Espinas en la tardé
Vínculos de Sangre y Ceniza
La habitación todavía conservaba el eco de una violencia que no era del todo odio, sino una colisión de naturalezas primordiales. El aire, denso y viciado, pesaba sobre los hombros de Itachi mientras observaba la figura que yacía a sus pies. Orochimaru, el hombre que pretendía desafiar a los dioses y a la biología misma, respiraba con dificultad, con la seda de su kimono desgarrada y el cabello azabache esparcido como tinta derramada sobre los cojines.
En la base de su cuello, justo por encima del collar de hierro que ahora parecía una broma de mal gusto, brillaba una marca fresca. No era una herida limpia de katana, sino el estigma de unos colmillos que habían reclamado soberanía. La primera marca. Un reclamo de propiedad que, según las leyes de los ancestros, vinculaba el alma del omega al alfa que lo había sometido.
Itachi se limpió un rastro de sangre de la comisura de los labios con el dorso de la mano. Sus ojos, aún encendidos por el Sharingan, no mostraban arrepentimiento, solo una frialdad absoluta que ocultaba el torbellino de instintos que aún rugían en su pecho.
—Lo has conseguido —dijo Itachi, su voz recuperando esa cadencia de acero que lo caracterizaba—. Has usado tu celo como un arma, Orochimaru. Has forzado mi mano, pero no creas que esto te otorga la libertad que buscas.
Orochimaru dejó escapar una risa quebrada, un sonido sibilante que terminó en un gemido de dolor contenido. Se llevó los dedos pálidos a la mordida, sintiendo el pulso de Itachi todavía vibrando en su propia carne. La conexión era embriagadora; el aroma a sándalo y fuego del Uchiha ahora corría por sus venas, aplacando el veneno de su propio celo, pero encadenándolo de una forma que ni siquiera su intelecto superior había previsto del todo.
—La libertad es un concepto relativo, Itachi-kun —susurró Orochimaru, alzando la mirada. Sus ojos amarillos estaban nublados por la fiebre, pero conservaban esa chispa de malicia triunfante—. Ahora soy tuyo por ley divina y terrenal. Ni el Shogun, ni tus ancianos, pueden deshacer lo que tus instintos han dictado. ¿No sientes ese peso en tu sangre? La necesidad de protegerme... de poseerme por completo.
Itachi no respondió. La posesividad de un alfa Uchiha era una leyenda oscura en todo el imperio. Se decía que un Uchiha no amaba, sino que obsesionaba; que su protección era una jaula de oro de la que nadie escapaba con vida. Al marcar a Orochimaru, Itachi no solo había detenido un experimento prohibido, sino que se había convertido en el carcelero perpetuo de la serpiente.
La paz momentánea fue interrumpida por el sonido rítmico de sandalias de madera sobre el pasillo exterior. Un mensajero del Shogunato, escoltado por guardias de la casta beta, se detuvo ante la puerta.
—¡Uchiha Itachi-sama! —exclamó el mensajero, sin atreverse a entrar en la habitación donde el aroma del alfa dominante aún era una advertencia física—. Traigo órdenes urgentes de la capital. El Shogun exige su presencia inmediata. Los rumores sobre los rituales en Otogakure han llegado a sus oídos y demanda la cabeza del traidor Orochimaru.
Itachi miró a Orochimaru. El omega le devolvió una sonrisa lánguida, sabiendo que el tablero de Shogi acababa de cambiar. Si Itachi entregaba a Orochimaru ahora, el vínculo de la marca causaría una agonía insoportable en ambos, una herida en el alma que podría llevar al alfa a la locura.
—Dile al Shogun que partiré al amanecer —ordenó Itachi, su voz resonando a través de la madera—. Pero el prisionero queda bajo mi custodia exclusiva. Nadie debe acercarse a esta cámara.
***
El viaje a la capital fue un desfile de tensiones silenciosas. Orochimaru viajaba en un palanquín cerrado, pero Itachi cabalgaba a su lado, siempre alerta, su presencia actuando como un escudo invisible. El aroma del omega, ahora marcado, era una señal para cualquier otro alfa de que entrar en su espacio personal significaba la muerte inmediata.
Al llegar al palacio del Shogun, la atmósfera era gélida. El Shogun, un hombre de avanzada edad pero de una voluntad férrea, los recibió en el salón de audiencias principal. A los lados, los ancianos del clan Uchiha, liderados por Fugaku, observaban con rostros de piedra.
—Itachi —comenzó el Shogun, su voz grave resonando en el salón—, te envié para erradicar una plaga, no para traerla a mi hogar. Se dice que has marcado a este criminal. Se dice que has permitido que tus instintos nublen tu juicio como samurái.
Itachi se arrodilló, pero no bajó la cabeza. Su espalda permanecía recta, la mano siempre cerca de su espada.
—Mi señor —respondió Itachi—, Orochimaru es un pozo de secretos que el Shogunato necesita. Matarlo habría sido un desperdicio de información. La marca es una garantía de control. Bajo mi vigilancia, no podrá realizar más experimentos.
Fugaku Uchiha dio un paso adelante, interviniendo con la autoridad de un líder de clan que conocía bien la naturaleza de su linaje.
—Shogun-sama, debe comprender que para un alfa Uchiha, la primera marca es un sello irrevocable. Separarlos ahora no solo destruiría a la criatura, sino que privaría al Shogunato de su mejor guerrero. El instinto de Itachi es ahora el guardián de la seguridad de estas tierras. Si Orochimaru intenta traicionarnos, Itachi lo sabrá antes de que el pensamiento cruce su mente.
El Shogun golpeó el suelo con su abanico de guerra, un sonido seco que hizo que los guardias se tensaran.
—¿Y qué hay de la justicia? —rugió el Shogun—. Ese omega ha profanado tumbas, ha secuestrado campesinos y ha buscado una inmortalidad que desafía el orden natural.
Orochimaru, que permanecía encadenado a un lado, soltó una risita que cortó la tensión como un cuchillo.
—La justicia es para los que no tienen visión, mi señor —dijo, ganándose una mirada de advertencia de Itachi—. Lo que yo buscaba era fortalecer al imperio. Pero ahora... ahora estoy bajo la "protección" del clan más poderoso. ¿No es eso una forma de justicia poética?
El Shogun guardó silencio durante un largo rato, midiendo la lealtad de Itachi contra el peligro que representaba Orochimaru. Finalmente, suspiró, una exhalación cargada de resignación y amenaza.
—Está bien, Itachi Uchiha. Te concedo la custodia de esta serpiente. Pero escucha bien mis palabras, y que tu clan las grabe en sus muros: si ese omega sale de las tierras de los Uchiha sin mi permiso, o si un solo informe de desapariciones llega de nuevo a mis oídos, no habrá marca que lo salve.
El Shogun se puso de pie, señalando con un dedo acusador hacia la pareja.
—Si dejas que esa serpiente se escape de tu control, todo el clan Uchiha perecerá. Tu linaje será borrado de la historia por tu incapacidad de dominar lo que has reclamado. ¿Aceptas esta carga, Itachi?
Itachi se inclinó profundamente, hasta que su frente casi tocó el suelo de madera pulida.
—Acepto, Shogun-sama. Mi vida y el honor de mi clan son el precio de su silencio.
***
Esa noche, de regreso en el complejo Uchiha, el aire era diferente. Ya no estaban en el territorio hostil de Otogakure, sino en el corazón del poder del fuego. Itachi condujo a Orochimaru a una habitación privada, lejos de las miradas curiosas y los susurros de desaprobación de sus primos y subordinados.
Una vez cerradas las puertas correderas, Itachi liberó las muñecas de Orochimaru de las cadenas de hierro. El omega se frotó las marcas rojas en su piel pálida, suspirando con un placer casi felino al recuperar el movimiento.
—Vaya, Itachi-kun... —murmuró Orochimaru, caminando lentamente alrededor del samurái como una sombra—. Has puesto el cuello de todo tu clan en la guadaña por mí. ¿Es eso instinto de alfa o es que realmente me has tomado cariño?
Itachi lo sujetó por el hombro, dándole la vuelta con una brusquedad que hizo que Orochimaru soltara un pequeño jadeo. Sus ojos rojos brillaban en la penumbra, llenos de una intensidad que rozaba lo salvaje.
—No te equivoques, Orochimaru —dijo Itachi, su voz vibrando con una amenaza latente—. He salvado tu vida porque eres más útil vivo que muerto, pero mi paciencia tiene un límite que tus juegos no pueden medir. La marca que llevas es mi promesa de que, si das un paso en falso, seré yo quien te arrebate el aliento. No el Shogun, no los ancianos. Yo.
Orochimaru se inclinó hacia él, apoyando sus manos sobre el pecho del Uchiha, sintiendo el latido fuerte y constante de su corazón. El aroma de Itachi lo envolvía, una mezcla de sándalo y una posesividad tan densa que casi podía saborearla.
—Lo sé —susurró el omega, su lengua rozando apenas la mandíbula de Itachi—. Y eso es lo que más me fascina de ti. Eres un hombre de honor que se ha atado a un monstruo.
Itachi cerró los ojos por un segundo, luchando contra el impulso de reclamar la segunda marca, aquella que sellaría el vínculo de forma permanente y total. Sabía que Orochimaru lo estaba tentando, tratando de encontrar las grietas en su armadura de samurái.
—Dormirás aquí —sentenció Itachi, soltándolo—. No intentarás salir. No intentarás contactar con tus antiguos aliados. Eres una sombra en este clan, y como tal, te quedarás en la oscuridad.
—¿Y tú, Itachi-kun? —preguntó Orochimaru, sentándose en el futón con una gracia insultante—. ¿Podrás dormir sabiendo que la serpiente está en tu nido? ¿O pasarás la noche vigilándome, temiendo que mi aroma te haga olvidar de nuevo tus sagrados deberes?
Itachi se detuvo en el umbral de la habitación. No se dio la vuelta, pero su silueta recortada contra el papel de las puertas parecía la de una deidad de la guerra.
—Ya te lo dije, Orochimaru. No soy como los otros. Mi voluntad es más fuerte que cualquier veneno que puedas segregar.
Salió de la habitación, dejando a Orochimaru solo en la penumbra. El omega se tocó de nuevo la marca en su cuello, sonriendo para sí mismo. El juego apenas comenzaba. Itachi creía que lo tenía bajo control, pero en el complejo mundo de las castas y el honor feudal, a veces la cadena que sujeta al prisionero es la misma que arrastra al guardián al abismo.
Afuera, la lluvia seguía cayendo, limpiando la sangre de los caminos, pero incapaz de borrar el estigma de la traición que ahora latía en el corazón del clan Uchiha. El Shogun esperaba un error, los ancianos esperaban una debilidad, y Orochimaru... Orochimaru esperaba el momento en que el sándalo se consumiera por completo en el fuego de su propia pasión.