Estrellas
La campana de la rendición
El aire de las seis de la mañana en la Ciudad de México tenía un sabor metálico, una mezcla de frío urbano y la promesa de un esfuerzo físico que Iván ya conocía de memoria. Sus músculos, sin embargo, no eran los mismos de hace una semana; estaban despiertos, vibrantes, pero sobre todo, estaban tensos por una razón que nada tenía que ver con el ejercicio.
Iván entró al gimnasio con la capucha de su sudadera puesta, ocultando una mirada que no había encontrado el sueño en toda la noche. Se dirigió directamente al rincón donde ella solía calentar. La vio de espaldas, realizando flexiones con una mano, su espalda morena moviéndose con la precisión de una maquinaria perfecta. El sudor ya perlaba su piel, haciéndola brillar bajo las luces fluorescentes.
—Llegas tarde, poeta —dijo ella sin detenerse, su voz firme a pesar del esfuerzo—. Empezaba a creer que te habías quedado enredado en alguna metáfora sobre el miedo.
—No tengo miedo —respondió Iván, quitándose la sudadera con un movimiento brusco.
Se quedó solo en su playera de tirantes y sus shorts deportivos grises. En cuanto la tela delgada se ajustó a su cuerpo, el silencio en el gimnasio se volvió denso. Ella se puso de pie, limpiándose el sudor de la frente con el antebrazo, y sus ojos —esos ojos que habían visto mil batallas y mil victorias— bajaron inevitablemente hacia la entrepierna de Iván.
La evidencia de su deseo era imposible de ignorar. El short gris marcaba cada línea de su excitación, una erección firme que delataba el estado de su mente y de su cuerpo. Iván no se cubrió, ni se sintió avergonzado. Estaba desesperado.
—¿Otra vez con eso, Cornejo? —Ella soltó una risita cargada de una ironía que a Iván le dolió más que un golpe—. Te dije ayer que no. Te dije que no tienes la resistencia. Mírate, ni siquiera hemos empezado a calentar y ya estás listo para rendirte.
—No es rendición —dijo Iván, dando un paso hacia ella, su voz temblando por la intensidad—. Es necesidad. Te lo ruego... por favor. No puedo seguir así. No puedo cantar, no puedo dormir, no puedo pensar en nada que no sea tu boca o tus manos sobre mí. Hazme lo que quieras, pero hazlo ya.
Ella arqueó una ceja, cruzándose de brazos. Su postura era de una superioridad absoluta, la de una reina observando a un súbdito que implora clemencia.
—¿Me estás rogando, Iván? ¿El gran cantautor mexicano, el que tiene a medio mundo a sus pies, se arrodilla ante una boxeadora? —Se acercó a él, rodeándolo como si fuera una presa—. Me das lástima y me das curiosidad a partes iguales. Pero mi respuesta sigue siendo la misma: no quiero romperte.
Iván, llevado por un impulso que no pudo controlar, se dejó caer sobre sus rodillas frente a ella. El impacto de sus huesos contra la lona del ring resonó en el vacío del gimnasio. La miró desde abajo, con los ojos empañados por una mezcla de lujuria y frustración pura.
—Por favor —susurró, su aliento rozando la cintura de ella—. Hazme pedazos si quieres. Pero no me dejes así.
Ella se quedó estática durante un segundo que pareció una eternidad. Sus dedos se cerraron en puños y luego se relajaron. De repente, su mano bajó con una rudeza que hizo que Iván soltara un gemido de sorpresa, sujetándolo del cabello y obligándolo a levantar la cabeza para mirarla directamente.
—Escúchame bien, niño bueno —dijo ella, su voz ahora baja, peligrosa y cargada de una promesa oscura—. No quiero que llores a mitad del asalto. Si cruzas esta línea conmigo, no hay árbitro que detenga la pelea. Te vas a tener que aguantar todo lo que te haga. ¿Entendido?
Iván solo pudo asentir, hipnotizado por el fuego en sus ojos.
Ella lo jaló de la mano con una fuerza que casi lo hace tropezar, arrastrándolo hacia la parte trasera del gimnasio, donde había una pequeña habitación con una cama sencilla que los entrenadores usaban para descansar entre turnos. Cerró la puerta con un golpe seco y lo empujó sobre el colchón.
—Quítate esa ropa —ordenó ella, empezando a desatarse las vendas de las manos con una rapidez febril—. Ahora mismo.
Iván obedeció con manos temblorosas. En segundos, quedó expuesto ante ella. La boxeadora se tomó su tiempo para observarlo, una sonrisa depredadora curvando sus labios. Se deshizo de su propio top y sus shorts, revelando un cuerpo que era pura fibra y potencia. No se detuvo en preliminares dulces; se lanzó sobre él como si estuviera atacando en el ring.
Cuando ella lo tomó, Iván sintió que el mundo desaparecía. No fue la caricia delicada que él había imaginado en sus canciones; fue un choque de trenes, una invasión de piel y dientes. Ella lo dominaba con una facilidad pasmosa, usando su fuerza para inmovilizarlo, para marcar el ritmo que a ella le daba la gana.
—¡Ah...! —Iván soltó un gemido agudo, cerrando los ojos mientras ella le mordía el hombro—. ¡Dios... eres... eres demasiado!
—Te dije que no aguantarías —se burló ella al oído, su aliento caliente quemándole la piel—. Mírate, estás temblando como un niño. ¿Dónde quedó el hombre que me rogaba hace un minuto?
—¡Aquí estoy! —logró decir Iván, enterrando sus dedos en los muslos firmes de ella—. ¡Hazme lo que quieras... no te detengas, por lo que más quieras, no te detengas!
Ella soltó una carcajada ronca, aumentando la intensidad de sus movimientos. Iván nunca había sentido nada igual; era una mezcla de placer cegador y una intensidad física que lo dejaba sin aire. Sus gemidos llenaban la habitación, sonidos crudos que nunca habrían encajado en una de sus baladas melancólicas.
—¡Eres... eres una fiera! —exclamó Iván, su cabeza golpeando contra la almohada—. ¡Me estás volviendo loco! ¡Nunca... nunca pensé que alguien pudiera sentirse así!
—Hablas demasiado, poeta —dijo ella, inclinándose para besarlo con una violencia que le supo a sangre—. Menos rimas y más aguante. Demuéstrame que puedes terminar el round conmigo sobre ti.
Iván intentó seguirle el ritmo, pero ella era inalcanzable. Cada vez que él intentaba tomar el control, ella lo devolvía a la lona con un movimiento experto, recordándole quién era la campeona en esa habitación.
—¡Por favor... más fuerte! —suplicó Iván, su voz quebrándose—. ¡No tengas piedad... quiero sentirlo todo!
—Eso es lo que me gusta escuchar —murmuró ella, sus ojos brillando con una satisfacción maliciosa—. Pero no llores cuando no puedas caminar mañana, Cornejo. Esto es lo que pediste.
El encuentro fue una danza de sombras y sudor. Iván se descubrió diciendo cosas que nunca pensó que saldrían de su boca, confesiones de deseo absoluto, súplicas de más dolor y más placer. Ella, por su parte, se deleitaba en su dominio, burlándose de cada uno de sus espasmos, de cada gemido que él no podía contener.
—¡Eres mía! —logró articular Iván en un momento de delirio, sus manos apretando la cintura de ella—. ¡Mía...!
—No te equivoques, niño —respondió ella, dándole un pequeño golpe en la mejilla mientras se movía con una potencia que lo dejó sin aliento—. Tú eres el que está aquí, bajo mis manos, rogando por más. Yo no soy de nadie. Yo solo gano.
Iván sintió que llegaba al límite. Sus sentidos estaban saturados, su cuerpo vibraba en una frecuencia que nunca antes había alcanzado. Cuando el clímax lo golpeó, fue como un knockout definitivo. Gritó su nombre, un sonido lleno de una devoción absoluta, mientras se arqueaba bajo ella, entregándole todo lo que era.
Ella lo siguió poco después, con un gemido sordo y triunfante, dejándose caer sobre su pecho, aunque manteniendo esa tensión muscular que la hacía sentir siempre lista para la siguiente pelea.
El silencio que siguió solo fue roto por la respiración agitada de ambos. Iván sentía el corazón de ella latiendo contra el suyo, un ritmo rápido y fuerte. Tenía la piel llena de marcas de dientes y arañazos, y se sentía más vivo de lo que jamás se había sentido en un escenario frente a miles de personas.
—¿Sigues vivo, poeta? —preguntó ella después de un rato, levantando la cabeza para mirarlo. Tenía el cabello desordenado y los labios hinchados, y a Iván le pareció la visión más hermosa y aterradora de su vida.
—Apenas —susurró Iván, estirando una mano para acariciarle el rostro. Ella no se apartó—. Tenías razón. Me hiciste pedazos.
—Te lo advertí —dijo ella, recuperando su tono burlón y levantándose de la cama con una agilidad que a Iván le resultó insultante dado su estado de agotamiento—. Pero tengo que admitirlo, Cornejo... para ser tu primera vez, no tiraste la toalla tan rápido como pensé. Tienes buen encaje.
Iván se quedó acostado, mirando al techo, sintiendo que cada centímetro de su cuerpo le recordaba lo que acababa de pasar.
—¿Esto significa que mañana hay entrenamiento? —preguntó él con una sonrisa débil.
Ella se estaba poniendo la ropa, dándole la espalda. Se detuvo un segundo y lo miró por encima del hombro, con esa chispa de desafío que Iván ya adoraba.
—Mañana a las seis, Iván. Y más te vale que hoy descanses, porque si crees que voy a ser amable contigo en el ring solo porque me diste un buen rato en esta cama, estás muy equivocado.
—No esperaría menos de ti —respondió él.
Ella salió de la habitación sin decir nada más, pero antes de cerrar la puerta, le lanzó un guiño que le prometió a Iván que esto no era el final, sino apenas el primer asalto de una pelea que estaba dispuesto a perder una y otra vez.
Iván se quedó solo en la penumbra, escuchando el eco de los primeros golpes que empezaban a sonar en el gimnasio principal. Tomó una bocanada de aire, sintiendo el aroma de ella todavía en su piel. Sabía que su música nunca volvería a sonar igual. Había dejado de ser el chico que cantaba sobre el desamor para convertirse en el hombre que había sido conquistado por la fuerza más pura de la naturaleza.
Se levantó con dificultad, sintiendo el temblor en sus piernas, y sonrió. La campeona de Latinoamérica lo había roto, tal como prometió, y él no podía esperar a que volviera a hacerlo mañana.