hablando rápido, las palabras atropellándose unas a otras—. Ya sabes, los que tienen una pierna de otro color, o que tienen cicatrices de haber sido masticados por un perro, o que simplemente están... deformes. Y me gustan, ¿sabes? Los colecciono porque nadie más los quiere. Pero... pero cuando tú me miras, o cuando intentas... ya sabes, tocar... me doy cuenta de que yo soy el juguete roto.
Luka escuchó en silencio, procesando la metáfora. No lo interrumpió. Sabía que Jeremy necesitaba este rodeo lingüístico para llegar a la verdad.
—Y no es que no quiera —continuó Jeremy, bajando la voz hasta que fue casi un susurro—. Es que me da miedo que, si me ves de verdad, sin la ropa ancha y sin las luces apagadas... te des cuenta de que no soy lo que esperabas. Tengo estas marcas por todos lados, Luka. Y no soy delgado como tú, tengo esta... esta barriga de comer pizza fría y estar sentado tocando la guitarra. Y mi postura es un desastre, parezco el jorobado de Notre Dame pero sin el carisma de Disney.
Jeremy hizo un gesto vago hacia su propio cuerpo, una mueca de autodesprecio cruzando su rostro.
—A veces me miro al espejo y pienso: "¿Por qué alguien como Luka querría esto?". Eres tan... ordenado. Tus plantas crecen rectas, tus libros están alineados. Y yo soy un caos de piel y cicatrices. Me da pánico que, si das el siguiente paso, te arrepientas a mitad de camino.
Luka sintió que el corazón se le encogía. Había unido las piezas rápidamente: la inseguridad física, el miedo al juicio, la baja autoestima disfrazada de humor ruidoso. Miró a Jeremy, viendo más allá de la superficie, viendo al chico que rescataba juguetes viejos porque veía valor en lo que otros desechaban, pero que era incapaz de ver ese mismo valor en sí mismo.
—Jeremy —dijo Luka, levantándose lentamente para no asustarlo. Se arrodilló en el suelo, frente a la silla de Jeremy, quedando por debajo de su línea de visión—. ¿Sabes por qué me gustan las plantas que rescato de la basura?
Jeremy parpadeó, confundido por el cambio de tema.
—¿Porque eres un bicho raro igual que yo?
—Tal vez —Luka esbozó una pequeña sonrisa—. Pero es porque cada marca en una hoja, cada tallo torcido, cuenta una historia de supervivencia. Una planta que ha crecido perfecta en un invernadero es aburrida. No tiene carácter. Pero una que ha sobrevivido a la sequía, que se ha doblado para buscar la luz... esa es la que tiene fuerza.
Luka extendió una mano, pidiendo permiso en silencio. Jeremy, tras dudar un segundo, puso su mano sobre la de Luka. Los dedos largos de Luka se cerraron con suavidad sobre los de Jeremy.
—Tus cicatrices, tu cuerpo... todo eso es parte de quien eres. Y yo no estoy enamorado de una estatua de mármol, Jeremy. Estoy enamorado de ti. Del chico que me hace reír cuando quiero llorar, del que toca la guitarra hasta que le sangran los dedos, del que tiene el corazón más grande que he conocido.
Jeremy sintió que una lágrima rebelde se escapaba y rodaba por su mejilla, perdiéndose cerca de su mandíbula.
—Pero no soy... no soy bonito, Luka.
—Para mí lo eres —respondió Luka con una firmeza absoluta, sin un ápice de duda en su voz—. Eres la persona más hermosa que he tenido el privilegio de conocer. Y no me importa si tienes barriga, o si tu espalda no es recta, o si tienes marcas. Cada centímetro de ti es valioso para mí porque te pertenece.
Jeremy soltó un sollozo ahogado y se inclinó hacia adelante, escondiendo el rostro en el hombro de Luka. Luka lo rodeó con sus brazos, apretándolo contra él, ofreciéndole ese refugio seguro que Jeremy tanto necesitaba. Se quedaron así un largo rato, el único sonido en la habitación era la respiración agitada de Jeremy que poco a poco se iba acompasando con la de Luka.
—Siento ser tan... así —murmuró Jeremy contra la tela de la camisa de Luka—. Tan intenso y tan inseguro. Debería ser el tipo guay que escucha Nirvana y no le importa nada, pero a veces me siento como un niño pequeño que tiene miedo de la oscuridad.
—Todos tenemos miedo de la oscuridad, Jeremy —susurró Luka, acariciando el cabello negro y enredado de su novio—. Yo paso mis días pensando que Dios me va a castigar por quererte. Paso mis noches sintiéndome solo incluso cuando estoy rodeado de gente. Mi "perfección" es solo una máscara para que nadie vea lo roto que estoy por dentro.
Jeremy se separó un poco, mirando a Luka con sorpresa.
—¿Tú? ¿Roto? Pero si eres... eres Luka.
—Exacto. Soy Luka. Y estoy tan asustado como tú. Pero cuando estoy contigo, el miedo es más pequeño.
Jeremy sonrió, esta vez de verdad, aunque fuera una sonrisa pequeña y cansada. Se limpió los ojos con la manga de su camiseta gigante y exhaló un suspiro de alivio. La tensión que se había acumulado en sus hombros durante los últimos días pareció evaporarse, dejando tras de sí una sensación de ligereza que no había sentido en mucho tiempo.
—Entonces... ¿no estás enfadado porque te empujé? —preguntó Jeremy con un rastro de su habitual sarcasmo volviendo a su voz.
—No —respondió Luka, volviendo a sentarse en la cama pero sin soltar la mano de Jeremy—. Solo estaba preocupado. Pero ahora lo entiendo. Y Jeremy... no tenemos que hacer nada que no quieras. Podemos pasar el resto de nuestras vidas solo dándonos besos y escuchando tus discos rayados si eso es lo que te hace sentir seguro. No tengo prisa.
Jeremy apretó la mano de Luka.
—Gracias, brasileño. De verdad. Algún día... tal vez algún día deje de ser un cobarde y te deje ver el desastre completo. Pero por ahora, me gusta esto. Estar aquí. Contigo. Sin tener que pretender que soy un dios del rock.
—Mejor —dijo Luka—. Los dioses del rock son difíciles de cuidar. Prefiero a mi bicho raro.
Jeremy soltó una carcajada, esta vez limpia y sonora, la clase de risa que siempre hacía que el brote en la cabeza de Luka se irguiera con alegría. Se quedaron un rato más compartiendo el sándwich de huevo y hablando de cosas triviales: de la nueva canción de Amy, de los libros que Luka quería leer y de por qué el béisbol era el único deporte que tenía sentido.
El tema del sexo, del siguiente paso, quedó suspendido en el aire, pero ya no como una amenaza o una fuente de ansiedad, sino como una puerta que se abriría cuando ambos tuvieran la llave. No había presión, no había juicios.
Cuando Jeremy finalmente se levantó para irse, ya entrada la noche, se detuvo en el umbral de la puerta y miró a Luka.
—Oye, Souza.
Luka levantó la vista de su libreta de botánica.
—¿Sí?
—"Plantasia" no está tan mal. Es música para gente que habla con los helechos, pero tiene su punto.
Luka sonrió, una sonrisa real que iluminó su rostro serio.
—Vete a casa, Jeremy.
—¡Ya me voy! ¡Pero mañana te traeré un disco de *The Smiths* que no esté rayado! ¡Lo juro por mi colección de figuras de acción!
Jeremy bajó las escaleras casi saltando, tarareando una melodía de *Radiohead* que sonaba extrañamente alegre en su voz. Luka se quedó en su habitación, escuchando cómo el eco de Jeremy se desvanecía en la calle. Se acercó a su ventana y miró hacia afuera. La ciudad seguía siendo gris, ruidosa y caótica, pero dentro de él, algo se había sanado.
Se dio cuenta de que la madurez no consistía en no tener miedo, sino en ser capaz de sostener la mano de alguien mientras ambos temblaban. Y mientras regaba su pequeña orquídea antes de dormir, Luka sintió que, por primera vez en su vida, no necesitaba pedir perdón por ser quien era. Jeremy lo aceptaba, con sus culpas y sus silencios, de la misma forma que él aceptaba a Jeremy con sus cicatrices y sus ruidos.
Esa noche, Luka durmió sin soñar con pasillos oscuros de conventos ni con juicios divinos. Durmió con la certeza de que el amor, el de verdad, no buscaba la perfección, sino la conexión. Y en ese pequeño cuarto que olía a tierra y papel, dos chicos habían logrado construir algo mucho más sólido que cualquier deseo carnal: habían construido un hogar en el otro.