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Esposo

El peso de la perfección y el secreto de la seda

La casa de los Hotchner ya no olía solo a café cargado y a los productos de limpieza meticulosos que Aaron prefería. Ahora, el aire estaba impregnado de un aroma dulce y empolvado: leche, loción para bebé y ese perfume floral suave que Leah había vuelto a usar. El silencio sepulcral que solía reinar en el hogar del agente de la BAU había sido sustituido por el murmullo constante de un monitor de bebé y el suave gorgoteo de Noah.

Noah Hotchner tenía seis meses y era, en palabras de Penélope García, "un milagro de mejillas comestibles". Había nacido sano, con un peso envidiable que desafiaba todos los temores de la diabetes gestacional de su madre, y sin rastro de la enfermedad en su pequeño sistema. Era un bebé robusto, de extremidades redondeadas y una risa que parecía brotar desde lo más profundo de su pecho.

Leah estaba sentada en la alfombra de la sala, rodeada de juguetes de colores primarios. Noah, vestido con un mameluco de rayas azules, intentaba gatear hacia un sonajero de peluche, sus muslos regordetes creando adorables pliegues de piel mientras se impulsaba.

— ¡Vamos, mi bolita de mantequilla! —exclamó Leah, aplaudiendo suavemente para animarlo—. Solo un poquito más, Noah. Ven con mamá.

El bebé soltó un chillido de alegría, hundiéndose de bruces contra la alfombra antes de volver a levantar la cabeza con determinación. Leah lo tomó en brazos, llenando su cuello de besos ruidosos que provocaron una cascada de risas en el pequeño.

— Eres tan gordito y precioso —susurró ella, apretándolo contra su pecho—. Mi bolita de mantequilla perfecta.

Aaron apareció en el umbral de la sala. Se había quitado la chaqueta del traje y se estaba desabrochando los puños de la camisa blanca. Se detuvo un momento, observando la escena con esa intensidad silenciosa que lo caracterizaba. Ver a Leah con Noah siempre provocaba un cortocircuito en su entrenamiento como perfilador; la lógica y el análisis se rendían ante la emoción pura.

Sin embargo, algo en el perfil de su esposa lo hizo fruncir el ceño ligeramente.

— Veo que el entrenamiento de las cinco de la tarde va bien —dijo Aaron, acercándose y agachándose para besar la coronilla de Leah antes de tomar a Noah en sus brazos.

El bebé se aferró de inmediato a la nariz de su padre con una mano pequeña y regordeta. Aaron ni siquiera parpadeó, simplemente sostuvo al niño con una destreza que habría sorprendido a sus subordinados en Quantico.

— Es incansable, Aaron —dijo Leah, levantándose del suelo con una agilidad que llamó la atención de su marido—. Creo que va a caminar antes de los diez meses. Tiene demasiada energía.

Aaron la observó mientras ella se estiraba. Leah llevaba unos leggings ajustados y una camiseta corta de gimnasia. El perfilador en él, ese que no descansaba ni en casa, escaneó su figura. No era solo que se viera bien; era que no quedaba ni rastro físico de los nueve meses de embarazo ni de las complicaciones que los habían mantenido en vilo. Su vientre estaba plano, firme, como si nunca hubiera albergado a un bebé de casi cuatro kilos hacía apenas medio año.

— Estás muy activa últimamente, Leah —comentó Aaron, su voz manteniendo ese tono neutro que usaba cuando estaba recopilando información—. Casi no te he visto sentada desde que llegué de la oficina ayer.

— Tengo un bebé de seis meses, Aaron. Sentarse es un concepto teórico en esta casa —respondió ella con una sonrisa esquiva, dirigiéndose a la cocina para preparar el biberón de la noche.

Aaron la siguió con la mirada. Había algo que no encajaba. Leah siempre había sido vital, pero su recuperación física estaba siendo... acelerada. Demasiado acelerada. Conocía su metabolismo, conocía sus antecedentes médicos y, sobre todo, conocía sus microexpresiones. Había una sombra de culpabilidad en la forma en que ella evitaba su contacto visual prolongado.

— ¿Cómo están tus niveles de glucosa? —preguntó él, caminando hacia la cocina con Noah apoyado en su hombro.

— Perfectos. El endocrinólogo dijo que el páncreas volvió a la normalidad casi de inmediato tras el parto. ¿Por qué lo preguntas?

— Por nada —dijo Aaron, aunque su mente ya estaba conectando puntos—. Solo me aseguro de que no estés descuidando tu salud por cuidar la de él.

— Estoy bien, de verdad.

Esa noche, después de que Noah se quedara profundamente dormido en su cuna, Aaron se quedó en el despacho revisando unos archivos del caso de un ignoto en Virginia. Sin embargo, su atención no estaba en las fotos de la escena del crimen. Su mente estaba procesando el compartimento oculto que había notado en el bolso de gimnasia de Leah esa mañana.

Él no creía en las coincidencias. Creía en los hechos y en las pruebas.

Se levantó y caminó hacia el dormitorio en silencio. Leah estaba en el baño, se oía el agua de la ducha correr. Aaron se acercó a la mesita de noche de ella. No era de los que invadían la privacidad sin motivo, pero como jefe de unidad de la BAU, sabía que los secretos pequeños a menudo eran los más peligrosos.

Abrió el cajón superior. Nada inusual. Libros, una crema de manos, su monitor de glucosa (que ahora rara vez usaba). Pasó al armario. En el estante superior, detrás de unos suéteres de invierno, encontró un frasco pequeño de cristal oscuro. No tenía etiqueta de farmacia, solo una marca comercial de suplementos de alta gama.

Aaron leyó los ingredientes: quemadores de grasa termogénicos, supresores del apetito y una alta dosis de cafeína.

Sintió una punzada de frío en el pecho. No era miedo a un criminal, era el miedo de un hombre que se daba cuenta de que su esposa estaba librando una batalla interna contra su propio cuerpo para alcanzar un estándar que él nunca le había exigido.

Cerró el armario justo cuando la puerta del baño se abría. Leah salió envuelta en una toalla, con el cabello húmedo y las mejillas rosadas por el vapor. Se detuvo al ver a Aaron de pie en medio de la habitación, con esa expresión gélida que solía reservar para las salas de interrogatorio.

— Aaron, me has asustado —dijo ella, tratando de sonreír—. ¿Terminaste con el papeleo?

— Leah, siéntate —dijo él. No fue una sugerencia.

Ella parpadeó, su sonrisa flaqueando. Caminó hacia la cama y se sentó, sujetando la toalla contra su pecho.

— ¿Qué pasa? Estás usando tu voz de "tienes derecho a guardar silencio".

Aaron se acercó y se colocó frente a ella, manteniendo una distancia que resultaba opresiva.

— Tu vientre está plano, Leah. Has perdido peso más rápido de lo que el Dr. Miller predijo como seguro para una paciente con antecedentes de diabetes gestacional. Estás hiperactiva, duermes menos de cinco horas y tus niveles de energía no coinciden con la ingesta calórica que veo que consumes durante las cenas.

Leah desvió la mirada, sus dedos jugando con el borde de la toalla.

— Solo estoy haciendo ejercicio, Aaron. Quiero recuperar mi cuerpo. Quiero volver a ser la mujer de la que te enamoraste, no una "bolita de mantequilla" como Noah.

— Me enamoré de ti cuando tenías veintiún años y una alegría que iluminaba cualquier habitación —dijo Aaron, su voz suavizándose pero manteniendo la firmeza—. No me enamoré de un porcentaje de grasa corporal.

Él metió la mano en el estante y sacó el frasco de cristal oscuro, mostrándoselo. Leah palideció.

— ¿Estás tomando esto? —preguntó él—. ¿Suplementos termogénicos sin supervisión médica? Sabes perfectamente lo que esto le hace a tu ritmo cardíaco y cómo puede afectar tu equilibrio hormonal, especialmente después de lo que pasamos con el embarazo.

— ¡Solo quería que estuvieras orgulloso de mí! —estalló ella, las lágrimas asomando en sus ojos—. En el trabajo estás rodeado de mujeres perfectas, agentes que corren kilómetros y están en forma. Yo me sentía... enorme. Después de Noah, me miraba al espejo y solo veía las marcas de lo que la diabetes y el peso me habían hecho.

Aaron se sentó a su lado, dejando el frasco en la mesita. La rodeó con sus brazos, obligándola a apoyar la cabeza en su hombro. El perfilador se apagó; solo quedaba el esposo.

— Leah, escúchame bien —susurró él contra su oído—. Nunca, ni por un segundo, dejé de estar orgulloso de ti. Llevaste a nuestro hijo en condiciones difíciles. Fuiste valiente cuando tenías que pincharte los dedos cada pocas horas. Tu cuerpo hizo algo increíble: creó a Noah.

— Pero ahora soy... diferente —sollozó ella.

— Eres la madre de mi hijo —replicó él, separándola lo suficiente para mirarla a los ojos—. Y para mí, eres más hermosa ahora que el día que nos casamos. Pero no voy a permitir que pongas en riesgo tu corazón o tu salud por una inseguridad. ¿Entiendes?

Leah asintió, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano.

— Lo siento, Aaron. Solo... quería ser perfecta para ti.

— Ya lo eres. Y si vuelvo a encontrar una de estas pastillas, no habrá una conversación tan tranquila como esta. Sabes cómo me pongo con el control de tu salud.

— Lo sé, mi dictador favorito —dijo ella con una risa triste—. Prometo que no las volveré a tomar.

— Bien —dijo Aaron, dándole un beso firme en la frente—. Mañana iremos al médico para asegurarnos de que esos suplementos no han alterado nada. Y a partir de ahora, volveremos al régimen de comidas que yo supervise. Si quieres hacer ejercicio, lo haremos juntos, pero de forma segura.

Leah suspiró, sintiendo cómo el peso de su secreto se desvanecía, reemplazado por la familiar y reconfortante autoridad de Aaron. Sabía que él no la dejaría pasar ni una, pero en ese control encontraba la seguridad que tanto necesitaba.

A la mañana siguiente, la rutina volvió a la normalidad. Aaron preparaba el desayuno mientras Noah, sentado en su trona, intentaba atrapar un trozo de plátano con sus manos regordetas.

— Mira eso, Aaron —dijo Leah, señalando al bebé—. Tiene más plátano en la frente que en la boca.

Aaron se acercó con un paño húmedo y limpió la cara de su hijo con una suavidad sorprendente.

— Tiene buen apetito. Eso es señal de salud —dijo Hotch, mirando a Leah significativamente—. Al igual que su madre, que hoy se va a comer toda su tortilla de claras y espinacas.

Leah hizo una mueca, pero se sentó a la mesa.

— ¿Otra vez con las espinacas? Pensé que esa etapa había terminado con el parto.

— El hierro es fundamental para la recuperación muscular —dijo Aaron, sentándose frente a ella con su taza de café negro—. No es una sugerencia, Leah.

— Sí, señor Agente Especial —respondió ella, tomando el tenedor—. Pero solo si después me dejas darle un baño a la "bolita de mantequilla".

Aaron observó a su familia. Noah soltó una carcajada cuando un poco de puré le cayó en el pecho, y Leah sonrió, una sonrisa auténtica que no estaba forzada por la cafeína o la ansiedad. El vientre plano de Leah ya no era una preocupación de "estética" para él, sino un recordatorio de que debía estar más atento a las cicatrices invisibles que el embarazo había dejado en su mente.

— Me gusta que le llames así —dijo Aaron de repente.

— ¿Bolita de mantequilla? —preguntó Leah, divertida.

— Sí. Es un recordatorio de que, en esta familia, preferimos la salud y la suavidad por encima de cualquier perfil de perfección.

Leah se levantó y rodeó la mesa, dándole un beso rápido a Aaron en los labios antes de ir a rescatar a Noah de su desastre con el plátano.

— Eres un sentimental, Hotchner. No dejes que Rossi se entere.

— Mi reputación está a salvo —dijo él, observándola con una mezcla de posesión y alivio—. Mientras ustedes dos estén a salvo, el resto del mundo puede pensar lo que quiera.

Aaron terminó su café, sintiendo que el orden había sido restaurado. El control, ese que tanto le criticaban en el trabajo, era su lenguaje de amor. Y mientras viera a Leah comer su desayuno y a Noah crecer fuerte y sano, sabía que su perfil de la felicidad estaba completo. No necesitaba que ella fuera una agente del FBI; solo necesitaba que fuera la mujer que, a pesar de sus miedos, siempre encontraba el camino de vuelta a sus brazos.

— Por cierto —dijo Aaron antes de salir por la puerta hacia Quantico—, hoy llegaré temprano. Quiero ver cómo Noah intenta gatear de nuevo. Pero esta vez, sin suplementos, Leah. Solo energía natural.

— Te estaremos esperando, Aaron —respondió ella, sosteniendo al bebé en alto—. ¿Verdad, Noah? Dile adiós a papá.

El bebé agitó sus manos gorditas y Aaron salió de la casa con una sonrisa casi imperceptible. El mundo exterior podía estar lleno de monstruos y sombras, pero dentro de esas cuatro paredes, bajo su vigilancia constante y su amor dominante, la luz siempre encontraba la forma de ganar la batalla.