Estúpido Gojo!
Terapia Intensiva y Efectos Secundarios
El martes fue una neblina de humillación rosa. El miércoles, una tortura cromática que parecía no tener fin. Shoko Ieiri había desarrollado una estrategia de supervivencia: la invisibilidad. Se movía por los pasillos de la Preparatoria de Hechicería como un fantasma avergonzado, con la cabeza gacha y la mirada clavada en la punta de sus mocasines. Había aprendido a sentarse con una rigidez casi marcial, a levantarse con una rapidez calculada para minimizar el tiempo de exposición de su ridícula falda, y a ignorar el coro de risitas y comentarios que la seguían a todas partes.
Satoru, por supuesto, no ayudaba. Cada vez que Shoko lograba mezclarse con el fondo, él encontraba una manera de volver a poner el foco sobre ella.
—¡Enfermera Ieiri! —gritaba desde el otro lado del patio—. ¡Creo que estoy sufriendo un caso agudo de aburrimiento! ¡Necesito una consulta de emergencia!
O en medio de la clase:
—Profesor Yaga, ¿podría la enfermera Ieiri revisar la presión del aire en la sala? ¡Siento que la atmósfera es opresiva y podría afectar a mi rendimiento!
Cada vez, Yaga suspiraba, Geto ocultaba una sonrisa tras su mano y Shoko sentía cómo una vena en su sien palpitaba con la promesa de un futuro aneurisma. El pequeño acto de venganza con el refresco había sido satisfactorio, pero solo había servido para avivar las llamas de la creatividad de Satoru. Ahora, sus peticiones eran más elaboradas, más públicas, más humillantes.
Para el jueves, Shoko estaba agotada. No físicamente, sino mentalmente. La constante hipervigilancia sobre su atuendo y la anticipación del próximo tormento de Satoru la habían dejado exhausta. Solo quedaban cuatro días. Cuatro días más en el infierno rosa. Y justo cuando pensaba que las cosas no podían empeorar, empeoraron.
Estaban en la sala común, supuestamente estudiando. Geto leía un texto complejo sobre barreras, Satoru hacía girar un lápiz sobre sus nudillos con una velocidad inhumana, y Shoko intentaba concentrarse en un manual de anatomía mientras usaba su chaqueta de uniforme abierta como una especie de manta de seguridad para cubrir sus piernas.
La puerta se deslizó, y dos figuras familiares entraron. Mei Mei y Utahime Iori.
El corazón de Shoko se detuvo. *No. Cualquiera menos ellas.*
Utahime era la víctima favorita de Satoru después de ella misma, y su presencia garantizaba un aumento exponencial en su nivel de estupidez. Mei Mei, por otro lado, era peor. No era fácil de provocar; era una observadora fría y calculadora, y Shoko preferiría enfrentarse a una maldición de primer grado que someterse a su escrutinio analítico.
—Vaya, vaya, mirad lo que trajo la marea —dijo Satoru, dejando de jugar con el lápiz. Su sonrisa se ensanchó—. ¿Os habéis perdido, senpais?
Utahime lo ignoró, con una práctica que denotaba años de experiencia, y dirigió su atención a Yaga, que acababa de entrar tras ellas.
—Yaga-sensei, nos ha llamado para una misión conjunta.
—Correcto —dijo Yaga, asintiendo—. Es una maldición problemática en un complejo de apartamentos abandonado en las afueras de Tokio. Vuestra experiencia combinada será útil. Gojo, Geto, vosotros iréis también.
Mientras Yaga explicaba los detalles, Shoko intentó hacerse pequeña. Se encogió en su asiento, tirando de la chaqueta hasta que casi le cubría la cara. Rezó a cualquier dios que estuviera escuchando para que la gravedad la atrajera a través del suelo y la depositara en el centro de la Tierra.
Pero el universo, y Satoru Gojo, eran crueles.
Fue Utahime la primera en darse cuenta. Su mirada se desvió de Yaga por un segundo, recorrió la habitación y se posó en la extraña figura encorvada en el rincón. Entrecerró los ojos.
—Ieiri, ¿estás bien? Pareces…
Antes de que pudiera terminar la frase, Satoru se levantó de un salto y pasó un brazo por los hombros de Shoko, obligándola a enderezarse y exponiendo su atuendo en todo su vergonzoso esplendor rosa.
—¡Está fantástica! —anunció Satoru con orgullo, como un granjero presumiendo de su calabaza premiada—. ¿A que sí? Es nuestra nueva enfermera de combate. Parte de un programa piloto de mejora de la moral del equipo.
El silencio que cayó en la habitación fue absoluto y pesado.
La mandíbula de Utahime cayó. Sus ojos se abrieron como platos, viajando desde la cofia ladeada hasta la falda insultantemente corta y las medias rasgadas de la batalla del lunes. Una marea de rojo subió por su cuello.
—Gojo… ¿qué le has hecho? —siseó, con una mezcla de horror y furia.
Mei Mei, a diferencia de Utahime, no mostró conmoción. Su expresión era de una curiosidad depredadora. Sus ojos claros recorrieron a Shoko de arriba abajo, no con juicio, sino con una evaluación fría y distante. Una leve sonrisa jugó en sus labios.
—Interesante —murmuró, más para sí misma que para nadie—. Un uniforme diseñado para restringir el movimiento y maximizar la distracción. Una táctica psicológica audaz, Satoru. ¿Estás intentando debilitar a tu propio equipo o simplemente te gusta jugar a las casitas?
Shoko deseó morir. Deseó que su técnica maldita inversa funcionara al revés para poder desintegrarse en el acto.
—Es el resultado de una apuesta justa y cuadrada —dijo Satoru, ignorando a Mei Mei y guiñándole un ojo a Utahime—. Shoko aprendió una valiosa lección sobre no subestimar a sus superiores. ¿Verdad, enfermera?
Shoko no respondió. Se limitó a mirar a Satoru con una expresión tan gélida que debería haberle provocado hipotermia.
—Eres un cerdo misógino y un matón —espetó Utahime, señalándolo con un dedo tembloroso.
—Oh, ¿estás celosa, Utahime? —replicó Satoru, con falsa inocencia—. Si quieres, la próxima vez puedo conseguirte un uniforme de doncella. El negro te sentaría de maravilla.
El rostro de Utahime alcanzó un tono de púrpura que Shoko no creía humanamente posible. Parecía a punto de invocar su técnica allí mismo.
—Suficiente —intervino Yaga, con una voz que podría cortar el acero—. Gojo, deja en paz a tus compañeras. Mei Mei, Utahime, la misión es en una hora. Ieiri, tú te quedas. Servirás de apoyo médico en la retaguardia. Si alguien vuelve herido, te encargarás.
Shoko asintió, inmensamente aliviada. Cualquier cosa con tal de no tener que salir en público, y mucho menos con ellas dos.
Mientras el grupo se preparaba para salir, Mei Mei se acercó a Shoko. Se inclinó, su largo cabello trenzado rozándole el hombro.
—Sabes —dijo en voz baja, su aliento cálido en la oreja de Shoko—, hay un valor considerable en las humillaciones. Te enseñan dónde están tus límites. Y dónde están los de los demás. Si alguna vez quieres vengarte de él, házmelo saber. Podríamos llegar a un acuerdo económico muy… beneficioso.
Con una última sonrisa enigmática, se enderezó y se fue, dejando a Shoko con un escalofrío recorriéndole la espalda. La oferta era tentadora, pero tratar con Mei Mei era como hacer un pacto con el diablo. Un diablo con una calculadora.
El viernes trajo consigo un nuevo tipo de prueba: los novatos.
Shoko estaba en la enfermería, ordenando suministros y disfrutando de la rara bendición del silencio. El uniforme seguía siendo una fuente de miseria, pero al menos allí, en su dominio, se sentía un poco menos expuesta. Estaba limpiando un bisturí cuando la puerta se abrió de golpe y un torbellino de energía entró en la habitación.
—¡Ieiri-senpai! ¡Hemos vuelto!
Era Yu Haibara, radiante como un sol personal, a pesar de tener un feo moratón en la mejilla y el uniforme cubierto de polvo. Detrás de él, mucho más tranquilo y sombrío, caminaba Kento Nanami. Parecía ileso, pero se movía con una rigidez que delataba músculos doloridos.
—Haibara. Nanami —saludó Shoko, dejando el bisturí—. ¿Informe?
—¡Fue increíble! —exclamó Haibara, gesticulando con entusiasmo—. ¡Una maldición de tercer grado en un almacén! ¡Tenía tantos brazos! ¡Y Nanami estuvo genial, lo cortó en pedacitos! Yo… bueno, yo lo distraje un poco chocando contra una estantería.
Nanami suspiró. —Me tiró la estantería encima. Estoy bien. Solo magullado. Haibara tiene un golpe en la cara.
Shoko los examinó con ojo clínico. —Sentaos.
Haibara se sentó en la camilla, balanceando las piernas alegremente. Fue entonces cuando pareció reparar por primera vez en el atuendo de Shoko. Sus ojos se iluminaron.
—¡Ooooh! ¡Ieiri-senpai, qué uniforme tan mono! ¿Es nuevo? ¡Parece una enfermera de verdad de esas de los mangas! ¡Le queda genial!
El silencio en la habitación se hizo denso. Nanami, que estaba a punto de sentarse, se quedó helado. Su mirada se deslizó hacia Shoko, y por un instante, sus ojos transmitieron una profunda y silenciosa comprensión. Vio la leve contracción en la mandíbula de Shoko, el brillo asesino que apareció en sus ojos por una fracción de segundo antes de ser reemplazado por una profesionalidad forzada.
—Gracias, Haibara —dijo Shoko, con una voz que era seda y veneno a partes iguales—. Ahora, déjame ver ese golpe.
Cogió un algodón empapado en antiséptico. Normalmente, habría sido delicada. Hoy no. Presionó el algodón contra el moratón de Haibara con una firmeza innecesaria.
—¡Ay! ¡Ay, ay, ay! ¡Está frío! ¡Y pica! —se quejó Haibara.
—Es para evitar una infección —dijo Shoko, sin aflojar la presión—. No querrás que tu cara bonita se ponga verde y se caiga, ¿verdad?
—¡No! ¡Claro que no! —dijo él, aunque parecía un poco asustado.
Shoko continuó su "chequeo" con un rigor vengativo. Le tomó la temperatura con un termómetro que pareció meterle en la oreja hasta el cerebro. Auscultó su pecho con un estetoscopio que juraría haber dejado en la nevera cinco minutos antes, a juzgar por el respingo de Haibara. Palpó sus costillas en busca de fisuras, apretando cada músculo dolorido que encontraba.
—Todo parece estar en orden —declaró finalmente, mientras Haibara se masajeaba el costado con una mueca—. Solo contusiones. Descansa y no hagas más tonterías.
—¡Sí, señora! —dijo él, saltando de la camilla, aparentemente ajeno a la tortura sutil a la que acababa de ser sometido.
—Tu turno, Nanami.
Nanami se sentó en la camilla. Shoko repitió el proceso, pero esta vez, sus manos fueron suaves y eficientes. Su toque era profesional, sin rastro de la malicia que había aplicado a Haibara. Comprobó sus reflejos, palpó su espalda y hombros con cuidado.
—Tienes una contractura severa en el trapecio derecho —diagnosticó—. Te daré un relajante muscular. Y evita que Haibara te use de escudo la próxima vez.
Nanami asintió, con una pequeña y casi imperceptible sombra de gratitud en su rostro. Mientras Shoko buscaba la medicación, él habló en voz baja, para que Haibara no lo oyera.
—No deje que Gojo-senpai se salga siempre con la suya. Es una cuestión de principios.
Shoko le pasó el frasco de pastillas. Sus dedos se rozaron.
—Estoy trabajando en ello, Nanami. Estoy trabajando en ello.
El sábado fue, en teoría, un día de descanso. No había clases, ni entrenamiento. Era un día para que los estudiantes se relajaran, recuperaran fuerzas o se pusieran al día con sus estudios. Para Shoko, era la antesala de la libertad. Solo tenía que sobrevivir a ese día y al domingo. Podía hacerlo. Podía encerrarse en su habitación y no salir hasta el lunes.
O eso creía.
A las diez de la mañana, un golpe atronador resonó en su puerta. No era un golpe normal. Tenía el ritmo arrogante y distintivo de Satoru Gojo.
Shoko suspiró. —Vete, Satoru.
—¡Abre la puerta, Enfermera Ieiri! —canturreó su voz desde el otro lado—. ¡Tengo un paciente que necesita un paseo al aire libre! ¡Prescripción facultativa!
—El paciente puede ir a pasear solo —replicó ella.
—¡Nop! La apuesta dice que harás todo lo que yo diga. Y yo digo que vamos a dar un paseo. Por la ciudad. Ahora. ¡Te doy cinco minutos para que te pongas guapa! ¡Aunque con ese uniforme ya lo estás!
Shoko apoyó la frente contra la fría madera de la puerta. Sabía que no tenía escapatoria. Discutir era inútil. Con un gruñido de frustración, se vistió. El uniforme rosa parecía burlarse de ella desde la silla. Se lo puso, sintiendo la tela sintética y barata pegarse a su piel. Se miró al espejo. Las ojeras bajo sus ojos casi competían en color con el moratón de Haibara. Parecía una muñeca rota y mal vestida.
Salió. Satoru la esperaba apoyado en la pared, con sus gafas de sol puestas y una sonrisa de suficiencia. Llevaba ropa de calle, unos vaqueros caros y una sudadera con capucha, lo que lo hacía parecer aún más insultantemente guapo y normal en contraste con ella.
—Perfecta —dijo, examinándola de arriba abajo—. Lista para tu ronda.
La arrastró fuera de los terrenos de la preparatoria, hacia la estación de tren cercana. Cada paso en público era una pequeña muerte. La gente se giraba para mirar. Algunos adolescentes se reían, otros la señalaban. Shoko caminaba con la mirada fija en el asfalto, deseando tener la habilidad de Satoru para manipular el espacio y simplemente desaparecer.
—¿A dónde vamos? —preguntó, con voz monocorde.
—De compras —respondió él alegremente—. Se me han acabado mis dulces favoritos. Y necesito que alguien me ayude a llevar las bolsas. Es un trabajo muy duro, podría darme un tirón. Es bueno tener personal médico a mano.
La humillación alcanzó nuevas cotas. No solo era un espectáculo andante, sino que ahora también era su mula de carga personal. La obligó a entrar en una docena de tiendas, comprando cantidades absurdas de mochis, daifukus y todo tipo de golosinas. Shoko terminó cargando tres bolsas pesadas en cada mano, lo que hacía que la falda se le subiera aún más con cada paso.
En un momento dado, mientras esperaban en un semáforo, un grupo de hombres de mediana edad pasaron a su lado. Uno de ellos le soltó un silbido lascivo.
—¡Oye, guapa! ¿Te has escapado de una fiesta de disfraces? Si quieres, yo puedo ser tu doctor.
Shoko se tensó, apretando las asas de las bolsas con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. Se preparó para soltar una respuesta mordaz, pero Satoru se le adelantó.
El cambio fue instantáneo y aterrador. La sonrisa juguetona se borró de su rostro. Se giró lentamente hacia los hombres. Aunque llevaba sus gafas de sol, la presión en el aire cambió. Se volvió fría, pesada, peligrosa. La energía maldita a su alrededor, normalmente un zumbido juguetón, se convirtió en un gruñido silencioso.
—¿Perdona? —dijo Satoru, con una voz suave y carente de toda emoción—. ¿Has dicho algo?
Los hombres, que momentos antes eran todo bravuconería, palidecieron. Podían no ser hechiceros, pero incluso los no iniciados podían sentir la abrumadora presencia de algo antiguo y poderoso. El instinto primario de presa ante un depredador supremo.
—N-no… nada —tartamudeó el que había hablado, retrocediendo un paso. Sus amigos ya estaban tirando de él para que se fuera.
Satoru inclinó la cabeza. —¿Seguro? Me pareció oír algo. Suena feo cuando alguien más que yo molesta a mi enfermera. Es… una cuestión de exclusividad.
Los hombres prácticamente huyeron, tropezando unos con otros en su prisa por alejarse.
Satoru los observó hasta que doblaron la esquina. Luego, se giró hacia Shoko, y la sonrisa volvió a su sitio como si nunca se hubiera ido. La presión en el aire se disipó.
—Qué maleducados —dijo, como si comentara el tiempo—. Bueno, ¿dónde estábamos? ¡Ah, sí! ¡Helado! ¡Te mereces un premio por tu excelente capacidad de carga!
Shoko lo miró, confundida. La repentina muestra de protección la había descolocado por completo. Era exasperante. Era un idiota que la había metido en esta situación, pero en el momento en que alguien más se atrevió a cruzar la línea, se convirtió en un monstruo aterrador. La lógica de Satoru Gojo era un laberinto sin salida.
Se sentaron en un banco del parque, comiendo helado en un silencio incómodo. Satoru, por una vez, no hablaba. Simplemente observaba a la gente pasar, lamiendo su helado de fresa.
—¿Por qué? —preguntó Shoko finalmente, incapaz de contenerse.
—¿Por qué qué? —respondió él, sin mirarla.
—Eso. Con esos tipos.
Satoru se encogió de hombros. —Nadie se mete con mi gente. Es sencillo. Yo puedo hacerte la vida imposible porque somos amigos. Es nuestro juego. Ellos son solo… ruido. Y no me gusta el ruido.
Se quedaron en silencio de nuevo. Shoko no supo qué responder a eso. La palabra "amigos", dicha con tanta naturalidad por él en medio de esa semana de tortura, sonaba extraña. Pero, de alguna manera, cierta.
El domingo fue un largo y agónico suspiro. El final estaba tan cerca que casi podía saborearlo. Cada hora que pasaba era una pequeña victoria. Shoko pasó la mayor parte del día en la sala común, con un libro en el regazo que no estaba leyendo, simplemente mirando el reloj de la pared.
Satoru, Geto y ella estaban allí, en una extraña tregua. Geto estaba meditando, o al menos fingiéndolo. Satoru estaba tumbado en el sofá, con los pies en alto, lanzando una pelota de goma al techo y atrapándola sin mirar.
—Diez horas —murmuró Shoko.
La pelota siguió su trayectoria. *Thump. Thump.*
—Seis horas.
*Thump. Thump.*
—Dos horas.
Satoru atrapó la pelota y se incorporó. —¿Ya estás contando los minutos para tu liberación? Qué impaciente.
—He estado contando los segundos desde el martes por la mañana —replicó ella.
—Aún quedan ciento veinte minutos de servicio, enfermera —dijo él, con una sonrisa maliciosa—. Ciento veinte minutos en los que podría necesitar un masaje en los pies, que me leas un cuento para dormir o que me cantes una nana.
—Inténtalo —le retó ella, con la voz plana—. Y usaré esta jeringuilla de aquí para administrarte un sedante tan potente que no despertarás hasta el año que viene.
Geto abrió un ojo. —Yo no lo provocaría, Satoru. Parece que está al límite.
Satoru se rio. —¡Eso es lo divertido!
La última hora fue la más larga de la vida de Shoko. Se sentó en el borde de su asiento, con los músculos tensos. Satoru la observaba, divertido. El reloj avanzaba con una lentitud exasperante.
Diez segundos. Nueve. Ocho.
Satoru empezó a contar con ella. —Siete… seis… cinco…
Geto se unió, con una sonrisa resignada. —Cuatro… tres… dos…
—Uno —dijo Shoko, en el instante en que la aguja del reloj marcó la medianoche.
Cero.
Se hizo el silencio. Shoko se quedó inmóvil por un momento, como si no se atreviera a creerlo. Luego, lentamente, se puso de pie.
—Se acabó —dijo, con una finalidad absoluta.
—Bueno, ha sido una semana muy educativa —dijo Satoru, aplaudiendo lentamente—. Has sido una enfermera ejemplar. Estoy orgulloso de tu desarrollo profesional.
Shoko lo miró. No había ira en su rostro. Solo una calma fría y ominosa. Se acercó a él, que seguía sentado en el sofá. Se inclinó, hasta que su cara quedó a centímetros de la suya, una réplica de la pose que él había adoptado cuando le anunció su castigo.
—Gojo Satoru —dijo en voz baja y clara—. Voy a hacer que te arrepientas de esto. No hoy. No mañana. Pero un día, cuando menos te lo esperes, cuando estés en tu momento de mayor orgullo y arrogancia, te devolveré esto. Multiplicado por diez. Es un diagnóstico. Y una promesa.
Sin esperar respuesta, se dio la vuelta y caminó hacia su habitación. Con cada paso, sentía cómo el peso de la semana se desprendía de ella.
Entró en su cuarto y cerró la puerta. Se apoyó en ella, respirando hondo. Luego, con una deliberación casi ceremonial, se quitó la ridícula cofia y la tiró al suelo. Desabrochó el vestido rosa, dejando que cayera en un montón informe a sus pies. Se quitó las medias. Pisó el uniforme como si fuera una maldición que acababa de exorcizar.
Estaba libre.
Se dio una ducha larga y caliente, fregándose la piel como si quisiera borrar el recuerdo de la tela sintética. Cuando salió, se puso su pijama más cómodo y se miró en el espejo. Era ella de nuevo. Shoko Ieiri. No la "Enfermera Ieiri".
Una pequeña sonrisa, la primera sonrisa genuina y maliciosa en días, se dibujó en sus labios.
Sí. Satoru Gojo se arrepentiría. La venganza era un plato que se servía frío. Y ella, como futura doctora, tenía toda la paciencia del mundo para asegurarse de que la temperatura fuera la perfecta. La apuesta había terminado, pero el juego, su juego, no había hecho más que empezar.