Evil Supergirl
La Noche de los Ídolos de Cristal
El lago de Midvale siempre había sido el escenario de las mejores fiestas de verano, pero esa noche la atmósfera se sentía extraña. Alex Danvers, ahora con diecisiete años, se encontraba sentada en un tronco caído, lejos del estruendo principal de la música rave que hacía vibrar el suelo. A su lado, Michael, su novio, la rodeaba con el brazo, tratando de ofrecerle un consuelo que Alex ya no creía posible encontrar en este mundo.
—No lo comprendes, Michael —susurró Alex, con la mirada perdida en las aguas oscuras—. Mi hermana no es una chica normal. Es un monstruo.
Michael frunció el ceño, apretando suavemente su hombro.
—Alex, todas las hermanas pequeñas son difíciles. Pero estás exagerando un poco, ¿no crees?
—¿Exagerando? —Alex soltó una risa amarga que sonó como cristal roto—. Me hace dormir en el suelo de mi propia habitación. Me obliga a estudiar en el cobertizo, incluso cuando hace frío, porque dice que mi respiración le molesta mientras ella lee. Se ha adueñado de mi vida, de mi espacio... de todo.
—¿Y tus padres no dicen nada? —preguntó Michael, genuinamente confundido—. Quiero decir, Jeremiah y Eliza son personas fuertes.
—No pueden hacer nada —respondió ella, y un escalofrío le recorrió la espalda—. Nos tiene aterrorizados a todos. Una vez le rompió el brazo a mi padre en tres trozos solo porque él intentó quitarle el mando de la televisión. Y... y asesinó a Kenny Li. Mi mejor amigo. Lo mató porque decía que se aburría de nosotros, que quería ver qué pasaba si "desconectaba" a uno de mis juguetes favoritos.
Michael se quedó en silencio, sin saber si creerle o pensar que el trauma le estaba jugando una mala pasada. Antes de que pudiera responder, una figura emergió de entre las sombras de los árboles.
Era Kara. A sus quince años, vestía un chándal grisáceo y unos botines blancos y rojos. Parecía la viva imagen de la inocencia adolescente, si no fuera por esa sonrisa depredadora que nunca abandonaba su rostro y la frialdad absoluta de sus ojos azules.
Alex se puso en pie de un salto, sintiendo cómo el pánico le oprimía la garganta. Sin decir una palabra a sus amigos, se alejó rápidamente hacia una pequeña cabaña de madera que servía para guardar botes, buscando refugio. Kara la siguió con una calma desesperante, ignorando a la multitud que bailaba cerca del fuego.
Dentro de la cabaña, Alex se giró, temblando.
—¿Qué haces aquí, Kara? Déjame en paz.
Kara soltó una risita suave mientras examinaba las estanterías de la cabaña.
—¿Por qué debería? He venido a ver cómo te diviertes con tus amiguitos. Aunque me sorprende que sigas fingiendo que te gusta ese tal Michael. —Kara se acercó a ella, invadiendo su espacio personal—. He visto las revistas que escondes bajo el suelo del cobertizo, Alex. Esas donde salen mujeres en lencería. ¿A quién quieres engañar?
—¡Cállate! —gritó Alex, con el rostro encendido de rabia y vergüenza—. ¿Por qué no me dejas en paz de una vez?
—Porque para eso están los hermanos, ¿no? —respondió Kara, burlona—. Para recordarte quién eres y quién manda.
Kara se dio la vuelta y salió de la cabaña con paso ligero. Alex corrió tras ella para cerrar la puerta y poner el cerrojo, pero en el momento en que su mano tocó el pomo de metal, un grito de agonía escapó de sus labios. El metal estaba al rojo vivo. Kara, sin siquiera girarse, había usado su visión calorífica para calentar el pomo hasta el punto de fundición.
—¿Qué estás haciendo? —gritó Alex, sujetándose la mano quemada mientras veía, a través de la ventana, cómo Kara se detenía frente al lago.
—Me voy a divertir —respondió Kara con una voz que cargaba la promesa de una pesadilla.
De repente, Kara sopló. Un chorro de aire gélido salió de sus pulmones, golpeando los marcos de las ventanas y las puertas de la cabaña. En segundos, el hielo selló cada salida, dejando a Alex atrapada en una prisión transparente.
Fuera, la fiesta seguía en su apogeo hasta que un chico borracho se tambaleó hacia Kara.
—Eh, rubita... —balbuceó el joven, mirándola de arriba abajo con lascivia—. ¿Qué hace una niña como tú aquí sola? ¿Quieres que te enseñe a pasarlo bien?
Kara le dedicó una sonrisa sugerente, ladeando la cabeza.
—¿Sabes qué es lo que puedes hacer por mí? —le preguntó con una voz melosa.
Antes de que el chico pudiera responder, Kara hundió su mano en el abdomen del joven con la facilidad de quien atraviesa papel mojado. Sus dedos se cerraron sobre las vísceras y tiró hacia fuera, arrancándole el estómago de cuajo. El chico ni siquiera tuvo tiempo de gritar; sus ojos se abrieron desmesuradamente mientras la sangre salpicaba el chándal gris de Kara.
—Que muera en mis manos —se rió ella, arrojando el órgano al suelo como si fuera basura.
El pánico estalló. La música se detuvo de golpe cuando los primeros gritos de horror cortaron el aire. Kara se giró hacia el lago, donde varios jóvenes se habían lanzado al agua para nadar. Respiró hondo y soltó un aliento huracanado de frío absoluto. El agua del lago se congeló instantáneamente, atrapando a los nadadores en bloques de hielo sólido. Sus rostros, congelados en expresiones de terror eterno, quedaron como estatuas macabras bajo la luz de la luna.
Kara caminó hacia el centro de la reunión. Una de las amigas de Alex, paralizada por el miedo, tartajeó:
—¿Esa... esa no es la hermana de Alex?
Kara sonrió, mostrando sus dientes blancos.
—Es hora de calentar el ambiente.
Sus ojos se encendieron en un carmesí violento. Dos haces de energía pura barrieron la mesa del DJ, que estalló en una bola de fuego, envolviendo a varios jóvenes que estaban cerca. Los gritos eran ensordecedores. Kara se acercó a los restos del equipo de sonido y agarró un altavoz enorme con una sola mano.
—Es hora de cambiar la música —sentenció.
El DJ, herido y tratando de arrastrarse, levantó la vista justo cuando Kara dejó caer el altavoz sobre su cabeza con una fuerza inhumana, aplastándola como una uva madura.
—¡Corred! —gritó uno de los amigos de Alex, pero no había dónde esconderse.
Kara levantó una roca gigantesca que servía de adorno en la orilla y la lanzó contra un grupo que intentaba huir por el sendero del bosque. El impacto fue seco y definitivo, dejando solo una masa informe de carne y huesos rotos. Una chica tropezó y cayó directamente sobre la gran hoguera que habían encendido para la fiesta. Mientras intentaba salir desesperadamente de las brasas, Kara apareció a su lado y puso un pie sobre su espalda, hundiéndola más en el fuego.
—Me gusta que estén crujientes —comentó Kara, escuchando con deleite el siseo de la piel quemándose.
Un chico, más valiente o más estúpido que el resto, sacó una escopeta del maletero de su coche y disparó a bocajarro contra la espalda de Kara. Ella ni siquiera se tambaleó. Se giró lentamente, con una expresión de aburrimiento.
—Qué divertido que uséis esas patéticas armas para jugar contra mí —dijo, sujetando el cañón del arma.
Sopló suavemente sobre la recámara de la escopeta y el metal, sometido a una presión extrema y un frío repentino, estalló en mil pedazos, enviando metralla directamente al rostro y al pecho de su dueño, que cayó muerto al instante.
Varios jóvenes lograron subir a sus coches, arrancando los motores en un intento desesperado por escapar de aquel matadero.
—¿A dónde vais? ¡Si la fiesta aún no ha terminado! —exclamó Kara.
Con su visión de calor, reventó los neumáticos de los vehículos en movimiento, haciendo que chocaran entre sí. Luego, se acercó a una autocaravana que intentaba dar la vuelta. La levantó sobre su cabeza con una facilidad aterradora. Los pasajeros gritaban y golpeaban las ventanas desde el interior.
—¿No estáis algo apretados ahí dentro? —preguntó Kara con una sonrisa sádica.
Empezó a cerrar sus brazos, compactando la estructura de metal de la autocaravana. El sonido del acero retorciéndose se mezcló con el crujido de los huesos y los alaridos de los que estaban dentro. Poco a poco, un líquido espeso, mezcla de sangre y fluidos corporales, comenzó a gotear desde las junturas del vehículo aplastado hasta que el silencio volvió a reinar en ese rincón.
Mientras tanto, Michael corría por el bosque junto a Sarah, la mejor amiga de Alex. Escuchaban los sonidos de la destrucción a sus espaldas, pero no se atrevían a mirar atrás.
—Vamos, huyamos por el... —Sarah no pudo terminar la frase.
En un parpadeo, Sarah desapareció, como si se la hubiera tragado la tierra. Michael se detuvo en seco, con el corazón a punto de estallar. Se apoyó contra una gran roca, jadeando, y vio a otro amigo de Alex, Chris, sentado encima de la piedra.
— Chris... menos mal... —jadeó Michael—. Creí que te había alcanzado.
De repente, un sonido brusco y húmedo rompió el silencio. Kara emergió de detrás de Chris. Con un movimiento rápido, hundió sus manos en la espalda del chico, agarró su columna vertebral y la arrancó de un tirón seco, dejando el cuerpo caer como un muñeco de trapo.
Michael cayó al suelo, retrocediendo con los talones, el rostro pálido como la cera. Kara se acercó a él, goteando sangre por todo su chándal.
—Usted debe ser el novio de mi hermana —dijo ella, con una cortesía que resultaba obscena dadas las circunstancias.
Michael intentó desplazarse por el suelo, tratando de alejarse, pero Kara fue más rápida. Lo atrapó por el tobillo derecho y lo levantó en el aire como si no pesara nada.
—No te vayas todavía. Vamos a tener una reunión familiar.
Kara cerró el puño sobre el tobillo de Michael y apretó. El sonido del hueso astillándose fue seguido por un grito que desgarró la noche.
—Y ahora, vamos a saludar a mi hermanita.
Kara arrastró a Michael, que gemía de dolor puro, de vuelta hacia la cabaña donde Alex seguía atrapada.
Dentro de la casa, Alex estaba en estado de shock. Había escuchado cada grito, cada explosión, cada sonido de carne desgarrada. Estaba acurrucada contra la pared opuesta a la entrada cuando la pared de madera simplemente explotó. Kara entró caminando entre los escombros, arrastrando a Michael por la pierna rota. El suelo quedó marcado por un rastro de sangre.
—¡Por favor, Kara! ¡Déjalo! —suplicó Alex, cayendo de rodillas—. ¡Te lo ruego, no le hagas nada más!
Kara soltó la pierna de Michael, quien quedó tendido en el suelo, temblando violentamente.
—Si besas a tu novio ahora mismo, lo dejo vivir —dijo Kara, cruzándose de brazos con una expresión expectante.
Alex se acercó lentamente a Michael. Su rostro estaba cubierto de lágrimas y suciedad. Miró a Michael, que la miraba con ojos suplicantes.
—Por favor, Alex... —susurró él—. Hazlo por favor...
Alex se detuvo a pocos centímetros de él. Miró la sangre, el hueso que sobresalía de su tobillo, y luego miró a Kara.
—No... no puedo —sollozó Alex, retrocediendo. El miedo que sentía por Kara era tan absoluto que incluso un acto de amor le parecía una trampa mortal.
Kara se inclinó sobre el rostro de Michael, susurrándole al oído pero asegurándose de que Alex la oyera.
—No lo sabes, ¿verdad? A ella le encanta la carne sexy de otras mujeres. No siente nada por ti, Michael. Eres solo un accesorio para intentar parecer normal.
Sin previo aviso, Kara agarró la mandíbula inferior de Michael y tiró hacia abajo con una fuerza descomunal, arrancándola de su sitio. Michael ni siquiera pudo gritar, solo emitir un gorgoteo ahogado mientras la sangre brotaba a borbotones. Alex soltó un alarido de puro dolor psicológico, tapándose los ojos. Kara, con un movimiento rápido y preciso, levantó su bota y aplastó la cabeza de Michael contra el suelo de madera de un solo pisotón.
El silencio que siguió fue más aterrador que todo el caos anterior. Kara se limpió un poco de sangre de la mejilla y miró a Alex con frialdad.
—Vamos a casa. Se está haciendo tarde y mañana tienes que limpiar el cobertizo.
Alex, quebrada por completo, se levantó mecánicamente. Ya no quedaba rastro de la chica rebelde que había llegado a la fiesta. Era una cáscara vacía, sumisa ante el poder de su captora.
Al salir de la cabaña, Alex vio el paisaje de pesadilla. Los cuerpos destrozados de sus amigos, el lago convertido en una tumba de cristal, el olor a carne quemada y metal fundido. Kara se situó detrás de ella y la rodeó con sus brazos ensangrentados.
—Sujétate fuerte, hermanita —ordenó Kara.
En un estallido de velocidad que hizo que el aire silbara en los oídos de Alex, ambas se elevaron hacia el cielo nocturno, dejando atrás las ruinas de Midvale y las vidas que Kara había extinguido por puro capricho. Alex cerró los ojos, sabiendo que, a partir de esa noche, el suelo de su habitación sería el único lugar donde se le permitiría existir, bajo la sombra eterna del monstruo que llamaba hermana.