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Estrellas en tus ojos

Diamantes, Dinosaurios y una Propuesta a Media Luz

El ático de la familia más extrante y glamurosa de GMMTV estaba sumido en una paz inusual para ser un martes por la tarde. El sol de Bangkok comenzaba a descender, tiñendo las cortinas de seda italiana de un naranja vibrante que Kinn, incluso en su estado de somnolencia, habría calificado como "aceptable para una puesta de sol de gama media".

Kinn estaba desparramado en el sofá principal, envuelto en una bata de terciopelo azul marino. Su vientre de tres meses apenas empezaba a curvarse, una pequeña protuberancia que él acariciaba inconscientemente mientras dormitaba. El embarazo de los gemelos había sido un torbellino de drama, pero este tercero parecía traer consigo una languidez que lo mantenía en un estado de gracia perezosa.

A unos metros de él, Sky, el gemelo que había sobrevivido y que ahora era un torbellino de energía de un año y medio, estaba sentado en la alfombra persa. Venice, el hermano mayor y autoproclamado protector de la estética familiar, estaba a su lado, pero su atención no estaba en sus juguetes de madera importada.

Venice sostenía entre sus dedos pequeños una cajeta de terciopelo negro que había encontrado "escondida" (según su criterio de detective de cinco años) en el cajón de los calcetines de Papi Barcode.

Kinn entreabrió un ojo, alertado por el silencio sospechoso. Los niños en silencio eran sinónimo de desastre o de una joya perdida. Lo que vio lo hizo contener el aliento, pero no por pánico, sino por una ironía deliciosa que empezó a burbujear en su pecho.

Venice había sacado un anillo de platino con un diamante solitario que brillaba con la intensidad de mil focos de estudio. Con una seriedad digna de un desfile de alta costura, el niño estaba intentando encajar el anillo en la garra de plástico de un tiranosaurio rex verde chillón, el juguete favorito de Sky.

—Listo, señor Dino —susurró Venice, concentrado—. Ahora eres el novio de Papi Kinn. Tienes que ser elegante, no muerdas la seda.

Kinn soltó una risita ahogada, tapándose la boca con la mano para no romper el encanto de la escena. Barcode, su talentoso y a veces atolondrado esposo de facto, llevaba meses planeando "la sorpresa del siglo". Kinn lo sabía porque Barcode era tan sutil como un concierto de rock en una biblioteca; lo había visto sudar cada vez que Kinn se acercaba a ese cajón, lo había escuchado ensayar discursos frente al espejo del baño y había notado cómo sus manos temblaban últimamente.

Y ahora, el anillo de compromiso más caro de Tailandia estaba siendo usado como accesorio para un dinosaurio de plástico de diez dólares.

En ese momento, la puerta principal se abrió con el sonido electrónico de la cerradura. Barcode entró, todavía con la adrenalina del concierto que acababa de dar en el Impact Arena. Tenía el cabello revuelto, la chaqueta de cuero entreabierta y esa sonrisa de "estrella del pop" que siempre hacía que las rodillas de Kinn flaquearan, aunque él nunca lo admitiría en voz alta.

—¡Ya llegó el rey de la casa! —exclamó Barcode, dejando las llaves en la mesa de entrada—. ¿Dónde están mis tesoros? Kinn, amor, tengo una sorpresa para ti que va a...

Barcode se detuvo en seco al entrar a la sala. Su mirada bajó de Kinn, que lo observaba con una ceja levantada y una sonrisa de suficiencia, hacia sus hijos en la alfombra.

—¡Papi Barcode! —gritó Venice, levantando el dinosaurio—. ¡Mira! El señor Dino se va a casar con Papi Kinn. Tiene un anillo brillante.

El rostro de Barcode pasó por una gama de colores que rivalizaba con las luces de su concierto. Del rojo pasión al blanco pálido en tres segundos. Sus ojos se fijaron en el anillo de miles de dólares que colgaba precariamente de la pata del tiranosaurio.

—Venice... —balbuceó Barcode, llevándose las manos a la cabeza—. Ese... ese no es un juguete para el señor Dino.

Kinn soltó una carcajada melodiosa, sentándose con elegancia y acomodándose la bata. Con un gesto fluido, tomó a Sky, que empezaba a quejarse de hambre, y lo acomodó en su regazo. Sin dejar de mirar a Barcode con un desafío chispeante en los ojos, Kinn desabotonó ligeramente su prenda para alimentar al pequeño.

—Vaya, Barcode —dijo Kinn, su voz destilando una ironía exquisita mientras Sky se prendía a su pecho—. No sabía que tenías gustos tan... prehistóricos para las propuestas de matrimonio. Aunque debo decir que el diamante combina sorprendentemente bien con el verde del dinosaurio. Es un contraste vanguardista.

Barcode se dejó caer en un puf, derrotado por la pureza del caos familiar.

—Llevo seis meses ahorrando para ese diamante, Kinn —se lamentó Barcode, aunque no podía evitar sonreír al ver la escena—. Quería alquilar un helipuerto, poner diez mil rosas rojas y cantar una canción que escribí solo para ti. ¡Iba a ser legendario! ¡Iba a salir en todas las revistas de chismes!

—Cariño —replicó Kinn, acariciando la cabecita de Sky mientras el bebé comía tranquilamente—, nada de lo que planees podrá superar esto. Tu hijo acaba de comprometerme con un reptil extinto usando tu fortuna. Es poético. Es muy "tú".

Barcode suspiró, gateando por la alfombra hasta quedar frente a Kinn. Con cuidado, recuperó el anillo de la pata del dinosaurio —ante la protesta indignada de Venice— y tomó la mano libre de Kinn. El diamante brillaba bajo la luz tenue del ático, reflejando la vida que habían construido juntos.

—Sé que no hay helipuerto, ni rosas, y que huelo a sudor de escenario —dijo Barcode, su voz volviéndose repentinamente seria y profunda—, pero este anillo es pequeño comparado con lo que siento por ti. Kinn, eres el hombre más insoportable, presumido y caro del mundo, y no puedo esperar a pasar el resto de mi vida intentando estar a tu altura. ¿Te casarías conmigo de verdad? ¿Sin dinosaurios de por medio?

Kinn sintió ese nudo en la garganta que siempre intentaba ocultar tras su fachada de aristócrata. Miró a Venice, que ahora jugaba con el dinosaurio "soltero", miró a Sky alimentándose en sus brazos, y finalmente miró a Barcode, el chico que lo amaba sin condiciones.

—Solo si la boda es lo suficientemente elegante como para borrar este trauma estético —respondió Kinn con una sonrisa radiante—. Sí, Barcode. Me casaré contigo.

***

Seis meses después, el caos del ático se había trasladado a una suite de lujo en el hotel más prestigioso de Bangkok. Era el día de la boda.

Kinn estaba de pie frente a un espejo de cuerpo entero, rodeado por tres sastres que hacían ajustes microscópicos a su traje de seda blanca con bordados en hilo de plata. Su embarazo de nueve meses era evidente, dándole una figura imponente y majestuosa que él lucía con un orgullo casi desafiante.

—Paul, por favor, dile al maquillador que si usa un tono de base más oscuro que mi cuello, lo despediré personalmente —ordenó Kinn, revisando su reflejo—. Un Kinn no se casa con un bronceado artificial de clase baja.

Paul, que estaba al borde de un colapso nervioso mientras sostenía a Sky y Venice (ambos vestidos con mini-esmóquines idénticos), asintió frenéticamente.

—Sí, Kinn. Todo está bajo control. Barcode está en la otra suite y... bueno, él está teniendo sus propios problemas.

En la suite de enfrente, el ambiente era radicalmente distinto. Si la habitación de Kinn era un templo de la moda, la de Barcode era una zona de guerra.

Barcode estaba sentado en una silla, sudando a mares a pesar del aire acondicionado a máxima potencia. Su corbata de lazo estaba deshecha y colgaba de su cuello como una serpiente derrotada.

—¡No puedo hacerlo! —exclamó Barcode, abanicándose con el programa de la boda—. ¡Voy a tropezar! ¡Voy a olvidar los votos! ¡Kinn me va a mirar con esa cara de "eres un chusma" si se me corre el peinado!

Keen, que estaba bebiendo champán directamente de la botella, soltó una carcajada burlona.

—Amigo, relájate —dijo Keen, dándole una palmada brusca en la espalda—. Ya vives con él, ya tienen tres hijos, ¡y uno viene en camino! Lo peor que puede pasar es que decida que tu traje no es lo suficientemente caro y te haga cambiarte en el altar.

—¡Eso no ayuda, Keen! —gritó Barcode, secándose la frente con un pañuelo—. ¿Vieron el tamaño de la lista de invitados? ¡Viene hasta el Primer Ministro! ¡Y todos los actores de GMMTV! Si cometo un error, será tendencia mundial en cinco minutos.

Aungpao, que estaba sentado tranquilamente leyendo un libro, levantó la vista.

—Barcode, Kinn te ama por tus errores, no a pesar de ellos —dijo con su sabiduría habitual—. Él es el orden y tú eres el caos. Por eso funcionan. Ahora, deja de sudar o vas a arruinar esa camisa de seda que costó más que mi coche. Kinn te mataría antes de decir "sí, acepto" si ve una mancha de sudor.

Aun entró en la habitación corriendo, con una expresión de pánico.

—¡Chicos, malas noticias! —gritó Aun—. Kinn acaba de ver una flor en el pasillo que no es del tono exacto de "blanco marfil" que pidió. Está amenazando con cancelar la ceremonia hasta que traigan flores nuevas de los Países Bajos.

Barcode se puso de pie de un salto, olvidando sus propios nervios por un momento.

—¡Tengo que ir! —dijo Barcode—. Solo yo puedo calmarlo cuando entra en modo "tirano de la moda".

—¡Ni se te ocurra! —Keen lo empujó de vuelta a la silla—. Es de mala suerte ver al novio antes de la boda. Deja que Paul se encargue. Tú concéntrate en no desmayarte.

Finalmente, la hora llegó. El salón de baile estaba decorado con una opulencia que solo Kinn podía imaginar: cascadas de orquídeas blancas, candelabros de cristal que proyectaban arcoíris en las paredes y una orquesta filarmónica tocando una versión clásica de los éxitos de Barcode.

Barcode estaba en el altar, con las piernas temblando ligeramente. Cuando las puertas se abrieron, el silencio fue absoluto.

Kinn entró caminando con una lentitud majestuosa. Venice caminaba a su lado, sosteniendo una canasta de pétalos con una seriedad cómica, mientras Paul seguía detrás con Sky en brazos. Kinn se veía irreal. El traje blanco resaltaba su piel luminosa y su vientre prominente le daba un aire de deidad de la fertilidad y el lujo.

Cuando Kinn llegó al altar, miró a Barcode de arriba abajo. Notó el ligero sudor en sus sienes y la corbata un poco torcida. Se acercó al oído de su futuro esposo y susurró:

—Si te desmayas ahora, juro que pondré el nombre del bebé como "Dinosaurio" en venganza.

Barcode soltó una risita nerviosa y el miedo desapareció. Tomó las manos de Kinn, sintiendo la calidez de su piel y la fuerza de su conexión.

La ceremonia fue un despliegue de emociones. Intercambiaron votos que hicieron llorar incluso a los ejecutivos más duros de la empresa. Barcode prometió seguir siendo el "chusma" que le traería los antojos más raros a las tres de la mañana, y Kinn prometió seguir siendo el "presumido" que le recordaría siempre que la vida, al igual que la seda, es mejor cuando se comparte.

—Puede besar al... bueno, a su esposo —dijo el oficiante con una sonrisa.

Barcode no esperó. Rodeó la cintura de Kinn con cuidado y lo besó con una pasión que hizo que los invitados estallaran en aplausos. En ese preciso momento, Kinn soltó un pequeño jadeo y se separó del beso, sujetándose el vientre con fuerza.

—¿Kinn? ¿Estás bien? —preguntó Barcode, el pánico regresando a sus ojos.

Kinn lo miró, una mezcla de dolor y una sonrisa triunfante en su rostro.

—Parece que nuestro tercer diamante tiene un sentido del espectáculo igual al de su padre —dijo Kinn, respirando hondo—. Barcode... creo que mi fuente acaba de romperse sobre esta alfombra de diseño.

El caos estalló de nuevo. Los amigos de Barcode empezaron a gritar órdenes, Paul buscaba la maleta de Louis Vuitton y los invitados no sabían si seguir aplaudiendo o llamar a una ambulancia.

Barcode, en medio del torbellino, simplemente cargó a Kinn en sus brazos, ignorando los gritos de su esposo sobre "no arrugar el traje de boda".

—¡Al hospital! —gritó Barcode, corriendo por el pasillo central del salón—. ¡Abran paso al Rey y al nuevo Príncipe!

Mientras salían del hotel, con los pétalos de flores volando a su alrededor y sus amigos corriendo detrás, Kinn se aferró al cuello de Barcode y se rió a pesar de la contracción.

—Sabes, Barcode —dijo Kinn, jadeando—, esto es mucho mejor que un helipuerto.

—Te dije que sería legendario, presumido —respondió Barcode, besando su frente antes de entrar a la limusina.

La boda más cara de GMMTV terminó en la sala de partos de un hospital de lujo, pero para Barcode y Kinn, no pudo haber sido más perfecta. Entre diamantes, dinosaurios y un nuevo latido, su historia de amor seguía demostrando que, sin importar el lujo o la chusma, ellos siempre serían el uno para el otro.