Estrellas en tus ojos
Guerra de Egos, Besos de Guion y Caricias Prohibidas
La luz del sol se filtraba tímidamente por las pesadas cortinas de seda italiana de la habitación de Kinn, iluminando las partículas de polvo que flotaban sobre muebles que costaban más que un coche deportivo. En medio de esa opulencia, Barcode se removió entre las sábanas de mil hilos, sintiendo el calor del cuerpo a su lado. Se apoyó sobre un codo, observando el rostro de Kinn. Sin el peinado perfecto y sin esa expresión de superioridad que solía llevar como armadura, Kinn se veía casi vulnerable, aunque seguía siendo insultantemente guapo.
Barcode no pudo evitarlo. Se inclinó y dejó un beso corto y sonoro en los labios de su novio, seguido de otro más lento.
—Despierta, mi presumido favorito —susurró Barcode, mordisqueando ligeramente el labio inferior de Kinn—. El mundo necesita su dosis diaria de arrogancia y tú te estás retrasando.
Kinn gruñó, abriendo un ojo con elegancia, incluso en su somnolencia. Al ver la sonrisa traviesa de Barcode, una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro, aunque trató de ocultarla de inmediato.
—Eres un ruidoso, Barcode —dijo Kinn con voz ronca, pasando un brazo por la cintura del cantante para pegarlo a él—. Son apenas las siete de la mañana. Mi piel necesita al menos ocho horas de descanso para mantener este brillo natural.
—Tu brillo natural viene de esas cremas de oro que te pones —se burló Barcode, dándole un empujón juguetón—. Vamos, levántate. Tenemos rodaje hoy y no quiero que el director me regañe porque su "estrella de diamantes" llegó tarde.
Kinn se sentó en la cama, pasando una mano por su cabello revuelto. Miró a Barcode de arriba abajo y frunció el ceño al ver que el chico ya estaba estirando la mano para alcanzar una de sus camisetas anchas y desgastadas que había dejado tirada en el suelo la noche anterior.
—Ni lo pienses —sentenció Kinn, levantándose con la gracia de un modelo de pasarela—. Hoy es el primer día de rodaje oficial con la prensa presente. No vas a ir vestido como si hubieras salido de una liquidación de garaje.
—¡Es cómodo! —protestó Barcode, agitando la camiseta—. Además, a mis fans les encanta mi estilo relajado.
—A tus fans les va a encantar más ver que tienes un novio con gusto —dijo Kinn, caminando hacia su enorme vestidor—. Ven aquí. Vamos a ir en conjunto. Si vamos a ser la pareja del año en la GMMTV, al menos asegúrate de que no parezca que te recogí de la calle por caridad.
Barcode rodó los ojos, pero lo siguió al vestidor. Tras diez minutos de quejas por parte de Barcode y críticas constructivas —pero ácidas— por parte de Kinn, terminaron saliendo de la mansión. Kinn vestía un traje de lino celeste hecho a medida, y había obligado a Barcode a usar una camisa de seda del mismo tono, ligeramente abierta, metida por dentro de unos pantalones de vestir oscuros que resaltaban su figura.
—Me siento como un muñeco de vitrina —refunfuñó Barcode mientras bajaban del coche de lujo frente a los estudios de la empresa.
—Te ves como alguien que puede pagar su propio café, agradece —respondió Kinn, ajustándole el cuello de la camisa con un gesto que empezó siendo posesivo y terminó siendo una caricia suave en la nuca—. Ahora, compórtate.
En cuanto entraron al edificio, la burbuja de intimidad se rompió. Como si fuera una coreografía ensayada, cada uno tomó su rumbo. Kinn se fue directo hacia donde estaba Paul, quien ya lo esperaba con un café orgánico y una agenda llena de compromisos. Barcode, por su parte, divisó a su "trío del caos" cerca de la zona de maquillaje.
—¡Miren quién decidió aparecer! —gritó Keen en cuanto vio a Barcode—. ¿Y esa ropa? ¿Acaso te asaltó un diseñador de Gucci o te quedaste a dormir en el vestidor de Kinn?
Aun soltó una carcajada, rodeando el cuello de Barcode con el brazo.
—Definitivamente es influencia de su majestad el presumido. Barcode, te ves... decente. Es aterrador.
—Cállense —dijo Barcode con una sonrisa amplia, sentándose en la silla de maquillaje—. Kinn se puso intenso con lo de "combinar". Dice que es por la imagen de la serie, pero todos sabemos que solo quiere marcar territorio.
—Pues parece que funciona —comentó Aungpao, el más observador, señalando hacia el otro lado del set—. Paul no deja de mirar el reloj, pero Kinn no deja de mirarte a ti a través del espejo.
Barcode miró hacia donde señalaba su amigo y, efectivamente, atrapó la mirada de Kinn. El chico rico le guiñó un ojo casi imperceptiblemente antes de volver a quejarse con Paul sobre la temperatura del agua mineral.
El ambiente en el set era eléctrico. El director llamó a todos a sus posiciones para la primera escena importante del día. Era una escena clásica de serie BL: un encuentro en la biblioteca donde la tensión acumulada finalmente estallaba en un beso. Para cualquier otra pareja de actores, esto requeriría horas de práctica y timidez, pero para ellos, era simplemente un martes.
—¡Acción! —gritó el director.
Kinn, interpretando a su personaje de heredero arrogante, acorraló a Barcode contra una de las estanterías de libros. La mirada de Kinn era intensa, cargada de ese deseo que Barcode conocía tan bien.
—Crees que puedes burlarte de mí y salir ileso, ¿verdad? —dijo Kinn con voz baja, siguiendo el guion, pero añadiendo ese toque de posesividad real que siempre lo caracterizaba.
—Solo eres un presumido que no sabe lo que es divertirse —respondió Barcode, su personaje desafiante, acercando su rostro al de Kinn—. ¿Qué vas a hacer? ¿Comprarme?
—Voy a hacer algo que no puedes comprar con todo el dinero de tu familia —susurró Kinn.
Y entonces, lo besó. Fue un beso perfecto. No fue el típico beso casto de televisión; hubo pasión, hubo una sincronización que dejó a todo el equipo de producción en silencio. Barcode enredó sus dedos en el cabello de Kinn, olvidando por un momento las cámaras, mientras Kinn lo sujetaba de la cintura con una firmeza que decía "eres mío".
—¡Corten! ¡Excelente! —exclamó el director, emocionado—. ¡Esa química es oro puro! ¡A descansar, chicos!
En cuanto se separaron, Barcode le dio un pequeño golpe en el hombro a Kinn.
—Te aprovechaste de la escena para usar lengua, presumido —le susurró al oído mientras se alejaban del set.
—Es actuación de método, chico chusma —respondió Kinn con una sonrisa de suficiencia—. Deberías agradecerme por elevar tu nivel actoral.
Llegó la hora del almuerzo y, para sorpresa de todos, los dos grupos de amigos terminaron sentados en una mesa larga en la cafetería. De un lado estaban Paul y Kinn, rodeados de carpetas y hablando de marcas; del otro, Keen, Aun y Aungpao, que estaban en medio de una guerra de comida con papas fritas. Barcode se sentó justo al lado de Kinn.
—¿No pueden comer como personas civilizadas? —preguntó Paul, mirando con horror cómo Keen intentaba meterse cinco papas en la boca al mismo tiempo.
—¿No pueden hablar de algo que no sea dinero por cinco minutos? —replicó Keen con la boca medio llena—. Es aburridísimo.
—El dinero es lo que mueve el mundo, querido —dijo Kinn, tomando un sorbo de su té helado con elegancia—. Aunque entiendo que para ustedes sea un concepto abstracto.
—¡Oye! —protestó Aun—. Barcode también es millonario y no es tan estirado como tú.
—Barcode es una excepción —dijo Kinn, mirando a su novio con un brillo extraño en los ojos—. Es un diamante en bruto... muy, muy bruto.
Barcode soltó una risa y, por debajo de la mesa, deslizó su mano hasta la cintura de Kinn. Sintió cómo el cuerpo del otro se tensaba ligeramente ante el contacto inesperado. Kinn continuó hablando con Paul sobre un contrato de patrocinio, pero su respiración se volvió un poco más pesada cuando Barcode comenzó a trazar círculos con el pulgar sobre su cadera.
—Como decía —continuó Kinn, tratando de mantener la compostura—, la marca de relojes quiere exclusividad para el estreno...
Barcode, sintiéndose especialmente travieso y empoderado por el éxito de la escena del beso, decidió ir un paso más allá. Deslizó su mano desde la cintura de Kinn hacia su muslo, subiendo lentamente por la tela costosa del pantalón de lino.
Kinn se detuvo a mitad de una frase, apretando el borde de la mesa con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.
—¿Kinn? ¿Estás bien? —preguntó Paul, frunciendo el ceño—. Te has quedado pálido.
—Sí... solo... hace calor aquí, ¿no creen? —dijo Kinn, su voz un octavo más aguda de lo normal.
Barcode sonrió para sus adentros, disfrutando del poder que tenía sobre el "imperturbable" Kinn. Sus dedos continuaron su camino ascendente, rozando peligrosamente la zona prohibida de su novio. Sabía que nadie podía ver nada gracias al largo mantel de la mesa, lo que hacía que el juego fuera mucho más excitante.
—¿Calor? —dijo Keen, mirando el aire acondicionado—. Yo tengo frío. Barcode, ¿no tienes frío?
—Para nada —respondió Barcode con una voz angelical, mientras su mano encontraba su objetivo y ejercía una presión firme y rítmica—. De hecho, creo que el ambiente está empezando a calentarse mucho.
Kinn soltó un jadeo ahogado que intentó disfrazar con una tos falsa. Miró de reojo a Barcode, quien lo miraba con una expresión de absoluta inocencia mientras masticaba un trozo de manzana.
—Barcode... —advirtió Kinn en un susurro casi inaudible, pero sus ojos gritaban una mezcla de deseo y desesperación.
—¿Necesitas algo, Kinn? —preguntó Barcode en voz alta, inclinándose hacia él, haciendo que su mano presionara un poco más fuerte—. Te ves un poco... tenso. ¿Quieres que te ayude a relajarte?
Aungpao, que siempre lo notaba todo, miró de Barcode a Kinn y luego hacia abajo de la mesa. Soltó una pequeña risita y volvió a su comida, decidiendo que era mejor no intervenir en los juegos de la pareja.
Kinn, dándose cuenta de que no iba a ganar esta batalla en público, cerró los ojos por un segundo, tratando de controlar su reacción. Paul seguía hablando de números y Keen estaba contando un chiste malo sobre un pollo, ajenos al drama erótico que ocurría a centímetros de ellos.
Finalmente, Kinn tomó la mano de Barcode por encima de la mesa, entrelazando sus dedos con fuerza para detener el movimiento, aunque no lo soltó.
—Creo que —dijo Kinn, recuperando su tono arrogante pero con un brillo de promesa en los ojos— que Barcode y yo tenemos que ir a repasar la siguiente escena. Ahora mismo.
—¿Tan pronto? —se quejó Aun—. ¡Si ni siquiera han traído el postre!
—El postre puede esperar —sentenció Kinn, levantándose bruscamente y arrastrando a Barcode con él—. Este chico chusma necesita aprender una lección sobre... etiqueta profesional.
Barcode se dejó llevar, riendo entre dientes mientras se despedía de sus amigos con la mano libre.
—¡Nos vemos luego, chicos! ¡Kinn dice que mi técnica necesita "ajustes personales"!
En cuanto cruzaron la puerta del pasillo que llevaba a los camerinos privados, Kinn empujó a Barcode contra la pared, atrapándolo entre sus brazos. Ya no había rastro del chico elegante y comedido; solo quedaba el hombre que ardía por el toque de su novio.
—Eres un peligro público, Barcode —gruñó Kinn, besándolo con una ferocidad que hizo que a Barcode le temblaran las piernas—. ¿Tienes idea de lo difícil que fue no saltarte encima frente a Paul?
—Esa era la idea, presumido —respondió Barcode, jadeando entre besos—. Me encanta romper esa fachada perfecta tuya. Te ves mucho mejor cuando estás desesperado por mí.
Kinn soltó una risa ronca, bajando sus manos para devolverle el favor, apretando los muslos de Barcode con una posesividad que no aceptaba réplicas.
—Puede que seas un ruidoso y un desastre —susurró Kinn contra su cuello—, pero eres mi desastre. Y ahora, vas a tener que pagar por lo que hiciste en esa mesa.
Barcode sonrió, rodeando el cuello de Kinn con sus brazos, sabiendo que, sin importar cuántas marcas de lujo usara Kinn o cuántas bromas hiciera él, en ese espacio entre ellos, no había clases sociales ni etiquetas, solo una pasión que ningún guion podría superar jamás.
—Acepto el castigo, su alteza —dijo Barcode antes de volver a unir sus labios en un beso que sellaba, una vez más, su caótico pero perfecto amor.