Estúpido Gojo!
Anamnesis de un Deseo Postergado
El tiempo, para un hechicero, era una entidad caprichosa y cruel. Se estiraba en los momentos de aburrimiento y se comprimía hasta casi desaparecer en los instantes de peligro. Shoko Ieiri, a sus veintiocho años, había aprendido a convivir con esa relatividad. Los días en la enfermería de la Preparatoria de Hechicería de Tokio eran, en su mayoría, una sucesión de suturas, vendajes y diagnósticos de agotamiento de energía maldita. Eran largos, predecibles y tranquilos. Demasiado tranquilos.
Aquella mañana de martes, el sol se filtraba por las persianas de su apartamento con una pereza que imitaba su propio estado de ánimo. Se estiró, sintiendo el familiar crujido de su espalda, y se levantó. La rutina era un ancla: café, ducha, uniforme. Mientras se vestía, sus ojos se posaron en una vieja cómoda de madera que había rescatado de un mercado de pulgas. En uno de sus cajones, guardaba reliquias de un tiempo que se sentía a la vez como si hubiera sido ayer y como si le hubiera pertenecido a otra persona.
Movida por un impulso que no se molestó en analizar, abrió el cajón. Dentro, entre informes académicos obsoletos y un par de gafas de sol rotas que una vez pertenecieron a Satoru, había una fotografía. La sacó con cuidado. La imagen estaba ligeramente descolorida por los años, pero los rostros eran inconfundibles. Un Satoru Gojo de dieciséis años, con el pelo blanco desafiando la gravedad y una sonrisa tan ancha y arrogante que parecía que iba a partirle la cara. Un Suguru Geto con su eterna expresión serena, aunque una chispa de diversión brillaba en sus ojos oscuros. Y ella, en medio de los dos, con el pelo más corto y una expresión de fastidio que no lograba ocultar del todo el afecto que sentía por los dos idiotas que la flanqueaban.
Éramos unos críos. Unos críos arrogantes que creían que el mundo les pertenecía y que siempre estarían juntos.
Un nudo familiar se formó en su garganta. La ausencia de Suguru era una cicatriz queloide en el tejido de sus vidas, una que dolía al tacto, incluso después de tantos años. Satoru lo ocultaba tras capas de estupidez y poder. Ella lo ocultaba tras una cortina de humo de cigarrillo y cinismo profesional. Pero la herida seguía ahí, un recordatorio constante de que eran los más fuertes, pero no lo suficiente como para salvar lo que más importaba.
Sus dedos rozaron la figura sonriente de Satoru en la foto. Él no había cambiado. Seguía siendo el mismo idiota infantil, el mismo torbellino de energía caótica que la volvía loca. Pero también era su ancla. El último vestigio de aquellos días en los que eran «nosotros». El único que entendía el peso exacto de esa fotografía.
La imagen le trajo a la mente un torrente de recuerdos. Tardes de ocio, misiones estúpidas, discusiones sin sentido. Y de repente, otro recuerdo, uno particularmente vívido y vergonzoso, emergió de las profundidades de su memoria. La apuesta. El Mortal Kombat. La semana del infierno rosa.
Una sonrisa torcida se dibujó en sus labios. En aquel momento, había odiado cada segundo. Había fantaseado con mil maneras de asesinar a Satoru, cada una más dolorosa que la anterior. Pero ahora, mirando hacia atrás, el recuerdo estaba teñido de una extraña nostalgia. Recordaba la humillación, sí, pero también recordaba la furia helada en la voz de Satoru cuando esa maldición la atacó. Recordaba su desconcierto cuando la llevó a aquella cafetería secreta. Recordaba el sabor del café Blue Mountain y la calidez de su torpe disculpa.
Un pensamiento descabellado, nacido de la nostalgia matutina, se apoderó de ella.
Se dirigió al fondo de su armario, a una sección que rara vez visitaba. Allí, en una caja de cartón sellada, estaba. La abrió, y un débil olor a naftalina asaltó sus fosas nasales. Dentro, doblado con una pulcritud que no le correspondía, yacía el enemigo. El uniforme de enfermera rosa chicle.
Lo sacó. La tela sintética y barata se sentía igual de desagradable al tacto. La cofia parecía aún más ridícula. Pero el odio había desaparecido. Ahora, al mirarlo, solo sentía una extraña curiosidad. Una pregunta puramente científica.
¿Todavía me quedaría?
Era una idea estúpida. Una pérdida de tiempo. Pero la Shoko de veintiocho años tenía una debilidad por los experimentos impulsivos. Se desvistió y, con la misma resignación que la primera vez, se puso el uniforme.
El resultado fue… clínico. Y alarmante.
Si a los dieciséis le quedaba ajustado, ahora, doce años después, era una segunda piel indecente. Su cuerpo ya no era el de una adolescente delgada. Los años, el estrés y un metabolismo que ya no era a prueba de balas le habían dado curvas que antes no existían. El vestido se ceñía a su cintura y a sus caderas con una tenacidad desesperada. La tela, ya de por sí fina, se estiraba sobre su pecho hasta el punto de que temía que los botones fueran a salir disparados como proyectiles.
Y la falda… Shoko se miró en el espejo de cuerpo entero con una ceja arqueada, en una mezcla de horror y fascinación analítica. La falda ya no calificaba como minifalda. Era, en el mejor de los casos, un volante decorativo. Unos centímetros más y sería un cinturón ancho. Dejaba al descubierto la totalidad de sus muslos, mucho más de lo que recordaba.
Se sentía expuesta, ridícula… y, para su propia sorpresa, una extraña corriente de poder la recorrió. Ya no era la adolescente avergonzada, obligada a llevar un disfraz humillante. Era una mujer adulta, dueña de su cuerpo y de sus decisiones. Y este uniforme, en su cuerpo de ahora, no era humillante. Era… una declaración. Un arma.
Instintivamente, sin un plan concreto, lo dobló con cuidado y lo metió en su bolso de trabajo. Por ahora.
***
La jornada en la preparatoria transcurrió con su monotonía habitual. Curó un esguince de tobillo a un estudiante de primer año demasiado entusiasta. Le dio a Panda un analgésico para el dolor de espalda. Tuvo una conversación de cinco minutos con Yaga sobre los suministros médicos, en la que ambos consiguieron no mencionar a Gojo ni una sola vez, un nuevo récord.
Pero durante todo el día, fue consciente del peso del uniforme rosa en su bolso. Era un secreto guardado en cuero, una promesa de caos latente. Con cada hora que pasaba, la idea que había comenzado como una curiosidad nostálgica por la mañana, se transformaba, mutaba en un plan.
¿Por qué no?
Habían pasado años. Años de miradas no correspondidas, de tensión no resuelta, de un «casi» que flotaba entre ellos como el humo de sus cigarrillos. Desde jóvenes, había habido algo. Una corriente subterránea que ninguno de los dos se había atrevido a nombrar. Primero eran demasiado jóvenes e inmaduros. Luego, llegó Toji Fushiguro y lo rompió todo. Después, Suguru se fue, y el abismo que dejó a su paso era demasiado grande como para pensar en construir un puente entre ellos. Y después… después simplemente se acostumbraron. Se acostumbraron a ser Satoru y Shoko. El más fuerte y su sanadora. Dos pilares de un templo en ruinas, sosteniéndose mutuamente en silencio.
Pero ya no había excusas. Eran adultos. El mundo seguía siendo un lugar terrible, y los hechiceros seguían muriendo jóvenes. ¿Cuánto tiempo más iban a perder fingiendo que esa corriente no existía?
La venganza que le había prometido a Satoru hacía doce años nunca se había materializado. La disculpa en la cafetería la había desarmado. Pero quizás… quizás esta era una forma diferente de venganza. Una mucho más dulce. Burlarse de él, sí, pero con un propósito. Recordarle lo que había estado ignorando durante más de una década.
El sol se puso, tiñendo el cielo de naranjas y violetas. Los estudiantes se retiraron a sus dormitorios. Los pasillos se quedaron en silencio. Shoko miró el reloj de la pared de la enfermería. Nueve y cincuenta.
Era hora.
Con una calma que la sorprendió a sí misma, fue al pequeño baño adjunto a la enfermería. Se cambió. Al verse en el espejo bajo la dura luz fluorescente, la imagen era aún más impactante. Se soltó el pelo, dejándolo caer sobre sus hombros. La ridícula cofia, por una vez, parecía el toque final perfecto para la parodia que estaba a punto de representar.
Sacó su teléfono. Sus dedos no temblaron.
*Para: Gojo Idiota* *Asunto: Urgente*
*Te necesito en la enfermería. Ahora.*
Pulsó «enviar». El mensaje era ambiguo, alarmante. Sabía que él vendría corriendo, esperando una emergencia, una catástrofe. La anticipación era un zumbido eléctrico bajo su piel.
Se sentó en el borde de una de las camillas, cruzando las piernas de una manera que era a la vez estudiada y natural. La falda subió aún más, si eso era posible. Esperó.
No tuvo que esperar mucho. Menos de dos minutos después, la puerta de la enfermería se abrió de golpe, revelando la imponente figura de Satoru Gojo. Llevaba su habitual venda negra sobre los ojos y su sonrisa despreocupada.
—¡Enfermera Ieiri, siempre a su servicio! —canturreó, entrando con su habitual pavoneo—. ¿Cuál es la emergencia? ¿Se ha atragantado Panda con un brote de bambú? ¿O es que por fin te has dado cuenta de que no puedes vivir sin mi deslumbrante presen…?
Se detuvo.
La frase murió en su garganta. Se quedó paralizado en mitad de la habitación, con la sonrisa congelada en su rostro, desvaneciéndose lentamente como la escarcha bajo el sol. El silencio que cayó fue tan denso que Shoko casi pudo oírlo.
Él no se movió. No dijo nada. Simplemente se quedó allí, una estatua de casi dos metros vestida de negro. Shoko observó, con una satisfacción clínica, cómo cada gramo de su arrogancia se evaporaba. Vio cómo su garganta se movía al tragar en seco. Vio cómo sus manos, que siempre estaban en movimiento, gesticulando o metidas en los bolsillos, colgaban inertes a los costados, los puños apretándose y relajándose lentamente.
Aunque la venda cubría sus ojos, Shoko sabía, con una certeza absoluta, que los Seis Ojos estaban trabajando a pleno rendimiento, absorbiendo cada detalle, cada centímetro de tela rosa estirada, cada curva que no estaba allí doce años atrás. Estaba haciendo un escáner, un diagnóstico, y el resultado parecía haberle provocado un cortocircuito en el cerebro.
Finalmente, su mandíbula, que había estado tensa, se descolocó visiblemente, cayendo un poco. Fue un movimiento minúsculo, casi imperceptible, pero para Shoko fue una victoria aplastante.
Rompió el silencio. Su voz era tranquila, con un ligero matiz de burla.
—Tardaste en llegar, *paciente*. El tiempo de respuesta es vital en una emergencia.
Satoru pareció tener que reiniciar su sistema operativo. Parpadeó detrás de la venda.
—Shoko… —Su voz era un susurro ronco, irreconocible. No era la voz del hechicero más fuerte. Era la voz de un hombre completamente desarmado—. ¿Qué… qué es esto?
Shoko sonrió, una sonrisa lenta y felina. Se levantó de la camilla y comenzó a caminar hacia él. El movimiento fue deliberado, cada paso un compás en una sinfonía de seducción calculada. El suave chasquido de sus mocasines contra el linóleo era el único sonido en la habitación.
—¿No lo reconoces? —preguntó, su voz un murmullo—. Formó parte de mi… formación profesional. Gracias a ti. Pensé que, después de tantos años, merecía una revisión. Ver si todavía… encaja.
Se detuvo a un palmo de él. Tuvo que levantar la cabeza para mirarlo. El aire entre ellos crepitaba, cargado de doce años de palabras no dichas. Podía sentir el calor que emanaba de él, la energía maldita que zumbaba a su alrededor, no de forma amenazante, sino inestable, como un motor revolucionado.
Sabía que había venido a burlarse de él, a disfrutar de su reacción. Pero ahora, teniéndolo tan cerca, viendo la cruda vulnerabilidad que había destapado, el juego cambió. El propósito se solidificó.
—Desde que éramos unos críos, Satoru —susurró, y su voz perdió todo rastro de burla, volviéndose seria, íntima—. Siempre ha habido algo. Y hemos dejado que todo lo demás se interponga. La vida, la muerte, la guerra…
Levantó una mano y rozó la venda negra con la punta de los dedos. Sintió cómo él se estremecía bajo su toque.
—Estoy cansada de esperar. Cansada de perder el tiempo.
Sin apartar los ojos de donde sabía que estaban los suyos, se giró y caminó hacia la puerta. El clic metálico de la cerradura al girar resonó en el silencio como un disparo. El punto de no retorno.
Se volvió hacia él. Su rostro era una máscara de incredulidad y un anhelo tan profundo que le dolió el corazón.
—No hay excusas esta noche —dijo ella.
Cerró la distancia entre ellos en dos pasos rápidos. Agarró el cuello de su chaqueta, lo atrajo hacia abajo y lo besó.
El primer contacto fue una explosión. Fue la colisión de dos estrellas que llevaban una década orbitando peligrosamente cerca la una de la otra. No fue un beso tierno. Fue hambriento, desesperado, cargado con el peso de todo lo que habían perdido y todo lo que se habían negado a sí mismos. Shoko lo besó con la frustración de años, con la certeza de esa mañana, con la audacia que le daba el ridículo uniforme rosa.
Por un segundo, Satoru permaneció rígido, en shock. Luego, un gruñido profundo, casi animal, vibró en su pecho, y sus brazos la rodearon, aplastándola contra él. Su respuesta fue abrumadora, una fuerza de la naturaleza desatada. La levantó del suelo como si no pesara nada, su boca devorando la suya, una mano enredada en su pelo, la otra presionando la parte baja de su espalda, pegándola a él.
El beso se profundizó, pasando de la desesperación a una comunicación más compleja. Era un diálogo sin palabras. *Te he esperado tanto tiempo. ¿Por qué has tardado tanto? No te vayas. Nunca.*
Cuando finalmente se separaron para respirar, sus frentes quedaron apoyadas. Los jadeos de ambos llenaban la habitación. Shoko sintió que Satoru se bajaba la venda hasta el cuello, y abrió los ojos para encontrarse con el azul infinito de los suyos. Estaban oscuros por el deseo, arremolinados de emoción.
—Shoko… —repitió su nombre, como si fuera la única palabra que conocía, una plegaria.
—Cállate, Satoru —susurró ella, antes de volver a besarlo.
Esa noche, la enfermería se convirtió en su santuario. La camilla, que había sido testigo de tanto dolor y curación, se convirtió en el escenario de un tipo diferente de terapia intensiva. El uniforme, que una vez fue un símbolo de humillación, se transformó. Ya no era un disfraz de «enfermera», sino de «enfermera sexy», un catalizador para desatar una pasión que había estado bajo prescripción restrictiva durante demasiado tiempo.
Cada botón que Satoru desabrochaba con dedos temblorosos era un año de espera borrado. Cada trozo de tela rosa que caía al suelo era una barrera que se derrumbaba. Entre besos febriles y caricias que quemaban, Shoko se rio, una risa genuina y liberadora.
—¿Quién es la que se burla ahora, Gojo?
Satoru, que estaba ocupado besando la curva de su cuello, levantó la vista, sus ojos azules brillando con una felicidad tan pura y abrumadora que a Shoko se le cortó la respiración.
—Tú ganas, Shoko —dijo con la voz ronca, una sonrisa deslumbrante extendiéndose por su rostro—. Siempre ganas tú.
Y mientras la noche se desarrollaba, llena de piel, susurros y la recuperación de tiempo perdido, Satoru Gojo no podía estar más feliz. Había ganado una estúpida apuesta hacía doce años, forzándola a ser la enfermera de sus fantasías adolescentes. Pero la realidad, esta mujer increíble, inteligente y exasperante en sus brazos, era infinitamente mejor que cualquier sueño. La apuesta había terminado, pero el premio gordo lo estaba reclamando ahora. Y valía cada segundo de la espera.