Estrellas
Cuerdas de acero y guantes de seda
La vio girar sobre su propio eje, una centella de seda negra y destellos dorados. El impacto de su espinilla contra el costal pesado resonó en todo el gimnasio como un disparo, un sonido seco y potente que hizo que Iván se estremeciera en su asiento. Ella no solo peleaba; bailaba una danza violenta y perfecta que dejaba a todos los presentes sin aliento.
Iván intentó pasar desapercibido, hundiendo el mentón en el cuello de su sudadera negra. Pero era difícil no destacar cuando uno cargaba con esa aura de melancolía que lo caracterizaba, incluso en un lugar donde la testosterona y la adrenalina dictaban las reglas. Él era un poeta en un nido de lobos.
—¡Eso es todo, campeona! —gritó un hombre rubio desde la primera fila, extendiéndole una botella de agua con una sonrisa ensayada—. ¡Estás más rápida que nunca!
Ella se detuvo, el pecho subiendo y bajando con ritmo frenético. Se apartó un mechón de cabello húmedo de la frente y le lanzó al hombre una sonrisa de medio lado, una de esas que prometían todo y no daban nada.
—Gracias, guapo —respondió ella, su voz clara y con un deje de picardía—. Pero guarda los halagos para cuando me veas en el ring de verdad. Esto es solo el calentamiento.
Iván apretó los puños dentro de sus bolsillos. Sentía una mezcla extraña de admiración y un punzante fastidio. No soportaba la facilidad con la que ella manejaba a su séquito. Era como si tuviera un interruptor para encender el encanto a voluntad, y aunque sabía que ella solo aceptaba el cortejo de los hombres, ver a tantas personas —mujeres incluidas— rendidas a sus pies le revolvía el estómago de una forma que no sabía explicar.
De repente, los ojos de la boxeadora barrieron la sala, ignorando las miradas hambrientas de sus pretendientes habituales, hasta que se toparon con los de él. Iván no apartó la vista esta vez. Se quedaron enganchados en un duelo silencioso durante tres segundos que parecieron una eternidad.
Ella arqueó una ceja, soltó una risita y, para sorpresa de todos, caminó directamente hacia donde él estaba sentado, lejos del círculo de sus admiradores.
—Vaya, vaya —dijo ella, deteniéndose frente a él. El olor a sudor, adrenalina y un perfume cítrico inundó los sentidos de Iván—. El chico de la guitarra ha vuelto. Pensé que después de la última vez te habrías ido a escribir una canción triste sobre cómo te intimidan los golpes.
Iván se aclaró la garganta, tratando de recuperar la compostura. Su voz salió un poco más profunda de lo habitual.
—El dolor es buena inspiración —respondió él, sosteniéndole la mirada—. Pero no estoy aquí para escribir. Solo... me gusta el ambiente.
—Mientes fatal, poeta —ella se apoyó en la barandilla de madera, quedando a pocos centímetros de él. Sus ojos brillaban con una chispa de desafío—. Estás aquí porque te hipnotiza verme. No te culpo, le pasa a la mitad de la ciudad. Pero tú tienes una cara de "no rompo un plato" que me da mucha curiosidad.
—No te confundas —dijo Iván, sintiendo que el orgullo le ganaba al nerviosismo—. Me impresiona tu técnica, no nego que eres la mejor de Latinoamérica. Pero esa actitud de tener a todos comiendo de tu mano... no es lo mío.
La boxeadora soltó una carcajada genuina, una que no era para sus fans, sino para ella misma.
—¿Ah, sí? ¿Y qué es "lo tuyo", Iván Cornejo? ¿Sentarte en un rincón a juzgar al mundo mientras rasgueas cuerdas? —Se acercó un poco más, lo suficiente para que él pudiera ver las pequeñas gotas de sudor deslizándose por su cuello—. A lo mejor lo que te pasa es que te mueres de miedo de que te dé un golpe y te despierte de tus sueños.
—No te tengo miedo —replicó él, aunque su corazón golpeaba sus costillas como si quisiera escapar—. Solo creo que eres demasiado consciente de tu efecto en los demás. Es... agotador verlo.
Ella entrecerró los ojos, divertida por la resistencia del cantante. La mayoría de los hombres a los que les hablaba así terminaban balbuceando halagos o intentando invitarla a cenar. Iván, en cambio, parecía estar analizando su alma con esa mirada triste y penetrante.
—Eres un caso difícil —murmuró ella, estirando una mano para tocar ligeramente el borde de la gorra de Iván, levantándola apenas un poco—. Pero me gustan los retos. Y tú, con esa carita de niño bueno y esas canciones que hacen llorar a las piedras, eres el reto más extraño que ha pisado este gimnasio.
—No soy un reto —dijo él, tratando de ignorar el hormigueo que le recorrió la columna cuando sus dedos rozaron su gorra—. Soy un músico.
—Y yo soy una guerrera —sentenció ella con una sonrisa depredadora—. Mañana a las seis de la mañana. Si de verdad no me tienes miedo y no estás aquí solo para mirar mis piernas, ven a entrenar conmigo.
Iván se quedó helado.
—¿Entrenar? Yo no sé nada de boxeo.
—Se nota —dijo ella, dándose la vuelta para regresar al centro del ring—. Pero tengo curiosidad por ver si ese corazón que tanto mencionas en tus canciones aguanta tres minutos de sombra conmigo. O si solo eres pura teoría y nada de práctica.
Se alejó sin esperar una respuesta, dejándolo con la palabra en la boca. Iván la vio regresar con sus pretendientes, quienes de inmediato la rodearon de nuevo. Ella volvió a ser la reina coqueta, riendo ante el comentario de un tipo con músculos de gimnasio barato, pero antes de ponerse los guantes de nuevo, lanzó una última mirada por encima del hombro hacia la columna donde Iván seguía petrificado.
El cantante se levantó lentamente. Tenía las manos temblorosas, pero no era por miedo al ejercicio físico. Era algo más profundo. Esa mujer era un torbellino, una fuerza de la naturaleza que no pedía permiso para entrar en la vida de nadie.
—Mañana a las seis —susurró Iván para sí mismo, mientras salía del gimnasio hacia el aire fresco de la tarde—. Qué demonios estoy haciendo.
Caminó por las calles de la ciudad, pero el ruido del tráfico se convirtió en el ritmo de los golpes de ella. Cada vez que cerraba los ojos, veía el brillo dorado de sus shorts y la forma en que su piel morena resplandecía bajo las luces. Sabía que estaba entrando en un terreno peligroso. Ella no era una de las musas de sus canciones, dulces y lejanas; ella era real, era fuego y era, probablemente, la persona más exasperante que había conocido.
Esa noche, en su departamento, Iván tomó la guitarra. Intentó componer algo sobre el desamor, su zona de confort, pero los acordes salían distintos. Más rápidos, más agresivos. La letra no hablaba de lágrimas, sino de la adrenalina de estar frente a alguien que te desafiaba a ser algo más que un espectador.
A las cinco y media de la mañana del día siguiente, Iván estaba frente a la puerta del gimnasio. El frío de la madrugada calaba en sus huesos, y el silencio de la calle solo era roto por el ladrido lejano de algún perro. Se sentía ridículo con su ropa deportiva nueva y la sensación de que estaba a punto de ser humillado.
La puerta metálica se abrió con un estruendo. Ella estaba ahí, ya vestida con una sudadera gris y el cabello recogido en una trenza apretada que resaltaba sus facciones perfectas. No llevaba maquillaje, y aun así, a Iván le pareció más hermosa que el día anterior.
—Vaya —dijo ella, apoyándose en el marco de la puerta—. El poeta madrugó. Pensé que a esta hora estarías durmiendo la resaca de alguna melancolía.
—Te dije que no te tengo miedo —respondió Iván, entrando al gimnasio que olía a café recién hecho y a la humedad de la mañana.
—Ya veremos —ella caminó hacia el ring, saltando sobre las cuerdas con una agilidad envidiable—. Quítate la sudadera. Vamos a ver si esas manos sirven para algo más que para tocar la guitarra.
Iván obedeció, sintiéndose extrañamente vulnerable bajo su mirada escrutadora. Ella se acercó a él y, sin previo aviso, comenzó a vendarle las manos. Sus movimientos eran expertos, firmes. Iván sentía el calor de sus dedos contra su piel, y el contacto lo ponía más nervioso que la idea de recibir un golpe.
—Estás tenso —comentó ella, sin levantar la vista de sus manos—. Relaja los hombros. Si entras al ring así de rígido, te vas a romper antes de que yo te toque.
—Es difícil relajarse cuando alguien te mira como si fueras un saco de boxeo nuevo —dijo él, tratando de bromear para ocultar su agitación.
Ella terminó de vendarle la mano derecha y finalmente levantó la vista. Estaban tan cerca que Iván podía ver las pequeñas motas doradas en sus ojos café. Ella le sonrió, pero esta vez no era la sonrisa coqueta que les daba a los demás. Era algo más suave, casi cómplice.
—No te voy a tratar como a un saco, Iván —susurró ella—. Te voy a tratar como a un boxeador. Y en mi mundo, eso es el mayor respeto que puedo darte.
Se separó bruscamente, rompiendo el hechizo.
—Ahora, ponte los guantes. Vamos a empezar con lo básico: cómo no dejar que te vuelen los dientes en el primer round.
Las siguientes dos horas fueron un infierno físico para Iván. Ella no le dio tregua. Lo obligó a moverse, a mantener la guardia alta, a entender el ritmo de sus propios pies. Cada vez que él bajaba los brazos por el cansancio, ella le daba un toque rápido en la frente con el guante, recordándole que en el ring, el descuido se pagaba caro.
—¡Arriba esa guardia, Cornejo! —gritaba ella, moviéndose a su alrededor con una gracia felina—. ¿Eso es todo lo que tienes? ¡Mi abuela pega más fuerte que tú!
—¡Dame un respiro! —jadeó él, sudando a mares—. ¡No todos somos atletas de élite!
—¡En este gimnasio todos somos iguales! —respondió ella, lanzando un jab suave que él apenas logró esquivar—. ¡Muévete! ¡Como si estuvieras en el escenario, pero sin la guitarra!
Iván sintió un chispazo de rabia competitiva. No quería quedar como un inútil frente a ella. En un movimiento desesperado, intentó lanzar un golpe directo, pero ella se agachó con una facilidad pasmosa y, en un parpadeo, estaba detrás de él, rodeándole la cintura con un brazo y derribándolo suavemente sobre la lona.
Quedaron en el suelo, él de espaldas y ella medio inclinada sobre él, riendo a carcajadas.
—Puntos por el esfuerzo, poeta —dijo ella, jadeando también, con el rostro encendido por el ejercicio—. Pero tu técnica es un desastre.
Iván, tirado en la lona, la miró desde abajo. El sudor le escocía en los ojos, los pulmones le ardían, pero por primera vez en mucho tiempo, se sentía completamente vivo. La risa de ella era contagiosa, y él se encontró riendo también, a pesar del agotamiento.
—Eres una pesadilla —dijo él, tratando de recuperar el aire.
—Soy tu mejor pesadilla —corrigió ella, extendiéndole una mano para ayudarlo a levantarse.
Cuando sus manos se unieron, la tensión cambió de nuevo. El aire entre ellos se volvió denso, cargado de algo que no tenía nada que ver con el deporte. Ella no soltó su mano de inmediato una vez que él estuvo de pie. Se quedaron ahí, en medio del ring vacío, rodeados por el silencio de la mañana que empezaba a iluminar el gimnasio.
—¿Por qué haces esto? —preguntó Iván en voz baja—. Tienes a docenas de personas rogando por un minuto de tu atención. ¿Por qué perder el tiempo conmigo, que ni siquiera sé lanzar un golpe?
Ella se encogió de hombros, soltando finalmente su mano, aunque sus ojos seguían fijos en los de él.
—Porque ellos ven a la "campeona". Ven a la chica guapa que sale en las revistas de deportes. Tú... tú me miras como si estuvieras tratando de descifrar una letra difícil. Y me gusta cómo se siente eso. Además —añadió con un guiño recuperando su tono burlón—, alguien tiene que enseñarte que la vida no es solo cantar penas. A veces, hay que pelear por lo que uno quiere.
—¿Y qué es lo que quieres tú? —preguntó Iván, atreviéndose a dar un paso hacia ella.
Ella sonrió, una sonrisa que esta vez sí le llegó a los ojos.
—Por ahora... quiero que te bañes, porque hueles a puro esfuerzo —dijo ella, dándole una palmada en el hombro—. Y después, tal vez, dejes que te invite a desayunos. Pero no te hagas ilusiones, Cornejo. Mañana a las seis te quiero aquí otra vez. Y esta vez, no seré tan amable.
Iván la vio alejarse hacia los vestidores, su paso firme y seguro. Se quedó solo en el ring, con el corazón latiendo a mil por hora y la certeza de que su próxima canción no sería sobre el desamor. Sería sobre una mujer de seda y oro que le había enseñado que, a veces, para ganar, primero hay que aprender a caer.
Se tocó la mejilla, donde el aire de sus movimientos todavía parecía flotar.
—Mañana a las seis —repitió, y por primera vez en su vida, una cita a ciegas con el dolor le pareció el mejor plan del mundo.