Estrellas
Entre el sudor y el pecado
El despertador no tuvo que sonar dos veces. Iván ya estaba despierto, con los ojos clavados en el techo de su habitación, repasando mentalmente cada segundo del día anterior. Sentía los músculos de la espalda y los brazos gritándole, un dolor sordo que le recordaba que no era un atleta, sino un músico acostumbrado a la vida sedentaria de los estudios de grabación y las giras en autobús. Sin embargo, había algo en ese dolor que le resultaba adictivo.
Se vistió rápido, se echó un poco de agua en la cara para espantar el sueño y salió a la calle. La Ciudad de México a las cinco y media de la mañana tenía un aire místico, una calma tensa antes del caos. Pero para Iván, el único caos que importaba era el que llevaba dentro desde que ella le había puesto las manos encima para vendarlo.
Cuando llegó al gimnasio, ella ya estaba allí. No estaba calentando esta vez; estaba sentada en el borde del ring, con las piernas colgando y una manzana en la mano. Llevaba unos leggings negros que se ajustaban a sus curvas como una segunda piel y una camiseta de tirantes blanca que resaltaba el tono canela de sus hombros. Al verlo entrar, arqueó una ceja y consultó un reloj invisible en su muñeca.
—Cinco cincuenta y ocho —dijo ella, saltando al suelo con la ligereza de un gato—. Puntual. Empezaba a creer que te habías quedado escribiendo una elegía sobre tus agujetas.
—Te dije que vendría —respondió Iván, dejando su mochila en el banco de madera—. Un Cornejo nunca falta a una cita.
—¿Cita? —Ella soltó una risita burlona mientras se acercaba a él—. Esto no es una cita, poeta. Esto es un sacrificio. Hoy vamos a trabajar la corta distancia. Quiero ver qué haces cuando no tienes espacio para huir.
Iván tragó saliva. La cercanía de ella siempre era un arma de doble filo. Por un lado, lo hipnotizaba; por otro, lo ponía en un estado de alerta que rozaba el pánico. Se vendaron en silencio, aunque esta vez fue Iván quien intentó hacerlo solo, fracasando estrepitosamente bajo la mirada divertida de la boxeadora.
—Dame acá, antes de que te cortes la circulación —dijo ella, tomando sus manos.
El contacto fue eléctrico. Iván la observó mientras ella trabajaba con destreza. Ella tenía esa mezcla extraña de rudeza y feminidad; sus manos eran fuertes, con nudillos marcados por años de combate, pero sus dedos se movían con una delicadeza que lo desarmaba. Cuando terminó, le dio un pequeño golpe en el pecho.
—Arriba. Al ring.
El entrenamiento fue, si cabe, más intenso que el anterior. Ella no lo dejó respirar. Se pegaba a él, obligándolo a bloquear golpes que venían de ángulos que él ni siquiera sabía que existían. El olor de ella, esa mezcla de cítricos y esfuerzo, lo envolvía todo. Iván estaba exhausto, su respiración era un silbido ronco en sus pulmones, pero no se rendía.
—¡Reacciona! —le gritó ella, esquivando un golpe torpe de Iván con un movimiento de cintura que lo dejó descolocado—. ¡Estás pensando demasiado! ¡Siente el ritmo, como en tus canciones!
—¡Es difícil sentir el ritmo cuando intentas no morir! —logró articular él.
Ella sonrió, esa sonrisa depredadora que tanto le gustaba y le aterraba a la vez. De repente, ella cambió el paso. En un movimiento fluido, se deslizó por debajo de su guardia, atrapó uno de sus brazos y, utilizando el propio impulso de Iván, lo derribó.
Iván cayó de espaldas sobre la lona con un golpe seco. El impacto le sacó el aire, pero antes de que pudiera recuperarse, ella estaba encima. No con todo su peso, pero sí lo suficiente para inmovilizarlo, con las rodillas a ambos lados de su cadera y las manos apoyadas a los lados de su cabeza.
Quedaron así, jadeando, con los rostros a escasos centímetros. El gimnasio estaba en silencio, solo se escuchaba el latido desbocado de dos corazones que parecían querer salirse del pecho. Ella lo miraba desde arriba, triunfante, con el cabello despeinado y gotas de sudor resplandeciendo en su labio superior.
—Ganaste... otra vez —susurró Iván, incapaz de apartar la vista de sus labios.
—Siempre gano, Iván. Deberías haberlo aprendido ya —respondió ella, con un tono de voz que había perdido su dureza, volviéndose algo más bajo, más íntimo.
Iván sintió que la razón se le escapaba. Había algo en la forma en que ella lo miraba, un desafío que ya no era deportivo, sino algo mucho más primitivo. Sin detenerse a pensar en las consecuencias, Iván rompió la distancia. Subió las manos, rodeó la nuca de la boxeadora y la atrajo hacia él en un beso desesperado.
Fue un choque de trenes. Los labios de ella estaban calientes y sabían a sal y a esa manzana que había comido antes. Por un microsegundo, ella se quedó petrificada, con los ojos abiertos de par en par por la sorpresa. Iván sintió el impulso de soltarla, temiendo haber cruzado una línea de la que no habría retorno, pero antes de que pudiera alejarse, ella se separó bruscamente por su cuenta.
Se miraron en silencio, ambos con la respiración entrecortada. Ella tenía una expresión indescifrable, una mezcla de confusión y fuego.
—¿Qué crees que estás...? —empezó ella, pero no pudo terminar.
Iván no la dejó. La volvió a besar, pero esta vez no hubo timidez ni duda. Fue un beso cargado de hambre, de todas las noches que había pasado imaginando cómo sería tocarla, de todas las letras que no se había atrevido a escribir. La besó con la fuerza de quien sabe que está arriesgándolo todo.
Esta vez, la boxeadora no se apartó. Soltó un gemido bajo que se perdió en la boca de Iván y respondió con una intensidad que casi le hace perder el sentido al cantante. Ella tomó el control, como lo hacía en todo, besándolo con una técnica que era tan letal como sus ganchos de izquierda. Sus manos, aún con las vendas puestas, se enredaron en el cabello de Iván, tirando ligeramente hacia atrás, profundizando un contacto que parecía querer consumir el oxígeno del gimnasio.
Cuando finalmente se separaron, el mundo parecía haber cambiado de eje. Iván estaba aturdido, con los labios hinchados y el corazón martilleando contra sus costillas. Ella seguía sobre él, pero su expresión había vuelto a ser la de la mujer segura y burlona, aunque sus ojos brillaban con una intensidad nueva.
—Vaya, vaya —dijo ella, limpiándose la comisura de los labios con el pulgar—. Así que el poeta tiene colmillos.
Iván intentó decir algo, pero su garganta estaba seca. Se limitó a mirarla, sintiéndose pequeño bajo su figura atlética y dominante.
—No te hagas ilusiones —continuó ella, soltando una carcajada suave mientras se levantaba y le ofrecía la mano—. Besas bien, Cornejo. Muy bien, de hecho. Pero sigues teniendo una técnica de combate patética.
Iván aceptó su mano y se puso en pie, sintiéndose todavía un poco mareado. Ella lo miró de arriba abajo, deteniéndose en su estatura. A pesar de que Iván no era un hombre bajo, ella, con su postura erguida y su presencia imponente, parecía dominar el espacio de una manera que lo hacía sentir, como decía él mismo, "enano" ante su grandeza.
—Fue el impulso —dijo Iván, tratando de recuperar algo de dignidad mientras se ajustaba la ropa—. Me provocaste.
—¿Yo? —Ella se llevó una mano al pecho, fingiendo inocencia—. Yo solo estaba entrenando a mi pupilo. Si el pupilo decide que la mejor defensa es un ataque directo al corazón, es su problema.
Caminó hacia su botella de agua, bebiendo con avidez mientras Iván la observaba en silencio. La tensión seguía ahí, vibrando en el aire como una cuerda de guitarra a punto de romperse.
—¿Y ahora qué? —preguntó él.
Ella se giró, con una sonrisa juguetona en el rostro.
—Ahora, te vas a ir a casa, vas a escribir una canción sobre cómo la mejor boxeadora de Latinoamérica te puso a temblar las piernas, y mañana... mañana volverás a las seis.
—¿Mañana también? —Iván sonrió, sintiendo que la adrenalina empezaba a transformarse en algo parecido a la felicidad.
—Claro. Tenemos mucho que mejorar, Iván. En el boxeo... y en otras cosas —le guiñó un ojo, volviendo a ser la mujer coqueta que tenía a media ciudad a sus pies, pero con una diferencia: ahora Iván sabía que, detrás de esa fachada, había un fuego que solo él había logrado encender esa mañana.
Iván salió del gimnasio sintiendo que caminaba sobre nubes, a pesar del dolor muscular. La luz del sol empezaba a bañar las calles, y por primera vez, la melodía que sonaba en su cabeza no era triste. Era una canción de victoria, una canción de seda y oro, y sobre todo, una canción sobre el hambre de un beso que lo había cambiado todo.