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Estudiando anatomía.

Sincronía de Motores y Suspiros

La luz de emergencia del pasillo de la residencia de la Clase 1-A proyectaba una sombra rectangular bajo la puerta de Tenya Iida. Eran las dos de la mañana de un martes, una hora en la que cualquier estudiante responsable debería estar sumido en la fase REM del sueño para optimizar su rendimiento cognitivo. Sin embargo, dentro de la habitación del delegado, el aire era denso, húmedo y vibraba con una energía que no se enseñaba en los libros de texto de la UA.

Junko Aoi estaba de rodillas sobre la alfombra perfectamente aspirada, con la espalda arqueada y las manos apoyadas en el borde del escritorio de madera de Tenya. Su cabello violeta oscuro, normalmente peinado con una rebeldía estudiada, caía ahora en un desorden húmedo sobre sus hombros, ocultando parcialmente sus ojos violetas empañados por la lujuria. Detrás de ella, Tenya se cernía como una presencia imponente, una máquina de músculos y determinación que parecía haber olvidado por completo el manual de conducta del estudiante modelo.

— Junko... —gruñó Tenya, su voz perdiendo toda esa formalidad característica para convertirse en un sonido gutural y hambriento—. No dejes de moverte así. Estás haciendo que mi autocontrol se desmorone por completo.

— Pues deja que se desmorone, Tenya —respondió ella con un jadeo, echando la cabeza hacia atrás para mirarlo por encima del hombro—. No quiero al delegado ahora mismo. Quiero al hombre que me tiene contra la mesa.

Tenya soltó un gruñido bajo y apretó las caderas de Junko con sus manos grandes y firmes. Sus dedos se hundieron en la piel suave de sus muslos anchos, dejando marcas que seguramente ella luciría con orgullo al día siguiente bajo el uniforme. Sin previo aviso, Tenya la hizo girar para que quedara sentada sobre el escritorio, desplazando libros de cálculo y estuches de bolígrafos con un estrépito que en cualquier otro momento lo habría horrorizado.

— Aoi-san... Junko... —jadeó él, separando sus piernas con una urgencia que la hizo temblar—. ¿Me das permiso para ser... menos caballeroso?

Junko soltó una risita entrecortada, sus mejillas blancas encendidas por un rubor febril. Sabía que, incluso en medio de la pasión más desenfrenada, Tenya necesitaba esa confirmación, ese anclaje a su naturaleza protectora.

— Tenya, si vuelves a pedirme permiso, voy a tener que castigarte —susurró ella, enredando sus dedos en el cabello azul corto de él y tirando con fuerza—. No seas educado. Sé un animal. Sé el motor que me destroce.

Los ojos de Tenya brillaron con una chispa de oscuridad y deseo puro. Se deshizo de sus gafas, dejándolas sobre una pila de apuntes, y se posicionó entre las piernas de ella. Su cuerpo, esculpido por años de entrenamiento riguroso y disciplina militar, era una visión de perfección física. Junko no pudo evitar pasar sus manos por sus hombros anchos, maravillada por la forma en que sus músculos se tensaban bajo su tacto.

— Has sido una distracción constante durante toda la semana —dijo Tenya, su aliento caliente golpeando el cuello de ella—. En cada clase, en cada entrenamiento... solo podía pensar en el sonido que haces cuando entras en orgasmo. Es una falta grave a mis deberes como delegado, y planeo compensar cada segundo de distracción ahora mismo.

Sin más preámbulos, Tenya entró en ella de una sola estocada profunda. Junko soltó un grito agudo que él amortiguó capturando sus labios en un beso hambriento y posesivo. La sensación de plenitud era abrumadora; Tenya era grande, firme y se movía con una precisión mecánica que la llevaba al límite en cada embestida.

— ¡Oh, Dios! —exclamó Junko cuando él comenzó a moverse con un ritmo frenético—. ¡Tenya, vas demasiado rápido! ¡Ah!

— Mis motores están a máxima potencia, Junko —respondió él, sus palabras saliendo entre dientes mientras sus caderas golpeaban contra las de ella con un sonido rítmico y carnal—. Estás tan estrecha... me aprietas tanto que siento que voy a explotar. Eres una pequeña delicia pecaminosa, ¿lo sabías?

Junko se aferró a sus hombros, sus uñas clavándose en su piel. La timidez que solía mostrar al principio de sus encuentros se había evaporado, reemplazada por una necesidad voraz.

— ¡Más fuerte! —suplicó ella, arqueando la espalda mientras sus pechos pequeños rozaban el pecho firme de él—. ¡No te detengas, Tenya! ¡Úsame!

Tenya la levantó del escritorio, sosteniéndola solo por los muslos mientras continuaba embistiéndola con una fuerza heroica. Junko envolvió sus piernas alrededor de su cintura, asombrada por la fuerza bruta de sus brazos. Él caminó hacia la pared, acorralándola contra la superficie fría mientras el calor de sus cuerpos creaba un contraste eléctrico.

— Mírame, Junko —ordenó él, su voz cargada de una autoridad que la hizo estremecerse de placer—. Quiero que veas quién te está haciendo esto. Quiero que sepas que eres mía.

— Soy tuya... —gimió ella, sus ojos violetas fijos en los azules de él—. Solo tuya, Tenya. ¡Ah! ¡Ahí! ¡Justo ahí!

El lenguaje de Tenya se volvió cada vez más crudo a medida que el clímax se acercaba. Le susurraba al oído lo mucho que le gustaba verla así de expuesta, lo mojada que estaba por él y cómo pensaba marcarla para que nadie más se atreviera a mirarla. Era un Tenya que nadie más en la UA conocía: un hombre que, bajo las capas de reglas y armadura, poseía una pasión volcánica y una posesividad arrolladora.

— Me voy a correr, Junko —rugió él, sus estocadas volviéndose cortas y violentas—. ¡Me voy a correr dentro de ti y vas a sentir cada gota de lo que me haces sentir!

— ¡Hazlo! ¡Ahora! —chilló ella, sintiendo cómo las paredes de su cuerpo se contraían en un espasmo incontrolable.

Tenya dio un último empujón devastador, hundiéndose en ella hasta la raíz mientras su cuerpo se tensaba en un paroxismo de placer. Junko gritó su nombre, ocultando el rostro en su cuello mientras el orgasmo la sacudía como una corriente eléctrica. Se quedaron así durante lo que parecieron horas, unidos en la oscuridad, con el único sonido de sus respiraciones agitadas y el latido desbocado de sus corazones.

Lentamente, Tenya la depositó de nuevo en la cama, cubriéndola con la manta con una delicadeza que contrastaba radicalmente con la fuerza de hacía unos momentos. Se limpió el sudor de la frente y recuperó sus gafas, volviendo a ser, al menos en apariencia, el delegado serio de siempre. Sin embargo, cuando se acostó a su lado y la atrajo hacia su pecho, su mirada era pura ternura.

— ¿Estás bien, Junko? —preguntó él, acariciando su mejilla con el pulgar—. He sido un poco... excesivo. Mi entusiasmo por nuestra unión física a veces supera mis parámetros de control habituales.

Junko soltó una risita débil y se acurrucó contra su torso cálido, aspirando el olor a jabón y a él que emanaba de su piel.

— Tenya, si alguna vez intentas ser "menos excesivo", me enfadaré mucho. Me encanta cuando te olvidas de las reglas.

Él sonrió, una sonrisa genuina y relajada que solo ella tenía el privilegio de ver.

— Las reglas existen para mantener el orden, Junko. Pero he descubierto que, contigo, el caos es mucho más gratificante.

— ¿Eso significa que no me vas a regañar por llegar tarde a clase mañana? —preguntó ella con un tono juguetón, cerrando los ojos.

Tenya guardó silencio un momento, su sentido del deber luchando contra el amor que sentía por la chica en sus brazos.

— Como delegado, debo insistir en la puntualidad —dijo finalmente, besando su frente—. Pero como tu... como el hombre que te ama, supongo que puedo inventar una excusa sobre una "reunión estratégica de estudio nocturno".

Junko sonrió, satisfecha. Sabía que bajo esa estructura rígida y esos motores potentes, latía el corazón de alguien que daría la vida por ella, tanto en el campo de batalla como entre esas cuatro paredes.

— Buenas noches, Tenya.

— Buenas noches, Junko. Descansa. Mañana tenemos mucho que hacer... y mucho que estudiar.

Mientras el sueño los vencía, la habitación de Tenya Iida volvió a ser un santuario de orden, pero en el aire aún flotaba la promesa de que, cuando las luces se apagaran de nuevo, el delegado volvería a perderse en el hermoso caos que solo Junko Aoi sabía provocar.