Estudiando anatomía.
Resonancia y Protocolo
La mañana siguiente se filtró por las rendijas de las persianas de la habitación de Tenya, pintando líneas de luz dorada sobre el suelo perfectamente encerado. El silencio habitual del dormitorio del delegado se sentía distinto, más denso, cargado con el recuerdo de la piel sudada y los susurros prohibidos.
Tenya Iida fue el primero en despertar. Su reloj biológico, programado con la precisión de un cronómetro suizo, le indicó que eran exactamente las seis de la mañana. Sin embargo, por primera vez en su vida académica, no saltó de la cama para realizar su rutina de calistenia. Se quedó inmóvil, sintiendo el peso cálido y delicado de Junko Aoi sobre su pecho.
Ella dormía profundamente, con el cabello violeta esparcido como una mancha de tinta sobre la almohada blanca. Una de sus piernas, suave y de curvas generosas, descansaba entre las de él. Tenya sintió que el corazón le daba un vuelco. La responsabilidad que sentía ahora era distinta a la que profesaba por su cargo; era una necesidad primitiva de protección.
Con una lentitud agónica para no despertarla, Tenya se incorporó. Sus músculos protestaron levemente, un recordatorio físico de la intensidad de la noche anterior. Al bajar la mirada, vio las marcas de uñas en sus hombros y sintió que el calor le subía al rostro. "Lenguaje sucio", recordó con una mezcla de orgullo y espanto. ¿Realmente le había dicho aquellas cosas? ¿Realmente había actuado con tanta... ferocidad?
— Buenos días, delegado —susurró una voz ronca a su espalda.
Tenya se giró rápidamente, ajustándose las gafas que había recuperado de la mesilla de noche en un acto reflejo. Junko lo miraba con los ojos entrecerrados, una sonrisa perezosa y gatuna jugando en sus labios.
— ¡Aoi-san! —exclamó él, recuperando su postura rígida incluso estando sentado en calzoncillos—. Buenos días. Yo... estaba comprobando la hora. No quería despertarte, pero el protocolo de la residencia dicta que las visitas deben... bueno...
Junko soltó una carcajada suave y se sentó, permitiendo que la sábana cayera hasta su cintura, dejando su pecho pequeño y firme al descubierto. Tenya desvió la mirada de inmediato, sus orejas tornándose de un rojo carmesí.
— Tenya, después de lo de anoche, creo que podemos saltarnos el protocolo de "Aoi-san" y las formalidades —dijo ella, estirándose como un gato, lo que hizo que sus pechos se alzaran sutilmente—. Además, me parece que ayer no te importaba tanto el reglamento cuando me tenías contra el escritorio.
— Eso fue... un momento de debilidad impulsado por una conexión emocional y física sin precedentes —balbuceó Tenya, aunque sus ojos volvieron a ella, traicionándolo—. Pero tienes razón. Junko. Mi comportamiento fue... atípico, pero no me arrepiento de nada.
Junko se acercó a él, gateando por el colchón hasta quedar frente a frente. Le puso las manos en las mejillas, obligándolo a sostenerle la mirada.
— Estuviste increíble —susurró ella, su tono perdiendo la rebeldía para volverse vulnerable—. Tenía miedo de que hoy te despertaras y te sintieras culpable, o que intentaras actuar como si nada hubiera pasado.
Tenya le tomó las manos con delicadeza, besando las palmas de Junko.
— Jamás podría ignorar algo así. Sería una deshonra para mi familia y para mis propios sentimientos. Eres... eres mi prioridad ahora, Junko. Aunque —añadió, su mirada volviéndose un poco más intensa mientras recorría la curva de su cadera—, admito que mi mente no deja de reproducir ciertos momentos. Especialmente cuando me pediste que... bueno, que fuera más enérgico.
Junko se sonrojó, escondiendo el rostro en el hombro musculoso de Tenya. En la cama, sin su armadura de sarcasmo, era sorprendentemente sumisa ante la presencia física de él.
— Me hiciste sentir muy bien, Tenya. Nunca pensé que alguien tan... estructurado como tú pudiera ser tan... así.
— Los motores necesitan combustible, Junko —respondió él con una voz que empezaba a volverse ronca de nuevo.
Él la rodeó con sus brazos, sintiendo la suavidad de su piel blanca contra la suya. El ambiente volvió a cargarse de esa electricidad estática. Tenya comenzó a besarle el cuello, bajando lentamente hacia la clavícula. Sus manos, grandes y expertas en el estudio de la anatomía gracias a sus libros de medicina heroica, bajaron hasta sus muslos anchos, apretándolos con firmeza.
— Tenya... —jadeó ella, arqueándose—. Tenemos que ir a desayunar. Los demás sospecharán.
— El comedor abre en treinta minutos —murmuró él contra su piel, su mano deslizándose hacia la humedad que ya empezaba a florecer entre las piernas de ella—. Mi planificación es impecable. Tenemos tiempo para una... "sesión de repaso" rápida.
Junko soltó un gemido cuando los dedos de Tenya la encontraron. Él no perdió tiempo. La recostó de nuevo, posicionándose entre sus piernas con una determinación que la hizo temblar. Esta vez no hubo la torpeza de la primera vez, solo una urgencia compartida que quemaba.
— Pídeme permiso otra vez, delegado —susurró Junko, sus ojos violetas empañados por el deseo—. Me encanta cuando intentas ser un caballero mientras me tocas así.
Tenya se detuvo justo antes de entrar en ella, mirándola con una mezcla de adoración y lujuria pura.
— Junko Aoi... ¿me permites el honor de poseerte de nuevo? —preguntó, su voz vibrando en el pecho de ella.
— Por favor... —rogó ella, tirando de sus hombros—. ¡Hazlo ya!
Tenya entró de un solo impulso, profundo y certero. Junko gritó contra su boca, envolviendo sus piernas alrededor de su cintura para no dejarlo escapar. El ritmo fue mucho más rápido que el de la noche anterior, una danza frenética de cuerpos que se conocían y se deseaban con la intensidad de la juventud. Tenya era una fuerza de la naturaleza, sus motores internos parecían rugir en sintonía con cada embestida, y Junko se abandonó por completo a su fuerza, sintiéndose pequeña, protegida y absolutamente deseada.
Cuando terminaron, ambos quedaron jadeando, entrelazados en un mar de sábanas revueltas. El sol ya iluminaba toda la habitación, y el sonido de las puertas abriéndose en el pasillo les recordó que el mundo exterior seguía existiendo.
— Ahora sí —dijo Junko, recuperando el aliento mientras se apartaba un mechón de pelo azul turquesa de la cara—, realmente necesito una ducha.
— Yo también —asintió Tenya, levantándose y ofreciéndole la mano con una caballerosidad impecable—. Pero debemos ser discretos. Si Bakugo o Mineta nos ven salir juntos de aquí, el orden en la clase 1-A se colapsará por completo.
Junko se rió, aceptando su mano y poniéndose en pie. Se sentía un poco dolorida, pero de una manera deliciosa.
— No te preocupes, Iida-kun. Tu secreto como el "delegado más guarro de la UA" está a salvo conmigo. Por ahora.
Tenya se ajustó las gafas, su expresión volviendo a ser la del líder disciplinado, aunque sus ojos brillaban con un secreto que solo ella conocía.
— No es un secreto, Junko. Es una dedicación exclusiva.
Después de una ducha rápida y coordinada (donde Tenya tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no volver a acorralarla contra los azulejos), ambos salieron de la habitación con intervalos de cinco minutos.
Cuando Junko llegó a la sala común, la mayoría de sus compañeros ya estaban allí. Uraraka y Midoriya charlaban sobre el entrenamiento de la tarde, mientras que Kaminari intentaba convencer a Jiro de algo que probablemente era una estupidez.
— ¡Hola, Aoi-san! —saludó Uraraka con una sonrisa—. Te has quedado dormida hoy, ¿no? Casi no llegas al desayuno.
Junko sintió que la cara le ardía, pero mantuvo su máscara juguetona.
— Sí, bueno... las ecuaciones de Iida-kun son más agotadoras de lo que parecen. Me dejaron sin energía.
En ese momento, Tenya entró en la sala común. Caminaba con su habitual paso marcial, los hombros hacia atrás y la expresión seria. Se acercó a la mesa, saludó a todos con una inclinación de cabeza perfectamente ejecutada y se sentó frente a su tazón de arroz y sopa de miso.
— ¡Buenos días a todos! —anunció con su voz potente—. ¡Espero que hayan descansado bien! ¡Hoy tenemos una jornada intensa de entrenamiento de rescate y espero que todos den el cien por cien!
Sus ojos se cruzaron con los de Junko por un breve segundo. No hubo ningún gesto obvio, ninguna señal que los delatara, pero ella pudo ver el pequeño destello de picardía en su mirada azul.
— Iida-kun —dijo Midoriya, mirándolo con curiosidad—, tienes un poco de... ¿un rasguño en el cuello?
Toda la mesa se quedó en silencio. Tenya se llevó la mano a la zona, su mente procesando la información a la velocidad de la luz.
— ¡Ah! —exclamó, haciendo un movimiento robótico con el brazo—. ¡Es el resultado de una técnica de estiramiento intensiva que practiqué anoche! ¡La fricción con el cuello de la camisa durante los movimientos de alta velocidad puede causar pequeñas abrasiones cutáneas! ¡Debo revisar mi equipo de entrenamiento!
— Vaya, siempre tan aplicado, Iida —comentó Kirishima, dándole un pulgar arriba—. ¡Eso es ser un hombre!
Junko tuvo que morderse el labio inferior para no soltar una carcajada. Bebió un sorbo de su té, disfrutando del espectáculo. Tenya era un actor terrible cuando se trataba de mentir, pero su reputación de "obseso del entrenamiento" era tan sólida que nadie cuestionaba sus explicaciones absurdas.
El resto del día transcurrió en una nebulosa de ejercicios físicos y clases teóricas. Para Junko, ver a Tenya en su traje de héroe, dando órdenes y moviéndose con esa potencia mecánica, tenía ahora un significado completamente distinto. Cada vez que él corría, ella recordaba la fuerza de sus piernas apretándola. Cada vez que él hablaba de justicia, ella recordaba cómo susurraba su nombre en la oscuridad.
Al final de la tarde, mientras recogían el equipo en el Gimnasio Gamma, Tenya se acercó a ella. Los demás estaban distraídos guardando sus pertenencias.
— Aoi-san —dijo él, manteniendo la distancia profesional—. He estado revisando mis apuntes de la noche anterior. Creo que hay algunos conceptos de "dinámica de fluidos" que no quedaron del todo claros.
Junko arqueó una ceja, una sonrisa desafiante apareciendo en su rostro.
— ¿Ah, sí? ¿Y sugieres que volvamos a repasarlos esta noche?
Tenya se ajustó las gafas, y por un momento, la fachada de delegado desapareció para dejar paso al hombre que la había hecho gritar de placer unas horas antes.
— Sugiero que mi habitación estará disponible a partir de las nueve de la noche. He adquirido... material de apoyo adicional.
— ¿Material de apoyo? —preguntó ella, intrigada.
— Protección de mayor calidad y un lubricante con base de agua que minimiza la fricción, optimizando el rendimiento —respondió él con toda la seriedad del mundo, como si estuviera leyendo un informe técnico—. La eficiencia es clave, tanto en el campo de batalla como en la intimidad.
Junko se quedó boquiabierta un segundo antes de estallar en una risita contenida.
— Eres un caso perdido, Tenya Iida. Pero me encanta. Estaré allí a las nueve en punto. No llegues tarde.
— Un Iida nunca llega tarde —sentenció él con un saludo militar antes de alejarse hacia donde estaba Midoriya.
Junko lo vio irse, sintiendo un calorcito agradable en el pecho. Sabía que su relación con el delegado iba a ser cualquier cosa menos aburrida. Entre el protocolo, las reglas y la disciplina de Tenya, ella había encontrado un fuego que estaba más que dispuesta a alimentar todas las noches.
Esa noche, cuando el reloj marcó las nueve, Junko no llamó a la puerta. Simplemente entró, sabiendo que Tenya ya la estaba esperando. Lo encontró sentado en su escritorio, pero esta vez los libros estaban cerrados.
Él se levantó en cuanto la vio, su mirada recorriendo su figura con una intensidad que la hizo humedecerse al instante.
— Bienvenida, Junko —dijo él, cerrando la puerta con llave y apoyándose contra ella—. El manual de hoy es corto. Vamos a centrarnos en la práctica.
— Me parece una excelente idea, delegado —respondió ella, deshaciéndose de su chaqueta y caminando hacia él—. Muéstrame qué nuevas técnicas has "estudiado".
Tenya la tomó de la cintura, levantándola como si no pesara nada, y Junko supo que esa noche, las ecuaciones serían lo último en lo que pensarían. La tensión entre la rebelde y el delegado se resolvió de nuevo entre sábanas, recordándoles que, a veces, las mejores lecciones no se aprenden en los libros, sino en el lenguaje compartido de dos cuerpos que finalmente han encontrado su ritmo perfecto.