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Evil Supergirl

El Trono de Cristal y Sangre

La mañana en Midvale nació con una neblina espesa que se aferraba a la tierra como un sudario. En la residencia de los Danvers, el silencio no era sinónimo de paz, sino de una opresión sofocante. Alex Danvers, con veintiún años y el alma reducida a cenizas, se miraba en el espejo del baño. El vestido de color carne que Kara la había obligado a ponerse se ajustaba a su figura con una elegancia que se sentía como una burla. Sus tacones negros resonaban con un eco vacío sobre la madera mientras terminaba de maquillarse para ocultar las ojeras y la palidez de una mujer que vivía en un funeral perpetuo.

—Estás preciosa, Alex —dijo una voz desde el umbral.

Alex se tensó, pero no se giró. Kara Zor-El, ahora de dieciocho años, permanecía apoyada en el marco de la puerta. Llevaba un vestido rojo sin mangas, del color de las arterias abiertas, que resaltaba su cabello rubio y sus ojos azules de una claridad inhumana. A pesar de su apariencia de modelo de pasarela, el aura que emanaba era de una violencia latente, una vibración eléctrica que hacía que el aire picara en la piel.

—¿A dónde vamos, Kara? —preguntó Alex, con la voz sumisa.

—A la ciudad. Hay un club nuevo, propiedad de un hombre que cree que el dinero lo hace invulnerable —respondió Kara, acercándose para ajustar un mechón de pelo de Alex con una delicadeza que siempre precedía a la crueldad—. Se llama CJ. Dice que sus fiestas son legendarias. Quiero ver si su sangre también lo es.

El viaje a National City fue un trayecto de silencio absoluto. Kara conducía el coche de Jeremiah a una velocidad que rozaba lo imposible, esquivando el tráfico con reflejos alienígenas mientras tarareaba una melodía alegre. Al llegar al club "Elíseo", la cola de gente se extendía por dos manzanas. Sin embargo, Kara no se detuvo. Caminó directamente hacia la entrada, arrastrando a Alex del brazo.

Un portero de dos metros de altura, con el pecho inflado bajo una camiseta negra ajustada, les cerró el paso.

—A la cola, niñitas. Esto no es un patio de recreo —gruñó el hombre, poniendo una mano pesada sobre el hombro de Kara.

Kara ladeó la cabeza, observando la mano del hombre como si fuera un insecto curioso.

—No me toques —dijo ella, con una calma que hizo que a Alex se le helara la sangre.

—¿O qué? —se mofó el portero, apretando el agarre.

En un movimiento que nadie pudo seguir, Kara agarró la muñeca del hombre. Se escuchó un crujido seco, como el de una rama gruesa partiéndose, seguido de un alarido gutural. El hueso sobresalió de la piel, rompiendo el tejido de la camiseta negra. Kara no se detuvo; con un revés de su mano libre, golpeó la cabeza del portero contra la pared de ladrillo. El sonido fue similar al de un melón estallando. El hombre cayó al suelo, sin vida, mientras la gente a su alrededor retrocedía gritando.

—Vaya, qué frágil —comentó Kara, limpiándose una mancha de sangre inexistente del vestido rojo—. Entremos, Alex.

El interior del club era una explosión de luces de neón y música electrónica que hacía vibrar los huesos. En la zona VIP, rodeado de botellas de champán de miles de dólares, se encontraba CJ. Era un hombre afroamericano que desprendía una arrogancia palpable, vestido con un traje de seda blanco y negro, gafas de sol en plena penumbra y un reloj de oro macizo que brillaba bajo los focos. A su lado, dos chicas de veintiún años, una rubia y otra morena con vestidos brillantes, reían ante sus bromas.

Kara se abrió paso entre la multitud, que se apartaba instintivamente ante la mirada de depredadora de la joven rubia. Se detuvo frente a la mesa de CJ.

—Vaya, vaya —dijo CJ, bajándose un poco las gafas para observar a Kara—. No suelo ver ángeles tan jóvenes por aquí. ¿Quién eres tú, preciosa? ¿Y quién es tu amiga? Parece que acaba de ver un fantasma.

—Soy Kara —respondió ella, sentándose en el borde de la mesa con una confianza aterradora—. Y ella es mi hermana, Alex. Me han dicho que eres el rey de este lugar, CJ. Vine a ver si tu trono es real.

CJ soltó una carcajada, haciendo sonar sus joyas de oro.

—Soy el rey de todo lo que ves, nena. Tengo dinero, poder y hombres que harían cualquier cosa por mí. ¿Quieres una copa? ¿O prefieres algo más... intenso?

Las chicas de CJ miraron a Kara con desprecio, notando cómo la atención del hombre se desviaba por completo hacia la recién llegada.

—Me gustaría ver algo intenso —dijo Kara, estirando la mano hacia el reloj de oro de CJ—. ¿Es de verdad?

—Oro macizo suizo, nena. Vale más que tu vida —presumió él, permitiendo que ella tomara su muñeca.

Kara sonrió. Sus ojos empezaron a brillar con un matiz carmesí que CJ confundió con el reflejo de las luces de neón.

—Nada vale más que mi vida, CJ. Pero tu reloj... es demasiado pesado para alguien tan pequeño.

Con un movimiento casual, Kara apretó la muñeca de CJ. El metal del reloj de oro se hundió en la carne y el hueso como si fuera mantequilla caliente. CJ soltó un alarido de agonía que fue devorado por el estruendo de los bajos de la música. Las chicas a su lado gritaron, intentando levantarse, pero Kara usó su mano libre para estampar la cabeza de la rubia contra la mesa de cristal, que se hizo añicos bajo el impacto.

—¡Seguridad! —consiguió gritar CJ, cayendo al suelo mientras se sujetaba el brazo destrozado.

Tres porteros más, armados con porras eléctricas, cargaron hacia la zona VIP. Alex, en un intento desesperado por evitar más muertes, se interpuso entre ellos y su hermana.

—¡No, por favor! —gritó Alex—. ¡Iros, ella los matará a todos! ¡Corred!

Uno de los porteros la empujó con brusquedad, enviándola al suelo. Los ojos de Kara se tornaron de un rojo puro, incandescente.

—Nadie toca a mi hermana —sentenció Kara.

Dos haces de visión calorífica salieron disparados de sus ojos. No fueron disparos rápidos, sino un barrido lento y metódico. El primer portero fue cortado por la mitad a la altura de la cintura; sus piernas siguieron dando un paso antes de que el torso cayera al suelo en una nube de carne chamuscada. El segundo intentó cubrirse con una bandeja de metal, pero la energía de Kara la atravesó como si fuera papel, perforándole el pecho y dejando un agujero humeante donde debería estar su corazón.

El tercer hombre soltó la porra y se arrodilló, suplicando. Kara se acercó a él con una sonrisa juguetona.

—¿Sabes lo que pasa cuando el aire entra donde no debe? —le preguntó.

Kara le dio un puñetazo en la garganta con la fuerza suficiente para colapsar su tráquea, pero no para matarlo al instante. Mientras el hombre se asfixiaba, ella se volvió hacia CJ, que intentaba arrastrarse hacia la salida de emergencia.

—¿A dónde vas, Rey? —dijo Kara, apareciendo frente a él en un parpadeo.

CJ levantó las manos, temblando. Sus gafas de sol se habían caído, revelando unos ojos llenos de un terror primario.

—Te daré lo que quieras... dinero... mi club... ¡todo! —gimió—. Solo déjame vivir.

—No necesito tu dinero, CJ —respondió Kara, agarrándolo por el traje blanco y negro y levantándolo con una sola mano—. Tengo todo lo que quiero. Solo me aburro. Y tú parecías una distracción divertida.

Kara miró a la chica morena que quedaba, que estaba paralizada por el shock.

—Tú. Ven aquí —ordenó Kara.

La chica se acercó, temblando violentamente.

—¿Te gusta su reloj? —preguntó Kara, señalando el metal retorcido y ensangrentado en la muñeca de CJ—. Es oro macizo.

Sin previo aviso, Kara arrancó la mano de CJ de un tirón seco. El grito del hombre fue un sonido inhumano. Kara le entregó la extremidad cercenada a la chica, que soltó un alarido y la dejó caer al suelo.

—Qué poco agradecida —suspiró Kara—. Alex, vámonos. Este lugar ya huele a basura quemada.

Kara soltó a CJ, que se desangraba sobre la alfombra roja, y caminó hacia Alex, que seguía en el suelo, temblando. Kara la levantó con una fuerza que era a la vez protectora y dominante.

—¿Estás bien, hermanita? Te dije que este vestido te quedaba bien. Combina con el ambiente.

—Por favor, para... —susurró Alex, con las lágrimas corriendo por sus mejillas—. ¿Cuántos más tienen que morir?

—Todos los que yo decida —respondió Kara, besándole la frente—. Ahora, sujétate fuerte. No quiero que te caigas.

Kara rompió el techo del club con un salto ascendente, llevando a Alex en sus brazos. Mientras se elevaban sobre las luces de National City, las explosiones de los tanques de gas del club, provocadas por la visión calorífica de Kara antes de salir, iluminaron el cielo nocturno como fuegos artificiales macabros.

De regreso en Midvale, Kara aterrizó suavemente en el jardín de la casa Danvers. Entraron por la puerta trasera, donde Jeremiah y Eliza esperaban en la cocina, con rostros que eran máscaras de desesperación. Al ver a sus hijas cubiertas de sangre ajena, Eliza ahogó un sollozo.

—Ya estamos en casa, mamá —dijo Kara, con una voz dulce que resultaba aterradora—. Alex se portó muy bien, aunque todavía es un poco sensible.

Kara empujó a Alex hacia la escalera.

—Ve a tu habitación, Alex. Mañana tenemos que limpiar el jardín. He visto algunas flores que no me gustan y quiero que las arranques todas. Con las manos.

Alex subió las escaleras sin mirar atrás, sintiendo el peso de los tacones negros como grilletes. Al entrar en su cuarto, se dejó caer sobre la alfombra, el lugar que Kara le había asignado como cama desde hacía años. Escuchó los pasos de su hermana entrando tras ella.

—¿Sabes qué es lo mejor de hoy, Alex? —preguntó Kara, sentándose en la cama—. Que mañana será exactamente igual. Y pasado. Y siempre. Porque mientras yo respire, tú serás mía.

Kara se recostó, cerrando los ojos con una expresión de paz absoluta. Alex permaneció en la oscuridad, escuchando los latidos de su propio corazón, preguntándose cuánto tiempo más podría soportar vivir en el paraíso sangriento que Kara Zor-El había construido para ellas dos.

—Buenas noches, Alex —susurró Kara desde la penumbra.

—Buenas noches, Kara —respondió Alex, con la voz muerta, aceptando una vez más su lugar en el suelo, bajo la sombra de la chica que había caído de las estrellas para convertirlos a todos en polvo.