Evil Supergirl
Cenizas y Sumisión
El aire en la habitación de Alex Danvers estaba viciado por el olor a ozono, sangre seca y el perfume floral que Kara insistía en usar para "disimular" sus excursiones nocturnas. Habían pasado tres días desde la masacre en el lago, pero para Alex, el tiempo se había detenido en el momento en que el cráneo de Michael crujió bajo la bota de su hermana adoptiva.
Alex permanecía sentada en el suelo, en el rincón más alejado de la cama, con las rodillas pegadas al pecho. Sus manos, vendadas toscamente por Eliza bajo la mirada vigilante de Kara, aún palpitaban con el recuerdo del pomo al rojo vivo.
La puerta se abrió sin previo aviso. Kara entró luciendo un jersey azul impecable y unos vaqueros grisáceos que la hacían parecer la viva imagen de la estudiante modelo de Midvale. Llevaba una bandeja con un vaso de agua y un sándwich de aspecto plástico.
—Tienes que comer, Alex —dijo Kara, dejando la bandeja en el suelo, justo frente a los pies de su hermana—. Mamá dice que te estás debilitando y no quiero que te enfermes. Si te mueres, ¿con quién voy a jugar?
Alex no levantó la vista. Su voz era un hilo ronco, apenas audible.
—¿Por qué no me matas a mí también? Mataste a Kenny, mataste a Michael... mataste a todos mis amigos. No queda nada.
Kara se acuclilló frente a ella, obligándola a levantar el mentón con un solo dedo. La fuerza en ese pequeño gesto era suficiente para partirle la mandíbula si Alex ofrecía resistencia.
—No seas dramática —susurró Kara con una sonrisa que no llegaba a sus ojos gélidos—. Los humanos sois como flores en un jarrón. Bonitos por un tiempo, pero se marchitan rápido. Yo solo aceleré el proceso. Además, ahora me tienes a mí. Soy todo lo que necesitas.
—Eres un monstruo —escupió Alex, aunque sus ojos estaban llenos de lágrimas de puro terror.
Kara soltó una carcajada cristalina, un sonido que en cualquier otra circunstancia sería encantador.
—Soy un dios, Alex. Y tú eres mi favorita. Por eso te permito vivir en mi presencia. Ahora, come. Tenemos visitas.
—¿Visitas? —Alex sintió que el estómago se le encogía.
—La policía. Un detective con un traje muy feo y dos oficiales que huelen a miedo —dijo Kara, levantándose y alisándose el jersey—. Quieren saber qué pasó en el lago. Y tú vas a salir ahí y les vas a contar exactamente lo que ensayamos.
***
En el salón de los Danvers, la tensión era tan densa que Jeremiah sentía que le costaba respirar. Estaba sentado en su sillón, con el brazo que Kara le había roto meses atrás apoyado rígidamente sobre el regazo. Eliza estaba a su lado, con ojeras profundas que ningún maquillaje podía ocultar, sosteniendo una taza de té que temblaba incesantemente.
Frente a ellos, el detective Jefferson, un hombre afroamericano de mirada aguda vestido con un traje beige y una corbata roja, revisaba sus notas. Dos oficiales jóvenes permanecían cerca de la puerta, intercambiando miradas nerviosas. Habían visto las fotos de la escena del crimen; sabían que lo que había ocurrido en el lago no era obra de un animal ni de un asesino convencional.
—Señor Danvers, entiendo que es difícil —dijo Jefferson con voz grave—, pero necesitamos hablar con su hija mayor. Ella fue la única que regresó, aparte de... bueno, de la pequeña Kara.
—Alex está... muy afectada —logró decir Jeremiah, evitando mirar hacia la escalera.
En ese momento, Kara bajó los escalones con una expresión de tristeza perfectamente ensayada, guiando a una Alex que caminaba con la rigidez de un autómata. Alex vestía una sudadera holgada para ocultar los temblores de sus brazos.
—Hola —dijo Kara suavemente, dirigiéndose al detective—. Siento que mi hermana esté así. Fue horrible lo que vimos.
El detective Jefferson se puso en pie, observando a las dos jóvenes. Sus instintos, forjados en años de patrullar las calles más duras, le gritaban que algo no encajaba. La niña rubia estaba demasiado tranquila. Demasiado... limpia.
—Señorita Alex Danvers —dijo Jefferson, ignorando a Kara por un momento—, los informes dicen que hubo una explosión, y luego... algo que los forenses no pueden explicar. Cuerpos congelados, otros compactados como si hubieran pasado por una prensa hidráulica. ¿Qué viste?
Alex abrió la boca, pero no salió ningún sonido. Sintió la mano de Kara posarse en su hombro. Fue un toque ligero, casi afectuoso, pero Alex sintió la presión exacta sobre su clavícula, un recordatorio silencioso de que Kara podía convertir su hueso en polvo en un milisegundo.
—Vimos... vimos luces en el cielo —recitó Alex con voz monótona, mirando fijamente un punto en la pared—. Luego hubo fuego. Un grupo de hombres con armas... no sé quiénes eran. Empezaron a disparar. Todo fue muy rápido. Kara me sacó de allí. Ella me salvó.
Jefferson frunció el ceño. Se acercó un paso a Alex, notando cómo la joven se encogía ante su presencia.
—¿Hombres con armas? Los casquillos encontrados pertenecen a una escopeta de caza que explotó desde dentro, como si alguien hubiera taponado el cañón con acero fundido. Y los cuerpos en el lago... el agua se congeló en pleno agosto, detective. ¿Cómo explica eso?
—Yo... no lo sé —susurró Alex, rompiendo a llorar—. Solo quiero olvidar.
Uno de los policías, un joven llamado Miller, se acercó a una de las ventanas.
—Detective, debería ver esto —dijo, señalando el marco de la ventana que aún conservaba restos de la escarcha antinatural que Kara había dejado días atrás—. Esto no es hielo normal. No se derrite.
Kara soltó un suspiro aburrido, rompiendo su fachada de inocencia. El cambio en la atmósfera fue instantáneo. La temperatura en la habitación pareció caer diez grados.
—Ya os ha dicho lo que pasó —dijo Kara, y su voz ya no era la de una niña de quince años. Era fría, resonante y cargada de una autoridad absoluta—. ¿Por qué seguís molestando a mi familia?
Jefferson se giró hacia Kara, entrecerrando los ojos.
—Escucha, pequeña, esto es una investigación de homicidio múltiple. No te metas en...
—¿"Pequeña"? —interrumpió Kara con una sonrisa ladeada—. Me resulta fascinante cómo los humanos intentáis imponer autoridad basándoos en la edad o el cargo. Es tan... primitivo.
Jeremiah se levantó, presa del pánico.
—¡Detective, por favor, creo que es mejor que se vayan!
—No nos vamos a ninguna parte hasta que tengamos respuestas —dijo el segundo oficial, echando mano a su funda—. Hay algo muy raro en esta casa.
Kara se movió. No fue una carrera, fue un borrón de movimiento que el ojo humano no pudo registrar. En un instante, estaba frente al oficial Miller. Antes de que el hombre pudiera desenfundar, Kara le arrebató la pistola de la mano y, con un movimiento casual de sus dedos, dobló el cañón hacia atrás hasta que apuntó al propio pecho del policía.
—¿Buscáis respuestas? —preguntó Kara, mirando al detective Jefferson, quien había retrocedido horrorizado—. La respuesta es que este planeta tiene nuevos dueños. Y yo no tengo paciencia para la burocracia.
—¡Dispárale! —gritó el otro oficial al detective Jefferson.
Jefferson sacó su arma y disparó tres veces. El sonido fue ensordecedor en el salón. Eliza gritó, cubriéndose los oídos. Alex se derrumbó en el suelo, sollozando.
Kara no se movió. Las balas impactaron en su jersey azul, dejando pequeños agujeros, pero cayeron al suelo aplastadas, como si hubieran chocado contra una montaña de granito. Kara se miró el jersey con una mueca de fastidio.
—Era mi favorito —dijo con voz gélida.
Sus ojos se encendieron en un rojo incandescente. Antes de que Jefferson pudiera reaccionar, dos haces de calor puro salieron disparados, cortando el arma del detective por la mitad y quemándole las manos. El hombre gritó de dolor, cayendo de rodillas.
—¡Detente! ¡Kara, por favor! —suplicó Jeremiah, interponiéndose—. ¡Son solo hombres haciendo su trabajo!
Kara miró a su "padre" adoptivo con desprecio.
—Su trabajo es una molestia, Jeremiah. Y tú deberías saber ya que no me gusta que me interrumpan.
Con un movimiento de su mano, Kara lanzó una onda de choque de aire que arrojó a Jeremiah contra la pared, dejándolo inconsciente. Eliza corrió hacia él, llorando desesperadamente.
Kara se volvió hacia los dos oficiales. El oficial Miller estaba paralizado, con los ojos desorbitados. Kara le puso una mano en el pecho, suavemente.
—¿Sabes qué pasa cuando el corazón recibe demasiada presión? —preguntó ella con curiosidad científica.
—Por... por favor... —gimió Miller.
Kara apretó. Se escuchó un crujido seco de costillas rompiéndose y el oficial cayó al suelo, muerto por un paro cardíaco traumático antes de tocar la alfombra. El otro oficial intentó correr hacia la puerta, pero Kara apareció frente a él, bloqueándole el paso.
—¿A dónde vas? La reunión familiar no ha terminado —dijo Kara.
Le agarró por el cuello y lo levantó hasta que sus pies colgaron a un metro del suelo. El hombre pataleaba, su rostro tornándose azul oscuro. Kara miró a Alex, que observaba la escena con una mezcla de horror y una sumisión ya arraigada.
—Mira, Alex. Mira lo débiles que son —dijo Kara, aumentando la presión del agarre—. ¿Ves por qué no puedes tener amigos? Se rompen con tanta facilidad. Son juguetes defectuosos.
Un crujido final indicó que el cuello del oficial se había roto. Kara soltó el cuerpo, que cayó como un saco de patatas sobre los restos de la mesa de centro.
El detective Jefferson, con las manos quemadas y temblando de puro shock, miraba a la niña rubia como si estuviera viendo al mismísimo diablo.
—Tú... ¿qué eres? —logró articular.
Kara se acercó a él, caminando sobre la sangre que empezaba a manchar la alfombra de los Danvers. Se inclinó y le susurró al oído:
—Soy el futuro, detective. Pero usted no estará allí para verlo.
Kara sopló suavemente sobre el rostro del detective. El aliento helado congeló instantáneamente sus globos oculares y sus vías respiratorias. El hombre se llevó las manos a la cara, pero en segundos se convirtió en una estatua de carne congelada, muriendo por asfixia interna mientras su cerebro se apagaba.
Kara se estiró, como si acabara de hacer un ejercicio ligero, y se volvió hacia Alex.
—Limpia esto, Alex —ordenó, señalando los tres cadáveres en el salón—. No quiero que mamá se deprima viendo este desastre cuando despierte a Jeremiah.
—Yo... yo no puedo moverlos... —sollozó Alex, mirando los cuerpos.
Kara apareció a su lado y le acarició el cabello con una ternura que hizo que a Alex se le erizara la piel.
—Claro que puedes. Eres una Danvers. Y si no lo haces en diez minutos, iré a la casa de al lado y traeré a los vecinos para que te ayuden... aunque no creo que les guste el estado en el que los dejaré.
Alex, temblando violentamente, se levantó. Comenzó a arrastrar el cuerpo del oficial Miller hacia el sótano, con las lágrimas resbalando por sus mejillas y mezclándose con la sangre ajena que manchaba sus manos.
Kara se sentó en el sofá, encendió la televisión y buscó un canal de dibujos animados. Mientras los sonidos de las risas enlatadas llenaban la habitación, ella comenzó a tararear una melodía kryptoniana, balanceando sus pies con los botines blancos y rojos, ajena al horror absoluto que acababa de desatar una vez más en la tranquila Midvale.
—Alex —llamó Kara sin apartar la vista de la pantalla.
—¿Sí, Kara? —respondió Alex desde la entrada del sótano, con voz quebrada.
—Mañana quiero ir al centro comercial. Necesito un jersey nuevo. Uno que sea rojo, como la sangre de tu novio. Me gustaba cómo combinaba con mis ojos.
Alex no respondió. Solo cerró la puerta del sótano y se sumergió en la oscuridad, aceptando finalmente que su hermana no era solo un monstruo, sino su dueña absoluta, y que el mundo exterior pronto descubriría que no había refugio posible contra el ángel blanco de ojos rojos.