Estrellas en tus ojos
Etiquetas de Diseñador y Coronas de Cristal
El ambiente en el set de GMMTV estaba inusualmente relajado esa tarde de viernes. Las grabaciones habían terminado temprano y el grupo se había amontonado en la sala de descanso principal, un espacio lleno de pufs de colores, consolas de videojuegos y una nevera siempre surtida. Barcode estaba desparramado en un sofá de cuero, con los pies descalzos sobre la mesa de centro, mientras Keen y Aun se peleaban por el último trozo de pizza.
Kinn, por supuesto, estaba sentado en una silla individual de diseño, cruzado de piernas, revisando su tableta con una expresión de concentración absoluta. Llevaba un cárdigan de cachemira color perla que probablemente costaba más que el equipo de sonido de la sala. Paul estaba a su lado, abanicándolo con un guion impreso porque, según Kinn, el aire acondicionado central tenía un "humor vulgar" ese día.
—Oigan —soltó Keen de repente, limpiándose la salsa de la comisura de los labios con el dorso de la mano—, estaba revisando las tendencias en Twitter y el hashtag de la serie está explotando. Pero hay una guerra civil entre los fans.
—¿Sobre qué? —preguntó Barcode, lanzándole una uva a la boca de Aun—. ¿Sobre si mi voz es mejor que la de un ángel? Porque la respuesta es sí.
—No, tonto —Keen soltó una risita burlona y miró de reojo a Kinn—. Es sobre el orden de los nombres. La mitad del fandom dice que es *KinnBarcode*, pero la otra mitad, la que realmente sabe de química, insiste en que es *BarcodeKinn*.
El silencio que siguió fue sepulcral. Kinn levantó la vista de su tableta con la lentitud de un depredador que acaba de escuchar una rama romperse. Barcode, por su parte, se incorporó lentamente, dejando caer los pies al suelo.
—¿BarcodeKinn? —repitió Barcode, una sonrisa traviesa empezando a bailar en sus labios—. Me gusta cómo suena. Tiene fuerza. Tiene autoridad. Tiene ese toque de "yo mando aquí".
Kinn cerró la tableta con un golpe seco que hizo que Paul diera un respingo.
—Por favor —dijo Kinn, su voz destilando una elegancia gélida—. El orden natural de las cosas siempre pone lo más valioso y dominante primero. Es *KinnBarcode*. Suena melódico, aristocrático y, sobre todo, correcto. Alguien como yo no puede ir después de alguien que usa calcetines con dibujos de dinosaurios.
—¡Oye! —protestó Barcode, señalando sus pies—. ¡Son de edición limitada! Y el orden de los nombres refleja quién lleva los pantalones en la relación, presumido. Y todos aquí saben que, aunque tú brilles mucho, soy yo quien te hace bajar de esa nube de seda.
—¿Tú? —Kinn soltó una carcajada seca, levantándose y ajustándose la costura de su pantalón—. Barcode, cariño, apenas puedes decidir qué desayunar sin preguntarme si combina con tu energía del día. Yo soy el que toma las decisiones. Yo soy el dominante. Es una cuestión de jerarquía estética y personal.
—¡Jerarquía estética mis narices! —exclamó Barcode, poniéndose de pie para quedar frente a frente con él—. En el set, yo soy el que improvisa y te deja sin palabras. En los conciertos, yo soy el que domina al público. Y en... otros lugares, no recuerdo que fueras tú quien pedía permiso.
Keen, Aun y Paul se miraron entre sí. La discusión había pasado de ser una broma de fans a algo peligrosamente personal.
—¡Es BarcodeKinn y punto! —sentenció Barcode, cruzándose de brazos—. Soy más popular, soy más divertido y, claramente, soy el que tiene el control.
—Eres un niño caprichoso que confunde ruido con autoridad —replicó Kinn, dando un paso hacia el espacio personal de Barcode, su perfume francés inundando el aire—. Un verdadero dominante no necesita gritarlo. Se nota en la forma en que camina, en cómo viste y en cómo maneja a los demás. O sea, yo. Es *KinnBarcode*. No voy a permitir que mi marca personal se vea arrastrada al segundo puesto por alguien que todavía no sabe hacerse el nudo de la corbata.
—¡Pues quédate con tu marca personal y tu corbata! —gritó Barcode, genuinamente indignado—. Si tanto te importa el orden, ve a dormir con tu árbol genealógico. ¡Vámonos, chicos! ¡Este lugar huele demasiado a arrogancia y laca para el cabello!
Barcode agarró su mochila y salió de la sala a zancadas, seguido por un Keen que contenía la risa y un Aun que no sabía dónde meterse. Aungpao, que había estado leyendo en un rincón, simplemente suspiró y los siguió en silencio.
Kinn se quedó de pie, vibrando de indignación, mientras Paul intentaba calmarlo.
—Kinn, es solo un nombre... —susurró Paul.
—¡No es solo un nombre, Paul! —estalló Kinn, pasándose una mano por su cabello perfectamente peinado—. Es una cuestión de principios. Soy un Kinn. Los Kinn no van en segundo lugar. Nunca.
***
La tarde transcurrió en un ambiente de guerra fría. Barcode se fue con sus amigos a un salón de juegos recreativos, donde se dedicó a masacrar zombis en una pantalla gigante con una furia inusitada.
—¡Toma esto, presumido de seda! —gritaba Barcode cada vez que disparaba—. ¡BarcodeKinn manda!
—Amigo, relájate —dijo Keen, apoyado en la máquina de baile—. Solo fue un comentario. Aunque, para ser sinceros, Kinn se puso muy intenso. ¿De verdad pelean por eso?
—Es que se cree superior —refunfuñó Barcode, dejándose caer en un banco—. Se cree que porque usa ropa de cinco mil dólares y tiene modales de príncipe, él es quien tiene el control de todo. Me ama, lo sé, pero su ego es más grande que su vestidor. Y eso es decir mucho.
Mientras tanto, en un exclusivo club privado donde solo se servía agua mineral de manantial y canapés de caviar, Kinn descargaba su frustración con Paul.
—¿Puedes creerlo? —decía Kinn, mirando su reflejo en una copa de cristal—. "BarcodeKinn". Es cacofónico. Es un insulto a la gramática y a mi linaje. Barcode necesita una lección de humildad. Cree que porque es encantador y la gente lo adora, puede pasarme por encima.
—Tal vez solo quiere sentirse igual de importante que tú —sugirió Paul con cautela.
—Él es importante —admitió Kinn, su voz suavizándose por un microsegundo antes de volver a endurecerse—. Pero yo soy el que guía. Yo soy el pilar elegante de esta relación. Si cediera en esto, ¿qué sigue? ¿Dejar que decida el color de las cortinas? ¡Jamás!
***
La noche cayó sobre la ciudad y, como era de esperar, ambos terminaron regresando al lujoso ático de Kinn. A pesar de la pelea, ninguno de los dos concebía dormir en lugares separados; su magnetismo era más fuerte que cualquier discusión sobre jerarquías.
Barcode llegó primero, todavía con su camiseta de dinosaurios y el cabello revuelto. Se sentó en la cama de matrimonio, esperando. Cuando escuchó el sonido de la cerradura electrónica y los pasos firmes de Kinn sobre el suelo de mármol, se preparó para el segundo asalto.
Kinn entró en la habitación, se quitó el cárdigan con una elegancia exasperante y lo dejó sobre una silla. No miró a Barcode. Se dirigió al baño, se lavó la cara con sus productos de edición limitada y regresó, vistiendo un pijama de seda negra que lo hacía parecer un villano de película clásica.
—¿Todavía piensas que eres el primero en la lista? —preguntó Barcode desde la cama, desafiante.
Kinn se detuvo al pie de la cama, mirándolo con esos ojos afilados que siempre hacían que el corazón de Barcode diera un vuelco.
—No lo pienso, Barcode. Lo sé. Es una realidad objetiva. Ahora, hazte a un lado, la chusma no debería ocupar el lado derecho de la cama.
Barcode se puso de pie de un salto, quedando frente a él. La diferencia de altura siempre jugaba a favor de Kinn, pero Barcode tenía una energía que compensaba cualquier centímetro.
—Eres un presumido insoportable —susurró Barcode, acercándose tanto que sus pechos casi se tocaban—. Crees que por ser el "dominante" tienes el poder, pero te olvidas de algo muy importante.
—¿Ah, sí? ¿De qué? —desafió Kinn, aunque su respiración empezaba a traicionarlo ante la cercanía de Barcode.
—De que yo soy el único que sabe cómo desarmarte —dijo Barcode con una sonrisa depredadora—. El orden de los nombres no importa en Twitter, Kinn. Importa aquí.
Sin previo aviso, Barcode empujó a Kinn hacia atrás. El chico rico, sorprendido por la fuerza repentina del cantante, cayó sobre el colchón de plumas. Antes de que pudiera protestar o recuperar su dignidad aristocrática, Barcode se posicionó sobre él, atrapando sus manos por encima de su cabeza.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Kinn, aunque su voz carecía de autoridad real.
—Enseñándote quién es el dueño de este palacio de cristal —respondió Barcode, bajando la cabeza para besar la línea de la mandíbula de Kinn—. Puedes quedarte con tu nombre primero en los créditos, puedes quedarte con tus marcas y tu arrogancia... pero cuando las luces se apagan, tú me perteneces a mí.
Barcode lo besó con una intensidad que borró cualquier rastro de la discusión de la tarde. Era un beso que reclamaba territorio, un beso que decía que, a pesar de las apariencias, Barcode era el fuego que consumía la frialdad de Kinn.
Kinn intentó resistirse un momento, queriendo mantener su fachada de control, pero cuando los labios de Barcode bajaron por su cuello y sus manos empezaron a desabotonar la seda del pijama, soltó un suspiro de rendición. Sus dedos se enredaron en el cabello de Barcode, atrayéndolo más hacia él.
—Eres un tramposo... —jadeó Kinn, arqueando el cuerpo cuando Barcode dejó una marca roja justo sobre su clavícula.
—Soy el que manda, presumido —susurró Barcode contra su piel—. Recuérdalo.
La noche se volvió un torbellino de caricias y susurros. Barcode se tomó su tiempo, explorando cada rincón del cuerpo de Kinn con una devoción que mezclaba el amor con la picardía. Kinn, despojado de sus trajes y de su armadura de lujo, era simplemente un hombre entregado al tacto de la persona que amaba.
En el momento más álgido, cuando el sudor empañaba la piel de ambos y el mundo exterior había dejado de existir, Barcode se inclinó sobre el oído de Kinn, su voz cargada de una ternura posesiva.
—No importa lo que diga Keen, ni lo que diga Paul, ni lo que diga todo internet —murmuró Barcode, besando la frente sudorosa de su novio—. Aquí, en esta cama, yo soy el dueño de esta bonita entrada rosa. Siempre seré yo quien te reclame.
Kinn no pudo responder con palabras, solo con un gemido que se perdió en la boca de Barcode mientras alcanzaban juntos ese lugar donde los nombres y los órdenes carecían de sentido.
Horas más tarde, con la respiración ya tranquila y los cuerpos entrelazados bajo las sábanas de seda, Kinn rompió el silencio. Tenía la cabeza apoyada en el pecho de Barcode, escuchando los latidos rítmicos de su corazón.
—Sigo pensando que *KinnBarcode* suena mejor —susurró Kinn, aunque sin mucha convicción.
Barcode soltó una carcajada suave y le dio un pequeño tirón al cabello.
—Duérmete ya, presumido. Mañana puedes seguir siendo el número uno para el mundo. Pero ahora mismo, eres solo mío.
Kinn cerró los ojos, esbozando una pequeña sonrisa de satisfacción. Sabía que Barcode tenía razón. Podía tener todo el dinero del mundo, la ropa más cara y la fama más grande, pero nada se comparaba con la sensación de ser dominado por el chico que, con una camiseta de dinosaurios y una sonrisa burlona, se había convertido en el único dueño de su corazón y de su voluntad.
—Está bien —cedió Kinn, acomodándose mejor en el abrazo—. Por hoy... puede ser *BarcodeKinn*. Pero solo por hoy.
—Mañana ya veremos —respondió Barcode, cerrando también los ojos, feliz de haber ganado la batalla más importante de la jornada.
En la oscuridad del ático, rodeados de lujos innecesarios, lo único real era el calor de sus cuerpos y la certeza de que, sin importar quién fuera el primero o el segundo, eran dos mitades de un mismo caos perfecto. El chico chusma y el presumido habían encontrado, una vez más, su equilibrio personal.