Estudiando anatomía.
Propiedad y Prejuicio
La jornada de prácticas conjuntas entre la UA y la Academia Ketsubutsu había sido, en teoría, un éxito rotundo. Para Junko Aoi, había sido un día refrescante; trabajar junto a Yo Shindo, con su carisma desbordante y sus constantes bromas, le había permitido relajarse un poco de la intensidad académica. Shindo, con esa sonrisa que parecía diseñada para portadas de revistas, no había perdido oportunidad de lanzarle piropos sutiles, de rozar su brazo mientras analizaban los escombros del escenario de rescate y de reírse de sus comentarios sarcásticos con una cercanía que rozaba el flirteo.
Para Junko no había sido más que un juego inofensivo, una forma de pasar las horas de entrenamiento. Pero para Tenya Iida, observar la escena desde la distancia mientras coordinaba a su propio equipo había sido una tortura de precisión quirúrgica. Ver cómo ese estudiante de otra escuela se inclinaba hacia Junko, cómo le susurraba cosas que la hacían reír y cómo, al final del día, se despidió de ella con un guiño y un apretón de manos demasiado prolongado, había hecho que los motores de sus pantorrillas vibraran con una frecuencia peligrosa.
Diez de la noche. Junko caminaba por el pasillo de la residencia hacia su propio cuarto, tarareando una melodía distraída, cuando una mano grande y firme la sujetó del antebrazo. Antes de que pudiera procesar lo que ocurría, se encontró siendo arrastrada hacia el interior de la habitación de Tenya. La puerta se cerró detrás de ellos con un golpe seco y el sonido metálico del seguro encajando resonó en el silencio.
— ¿Tenya? ¿Qué demonios...? —empezó ella, pero las palabras murieron en su garganta al ver la expresión de él.
No era el delegado disciplinado. No era el chico que pedía permiso para cada roce. Sus ojos azules, ocultos tras el brillo frío de sus gafas, ardían con una furia posesiva que Junko nunca le había visto. Tenya no dijo nada; simplemente la acorraló contra la madera de la puerta, atrapándola con su cuerpo masivo.
— Te has divertido hoy, ¿verdad, Aoi-san? —Su voz era un gruñido bajo, ronco, despojado de toda cortesía.
— Solo fue un entrenamiento, Tenya... Shindo es agradable, eso es todo —respondió ella, sintiendo cómo su corazón empezaba a martillear contra sus costillas, no de miedo, sino de una excitación súbita.
— ¿Agradable? —Tenya soltó una risa seca, desprovista de humor—. Parecía muy interesado en tu quirk. Y en tu cintura. Y en la forma en que te ríes cuando alguien te dice una estupidez.
Sin darle tiempo a replicar, Tenya la asaltó con un beso. No fue el beso dulce y exploratorio de otras noches. Fue un ataque. Sus labios chocaron contra los de ella con agresividad, reclamando su boca como si fuera un territorio en disputa. Sus manos, normalmente cuidadosas, se movieron con una rabia contenida, tirando de la chaqueta de su uniforme y desgarrando prácticamente los botones de su camisa.
— ¡Tenya, espera! —jadeó ella entre besos, pero él no se detuvo.
Él la hizo girar, presionando su rostro contra la puerta fría mientras sus manos bajaban con fuerza hacia sus nalgas, apretándolas con una posesividad que le arrancó un gemido de sorpresa a Junko. Tenya bajó el rostro hacia su cuello y, en lugar de los besos suaves a los que la tenía acostumbrada, hundió sus dientes en la piel blanca de su hombro.
— ¡Ah! ¡Tenya, me duele! —exclamó ella, aunque arqueó la espalda hacia él.
— Quiero que cuando te mires al espejo mañana, recuerdes exactamente a quién perteneces —susurró él contra su oído, su aliento caliente quemándole la piel—. Quiero que ese imbécil de Ketsubutsu sepa, solo con verte, que ya tienes dueño.
Tenya continuó su descenso, dejando marcas rojas y violáceas por todo su cuello y la parte superior de sus pechos. Sus manos se movían con una urgencia dominante, deshaciéndose de la ropa de Junko como si le estorbara para llegar a la verdad. Cuando ella quedó expuesta, él no se detuvo a admirarla con la reverencia de siempre. Sus manos atraparon sus pechos pequeños, apretándolos con una firmeza que rozaba lo rudo, y sus labios buscaron sus pezones, mordiéndolos con una saña que hizo que Junko soltara un grito ahogado.
— Estás tan sensible... —se burló él, su voz vibrando en el pecho de ella—. ¿Acaso él también te tocó así? ¿Te hacía temblar como yo?
— ¡No! ¡Claro que no! ¡Solo eres tú! —gritó ella, sus ojos empañados por las lágrimas de excitación.
Tenya la soltó un segundo, solo para darle un azote sonoro en el glúteo derecho que dejó la marca de su mano impresa en su piel blanca. Junko jadeó, su cuerpo vibrando por el impacto y el deseo. Sin mediar palabra, él la levantó en vilo y la tiró sobre la cama. El colchón crujió bajo su peso. Tenya se desvistió con movimientos bruscos, arrojando su ropa al suelo sin importarle el orden que tanto solía proteger.
Cuando quedó desnudo, su figura imponente pareció llenar toda la habitación. Estaba tenso, con las venas de sus brazos marcadas por la furia y la excitación. Obligó a Junko a ponerse a gatas sobre las sábanas, dándole la espalda.
— No quiero que me mires ahora —ordenó él, su mano presionando la nuca de ella contra la almohada—. Quiero que sientas lo que es provocarme de esta manera.
Tenya entró en ella sin preámbulos, con una estocada profunda que le robó el aire a Junko. No hubo la preparación lenta de otras veces; él estaba furioso, celoso y necesitaba reclamarla de la forma más primitiva posible. Al mismo tiempo que sus caderas golpeaban contra las de ella con un ritmo violento y posesivo, Tenya deslizó su mano libre hacia adelante y metió dos de sus dedos en la boca de Junko.
— Muerde —le ordenó, su voz rompiéndose por el esfuerzo—. Muerde mis dedos y gime mi nombre mientras te follo. Quiero oírte decir que eres mía.
Junko obedeció, sus sentidos colapsando ante la sobrecarga. Sentía la dureza de Tenya llenándola por completo, el sabor de su piel en su boca y el dolor sordo de los mordiscos que él le había dejado. Era una sinfonía de sensaciones crudas y oscuras que la hacían sentirse más viva que nunca. Su timidez habitual en el sexo había desaparecido, reemplazada por una sumisión absoluta ante la voluntad del delegado.
— ¡Tenya! ¡Mmh... Tenya! —intentaba gemir ella alrededor de sus dedos, sus caderas moviéndose por instinto para buscar más de ese castigo delicioso.
— Así es... —gruñó él, sus embestidas volviéndose más erráticas y potentes—. Grita mi nombre. Que se enteren todos en esta residencia de quién eres. No eres de Shindo, no eres de la UA... eres mía, Junko.
Cada vez que él mencionaba el nombre del otro chico, su ritmo se volvía más agresivo. Sus manos bajaron de nuevo a sus nalgas, apretándolas y dejando marcas rojas mientras la levantaba un poco para penetrarla aún más profundo. Junko sentía que se desvanecía; el placer era tan intenso, tan mezclado con la posesividad de Tenya, que su mente se quedó en blanco.
— ¡Me vengo! ¡Tenya, por favor! —chilló ella cuando sintió que el orgasmo la golpeaba como una ola de calor.
Tenya no se detuvo. Siguió embistiéndola durante varios segundos más, disfrutando de la forma en que las paredes de ella lo apretaban en espasmos incontrolables. Finalmente, con un rugido de pura frustración y deseo liberado, él se corrió dentro de ella, hundiéndose hasta el fondo y manteniendo su peso sobre su espalda, asfixiándola casi con su calor.
El silencio que siguió fue sepulcral, solo roto por las respiraciones pesadas y el sonido de los motores de Tenya enfriándose lentamente. Él retiró sus dedos de la boca de ella, pero no se movió de su posición durante un largo rato. Su frente estaba apoyada contra la nuca de Junko, y su cuerpo aún temblaba levemente.
Lentamente, la furia de Tenya comenzó a disiparse, reemplazada por esa conciencia aguda que siempre lo caracterizaba. Se separó de ella con cuidado y se sentó en el borde de la cama, cubriéndose el rostro con las manos. Junko se dio la vuelta, respirando con dificultad, observando las marcas de mordiscos en sus propios hombros y sintiendo el escozor del azote en su trasero.
— Junko... —La voz de Tenya volvió a ser la de siempre, pero cargada de un arrepentimiento profundo—. Yo... lo siento. He perdido el control de una manera inaceptable. He actuado como un salvaje. He... te he marcado.
Junko se incorporó lentamente, ignorando el temblor de sus piernas, y se acercó a él. Le rodeó la espalda con los brazos, apoyando la mejilla en su omóplato.
— Tenya, mírame —susurró ella.
Él se giró lentamente, sus ojos llenos de una mezcla de vergüenza y una chispa de ese fuego que aún no se había apagado del todo.
— Me ha encantado —dijo ella con una sonrisa pequeña y honesta—. Me ha encantado que me reclames así. Me ha encantado ver que ese delegado tan perfecto también puede volverse loco por mí.
Tenya la tomó de las manos, besando sus nudillos con una reverencia que contrastaba con la violencia de hacía unos minutos.
— No debería haberme dejado llevar por los celos. Un héroe debe mantener la mente fría en todo momento. Pero verte con él... ver cómo te tocaba... —Apretó los dientes—. Sentí que algo se rompía dentro de mí. Solo podía pensar en que tú eres lo más valioso que tengo, y la idea de que alguien más pudiera siquiera imaginar que tiene una oportunidad contigo...
— Nadie tiene una oportunidad conmigo, tonto —le interrumpió ella, besándole la mejilla—. Shindo es solo un compañero de prácticas. Tú eres el que duerme conmigo. Tú eres el que tiene las llaves de mi cuarto... y de todo lo demás.
Tenya suspiró, atrayéndola hacia su regazo. La abrazó con una fuerza protectora, rodeándola con sus brazos poderosos.
— Aun así —dijo él, recuperando un poco de su tono autoritario—, mañana te pondrás una bufanda o un cuello alto. No permitiré que nadie vea esas marcas. Son privadas.
Junko soltó una carcajada y le dio un beso juguetón en la nariz.
— Como diga, delegado. Pero que sepas que me gusta que seas un poco "salvaje" de vez en cuando. Me hace sentir que realmente te importo más allá de las reglas.
Tenya la miró intensamente, y por un momento, Junko vio de nuevo al hombre que la había dominado contra la puerta.
— Te importa más de lo que cualquier regla podría expresar, Junko Aoi. Y si mañana ese Shindo vuelve a acercarse demasiado... bueno, tendré que recordártelo de nuevo.
— ¿Es eso una amenaza o una promesa? —preguntó ella con picardía.
— Es un protocolo de seguridad —respondió él, volviendo a besarla, esta vez con una ternura que prometía cuidarla durante el resto de la noche.
Esa noche, el orden volvió a la habitación de Tenya Iida, pero bajo las sábanas, los dos sabían que algunas reglas estaban hechas para romperse, especialmente cuando el corazón —y los motores— latían con la fuerza de un amor que no entendía de protocolos, sino de pura y absoluta pertenencia.