Esposo
El santuario de la rendición
La luz dorada del atardecer comenzaba a teñir las paredes de la habitación, creando sombras alargadas que danzaban al ritmo del viento contra los cristales. El ambiente en el dormitorio de los Hotchner había cambiado; la pesadez del cansancio matutino había sido reemplazada por una calidez soñolienta y una chispa de picardía que solo Leah era capaz de encender en medio de la rigidez de Aaron.
Hotch estaba sentado contra el cabecero de la cama, con las piernas extendidas y la espalda recta, manteniendo incluso en el descanso esa postura de mando que parecía inherente a su columna vertebral. Leah, sin embargo, había decidido que la distancia entre ellos era excesiva. Aprovechando que sus niveles de energía habían repuntado tras la merienda obligatoria, se había arrastrado fuera de las mantas para sentarse a horcajadas sobre el regazo de su marido.
Aaron no protestó. Sus manos, grandes y seguras, se posaron de inmediato en la curva de sus caderas, estabilizándola. A pesar de que su rostro mantenía esa máscara de serenidad profesional, el brillo en sus ojos oscuros delataba que estaba completamente a merced de la mujer que lo miraba con una sonrisa traviesa.
— Estás demasiado tenso, Aaron —susurró Leah, pasando sus brazos alrededor del cuello de él—. Puedo sentir cómo tu cerebro sigue analizando pruebas, incluso aquí.
— Es un hábito difícil de romper, Leah —respondió él, su voz vibrando profundamente en el pecho, justo donde ella tenía apoyado el vientre—. Pero te aseguro que mi prioridad en este momento no es el sospechoso de Richmond.
— Mientes —lo acusó ella con suavidad, antes de inclinarse y dejar un beso corto y dulce en la comisura de sus labios—. Estás pensando en si mi glucosa subirá demasiado por las manzanas o si deberías haber comprobado mis niveles una vez más.
Aaron soltó un suspiro casi imperceptible, una señal de que ella le había dado en el clavo.
— El médico dijo que la estabilidad es clave. Solo me aseguro de que no haya variables imprevistas.
Leah rió, un sonido ligero que pareció iluminar los rincones más oscuros de la mente de Hotch. Se inclinó de nuevo, esta vez presionando sus labios contra su mejilla, dejando un rastro de calor sobre la piel afeitada.
— La única variable aquí soy yo. Y te estoy diciendo que me siento bien. Deja de ser el Agente Especial a Cargo y sé solo Aaron por diez minutos. ¿Puedes hacer eso por mí?
— Soy Aaron las veinticuatro horas del día, Leah. Solo que algunas versiones de mí son más... funcionales para el mundo exterior.
— Pues yo quiero la versión que no es funcional para nadie más que para mí —replicó ella, y comenzó a cubrir su rostro con besos pequeños y constantes.
Besó su frente, donde las líneas de preocupación solían marcarse con más fuerza. Besó sus párpados, obligándolo a cerrar los ojos y a abandonar, por fin, la vigilancia constante. Besó la punta de su nariz y luego bajó hacia la mandíbula, recorriendo la línea firme de su perfil con una devoción que siempre lograba desarmar al perfilador.
Aaron cerró los ojos, dejando que su cabeza se apoyara ligeramente contra el cabecero. Bajo el contacto de los labios de Leah, sintió cómo la armadura que llevaba puesta desde las cinco de la mañana comenzaba a agrietarse. Sus manos en las caderas de ella se cerraron con un poco más de firmeza, atrayéndola más hacia él, sintiendo el peso reconfortante de su embarazo contra su cuerpo.
— Leah... —murmuró él, una advertencia que carecía de cualquier autoridad real.
— Shh —lo silenció ella, sellando sus palabras con un beso más largo en los labios—. No se permiten perfiles criminales en este regazo. No se permiten análisis de conducta. Solo besos.
Hotch se permitió una pequeña sonrisa, esa que guardaba exclusivamente para ella y que Morgan o Reid probablemente no reconocerían. Era una expresión de vulnerabilidad aceptada.
— Es una regla muy específica.
— Es mi regla. Y como tú eres el que siempre impone las reglas de la comida, yo impongo las del afecto. Es justicia poética.
Leah continuó su dulce asalto. Se concentró en el cuello de Aaron, justo debajo de la oreja, donde sabía que su pulso siempre se aceleraba a pesar de su aparente calma. Los besos de ella eran suaves, pero cargados de una intención clara: quería sacarlo de su cabeza y traerlo de vuelta a su cuerpo, al presente, a la vida que estaban construyendo juntos.
Aaron sintió una oleada de ternura mezclada con un deseo protector que a veces lo sobrepasaba. A menudo, en la BAU, veía lo peor de la humanidad; veía cómo la violencia destruía familias y cómo el caos reinaba sin sentido. Pero aquí, con Leah sentada en su regazo, con el calor de su piel y la insistencia de sus besos, el mundo se reducía a algo manejable, algo hermoso y, sobre todo, algo que valía la pena defender a cualquier precio.
— ¿En qué piensas? —preguntó ella, separándose apenas unos milímetros, sus ojos buscando los de él en la penumbra.
— En que eres increíblemente persistente —dijo él, abriendo los ojos. Su mirada era intensa, despojada de la frialdad del trabajo—. Y en lo afortunado que soy de que hayas decidido usar esa persistencia conmigo.
— Bueno, alguien tiene que mantenerte humano, Aaron. Si no fuera por mí, probablemente ya te habrías convertido en un ordenador de Quantico.
Él soltó una carcajada baja, un sonido raro y precioso.
— Tal vez tengas razón.
Leah volvió a la carga, esta vez con besos más lentos y profundos. Aaron respondió, dejando de ser un receptor pasivo para participar en el intercambio. Sus manos subieron desde sus caderas hasta su espalda, acariciando la tela de su camisón, sintiendo la calidez de su piel debajo. El tiempo pareció detenerse. En ese espacio, no había diabetes, no había riesgos médicos, no había asesinos en serie ni expedientes sin resolver. Solo existía el ritmo de sus respiraciones y el contacto constante.
De repente, Leah se detuvo y soltó un pequeño jadeo, separándose un poco.
— ¿Qué pasa? —preguntó Aaron de inmediato, su instinto de protección activándose a la velocidad del rayo. Sus manos se movieron instintivamente hacia su vientre—. ¿Te duele algo? ¿Es la glucosa?
Leah puso una mano sobre la de él, calmándolo, y una sonrisa radiante iluminó su rostro.
— No, no es nada de eso. Mira... o mejor dicho, siente.
Aaron mantuvo su mano presionada contra la barriga de Leah. Durante unos segundos, no hubo nada más que el silencio de la habitación. Y entonces, lo sintió. Un golpe firme y decidido contra su palma, seguido de otro más suave.
— Está pateando —dijo Aaron, y su voz, siempre tan controlada, se quebró ligeramente por la emoción.
— Creo que está de acuerdo con mi política de besos —dijo Leah, riendo entre dientes—. O tal vez te está diciendo que dejes de preocuparte tanto.
Hotch se quedó hipnotizado por la sensación. Era el recordatorio físico de por qué era tan estricto, de por qué la obligaba a comer esas cosas que ella odiaba y de por qué no la dejaba sola ni un segundo. Ese pequeño ser era el futuro, una extensión de ambos que crecía bajo su vigilancia.
Se inclinó hacia adelante y, por primera vez en toda la tarde, fue él quien inició el contacto. Pero no fue un beso de pasión, sino uno de profunda reverencia. Besó el vientre de Leah, apoyando su frente contra él durante un largo momento.
— Haré que todo esté bien —susurró, casi como una promesa al bebé, o quizás a sí mismo.
Leah le acarició el cabello, sintiendo una punzada de amor que casi le dolía. Sabía que Aaron cargaba con el peso del mundo sobre sus hombros, y que ella y el bebé eran, a la vez, su mayor alegría y su mayor temor.
— Ya está bien, Aaron —dijo ella con suavidad—. Estamos aquí. Estamos juntos. Eso es lo único que importa ahora.
Él levantó la vista y la miró, y en ese momento, Leah vio al hombre detrás de la leyenda de la BAU. Vio el miedo, sí, pero también vio una determinación inquebrantable y un amor que no conocía límites.
— Tienes que comer la cena en una hora —dijo él, recuperando un poco de su tono habitual, aunque sus ojos seguían siendo suaves.
Leah puso los ojos en blanco, pero no se movió de su regazo.
— Arruinaste el momento, Hotchner. Estábamos teniendo una conexión emocional profunda y sacas el tema de la cena.
— La conexión emocional no mantiene tus niveles de insulina estables —replicó él, aunque la comisura de su boca se elevó en un gesto divertido—. Pero... si te portas bien y comes todo lo que he preparado, quizás podamos quedarnos así un rato más.
Leah lo consideró por un momento, fingiendo que era una decisión difícil.
— ¿Incluye más besos?
— Todos los que quieras.
— Está bien —cedió ella, volviendo a esconder el rostro en su cuello—. Pero quiero que conste que me estás sobornando.
— Soy un perfilador, Leah. Sé qué tácticas de negociación funcionan contigo.
Ella le dio un pequeño mordisco en el hombro, a lo que él respondió con un abrazo que la hizo sentir la persona más segura del planeta.
— Te amo, Aaron. Aunque seas un tirano de la nutrición.
— Y yo a ti, Leah. Más de lo que cualquier perfil podría explicar.
Se quedaron así, abrazados en la penumbra que crecía, mientras el mundo exterior seguía su curso violento y caótico. Pero en esa habitación, bajo la vigilancia de Aaron Hotchner, el orden era perfecto. El amor era la única ley, y por una vez, el hombre que analizaba la oscuridad se permitió simplemente disfrutar de la luz que tenía entre sus brazos.
La cena llegaría, y con ella las mediciones, los horarios y las restricciones. Pero por ahora, en ese santuario de silencio y caricias, Aaron se permitió ser simplemente un hombre que amaba a su esposa, esperando el milagro de una nueva vida, mientras ella seguía llenando su rostro de besos, borrando, una a una, las sombras de su mirada.