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Estrellas

Hambre de gloria y carne

El aire en el gimnasio se sentía más denso que de costumbre, cargado de una humedad que no provenía de la lluvia exterior, sino de la tensión acumulada entre las cuatro paredes de concreto. Iván llegó al entrenamiento con los nervios a flor de piel. No había dormido, pero no por cansancio, sino por una inquietud que le recorría la espina dorsal como una corriente eléctrica. Llevaba unos shorts deportivos grises de tela delgada, una elección de la que se arrepintió en cuanto puso un pie en el local.

La boxeadora ya estaba allí, terminando de vendarse las manos con una concentración feroz. Hoy vestía un conjunto de color rojo sangre que resaltaba cada músculo de su espalda y el brillo de su piel morena. Cuando levantó la vista y vio a Iván, su sonrisa coqueta se congeló por un segundo, transformándose en una expresión de sorpresa divertida. Sus ojos bajaron inevitablemente hacia la entrepierna del cantante, donde la tela gris no dejaba absolutamente nada a la imaginación.

Iván estaba excitado, y era imposible ocultarlo. El roce del aire frío de la mañana y la visión de ella, sudorosa y dominante, habían provocado una reacción física que lo delataba sin piedad.

—Vaya, Cornejo —dijo ella, soltando una risita que resonó en el gimnasio vacío—. Veo que hoy trajiste un arma extra al entrenamiento. ¿Es parte de tu nueva estrategia de defensa o simplemente te alegras demasiado de verme?

Iván sintió que la cara le ardía, pero no bajó la mirada. Estaba cansado de ser el chico tímido que se sonrojaba por todo. El deseo que sentía era tan real como el dolor de sus músculos.

—Sabes perfectamente qué es —respondió él, caminando hacia el ring con una determinación que no tenía los días anteriores—. No puedo evitarlo cuando estoy cerca de ti.

Ella se levantó, caminando hacia él con esa gracia peligrosa que la caracterizaba. Se detuvo a centímetros, obligándolo a inclinar un poco la cabeza para verla a los ojos. Ella era más baja, pero su presencia llenaba todo el espacio.

—Es una distracción peligrosa, poeta —susurró ella, extendiendo una mano enguantada para rozar ligeramente el abdomen de Iván, justo por encima del resorte de sus shorts—. En el ring, si no controlas tus impulsos, terminas en la lona. Y ahora mismo, pareces estar a punto de perder el equilibrio.

—No quiero controlarlos —dijo Iván, su voz bajando una octava—. Te lo dije ayer. Quiero que seas tú. Mi primera vez... quiero que sea contigo.

La boxeadora soltó una carcajada, aunque sus ojos brillaron con una intensidad que contradecía su risa. Se dio la vuelta y saltó sobre las cuerdas del ring con la agilidad de una pantera.

—Ni lo sueñes, niño bueno —dijo ella desde arriba—. Ya te lo advertí. Eres un principiante en todo, Iván. Si te metes en mi cama ahora mismo, te haría pedazos. No tienes la resistencia, no tienes la técnica y, sinceramente, no creo que tu corazoncito de músico aguante el ritmo que yo impongo. Te romperías antes del primer asalto.

—Pruébame —insistió él, subiendo al ring tras ella—. No soy tan frágil como crees. He aguantado tus entrenamientos, he aguantado tus burlas... puedo aguantar lo que sea que me hagas.

Ella se puso en guardia, ignorando la súplica en los ojos de él.

—Menos palabras y más puños. Si tienes tanta energía acumulada, úsala para golpearme. ¡Vamos! ¡Guardia arriba!

El entrenamiento comenzó con una violencia inusual. Iván estaba frustrado, y esa frustración se traducía en golpes más rápidos y pesados. Se movía con una urgencia casi desesperada, tratando de acortar la distancia, de sentir el calor de su cuerpo no solo como una oponente, sino como mujer. Pero ella era intocable. Se deslizaba, esquivaba y contragolpeaba con una precisión quirúrgica, burlándose de él con cada movimiento de cadera.

—¡Estás demasiado tenso! —le gritó ella, propinándole un jab suave en la frente—. ¡Estás pensando con lo que tienes entre las piernas y no con la cabeza! ¡Así te van a matar en la calle!

—¡No me importa la calle! —exclamó Iván, lanzando un derechazo que ella bloqueó con facilidad—. ¡Me importas tú! ¿Por qué me sigues diciendo que no? Sé que tú también lo sientes. Lo vi en tus ojos cuando nos besamos.

Ella se detuvo en seco, obligándolo a frenar. El sudor le corría por las sienes y su pecho subía y bajaba rítmicamente. La mirada que le lanzó fue una mezcla de fuego y una extraña ternura que intentaba ocultar tras su arrogancia.

—Escúchame bien, Iván —dijo ella, acercándose hasta que sus pechos rozaron el pecho de él—. Eres especial, no lo niego. Tienes algo que me vuelve loca, pero no voy a ser la responsable de arruinarte. Sexo conmigo no es hacer el amor como en tus baladas. Es una pelea, es sudor, es morder y es no tener piedad. Y tú... tú todavía tienes demasiada luz en los ojos. No quiero apagártela de un solo golpe.

—No me vas a apagar —insistió Iván, atrapando la cintura de ella con sus manos vendadas, atrayéndola con una fuerza que la sorprendió—. Enciéndeme. Hazme pedazos si quieres, pero hazlo. Prefiero terminar roto por ti que seguir entero sin haberte tenido.

La boxeadora sintió un escalofrío. La intensidad de Iván era abrumadora. Por un momento, la seguridad de ella flaqueó. Sus ojos bajaron a los labios del cantante, y por el silencio que se produjo, Iván supo que estaba ganando terreno.

—Eres un terco, Cornejo —susurró ella, su mano enguantada acariciando la nuca del chico—. Un terco muy convincente.

—Dime que sí —pidió él, su rostro a milímetros del suyo—. Olvida el entrenamiento, olvida el gimnasio. Solo tú y yo.

Ella cerró los ojos un segundo, luchando contra su propio deseo. La tensión en el ring era casi insoportable, un hilo a punto de romperse bajo el peso de una lujuria que ya no podía ser ignorada. Pero entonces, el sonido de la puerta principal abriéndose la hizo reaccionar. El entrenador principal y un par de boxeadores más estaban llegando para el turno de la mañana.

Ella se separó bruscamente, recuperando su máscara de frialdad en un parpadeo.

—Dije que no, Iván —sentenció ella, dándole la espalda para recoger su botella de agua—. Y no me vuelvas a insistir hoy. Si no puedes controlar tu "entusiasmo", mejor vete a casa y date una ducha fría. Tienes mucho que aprender sobre la paciencia.

Iván se quedó solo en el centro del ring, con el corazón martilleando y la frustración quemándole las venas. La vio caminar hacia los recién llegados, saludándolos con su habitual carisma, repartiendo guiños y bromas como si nada hubiera pasado. Era una maestra del control, y él... él era solo un aprendiz que acababa de descubrir que el deseo podía ser un castigo mucho más doloroso que cualquier golpe al hígado.

Se bajó del ring, recogió sus cosas y salió del gimnasio sin decir palabra. El aire frío de la calle no ayudó a calmar el fuego que llevaba dentro. Mientras caminaba hacia su coche, la voz de ella seguía resonando en su cabeza: "Te haría pedazos".

—Pues hazme pedazos de una vez —gruñó Iván para sí mismo, golpeando el volante de su auto—. Porque no voy a parar hasta que seas mía.

Esa noche, en su estudio, Iván no escribió sobre desamor. Escribió sobre el hambre, sobre la piel que arde y sobre la promesa de una destrucción que deseaba con toda su alma. Sabía que ella lo estaba observando, que lo estaba probando, y que cada "no" era solo un round más en una pelea que estaba decidido a ganar, sin importar cuántas veces tuviera que caer.