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Esposo

El peso de la protección

La cita con el endocrinólogo había transcurrido exactamente como Aaron Hotchner lo había planeado. Los niveles estaban dentro de los parámetros aceptables, el bebé crecía al ritmo adecuado y el médico había reforzado cada una de las advertencias que Aaron ya le había dado a Leah. Para él, era una victoria táctica; para Leah, había sido una hora de sentirse como un espécimen bajo un microscopio, observada tanto por el especialista como por el escrutinio silencioso de su marido.

Cuando regresaron a la casa poco después del mediodía, el silencio se apoderó del vestíbulo. Aaron dejó las llaves sobre la mesa de la entrada y observó cómo Leah se despojaba de sus zapatos con un suspiro de alivio que pareció recorrer todo su cuerpo.

— ¿Te sientes bien? —preguntó él, acercándose para tomar su bolso y dejarlo a un lado.

— Estoy cansada, Aaron —respondió ella, sin mirarlo—. Solo... estoy muy cansada.

— Es normal. El cuerpo está trabajando el doble debido a la insulina y al desarrollo del bebé —explicó él, entrando en su modo analítico—. Deberías comer algo ligero y luego dormir un poco.

Leah se giró, apoyando una mano en la barandilla de la escalera. Sus ojos, usualmente brillantes, tenían una sombra de apatía que Aaron no pasó por alto.

— No quiero comer. Solo quiero acostarme. No me pidas que trague nada más ahora mismo, por favor.

Hotch apretó la mandíbula. Su instinto le decía que debía insistir en una pequeña porción de proteína para estabilizarla antes de la siesta, pero vio la palidez de su rostro y la forma en que sus hombros caían. Decidió ceder, una rareza en su estructura de mando.

— Está bien. Ve a la cama. Subiré en un momento.

Leah no esperó una segunda invitación. Subió las escaleras con paso lento, arrastrando una mano por la madera. Aaron la observó hasta que desapareció en el piso superior. Luego, se dirigió a la cocina. No para comer él, sino para preparar una bandeja que sabía que acabaría usando más tarde. Cortó unas rodajas de manzana verde, preparó una porción medida de queso bajo en grasa y llenó un vaso grande con agua fresca.

Mientras lo hacía, su teléfono vibró en el bolsillo de su pantalón. Era un mensaje de Rossi.

*“El sospechoso de Richmond se movió hacia el sur. Estamos revisando las cámaras de seguridad. No necesitas volver si las cosas están complicadas ahí, podemos manejarlo.”*

Aaron suspiró. Dave lo conocía demasiado bien. Sabía que Hotch estaba físicamente en su casa, pero que su mente seguía procesando los patrones geográficos del asesino que buscaban. Sin embargo, al mirar hacia el techo, hacia la habitación donde su esposa intentaba encontrar descanso, el perfilador se obligó a desconectarse.

Subió las escaleras diez minutos después. La habitación principal estaba en penumbra; Leah había corrido las pesadas cortinas, dejando que solo unos hilos de luz dorada se filtraran por los costados. Ella estaba sepultada bajo el edredón, una pequeña montaña de mantas de la que solo sobresalía su cabello oscuro esparcido sobre la almohada.

Aaron dejó la bandeja en la mesita de noche y se quitó la chaqueta del traje, colgándola con cuidado en el respaldo de una silla. Se desabrochó los puños de la camisa y se sentó en el borde del colchón. El peso de su cuerpo hizo que Leah se removiera, pero no abrió los ojos.

— Leah —susurró él, pasando una mano por su frente. Estaba fresca, lo cual era una buena señal—. Tienes que beber un poco de agua.

— No —murmuró ella desde las profundidades de la almohada—. Déjame ser un mueble, Aaron. Hoy solo quiero ser un objeto inanimado.

— No eres un mueble. Eres una mujer embarazada que necesita hidratarse.

— Soy una incubadora con sueño —corrigió ella, abriendo un ojo con esfuerzo—. ¿Por qué sigues aquí? Pensé que te irías a Quantico en cuanto el doctor dijera que no me estaba muriendo.

Aaron se inclinó sobre ella, apoyando el peso de su brazo a un lado de su cabeza. La proximidad física era su forma de reafirmar su presencia, de decirle que, aunque el mundo exterior estuviera colapsando, él no se movería de allí.

— Rossi tiene el control del caso. Decidí que mi presencia es más necesaria aquí hoy.

Leah soltó una risa seca, que terminó en un bostezo.

— ¿Necesaria para qué? ¿Para vigilar que no me coma un tarro de helado a escondidas? No tengo energía ni para levantar el brazo, Aaron. Tu "dictadura nutricional" ha ganado por agotamiento.

Hotch no sonrió. Extendió la mano y tomó el vaso de agua, ofreciéndoselo con una determinación silenciosa. Leah suspiró, sabiendo que no se rendiría, y se incorporó lo suficiente para dar un par de sorbos antes de dejarse caer de nuevo contra la suavidad de la cama.

— ¿Te duele algo? —preguntó él, su voz bajando a ese tono bajo y vibrante que solía usar para calmar a las víctimas, pero que con ella era puramente íntimo.

— Me duele la existencia —exageró ella, cerrando los ojos de nuevo—. Me siento pesada, lenta... y me aburre tener que pensar en cada bocado que doy. Odio ser diabética, Aaron. Odio que esto convierta mi embarazo en una serie de gráficos y números en tu tableta.

Aaron sintió una punzada de culpa, aunque su rostro permaneció impasible. Sabía que su necesidad de control podía ser asfixiante. Para él, el control era seguridad; para ella, era una jaula.

— Lo sé —dijo él, su mano descendiendo hasta posarse suavemente sobre el vientre de Leah. Sintió un pequeño movimiento, un roce casi imperceptible contra su palma—. Pero estos gráficos y números son los que garantizan que él llegue bien. Y que tú te quedes conmigo.

Leah estiró una mano por fuera de las mantas y buscó la de Aaron, entrelazando sus dedos.

— A veces eres demasiado intenso, ¿lo sabías? No todo es un perfil criminal. No todo es vida o muerte. A veces solo es... pereza.

— En mi mundo, la complacencia es lo que mata a la gente —respondió él automáticamente.

— Pues sal de tu mundo por un segundo. Entra en el mío. En mi mundo, hoy es el día internacional de no salir de esta cama.

Aaron la observó en silencio durante un largo minuto. Vio las ojeras bajo sus ojos y la languidez de su cuerpo. Entendió que, más allá de la diabetes, Leah estaba lidiando con el peso emocional de llevar una vida dentro de ella mientras vivía bajo la sombra de un hombre que siempre esperaba el peor escenario posible.

Sin decir una palabra, Aaron se levantó. Leah pensó por un momento que finalmente se iba a la oficina, pero se sorprendió al ver que él comenzaba a quitarse los zapatos y el cinturón.

— ¿Qué estás haciendo? —preguntó ella, observándolo con curiosidad.

— Me estoy uniendo a tu "día internacional" —dijo él con calma.

Se quitó la camisa, quedando en su camiseta blanca de algodón, y se deslizó bajo las mantas al lado de ella. El contraste era evidente: Leah era pequeña y suave, perdida entre los tejidos; Aaron era puro músculo y tensión, incluso cuando intentaba relajarse.

Leah se giró hacia él, apoyando la cabeza en su pecho. El aroma a jabón neutro y a la piel de Aaron la envolvió de inmediato.

— ¿El gran Aaron Hotchner va a perder una tarde de trabajo para estar acostado? —se burló ella suavemente, aunque se aferró a él con fuerza—. Morgan va a pensar que te han secuestrado.

— Morgan puede pensar lo que quiera. He dejado instrucciones claras a JJ. Solo me llamarán si es una emergencia nacional.

Leah soltó un suspiro de satisfacción, acomodándose mejor en el hueco de su hombro.

— Esto es mejor que la avena —murmuró.

— No te emociones. En dos horas te despertaré para que comas la manzana y el queso.

— Eres insufrible.

— Y tú eres persistente.

Se quedaron en silencio mientras la tarde avanzaba. Aaron, que rara vez se permitía el lujo de la inactividad, sentía cómo su mente intentaba saltar hacia el perfil del asesino de Richmond, analizando las zonas de confort y los puntos de presión. Pero cada vez que sentía que su cuerpo se tensaba, el pequeño movimiento del bebé o la respiración acompasada de Leah lo devolvían al presente.

Para Aaron, estar allí era un ejercicio de contención. Su naturaleza dominante le exigía estar haciendo algo, protegiendo, analizando, moviéndose. Pero estar acostado en la penumbra, simplemente siendo el soporte físico de su esposa, era una forma de protección diferente. Era proteger su paz mental.

— Aaron... —susurró ella después de un rato, cuando parecía que se había quedado dormida.

— ¿Dime?

— Gracias.

— ¿Por qué?

— Por no obligarme a ser fuerte hoy. Por dejarme estar... así. Rota y perezosa.

Aaron la estrechó un poco más, besando la parte superior de su cabeza.

— No estás rota, Leah. Solo estás compartiendo tu energía con alguien más. Es lógico que te quedes sin nada para ti de vez en cuando. Para eso estoy yo. Para ser tu energía cuando la tuya falle.

Leah no respondió, pero él sintió cómo sus músculos se relajaban por completo. En pocos minutos, su respiración se volvió profunda y pesada. Se había quedado dormida de verdad.

Hotch se quedó despierto, mirando el techo en la penumbra. Su mano no se movió del vientre de ella. En ese momento, no era el jefe de unidad de la BAU. No era el hombre que había perseguido a "The Reaper" o el que lidiaba con la política de Quantico. Era simplemente un hombre que temía por su familia con una intensidad que a veces le resultaba aterradora.

La diabetes gestacional era un enemigo que no podía esposar ni interrogar. No podía usar su entrenamiento para predecir cuándo la glucosa de Leah caería o subiría de forma alarmante. Solo podía controlar las variables: la comida, el descanso, las medicinas. Y si Leah lo veía como un dictador por ello, era un precio que estaba dispuesto a pagar.

Pasaron las dos horas reglamentarias. El reloj en la pared marcaba las tres de la tarde. Aaron sabía que debía despertarla. Sabía que el equilibrio de su azúcar dependía de esa pequeña merienda que esperaba en la bandeja.

Se inclinó y le susurró al oído, su voz apenas un roce.

— Leah. Es hora.

Ella gruñó, hundiéndose más en el pecho de él.

— Cinco minutos más...

— No. Sabes cómo funciona esto. Si esperamos más, te sentirás mareada. Vamos, solo unos trozos de manzana.

Leah abrió los ojos, mirándolo con una mezcla de adoración e irritación pura.

— A veces desearía que fueras un poco menos eficiente, Hotchner.

— Si fuera menos eficiente, no te habrías fijado en mí —replicó él con una confianza gélida pero juguetona.

Él se incorporó y alcanzó la bandeja. Tomó una rodaja de manzana y se la acercó a los labios. Leah lo miró fijamente, desafiándolo en silencio, pero finalmente abrió la boca y aceptó la fruta. El crujido de la manzana fue el único sonido en la habitación por un momento.

— Está ácida —se quejó ella.

— Es lo que necesitas. Come el queso también.

Él la alimentó pieza por pieza, con una paciencia meticulosa. No había prisa. Cada bocado era una pequeña victoria sobre la enfermedad, un paso más hacia un final seguro. Leah, a pesar de sus quejas, disfrutaba del cuidado. Había algo profundamente íntimo en la forma en que este hombre tan poderoso y a menudo temido, se dedicaba a una tarea tan mundana como darle de comer trozos de fruta en la cama.

Cuando la bandeja quedó vacía, Aaron le dio el resto del agua.

— Bien —dijo él, volviendo a dejar la bandeja en la mesa—. Ahora puedes seguir durmiendo si quieres.

Leah se estiró, sintiéndose un poco más alerta gracias al azúcar natural de la fruta.

— ¿Te quedarás? —preguntó, con un rastro de vulnerabilidad en la voz.

Aaron volvió a acomodarse a su lado, rodeándola con sus brazos.

— No voy a ir a ninguna parte, Leah.

— ¿Incluso si Rossi llama?

— Incluso si Rossi llama.

Leah sonrió, cerrando los ojos de nuevo. Sabía que Aaron probablemente revisaría su teléfono en cuanto ella se durmiera, analizando el caso desde la pantalla pequeña, pero el hecho de que estuviera allí, ofreciéndole su calor y su presencia constante, era suficiente.

En el silencio de la habitación, Aaron Hotchner finalmente permitió que sus propios hombros se relajaran. El mundo exterior podía esperar. Los asesinos, los perfiles y la oscuridad de Quantico no se moverían de donde estaban. Pero aquí, en el refugio de su hogar, el equilibrio se mantenía. Leah estaba a salvo, el bebé estaba tranquilo y, por unas horas, el control no era una carga, sino un acto de amor absoluto.

Se quedó escuchando el latido del corazón de su esposa contra su propio pecho, contando los segundos, asegurándose de que cada uno de ellos fuera perfecto bajo su vigilancia. Porque para Aaron Hotchner, proteger a Leah no era solo una responsabilidad; era la única misión que realmente importaba al final del día.