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Esposo

La sinfonía del caos

La oscuridad de las tres de la mañana en el dormitorio de los Hotchner no era pacífica; estaba fragmentada por un sonido que desafiaba cualquier técnica de interrogatorio que Aaron hubiera aprendido en Quantico. No era un llanto de dolor, ni de hambre, ni de un pañal sucio. Era, pura y llanamente, un grito de guerra. Un alarido agudo, rítmico y sorprendentemente potente que emanaba de los pulmones de Noah Hotchner, quien parecía haber descubierto que su voz podía alcanzar decibelios capaces de resquebrajar el cristal.

Aaron Hotchner, el hombre que había mantenido la calma frente a los asesinos seriales más sádicos de los Estados Unidos, estaba sentado en el borde de la cama con la cabeza entre las manos. Su cabello, usualmente peinado con una precisión militar, estaba revuelto, y las ojeras bajo sus ojos empezaban a parecerse a las de un perfil que no ha dormido en setenta y dos horas.

A su lado, Leah soltó un gemido de derrota y se hundió más bajo el edredón, tratando de usar la almohada como un búnker improvisado.

— Aaron... por favor —murmuró ella con la voz rota por el cansancio—. Es tu turno. Yo lo tuve desde la una hasta las dos y media.

Aaron exhaló un suspiro pesado, sintiendo cómo sus articulaciones crujían. Se levantó con la rigidez de un hombre de ochenta años y caminó hacia la cuna, que estaba situada a los pies de la cama.

— Noah, por el amor de Dios —susurró el Agente Especial a Cargo, asomándose a la barandilla.

El bebé, al ver la silueta de su padre, no se calmó. Al contrario, sus ojos oscuros —tan parecidos a los de Aaron— brillaron con una chispa de triunfo. Tomó aire, infló su pequeño pecho y soltó un grito que resonó en las vigas del techo.

— No tiene hambre —analizó Aaron en voz baja, entrando en modo perfilador por puro instinto de supervivencia—. Los niveles de glucosa de Leah estuvieron estables, así que su leche es nutritiva. No tiene fiebre. No hay signos de irritación cutánea.

— No es un caso de la BAU, Aaron —dijo Leah, asomando un ojo por encima de la almohada—. Es un bebé de siete meses que ha descubierto que tiene cuerdas vocales. Solo quiere atención. O vernos sufrir. Probablemente lo segundo.

Aaron tomó a Noah en brazos. El niño pesaba lo suficiente como para que sus brazos se cansaran después de un rato, especialmente después de una jornada de doce horas analizando escenas del crimen en Maryland. Noah se calló por un segundo, mirando a su padre con curiosidad, y luego, como si estuviera probando el alcance de su audiencia, soltó un grito directo al oído de Aaron.

Hotch cerró los ojos y apretó los dientes.

— Sabes —dijo Aaron, comenzando a caminar de un lado a otro de la habitación con un paso rítmico—, he estado pensando seriamente en nuestras opciones.

— ¿Opciones? —preguntó Leah, incorporándose un poco, con el cabello enredado y una expresión de absoluta confusión—. ¿De qué hablas?

— He oído que Reid está buscando un nuevo proyecto de investigación —comentó Aaron con una seriedad gélida, aunque había un brillo de humor negro en el fondo de sus pupilas—. Podríamos enviárselo por correo urgente. Spencer siempre dice que quiere estudiar el desarrollo del lenguaje temprano. Noah es un espécimen perfecto.

Leah soltó una risa cansada que terminó en un bostezo.

— No puedes regalar a tu hijo a tu subordinado, Aaron. Es poco ético. Y probablemente ilegal.

— Soy el jefe de unidad —replicó él, mientras Noah soltaba otro grito, esta vez acompañado de un manoteo entusiasta hacia la mandíbula de su padre—. Puedo redactar un formulario de transferencia. "Sujeto de prueba Noah Hotchner. Habilidades: Capacidad pulmonar de un cantante de ópera y resistencia al sueño sobrehumana". Morgan también se ofreció a cuidarlo alguna vez. Quizás sea el momento de cobrarle el favor.

— Morgan lo devolvería a los diez minutos —dijo Leah, levantándose finalmente de la cama al ver que Aaron no lograba silenciar al pequeño—. Dame a esa pequeña sirena de alarma.

Aaron le entregó al bebé, pero Noah, al pasar a los brazos de su madre, decidió que el cambio de guardia merecía una celebración sonora. El grito fue tan agudo que Aaron juró que los perros del vecindario empezarían a ladrar en cualquier momento.

— Es increíble —dijo Aaron, frotándose las sienes—. Tiene tu persistencia, Leah. No se rinde.

— Y tu terquedad —añadió ella, tratando de mecer al niño mientras caminaba hacia la ventana—. Mira esa mandíbula, Aaron. Está decidido a no dormir hasta que salga el sol.

Aaron se acercó a ella y rodeó a ambos con sus brazos. Fue un gesto de protección, pero también de apoyo mutuo. Leah se apoyó en su pecho, sintiendo el calor de su marido. A pesar de los gritos, a pesar del cansancio extremo que hacía que sus movimientos fueran lentos, había una extraña paz en estar ahí los tres, en la penumbra de la madrugada.

— ¿Crees que Morgan acepte una oferta de intercambio? —preguntó Aaron, su voz vibrando contra la espalda de Leah—. Un bebé ruidoso por un fin de semana de silencio absoluto. Podría añadir a García en el trato para que le haga ropa de colores.

— Estás perfilando un intercambio de rehenes con tu propio hijo —lo acusó Leah con una sonrisa—. Eres un hombre terrible, Aaron Hotchner.

— Soy un hombre que tiene una reunión con el Director Adjunto a las ocho de la mañana —corrigió él, besando la sien de su esposa—. Y que ahora mismo ve en Noah a un sospechoso que se niega a confesar.

Noah, como si hubiera entendido que hablaban de él, cesó sus gritos de repente. Se quedó mirando a su padre, metiéndose un puño regordete en la boca y soltando un pequeño suspiro húmedo. El silencio que siguió fue tan repentino que resultó casi ensordecedor.

— ¿Se ha dormido? —susurró Leah, sin atreverse a moverse.

Aaron se inclinó, analizando la respiración del bebé con la precisión de un monitor médico.

— Los párpados están pesados. El ritmo respiratorio ha bajado a veinte pulsaciones por minuto. Está entrando en la fase REM.

— No te muevas —advirtió ella—. Si respiras demasiado fuerte, volverá a encenderse.

Caminaron hacia la cuna como si estuvieran atravesando un campo de minas. Aaron ayudó a Leah a depositar al niño con una delicadeza extrema. Cuando Noah tocó el colchón, hizo un pequeño amago de gritar, pero terminó convirtiéndose en un bostezo largo y adorable.

Se quedaron congelados, observándolo durante dos minutos completos, asegurándose de que el "sospechoso" estuviera realmente fuera de combate.

— Lo hemos logrado —susurró Aaron, escoltando a Leah de vuelta a la cama.

— Por ahora —respondió ella, dejándose caer sobre las sábanas—. Mañana le diré a Rossi que estabas intentando vender a su nieto postizo en el mercado negro de Quantico.

Aaron se acomodó a su lado, atrayéndola hacia sí. El silencio de la habitación era ahora un tesoro, un lujo que apreciaban más que cualquier otra cosa.

— No era el mercado negro —murmuró Aaron, cerrando los ojos por fin—. Era una transferencia estratégica. Pero supongo que me lo quedaré un día más. Solo porque se parece a ti cuando duerme.

— Se parece a ti, Aaron —dijo Leah, ya al borde del sueño—. Tiene esa misma mirada de "voy a evaluar tu comportamiento hasta que me digas la verdad".

— Entonces estamos perdidos —concluyó él.

El silencio duró exactamente cuarenta minutos.

A las cuatro y cuarto de la mañana, un grito agudo y vibrante volvió a rasgar el aire. Aaron Hotchner abrió un ojo, mirando el techo con una expresión de resignación absoluta.

— Definitivamente —dijo Aaron, su voz apenas un hilo de cansancio—, voy a llamar a Reid.

Leah solo pudo responder con un gemido amortiguado por la almohada, mientras el pequeño Noah, en su cuna, celebraba su victoria matutina con una nueva y potente serie de gritos que indicaban que, para los Hotchner, el descanso era, una vez más, una variable fuera de su control.