Estudiando anatomía.
Engranajes y Piel
La habitación de Tenya, siempre un santuario de orden y pulcritud, se sentía ahora como un hervidero de sensaciones eléctricas. La luz de la lámpara de escritorio proyectaba sombras alargadas sobre las paredes blancas, y el único sonido que rompía el silencio sepulcral de la residencia era el de sus respiraciones entrecortadas. Tenya, despojado de su camisa, se cernía sobre Junko con una presencia imponente. Sus hombros eran anchos, su pecho firme y surcado por la disciplina de años de entrenamiento, y Junko no pudo evitar pasar sus manos pequeñas por la calidez de su piel, maravillada por la textura de sus músculos.
— Eres... eres increíble, Tenya —susurró ella, sintiéndose diminuta bajo su mirada intensa.
Tenya se sonrojó hasta la punta de las orejas, pero no apartó la vista. Sus manos, grandes y firmes, se posaron en la cintura de Junko, apretando con una mezcla de posesividad y reverencia.
— Junko, yo... —Empezó él, su voz vibrando con una formalidad que luchaba por mantenerse en pie—. Debo ser absolutamente claro. Esta es mi primera vez. No tengo experiencia previa en... actos de esta naturaleza. Si en algún momento te sientes incómoda, o si voy demasiado rápido, por favor, dímelo de inmediato. Tu bienestar es mi prioridad absoluta.
Junko sintió una oleada de ternura mezclada con un deseo ardiente. Incluso en ese momento, él seguía siendo el delegado, el caballero que pedía permiso para cruzar cada frontera. Ella se incorporó un poco, apoyándose en sus codos, y tiró de la corbata que aún colgaba floja del cuello de Tenya para acercarlo a ella.
— Tenya, cállate y bésame otra vez —dijo ella con una sonrisa traviesa, aunque sus ojos delataban la timidez que empezaba a apoderarse de ella al notar cómo la mano de él subía por su muslo.
Él obedeció con una urgencia que la dejó sin aliento. El beso fue profundo, hambriento, una colisión de lenguas que sabía a café y a una desesperación contenida durante meses. Tenya bajó sus manos hacia las caderas de Junko, deshaciéndose de la falda del uniforme con una torpeza encantadora que pronto fue reemplazada por una determinación heroica. Cuando sus dedos rozaron la delicada tela de su lencería, ambos soltaron un gemido al unísono.
— Tu piel es tan suave —jadeó Tenya, enterrando el rostro en el hueco de su cuello—. He pasado tantas noches imaginando cómo sería tocarte así, Aoi-san. He sido un pecador, deseando a una compañera de clase de esta manera tan... tan gráfica.
Junko se estremeció al oírlo. El contraste entre su lenguaje educado y la forma en que sus manos empezaban a explorar sus nalgas firmes la volvía loca.
— No me llames Aoi-san ahora —murmuró ella, arqueando la espalda cuando Tenya comenzó a besar el nacimiento de sus pechos—. Dime cosas sucias, Tenya. Sé que las piensas. Sé que debajo de ese motor hay un hombre que quiere destrozarme un poco.
Tenya se tensó, sus ojos azules brillando con una chispa de oscuridad que Junko nunca había visto en la academia. Se separó lo suficiente para mirarla a los ojos, sus manos apretando sus muslos con una fuerza que dejaría marca.
— ¿Quieres que sea honesto? —Su voz bajó una octava, volviéndose peligrosamente ronca—. Quiero ver cada rincón de tu cuerpo. Quiero saber qué sonidos haces cuando te penetre tan profundo que no puedas recordar ni tu propio nombre. Quiero ser el único que te toque así, Junko.
Junko sintió un calor líquido entre sus piernas. La timidez la golpeó de frente al verse tan expuesta ante él, pero el deseo era superior. Con manos temblorosas, ayudó a Tenya a deshacerse del resto de su ropa. Cuando él quedó completamente desnudo ante ella, Junko no pudo evitar jadear. Era perfecto, una máquina de combate tallada en mármol, y su virilidad, ya despierta y orgullosa, la hizo tragar saliva.
— ¿Estás... estás segura? —preguntó Tenya, su voz flaqueando por un segundo al ver la expresión de ella—. Si te asusta el tamaño o si simplemente te lo has pensado mejor...
— No me asusta —le interrumpió ella, guiándolo para que se posicionara entre sus piernas—. Me emociona. Tenya, por favor... quiero ser tuya.
Él se movió con una delicadeza exquisita, besando cada centímetro de su vientre antes de llegar a su feminidad. Cuando empezó a usar sus dedos, Junko se retorció en las sábanas, soltando gemidos agudos que Tenya devoraba con sus labios. Él era metódico, incluso en el placer; buscaba las reacciones de ella, aprendiendo sus puntos sensibles como si estuviera estudiando para el examen más importante de su vida.
— Estás tan mojada, Junko —susurró él, sus dedos deslizándose con facilidad—. Mírate... estás empapada por mí. Me encanta cómo tiemblas cuando te toco aquí.
— Tenya... ah... ¡más, por favor! —suplicó ella, perdiendo el control.
Él se detuvo un momento para buscar protección en el cajón de su mesita de noche (siempre preparado, siempre responsable) y, tras colocársela con manos temblorosas, volvió a posicionarse sobre ella. Sus ojos se encontraron una vez más, una conexión profunda y silenciosa.
— Va a doler un poco al principio —advirtió él, apoyando su peso sobre sus antebrazos para no aplastarla—. Iré despacio. Solo mírame, no dejes de mirarme.
Tenya empujó con lentitud, encontrando la resistencia de su inocencia. Junko soltó un grito ahogado y enterró sus uñas en los hombros musculosos de él. Tenya se detuvo al instante, el sudor perlando su frente, su rostro una máscara de concentración y preocupación.
— ¿Junko? ¿Quieres que pare? —preguntó, jadeando, su propio cuerpo gritándole que continuara, pero su honor manteniéndolo inmóvil.
— No... no pares —respondió ella con lágrimas de excitación en los ojos—. Solo... dame un segundo. Dame un beso, Tenya.
Él la besó con una ternura que le rompió el corazón, y cuando sintió que ella se relajaba bajo él, dio el empujón final, uniéndolos por completo. El silencio de la habitación se llenó con el sonido de sus respiraciones pesadas. Tenya se quedó inmóvil, dejando que ella se acostumbrara a su tamaño, a la plenitud de tenerlo dentro.
— Eres tan estrecha... —gruñó él, su formalidad perdiéndose definitivamente—. Se siente tan malditamente bien, Junko. Eres perfecta.
Cuando ella empezó a mover las caderas, invitándolo a seguir, Tenya perdió los estribos. El ritmo comenzó siendo pausado, pero pronto se convirtió en algo frenético y animal. El sonido de sus cuerpos chocando, de la piel contra la piel, era rítmico y embriagador. Tenya ya no era el delegado estricto; era un hombre reclamando a la mujer que amaba en secreto.
— ¡Sí, ahí! —gritó Junko, su timidez desapareciendo bajo la presión del placer—. ¡No pares, Tenya! ¡Más fuerte!
— ¡Maldita sea, Junko! —exclamó él, sus embestidas volviéndose más profundas y erráticas—. ¡Me vas a volver loco! ¡Eres una pequeña zorra tan lista en clase y ahora estás aquí, gimiendo mi nombre como si fuera lo único que importa!
El lenguaje sucio de Tenya actuó como un combustible para Junko. Ella envolvió sus piernas alrededor de su cintura, atrayéndolo más hacia sí, queriendo sentir cada centímetro de sus motores, de su calor, de su fuerza. La fricción era intensa, y el clímax empezó a acecharlos como un depredador.
— ¡Me vengo, Tenya! ¡Me vengo! —chilló ella, arqueando el cuerpo mientras las contracciones empezaban a sacudirla.
— ¡Conmigo! ¡Hazlo conmigo! —rugió él, dando unas últimas estocadas potentes que lo llevaron al límite.
Tenya se derrumbó sobre ella, ocultando su rostro en la almohada al lado de su cabeza, mientras su cuerpo se sacudía por el orgasmo. Junko lo abrazó con todas sus fuerzas, sintiendo el latido acelerado de su corazón contra su pecho. Estaban sudados, agotados y envueltos en una neblina de satisfacción que ninguno de los dos había experimentado jamás.
Pasaron varios minutos en los que solo se escuchaba el tictac del reloj de pared. Tenya fue el primero en moverse, separándose con cuidado, aunque sus ojos seguían fijos en ella con una devoción absoluta.
— Junko... —Su voz volvía a tener ese tono suave y respetuoso—. ¿Estás bien? ¿Te he lastimado?
Junko se rió entre dientes, una risa débil pero feliz, y le acarició la mejilla.
— Estoy perfecta, Tenya. Ha sido... mucho mejor de lo que decían los libros.
Él sonrió, una sonrisa genuina y relajada que rara vez mostraba en público. Se inclinó y besó su frente con delicadeza.
— Me alegra oírlo. Aunque —añadió, recuperando un poco de su compostura habitual mientras buscaba una toalla para limpiarla—, creo que mañana tendremos que repasar esas ecuaciones de nuevo. No creo que hayamos avanzado mucho en el temario hoy.
Junko puso los ojos en blanco, tirando de él para que volviera a la cama.
— Las ecuaciones pueden esperar, delegado. Ahora mismo, solo quiero que me abraces.
Tenya asintió, envolviéndola en sus brazos y cubriéndolos a ambos con la manta. Mientras el sueño empezaba a vencerlos, él supo que, a pesar de su amor por las reglas, romper esta había sido la mejor decisión de su vida.