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Estúpido Gojo!

Pronóstico: Efecto Adverso a la Venganza

El lunes por la mañana fue una revelación. Ponerse el uniforme estándar de la preparatoria, la chaqueta oscura y la falda de una longitud decente y profesional, se sintió como quitarse una segunda piel que picaba y no era de su talla. Shoko se miró en el espejo y, por primera vez en una semana, se reconoció. No había rosa chicle, ni cofias ridículas, ni la constante y humillante necesidad de vigilar cómo se sentaba o se movía. Era libre.

Pero la libertad no había borrado la memoria. La humillación seguía ahí, un residuo amargo en el fondo de su garganta. Y con ella, un propósito frío y cristalino: la venganza.

La promesa que le había hecho a Satoru en el último segundo de su tormento no era una bravuconada impulsiva. Era un diagnóstico. Un plan de tratamiento que había estado formulando en su mente durante siete largos días. Satoru había jugado con ella, la había convertido en el hazmerreír. Bien. Ella jugaría a su manera. No con fuerza bruta, no con un desafío directo que él ganaría con su poder absurdo. Lo haría con inteligencia, con precisión quirúrgica.

Pasó el lunes y el martes observando. Documentando. Satoru era un ser de hábitos predecibles, enmascarados por su caos superficial. Siempre tomaba la misma ruta hacia el campo de entrenamiento. Siempre dejaba la ventana de su habitación entreabierta por la noche, «para que entre el aire fresco», decía, aunque probablemente era solo descuido. Y lo más importante, su ego era su mayor vulnerabilidad. Su orgullo era un órgano vital expuesto.

El miércoles, en el laboratorio de química que rara vez se usaba, Shoko reunió sus ingredientes. No eran peligrosos. No en el sentido convencional. Eran simplemente… desagradables. Extractos concentrados, compuestos volátiles que había aprendido a aislar. Su objetivo no era herirlo, sino mancillar su intocable perfección.

Creó un perfume. Una anti-fragancia. La llamó, en la privacidad de sus pensamientos, «Esencia de Derrota». Era una obra maestra olfativa del horror: una base de durián sintético, notas medias de calcetines sudados tras un entrenamiento intenso (había conseguido una muestra gracias a un favor de un estudiante de segundo año al que le había curado una torcedura), y un toque final de pescado fermentado. La clave era su composición molecular. Estaba diseñada para adherirse a las fibras textiles y a la queratina del cabello con una tenacidad sobrehumana. No se iría con una simple ducha. Ni con diez. Y lo mejor de todo, las partículas eran lo suficientemente finas como para que su Infinito, que bloqueaba amenazas físicas, no las detuviera si se dispersaban en el aire de su habitación. Tendría que respirarlas. Se le pegarían.

El plan era simple. El jueves por la noche, mientras Satoru estuviera en su habitual sesión de entrenamiento nocturno con Geto, ella se colaría en su habitación a través de la ventana abierta y usaría un pequeño atomizador para rociar la «Esencia de Derrota» en su armario, en su cama y, sobre todo, en sus productos para el pelo. Cuando volviera, el olor ya se habría asentado. Se despertaría el viernes por la mañana apestando a una derrota tan profunda y humillante que ni siquiera él podría ignorarla. Imaginar su rostro, la confusión, la frustración, el horror al darse cuenta de que no podía librarse del hedor… eso era lo que la había mantenido cuerda toda la semana.

Llegó el jueves por la noche. El corazón de Shoko latía con un ritmo tranquilo y metódico. Tenía el pequeño vial de cristal con el líquido amarillento en el bolsillo de su chaqueta. Vio a Satoru y a Geto salir hacia los campos de entrenamiento, sus siluetas recortadas contra la luna. Satoru iba parloteando, como siempre, y Geto asentía con paciencia infinita. Era el momento.

Esperó diez minutos, para estar segura. Se deslizó por los pasillos silenciosos, una sombra con una misión. Estaba a punto de doblar la esquina que llevaba al ala de los dormitorios de los chicos cuando una voz la detuvo en seco.

—¡Shoko!

Se congeló. Era él. Mierda. ¿Había olvidado algo? ¿Había sido una trampa? Se giró lentamente. Satoru estaba apoyado en la pared del pasillo, solo. No había rastro de Geto.

—¿Qué haces aquí? —preguntó ella, manteniendo la voz neutra, la mano instintivamente sobre el bolsillo que contenía el vial—. Pensé que estabas entrenando.

—Me aburrí —dijo él, encogiéndose de hombros. Se despegó de la pared y caminó hacia ella. Llevaba ropa de calle, no su uniforme de entrenamiento—. Geto puede manejar a esas maldiciones de bajo nivel solo. Además, te estaba buscando.

Una alarma sonó en la cabeza de Shoko. —¿Para qué?

—Tenemos una misión —dijo, con una sonrisa que no le gustó nada.

—Yaga-sensei no ha dicho nada.

—No es una misión oficial. Es… una misión personal. De vital importancia. Vamos.

Empezó a caminar, dándole la espalda, como si diera por sentado que ella lo seguiría. Shoko se quedó quieta. El vial en su bolsillo se sentía pesado. Su plan perfecto se estaba desmoronando.

—Paso —dijo ella—. Estoy cansada.

Satoru se detuvo y la miró por encima del hombro. Sus gafas de sol oscuras le ocultaban los ojos, pero ella sintió su mirada fija en ella.

—No es una pregunta, enfermera. Bueno, exenfermera. Es una orden. De tu superior en humillaciones.

El recordatorio la irritó. Pero también despertó su curiosidad. ¿Qué nueva estupidez había inventado? Quizás podría llevar el vial consigo. Encontrar otra oportunidad.

—Bien —cedió con un suspiro—. Pero si esto es para que te lleve las bolsas de la compra otra vez, te las tiro a la cabeza.

—Prometo que no habrá bolsas de la compra —dijo él, y su sonrisa se amplió—. Al menos, no para mí.

La guio fuera de la preparatoria, hacia la bulliciosa noche de Tokio. Shoko lo siguió a regañadientes, con la mente trabajando a toda velocidad. Cada paso que daban la alejaba de su venganza. La frustración comenzaba a burbujear. ¿Qué quería? ¿Llevarla a una sala de recreativos para una revancha? ¿A un karaoke para obligarla a cantar?

Pero Satoru no la llevó a ninguno de esos lugares. Se adentraron en un laberinto de calles estrechas en el barrio de Jinbōchō, el distrito de las librerías de Tokio. El aire olía a papel viejo, a tinta y a la lluvia que había caído por la tarde. Shoko frunció el ceño. Este no era el territorio habitual de Satoru. No había tiendas de dulces, ni multitudes ruidosas, ni nada que pareciera interesarle.

Finalmente, se detuvo frente a una fachada anodina de madera oscura, encajada entre dos librerías abarrotadas. No había un letrero llamativo, solo un pequeño cartel de madera tallado a mano con un nombre que Shoko apenas pudo leer en la penumbra: «Komorebi».

—Hemos llegado —anunció Satoru.

Shoko miró el lugar con desconfianza. Parecía un antiguo salón de té o una cafetería. Estaba oscuro y silencioso.

—¿Qué es este sitio?

—Un secreto —dijo él, abriendo la puerta y haciéndole un gesto para que entrara.

Con un suspiro de resignación, Shoko cruzó el umbral. Y se detuvo en seco.

El interior era como entrar en otro tiempo. El aire era cálido y olía a una mezcla embriagadora de granos de café recién molidos, madera de cedro y ese aroma inconfundible de los libros antiguos. Estantes de madera oscura cubrían las paredes del suelo al techo, repletos no de best-sellers, sino de viejos manuales de medicina, tratados de botánica, colecciones de poesía clásica y novelas de misterio con las cubiertas gastadas. La luz era tenue, proveniente de lámparas de latón con pantallas de cristal verde que arrojaban charcos de luz cálida sobre las pocas mesas de madera. De un gramófono en un rincón, salía una suave melodía de jazz, un saxofón que parecía suspirar en lugar de tocar.

El lugar estaba casi vacío. Solo un anciano con gafas leía el periódico en una esquina. El silencio no era incómodo, sino confortable. Una manta de paz.

Shoko se quedó paralizada en la entrada, abrumada. Este lugar… era perfecto. Era la encarnación física de todo lo que ella consideraba relajante. Era el tipo de sitio que habría buscado durante años sin encontrarlo.

—¿Qué…? —empezó a decir, pero las palabras no le salían.

—Siéntate donde quieras —dijo Satoru, pasando a su lado como si fuera el dueño del lugar.

Eligió una mesa en el rincón más alejado, junto a una ventana que daba a un diminuto jardín interior donde la lluvia goteaba sobre las hojas de un arce japonés. Shoko lo siguió, moviéndose como en un sueño. Se sentó en la silla de cuero desgastado, que crujió suavemente bajo su peso. Pasó los dedos por la superficie de madera de la mesa, sintiendo las pequeñas muescas y arañazos de décadas de uso.

Un hombre de mediana edad con un delantal blanco y una expresión serena se acercó a su mesa. No les dio un menú. Simplemente asintió a Satoru.

—Gojo-san. El de siempre, supongo. ¿Y para la señorita?

—Para ella —dijo Satoru, reclinándose en su silla con una familiar arrogancia que, por alguna razón, parecía fuera de lugar en este oasis de calma—, un Blue Mountain preparado con sifón. Y una porción de vuestro chocolate amargo del 85%. El que traéis de Ghana.

Shoko levantó la vista de la mesa y lo miró fijamente. Su corazón dio un vuelco.

El café Blue Mountain, preparado con el método del sifón, era su capricho secreto, el que solo se permitía una vez cada varios meses en una cafetería especializada al otro lado de la ciudad. El chocolate amargo del 85% era su favorito absoluto, una marca artesanal que solo había encontrado en una tienda gourmet y que nunca le había mencionado a nadie.

¿Cómo demonios lo sabía?

El camarero asintió, le dirigió a Shoko una pequeña sonrisa y se retiró en silencio.

—¿Cómo? —preguntó Shoko, su voz apenas un susurro. La mano en su bolsillo ya no sentía el frío cristal del vial de la venganza. Solo sentía el latido de su propio pulso en la yema de los dedos.

Satoru se encogió de hombros, desviando la mirada hacia la ventana.

—Presto atención.

La respuesta era tan simple, tan directa, que la desarmó por completo. Satoru Gojo, el epicentro de su propio universo, el hombre que parecía incapaz de ver más allá de sus propios deseos y caprichos… ¿prestaba atención? ¿A ella?

—Te vi en esa cafetería cerca de Shibuya un par de veces —continuó, como si le leyera la mente—. Siempre pedías lo mismo. Y el chocolate… lo vi en tu habitación una vez. La caja estaba medio escondida debajo de una pila de libros. Pensé que era basura, pero luego vi la marca.

Shoko recordó. Hacía meses. Satoru había entrado en su habitación sin llamar, como de costumbre, buscando algo que robarle de comer. Ella lo había echado a gritos. No pensó que se hubiera fijado en nada que no fuera comestible de inmediato.

Se quedaron en silencio mientras el camarero preparaba el café en un fascinante artilugio de cristal que parecía sacado de un laboratorio de alquimia. El agua burbujeaba, subía por un tubo de cristal, se mezclaba con el café molido y luego, al retirar la llama, el líquido oscuro y aromático se filtraba de nuevo hacia abajo. El proceso era hipnótico, una pequeña obra de teatro científico.

El camarero sirvió el café en una delicada taza de porcelana y colocó un pequeño plato con dos cuadrados de chocolate oscuro junto a ella. A Satoru le sirvió un vaso alto lleno de algún tipo de refresco de color rosa con una montaña de nata montada y una cereza. Era tan ridículamente Satoru que Shoko casi sonrió.

Tomó un sorbo de café. Era perfecto. Intenso, suave, sin un ápice de amargura. El calor se extendió por su pecho, deshaciendo un nudo que no sabía que tenía.

—¿Y bien? —dijo finalmente, mirando a Satoru por encima del borde de su taza—. ¿Cuál es el truco, Gojo? ¿Qué quieres? Nadie hace todo esto sin una razón.

Satoru jugueteó con la pajita de su bebida, removiendo la nata. No la miraba. Era la primera vez en mucho tiempo que Shoko lo veía parecer… inseguro.

—La apuesta —dijo en voz baja—. La semana pasada.

Shoko se tensó. —¿Qué pasa con ella?

—Creo que… —hizo una pausa, como si las palabras le costaran un esfuerzo físico—. Creo que me pasé un poco.

Shoko parpadeó. Esperó la continuación, la broma, el «¡Pero te lo merecías!». Pero no llegó. Satoru seguía mirando su bebida, con el ceño ligeramente fruncido.

—Solo un poco —respondió ella, el sarcasmo era un reflejo defensivo.

—El uniforme era demasiado —admitió él—. Era gracioso en mi cabeza. Pero luego… verte en él todos los días… especialmente el día del entrenamiento. Cuando esa maldición te atacó.

Levantó la vista y sus ojos, libres de las gafas de sol en la penumbra del café, la encontraron. Eran de un azul tan intenso que parecían absorber toda la luz de la habitación. No había rastro de burla en ellos. Solo una seriedad extraña y desnuda.

—No eras tú. Y no podías moverte bien. Si yo no hubiera estado allí… si Geto no hubiera gritado… —Se detuvo, tragando saliva—. Fue mi culpa. Puse a un miembro de mi equipo en peligro por una broma estúpida. Yaga me habría despellejado si se hubiera enterado de la verdad. Y habría tenido razón.

Shoko se quedó sin aliento. El aire pareció volverse más denso. Satoru Gojo, el prodigio, el hombre que nunca se equivocaba, estaba admitiendo un error. Estaba admitiendo que se había equivocado.

—Y luego, los tipos esos en la calle —continuó, su voz un murmullo—. La forma en que te miraron… la forma en que te hablaron… Me di cuenta de que te había puesto en esa posición. Te había convertido en un objeto para que idiotas como ellos se sintieran con derecho a opinar. Y eso… no estuvo bien.

Un calor lento y traicionero empezó a subir por el cuello de Shoko, extendiéndose por sus mejillas. Bajó la mirada a su taza de café, esperando que la sombra lo ocultara. Era la primera vez en años que se sonrojaba, y la sensación la tomó completamente por sorpresa. No era un sonrojo de vergüenza, sino de… algo más. Algo que no podía nombrar. Era la conmoción de ser vista, de ser comprendida, por la última persona en el mundo de la que lo esperaba.

—Así que… —concluyó Satoru, rascándose la nuca con un gesto torpe—. Esto es… bueno, ya sabes. Una disculpa. A mi manera.

Shoko sintió el contorno del vial en su bolsillo. La «Esencia de Derrota». Su plan meticuloso, su venganza fría y calculada. De repente, le pareció algo infantil. Mezquino. Patético. Toda la ira que había estado alimentando durante días, toda la justa indignación, se desvaneció, reemplazada por una calidez confusa y abrumadora.

Levantó la vista y se encontró con la mirada expectante de Satoru. Él parecía casi vulnerable, esperando su veredicto. Y en ese instante, Shoko entendió algo fundamental sobre él. Su arrogancia, su necesidad de ser el centro de atención, eran una armadura. Pero debajo, muy de vez en cuando, en momentos como este, se podía vislumbrar al chico que prestaba atención a la marca de chocolate que le gustaba a su amiga, que se sentía culpable por ponerla en peligro y que no sabía cómo decir «lo siento» como una persona normal.

Una pequeña sonrisa tiró de la comisura de sus labios. Una sonrisa genuina, sin rastro de sarcasmo.

—Acepto tu disculpa, idiota —dijo en voz baja.

El alivio en el rostro de Satoru fue tan visible que fue casi cómico. La tensión abandonó sus hombros y se recostó en la silla, su habitual aire de suficiencia regresando poco a poco.

—¡Bien! —exclamó, aunque en un tono más bajo de lo normal, respetando la quietud del lugar—. Porque este sitio es carísimo y no pensaba volver a traerte si te ponías en plan rencoroso.

Shoko soltó una risita, un sonido que la sorprendió a ella misma. Cogió un trozo del chocolate amargo. El sabor intenso y complejo llenó su boca.

—¿Cómo encontraste este sitio? —preguntó, por cambiar de tema.

—Ah, eso. El viejo que lo lleva era amigo de un pariente lejano. Vengo aquí desde que era un crío, cuando necesito escapar de… todo —Admitió, haciendo un gesto vago con la mano que parecía abarcar el clan Gojo, el mundo del jujutsu y su propia existencia abrumadora—. Nadie me molesta aquí. Eres la primera persona a la que traigo.

La confesión la golpeó con más fuerza que la disculpa. Este no era solo un lugar que a ella le gustaría. Era el santuario de Satoru. Su refugio. Y lo estaba compartiendo con ella.

El calor en sus mejillas se intensificó. Cogió su taza de café con ambas manos, agradecida por el calor que le ayudaba a justificar el color de su cara.

Se quedaron allí sentados durante lo que pareció una eternidad, pero que probablemente fue solo una hora. No hablaron mucho más. No hacía falta. El silencio estaba lleno de un nuevo entendimiento. Escucharon la lluvia tamborilear contra el cristal, el suave murmullo del jazz, el tintineo ocasional de las tazas. Shoko leyó los lomos de los libros en las estanterías cercanas. Satoru terminó su bebida azucarada y luego se quedó quieto, simplemente observando la lluvia, una rara expresión de paz en su rostro.

Cuando finalmente salieron, la noche de Tokio parecía menos ruidosa, menos hostil. Caminaron de vuelta a la preparatoria en un silencio cómodo. La mano de Shoko seguía en su bolsillo, pero ya no era consciente del vial. Solo era consciente de la presencia de Satoru a su lado, una presencia que ya no se sentía opresiva, sino… tranquilizadora.

Al llegar a la bifurcación de los pasillos que llevaba a sus respectivas habitaciones, se detuvieron.

—Bueno —dijo Satoru, metiendo las manos en los bolsillos—. Supongo que hasta mañana.

—Hasta mañana, Gojo —respondió ella.

Se dio la vuelta para irse, pero la voz de él la detuvo.

—Oye, Shoko.

Se giró. Él la miraba, y aunque no podía ver sus ojos, supo que estaba sonriendo.

—La próxima vez que hagamos una apuesta… asegúrate de ganar. Es más divertido cuando el desafío es real.

Shoko puso los ojos en blanco, pero una sonrisa se dibujó en su rostro.

—No habrá una próxima vez. He aprendido la lección.

—Ya veremos —canturreó él, antes de desaparecer por el pasillo.

Shoko se quedó allí un momento más. Luego, caminó hacia su habitación. Una vez dentro, cerró la puerta y sacó el vial de su bolsillo. Lo miró bajo la luz de su lámpara. «Esencia de Derrota». Su gran plan.

Sin dudarlo, fue al baño, abrió el frasco y vertió el contenido por el desagüe. El olor fétido llenó el aire por un instante, un recordatorio de la ira que había sentido. Luego, abrió el grifo y el agua se lo llevó, limpiando el aire y, con él, el último vestigio de su deseo de venganza.

Se sentó en el borde de su cama, el eco del aroma del café aún en su paladar. La venganza era un plato que se servía frío, siempre había pensado. Pero esa noche había aprendido algo nuevo. A veces, la calidez de una disculpa inesperada era mucho más satisfactoria. La venganza se había disuelto, no en un fracaso, sino en el calor de una taza de café y en la sorprendente revelación de que, incluso en el universo egocéntrico de Satoru Gojo, había un pequeño espacio reservado para ella. Y, por alguna extraña razón, eso se sentía como una victoria mucho mayor.