Estrellas en tus ojos
Lágrimas de Oro, Desayuno en la Cama y el Reflejo de un Imperio
El sol de Bangkok se filtraba a través de las cortinas de seda motorizadas del ático, proyectando sombras alargadas sobre la cama de tamaño king donde Kinn dormía con la elegancia de un príncipe de la dinastía Qing. A sus treinta años, el "presumido" oficial de GMMTV no había perdido ni un ápice de su belleza; al contrario, la paternidad le había otorgado un aire de sofisticación madura que Barcode encontraba absolutamente irresistible.
Hoy no era un día cualquiera. Era el cumpleaños de Kinn, y en esa casa, los cumpleaños se trataban con la misma reverencia que una gala de los Oscar.
Barcode entró en la habitación de puntillas, sosteniendo una bandeja de plata que pesaba lo suyo. Había pasado dos horas en la cocina —bajo la estricta y burlona supervisión de Paul, que no confiaba en sus habilidades culinarias— preparando el desayuno perfecto.
—Despierta, mi diamante —susurró Barcode, dejando la bandeja en la mesita de noche y dándole un beso suave en la sien.
Kinn emitió un quejido melodioso y se estiró, abriendo un ojo con pereza. Al ver la bandeja, una sonrisa de suficiencia curvó sus labios.
—Espero que ese café sea de grano seleccionado y que las tostadas no tengan ni un borde quemado, Barcode —dijo Kinn, incorporándose y acomodando sus almohadas de plumas—. Sabes que mi paladar no acepta errores matutinos.
—Solo lo mejor para el cumpleañero más arrogante del mundo —rio Barcode, colocando la bandeja sobre el regazo de Kinn—. Tienes huevos benedictinos con trufa negra, fruta cortada en forma de corazones y ese café que cuesta más que mi primera guitarra.
Kinn probó un bocado de fruta, asintiendo con aprobación real. Antes de que pudiera decir algo más, la puerta se abrió de golpe y un pequeño torbellino de tres niños entró corriendo, saltando sobre la cama con una energía que casi hace volar el café por los aires.
—¡Feliz cumpleaños, Papi Kinn! —gritaron Venice, Sky y el pequeño Rain, el tercer hijo que había nacido la noche de la boda.
Venice, que ya se sentía todo un caballero a sus seis años, sostenía un sobre de color crema con un sello de lacre dorado. Se lo entregó a Kinn con una reverencia exagerada que le había enseñado Paul.
—Es para ti, Papi —dijo Venice con orgullo—. El tío Paul dijo que es el papel más caro del mundo, hecho de la corteza de un árbol milenario que solo crece en una montaña privada.
Kinn arqueó una ceja, impresionado. Abrió el sobre con cuidado, como si manipulara un manuscrito antiguo. Dentro, los tres niños habían dibujado a la familia. Venice había dibujado a Kinn con una corona gigante, a Barcode con una guitarra y a los tres niños rodeados de lo que parecían ser bolsas de compras y dinosaurios.
—"Para el Papi más guapo y elegante" —leyó Kinn en voz alta, sintiendo que su fachada de frialdad se derretía por completo—. "Prometemos no ensuciar la alfombra persa hoy. Te amamos".
Kinn atrajo a los tres niños hacia él, abrazándolos con fuerza mientras Barcode los observaba desde el borde de la cama, con los brazos cruzados y una expresión de absoluta plenitud.
—Es el mejor regalo que he recibido —susurró Kinn, besando la cabeza de Rain—. Aunque el papel sea de un árbol milenario, lo que hay escrito dentro vale mucho más.
—Bueno, no te pongas demasiado sentimental todavía —intervino Barcode, guiñando un ojo a los niños—. El día acaba de empezar. Niños, vayan con el tío Paul a vestirse. Papi Kinn necesita prepararse para su gran sorpresa.
—¿Otra sorpresa? —preguntó Kinn, terminando su café—. Espero que no incluya helicópteros, Barcode. Ya sabes que el viento me despeina de una forma imperdonable.
—Confía en mí, presumido. Solo ponte tu traje más caro. El de seda blanca que guardas para ocasiones especiales.
***
El resto del día fue un despliegue de lujo y afecto. Recibieron visitas de Keen, Aun y Aungpao, quienes trajeron regalos que iban desde ropa de diseñador para los niños hasta bromas pesadas que Kinn fingió despreciar pero que terminó disfrutando. Al caer la noche, Barcode condujo a Kinn hacia el coche, pero antes de arrancar, sacó una venda de seda negra de su bolsillo.
—¿En serio, Barcode? ¿Vendas? —se quejó Kinn, aunque dejó que su esposo se la colocara—. Si esto arruina mi maquillaje de ojos, pediré el divorcio mañana mismo.
—Cállate y disfruta del viaje, alteza.
El trayecto duró unos veinte minutos. Cuando el coche se detuvo, Barcode bajó para abrir la puerta de Kinn y lo guio de la mano. El aire se sentía fresco, con el aroma de la lluvia reciente y el perfume de los jazmines.
—¿Dónde estamos? —preguntó Kinn, sintiendo la hierba bajo sus zapatos de cuero—. No me digas que me has traído a un campo. Sabes que odio los insectos.
—Estamos en casa, Kinn —susurró Barcode al oído de su esposo.
Barcode desató la venda. Kinn parpadeó varias veces, ajustando su vista a la luz de la luna y a las luces LED estratégicamente colocadas entre los árboles.
Frente a ellos se alzaba una mansión de arquitectura moderna y minimalista, con enormes ventanales de cristal que reflejaban el cielo nocturno y una piscina infinita que parecía fundirse con el horizonte de Bangkok. No era solo una casa; era una obra de arte.
—¿Qué es esto? —preguntó Kinn, su voz apenas un susurro de asombro.
—Nuestra nueva casa —respondió Barcode, abrazándolo por la espalda—. El ático era genial, pero los niños están creciendo. Necesitábamos espacio. He pasado los últimos dos años diseñando esto contigo en mente. Tiene un vestidor del tamaño de una boutique de París, una sala de música para mí, y un jardín donde los niños pueden correr sin romper nada de cristal... bueno, casi nada.
Kinn caminó hacia la entrada principal, donde una placa de plata rezaba: "Familia Kittisawat-Theerapanyakul". Al entrar, vio que la casa ya estaba decorada con sus cuadros favoritos y que Paul ya había organizado la cava de vinos con las mejores cosechas.
—Es perfecta —dijo Kinn, volviéndose hacia Barcode con los ojos brillantes—. Es... es demasiado, incluso para mí.
—Nada es demasiado para ti, Kinn —dijo Barcode con sinceridad—. Me diste una familia. Me diste una razón para ser mejor cada día. Esta casa es solo el estuche para el diamante que eres tú.
Se quedaron en la terraza, mirando las luces de la ciudad a lo lejos. Venice, Sky y Rain aparecieron desde el interior de la casa, corriendo hacia la piscina con Paul y Keen detrás, vigilándolos. Los gritos de alegría de los niños llenaron el aire, mezclándose con la música suave que Barcode había puesto en el sistema de sonido integrado.
Kinn se apoyó en el barandal de cristal, observando a sus hijos jugar. Venice estaba intentando enseñarle a Sky cómo caminar "con clase", mientras el pequeño Rain intentaba atrapar una luciérnaga.
—Mira eso, Barcode —dijo Kinn, señalando a los niños—. ¿Quién nos iba a decir que terminaríamos así?
Barcode se puso a su lado, entrelazando sus dedos con los de Kinn.
—Recuerdo cuando nos conocimos en la empresa —dijo Barcode con una sonrisa nostálgica—. Eras tan arrogante. Me llamabas "chico chusma" cada vez que podías.
—Y tú eras un insoportable que no dejaba de burlarse de mis zapatos —rio Kinn, recostando su cabeza en el hombro de Barcode—. Pero míranos ahora. Tres hijos, una boda legendaria y una mansión que haría llorar de envidia a cualquier millonario de este país.
—Lo tenemos todo, ¿verdad? —preguntó Barcode.
Kinn se volvió hacia él, tomándolo por el cuello de la camisa y atrayéndolo para un beso largo y profundo. Sabía a felicidad, a estabilidad y a un amor que había sobrevivido a escándalos, pérdidas y egos gigantescos.
—Lo tenemos todo —confirmó Kinn contra sus labios—. Aunque sigo pensando que tu sentido de la moda necesita una intervención urgente, Barcode. Esa chaqueta de cuero no combina para nada con el ambiente de esta casa.
—Y ahí está —rio Barcode, estrechándolo más fuerte—. Mi presumido favorito. No cambies nunca, Kinn.
—No pensaba hacerlo. La perfección no se cambia, se mantiene.
Se quedaron allí, bajo la luz de la luna, viendo cómo sus hijos crecían frente a sus ojos. Barcode miró a su linda familia y pensó en todo el camino recorrido: desde las peleas en los camerinos de GMMTV hasta los pañales de seda y las noches en vela. Pensó en el gemelo que no estaba físicamente pero que siempre vivía en sus corazones, y en la fuerza de Kinn, que había logrado reconstruirse una y otra vez.
En ese momento, Barcode comprendió que no importaban las marcas, los lujos o las casas de cristal. Lo único que importaba era el calor de la mano de Kinn en la suya y el sonido de las risas de sus hijos. Eran un imperio construido sobre el amor más puro y caótico del mundo.
—Feliz cumpleaños, Kinn —susurró Barcode una última vez.
—Gracias por hacerme el hombre más afortunado del mundo, chico chusma —respondió Kinn, cerrando los ojos y disfrutando del latido compartido de sus corazones.
La noche continuó, llena de risas, champán y la promesa de un futuro que, al igual que el papel del árbol más caro del mundo, estaba destinado a durar para siempre. El presumido y el cantante habían encontrado su hogar, y esta vez, las paredes eran tan fuertes como su amor.